Lo siento

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Género: Drama

Rating: Adulto.

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Lo siento.

Nunca pensé que esto me pudiera ocurrir a mí. La verdad es que ni siquiera imaginé que algo así pudiera sucederle a nadie. Estas cosas siempre les pasaban, creía, a personas desconocidas que se veían involucradas en un sorpresivo accidente de tráfico o a consecuencia de un mal golpe esquiando o saltando desde una roca para zambullirse en el mar. El caso es que a mí no me sucedió nada de eso.

Tenía frecuentes dolores de cabeza que siempre iban precedidos del agarrotamiento del cuello. El diagnóstico de la doctora fue claro: “Tienes artrosis cervical”, y añadió después, “eres muy joven para tener las vértebras tan deterioradas. Debes cuidarte mucho y no realizar esfuerzos ni trabajos repetitivos que pongan en riesgo la integridad de tu cuello. Te recomiendo que practiques natación y yoga; verás cómo notas una pronta mejoría, y si bien es probable que no se detenga del todo el proceso degenerativo,  al menos ralentizarás considerablemente el deterioro de tus vértebras”. Y fue verdad, al menos por un tiempo.

Seis meses después, los continuos dolores de cabeza pasaron a ser un recuerdo que muy rara vez asomaba a mi memoria. Me sentía mucho más ágil, ligero y vital. Caminaba con soltura y naturalidad, nada que ver con la postura rígidamente dolorosa que mi cuerpo se había obligado a adoptar. Y caminaba, como digo, suelto y ligero, cuando de improviso mi pie falló ante un suave desnivel de la acera del que no me había percatado. Una fuerte vibración atravesó mi cuerpo empezando por el talón, y recorriendo toda la espalda acabó en un latigazo ensordecedor en la base del cráneo. Seguí andando dos o tres pasos más, creo que por inercia, porque ya no sentía nada excepto miedo. Después, el suelo de la calle recogió mi cuerpo inerme e inconsciente.

Desperté en el hospital dos días después. Dos semanas más tarde aún sigo aquí. Me dicen que tendrán que volver a operarme. Al parecer, la primera vértebra cervical, denominada atlas, se ha desintegrado prácticamente y…  Pero el médico ha sido muy sincero y me ha dicho que las posibilidades de volver a tener movilidad son muy reducidas, aunque siempre hay que mantener la esperanza. Él no sabe que eso lo perdí hace mucho tiempo, mucho antes de este desgraciado suceso.

Y ahora vienes tú a verme. ¿Por qué?, ¿acaso quieres aplacar tu conciencia?, ¿convencerte del todo de que tomaste la decisión correcta? ¿O es sólo que quieres despedirte definitivamente de mí, enterrarme ya en un pasado que nunca más volverás a recordar? No te molestes. No tengas dudas ni sufras más; contestaré a las preguntas que no te atreves a hacer con un simple… sí.

Me dejaste en el momento más oportuno y conveniente, justo cuando estaba totalmente enamorado de ti y era absolutamente incapaz de encontrarte algún defecto; y por tanto, con tu ausencia sólo me quedaba la posibilidad de mitificarte. Para mí eras la mujer perfecta. Era yo el que fallaba, el error de la naturaleza, el inútil e incapaz de mantener a su lado una mujer que, en mi imaginación, cada vez se hacía más bella, más delicada, más… No me diste el tiempo suficiente para que esa fase de idolatría dejara paso a un amor más sereno, cabal y verdadero; que te viera tal y como eras en realidad, con virtudes y, seguro, encantadores y maravillosos defectos. ¡Defectos! ¡Cómo me hubiera gustado encontrarte defectos en aquel momento en que una simple llamada de teléfono sirvió para destruirme! Para mí, tus orejas eran encantadoras hojas frescas que algunos pajarillos no se habían resistido a picotear. Para mí, tu boca era perfecta: con tus perfectos y finos labios, con tus perfectos y desalineados dientes. Para mí, tus miopes ojos verdes, que se escondían coquetos tras unas gafas de colores, eran perfectos; tus pies perfectos, tus diminutos pechos para mí… para mí eran perfectos. Para mí, tu culo plano era perfecto, aquella cicatriz perfecta, tu manía de tocarte cada poco la nariz y de apretar la boca para no llorar, todo era para mí perfecto. Y tu manera de caminar, y de hablar, de sonreír y de mirar. Toda tú eras perfecta.

Y como sé cuán doloroso es quedar con la vida encallada en los recuerdos, un día decidí acabar con el mito que hizo de ti mi corazón muerto, y, mi cerebro tomó el mando para matar esa imagen ideal del amor romántico y escribir, a puñaladas, la leyenda de tus andanzas. Grabé en mi memoria tus quebrantos, reales o imaginarios, donde siempre eras fría, calculadora y de una cruel e interesada racionalidad. Utilizabas tu sexo como arma, como llave, y siempre estabas dispuesta a burlarte y traicionar al amor, la amistad, la verdad o a cualquier otro sentimiento sincero y auténtico que no fuera útil a tus deseos. Y siempre te salías con la tuya, siempre conseguías lo que pretendías; pero, cuantos más de tus ruines objetivos alcanzabas, más la angustia te alcanzaba y se oscurecía tu alma. No querías escuchar la verdad y corrías tras otro objetivo sin mirar la desolación que dejabas detrás. Pero todo tiene un final. Tarde o temprano, tanta traición, cobardía y miseria moral se notan en la piel, en la cara, en los ojos. Mi imaginación ya había escrito tu final con toda su sincera crueldad. Tu irremediable destino estaba meridianamente claro, y esa certidumbre era un delicioso bálsamo y una merecida conclusión para tu triste leyenda.

Tendrás una pronta vejez, pero la muerte se hará de rogar y tendrás que vivir constantemente con el mayor de tus miedos: estarás “SOLA”. Ni amigos ni familia te acompañarán en tus postreros años. Serás un fantasma al que nadie mira, una sombra, una fea y solitaria mancha que nadie toca, a la que nadie espera y de la que nadie se acordará cuando definitivamente desaparezcas.

¡Di algo! No te quedes ahí mirándome como un lloroso y patético pasmarote. ¡Di lo que quieras decir y vete de aquí para siempre! No me importa si crees que soy cruel o injusto contigo. Te maldigo, te maldeciré un millón de veces cada día en los días que me queden por vivir anclado a esta cama. Te odio… te odio sobre todo porque en los quince días que llevo aquí, ni una sola vez se me pasó por la cabeza el deseo de morirme; a pesar de no poder mover mis brazos ni mis piernas, a pesar de que sólo sea capaz de mirar y hablar, a pesar de que sea un cuerpo obscena y desagradablemente inútil; a pesar de todo eso, era incapaz de pensar en otra cosa que no fueras tú. Quince días preguntándome cuándo vendrías. Veinte días mirando hacia esa puerta con la esperanza de que fueras tú quien la cruzara. Veinte días soñando con volver a ver tus ojos, con volver a ver tus manos, tu boca, tu nariz. Ahora que ya estás aquí, me quiero morir porque…  Ahora no sé en qué podré pensar el resto de mi vida.

Silencio.

Gigantesco y aplastante silencio.

Y como la luz de una sola vela es capaz de romper la más impenetrable de las oscuridades.

Dos húmedas palabras fueron suficientes…

— ¡Lo siento…!

Ilustración de Paloma Muñoz

Juan Ramón Lorenzana Fernández

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Comments
6 Responses to “Lo siento”
  1. No se me ocurre peor condena… Eternamente encadenado a un cuerpo que no controlas, a una vida que solo te permite recordar, a unos recuerdos que solo te causan dolor. Prefiero pensar que ese “lo siento” final es parte de un comienzo.
    Y así prefiero ver la vela, consumiéndose lentamente pero a su vez reparando con la cera fundida la fractura en el corazón.

  2. Mariola dice:

    Juan Ramón, eres único en narrar amores, desamores y cualquier otro sentimiento que nos ate el corazón, así que una vez más te has vuelto a salir con este relato. Te felicito de verdad por todo lo que emocionas.
    Y Paloma, estás hecha un crack total. Creo que esta es una de las ilustraciones que más me han gustado, tan sencilla como expresiva. Habéis formado un equipo estupendo.
    Enhorabuena. 🙂

  3. Paloma Muñoz dice:

    Juan Ramón, la ilustración que te hice siempre la ví muy clara, sobre todo hacia el final del relato. Porque a fin de cuentas es un corazón que queda destrozado y pensé que era lo más gráfico debido a tanto desamor y tanto sentimiento. Es un relato triste y emotivo como comenta Mariola.
    Ha sido un placer haber trabajado juntos.
    Gracias a Roberto y Mariola por los comentarios.
    Un abrazo.

  4. Juan Ramón dice:

    Gracias, Roberto, pero no te pongas tan poético que eso de la lírica es cosa mía.

  5. Juan Ramón dice:

    ¿Aún estás ahí? Gracias, Mariola.

  6. Juan Ramón dice:

    Encantado de haber trabajado contigo, Paloma. Espero que se pueda repetir en un inminente futuro. Gracias.

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