Patricia.

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: Jóse Vicente Santamaría

Corrector/a: Carme Sanchís

Género: Relato

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino, y su ilustración es propiedad de  Jóse Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Patricia.

Estaba nervioso, era mi primera práctica en quirófano y además intentaba colar una grabadora, para no perder detalle. Colgué la bata en un momento de distracción del personal en el perchero que estaba justo al lado del médico que intervendría hoy, esta vez, teníamos un parto.

La madre llegó muy  tranquila, era una chica de unos veintiséis años, muy guapa, de pelo castaño y de grandes ojos color miel. No pude mantenerle la mirada porque me ruboricé al instante, la chica debería de estar acostumbrada a este tipo de reacción, pues me sonrío con complicidad.

El doctor entró y empezamos, todo era normal hasta que llegó el momento de sacar al bebé.

La chica dio el último empujón.

¡Dios mío! Jamás pensé que vería tanta fuerza en un parto, era inhumano. Allí estaba ella, respirando aceleradamente y empujando, respirando y empujando. Las contracciones cada vez eran más fuertes y apenas tenía tiempo de tomar aire antes de volver a empujar. El pequeño no salía, seguía dentro poniendo a prueba su resistencia. Al fin en un último esfuerzo sobrehumano, la chica dio a luz y el bebé salió embadurnado de pies a cabeza, y nada más sacarlo se puso a llorar.

La imagen de la madre al verlo con lágrimas en los ojos y una expresión de devoción y serenidad reflejada en su rostro, hizo que ese momento me llegara al alma, hizo que me   estremeciera.

-¿El bebé está bien? -preguntó la chica un tanto agitada al ver que no se lo daban-. ¿Qué está pasando? -siguió preguntando angustiada, pues nadie le contestaba.

Me acerqué a ella y le cogí la mano, la sentí tan desamparada e indefensa que instintivamente me lancé entre mis compañeros, hasta ponerme a su lado para protegerla y hacerle ver que todo iba bien.

-Mis compañeros lo están lavando y valorando para ver sí todo está bien -le dije. El personal  me miró de una forma extraña.

-¿Le pasa algo a mi bebé? -preguntó de nuevo la chica al cabo de unos minutos a la enfermera que la estaba cosiendo.

El bebé seguía berreando, si le pasara algo no lloraría fui a decirle, pero una potente voz ahogó cualquier intento de que aflorara la mía.

-No -le espetó la enfermera de manera tajante.

-Sedadla -le ordenó entonces el médico a su equipo. Me pareció una decisión fuera de lugar, ella estaba perfectamente, solo algo preocupada porque estaban tardando demasiado en darle al bebé. Yo tenía entendido que nada más sacarlo, se lo ponían a la madre en el pecho piel con piel, pero no debía de olvidar que era novato y poner en duda el criterio de un profesional era algo que no me podía permitir.

-¿Cómo? ¿Por qué me sedan? Me encuentro bien, ¿y mi be…?

No le dio tiempo a decir nada más, cayó en un estado soporífero causado por la anestesia. Acto seguido, el doctor me miró y preguntó:

-¿Quién es este? No es de mi equipo.

-Es un estudiante en prácticas, Gómez nos lo envió -le contestó un chico rubio algo mayor que yo.

-Pues la práctica ha terminado, no hace nada aquí -dijo en un tono desagradable y algo molesto.

Tras esa tajante despedida, fui acompañado hasta la salida de quirófano, eso sí, con mi bata a cuestas y la preocupación reflejada en mi rostro por todo lo que había pasado.

