Lluvia.

Autor@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustrador@: Vicente Mateo Serra

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Aventuras

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo, y su ilustración es propiedad de  Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Lluvia.

—Debe acompañarnos, señor. Tenemos una orden de detención contra usted —dijo uno de los dos circunspectos hombres vestidos con traje y abrigo. Habían aparecido de la nada a una señal del funcionario de aduanas que había examinado nuestros pasaportes. Yo me asusté pero James sonrió irónicamente.

            —¿Y quiénes son ustedes?, ¿pueden identificarse?

            —Acompáñenos, por favor. Ella se quedará en…

            —Ella viene conmigo donde sea.

            —Me temo que no —intervino el otro hombre antes de mirarme de soslayo—. ¿Habla inglés?

            —Seguramente mejor que usted, agente.

            La voz desconocida sonó a sus espaldas seguida de unos pasos firmes. Se giraron y todos vimos a otro hombre alto y delgado, de ojos castaños y pelo con entradas cenicientas. Vestía uniforme con abrigo de la Armada y llevaba una gorra bajo un brazo izquierdo mutilado desde el codo. Tendría la edad de James y, al verlo, su mirada pareció agrandarse pero al llegar hasta nosotros se mostró impasible.

            —Alistair… —Oí el murmullo de James, y en sus ojos empezó otro viaje mucho más largo que el que acabábamos de hacer: el del tiempo. Cuántas veces le vería esa emoción en los días que siguieron.

            El hombre miró a los otros dos con gesto serio y levantó una pequeña cartera negra que abrió antes de volver a hablar:

            —Teniente Alistair West. Me encargo de estas personas.

            —Señor, esta orden atañe a…

            —Sé de esa orden perfectamente, pero de la gente de la Armada se ocupa la Armada, no la policía aeroportuaria, y no perderé el tiempo en una discusión sobre nuestras respectivas jerarquías y competencias. —Y guardándose la cartera, se puso la gorra y miró a James. Tanto la expresión como la voz le cambiaron al instante—. Sea bienvenido a casa, señor Bates. Cojan su documentación y síganme.

            —Nuestro equipaje… —dijo él débilmente.

            —No se preocupe, creo que ya lo habrán recogido. Por aquí, por favor.

            Y sin admitir más réplica, olvidó a los agentes y al funcionario y nos indicó otra puerta al fondo tras aquel control de pasaportes y solo accesible para el personal autorizado. Al entrar en un estrecho corredor se adelantó para guiarnos durante un buen rato hasta una salida, también de uso restringido, a un hangar donde había bimotores en reparación. No dijo más que aquel aeropuerto de Heathrow llevaba funcionando cuatro años para el tráfico aéreo civil y ya era una pesadilla moverse por él, y que veníamos adecuadamente vestidos para el acostumbrado mal tiempo londinense. Yo recordé a Alice Constable ayudándome a abultar más las ya cargadas maletas y lo chocante que me pareció hacernos con aquella ropa en el asfixiante clima tropical de la India. Pero cómo lo agradecí ahora cuando el exterior nos recibió con una fría lluvia cayendo mansamente sobre la gran extensión grisácea de pistas. Al momento llegaba un Bentley negro y un joven cadete muy diligente se apeaba, saludaba cuadrándose y abría el maletero donde estaba nuestro equipaje colocado al milímetro. Después requería amablemente el bolso de viaje de James y mi neceser, los guardaba también y nos abría las puertas. Pero entonces el teniente West se puso frente a James y transformó el tenso gesto en una gran sonrisa:

            —Santo Dios, así que es verdad…

            —Sí, eso parece —respondió James igual de sorprendido—. ¿Cómo estás, Alistair?

            —Ya ves, también vivo.

            Por un instante siguieron mirándose hasta que, a la vez, daban un paso y se abrazaban.

            —Maldita sea, te buscamos mucho tiempo, Jamie —dijo West, despojado de la seguridad y autoridad anteriores—. ¿Entonces ocurrió así? ¡Ese miserable de Highmore nos engañó a todos! ¿Pero por qué no contactaste cuando…?

            —Es una historia muy larga —murmuró James.

            —Sí, sí, y ahora hay que irse. —West rompió el abrazo—. Me envía el vicealmirante Constable, pero, oh, soy un descortés, me contagio tratando con energúmenos. Ella es tu…

            —Soy Yi. Encantada de conocerlo, teniente. Muchas gracias por venir a recogernos —sonreí extendiéndole la mano que él me cogió inclinando la cabeza.

            —De nada. Esto es algo más que extraordinario, señorita. Vaya, Jamie, es fabulosa. Vamos, subid al coche.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

El teniente de corbeta West trabajaba en inteligencia naval y también era licenciado en derecho gracias a una mente portentosa, aunque sentía haber tenido que quedarse en tierra después de su mutilación. James quiso lamentarla también pero él no le dio importancia. «En el 41 estuve en el Illustrious, en un convoy a Malta, y unos Stukas nos hicieron saltar por los aires pero logramos entrar en puerto. Casi redujeron la ciudad a polvo en la guerra, pero yo creo que es indestructible además de maravillosa. Si los jenízaros de Solimán no pudieron con ella, no lo iban a hacer esos boches. Seguro que el espíritu de La Valette seguirá ahí siempre para evitar que ocurra. Y esto solo fue medio brazo. Mi padre, tory furibundo, no se alegró, claro, pero comentó que al menos había sido el izquierdo». Había sonreído ante el tinte de humor negro para borrarlo inmediatamente: «Hay millones que ya no lo cuentan». Pero mucho antes West había sido amigo de James Bates y Anthony Highmore.

