Zaratustra Dogs.

Autor@: Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Ilustrador@: Rafa Mir

Corrector/a: Elsa Martínez Gómez

Género: Relato

Este relato es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo Jiménez, y su ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Zaratustra Dogs.

«Los buenos, ¿son buenos porque tienen las garras tullidas, o a Nietzsche hay que escucharlo como se mira a Tarantino?» dijo su padre hace mucho tiempo, citando sin recitar un poema de Riechmann.

Max conduce despacio y piensa. Tanto piensa y tan despacio conduce que los peatones lo rebasan a él y a sus lentas cavilaciones de cuatro ruedas. No le importa. Va a lo suyo. De su expresión poco puede deducirse, pues algoritmos del tipo cara de póker la cifran: párpados levemente entornados, la vista extraviada en algún lugar de la calzada, una breve mordida sobre el labio inferior. Y es que, además de tener claro hacia dónde se dirige, Max va preparando su espíritu para lo que tiene que hacer allí: justicia. En realidad, se trata de una forma muy particular y subjetiva de justicia. De escuchar a Nietzsche del mismo modo en que se mira a Tarantino, se dice sin saber muy bien qué significa eso. Y es que Max no tiene la menor idea de quién narices es Nietzsche, sólo está seguro de que, con semejante apellido, no puede ser italiano. De Tarantino sabe que es director de cine y que ha visto nada más unos pocos minutos de Reservoir Dogs en Internet.  Suficiente para hacerse una idea, viene pensando desde entonces. Fue Gino quien le contó que aquella cinta tenía el récord de tiros pegados en una peli. «Ven, tienes que ver esto». Y Max prestó atención, pero no se impresionó demasiado. A ambos, a Gino y a Max, les parecía que Tarantino bien podría ser italiano.

Ilustración de Rafa Mir

Pero de aquel tiempo, de aquellas tardes fraternas, hace ya mucho. Gino, en aquel entonces, no lo había traicionado y Max no se planteaba, ni remotamente, tener que hacer lo que está a punto de hacer hoy. También ha pasado mucho tiempo, siglos, desde que su padre pronunciara aquella frase que, a pesar de no haber terminado de comprender jamás, le resulta tan inspiradora. Fue una tarde tras una comida de negocios entre ambas familias.

—Nápoles, Tulio, ¿Acaso no ves lo que está pasando con Nápoles? Y tú, aquí, llorando de resentimiento —había dicho el padre de Gino.

—¡Ah! Toni, Toni, Toni… Nihilismo. ¿Sabes qué es? —fue la respuesta de Tulio, el padre de Max.

Y Toni dio un trago de vino y negó con gesto agobiado. Gino y Max cruzaron una mirada. Sería mejor continuar callados.

—Comprendo. Entonces de Nietzsche ni hablamos, ¿verdad? A ver, cómo te lo explico. ¿Te gusta Tarantino?

Y Toni asintió sin mayor entusiasmo, torciendo la boca  y ladeando la cabeza. Tulio entonces endureció su voz hasta volverla acero. Se expresaba con una seguridad corrosiva, enfatizando el tono e intercalando en su discurso versos de un poema en prosa de Riechmann. Sólo hablaba él. Toni escuchaba con atención, asentía y parecía no atreverse a pestañear. Mientras tanto, Max y Gino no comprendían nada en absoluto; todas aquellas exclamaciones y aforismos les resultaban inconexos. «Tú, que vienes a mi casa, aceptas mi comida y me acusas. ¿De qué me acusas? ¿De llorar resentimiento?»; «No te equivoques. Nihilismo no es resentimiento»; «Ni te confundas o disimules. Nihilismo no es mirar hacia otro lado y no sentir nada, o sentirlo al ver que también sangran las heridas cerradas»; «Tampoco es una cuestión teórica que trate sólo de renovar los valores caducos o de ponerle bolitas de naftalina a la cretona de los espíritus»; «A ti y a todos os digo: esperad. La virtud del superhombre no es el resentimiento, es la venganza. Entonces habrá acabado este tiempo»; «Como se pregunta el poeta, te pregunto: “Los buenos, ¿son buenos porque tiene las garras tullidas, o a Nietzsche hay que escucharlo como se mira a Tarantino?”».

Max conduce con una sola mano, la izquierda, que es ahora una mano tensa. Insistentemente,  lleva la otra hasta la lúgubre presencia de una cajita de cartón. Dominado por una oscura pulsión, a cada minuto comprueba que sigue ahí. La siente y siente el frío de lo que guarda su interior. Ese frío es para Gino.

Siguen adelantándole los que caminan y a él sigue sin importarle. Piensa y recuerda. Gino hizo mal. Muy mal. Y  ahora Max no puede ignorar algo así y dejarlo pasar. Gino tuvo alternativas antes de ensuciarse las manos, sin duda. Pudo, sin ir más lejos, no haber cedido a la provocación, pasar de largo. Pero no, ¡maldito Gino!, tuviste que hacerlo, pincharlo, retorcerle dentro la muñeca y reventarlo hasta el vacío. Robarle el aliento. Y piensa y recuerda y se enfurece: Nietzsche, Tarantino, los buenos que podrían serlo sólo por sus garras tullidas, la venganza, el final de este tiempo. Cuando ya ve la casa.

Entra hasta el jardín y aparca allí mismo, sobre el césped. No vendrá de cuatro flores. Aferra con fuerza la caja y se dirige calmado hacia el porche. Allí, respira profundamente, se mira las manos; sus garras están afiladas. Toca el timbre.

Ilustración de Rafa Mir

—Hola, Max —lo saluda Miliota, la madre de Gino—. Cuántos días sin verte. ¿Buscas a Gino?

—Sí.

—Sube, está en la sala de billar.

Y Max se acerca peldaño a peldaño a su destino. Adviene en él el superhombre. Entra sin cuidado en la habitación del billar y allí encuentra a su amigo.

—Hola.

—Ey.

—¿Qué pasa?

—Mira.

Se hace un silencio que conmueve a Max. ¿Cómo puede ser? Gino está tranquilo, ausente de su propia culpa. Entonces, Max siente que en la venganza no hay lugar para la misericordia. Ha llegado la hora.

—Gino.

—¿Qué?

—¿Tú sabías que hay que achuchar al niche en las zarpas para ser bueno…? No espera… ¿sabías que hay que hablar del niche como si tuvieras las uñas del tantolino…? No, no era así tampoco. ¿Te acuerdas de la peli aquélla del record de tiros?

—¡Sí! ¿Quieres verla?

—No.

—¡Ah! Bueno.

—¿Y te acuerdas del sábado en mi fiesta  de cumple?

—Uy, sí. Hace tiempo ya.

—Ya. ¿Y te acuerdas de que me pinchaste la pelota de fútbol con unas tijeras?

Y Gino ríe entonces con la maldad propia de la indolencia. Se acuerda.

—Pues mira: —y Max abre la cajita de cartón y le muestra el interior— la cabeza de tu Gi&Joe.

Gino llora con el arrepentimiento esperable del cándido y Max rompe también en lágrimas porque le duele ver a su amigo sufrir tanto. Chillan y balbucean, sollozan y se atropellan sus respiraciones, moquean por la nariz y hacen burbujitas con algo viscoso y heterogéneo que nace en la tráquea, se ponen colorados y hasta emiten un calor insólito.  De repente, irrumpe en la sala de billar Miliota, que hecha una fiera exclama:

—¡Gino y Max!, el que me vuelva a dejar la bici en el jardín, se va a enterar de quién soy yo, ¿capite?… Y no me vengáis con lloriqueos ninguno de los dos. ¡Ah! Max, ha llamado tu madre, quiere que vayas a casa inmediatamente. Y pedaleando deprisita, ¿eh?, no remolonees que solo vives a dos calles.

La venganza a los seis años, cuando todavía se llevan las ruedecitas de apoyo en la bici, la percepción del paso del tiempo es tan lenta como el crecer de las uñas y el origen genético de las afrentas radica en un juguete, resulta deliciosamente cruel. En el pensamiento de Max ahora existe sólo una frase: «¡Ah, la familia!».

«Yo no soy un hombre, soy dinamita», (F. Nietzsche, Ecce Homo).

Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Octubre de 2012

 

Anuncios
Comments
4 Responses to “Zaratustra Dogs.”
  1. Natalia dice:

    Oooh Mk me has engañado a base bien! Me preguntaba porqué Rafa había hecho esa ilustración, la primera, muy buena. Luego he entendido.
    Qué imaginación! Qué bien escrito! Qué bien ilustrado!

  2. Mariola dice:

    ¡Miguel Ángel, canalla, qué magnífico engaño, propio de la maestría que te caracteriza! Y Rafa sabe llevarte la corriente a la perfección despistando también con sus ilustraciones de trazo tan personal y suave, algodonoso, que tanto me gusta.
    Me habéis encantado de verdad. ¡Un diez supremo! 🙂

  3. tico dice:

    ¡¡Vaya par de sinvergüenzas!! Es la segunda vez que lo leo a ver si por un casual cambia el final pero no, no es así, es el mismo final y el caso es que me gusta. Si es de esta forma me gusta que me engañen, eres un crack Miguel Ángel y tu conseglieri Rafa Mir no te va a la zaga con esas ilustraciones de estilo propio y algodonoso como dice Mariola, me gusta esta definición. Enhorabuena bribones.

  4. ¡Ja,ja,ja! Poooooobre; intentando justificar su acción citando a Nietzsche. Al final entiendo la perspectiva de las hermosas ilustraciones de Rafa, con esa cara plena de determinación… No sabía que los padres pudiésemos influir hasta ese punto en nuestros hijos. Tendré más cuidado a partir de ahora con lo que se comenta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: