¡VEN…GAN…ZA!

Autor@: Olga Besolí

Ilustrador@: Paloma Muñoz

Corrector/a: Elsa Martínez Gómez

Género: Terror

Este relato es propiedad de Olga Besolí, y su ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¡VEN…GAN…ZA! 

Ilustración de Paloma Muñoz

«¡Ven…gan….za!» logró articular ella, con un hilo de voz apenas perceptible. Luego, la última exhalación, en un grito ahogado, que salió de lo más profundo de sus entrañas.

«Aún cuando su cuerpo abandona la vida, esta mujer sigue teniendo un porte altivo» pensó él, desconcertado.

 Los ojos de la mujer se tornaron vidriosos mientras permanecían clavados en el rostro de su asesino. Su luz se extinguió. La vela sobre la mesa se apagó de repente. Una ráfaga del frío viento de octubre vapuleó la cortina que le impedía el paso, arrastrando consigo un susurrante coro de voces de ultratumba. «¡Ven…gan….za!», «¡Ven…gan….za!», «¡Ven…gan….za!», parecía oírse, a golpes de viento.

Él, llevado por un miedo súbito, apretó aún más las manos sobre la frágil garganta, comprimiéndola, estrechándola en un cerco mortal en el que su víctima ya no se debatía. Presionó más y más, fuertemente, hasta que oyó el chasquido del cuello roto.

La cabeza de la vidente cayó hacia atrás de forma grotesca. Los medallones de su turbante tintinearon y unos mechones de pelo quedaron al descubierto. El viento rugió sobre las paredes de la tienda y arrancó de cuajo la cortina. Golpeó con fuerza la lámpara de araña, que se movió como un péndulo sobre sus cabezas, emitiendo extrañas y siniestras sombras. El aire se arremolinó sobre la mesa. La bola de cristal se hizo añicos al chocar contra el suelo. El tapete se levantó y las cartas de la baraja salieron volando en mil direcciones diferentes.

Algo le pasó rozando la mejilla. No tuvo tiempo de ver qué era. El viento amainó súbitamente. Se extinguió sin dejar más rastro que una estela de objetos esparcidos y una calma inquietante.

El frío se apoderó de la estancia. Inmediatamente, notó como la sangre caliente manaba de  su cara, resbalando por su cuello. Se limpió como pudo con el brazo de la chaqueta, sin atreverse a soltar a su víctima, aún caliente bajo sus manos frías. Buscó con la mirada qué le había herido, escudriñando el suelo lleno de despojos y objetos rotos y allí estaba: la carta de la muerte, el arcano más terrible del tarot, con ese horroroso esqueleto dibujado que parecía haber cobrado vida y reírse de él, tintado con su propia sangre.

Entonces se arrepintió. No de haber matado, eso nunca. Al contrario, sentía un placer extremo que lo invadía cada vez que arrancaba una vida de un cuerpo. No. Era otro tipo de arrepentimiento. El que se siente al haber errado en la elección. ¿Por qué había escogido acudir allí cuando lo más sencillo hubiese sido la huída?

Cuando llegaron los rumores de que los gitanos acampaban a las afueras del pueblo y de que traían consigo la maldita bruja, debería haberse largado lejos, allí donde su secreto no pudiera ser desvelado. Pero no lo hizo. No podía. La curiosidad que sentía era demasiado fuerte y tentadora: quería saber si las habladurías eran ciertas; si era, en verdad, tan infalible como decían y representaba un peligro para él, o si era solo una farsante más.

No. No  estaba siendo sincero consigo mismo. No era eso lo que quería en realidad. Necesitaba ver con sus propios ojos si era capaz de descubrir lo que él era. Quería estar presente para saber cómo reaccionaría si lo averiguaba, si lo veía reflejado en su bola de cristal. Anhelaba que fuera así, como sucedió años antes con ese detective menos listo de lo que se creía. A él tuvo que dejarle un par de buenas pistas para que pudiera seguirle el rastro. A ella, a la vidente, le acababa de dejar un billete de diez sobre la mesa y una petición «Adivíneme el futuro pero antes quiero que eche un vistazo a mi pasado».

Había ansiado que ella leyese en sus cartas toda la muerte que había dejado tras de sí y luego lamer el terror de sus ojos antes de estrangularla. Como al detective. Todavía recordaba el esfuerzo que le costó apretar ese cuello inmenso. También la lucha desesperada que mantuvo por permanecer con vida mientras él apretaba su garganta y esas manos grandes y fuertes que le golpeaban y que casi arruinaron el momento.

Después de eso nunca más volvería a ir a por otro hombre. «Las mujeres son más asequibles», pensó mientras se regocijaba observando las facciones sin vida de la adivina. «¿Por qué no fue capaz de ver mi pasado?», se preguntó. No acababa de creer la excusa de la vidente, que las cartas estaban borrosas y no podía leerlas, que esa noche, víspera de todos los santos, los espíritus solían interferir porque eran ellos los que querían hablar; y que, por el mismo precio, podría dejarse poseer por ellos. No le terminó de convencer, pero le fascinó la propuesta.

Poseída por los muertos. El placer que había sentido en el momento en que lo oyó de boca de la vidente fue casi tan intenso como el de matar. Y el ansía de rodear el cuello con sus manos se acrecentó mientras ella entonaba  cánticos incomprensibles y su faz se tornaba de un blanco marmóreo.

Debió abandonar la tienda de la bruja en el mismo instante en que su cuerpo fue tomado por el único espíritu con el que él no quería comunicarse, el de su propia madre: «Eres malo, siempre lo has sido, y tendrás tu merecido. Ya sabía yo, cuando todavía estabas en mi vientre, que eras un demonio. Te pudrirás en el infierno. Ven aquí. Ven aquí ahora mismo. No me hagas esperar. Si tengo que ir a por ti sabrás lo que…»  Él recordaba de sobra esas palabras hirientes. Las rememoraba cada vez que mataba. Y tenía que ahogarlas antes de que crecieran y se volvieran insoportables, aunque fuera dentro del cuello de la vidente.

Recordó ese instante y una oleada de excitación recorrió todo su cuerpo. Quiso mirar por última vez a la cara de la muerte y soltó el cuello de la vidente para sujetarla por los cabellos y alzarle la cabeza. El turbante se desprendió, liberando la ondulante cabellera rojiza. Cayó al suelo y las pequeñas medallas volvieron a tintinear. El tintineo se unió al sonido de unas campanas lejanas, las de la iglesia del pueblo, que marcaban la medianoche.

De pronto, el cuerpo muerto de la vidente pareció insuflarse de vida e, inesperadamente, le miró a los ojos desde los suyos sin luz, atrapando su atención en la negrura profunda de sus retinas. Las manos de la vidente, inesperadamente huesudas y firmes, agarraron con fuerza el cuello del asesino. Él la cogió por las muñecas, soltando la cabeza que cayó inerte hacia atrás, en un intento desesperado por desprender esas manos aferradas a su garganta, pero no podía. No podía. «¡No puede ser! ¡Es imposible! ¿Vive aún?», se preguntó. Pero la cabeza desplazada, zarandeándose sin control alguno cada vez que él intentaba liberarse de sus garras, y ese hueso que sobresalía bajo la piel del cuello, demostraban que estaba muerta.

Sintió como unas largas uñas, que antes no tenían sus manos, le arañaban la nuca y eso le recordó a una antigua conocida, una prostituta, su primera víctima, aquella que le prestó sus servicios antes de morir. Se excitó, pero pronto el tacto cambió y las manos se volvieron inquietas y nerviosas, flexibles alrededor de su cuello, como las de aquella adolescente juguetona a la que sedujo antes de matar. Luego se volvieron rugosas y ásperas como las de la anciana a la que exterminó, más por compasión que por otra cosa, para cambiar a las pequeñas y regordetas manos de un chiquillo sin apenas fuerza. Unas manos inocentes que recordaba con todo detalle y que no podían hacerle daño alguno.

Entonces, el asesino, en un instante de lucidez, supo que ese era su momento para escapar, para librarse del mortal abrazo, pero cuando separó, sin gran esfuerzo, esas manos infantiles de su cuello, se transformaron en otras más fuertes, más grandes, más masculinas. Se atenazaron tan fuertemente sobre su garganta que pronto el aire empezó a faltarle. No podía más. No podía. Estaba a punto de morir y lo sabía.

«¿Detective?» dijo el asesino en un susurro ahogado, usando las fuerzas que empezaban a escasearle.

La cabeza desnucada de la vidente empezó a rodar hasta quedar a un lado mientras acercaba su cuerpo al de él. Clavando sus pupilas muertas sobre los ojos llorosos del asfixiado asesino, ahora convertido en víctima, estrechó el cerco sobre su garganta y le dijo al oído con la voz ronca que el detective había tenido en vida: «¡Ven…gan…za! ».

Olga Besolí

Octubre 2012

 

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Comments
6 Responses to “¡VEN…GAN…ZA!”
  1. olgabesoli dice:

    Bueno, Paloma, creo que ha quedado bien ¿no? ¡Encantada de haber trabajado contigo!

  2. Mariola dice:

    Olga, ¡vaya relato intenso y vengativo! Y ese toque fantástico del final le pone el colofón perfecto. Meterse en la piel de un asesino tiene su aquel y tú lo consigues más que de sobra.
    La ilustración de Paloma no puede ser más sencilla y contundente a la vez, así que habéis hecho un equipo fenomenal.
    ¡Enhorabuena!

  3. Paloma Muñoz dice:

    Lo mismo mdigo, Olga. ha sido muy fácil haber formado equipo juntas. Tu relato era muy inspirador y ya te comenté por e-mail que se me venían a la cabeza muchas imágenes, ¿recuerdas? Pero al final elegí esa bola y esa “mardita calavera” sobre ese “cojín flotante” como comentaste. Personalmente, lo que me ha parecido más original-a parte del relato- es el título: ¡Ven…gan…za! Sí señora.
    Mariolita, muchas gracias por tus palabras de ánimo. Me alegra mucho que te haya gustado, besos.

  4. Olga Besolí dice:

    Gracias, Mariola, por tus palabras.

  5. Me encanta el relato, tan dinámico, tan sobrenatural. Tan de justicia de ultratumba. Me recuerda mucho a aquellos capítulos de Creepshow que tanto me gustaban, o a las historias de la cripta, o a las Historias para no dormir de Chicho. Puedo imaginármela perfectamente.
    La bola de cristal sobre el cojín con la calavera ya anuncia lo peor, pero ese VEN-GAN-ZA que sale de la oscuridad pronunciado por sabrá Dios qué criatura del averno… El conjunto es muy bueno.

  6. Olga Besolí dice:

    Gracias por tu comentario Roberto. Soy una fan declarada de las historias de la cripta y, de niña miraba entusiasmada las historias para no dormir de Chicho Ibáñez Serrador. No puedes imaginar lo feliz que me ha hecho tu comparación.

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