            Fue la bisagra entre la arrolladora e influyente personalidad de Highmore y la más sensata pero ingenua de Bates. Con ellos compartió momentos que recordaba con agrado y nostalgia por la especial juventud que tuvieron pese a las obligaciones, el estudio y la disciplina. A mitad del servicio en China se separaron porque a él lo trasladaron a otro barco y ya apenas coincidieron en los permisos. Poco después James desapareció sin dejar rastro y su infructuosa búsqueda se prolongó durante meses, encabezada siempre por un pesaroso Highmore. Con el tiempo, West terminó aceptando, como todos, que posiblemente aquel amigo estaba muerto y nunca se sabría la causa. Y lo lamentó también mucho porque todos apreciaban al tranquilo Bates. Después, la vida siguió.

            Entonces, apenas hacía unos meses, cuando Francis Constable regresó de China tras encontrar a su hija perdida e informó de quién le había ayudado, West, a su servicio desde hacía tres años, se había asombrado tanto como él. Constable había mantenido en secreto sus pesquisas previas sobre un marino llamado Lung y al confirmar que era en realidad James Thomas Bates, también se lo calló. West se intrigó cuando Constable, antes de marcharse, le pidió que siguiera la investigación sobre la muerte violenta de Anthony Highmore en Hong Kong, pero nunca se hubiera imaginado el verdadero motivo hasta que desde Bombay avisaron de que el barco de Lung tocaba la India y el vicealmirante comunicó oficialmente su descubrimiento. Constable había previsto y comentado con James la acusación de deserción que podría hacer el alto mando, pero en su informe precisó que Bates aclararía las razones para haber ocultado su existencia.

            La reacción de los Highmore fue inmediata. Patrick y Arthur, padre y tío respectivamente de Anthony, y sobre todo su suegro, el poderoso Lord Richard Walton, pidieron la detención de Bates: al parecer, se había confirmado la presencia de un tal James Lung en el lugar donde se vio a Anthony y sus escoltas por última vez antes de encontrarlos muertos. La orden mostrada por los agentes del aeropuerto fue el modo de los Highmore para que Bates se presentara en el Almirantazgo nada más llegar. Y ahí había entrado Alistair West, en nombre del vicealmirante Constable, que se responsabilizaba personalmente de James y su caso.

            —De momento solo tendrás que hacer una declaración —terminó—, pero creo que hay bastantes posibilidades de que tu expediente sí que acabe desaparecido para siempre.

            —La verdad es que ahora mismo solo me preocupa lo cansados que estamos —dijo James simplemente al tiempo que me soltaba la mano que me había cogido al subir al coche y me rodeaba los hombros con el brazo para estrecharme contra él.

            —Sin duda, y yo no he hecho más que hablar cuando eres tú el que tiene tanto que contar. Os llevo a casa de Constable. Hubiese ido también al aeropuerto pero tenía un compromiso ineludible. Sin embargo, he querido que antes diéramos una vuelta por Londres y creo que a Yi Ze le está gustando.

            James sonrió. Recordó que la primera y única vez que había estado allí tenía quince años.

Londres todavía mostraba muchas huellas de los terribles bombardeos sufridos en la guerra, pero aun así, la primera palabra que me vino a la mente sobre ella fue elegancia. Los daños en sus calles, monumentos, plazas o jardines se disimulaban bajo aquella fina lluvia que intensificaba sus líneas y los colores de sus edificios, tantos extraordinariamente majestuosos. Todo me resultó tan nuevo y distinto que, durante el trayecto, fui escuchando al teniente West con la misma atención que miraba por la ventanilla o a James, mi único puente —como yo el suyo— entre los mundos que acabábamos de juntar.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

            Habíamos entrado por la margen suroeste del Támesis y yo no había podido evitar superponer una imagen del inmenso estuario del Yangtsé en Shanghai, pero sabía que era imposible comparar nada. Después, las fotografías de mis libros se hacían reales: el Parlamento, la abadía de Westminster, el palacio real, Trafalgar Square, las exquisitas Haymarket y Regent Street… Y seguimos subiendo hacia el norte tras llegar a Russell Square y enfilar la larga Haverstock Hill, que cruzaba Camdem Town hasta el muy tranquilo barrio de Belsize. Por fin el coche se detuvo en el número 40 de una calle llamada Belsize Park Gardens, de casas blancas y grandes ventanales a los lados de sus puertas principales a las que se accedía por un tramo de escaleras.

            —Ya hemos llegado —dijo Alistair—. Morris, acompañe a la señorita. Nosotros vamos sacando el equipaje.

