No fue venganza, ni justicia, solo fue… inevitable.

Autor@: Juan Ramón Lorenzana Fernádez

Ilustrador@: Daniel Camargo

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Intriga

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana Fernádez, y su ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

No fue venganza, ni justicia, solo fue… inevitable.

La llamaban Marta, pero perfectamente se podría haber llamado víbora, rata, parásito, gangrena, virus o cualquier otro ser, cosa o enfermedad, siempre que fuera repugnante, miserable y traidora; porque todo eso y mucho más era ella, y sobre todo…, sobre todo Marta era hermosa.

Era hermosa y esa fue mi perdición, no porque fuera la más, ni la mejor. Otras mujeres antes que ella conocí más bellas, más femeninas y delicadas, e incluso mejores  en la cama; porque Marta, ¿cómo decirlo…?, Marta era un poco seca, no aburrida, pero de esa clase de mujeres a las que hay que hacérselo todo en pasos claramente definidos en un orden impepinable. Y sin embargo, nunca fui más feliz que siguiendo escrupulosamente las indicaciones que sus manos, piernas y gemidos me ordenaban.

Era hermosa y eso me engañó. Desde siempre, alguna parte de mi cerebro me ha dicho que las cosas bellas, por definición, tienen que ser buenas, ¡gravísimo error! Y ella tenía unos ojos de ternura verde iluminados; la boquita, de finos labios que a cada rato mordisqueaba nerviosa, a sabiendas de que ese simple gesto me volvía irremediablemente loca. Sus delgadas piernas abrazaban; sus manos, juguetonas arañas que tejían trampas, mientras yo, ignorante, besaba y chupaba sus pequeñas patitas de porcelana, para luego esconderlas, a veces juntas, otras veces separadas, en mi cuerpo sojuzgado.

¿Por qué la empujé? No lo sé. Me había prometido perdonarla, no porque mi corazón estuviera limpio de odio y rencor, era simplemente para darme la oportunidad de ser feliz. No había conseguido pasar ni un solo día sin pensar en ella, y hacía ya dos años que ella me había obligado a dejarla.

Decidí ir al psiquiatra después de mi primer intento fallido de asesinarla. Este me dijo que lo mío era muy común y de fácil resolución, aunque a mí no me lo pareciera, pues en ese momento me sentía, me dijo “encerrada en una habitación de paredes negras sin puertas ni ventanas por donde escapar”. Me recetó antidepresivos, ansiolíticos e inductores del sueño. También me indicó la necesidad de realizar una terapia psicológica con su compañera de gabinete, que además de compañera, sicóloga y socia, era su esposa. Su mujer, que fue mi sicóloga una vez a la semana durante los siguientes tres meses, me dijo que había sido una mujer maltratada, que yo no me había dado cuenta pero había renunciado a pensar en mí, que había sometido mis necesidades a los deseos de otra persona, y aunque eso puede resultar muy atractivo para alguien dominante, eso va unido indisolublemente al desprecio por la persona dominada, que cada vez se arrastra más y cede más espacios de su personalidad y libertad en busca del reconocimiento, cuando no del amor de la otra persona. Pero eso no ocurre jamás, y el destino inevitable es la ruptura o la destrucción de la persona sometida a esa peligrosa relación.

Tres mil seiscientos euros más tarde estaba convencidísima de la argumentación de mi sicóloga, y así se lo dije a su marido, aunque no recuerdo muy bien si fue antes o después de que me bajara las bragas sobre su bonita mesa de nogal, pues decía que la manía esa mía por las chicas él también la podía curar. Y la verdad es que su trabajo fue concienzudo: me dio tiempo a leer el largo informe que sobre su mesa reposaba, aunque él no contestó a ninguna de las dudas que la lectura me planteaba, ocupado como estaba en sorber la esencia que de mí sexo brotaba. Con un bolígrafo rojo escribí en los márgenes las preguntas que después le haría, porque sabía que su lengua, tarde o temprano, se cansaría. Y así fue; pero me dio la vuelta, y como en las películas, tiró lo que de la mesa le sobraba, que era todo menos yo. Y me dio a probar de su boca el sabor del amor, mientras empujaba como un poseso dispuesto a atravesar mi cuerpo que, rendido, se dejó socavar.

La verdad es que estaba muy agradecida a pesar de que todavía no había podido hacerle las preguntas que, con palabras como “sicótica”, “depresiva-compulsiva”, “trastorno bipolar”, “esquizofrenia paranoide”, y otras muchas más, alborotaban en mi cabeza desde que leyera su objetivo informe clínico. Sudaba mucho, pero como yo no había visto nunca a ningún hombre en ese quehacer, pensé que era normal, aunque me parecía un poco exagerado que en cada empellón desplazara unos centímetros la pesada mesa de madera maciza. Lo que no me cabía ninguna duda era que no escatimaba esfuerzos por llevar hasta el final mi curación. Incluso temí que le diera un ataque al corazón cuando apretó mis tetas como si fueran naranjas a las que quisiera sacar hasta la última gota de dulzor, y, arqueando su espalda, descargara dentro de mí un plateado rio de pasión.

Estaba esperando a que recobrara el aliento, después de su meritorio esfuerzo, para hacerle partícipe de las interrogantes que en mi cerebro pululaban, pero no me dio tiempo.

Aún caían, una tras otra, las gotas de sudor que por su frente se deslizaban hasta llegar a la nariz, desde la que, tras una teatral pausa, saltaban para estrellarse sobre mi vientre. Aún sus grandes manos apretaban mis pechos y su acelerada respiración no le dejaba hablar. Pero, sacando fuerzas de su enorme corpachón, y con una sonrisa que yo entendí de complicidad y amor, me dijo: “¿Te ha gustado, puta?”

Me hubiera gustado decirle que no, pero la verdad es que tampoco me había disgustado del todo. Me hubiera gustado preguntarle por qué los hombres tienen esa curiosa manía de llamar “puta” a las mujeres que aman, y también a las que odian. Me hubiera gustado sobre todo preguntarle… Pero todas mis interrogantes se quedaron sin respuesta porque todas ellas se ahogaron en un gorgoteo espasmódico cuando el bolígrafo rojo, que de mi mano no se había alejado, atravesó su entrevenada garganta.

Todo había salido bien, estaba completamente curada. Pensar en Marta, la verdad, seguía siendo una constante imperturbable, pero ya no lo hacía con rencor, odio o desprecio. Había aceptado el paso de su recuerdo al pasado. Ya no retumban en mi cabeza las palabras que me dijo aquella mañana para obligarme a dejarla: “No puedo más, no puedo más, te quiero, pero me estás matando… Tus obsesiones, tus enfermizos celos. Necesito aire, me estás asfixiando”; y mi contestación, de la que tanto me arrepentiría y que tanto dinero y esfuerzo me costaría superar: ”No te preocupes, si tanto te agobio, lo dejamos y ya está. Ya verás qué poco tardas en venir a suplicarme que volvamos a empezar”. Pero ni suplicó ni volvió. Tampoco recapacitó cuando mi coche le rompió una pierna, peor aún, me amenazó con denunciarme, con meterme en la cárcel. ¡Maldita estúpida!, ¿desde cuándo al amor puede perseguirlo la Justicia? Pero no debo dejarme llevar por recuerdo siniestros, ¡ya lo he superado! Ya puedo mirar al futuro con ilusión. Ya puedo disfrutar de este encantador paseo por la bucólica orilla del río, y del anochecer mientras cruzo el Puente de Hierro. Ya puedo disfrutar al ver el amor que comparte una encantadora pareja que, en mitad del puente, se besa, para después, tomando sentidos contrarios, alejarse uno del otro. Ya puedo mirar a los ojos a la chica que se acerca sin ver en ella a Marta “la perra”, a Marta “la sanguijuela”, a Marta “la viruela”, a Marta… “mi amada”. Ya puedo darle un empujón a esa chica, que sólo chilla el breve instante que trascurre desde que reacciona a su impresión hasta que su cuerpo choca contra las frías y negras aguas que apagan su voz.

Ilustración de Daniel Camargo

 

FIN

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Comments
10 Responses to “No fue venganza, ni justicia, solo fue… inevitable.”
  1. Mariola dice:

    ¡Vaya par de artistas que os habéis ido a juntar!
    Qué buena historia, Juan Ramón, en tu línea pero todavía rizando más el rizo, descarnada y sombría y con tu estilo desplegado con toda su fuerza. Y ya con Camargo poniendo esa ilustración tan fantástica (como no podía ser de otra manera), os lleváis mi diez más redondo.
    🙂

    • Juan Ramón dice:

      Gracias Mariola, pero tus alabanzas no cuentan; sé que tienes debilidad por mí y eso no te deja ser objetiva. Pero de todas maneras, gracias. Ja, ja.

  2. tico dice:

    Qué buen relato Juan Ramón me ha gustado mucho así como la ilustración de El Gran Daniel con ese rostro malvado y la sonrisa sanguinolenta en el puente, eres un crack. Tú eres otro que debería tener un blog o portafolio o similar como museo de estas obras de arte. Enhorabuena a los dos.

  3. Me ha gustado el juego Juan Ramón. Sentía como jugueteabas con esos sentimientos contrapuestos, desde un fondo suave, escurridizo, casi templado…. Me captabas en tu relato que por cierto es fuerte y crudo.
    La ilustración de Daniel como siempre magistral,. Ha sido ilustrador de relatos mios y conozco su dominio de la expresión justa, elocuente… Muy buena.
    Saludos a ambos

    • Juan Ramón dice:

      Gracias Conchita. Me gusta que los personajes no sean lineales y que el lector tenga también la posibilidad de ver a los protagonistas desde diferentes puntos de vista.
      Muchas gracias por tus palabras.

  4. Juan Ramón dice:

    Gracias Mariola, pero tus alabanzas no cuentan; sé que tienes debilidad por mí y eso no te deja ser objetiva, pero de todas maneras, gracias. ¡Qué mal se me da la ironía! Ja, ja.

  5. ¡Vuelve, Marta, que está nos finiquita a todos…! ¿Un acercamiento al gore? Porque lo del boli rojo te acerca al lado oscuro de la fuerza. De todas formas un excelente relato. Yo no podría haber lesionado a más gente en menos palabras…
    Daniel, me encantan los detalles de tus ilustraciones, que hay que agrandar para poder contemplar en toda su magnitud, porque el fondo de ese río está plantadito de trozos humanos ¿verdad?

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