Los días siguientes pasaron rápido, tan rápido que pronto olvidé mi extraño episodio en quirófano y la cinta que guardé en mi cajón, para escucharla cuando tuviese algo de tiempo, también quedó olvidada. Después llegaron los exámenes, las prácticas y las colaboraciones. Sorprendentemente, en las semanas y meses siguientes se requirió mucho mi presencia en quirófanos, no sé si fue por el doctor Gómez, amigo de mi padre, o porque mis elevadas notas hablaban por mí. No paré hasta graduarme, claro está, nada más hacerlo, empecé a trabajar. Colaboré con algunas ONG, incluso estuve un tiempo realizando visitas a domicilio, fuera de mi horario y desinteresadamente. La verdad es que hice muchísimas cosas que enriquecieron tanto mi profesionalidad, como mi persona.

Al cabo de un año, volví al hospital donde hice mi primera práctica. Gómez se jubilaba y era de lógica que asistiera y me acercara a darle las gracias por encaminar mi carrera. Entré en su despacho, estaba recogiendo sus cosas antes de ir a la comida de despedida que le habían organizado sus compañeros.

-Ferrán, chico, ¡qué sorpresa! -dijo alzando los ojos hacia mí-. ¿Vienes a la comida?

-No, prefería despedirme de forma más íntima, sabe que no me van mucho éstas cosas.

-Sea como sea, me alegro mucho de verte.

-Yo también me alegro, realmente venía a darle las gracias por su apoyo y la forma en que me promocionó como estudiante.

-Yo no hice nada, te lo ganaste a pulso tú solito. Además, en la primera práctica que te di el doctor Hernández me habló muy bien de ti, de hecho fue él quien te consiguió el resto de prácticas. Ya con tu primer trabajo, sí hablé por ti, pero nada más.

Me despedí y salí del despacho sumido en mis pensamientos, me sorprendió que aquel médico desagradable que me echó del quirófano prácticamente a patadas se hubiese convertido en mi mentor.

Pero cuando llegué a la puerta del hospital, el hilo de pensamientos se cortó y me quedé petrificado al ver la manifestación que allí se había convocado.

Había un gran número de personas con pancartas que decían cosas como: devuélvanme a mi hijo; ladrones, quiero volver a ver a mi hermana; farsantes, embusteros, me hicisteis pasar un infierno, mi niña vive.

Ilustración de Jóse Vicente Santamaría

Desde luego que había oído hablar de casos de robo de niños en hospitales en la época de mi abuela, incluso se habían reabierto casos cuando yo era un chaval. Me sorprendió que estos robos de niños se dieran en la actualidad y, más aún que fuese en mi hospital. Aunque lo que más me sorprendió fue verla a ella entré las madres indignadas.

El mismo pelo castaño, corto, indomable; los mismos ojos color miel, grandes, seguros; el mismo atuendo alternativo con el que entró al hospital aquel día. Era ella, la atractiva chica a la que asistí. Por primera vez, desde aquel fatídico día de mi primera práctica, no parecía haber pasado el tiempo.

El destino pareció aliarse conmigo, pues por alguna extraña razón ella se giró en mi dirección y me reconoció. Me hizo un saludo aprobatorio con la cabeza, me acerqué a ella, no llevaba pancartas. Estaba junto a una mujer que no paraba de llorar, consolándola, tal vez una amiga, tal vez su madre o su tía. Parecía la típica chica que luchaba por sus derechos y los de los demás, la verdad era que no parecía desentonar en aquel tipo de eventos.

-Hola, ¿te acuerdas de mí? -le dije una vez a su lado. La chica sonrió.

-¿Cómo olvidar la poca humanidad que recibí? -me contestó.

-¿Qué haces aquí?

-Apoyar la causa, me gusta estar en todos los follones, y acompaño a una amiga.

Entonces fui yo el que sonreí, pues acababa de confirmar mis sospechas.

-¿Qué tal el pequeño? -le pregunté, y su expresión cambió radicalmente y se tornó seria, triste, angustiada.

-El pequeño… – susurró. Un silencio incómodo reinó al instante, mientras la chica, cabizbaja, se perdía en sus propios pensamientos. Al cabo de un minuto eterno, ella reaccionó.

