La viuda del minero

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: Carme Sanchís

Género: Relato

Rating: Adultos.

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La viuda del minero.

Eran las tres de la mañana de un lunes, e iba deambulando muerto de frío por la  avenida que llevaba a la playa dirección a mi casa. Reinaba un silencio sepulcral, algo inusual teniendo en cuenta que aquel vial, que era como se llamaba comúnmente, era el más concurrido de todo el pueblo. De hecho, incluso estaba pensando poner un doble cristal en mi habitación, para evitar el ruido atronador que producían los motores de los cientos de vehículos que por allí pasaban. Era algo muy molesto, sobre todo por la noche, cuando lo único que querías era relajarte y descansar. Cualquiera diría que estábamos en plena capital, cuando en realidad nos hallábamos en las afueras de un pueblo.

En fin, el caso es que seguro que en cuanto aposentara mi ahora helado trasero, en mi suave y confortable cama, empezarían a salir todos esos coches, motos y demás vehículos cuyos dueños, ahora, dormían plácidamente. Seguro que habían ideado un complot para que el bueno de Juanan, no pudiese descansar una noche más.

Llevaba un rato andando por la desolada avenida sumido en mis pensamientos, cuando de repente advertí, que cada vez que pasaba una farola, esta se apagaba.

¡Genial! Habían decidido ahorrar luz justo la noche más oscura de todo el año. ¿O tal vez era mi energía negativa que se extrapolaba a sus bombillas? Aún me quedaba un buen trecho hasta llegar a mi casa y no me apetecía para nada pasearme a oscuras. Y mucho menos, teniendo los asolados descampados que escoltaban la avenida, como compañeros de ruta.

Pero entonces, un recuerdo vino a mi cabeza, y me llevó hasta aquella mañana en la que discutía con un compañero de trabajo sobre la nueva y fantástica idea que había tenido el alcalde del pueblo para ahorrar energía. El alcalde había gastado un montón de dinero de los contribuyentes para quitar todas las farolas del pueblo y cambiarlas por otras, muchísimo más caras y que habían salido seguramente de las nuevas tasas “fantasma” impuestas en el último año por el ayuntamiento. Habíamos llegado a un límite en el que se pagaba por todo.

Las farolas tenían incorporado un temporizador que actuaba exactamente igual que el de los cuartos de baño, es decir, se activaba al percibir movimiento y se mantenían encendidas durante un tiempo determinado. Así que, en el momento en el que entrabas en su radio de alcance, el temporizador se ponía en marcha y las luces se encendían. Pero a medida que ibas andando y dejabas atrás el alcance del sensor de movimiento, las luces se apagaban. Era un sistema curioso, que además se ponía en marcha a partir de las tres de la madrugada y, con el cual, según el alcalde, se ahorraría mucha energía y el coste de la misma, pues era una manera de que no se quedaran encendidas durante toda la noche.

Para mí, se trataba de una estrategia para llevarse un puñado de votos en las siguientes elecciones; para Daniel, mi compañero, una locura, pues el pueblo no podía estar a oscuras o la desgracia volvería con la oscuridad. La verdad es que no entendí muy bien lo que me quería decir con aquello, pero el quid de la cuestión era que ambos, de una manera o de otra, estábamos de acuerdo en que no se deberían haber puesto.

De repente, una sensación extraña empezó a apoderarse de mí, era una especie de presión en el estómago que conforme iba creciendo, dejaba un desagradable cosquilleo por todo el cuerpo. Conocía esa sensación de sobra, era el miedo. Pero, ¿miedo a qué? Estaba solo, no había nadie más aparte de mí y de las farolas que ahorraban energía.

Me giré hacia atrás instintivamente, quería comprobar si esa sensación que crecía rápidamente en mí, y que estaba a punto de salirme por la boca, solo era fruto de mi imaginación desbocada. Pues mi mente se había puesto en marcha, y cuando  mi mente se ponía en marcha era muy peligrosa. Las ideas pasaban una detrás de otra a una velocidad de vértigo, era como un ordenador de última  generación al máximo rendimiento; lo cual era bueno a la hora de trabajar o desarrollar la capacidad lógica, pero no, cuando esos pensamientos giraban en torno a películas o libros de terror sobre seres demoníacos que se ocultaban en la noche acechando incansables a su presa.

Zombis, vampiros, hombres lobo, espíritus; leyendas urbanas como la de la chica de la curva, la casa de los espejos, verónica, etc., se arremolinaban atropellándose en mi mente, mientras mis pasos cada vez adquirían mayor velocidad. Y detrás de mí, solo oscuridad, solo oscuridad…

Aceleré de nuevo la marcha con los nervios a flor de piel, incluso parecía que el frío había aumentado. Aumento del frío, olor peculiar, signo de que una presencia anda cerca. Ya estaba ahí mi mente de nuevo jugándome malas pasadas.

Oscuridad, formas fantasmagóricas, sombras, acecho…

¡Basta! me dije a mi mismo, y me obligué a cantar una canción de los Rolling, “I can´t get no, satisfaction…”

Pero ni eso conseguía distraer la maraña terrorífica que se había creado para entonces dentro de mi atormentado cerebro. Pues cuanto más intentaba concentrarme en cantar, más nervioso me ponía. Mi sensatez decía: mira de nuevo hacia atrás y verás como no pasa nada. Pero mi corazón, que latía en mi pecho alocado, pregonaba: Ni se te ocurra, ni se te ocurra…

Miedo, mucho miedo en mí, traté una vez más, ser lógico.

–Es tan solo sugestión –dije en voz alta–, solo la jodida sugestión que se está apoderando de ti. Pero, ¿acaso no había muerto gente por la fuerza de la misma?

Gente muerta, verde, hinchada, enterrada viva, uñas desgarradas a la mañana siguiente en la tapa de un ataúd semiabierto…

–¡Vale ya, Juanan! –le dije con un grito exasperado no sé realmente a quién. Y entonces lo hice, me giré y lo vi.

Primero solo había oscuridad, como la primera vez. Pero luego, algo grotesco y extraño apareció trepando por las paredes que formaban ese túnel descolorido de campos, cielo y tierra acercándose a mí. Era como una sombra vaga, tenue, algo menos oscura que el resto del paisaje, pero que se movía sin cesar tras cada retazo de oscuridad que escupían las farolas que se iban apagando.

Grité y me puse a correr, no sabía bien lo que era pues no tenía forma, pero lo que sí sabía era el malestar que “aquello producía en mí”. Y entonces las palabras de mi compañero Daniel resonaron de nuevo en mi mente: “volverá la  desgracia con la oscuridad…”, a la vez que la última leyenda urbana se abría paso en mi cabeza.

Y entonces entendí, entendí el por qué era tan importante mantener con luz el pueblo.

Se decía que muchos años atrás en el pueblo había una mina. Un día hubo un gran derrumbamiento a la entrada de la misma y quedaron atrapados diez mineros. Estaban vivos, pues por lo visto la zona en la que estuvieron trabajando la apuntalaron bastante bien. Pero nadie se atrevió a bajar por si se producía un nuevo desprendimiento. Solo hubo un hombre que se ofreció; un compañero minero que tenía el día libre. Les dijo a todos que él conocía una galería por la cual podrían acceder, pero que necesitaría la ayuda de más hombres.

Nadie se ofreció. Tenían miedo, así que él solo se encaminó en busca de los suyos y consiguió abrirse paso hasta donde estaban sus compañeros por una antigua galería abandonada, que estaba en la falda de la montaña. Pudieron salir todos, pero cuando iba a salir él, el techo se vino abajo atrapándolo en la oscuridad a solo quinientos metros de la salida. Y de nuevo la gente se negó a entrar, ni siquiera los rescatados. Solo su mujer que gritaba y lloraba desesperada buscando la compasión de los demás. Les imploró, les dijo que su marido había arriesgado su vida por salvar a los demás, pero  la cobardía y el egoísmo fue más fuerte que el deber.

Así que, la mujer sola, se adentró en la mina maldiciéndolos. Les dijo que si su marido y ella morían en aquella oscuridad eterna, más les valía no alejarse de la luz porque regresaría y los haría suyos. Jamás encontró a su marido; en aquella entrada habían varias bifurcaciones de galerías, solo los que trabajaban en ella las conocían. La mujer se perdió y murió en la mina.

Desde entonces, empezaron a pasar cosas extrañas cuando llegaba la noche. Al principio eran horribles pesadillas, luego gente que se levantaba con heridas y, finalmente, personas que morían si al caer la noche no estaban en casa. Siempre cuando el sereno, la persona que se encargaba de apagar los faroles de gas, apagaba el último.

Ilustración de Rosa García

Justo cuando llegaba al patio tropecé y caí, quedándome uno segundos atontado. En mi imaginación ya podía ver a la mujer del minero persiguiéndome con un vestido negro, hecho jirones, el pelo color azabache recogido en una especie de moño ensortijado, y su tez blanca mirándome a través de esos ojos profundos que parecían pintados con demasiado rímel. Aunque lo peor de todo, eran esos sobrecogedores labios que se movían llamándome a lo lejos. Sacudí la cabeza intentando así quitar la imagen de mi mente, pero cuando miré hacia la avenida, había tomado forma y venía hacia mí, corriendo.

Quería apartar los ojos de ella pero no podía ni moverme, tal vez la viuda me tuviera atrapado con su magia negra. Sin duda era la aparición más espantosa que jamás había visto, pero cuando su cara estuvo a medio metro de la mía, me di cuenta de que era Lore, mi vecina gótica del quinto.

Cuando al fin reaccioné, me entró la risa mientras mi antigua compañera de juegos se agachaba para intentar incorporarme. De pequeños, éramos uña y carne, luego vino el instituto y mientras yo acababa mis estudios y empezaba la facultad, ella por problemas familiares, lo tuvo que dejar y ponerse a trabajar. Desde entonces parecía odiarme profundamente.

–¿Qué pasa, tarao? –me espetó– ¿Qué haces ahí tirado en medio de esta niebla?

–No sabes cuánto me alegro de verte.

–Sí seguro, igual que todos estos años en los que me has ignorado. ¡Menuda cogorza llevas! Anda, ven que te eche un cable si no quieres que tu viejo, el madero, te encierre en una celda.

–No, no estoy borracho, para nada. Solo me he caído tontamente y me he hecho daño en el tobillo.

–Venga, cógete a mí –me dijo pasando mi brazo por su cuello, mientras me sujetaba por el torso–. Yo no sé para qué me meto en estos fregaos, si ni siquiera me caes bien.

Nuestras caras estaban muy cerca, así que cruzamos las miradas. Y de nuevo pude ver aquella chispa de complicidad que siempre habíamos tenido, me di cuenta de que nada había cambiado. Solo se había descuidado un poquito, nada más. Y en ese momento, ambos nos pusimos a reír a carcajada limpia.

–Más vale que otro día me invites a un café y me cuentes lo que ha pasado, porque si no, me convertiré en la peor de tus pesadillas.

–Sin duda –pensé, y empecé a reírme de nuevo mientras recordaba una frase de mi escritor favorito:

“La sugestión es un arma poderosa, te atrapa y te enloquece, hasta el punto de borrar la lógica y crear realidades…”

Inmaculada Ostos Sobrino

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Comments
6 Responses to “La viuda del minero”
  1. Caramba es que el miedo y la sugestión son hermanos y si se alían… malo malo. En los pueblos mineros siempre se cuentan tremendas historias, ya que la mina siempre ha sido peligrosa y se ha llevado muchas vidas. Incluso en pleno siglo XXI lo sigue siendo y sus trabajadores viven en un infierno peligroso en el que, cada día, tienen que decirse lo que dice el protagonista: “Solo es sugestión”, No va a pasar nada”… anunque no se lo acaben de creer, pero es que de otra manera, ni entrarían. SUERTE con vuestro relato. Conchita

  2. Roberto dice:

    Sí, es cierto. No hay más que ponerse en situación para que todos esos ruidos —a los que antes no prestabas atención— sean producidos por el más horrible de los terrores que, por supuesto, viene a atraparte por la noche. Muy buena la historia. De las que me gusta leer.
    Excelente ilustración, Rosa. Una aparición como esa, por la noche y saliendo de la oscuridad, puede acabar con el estreñimiento crónico sin necesidad de laxante.

  3. rosi dice:

    Ole ole y oleeee viva mi hermanaaa. Estaba acojonada leyendolo perdon por la expresion solo no ne ha gustado una cosa .el nombreee de juanan me trae recuerdos jajaja o no te acuwrdas del pardal de novio q tenia tu sobrina?.por lo demas me a gustado mu hisisisisisimo

  4. Manuel Rosales dice:

    Pedazo de relato Inma, lo tengo que usar en mis clases. Sigue así has nacido para esto. Un beso guapa. Manu.

  5. kamyska dice:

    ¡Gran equipo!

    Me encanta que sigas apostando por nuevos temas, siempre actuales e interesante. Y mejoras día a día tu técnica y tu estilo, ¡al final no tendré nada que corregir!

    Y como siempre, magnífica ilustración de Rosa, que define y acompaña de manera excelente al relato.

    ¡Un placer ver a vuestro equipo en acción!

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