Tacones.

Autor@: Ricardo González

Ilustrador@: Laura López

Corrector/a: Carme Sanchís

Género: Relato

Este relato es propiedad de Ricardo González, y su ilustración es propiedad de  Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tacones.

Es curioso. Guardas aquel recuerdo nítido y claro después de tanto tiempo. ¿Qué hizo que ese momento se grabara indeleble y otra miríada de evocaciones ya no estén? Momentos bellos, intensos, vergonzantes, odiosos, de la forma que fuesen, se han difuminado, desdibujados, imposibles de rescatar en el esplendor de sus detalles. O sin más borrados, sepultura profunda en la sinapsis de alguna neurona ya muerta por el tiempo y la inacción. ¿Acaso es casualidad? ¿Existe tal cosa?  No. Casualidad es el nombre que le damos a la superlativa ecuación indescifrable, entre cuyos signos y símbolos se encuentra, como un felino agazapado, eso a lo que llamamos destino. Ese sino a veces benévolo y generoso. Indiferente otras. Vengativo y cruel con frecuencia, como lo está siendo ahora.

¿Qué hace al destino comportarse de una u otra manera? ¿Qué rige su inestable humor? Nunca desenredaremos ese misterio, no resolveremos esa ecuación, imposible de todo punto para nuestro entendimiento. Le está vedado a nuestra pobre inteligencia traducirla, llevarla a un eje de abscisas y ordenadas. Mover la variable tiempo a lo largo del renglón torcido y saber de dónde arranca y adónde nos lleva. El futuro no se deja encerrar entre unas perpendiculares.

En el Norton servían muchos tipos de cervezas, de las que no tenían en ningún otro sitio. Siempre adoraste ir allí e ir probándolas todas. El camarero te conocía, y te avisaba cuando tenía alguna nueva, o te guiñaba un ojo el día que ibas con una chica con la que nunca te había visto antes. Hasta en uno de los anaqueles tras la barra, al lado de un cartel de la Ruta 66, descansaban  algunas de las primeras botellas de bourbon, aquel licor que nadie sabía lo que era, acaso unos pocos y tan solo de oídas, como Armando, que recordaba ver una en manos de Humprey Bogart en el cartel de una vieja película en blanco y negro.

No la habías vuelto a ver desde la facultad. Incluso durante el último año no llegasteis a cruzar más de media docena de saludos fugaces, cuando ella dejó de hacerse la encontradiza. No tiene porqué saber nada de ti, como tú lo desconoces todo de ella. Ahora haces conjeturas y tratas de presentir los hitos que han jalonado su camino. Quisieras saberlo todo de ella, incluso cuando lo imaginas sientes una leve punzada de algo que no sabes o no quieres identificar.

Fotos de motos antiguas, descapotables, un surtidor de Texaco al fondo, más allá de la mesa de billar. No solía tener mucha gente. A lo mejor también por eso te gustaba tanto, y porque la música se oía sin molestar, no necesitabas vocear en la oreja de nadie para hacerte entender. Y porque en aquel tiempo seguías haciéndole guiños al viejo estilo. Aún le dabas un toque de fijador –hacia arriba y hacia atrás- a aquella tupida mata de pelo castaño. Aunque ya no lucías el inmenso tupé de pocos años atrás, durante la adolescencia, aquel del año en que amamos a Olivia Newton Jones.

Te hubiera gustado explicarle lo que ha sido tu propia andadura. La cura de humildad a la que la vida te ha sometido. Cómo tuviste que dejar las oposiciones cuando lo de tu padre y hacerte cargo de la empresa. Fue duro, y tú no estabas preparado. Estudiar, ligar y tomar copas resultaba mucho más fácil, pese a que la mayoría son incapaces de hacerlo todo a la vez. Un día y otro te sorprendiste a ti mismo admirándote del viejo, y tratando de emularlo, tan solo a veces con éxito. Al menos supiste levantarte a cada tropiezo. Tras mucho tiempo, las cosas empezaron a marchar bien, y por unos años viviste el espejismo de la prosperidad. Pero tan solo fue eso, y mucho más rápido de lo que habías conseguido subir, comenzaste a descender. Hasta casi los infiernos, si la caída no se detiene. Allí acabarás, si no consigues ese nuevo contrato.

Fue e l día del examen de procesal de cuarto. Te había salido bien, como casi siempre, y estabas contento. Tocaba hombrear, y estabas sentado con Vicen y con Alfredo, el chaval aquel de Astorga que se murió en un accidente de tráfico al volver del servicio militar. Ya no era la primera copa, los tres con la risa floja y la lengua de trapo. Fuera llovía, nada normal a finales de Junio, pero importaba poco cuando a uno se le aparece un prometedor verano por delante. La primera noche tras el último examen tiene algo de torpe flotar en el vacío, como los primeros pasos por la calle del cautivo recién salido de la prisión. 

Hubieras podido contarle también lo duro que fue para el cazador saber  que en realidad no es más que una presa. Descubrir ya tarde que la auténtica belleza no viste de marca ni necesita maquillarse. La otra, la que nos entra por las retinas, acostumbra a ser efímera a la par que inútil, y casi siempre muy cara. El amor vino y se fue, como una ola que crece, rompe furiosa y luego se retira dejando solo resaca. Ondulación pareja al flujo de capital de una cuenta corriente, pero eso lo entendiste ya tarde. Cuando solo quedaba el vacío en los armarios y en el alma. Otro lacerante fracaso, descubriste un día que estabas solo allá abajo, aullando en silencio a la luna cada noche, convertido en un hombre a quien le hacían daño los boleros. Y aún así, fuiste capaz de incorporarte despacio y volver a caminar.

Alta, rubia y de ojos azules, y se podría decir de ella de todo menos que fuera guapa. Se había arreglado para salir aquella noche, o lo había intentado al menos. Había cambiado los habituales zapatones por unos de tacón sobre los que no sabía caminar y llevaba unos manguitos de lana en las pantorrillas. Calentadores, los llamaban, una más de las muchas horteradas de la moda femenina de los ochenta. Alguien le había prestado una cazadora de cuero y se había soltado el pelo, deshaciendo aquellas trenzas que le habían valido el apodo que tú mismo le habías puesto.

El patito feo ha encontrado al fin su sitio. Mucho más delgada, y ahora sabe arreglarse. El pelo dorado cae suave y ondulado sobre los hombros, enmarcando un óvalo de facciones dulcificadas, sin la sombra del bozo que apuntara un día, apagada ya la excesiva rojez de sus mejillas. Nunca habías reparado en esos ojos claros, y resulta que uno puede perderse en ellos como se pierde en el mar una tarde de verano. Tampoco recuerdas si aquellos labios disfrutaron antes de la perfección en sus proporciones que ahora exhiben, siempre los viste sin mirarlos. ¿Cambiada? Sí, cambiada, pero ella al fin y al cabo. Mírate a ti mismo. Sin pelo, sin cintura y sin ilusión. ¿Quién ha cambiado más?

Ella sí te esperaba a ti, y te recibió sonriente dejando que la reconocieras, pero esta vez la sonrisa ya no era tímida. No era sarcástica. Tampoco era en absoluto forzada. Ni educada, ni displicente. Era una sonrisa franca y serena, porque en realidad al verte allí, invitándote a sentarte frente a ella en su despacho, se estaba sonriendo a sí misma y sonriéndole a la vida que había cambiado las tornas. Te sorprendiste a ti mismo buscando en sus manos de uñas cuidadas un anillo que te alegró no encontrar.

  Ella sabía que tú eras quien le había puesto el mote por el que muchos la conocían en la facultad, y sin embargo, nunca te había dejado de sonreír con timidez cada vez que te la cruzabas. Igual que te sonrió aquella noche al entrar al Norton como por casualidad, aunque los dos sabíais de sobra que si ella aparecía era porque alguien le había dicho dónde estabas, para tan solo sentarse cerca y poder dirigirte alguna mirada furtiva.

Correcta y amable, cambió contigo las tres frases huecas de un antiguo conocido, un compañero más de clase a quien no se ve desde hace años, como si no hubieras sido más que eso. Enseguida pasó a examinar el proyecto y la oferta, y a no ser por el tuteo se podría pensar que trataba con un perfecto extraño.

¿Qué tal el examen, Walquiria? –le espetaste en voz bien alta cuando pasó a tu lado. Y te oyó todo el mundo. Hubo un par de segundos de silencio irrespirable, y no necesitaste ver la mirada reprobadora de Vicen para darte cuenta de que era un buen momento para haberse callado. Pero no hiciste nada por enmendarlo, y cuando ella pudo balbucir un “bien” presa del sonrojo y la vergüenza, tu “me alegro” sonó burlón y despiadado. Vicen la invitó a sentarse y tomar algo, pero ella le sonrió agradecida y pretextó estar buscando a sus amigas. Supiste que habías hecho mal al verla enfilar la puerta oscilando de forma peligrosa sobre los tacones, pero no fue algo que te quitara el sueño aquella noche, ni tampoco las siguientes, ni las de mucho tiempo después.

No pareció disgustarle, y por las preguntas que hizo y los detalles en los que reparó, se ve que está al día y sabe exactamente lo que quiere. Guardó la carpeta para estudiarlo y te precedió curvilínea hasta la puerta, con la tranquilidad y el aplomo que a ti te faltaban. Traje de chaqueta azul, medias oscuras y unos zapatos altos, quién lo diría, con los que parecía haber caminado toda la vida. Te volvió a dedicar la misma sonrisa.

Ilustración de Laura López

Tú trataste de devolvérsela, pero esta vez fue tu rostro el que traslució timidez. Se te pasó por la cabeza decirle lo mucho que necesitas ese contrato, pero al menos supiste morderte la lengua a tiempo.

Es tarde, pero te empeñas en servirte  un dedo más de wiskhey, en encender otro cigarrillo. Sabes que eso no borrará de tu boca el sabor de la ansiedad, ni lo borrará de tu vida tampoco, pero poco importa si es útil o no, hoy lo haces y punto. El licor ya te ha embotado, navegas por la estúpida neblina del bebedor solitario, por el mar interior, más bronco, traidor y tenebroso que cualquier océano conocido. Escuchas una y otra vez a Loquillo cantarle a otro solitario, aquel imposible cadillac, nena porqué no volviste a llamar, como si hacer sonar aquellos acordes una y otra vez pudiera conjurar un viaje en el tiempo más imposible todavía. Bajo las palmeras, triste y solitario. Te pones un trago más, a ver si la ventana comienza a moverse, a girar en una espiral infinita que te lleve lejos de aquí, cruzar el mar en tu compañía, muy lejos de este momento odioso, escapar de la noche que viene, luego el día, el amanecer me sorprenderá dormido borracho en el cadillac.

Y tú si que ya estás borracho, y vuelves a recordar. Y quisieras verte sentado en el Norton una noche que llovía, en el tiempo de los problemas pequeños y las ilusiones grandes; la vida un folio casi en blanco, tan solo unas pocas líneas, casi todo por escribir. Cuando en tus peores pesadillas no aparecían la soledad, la ruina o la alopecia. Devolverle a ella la sonrisa, invitarla a sentarse a tu lado, preguntarle por el examen, saber qué pensaba hacer aquel verano. Me he sorprendido mirando a tu barrio, me han atrapado luces de ciudad. Un trago más y a ratos la ventana parece que ya se mueve, pero no lo suficiente. Quien se mueve eres tú cuando intentas levantarte, mejor vuelve a sentarte y échate otro poco, otro dedo, el último, ya casi no te queda tabaco. Y dice la gente que ahora eres formal, y yo aquí borracho en el cadillac y la vida te ha revolcado más de lo que merecías, piensas, ya ha sido suficiente venganza. Has tomado buena nota, has aprendido bien, ya no te ríes de nadie, si acaso de ti mismo, la experiencia te ha enseñado. ¿La experiencia? ¿Cómo era aquello que siempre decía Vicen cuando bebía y se ponía sentencioso? Con aquel acento de pueblo extremeño y su deje de antiguo tartamudo que el alcohol hacía brotar, rebelde.

– Macho, la experiencia es un peine que te dan cuando ya estás calvo.

 

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Comments
5 Responses to “Tacones.”
  1. Mariola dice:

    Ricardo, me gusta mucho tu estilo y cómo manejas el lenguaje. Además, me gusta también mucho la historia que has escrito y esas pequeñas venganzas del paso del tiempo. La ilustración de Laura no le puede ir mejor con esos trazos suyos tan característicos y el uso del blanco y negro.
    Os felicito a los dos por el buen trabajo, 🙂

  2. Ricardo dice:

    El auténtico mérito de este trabajo lo tiene Laura. Realizó la ilustración, por razones que no vienen al caso, en un tiempo record, y es algo por lo que debo estarle para siempre agradecido. Y además, hizo un magnífico trabajo, e interpretó el relato a la perfección. Laura, esa es, y no otra, la sonrisa que yo había concebido. Magistral.

    Ricardo

  3. aurinlopez dice:

    Jó, muchas gracias Ricardo, el placer ha sido mio te lo aseguro, 🙂

  4. Paloma Muñoz dice:

    Me ha encantado la historia y la venganza que se cobra el tiempo que pasa cuando esa compañera “La Tacones” cambia y resulta atractiva a los ojos del protagonista y del propio protagonista que estuvo cerca de ella pero sin mirarla de verdad. La ilustración de Laura es magnífica y se ve claramente a los dos personajes diciéndolo todo absolutamente el uno y el otro.
    Felicitaciones a ambos.
    Un afectuoso saludo, Paloma

  5. Aquí, como del cerdo, me gusta absolutamente todo… La historia, real como la vida misma, la forma de contarla, ácida, hiriente, mezclada con el pasado, con el homenaje al cadillac de Loquillo. Me vienen a la memoria varios dichos: el de los vientos y las tempestades, el de la venganza y el plato frío, y el favorito de The Shadow, el crimen siempre paga. Y también siempre me gustan los blancos y negros de tus ilustraciones, Laura, con el acento rojo que resalta una sonrisa de triunfo final, el único que importa.

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