–  ¿No te enteraste? Me dijeron que había muerto.

-¿Cómo? No es posible -exclamé-. Yo le oí llorar.

La cara de la chica se tornó lívida y las lágrimas corrieron por sus mejillas mientras se tapaba la cara con las manos sin saber si reír o llorar. Se quedó un momento sentada en el suelo, asida a mi brazo, pues por un momento creí que se iba a desplomar y la cogí como pude acompañándola hasta el frío asfalto.

-Acompáñame, por favor -me dijo cuando se recompuso un poco, y yo la seguí fuera de la multitud, fuera de la calle, fuera de aquel barrio.

-He estado un año creyéndome loca -me dijo una vez sentados en la cafetería de la manzana de al lado-. ¿Sabes ese momento, después de repetir una cosa mil veces mentalmente, en el que todo se vuelve borroso y llegas a dudar de todo lo que recuerdas? Es ese momento en el piensas, que todo te lo has inventado solo para no sentirte culpable por lo que pasó, te sientes impotente y al final te vuelves loca.

Asentí, y la compadecí profundamente. No podía ni imaginar lo que suponía para una madre perder a su hijo.

-Pues así me he sentido yo, y ahora… -la chica hizo una  pausa y las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas. Estaba muy emocionada-. Y ahora llegas tú y me devuelves la cordura, ahora encaja todo, ¿no te das cuenta? Tuve mil discusiones en las que les repetía que yo le oí llorar antes de que me sedaran. E incluso les dije que me habían sedado sin necesidad porque yo me encontraba bien, el parto fue rápido, ni siquiera me debilité. Pero era su palabra contra la mía. Inventaban cualquier excusa clínica que escapaba a mi conocimiento para hacerme callar, y al final hasta lograron convencerme.

-Yo también le oí llorar, al menos la media hora que me dejaron permanecer en quirófano, porque luego me echaron sin más.

-¿Y no te resultó raro?

-El caso es que sí, pero en ese momento lo achaqué al mal genio de un médico prepotente, ¿qué es lo que insinúas? -le pregunté. Pero al hacerse el silencio comprendí, sin que ella tuviera que contestar, y mi mente empezó a dar vueltas vertiginosamente alrededor de los acontecimientos que siguieron a aquel extraño hecho.

En aquel momento, empezamos a interactuar pensando como una misma cabeza, y acabamos la tarde sentados en el mismo bar, tomando un café tras otro y charlando sobre todo lo que recordábamos de aquel día, cada punto, cada detalle. En un intento de reconstruir o averiguar si nuestra tesis encajaba.

Cuando llegué a casa, mi cabeza no paraba de dar vueltas, colgué la chaqueta del perchero y de repente este cayó estruendosamente. Le había puesto demasiado peso. Cuando recogí toda lo ropa que allí había colgada descubrí una bata y de repente algo se iluminó en mi cabeza. Corrí al cajón de mi escritorio donde guardaba viejas cintas de grabación y encontré justo la del día del parto de Patricia.

Era increíble, durante un año la había tenido allí recogiendo polvo y no la había escuchado, siempre tenía algo más importante que hacer.

Cuando la escuché me quedé petrificado, en ella se podía escuchar además de que el niño estaba vivo, pues no paraba de llorar, cómo el médico había ordenado entregar al bebé a una familia que conocía. Era una confesión en toda regla. El médico había robado ese niño, había cometido perjurio y lo había dado en adopción, incluso puede que hubiese sido vendido.

Llamé inmediatamente a Patricia, y al día siguiente le entregué la cinta. Sabía que me jugaba mucho con aquello, teniendo en cuenta que el médico era bastante poderoso dentro del sector y podía destrozar mi carrera. Pero mi sentido ético y moral eran lo primero, además, no podía dejar colgada a mi nueva amiga. Me ofrecí a ayudarle a investigar más a fondo, a denunciarlo, pero ella me despachó diciendo que aquello era problema suyo y que yo ya había hecho bastante. Y tras un enorme abrazo y un beso en la mejilla, se despidió.

El primer mes lo pasé un poco mal, he de reconocerlo, tenía el alma en vilo pues  cualquier día el doctor Hernández vendría a pedirme explicaciones o lo que es peor, me amenazaría y haría de mi vida un infierno, pero yo estaba decidido a aguantar.

De momento solo podía seguir fingiendo que no sabía nada, lo peor de todo fue que lo trasladaron al hospital donde yo trabajaba. Se convirtió en mi superior, así que tenía que verlo día tras día.

No sabía nada de Patricia, y eso me preocupaba sobremanera. No contestaba a mis llamadas y en su casa incluso vivían otras personas, no entendía qué podía estar pasando, ¿y si no le hubiesen salido bien, cualquiera que fuera sus planes? No, no me podía permitir flaquear, debía seguir como si nada, paciente. Porque tal vez contaba con este comportamiento para llevar a buen fin lo que quiera que quisiese hacer.

Pasaron un par de meses más mientras mi angustia crecía, las manifestaciones sobre el robo de bebés que tanto auge habían tenido en los medios se  calmaban, y la normalidad volvía para todos, cuando de repente un buen día algo cambió.

El doctor Hernández se convirtió en la comidilla del hospital. Tenía un nieto que padecía una rara enfermedad en la sangre que le producía anemias muy severas, por lo que tenía que estar con continuas transfusiones. Un colega suyo, experto en genética, le había comentado que si conseguían por medio de la genética un embrión totalmente compatible con ese niño, podrían, una vez nacido, trasplantar sangre del cordón umbilical y así erradicar la enfermedad. Pero, debían hacerlo en un margen de tiempo estipulado, si no esas células madre morirían y no se podrían trasplantar. El plan era congelar el cordón umbilical hasta que su compañero, que vivía en Estados Unidos, viniera y pudiese operar. Y justo en el momento en el que se había planificado la operación, el cordón desapareció. Ningún interno se explicaba cómo podían haber sacado aquello sin que nadie se enterase.

Yo no pude evitar pensar en Patricia. La verdad es que no había pasado ni un solo día sin que pensara en ella, y aunque esté feo decirlo, una agradable satisfacción recorrió mi cuerpo al pensar que pudiera ser ella la que estuviera provocando todo aquello.

La historia terminó bien, pues al cabo de unos días el embrión regresó misteriosamente a la cámara frigorífica de donde había sido sustraído, y de nuevo sin dejar rastro. Así que el niño se pudo operar.

Eso sí, regresó después de que se desatara un escándalo en el que el doctor Hernández y su equipo fueron juzgados por contrabando de bebés, tras una confesión de este. Y seguro que mi famosa cinta tenía algo que ver.

Fueron encarcelados, juzgados e investigados. La idea era, recuperar la mayor cantidad de niños posibles y devolvérselos a sus padres. Cosa, muy difícil teniendo en cuenta los años transcurridos entre las desapariciones de unos y otros. E incluso advertían que muchos de ellos tal vez ya no se pudieran recuperar, por lo difícil que era seguirles la pista. Recé para que Patricia también hubiese sacado algo de aquella su vendetta, sería muy triste que solo se hubiesen beneficiado los demás, pero siendo ella como era, el simple hecho de que esto no se volviera a repetir la haría feliz.

Pasó otra semana, bastante dura en mi trabajo. Habíamos tenido un accidente de  avión con un gran número de heridos. Ya ni siquiera pensaba en ella cuando un buen día mi teléfono sonó y al descolgar me encontré con aquella voz dulce, que me dijo:

-Hola Ferrán, ¿te apetece un café? Tengo mucho que contarte.

-Por supuesto, yo también tenía muchas ganas de verte -le dije increíblemente feliz, mientras mi corazón saltaba alocado en mi pecho. Tras el auricular se oyó una tímida risilla.