            Enseguida el diligente Morris llamaba a la puerta conmigo bajo un enorme paraguas. Para mi sorpresa, nos abrió una sonriente Sarah Constable que rápidamente me cogió las manos.

            —¡Yi, por fin! ¡Qué alegría! —exclamó mientras entramos en un amplio y cálido vestíbulo.

            Entonces se abrió una puerta al fondo del mismo y salieron dos hombres. Cuando lo hizo el segundo, me quedé muda. Vestía traje y chaleco marrones, corbata granate y zapatos negros, y no vi el bastón, ni las arrugas de la piel, ni el pelo escarchado. Sencillamente era James en un reflejo del tiempo. Su cuerpo, sus brazos y manos, su cara y, sobre todo, sus limpios ojos claros. «Es usted igual que su padre, ya lo verá», había dicho Francis Constable al despedirse en Shanghai. Mi incredulidad aumentó cuando el hombre se paró, me miró y dibujó una sonrisa exacta a las que yo consideraba las más hermosas del mundo. Sentí vértigo cuando James entró seguido del teniente West y dejaba caer parte del equipaje en el suelo al ver a su padre.

            ¡Cuánto me había hablado de aquel momento, cuánto lo había imaginado y cómo lo había desechado, atormentado por culpa y miedo al mismo tiempo! Pero ahora ocurría. No era ninguno de sus muchos sueños, ni una visión que también yo sabía que le había producido el alcohol alguna vez; pero sin duda, al hacerse aquel silencio general de asombro, todo desapareció alrededor. Solo Francis Constable medio sonreía y Alistair West musitó un «santo Dios».

            James dio dos pasos antes de quedarse paralizado frente a su espejo. Después, sus mismos ojos le devolvían el mismo brillo que se empañó con la misma rapidez e intensidad. Entonces, la voz de John Bates pareció bronce licuado:

            —James, hijo…

El bastón se cayó y el doble espejo se hizo uno partiéndose en mil pedazos.

            —Perdóname… —suplicó James con la cara hundida sobre su hombro, asfixiado por el llanto.

            —¿Perdonarte? ¿Qué dices? —John siguió sonando sorprendentemente sereno.

            —No tuve valor, pero debí… ¿Cómo pude? Tantos años, la guerra…  Por favor, perdóname…

            —Hijo, ¿perdonar que estás vivo y te estoy abrazando? Mírame.

            —No puedo… No sé si te veo…

            Entonces John lo apartó para ponerle las manos en la cara. Luego rozó suavemente la rugosidad del dragón tatuado y cerraba los ojos en un rictus de intenso dolor, como si él también lo hubiera sentido igual, pero enseguida los abrió, sonrió con la luz de James y su voz siguió siendo firme:

            —Yo sí te veo, Jamie… El señor Constable nos contó todo. Sobreviviste y te protegiste, nos protegiste. No habrá reproches ni excusas, y mucho menos perdones. Tampoco ha pasado el tiempo. Solo te has hecho un hombre y has vuelto. Eso es lo único importante.

            Entonces James pareció angustiarse mucho de pronto y miró ansiosamente alrededor:

            —¿Dónde…? ¿Está bien?

            —Sí, no te preocupes, pero ya sabes, no puede parar quieta cuando está nerviosa. Ha salido con la señora Constable. —Antes de que James replicara, John añadió—: Siempre ha sido más fuerte y mantuvo la fe, y el milagro ha ocurrido.

            Todos, muy conmovidos, seguimos viendo el emocionado abrazo hasta que John me miró directamente. Me sentí traspasada. Así que aquella era la energía de James.

            —Eh, estamos asustando mucho a esa joven tan preciosa.

            Enseguida James se giró hacia mí y yo, ante aquellas miradas idénticas casi irreales, no sé cómo logré acercarme. Él me cogió la mano y dijo serenándose:

            —Ella es Yi, padre. Mi vida.

            John me tomó la cara con las mismas grandes y templadas manos para besarme en la mejilla, que me secó con los dedos.

            —Pues también eres la nuestra, Yi. El señor Constable no exageró, pero aún eres más hermosa y me siento muy feliz por conocerte.

            —No… yo soy quien lo está y no se imagina cuánto, señor Bates…

—¿Señor Bates? Soy John, por favor…

            Entonces Francis Constable recogió el bastón de John para dárselo.

            —Verdaderamente el parecido es increíble —dijo sin poder dejar de mirarlos—. Yi, James, ¿cómo están?, agotados, imagino, y estas emociones…

James le estrechó la mano fuertemente.

            —No sé cómo les agradeceré todo a su hermano y a usted.

            —No, no, ya hablaremos. Para mí, como para sus padres, también esto es un milagro. West, le dije que se sorprendería, ¿verdad?, quédese también. Vamos, por favor, entremos. Después nos ocuparemos de todo. Sarah, pero ¿dónde dijo tu madre que iban?

Rose Bates no vio al hombre que se levantó cuando ella entró en la acogedora salita, acompañada de Margaret Constable. Tampoco a su marido. Lo que vio fue a una única razón que significaba el amor y el dolor más grandes de su vida. Yo vi a una mujer de una belleza muy serena, mirada de color turquesa y labios finos, y el pelo gris en una media melena ondulada bajo un casquete beis, como su abrigo. Al cuello llevaba un fular verde oscuro y sujetaba un bolso de igual tono que se le cayó cuando las piernas le fallaron al sentir los brazos de aquella visión. Al abrir los ojos, se encontró sentada en un sillón junto al ventanal y no había nadie alrededor más que la visión, que se había duplicado y le cogía una mano al tiempo que estaba arrodillada frente a ella.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

            —Dios mío… James… —musitó con una voz dulcísima y la mirada hundida en unos ojos de mar tan añorados—. Hijo… Sí… Eres tú, mi amor… Yo lo sabía, te sentía, no podías estar…, tú no, tú también no… Dios mío… ¡Qué hombre te has hecho! —Y le acarició las mejillas con la barba de días de James, que sonrió asombrándola aún más. Ella buscó el brazo de su marido—. ¿John? ¡Eres tú también!

            —Vamos, Rose, bebe agua —le dijo él acercándole el vaso que me había traído Sarah, quien, como los demás, nos habían dejado solos ante aquel momento tan especial.

            —Por favor, bebe, madre…

            Ese sonido volvió a conmocionarla y ya no pudo contener el llanto más feliz cuando se abrazó a James. Pasó mucho tiempo llenándolo de besos y oyendo sus susurros para que se tranquilizara hasta que por fin obedeció los ruegos y bebió agua. Entonces, cuando quise darme cuenta, James me había acercado a ella y Rose, como había dicho John, demostró su fuerza y se puso de pie. Yo solo acerté a hacer un gesto con las manos para que no se levantara, pero ella me las cogió, apretándomelas.

            —Tú eres Yi —dijo con la voz húmeda—. ¡Qué bonita es, James! Sé muy bienvenida, hija. —Y también me besó cariñosamente acariciándome la cara para exclamar enseguida—: Pero ¡mira qué pálida! ¡Qué cansados estaréis y yo haciendo que…! ¡Y seguro que vendréis hambrientos también! ¡Ya estoy bien! ¡Voy con la señora Constable para ayudarla con la cena! ¡Están siendo tan amables y…! ¡Dios mío, James, James…!

            Él la abrazó nuevamente y se rió como nunca.

Los Bates habían llegado el día anterior invitados por Francis Constable, que no había admitido una negativa. Primero, porque la ocasión era única y segundo, porque John Bates sería la razón fundamental para corroborar la identidad de su hijo. Constable comentó que pese a explicar el atentado contra la vida de James y sus razones de precaución para no dar parte de él, era el tiempo pasado sin haberse presentado ante las autoridades lo que más pesaba para la posible acusación de deserción. Sin embargo, la maquinaria oficial todavía no se había puesto en funcionamiento y había una primera vista privada en dos días a petición de todos los implicados, por lo que Constable había querido que nos quedáramos en Londres.

            —Hay novedades en la investigación de la muerte de Anthony Highmore —nos contó—. Y es curioso porque las recibimos en un informe remitido por uno de nuestros hombres en China poco después de llegar de allí. Patrick Highmore está muy afectado, pero Arthur, su hermano, tiene aún mucho poder para procurar que la suciedad de su sobrino quede tapada sin escándalos porque es amigo del primer lord del Almirantazgo, Sir Bruce Fraser; sin embargo, yo también conozco a Fraser y es un hombre ecuánime. Pero quien más interesado está en que se aclare esto es Richard Walton, como le habrá dicho West. Es miembro de la Cámara de los Lores y hará todo lo posible por no verse asociado con este turbio asunto. La viudez de su hija ha sido el colmo después de lo que ya había supuesto la falta de descendencia en su matrimonio. Pero olvidemos esto ahora porque lo principal es que descansen estos días. Ya le dije a su padre que su ayuda para encontrar a Sarah nunca estará lo suficientemente pagada, así que cenemos y hablemos de su viaje.

            Y eso hicimos. Hubiera sido imposible contar nada más con tantas emociones a flor de piel.

Conocimos a Margaret Constable, una distinguida mujer de atentísimas maneras, muy conmovida con la historia de sus invitados, y, como su marido, muy agradecida por nuestra ayuda. Nosotros dijimos que todo estaba ya más que compensado y Sarah y Walter Staton, que llegó más tarde, reiteraron que contásemos con ellos para lo que necesitáramos. Cuando nos dimos cuenta, y después de una cena en la que sé que apenas comí, era más de medianoche y el vicealmirante nos pidió que nos retirásemos. Estábamos agotados, pero yo me sentía tan abrumada y emocionada por el reencuentro de James con sus padres que no deseaba que terminara el día. Por fin, nos despedimos de Alistair West y de Sarah y Walter, y los Constable nos acompañaron al piso superior.

            Cuando Sarah se casó y se marchó, habilitaron su dormitorio para invitados, además del que ya había y en el que estaban los Bates, porque tenía un cuarto de baño propio también. Había dos camas y un ventanal que daba a un jardín trasero. John nos obligó a acostarnos y Rose no podía moverse del lado de James creyendo que el sueño se desvanecería como tantos otros. Él le prometió que ya no sería así. Entonces, tras un baño que tampoco pude creer, supe lo que quería que ocurriera y cuando James salió después y se dejó caer en una de las camas, me acerqué.

            —Debes enseñarles la carta —dije sin rodeos.

            Él esbozó una sonrisa triste y muy cargada aún de emoción.

            —Sí, pero sabes lo que significa.

            —Significa la verdad, la única que hay. —Entonces me acerqué más y él tiró de mí abriendo las piernas para abrazarme por la cintura y frotarme la cara sobre el vientre, como tanto le gustaba hacer. Yo lo acaricié—. Escucha, seguramente hoy ha sido el día más feliz de tu vida, para mí lo es, y tus padres solo podían ser como tú. Habla con ellos primero.

            —Te dije que las cosas podrían complicarse, ¿verdad?

            —Sí, y también que no dejarías de quererme.

            Cuando desperté por la mañana, el calor de su cuerpo seguí arropándome. Al bajar, lo encontré con su padre. John leía la carta. Las lágrimas casi lo ahogaron.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

El lujoso despacho de Sir Bruce Fraser daba a Whitehall, con vistas al Támesis y el Parlamento. Excepcionalmente, y por ser quienes eran los protagonistas de aquel espinoso asunto, accedió a tratarlo de manera privada porque pensó que quizás fuera lo mejor. Pero para darle cierta pátina oficial, Alistair West estaría presente en su calidad de abogado.

            Solamente vi una vez a los Highmore cuando llegaron al tiempo que nosotros. Patrick era tan alto como lo fue su hijo e igual de altivo y elegante, pero en su rostro de también ojos castaños había una expresión de hastío y, sobre todo, de una tristeza que parecía auténtica. Yo jamás había considerado llevar su sangre, pero lo cierto es que era mi abuelo. La afortunada ausencia de sentimientos por aquel apellido era otra cosa de tanto como agradecía a la mentira de James, porque me evitó rencor, sufrimiento o deseo de venganza que no tuve ni al ver al hombre que me engendró y su fin en aquella aciaga noche en Hong Kong, ni en ese momento en que Patrick Highmore me dirigió una fugaz mirada. El que sí me produjo gran rechazo fue su hermano mayor Arthur, de gesto más soberbio, y que, pese a su edad, caminaba impaciente y malhumorado delante de él. El último fue un hombre con una presencia que llenaba el espacio alrededor; tenía fulgurantes ojos grises y pelo plateado y emanaba una clase innata. Era Richard Walton y durante todo el tiempo se mantuvo como mero observador.

            Sarah y Margaret Constable nos acompañaron a Rose y a mí y no nos movimos de la sala donde nos condujo un ujier. Rose, aún más conmocionada tras conocer la verdad, no se había separado de mí ni dejaba de preguntarse los porqués y yo solamente quise que pensara que ya no importaban. Si alguna vez pude haber dudado de cómo me aceptarían los Bates, lo olvidé, y el amor que me dieron después fue tan único como el de James.

            Y en aquel despacho James vivió su día más largo.

            Lo primero que nadie pudo discutir fue su identidad cuando lo vieron entrar con su padre. Hasta el flemático primer lord se quedó perplejo ante el parecido y Francis Constable y Alistair West la corroboraron con sus testimonios. Inmediatamente Arthur Highmore le exigió que demostrara la infamia de que su sobrino hubiera atentado contra él pero que, de haber sucedido así, entonces no dudaba de que, por venganza, seguramente él sería responsable de su muerte, ya que lo habían visto abandonar poco después el lugar donde ocurrió.

            —Creo que sus testigos solo señalarían a alguien llamado Lung —dijo James fríamente.

            —¡Pero es usted también! ¡Ese tatuaje es la prueba! —exclamó Arthur Highmore.

            —¿Sí? Entonces ¿quién soy realmente? —Y James sonrió con ironía.

            —Si tienen pruebas, apórtenlas, señores, y mantengamos las formas. Me pidieron esta excepción precisamente para evitar un escándalo —terció el almirante Fraser.

            Entonces James se acercó a Patrick Highmore y por un instante se estremeció. No fue miedo ni resentimiento, sino una sorprendente compasión por una mirada que no ocultaba el desconcierto pero tampoco la certeza de haber sabido quién y cómo había sido su hijo. Y antes de entregarle la carta le habló:

            —Puedo decirle cómo la recibí y quién mató a su hijo, y esa sería mi venganza porque ellos lo sabrían pero ustedes jamás podrán demostrarlo. Y en caso de intentar detenerlos, les aseguro que se encontrarían con represalias inimaginables.

            —¿Cómo se atreve? ¿Un chantaje? —exclamó Arthur Highmore.

            —Continúe —dijo Patrick sin dejar de mirar a James. Y entonces este vio difuminarse a todos los fantasmas definitivamente.

            —También puedo enseñarle las cicatrices de mi cuerpo, que son las que se ven, pero si cree que esta carta puedo haberla escrito yo, entonces sí entenderé qué clase de sangre me las hizo. Sin embargo, ya no necesito ninguna venganza y pienso que usted sabe que su hijo se buscó el fin que tuvo.

            Todos esperaron en silencio mientras Patrick Highmore leyó; al terminar, se dejó caer en un sillón, completamente abatido. Su hermano le quitó los papeles de las manos pero su reacción fue muy distinta.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

            —¿Cómo…? ¡Claro que esto es una venganza! ¿Cuánto quiere? ¿Es eso? ¡Por supuesto! ¡Este hombre se convirtió en un mercenario, un pirata! ¡Y ahora traer a esa muchacha aquí, una bastarda mestiza de cualquier furcia, y pretender que…!

            Alistair y Francis tuvieron que detener a James que, en un segundo, había agarrado por las solapas del traje al exaltado hombre. Solo John logró que lo soltara.

            —¡Basta, señores! —exclamó Sir Bruce Fraser severamente.

            —¡Se acabó, Arthur! —gritó Patrick a su hermano—. Almirante Fraser, le pido disculpas.

            —Yo también —dijo James jadeando pero calmándose.

            —Lo lamento, Bruce, pero me niego a…

            —Comodoro, guarde el tratamiento debido —replicó Fraser lanzándole una mirada más que elocuente—. Denme esa carta. —Al acabar, dejó pasar unos segundos antes de dirigirse a Patrick Highmore—. ¿Puede afirmar que esta letra y rúbrica es la de su hijo?

            Patrick, con los ojos brillantes, asintió en un grave silencio que se prolongó hasta que Richard Walton dejó los folios sobre la mesa de Fraser y dijo con un tono tan tranquilo como gélido:

            —Yo no he leído nada ni conozco a este hombre. Ni siquiera he estado aquí. En realidad, creo que ninguno hemos estado.

            Hasta el colérico Arthur Highmore siguió mudo durante unos momentos más. Entonces habló Fraser dirigiéndose a James:

            —Debió denunciar esto, Bates. Ya sabemos por qué no lo hizo, pero aun así faltó a su deber. Sin embargo, ha pasado mucho tiempo y desde finales de la guerra hay demasiados procesos como para abrir uno tan confuso como sería el suyo. Por tanto, no lo habrá. Se le restablecerá su nombre y grado y pasará a la reserva o decidirá un servicio en tierra, como tengo entendido que ocurrió con su padre —y miró a John brevemente para añadir—: siempre y cuando quiera volver a la Armada.

            —¿Cómo? ¿Pero qué…? —se recuperó Arthur.

            —Si los Highmore quieren actuar contra usted, será por la vía civil —señaló Fraser.

            —No haremos nada —dijo Patrick entonces levantándose— y esta reunión ha terminado, almirante. Le agradezco su tiempo.

            —¿Qué dices, Patrick? ¡Esto no puede quedarse así! ¡Este hombre sabe quién mató a Anthony y…!

            —¡Basta, se acabó! —Patrick Highmore se volvió hacia su hermano fulminándolo con los ojos llameantes y profundamente cansados—. ¡También lo sabemos nosotros! ¡Y Anthony era mi hijo, pero siempre le permití todo y miré a otro lado sin querer detenerlo por no sé qué estúpida y maldita razón! ¡Ahora se acabó, y para ti también! —Y calmándose un poco, se giró hacia Richard Walton—. Lamento mucho todo esto, Richard, te lo dije.

             —Y yo he dicho que aquí no ha ocurrido nada —respondió él categórico, mirando a todos y acabando en Sir Bruce Fraser, quien suspiró:

            —Bien, entonces si nadie tiene nada más que añadir…

            Por un momento Francis Constable apretó una carpeta en sus manos. James sabía qué contenía: el informe remitido que destapaba casi todas las actividades ilegales de Anthony en Hong Kong durante más de diez años y sus conexiones con la mafia china. Y lo que lo hizo temblar por la impresión fue ver quién lo firmaba, algo que creyó verdaderamente porque también era un mensaje para él: Cheng Mo Keung. Así que aquel imberbe joven que me abordó, petulante, en el oscuro fumadero de opio de su padre en Kowloon jugaba a dos bandas y quizá ninguna de ellas sabía de la otra. O sí. Pero ya nunca se nos ocurrió comentarlo ni asegurarlo. James solo cruzó una mirada de un segundo con su antiguo instructor y este no se movió.

            Cuando salieron era más de mediodía. Arthur Highmore se marchó sin despedirse de nadie, sin duda más malhumorado que al llegar. Tampoco hizo nada ya, como le espetó su hermano. Fue inteligente, lo había sido siempre igual que su sobrino había heredado su peor naturaleza, que, solo con que James hubiera querido que Francis Constable enseñara aquella carpeta, lo habría descubierto como beneficiario también de buena parte de aquellos negocios ilícitos.

            Para Lord Richard Walton efectivamente aquella reunión no ocurrió nunca, pero cortó toda relación con la familia Highmore, llevándose a su hija Eleanor —gravemente enferma tras enviudar— fuera de Londres, a donde ya no regresó.

            Patrick Highmore quiso pararse frente a James y su padre antes de salir. Ellos esperaron casi un minuto antes de que se decidiera a hablar.

            —Sé que no sirve de nada intentar disculparme o compensarles de alguna manera a usted o a esa muchacha…

            —Hay una manera —dijo James tajante pero sin acritud, y ante la sinceramente esperanzada mirada del hombre, continuó impasible aunque sin poder evitar aquella extraña compasión—. Ella es mía y ambos seguimos muertos para ustedes. Olvídennos. Eso es todo.

            Sin más, salió tras su padre y caminaron despacio hacia la sala donde esperábamos. Lo siguiente fue el abrazo a su madre y un beso a mí, que alargó rozándome las mejillas con los labios y susurrándome el más dulce “te quiero” que me dijo alguna vez. Después, su verdadera venganza fue que yo ya nunca pude dejar de quererlo a él.

Mariola Díaz-Cano Arévalo

Octubre, 2012

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Comments
25 Responses to “Lluvia.”
  1. tico dice:

    Me ha encantado trabajar contigo Mariola, gracias por facilitarme las cosas con toda la documentación que me facilitaste y por tu paciencia infinita. Todo un honor poder colaborar en esta mítica serie del capitán Lung dándole las últimas pinceladas, o las penúltimas. Un gran relato para una gran serie, que como te dije, cualquier día la vemos en la HBO.

  2. Felicitaros a los dos por vuestro magnífico trabajo.
    Mariola el relato esta genial y el desenlace harto interesante. Supongo que habrá epílogo próximamente…, sobre todo porque tus lectores te lo van a pedir (yo al menos lo hago desde aquí).
    Sólo tengo un “pequeño” problema…, y es que en el hipotético caso que me tocase ilustrarlo (tendría guasa), Vicente me lo ha puesto muy, muy difícil, y no sólo por la cantidad (¡5 ILUSTRACIONES!) si no sobre todo por la calidad. Son una pasada. Para complicar más el tema, detecto “cierto parecido” de nuestro héroe Lung con cierto actor con la iniciales RC.
    En fin me ha encantado y lo he pasado muy bien leyendo el relato y mirando la ilustraciones, que tampoco tienen desperdicio.

    • tico dice:

      Muchas gracias José Vicente, tienes razón con lo del actor. Siempre, desde antes de colaborar con Mariola, me he imaginado al capitán Lung con la cara de ese actor, porque conocía los gustos de Mariola y pensaba que sería algo así. Otra cosa es que el dibujo llegue a reflejar ese parecido. Si tú lo has visto, de lo que me más me alegro, aunque imagino que tú también conocías el secreto.

  3. Natalia dice:

    El capitán Lung, o mejor dicho James, vuelve a casa (por Navidad) por fin. ¿Pero ésta es la última aventura del capitán y la hermosa Yi que podremos leer? Las despedidas son tristes aunque éste sea un final feliz.
    Un relato cargado de emociones. Muy intenso ese encuentro con su padre, el abrazo, las súplicas de perdón, la madre (qué gran mujer!).
    Mariola, has escrito un gran relato para terminar las aventuras de este marinero, al que echaremos de menos.
    Las ilustraciones de Tico reflejan las diferentes escenas como si fueran un espejo 😉 Padre e hijo son clavados!
    Las sombras, los reflejos, me suelen llamar la atención por eso me gusta especialmente como te ha quedado la lluvia en el puente, las rodadas del coche. Pero también las expresiones de los personajes, las emociones que, como he dicho, son muchas.

    Enhorabuena equipo!

    • tico dice:

      Natalia!! Gracias por tu comentario, me alegro mucho que te gusten, tú has sido testigo parcial del proceso 🙂 un besete maja.

  4. Mariola dice:

    Bueno, pues ya hemos llegado al final… (?) ;-). Tico, no sé si veremos al capitán en la HBO, lo que sé es que todos vosotros lo habéis hecho posible por haber seguido (y disfrutado) sus aventuras, además de que le hayáis puesto imagen. Quiero darte las gracias a ti por tu gran y generoso trabajo que tanto me ha gustado. Ha sido un placer comentarte cosas y contarte pequeños secretos exclusivos por ser la última historia, y he disfrutado más por esas entregas a cuentagotas que esperaba cada día con ilusión.
    Pero también quiero extender las gracias una vez más a todos los ilustradores, desde Lidia Terol y Ester Agüero pasando por Virginia Berrocal, Julio Roig, Marta Herguedas, Rafa Mir, Natalia Llorente (sigue pendiente por si acaso… ;-D), Verónica López, Carolina Cohen, Pilar Puyana, Laura Vazvál y José Vicente Santamaría (sí, James se parece “sospechosamente” a cierto individuo con esas iniciales, jejejeje). Cada uno le habéis dado vida también a esta historia y también es un poco vuestra. James y Yi también lo agradecen y… ¿quién sabe si volverán?
    Lo dicho, que espero seguir enganchando a lectores y colegas tan entendidos, exigentes pero también agradecidos.
    Muchas gracias de nuevo.

  5. Paloma Muñoz dice:

    Mariola, no puedo creer que el capitán Lung y Yi se queden en London fo ever and ever. Me ha encantado tu reencuentro con la ciudad y cuando mencionas La Valette, me imagino en Malta a Mariola con Lung y Yi. Bueno imaginaciones a parte, me quito el sombrero cincuenta mil veces por esa colección de relatos que han contado una historia fantásticamente escrita con unos sentimientos envolventes e inolvidables como tus personajes y la vida con la que los has dotado.
    Una curiosidad sobre las estupendas ilustraciones de Vicente Mateo y es que el capitán Lung me recuerdoa un poco al actor Glenn Ford, bueno lo mismo es que estoy alucinandfo que te aseguro, que lo estoy.
    Un gran superdiez a los dos.
    Un cariñoso abrazo, Paloma

    • tico dice:

      Hola Paloma, pues no había caído con lo de Glenn Ford, y tienes razón, se parece un poquito pero yo quería reflejar otro actor que dice más arriba José Vicente 🙂 Muchas gracias por tu comentario.

  6. Mariola dice:

    Gracias, Palomita, pero el capitán y Yi no se quedan en London forever and ever… Y sí, también hay un ligero parecido con Glenn Ford ;-). Y no dudes de que aquellas horas que pasé en La Valetta me dejaron huella y por eso le he hecho un pequeño homenaje. Pero vamos, que muchas gracias por el entusiasmo de que os hayan gustado estas historias. :-D.

    • Ya me parecía a mí, Mariola, que ese inciso entrañable y marcado en tan pocos renglones de La Valetta tenían ese origen. Muy buen detalle, como tantos que has escrito. La vida seguirá para el capitan Lug y para Yi… ante tus folios y quien sabe.,…
      Mi felicitación por este “relato por entregas” y no digamos de las ilustraciones de Vicente Mateo…. llenas de suave perfume a nieblas londinenses, a pesa de sus tintas planas… ¡Geniales! y muy generoso al hacerte tantas.

      • tico dice:

        Gracias Conchita, me alegro que te hayan gustado. He hecho tantas porque el relato era muy inspirador y porque me dio un ataque de locura en su momento. Aún así, todavía me queda por hacer la sexta que se ha quedado “fuera de concurso”.

      • Mariola dice:

        Gracias, Conchita. Sí, suelo meter casi siempre algún detalle autobiográfico en mis historias: un recuerdo, una impresión o una circunstancia. A veces me las pillan, quienes me conocen, claro, y otras las descubro, como ahora ;-).
        Y sí, Vicente ha sido más que generoso con tanta buena ilustración… 😀

  7. Me estoy comiendo el coco con el nombre del actor ¿Quién es?

    • Mariola dice:

      No te comas nada más, Conchita. En fin… El capitán Lung es una mezcla de un 50 % de Sterling Hayden (La jungla de asfalto, Atraco perfecto) y un 50 % del señor Russell Crowe. Ya podéis descansar todos tranquilos… ;-D.

  8. nurilaua dice:

    Ni te imaginas, querida Mariola, el entusiasmo que me produce cuando nos comentas que ya está colgada un nuevo capítulo del capitán Lung. NI te imaginas con qué pasión lo leo y con qué deleite me maravilloso de lo bien que escribes, porque, entre otras cosas, llegas al corazón. Das vida a unos personajes complejos y llenos de matices y cada cual se expresan según sus vivencias y su trayectoria, y eso es mérito tuyo. Consigues describir y ahondar en el amor puro, y eso no es fácil y has hecho del capitan Lung nuestro personaje de leyenda….y de ese canalla de Highmore. un sinvergüenza del que fácilmente una se puede llegar a enamorar.
    Gracias por hacer de la lectura una gran pasión. Enhorabuena

  9. nurilaua dice:

    POr cierto, es de justicia decir, que las ilustraciones son mágníficas!!!!!
    Enhorabuena a los dos

    • Mariola dice:

      Muchísimas gracias, Nuria :-). La verdad es que lo he dicho muchas veces… Sí no hubiera sido por vosotros… Ayssss. Que me alegro un montón!

  10. Impresionante y maravillosa colaboración. Fantástico broche ¿final? para una gran historia. ¡Qué ingleses son todos los personajes, y qué inglesas son las ilustraciones! El nivel de perfección y conjunción entre texto e ilustraciones es excepcional, como si todo lo hubiese hecho la misma persona.

    • Mariola dice:

      Roberto, eres un Sol, y nunca mejor dicho :-)! Y sí, creo que Vicente y yo nos compenetramos muy bien y trabajamos muy a gusto, así que nos salió un gran broche ¿final? ;-). En fin, que no me canso de daros las gracias a todos.

    • tico dice:

      Hola Roberto, perdón por el retraso. La verdad es que trabajar con Mariola resultó muy fácil ya que me llenó el correo de documentación muy útil. Me alegro que te gusten las ilustraciones, yo creo que exageras un poco pero de todas formas gracias por tus palabras tan generosas 😉

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