El corazón del Rey

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Ilustrador@:  J

Género: Aventuras

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Jesús Rodríguez Redondo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El corazón del Rey.

CARDROSS. 7 DE ABRIL DE 1326.

—Elizabeth, ¿puedo entrar o estás ya descansando? —se oyó la voz grave tras la puerta.

La anciana doncella dejó de cepillarle el cabello ante el sobresalto de la reina.

—No, señor, aún estoy levantada —contestó ella rápidamente—. Aguardad un momento, por favor. Muchas gracias, querida Maud. Puedes retirarte.

La mujer, sin decir palabra y con una leve inclinación de cabeza, desapareció por el cortinaje en un recodo de la estancia.

¿El rey ahora? ¿Cuánto tiempo hacía?

—Os pido un instante más. Yo misma os abriré —dijo Elizabeth.

El espejo le devolvió un reflejo aceptable cuando parpadeó y se levantó. Ligera y ágil, todavía lozana. Él había sido veleidoso y seductor, ya no, pero ojalá que, aunque ya tampoco fuese ella la causa, hubiera seguido siéndolo.

—Perdonadme por haceros esperar. Pasad, os lo ruego —dijo bajando respetuosamente los ojos al tirar de la puerta y verlo en el umbral.

—Soy yo quien debería excusarse por venir sin haber avisado antes.

—Sabéis que podéis venir cuando queráis.

Él dio dos pasos para entrar y volverse hacia ella.

—¿Aún es posible que me humilles la mirada?

—Todos lo hacen.

—Ya es por otros motivos.

—Sois el rey. Esa es la mayor razón. Por favor, acomodaos.

—Hoy quiero quedarme, Elizabeth —murmuró él con un brillo tempestuoso pero empañado.

—Tampoco eso tenéis que anunciarlo.

—Mi voluntad a veces necesita permisos.

—Los míos han sido siempre los que queréis.

Él sonrió, hizo ademán de ir a cogerle el brazo para que caminara delante, pero la sonrisa se desvaneció amargada y la mano enguantada se quedó a medio camino. Ella no le dio tiempo a retirarla y la tomó suavemente con la suya.

—Claro que podéis quedaros, señor.

Él recuperó la curva en los labios agradeciendo el gesto, dejándose guiar hasta el lecho bajo el dosel. Ella lo invitó a sentarse.

—Parecéis cansado de un día muy largo.

—Y muy gris también.

—Estamos en Escocia, ¿qué podemos decir?

—Que lo que ocurre en realidad es que no tengo muy buen aspecto.

—Estas brumas nos quitan el color a todos. Dejad que os descalce.

Pero él la alzó al instante al verla arrodillarse.

—No tienes que hacerlo. Aún puedo quitarme las botas sin ayuda. Siéntate, o mejor, acuéstate. Yo me echaré en este lado y estaré bien.

—No, señor, vos necesitáis descansar cómodamente. Permitidme que recomponga los almohadones y eche ese manto a los pies. Avisaré para que aviven esas ascuas, el ambiente está poco caldeado. —Y se apartó presurosa a disponer todo. Él la dejó, la observó, suspiró, movió la cabeza negativamente.

—Muchas atenciones… Así que aún estoy peor de lo que pensaba.

—Sé por el conde que no habéis dormido mucho estos días pasados. Me mentís cuando os pregunto. —Ella habló sin mirarlo, extendiendo el manto.

—Y sabes también, además de por esas injerencias del bueno de Douglas, que no soy de mucho dormir.

—Ni de descansar como es debido.

—Me amonestas sin mirarme pero te ocupas de mí. Siempre atenta cuando yo nunca lo he hecho muy bien. Quizás por eso estoy cumpliendo mis últimos años así. Por eso y por descuidarte, ¿verdad? Hacía tanto que no venía aquí…

—Los dos hemos estado ocupados y vuestros quehaceres son para con un país entero.

—Jamás te has quejado y yo no hago otra cosa últimamente.

—No tengo por qué. Siempre hemos contado con vos para nuestro cuidado.

Entonces apareció un criado y ambos callaron. Elizabeth le dio las indicaciones y enseguida el fuego era vivo, templando rápidamente la estancia.

—Siempre no —matizó él cuando se quedaron solos otra vez—. Cuando os tuve tanto tiempo lejos de mi lado a mi querida hija Marjorie, que Dios la guarde en su gloria, a mi hermana y a ti, no os auxilié como hubiera querido. ¿Cómo pude dejar que pasaran ocho años?

—Eso ya es un mal recuerdo solamente.

—Pero no debería haber ocurrido, como tantas y tantas cosas más. Supongo que he de pagar con el otro reverso de la gloriosa moneda que sí he podido lograr.

—¿Qué os amarga hoy así, señor? ¿O es que continuáis con ese delirio de creer deber expiar culpas cargando contra el infiel?

Él le observó la mirada directa, segura y larga al fin, y se echó a reír desconcertándola.

—¡Por San Andrés que me tienes bien tomada la medida! —exclamó asintiendo—. Si cualquier otro me hubiera preguntado eso con ese tono y esos ojos, posiblemente le habría respondido con acero. Pero tú lo has dicho como es. Sí, sin duda un delirio, otro más de esta maldita enfermedad que ya me está alcanzando la cabeza.

—Ha sido una impertinencia que no he sabido contener. Os pido perdón.

—No, has dicho la verdad y eso es lo que a nadie le agrada oír, pero no hay que disculparse por ser sincero. Y no me mires así. Jamás has sido un animalillo asustado. ¿Puedes acercarte, por favor?

Ella obedeció quedándose de pie frente a él, quien esta vez no vaciló en cogerle de nuevo la mano. Elizabeth no se movió ni rechazó su contacto.

Nunca lo había hecho, ni dolida o herida cuando él estaba bien y peleaba con el bastardo inglés, y con los continuos escarnios de la iglesia al apartarlo de Dios cuando le servía con tanta sangre por su patria. O cuando, fascinador, fogoso y atraído por las mujeres tanto como por la guerra, engendró otros hijos con amantes y cortesanas; cuando lo enloqueció la ira y asesinó o lo ensombrecieron los sucesos de tantas desgracias y pérdidas tan cercanas; cuando lo asaltaron los recuerdos de la primera y muy amada esposa, Isabella, expirando solamente con diecinueve años al entregarle a la primogénita, a Marjorie que, después de ocho largos inviernos en manos del inglés —el malnacido de Longshanks pensó también en encerrarla en una jaula, como hizo con Elizabeth y su cuñada—, también se le fue con apenas veinte años, tras la desgraciada caída de un caballo, en el parto prematuro de su nieto. Y todo ese tiempo luchando hasta que bañó a los ingleses en los afeites del segundo Edward, aquel pusilánime invertido tan distinto al implacable padre, y los ahogó entre los ríos de sangre y fuego de Bannockburn. Luego, al fin se las devolvieron a cambio de cuatro de sus más miserables perros.

No, Elizabeth no lo rechazó. Ni ahora tampoco que el tiempo, inexorable y despiadado, había pasado por él trayéndole la peor y más cruel de las maldiciones que le carcomía la piel y la carne y le horadaba un corazón que, aun así, probablemente quedara ya medio salvaje. De otra forma nada lo hubiera doblegado. Hubiera seguido batallando sin perder un ápice de su legendaria bravura y sin descanso contra el inglés o el infiel, que para el caso eran lo mismo: enemigos de la libertad de una patria y de Dios todopoderoso. ¿Qué, si no, había más importante?

Ilustración de Jesús Rogríguez

Así que ella había permanecido ahí, en su papel, el que había querido al coronarse junto a él y porque él la había elegido.

—Acuéstate —le oyó—. Ya no te importuno más. Tienes razón en todo. Necesito descansar como es debido aunque no quiera y cada vez me asuste más la oscuridad, y porque hace tanto que no lo hago a tu lado.

—Siempre me habéis tenido aquí —contestó precisando al instante—. Pero no me interpretéis un reproche, señor.

—Aunque lo fuera, me lo merecería —apuntó él sin dudarlo—. Hay mucho que perdonarme, así que he de empezar por disculparme contigo en primer lugar.

—¿Por qué habláis así? ¿Qué es ese tono definitivo?

—No te asustes, mi preciosa Elizabeth. Ah, lo sigues siendo, siempre lo has sido. Joven y preciosa.

—¿Y ahora lisonjas? No conseguís distraerme. ¿Qué os ocurre? Sed claro, os lo suplico.

—No es nada más que cansancio.

—Echaos. —Y lo empujó levemente hacia los almohadones al tiempo que atisbaba aquel destello marchito aunque corajudo en sus ojos.

—Échate conmigo. Ya no puedo tocarte con las manos, pero puedo abrazarte sin dañarte en absoluto y si es que aún puedo pensar que me dejas.

—Soy de vos, señor. ¿Cómo no vais a tocarme?

—No, Elizabeth, nadie somos de nadie. Nos elegimos y eso ya es bastante.

—¿Me diréis entonces lo que os aflige?

Él asintió en silencio. Ella lo vio perdido, como a los niños pequeños en un trance inesperado o peligroso; como al hijo, porque David tenía su mismo aire audaz y meloso al mismo tiempo, temerario e inconstante pero auténtico. Aceptó la propuesta.

—Me acostaré entonces, pero hacedlo vos también. Ya os han curado, ¿verdad? Tendré cuidado en no causaros molestia alguna. —Se apartó un instante para despojarse de las prendas que le quedaban, dejándose solamente un largo canesú blanco y bordado.

Él se descalzó con algo de esfuerzo. Efectivamente las recientes curas eran un poco más largas cada día. La camisola hasta el cuello, los calzones cubriendo las piernas, tapando las infectas manchas. Antes la vida que propagar la mortal consunción, la maldición, a los seres más queridos o a los amigos más allegados.

¿Así me lo pagas, Dios mío? ¿Así lo he hecho de mal? ¿Por la sangre que he vertido, por mis actos infames? ¿Es por todos los cuerpos que también he visto consumidos, los que he mutilado y hendido? ¿Son todas esas preguntas y las miles que hay más? ¿Qué habré de hacer si no obtengo ninguna respuesta? ¿En verdad seguiré con mi delirio? ¿Probaré así mi fe y mi sacrificio? ¿Lo sabré alguna vez allí donde quieras enviarme con este destino? ¿Lo sabrán los míos o seguirán pagando también? Me has corrompido este cuerpo que en realidad ya se había de ir apagando, pero ¿también me vas a pudrir el alma o es que ya la tengo así? Y aunque ya no sirva justificarme por nada, ¿qué culpa han tenido los míos?, ¿de verdad no los he merecido? Tal vez no si es que ya no los puedo tocar.

Y Elizabeth vio sus sombríos pensamientos allí concentrados en los lánguidos ojos, límpidos en los días verdes, grises en las nieblas de invierno. Oyó sus silenciosos lamentos por primera vez de forma tan clara, y para desviarse de la súbita y creciente angustia que la invadió, mintió descarada con un comentario mordaz.

—Así que ese voceado rumor en toda la corte va a ser verdadero y estáis perdiendo la cordura con ese empeño en cruzar la espada con el infiel. Es eso lo que os agria el humor y os lleva mudando el gesto estas últimas semanas. —Se metió en el lecho abriéndoselo a él también. Él respiró fatigoso.

—Tal vez, pero ya no me quedan muchas fuerzas para blandir ninguna espada.

—No dice eso el conde Douglas.

—James diría y haría cualquier cosa por mí. —Él esbozó una sonrisa malévola—. Como yo por él.

—Sí, está más loco que vos si cabe.

—¡Ja, ja, ja! ¡Se lo diré!

—De mi parte, no lo olvidéis, aunque creo que ya lo sabe.

—Sin duda alguna, querida, y me estás haciendo reír. Te lo agradezco.

—Pero aún no me habéis contestado, aunque os dispensaré si es que en verdad os he agradado.

—Lo has hecho, Elizabeth, lo has hecho siempre aunque yo no lo haya sabido ver ni apreciártelo como te lo has merecido, y aunque el tiempo y mis caprichos te hayan alejado. Al menos, voy teniendo valor para sincerarme. Ven, todavía tengo el hombro fuerte y tu cabeza nunca me ha pesado.

Ella se compuso el pelo y no vaciló al acercarle el rostro, al apoyarlo en la fortaleza de aquella superficie. Le llegó una suave esencia a ungüento de aromáticas hierbas que, además de curativas, perfumaban la piel curtida, nunca enferma ni manchada, no para ella, ya no.

—Solamente estabais cansado —murmuró acoplándose con cuidado al perfil y buscando su mano—. Si ahora os dormís enseguida, mañana será otro buen día y tendréis las energías plenas otra vez. Ya lo veréis.

Pero él permaneció en silencio. Pensó que no había nada que le impidiera tocar los dedos que encontraba, que, pese a tantas otras mujeres, recordaba el tacto único de su tez tan rosada, de la piel cálida y turgente de la casi adolescente con la que se casó hacía… ¡Cristo bienaventurado, esos años ya! ¿Sería demasiado tarde para compensarla? Otra pregunta más.

Quizás no las vea respondidas pero mi corazón todavía las pueda encontrar. Quizás pueda dejarlo aquí, que no se pudra con mi carne, que James me ayude para conservarlo y salvarlo no por mí, sino por los míos.

—Claro que lo veré, Elizabeth, pero déjame pedirte una merced más esta noche.

—¿Cuál, señor? Decidme. —Se notó alterada, pero no quiso alarmarlo y permaneció expectante.

—Olvídame el tratamiento. Lo hacías antes cuando estábamos solos.

—Supongo que ha sido la costumbre. Perdonadme. Oh… —Había notado su frunce de labios sobre el pelo y enseguida rectificó—: Ha sido la costumbre. Ya no lo haré. —Y alzó entonces la cara inclinándola hacia él. Los frunces ya no estaban solamente en los labios ni alrededor de los ojos, sino que marcaban todo el rostro de mandíbula firme y rasgos tan nobles, que la miró sereno, consciente en pleno de un final que afrontaría con valor, como había hecho siempre—. No te tortures. Es tu cuerpo el que está enfermo, no tu alma. Has conseguido la libertad de este país y te concederán cualquier perdón y gracia. Mañana veremos un día nuevo y todo estará mejor. Duerme, Robert, descansa.

TEBA. REINO DE GRANADA. 25 DE AGOSTO DE 1330.

El caballero miró a la lejanía palmeando suavemente la crin de su montura.

El sol caía de pleno sobre el horizonte, destilando plomo fundido. ¿Era posible tanto calor? Así que esa tierra era tan árida y áspera, aunque también hubiera onduladas sierras alrededor. Pinares, encinas, sabinares, sauces, chopos, fresnos, tomillo, romero, retamas… Qué distinto a la lavanda, los verdes prados infinitos, la paz del bosque de Selkirk, de las Tierras Altas casi hasta el cielo, la lluvia, el barro, la bruma, el frío. Qué aliados tan contrarios ahora, tanto como el enemigo enfrente.

Una sombra también a caballo se puso al lado. La voz de Lockhart sonó seca como el polvo.

—Señor, el rey reclama su presencia.

Inconscientemente el caballero se llevó la mano al cuello y palpó la cadena de plata.

¿Robert? Pero si… Ah, por todas las cruces de San Andrés, este calor infernal me trae fantasmas.

—Bien, vamos —respondió sin más.

Un fugaz vistazo a la fortaleza del cerro. Hins Atiba lo llamaban quienes lo defendían. Para el resto de los diez mil soldados concentrados alrededor era el castillo de la Estrella.

¿Cuántos castillos, Robert? Old Byland, Berwick, Roxburgh, Rutherglen… Este es otro más. Habríamos encontrado la brecha hace mucho de haber tenido una buena niebla al amanecer, como tantas otras veces. Y nos quejábamos de ella, de la perenne humedad que nos vio nacer. Aquí este aire lo inflama todo. Ese aprendiz de río ahí abajo apenas tiene agua para beber. Agua. Por ella sí que merece la pena luchar en este secarral. 

El caballero espoleó a su montura tirando brevemente de las riendas. El animal, hermoso como pocos, obedeció levantando la testuz e iniciando un paso lento hacia la tienda real.

Un paje se aproximó al ver llegar a los dos jinetes y se ocupó de los caballos cuando los hombres desmontaron.

Antes de entrar a la tienda se oyó una primera llamada desde el castillo que se transformó en el cántico repetido cinco veces al día. El muecín. También se habían acostumbrado a aquellas letanías de ecos indescifrables que en realidad decían lo mismo que ellos a una cruz. El caballero se detuvo un momento, como si de repente aquel sonido hubiera apagado todos los demás.

No, esto es una promesa, la última voluntad no de un rey, sino de un amigo moribundo. Cincuenta y seis años te dieron para mucho, Robert. Yo tengo cuarenta y cuatro. ¿Cuánto tiempo llevo preguntándome si ya no cumpliré más?

Ilustración de Jesús Rogríguez

Entonces creyó oírlo: «Que me lo quiten y te lo den. Si ya no pelearé más con él, solamente tú podrás llevarlo a Tierra Santa y enterrarlo bajo el Santo Sepulcro».

Se había quedado perplejo. ¿Sería una última locura propiciada por aquel mal maldito? Pero Robert no solía bromear con un corazón como el suyo, lleno de excesos tan buenos como malos y de fuerza incontenible. Sin embargo, contemplándolo en el lecho mortal, los ojos aún fieros pero lejos, quizás en el Paso de Brander o en Bannockburn, no se pudo negar.

Bannockburn. 

Me permitiste luchar bajo mi propia bandera y con mis propios hombres, e ir tras ese perro cobarde hijo de Longshanks, que el infierno lo tenga ardiendo por toda la eternidad. ¡Cómo me hubiera gustado atraparlo! ¡Casi lo tuve en mis manos! Pero ¿llevarte el corazón a Tierra Santa? Querido amigo, solamente hemos podido llegar a este país de contrastes, a esta frontera sureña de una tierra que ya está quemada por este sol que has debido de enviar para que ase a esos infieles. Pero quizás te hayas excedido, como solías con tus caprichos, y también nos calcine a nosotros. No necesitaré hacer ninguna pira cuando hayamos entrado. Sin embargo, también es una tierra hermosa, a su manera, pero es hermosa. Y ¿qué somos nosotros sino barro de tierra moldeado para luchar en ella y por ella? 

Ilustración de Jesús Rodríguez

—Señor, ¿os encontráis bien?

Lockhart lo sacó del ensimismamiento.

—Sí, sí, entremos.

Un chambelán los anunció. La penumbra en el interior de la tienda recreó un espejismo de frescura, si es que una palabra así podía existir allí. Los hombres alrededor de una mesa levantaron las cabezas hacia los recién llegados y un joven casi imberbe se apartó de ellos acercándose. Sonrió y pareció aún más joven, pese a los ropajes de guerra y la contención en los gestos.

—Ah, señor conde, gracias por venir. Por favor, pasad y refrescaos.

El idioma, cortés y de sonidos llanos, ya les resultaba menos difícil después de haber viajado por el país. Devolvieron otra sonrisa y aceptaron el ofrecimiento. Los demás también saludaron.

—Caballeros, hay mucho que hacer pero tomémonos un descanso antes de seguir —añadió el joven, y el chambelán llamó a más criados.

Alfonso XI sin duda aparentaba los diecinueve años que tenía y en los que ya reinaba sin que le temblara el pulso.

Yo tenía veinte años cuando nos conocimos, Robert, pero sin duda luego la edad no nos matizó y aquí estamos, ¿verdad? Y al final querías seguir luchando, la causa cruzada, un modo de penitencia. ¿Tú arrepentido? Maldito canalla… Imposible creerte. No nos conformamos con los baños de sangre inglesa que nunca pudieron ahogarnos. Ni con todas las mujeres tan hermosas que gozamos, ni con los hijos que engendramos. Pues este lugar es tan bueno y tan malo como cualquiera para continuar el combate. De momento, tu corazón pende de mi cuello y el mío late por los dos. Después, ya veremos. 

Y comenzó la batalla.

Pendones de mil colores ondearon como llamas con aquella brisa de fuego. Espadas, caballos piafando, lanzas, picas, alfanjes, más calor, más sed, más hambre, más sudor, escudos brillantes tornándose opacos por el polvo, la media luna, la cruz, ojos enrojecidos en todas las caras. Y sobre todo, sonidos amortiguados por la sangre hirviendo y provocando aquella sensación de vacío alrededor. Concentración única en la vida y en la muerte, siempre de la mano bajo polvo asfixiante o gélida lluvia torrencial.

El rey nazarí de Granada, Muhammed IV, había enviado a su legendario y astuto general Ozmín, que comandaba las tropas sitiadas. Para no ser menos, en las filas cristianas también corrieron leyendas, como la de los temibles caballeros escoceses venidos de las frías tierras salvajes del norte, liderados por un colosal demonio de barba y pelo oscuro y hombros de hierro al que llamaban Douglas el Negro, que había incendiado, saqueado y ensangrentado media Inglaterra inspirando canciones y terroríficos cuentos. Al propio demonio el que más le gustaba era el que lo situaba descubriendo y quedándose escuchando a una madre inglesa que entonaba una famosa estrofa para ahuyentar el temor en el sueño de su hijo:

Calla, calla, mi pequeño,

calla, calla, no temas nada,

que Douglas el Negro no vendrá por ti…

Y entonces él aparecía diciendo: «Al menos no esta noche».

Leyendas. O no. Pero allí solamente habían llegado siete caballeros y veintiséis escuderos, más otros que se les unieron en su parada en Flandes, donde supieron de las luchas contra los musulmanes en el sur de la península ibérica. Y uno de ellos, sir William Keith, de Galston, yacía imposibilitado para combatir, con un brazo roto en la última escaramuza.

Alfonso ya había recibido informes sobre la estrategia enemiga: Muhammed había planeado un falso ataque de caballería mientras el grueso de su ejército intentaría atrapar por la espalda a la retaguardia cristiana. Así que Alfonso mantuvo a casi todas sus tropas allí mientras aguantaba la acometida de vanguardia. Y ahí también se mantuvieron los escoceses sin mayores problemas pese a las infernales condiciones.

Y ocurrió, se obtuvo el triunfo. El enemigo huyó, incapaz de resistir la fuerza de los diablos del norte. Y ellos los persiguieron, como habían hecho siempre sin dar tregua a ninguna retirada. Sin embargo…

Tantos años de añagazas en guerrillas y no previeron la maniobra por desconocerla y no esperarla. James Douglas el Negro no creyó haber cabalgado tan rápido, sin sentir el peso de la espada o el escudo, de la cota de malla, sin sentir el suelo, como si volara. Tampoco había escuchado nunca aquel silencio entre los gritos, la agonía y el fragor del acero. Ningún hombre tras él, acosando a todos delante hasta que ya no hubo a quien alcanzar. El breve descanso, la percepción inigualable de una nueva victoria, la media vuelta. Y entonces allí estaba William Saint Clair, rodeado de pronto por los enemigos, que se habían reagrupado.

“Torna e fuye” llamaban los castellanos a aquella táctica berebere de Ozmín, quien, se supo después, había caído enfermo.

Ni un instante de duda al azuzar a la veloz y poderosa montura. El demonio negro tenía los hombros y brazos de hierro y la espada presta en la mano, cortando el aire. Pero el enemigo se había multiplicado y los envolvió. Imposible descubrir de dónde habían salido. Al menos solamente eran ellos los únicos atrapados. Un mínimo consuelo…

Aquí es entonces. Bajo este sol despiadado, como la vida.

Y James Douglas, hijo de William el Fuerte, el fiero y cruel Negro para el odiado inglés, el Bueno para los suyos, el Guardián de Escocia, el más fiel y mejor amigo de un rey leproso, se tocó el cuello sin soltar la espada. La cadena tintineaba contra el peto ensangrentado, la urna plateada de repente estaba caliente, ni un momento le había pesado. Así que se la descolgó y el vacío lo dejó oír sus propias palabras que parecieron resonar por encima de aquel paraje, de las sierras, del abrasador sol incluso, hasta llegar a las frescas praderas que vio más verdes que nunca mientras lanzaba la urna frente al enemigo:

—¡Estamos en paz, Robert! ¡Ahora muéstranos el camino, ya que venciste siempre, y yo te sigo o muero!

Hallaron el brillante relicario al lado del guerrero de hierro. La noticia de que contenía un corazón embalsamado se extendió por todo el campo de batalla. El derrotado general Ozmín informó a Muhammed, quien, al saber de los avatares de aquel corazón y a quién había pertenecido, ordenó que una guardia de honor lo escoltara junto a los cuerpos de sus portadores caídos y los devolviera al rey cristiano. Cinco días más tarde rendía el castillo de la Estrella y perdía a su gran general.

Sir William Keith y sir Simon Lockhart fueron los únicos supervivientes de aquella empresa y retornaron a Escocia llevando los restos de Douglas, de sus compañeros y el corazón del Bruce, que entregaron al regente Moray, quien lo enterró en la abadía de Melrose. El cuerpo de Robert ya descansaba en Dunfermline junto al de su esposa Elizabeth. Y James Douglas el Negro regresó por fin a su hogar para reposar en el panteón familiar, en la capilla de St. Bride.

Nota:

Este relato es un pequeño homenaje a dos de mis personajes históricos preferidos: el rey Robert I, The Bruce (1274-1329), y su mano derecha y gran amigo, sir James Douglas (1286-1330).

La primera parte la escribí hace unos años a modo de repaso a la azarosa vida personal que tuvo este rey. Elizabeth de Burg fue su segunda esposa y estuvieron casados más de dos décadas hasta que ella murió en 1327 con treinta y ocho años. Él le sobrevivió casi dos años más, ya enfermo hacía tiempo de lo que se supone que fue lepra, que también padeció su padre. Es más probable que ambos sufrieran de algún tipo de psoriasis y más posible que él muriese por sífilis, la que era entonces la enfermedad de los reyes. Se llevaba quince años con Elizabeth. Tuvieron cuatro hijos y el último, David, único varón que sobrevivió, fue el que le sucedió.

Y la segunda parte la he añadido a propósito del tema de esta convocatoria.

Los hechos ocurridos en Teba (actualmente en la provincia de Málaga) son ciertos así como la muerte allí de Douglas y sus hombres, a quienes hay dedicado un monumento con una placa que recuerda y agradece la ayuda que prestaron y su sacrificio para liberar el castillo de la Estrella. Las poblaciones de Teba y Melrose están hermanadas y en Teba se celebran las Jornadas de Douglas, con festivales de música celta y diversos actos conmemorativos.

Para saber más hay muchas lecturas en la red, como el clásico de John Barbour, The Brus, o una magnífica novela (para mi gusto) del historiador y escritor Jesús Maeso de la Torre, La piedra del destino.

Y en el cine por supuesto está Braveheart, aunque William Wallace murió en 1305 y no coincidió con Robert Bruce, que accedió al trono en 1306. Sí coincidió con los padres de James Douglas y Robert. El de Robert, en la película, es el intrigante personaje entre sombras, de rostro deformado, que aconseja a su hijo, retratado con intenciones ambiguas para con Wallace y luego monstrándose profundamente imbuido de su espíritu libertador, sobre todo en la escena final de la carga en la batalla de Bannockburn. En realidad, quien se curró de verdad esa libertad fue él. Y gran parte de la culpa de mi inmediato interés por su figura la tuvo la fabulosa interpretación que hizo de él un poco conocido pero formidable actor escocés llamado Angus MacFadyen, que no sólo le mantuvo el tipo al épico Gibson sino que le robó más de un plano.

Y del que pasaron olímpicamente fue de la bestia parda de James Douglas, que desde luego se merece una película para él solito, sobre todo de su último episodio en Teba. Pero a ver quién es el guapo a quien se le ocurre conforme está el patio y todo el mundo se la coge con papel de fumar. Así que valga este humilde recuerdo a su memoria y sus colegas por haberse dejado el pellejo en estos terruños nuestros.

Mariola Díaz-Cano Arévalo

12-12-2012

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Comments
11 Responses to “El corazón del Rey”
  1. Olga Ruiz dice:

    Jesús, no conocía tu trabajo pero creo que eres extraordinario.

  2. Hermoso homenaje a unos hombres capaces de morir, porque el deber así lo exigía, en tierra extraña, pero sobre todo a una época en la que la palabra y la lealtad tenían “valor”, y uno podía elegir ser leal o un traidor, pero ambas cosas pesaban e importaban hasta llegar a dar la vida por ello (justo como ahora, en donde la falta de valores ha llevado a nuestra sociedad hasta donde está, con la horrible certeza de que además no queda nadie capaz de solucionarlo, ya esté dentro o fuera, porque todo el mundo está cortado por el mismo patrón).
    Con Escocia y los escoceses me une la romántica idea de haber sido (o intentado ser) una china en el zapato de los hijos de la pérfida Albión. Recuerdo haber visto por aquella época (Hollywood ponía de moda un tema cada año y salían dos o tres pelis de lo mismo) otra película que también me gustó mucho: Rob Roy, con Liam Neeson como bestiaparda escocesa, Tim Roth en el papel de malomalísimo inglés (me dieron ganas de patearlo desde el primer fotograma) y una espectacular Jessica Lange como esposacoraje de Liam.
    Una afortunada colección de imágenes para cada uno de los pasajes del relato, Jesús.

    • Mariola dice:

      Rob Roy también me gusta mucho igual que comparto tus simpatías con la causa escocesa, Roberto, pero creo que en general me va la historia británica en su conjunto, así que me molan todos los perros que habitan en la GB.

  3. Susana (Maddie) dice:

    Se nta que llevas los personajes en el corazón. Gracias por el relato

  4. Mariola dice:

    Bueno, por fin encuentro un rato para pasarme por aquí.
    Muchísimas gracias por vuestros comentarios. Ha sido otra vez un placer participar en esta nueva edición y formar equipo con Jesús Rodríguez. Me ha hecho unos arreglos estupendos en las imágenes para acompañar el texto y han quedado niqueladas para los momentos escogidos.
    En fin, el tema venía al pelo para usar esta historia que tanto me fascina y poder recrearla a mi manera.
    Me alegro mucho de que os guste. 🙂

  5. Paloma Muñoz dice:

    Ya sabía yo que más tarde o más temprano ibas a pasarte por aquí con ese sentido homenaje a Robert the Bruce, al cabllero negro y que por supuesto iba a salir el maravilloso Angus Macfayden de mis amores, que a mí también me pone cantidad. (sobre todo en Braveheart).
    Te lo has currado de puta madre, chata. Ya les gustaría a los directores tenerte como guionista porque la historia de la batalla de Teba, ya sabemos todos lo que pasa por aquí, que normalmente se pasan los episodios históricos tan impactantes como este que narras, por el forro de los cataplines para ser más fina.
    Me ha encantado la historia. Una narración excelente, un pulso soberbio y una historia apasionante.
    Enhorabuena tropecientas mil veces y las ilustraciones me han dejado sorprendida. Me ha parecido ver por ahí a Sean Bean. En fín lo mismo es que estoy alucinando.
    Un beso.

    • Mariola dice:

      Paloma, guapa, no alucinas: efectivamente está Sean Bean. Jesús ha jugado y recreado imágenes, jejejeje. Y gracias por tus palabras. Sí, ese Macfadyen tenía que salir y la historia del rey Robert the Bruce y su colega James Douglas no puede ser más romántica, épica y legendaria. Pero de pelis sobre el tema, como digo, ni hablamos, jajajajaaja. 😉

  6. Larga y entretejida historia de Mariola, con mucho que leer y mucho que releer. Muy buena la adaptación. Muy buenas las ilustraciones. Un conjunto muy atractivo y con muchas lecturas para volver a él.

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