– La verdad es que te he echado de menos. Espera, hay alguien que quiero presentarte… Pau, saluda al tío Ferrán.

Anuncios
Comments
10 Responses to “Patricia.”
  1. Ha sido muy interesante trabajar con Inma en esta convocatoria.
    La historia que nos cuenta es de lo más actual y sinceramente es para reflexionar un buen rato. Estamos hablando de que en pleno siglo XXI se siguen robando bebes…
    Cuando era pequeño, se escuchaba aquello de “que se te va a llevar el hombre del saco”. Lo cual era terrorífico para un enano, pero hoy día el tema es más sofisticado, más desvergonzado (por decirlo suave),.. más impune.
    Gracias Inma por este relato y por permitirme experimentar otro estilo de ilustración.
    Sin duda nos volveremos a ver.

  2. Mariola dice:

    Os felicito a los dos. La ilustración de José Vicente no puede ir mejor a la historia tan actual de Inma. Un gran toque de atención en ambos trabajos impecables.
    ¡Enhorabuena! 🙂

    • Gracias Mariola. Lo pase bien ilustrándolo, además habrás comprobado que es una variación de mi estilo habitual, y es que si la protagonista buscaba a su hijo, yo ando sumido en la desesperación, sino al borde de la locura como ella, buscando otro registro de estilo que me permita hacer buenas ilustraciones sin invertir tanto tiempo.
      Inma, me ha brindado sin saberlo el empujón que me hacía falta para intentarlo. Gracias Inma nuevamente.

  3. Kamy-ska dice:

    ¡Enhorabuena a los dos!

    Una historia muy actual, que por desgracia no es para nada ficticia… El relato me ha gustado muchísimo, y fue todo un placer hacer la corrección.

    Y la ilustración es perfecta, las dos obras se entrelazan de forma maravillosa.

    Un abrazo a los dos 🙂

    • Como bien dices, desgraciadamente es muy actual. Como ya he comentado antes, lo pase bien ilustrando (técnicamente) el relato, pero por otra parte se me removían las tripas solo de pensar que hay gente (que no personas) tan ruines en este mundo. Recuerdo que mi mujer, me preguntaba. ¿Qué te pasa, no te gusta como queda? Y yo le decía, si me gusta, pero el tema me está poniendo negro, estoy deseando terminarla.
      Gracias por invertir unos minutos de tu tiempo en la lectura y visionado de la ilustración.

  4. Paloma Muñoz dice:

    Vaya historia la de Patricia. Los robos de bebés están siendo -desgraciadamente- de actualidad y el drama que vive la protagonista con ese final tan esperanzador es algo que -sinceramente- te deja más tranquila.
    La ilustración de José Vicente es sencillamente alucinante.
    Un gran trabajo.
    Paloma

  5. ¡Qué historia! Y lo peor de todo es que está basada en hechos reales. No se me ocurre nada que pudiera ser más cruel para un padre que perder a su hijo. No quisiera verme en su pellejo como víctima, porque no sé qué sería capaz de hacer…
    Esa ilustración es una fantástica y enorme exclamación de tantos padres engañados… Bravo!

  6. Olga Besolí dice:

    Nunca comprendí la obsesión que tenía mi abuela, a cada alumbramiento que tuvo mi madre, por allà los años setenta, por perseguir incansablemente a las monjas que nos llevaban a bañar o a cambiarnos de ropita. Si, era un hospital con monjas como los que salen en la tele. Siempre repetía “vigilo que no me cambien a mis nietas”. Hace poco, mirando el telenoticias entendí porqué lo hacia y le doy gracias por ello.

    Inmaculada, tu relato no es solo de venganza, sino de justicia social y me ha llegado. Y, José Vicente, tu ilustración hace que me imagine todo lo escrito en esas pancartas que Inmaculada describe delante del hospital. Buen trabajo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: