Buscando a Artie, una leyenda de nuestro tiempo.

Autor@: Daniel Camargo

Ilustrador@: Rafael Mir

Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Pseudo periodístico

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Buscando a Artie, una leyenda de nuestro tiempo.

En el extremo más septentrional del planeta, junto al mismísimo Polo Norte, y rodeado por las masas terrestres de Europa, Asia, América del Norte y Groenlandia, se halla el Océano Glacial Ártico, un territorio inhóspito y casi inaccesible, congelado durante una gran parte del año, en el cual la vida es muy dura, con temperaturas por debajo de los -50 ºC.

A esta zona arribó, en el mes de octubre de 2010, la expedición auspiciada por el First Heated Bank of Greenland, para tratar de desentrañar uno de los mayores enigmas de nuestro tiempo: confirmar la existencia del animal popularmente conocido como Dragón del Ártico, criatura huidiza e indescifrable, una especie de monstruo marino semejante al del lago Ness, y que junto con éste último, Bigfoot y el Yeti, conforman el póker de misterios más difundidos de la criptozoología.

Dicho animal, que oscila entre el mito y la leyenda, aparece en muchas sagas y antiguos poemas rúnicos, aunque su existencia nunca pudo ser fehacientemente comprobada por medios científicos. Se trataría de un ser enorme que se asemeja a los extintos plesiosauros, criaturas acuáticas prehistóricas del mesozoico, de las cuales se supone que podría haber sobrevivido algún ejemplar aislado, que habitaba en las profundidades marinas.

Según la tradición mítica inuit, el dragón es hijo del Sol y de la Estrella Polar y suele aparecer en ciertas noches claras preanunciando la salida de la Aurora Boreal. Al agitar su largo cuello fuera del agua helada produce chispas que, al quedar flotando en el aire, originan la aurora. Los lapones ya han incorporado esta figura a sus rituales cotidianos y la honran, junto a Sedna y a Sila, llegando a realizarle ofrendas en un altar natural con aspecto de tronco fosilizado que, según ellos, consiste en una deposición sagrada del dragón.

La expedición estaba integrada por Jimmy Olsen, paleontólogo de la Universidad de Uppsala, Giovanna Pechugoni, bióloga de la Universidad de Módena, Sidney Clutch, fotógrafo australiano especializado en temas de la naturaleza, y Ramiro Obdulio Fuentes, natural de Quito, como sherpa, becario y asistente; y fue denominada desde un principio como Seekin’Artie (Buscando a Artie), ya que éste es el nombre familiar con el que la prensa norteamericana, tan dada a estas cuestiones, bautizó al animalito desde un principio.

El grupo llegó a Hammerfest en avioneta y posteriormente se trasladó mediante trineos de perros hasta las proximidades de la que se denominó “zona de previsible avistamiento”, donde se establecieron con sus equipos y tiendas, intentando alterar al mínimo las condiciones de un entorno natural extremo y altamente protegido. Rápidamente comprendieron que se enfrentaban a un doble desafío: por un lado el delicado equilibrio que deberían lograr en la relación con los esquimales de la tribu de los Ojibwa, dueños y señores de esa enorme planicie helada que, curiosos, se acercaron inmediatamente a rodear los trineos a su llegada; y por otro, las bajísimas temperaturas y sobre todo el viento huracanado, que les impedía montar las tiendas de campaña, e incluso mantenerse en pie con cierta dignidad.

El profesor Olsen, que fue inmediatamente considerado por los aborígenes como líder del grupo visitante, recibió regalos consistentes en pieles de caribú y vasijas con aceite de hígado de bacalao y, además, un generoso ofrecimiento por parte de Amaguk (el chamán de la tribu que hacía las veces de anfitrión), para compartir lecho, tal y como indica la tradición lapona, con su esposa, la voluminosa Uglyk, de singulares facciones y aproximadamente unos ciento veinte kilos de peso. Olsen, educadamente, agradeció los regalos y rechazó el singular ofrecimiento, tras lo cual todos se pusieron manos a la obra para establecer el campamento antes de la llegada de la noche.

Horas después, el equipo, cansado ya de luchar infructuosamente contra el viento y dando por perdidas las tiendas y algunas mochilas que habían volado a varios kilómetros de distancia, se concentraba en seguir contra reloj las indicaciones del servicial Amaguk para tratar de construir al menos un precario iglú que les diera cobijo antes de la llegada de la noche cerrada.

Pero las diferencias entre el habla occidental y la lengua inuit son abismales, lo que dificulta enormemente la comprensión mutua, cosa que los expedicionarios pudieron comprobar por sí mismos, ya que tras varios intentos fallidos por interpretar las instrucciones del esquimal, sólo obtuvieron como resultado una burda construcción que se asemejaba más a un helado de stracciatella aplastado que a un iglú propiamente dicho, e incluso necesitaron utilizar a algunos pingüinos pequeños para taponar las oquedades. Mientras tanto, veían a lo lejos cómo un gesticulante profesor Olsen no podía evitar ser arrastrado por un grupo de esquimales hacia el iglú de Amaguk, iluminado con antorchas, donde lo esperaba una ansiosa y exuberante Uglyk, vestida con la túnica ritual y embadurnada en grasa de foca.

«El recuerdo de esa primera noche en el Ártico será imborrable», comentaría luego Ramiro Obdulio al periódico ecuatoriano Paralelo Cero. «No nos quedó otra opción que compartir entre todos ese improvisado iglú que habíamos construido con nuestras propias manos. Para combatir el frío decidimos que los veinticuatro perros también durmieran dentro con nosotros, lo que hizo que el ambiente se tornara irrespirable y se caldeara por momentos hasta límites insoportables. Además, al escuchar en medio de la noche los gritos desgarradores del profesor Olsen, los cánidos comenzaron a aullar al unísono, lo que impidió toda posibilidad de descanso».

Una vez superado este primer y conflictivo contacto de la expedición con el territorio helado, y recuperado el profesor de sus contusiones y, sobre todo, del shock emocional sufrido, se empezaron a establecer ciertas rutinas que favorecían los procesos de adaptación. El plazo previsto para llevar a cabo la búsqueda de Artie estaba condicionado por el creciente congelamiento del mar cercano, donde aún flotaban enormes icebergs, ya que a partir del momento en el que el hielo cubriera totalmente las frías aguas, impediría la salida al exterior del animal. Por otra parte, las noches eran cada vez más prolongadas, lo que sólo dejaba unas pocas horas de luz natural para las tareas cotidianas. Por ello, en el campamento se trabajaba contra reloj por el día, y durante las largas noches se establecieron estrictos turnos de guardia para evitar perder cualquier eventual aparición del animal.

Lamentablemente, al revisar sus pertenencias, la impactante doctora Pechugoni comprobó que, por la ansiedad y las prisas previas a la partida de la expedición, se había confundido de maleta, llevando por error la de sus recientes vacaciones en Cancún. O sea, que sólo disponía de  ropa de verano consistente en diminutos bikinis, minifaldas, camisetas de tirantes y algunas chanclas. En un primer momento intentó resolver el problema del imprescindible abrigo mediante la superposición de capas de ropa sucesivas, pero este método se demostró insuficiente, al dejar amplios sectores de su generosa anatomía al descubierto, lo que era peligroso, no tanto por el riesgo de enfriamiento, sino por un previsible intento de violación por parte de los libidinosos lapones.  Incluso intentó tejer algún tipo de abrigo utilizando como materia prima los delgados hilos de sus tangas y, como agujas, dos colmillos de lobo marino que le facilitó Amaguk. Pero ante la enorme dificultad de la tarea, incrementada por el principio de congelación de algunos de sus dedos, desistió, recurriendo a las pieles de caribú que había recibido como regalo el profesor y algunas ropas prestadas generosamente por las mujeres de la tribu.

Ilustración de Rafa Mir

Pero estos incidentes eran sólo un botón de muestra. Poco a poco, los integrantes de la expedición iban tomando conciencia de la dificultad que implica la vida en el Ártico y la magnitud del desafío humano y científico al que se enfrentaban.

«La información disponible sobre el mal llamado dragón del ártico es muy escasa y generalmente contradictoria», admite el profesor Olsen en una entrevista realizada para la revista Unseen Creatures. «Evidentemente se trata de un animal de un gran volumen corporal, pero, a pesar de ello, huidizo y excesivamente tímido, lo que lo ha mantenido alejado del conocimiento científico e incluso del contacto con otros animales de carácter retraído, como el koala y el oso panda. Las únicas pautas de evaluación de su comportamiento con las que contamos provienen de los escasos vestigios de su actividad que se transcriben en los mitos, leyendas y sagas de la zona. Nuestra tarea consiste, por lo tanto, en uno de los grandes desafíos de la ciencia del siglo XXI. Y precisamente por ello, resulta indignante la forma en la que el conjunto de la humanidad continúa ignorando cuestiones como ésta, mientras los grandes líderes mundiales se centran en combatir la crisis económica y financiera, dando la espalda a esta parte de la realidad».

Para matizar la espera previa a la aparición de Artie, el fotógrafo se dedicó a filmar los hábitos reproductivos de focas y lobos marinos, para lo cual debió untarse de excrementos procedentes de estos animales, evitando así que su olor corporal los pusiera sobre aviso y precipitara su huída. Luego tocaba esperar pacientemente durante horas en un refugio confeccionado con bloques de hielo y parcialmente camuflado con pieles de foca.

«Mi actividad requiere una infinita paciencia y cuidado por los detalles», reconocería luego Sidney en su autobiografía titulada Persiguiendo Bichos, «cosa que he aprendido desde mis inicios. Recuerdo que mi primer trabajo para National Geographic consistió en filmar un documental sobre la vida del perezoso en plena selva centroamericana. Nos habían informado sobre la exasperante lentitud de este filófago, pero lo que no sabíamos era que compartía el entorno con el mono aullador. Tratar de captar un desplazamiento de apenas unos metros del perezoso podía llevar semanas, y mientras tanto los continuos y monocordes aullidos del primate eran una prueba de fuego para mis nervios. Tuve que recurrir al consulado australiano en Costa Rica para aclarar con las autoridades medioambientales que la muerte de los seis ejemplares se había debido a un lamentable accidente, y finalmente terminamos editando unas imágenes de Youtube para cubrir el compromiso con NAT GEO.

»Pero aquí en el Ártico el problema consistió en que, después de estar un rato prolongado apostado en el refugio junto a los lobos marinos, el terrible frío reinante me provocaba el temblor descontrolado de mis manos, y aunque hiciera mis tomas con la máxima velocidad de obturación, era imposible evitar que las fotos salieran movidas. Intenté solventar el problema mediante el uso del flash, pero al utilizarlo por primera vez el fogonazo provocó el pánico del macho dominante que, sintiéndose atacado, reaccionó, arrasando la precaria instalación y originando una estampida del conjunto de la manada que continuó su enloquecida carrera justamente en dirección al asentamiento aborigen.

Llevó semanas reparar los daños causados, y el incidente conocido hoy como La Noche de los Colmillos Largos dio origen incluso a una reclamación diplomática en toda regla, que estuvo a punto de provocar el retorno inmediato de la expedición.

«For God’s Sake, do not continue bothering those animals!», fue el lacónico SMS recibido en su móvil por la doctora Pechugoni directamente de la dirección europea de Greenpeace desde el MV Arctic Sunrise.

Luego de los primeros días de lento aprendizaje, Ramiro Obdulio había conseguido manejar con destreza el equipo de sonar, herramienta esencial para la búsqueda de grandes masas sólidas que se desplazaran eventualmente dentro del área de avistamiento. Pero algunas veces la señal era alterada por falsas alarmas, como en una ocasión en la que un cachalote perdido atravesó la zona, o en otra en la que fue la mismísima Uglyk la que cruzó por la noche, con un grupo de amigas, lo que hizo que sonaran las alarmas, se encendieran los reflectores y algunas redes de pesca cayeran sobre ellas.

Uglyk, a pesar de su contundente físico, tal vez demasiado contundente para los cánones occidentales, representaba de algún modo el ideal estético esquimal. Y aunque Olsen dijera de ella que era una de esas mujeres que demuestran la belleza por el absurdo, había llegado a ser chica de portada de la revista Walrus & Whales, y gozaba de bastante predicamento entre los hombres de la tribu. Por eso, incidentes como el del sonar ponían sobre el tapete las indudables diferencias culturales existentes y llegaban a resquebrajar la comunión y la confianza mutua entre nativos y occidentales.

«Nunca entenderemos el rechazo del profesor ése para con mi Uglik», sentenciaba un enfadado Amaguk. «Al fin y al cabo, lo agasajé con el regalo más preciado dentro de nuestra tradición de hospitalidad para con los visitantes. ¡Llegó a decirme que prefería pasar la noche con uno de los perros! Y ahora ocurre esto de las alarmas… No admito que comparen a mi esposa con un monstruo marino. Son los blancos los que horadan la paz del ártico, y son ellos los que deben adaptarse a nuestras prácticas, o se arrepentirán».

Las costumbres sexuales de los esquimales resultaron toda una sorpresa para los miembros de la expedición, ya que a medida que fueron tomando confianza, descubrieron que el relajo y la promiscuidad estaban a la orden del día y que el intercambio de parejas era algo habitual, tal vez como recurso para combatir la rutina e incluso el frío reinante. De hecho, contaban con un lugar específico para llevar a cabo tales permutas: un iglú que no era ocupado por ninguna familia y se adjudicaba por sorteo entre los interesados, el cual fue inmediatamente bautizado por Sidney como el “putiglú”.

En una charla informal con la doctora Pechugoni una integrante de la tribu reconocía abiertamente estas prácticas atribuyéndolas a las largas noches, el frío constante, la falta de televisión y a un ejemplar del Kamasutra que había sido olvidado hace años por otra expedición de “hombres blancos”, y que los inuit confundieron con un curso de yoga, llegando a analizar al detalle cada postura y movimiento y transmitiendo ese conocimiento luego de generación en generación.

El tiempo pasaba en el campamento muy lentamente, como se desliza un glaciar. La espera era tensa, sin que Artie diera ninguna señal visible. Y a pesar de lo esperado, la adaptación al frío por parte de los científicos no se producía, sino que, por el contrario, cada vez les costaba más sobrellevar las bajas temperaturas, dado que cada vez las horas de sol eran menos y, por lo tanto, las temperaturas descendían sensiblemente.

Algunos, como Sidney o Ramiro, oriundos de zonas cálidas, a duras penas soportaban el gélido ambiente. «¿Calentamiento global?», ironizaba el ecuatoriano entre temblores. «Que me vengan a explicar a mí eso del calentamiento global. Yo soy de Guayaquil, viejo, donde la temperatura no baja de veinticinco grados ¡y anoche aquí estábamos a cincuenta y seis grados bajo cero! Después, uno ve a un ecologista en la tele hablando de lo del agujero de ozono y diciendo que se van a descongelar los polos. ¡Aquí me gustaría a mí verlos a esos! Y ese maldito bicho que no aparece…»

Era evidente que la tensión se palpaba en el ambiente y resultaba muy difícil para el profesor Olsen, como líder del grupo, mantener la cohesión en una situación tan extrema. Por ello, trataba de motivar continuamente a los miembros del equipo y reforzar los objetivos que los habían llevado allí, para lo cual les solía poner música en un antiguo gramófono a manivela que Amaguk había cambiado por varios odres de aceite de hígado de bacalao en uno de sus escasos viajes a la ciudad.   Lamentablemente sólo disponía para ello de unos pocos discos de pasta, entre los que se encontraban la ópera Madame Butterfly, y una recopilación de grandes éxitos de Antonio Molina.

Una parte muy importante de la argumentación a favor de la existencia de Artie se basaba en el testimonio de Kanut, el más anciano de los pobladores de la región e integrante del Consejo de la Tribu, un ser enjuto y encorvado, con el rostro poblado de arrugas, quien proclamaba haber presenciado, años ha, una aparición del monstruo.

Más allá de las antiguas runas escritas con delicados trazos sobre piel de foca disecada (documentos históricos que los inuit atesoraban con devoción), no había otro testimonio de la existencia de Artie además de la tradición oral. Y ésta última se basaba en historias que habían pasado de padres a hijos durante siglos, con el riesgo de distorsión en el mensaje que eso conlleva. Pero allí, a escasos pasos dentro de un iglú elíptico, se hallaba la única persona viva que aseguraba haberlo visto. Y hacia allí se dirigió el profesor Olsen para entrevistar a Kanut con la ayuda de Ramiro Obdulio, que portaba un grabador.

Al llegar al iglú, Kanut se hallaba tallando pequeñas estatuillas en huesos de morsa. «Es su hábito desde hace muchos años», comentó el joven Tuk, su biznieto. «Así se entretiene durante horas. Él dice que talla reproducciones del monstruo que vio, pero hace tiempo que le falla el pulso, y con el tembleque resulta imposible reconocer exactamente qué es lo que representan. Yo me he quedado con algunas que me parecieron interesantes. Mire, ¿ve? Ésta se parece bastante a Messi. Y esta otra es clavada al Red Bull de Vettel».

Mientras tanto, Kanut, que había dejado de tallar, miraba al suelo sin decir palabra. Estuvo así un lapso prolongado, sumido en profundas cavilaciones, como remontándose a un tiempo pretérito, para hacer memoria, para recordar cada detalle… Así se mantuvo, abstraído, hermético, hasta que Tuk le informó al profesor  de que la cuota por la entrevista era de doscientos euros, pagados los cuales comenzó a hablar.

«Sí, claro que lo vi», aseveró el anciano. «La noche era clara y la estrella Polar brillaba como nunca. Yo era joven aún, y luego de una jornada de pesca me encontraba sentado sobre un esqueleto de narval, esperando la aparición de la Aurora, cuando vi como el bicho ése asomaba un largo cuello por fuera del agua, con una cabeza negra del tamaño de un reno y una enorme joroba por detrás. Su figura se reflejaba gigantesca en el agua y en el hielo, con colores muy intensos. No había duda de que era el Rey del Ártico. Por tamaño y poder nadie podría hacerle frente…, y luego de un rato nadando en círculos, se volvió a sumergir levantando una enorme ola».

Dicho lo cual, el anciano volvió a entrar en el mutismo y, ante la perspectiva de tener que soltar otros doscientos euros, Olsen y su ayudante optaron por abandonar el iglú.

A medida que transcurrían las semanas, la situación se hacía cada vez más insostenible para los expedicionarios. A la ausencia de cualquier rastro de la presencia de Artie, se sumó un grave problema con un envío de víveres que debía llegar desde Qagortoq, en Groenlandia, y que quedó bloqueado debido a que, por un error de traducción en un telegrama (en el que se hablaba en realidad del estado de los miembros del equipo), el banco había “congelado” los fondos disponibles para la expedición. Cuando finalmente Olsen y su gente comprendieron que no se trataba de un retraso sino de un rechazo y que ya no llegarían nuevos envíos, asumieron, como mal menor, que deberían adaptarse a la dieta esquimal.

La entrada en el duro invierno, con muchos animales migrando al sur y otros ocultos hibernando, y la lógica escasez de comida, sumada a la poca predisposición de los aborígenes a compartir sus raciones con los “hombres de piel clara”, complicaron aún más las cosas. Ya no era cuestión de adaptar el paladar al recio sabor de la carne de caribú cruda, o a la rugosa textura de la lengua de ballena, ni tampoco de masticar incansablemente el duro y nudoso garrón de foca. Había que ir pensando en alimentarse mediante raíces y algunas bayas. O ensaladas de  líquenes y musgo a lo sumo. Olsen, un líder nato, pretendía mientras tanto mantener la cohesión del grupo alabando las virtudes cardiosaludables de la dieta esquimal.

—¡Me dan igual el Omega 3 y el 6! ¡En mi vida he pasado tanta hambre! —gritaba un enfurecido Sidney mientras perseguía a uno de los perros de trineo con un típico arpón esquimal.

Lamentablemente, la concatenación de circunstancias fue minando la moral de los expedicionarios y la tensión con los nativos iba en aumento. Ya no se trataba de episodios aislados, sino de constantes enfrentamientos, la mayoría de las veces por nimiedades.

Artie seguía sin aparecer, y sin dinero, con los biorritmos alterados por la noche polar y las constantes guardias nocturnas, la moral por los suelos, muertos de hambre y frío, nuestros hombres sólo se aferraban al testimonio de Kanut, único dato más o menos concreto de la existencia del enigmático animal.

—¿Kanut? —se rió Amaguk—. ¿De verdad fueron a entrevistar a Kanut? Si en la tribu todos saben que ese viejo está completamente loco.

Y Amaguk se explayó en la descripción del anciano, que vivía de vender historias a los incautos visitantes que llegaban cada tanto. Les comentó su afición por el consumo de bayas alucinógenas desde su más tierna juventud, por lo que su opinión quedaba totalmente desacreditada. Incluso les comentó que el Consejo de la Tribu estaba considerando seriamente la posibilidad de que fuera llevado al encuentro con el Gran Hermano Oso, como pasaba con todos aquellos ancianos en el momento en el que dejaban de ser útiles o productivos para la comunidad, para cumplir con la Ley del Ártico y responder al llamado del Espíritu de la Ausencia Justificada.

Y continuando con su rapto de sinceridad, Amaguk les confesó que nadie que él supiera había visto jamás a Artie, que tanto él como sus compañeros sabían perfectamente que no ha existido nunca ni existirá, y que le daba igual de dónde viniese ese cuento, ya que mientras trajera visitantes e ingresos a la zona, (que el denominó como “Kuglysmmund”, término que luego aclaramos que significa en inuit algo así como “el culo del mundo”) ellos seguirían jugando a este juego. Y agregó, para más datos, que la tribu estaba en realidad subvencionada por el Patronato de Turismo de la Mancomunidad de Laponia, y que al igual que viaja gente todos los años a tratar de ver a Papá Noel, existen otros locos que viajan para tratar de ver a Artie.

—Los hombres blancos son así —agregó—. Parece que les sobra el dinero.

La noche polar se cierne sobre el Ártico cubriendo sus enigmas. La existencia de Artie continúa siendo un misterio no desvelado para la civilización occidental. Su aspecto, su origen, sus costumbres, continuarán ocultos, seguramente durante mucho tiempo, y la humanidad deberá esperar aún para escribir este capítulo imprescindible de las ciencia naturales. El hielo continuará protegiendo su secreto, como un gran sarcófago blanco.

Daniel Camargo

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Comments
5 Responses to “Buscando a Artie, una leyenda de nuestro tiempo.”
  1. ¡Por Dios bendito! Hacía mucho tiempo que no me reía tanto. Pobre Olsen, le iba mucho mejor como fotógrafo del Daily Planet. Te juro, Daniel, que la risas eran tantas y tan altas, que en varias ocasiones me preguntaron qué era lo que estaba fumando. Buenisísimo!!!! El texto está repleto de pequeños e inteligentes gags que hacen necesario leerlo al menos dos veces para captar todos los detalles.
    Qué bueno, Rafa, te quedó genial la Pechugoni!!!

    • Gracias Roberto! Como lo de los “mitos y leyendas” me sonaba un poco lejano, elegí el atajo del humor, y me alegra mucho que el mensaje haya llegado a destino (al menos a Mariola, Rafa, y Tú). Semejante elogio viniendo de tí, vale doble.
      Aprovecho para destacar el gran aporte de la jardinera Mariola (eegando, podando y poniendo “tutores”), y de Rafa (que plasmó una Pechugoni espectacular).
      Un abrazo.

  2. jesusrodred dice:

    Buenísimo. Atajo de imbéciles gastando dineros en investigaciones absurdas. Los esquimales tienen razón, los blancos somos raros de cojones. El viejo loco-fumeta buenísimo. Me faltó un poco más de protagonismo para la buenorra pero está bien así. La ilustración impresionante, llama a escribir toda una historia sobre: “Las vacaciones de la cojonuda en las playas del ártico”. Mi más sincera en…hora…buena. a los dos.

  3. Mariola dice:

    Daniel, me reí un montón cuando “podaba” este descacharrante relato y me lo he vuelto a pasar en grande releyéndolo y viendo la super ilustración de Rafa de esa espectacular Pechugoni. Tienes un humor extraordinario cuando escribes, no lo pierdas y sigue divirtiendo tanto al personal con relatos como este.
    Habéis hecho un equipo fantástico. ¡Enhorabuena! 😉

  4. rafamir70 dice:

    La verdad es que es un lujo divertirse ilustrando un texto así. Daba lástima tener que elegir solo una escena… El relato dá para hacer un cómic entero… 8)

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