Mitología a la luz de la luna

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Género:   Relato

Rating: Para todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mitología a la luz de la luna.

Cuando era más joven y vivía con mis padres, había algo que me encantaba hacer: me─ entusiasmaba estar con mi madre en la terraza del sexto piso en el que vivía y por las noches, en verano, contar historias, sobre todo, de la mitología griega.

A mi madre ─que me escuchaba embelesada─ le entretenía mi forma de narrar las aventuras y desventuras de dioses y diosas, de héroes y heroínas y de un sinfín de seres mitológicos y de leyenda.

Como hacía mucho calor, en la terraza se estaba más fresquito, y cuando se levantaba el aire nos traía un respiro a mi madre y a mí que sentadas, nos acomodábamos para pasar una larga velada, la una frente a la otra, a oscuras, con la única pequeña, pequeñísima luz que desprendían las brasillas de mi cigarrillo encendido.

Esto sucedía claro está, cuando no había luna y las estrellas se ocultaban tras unas nubes caprichosas de colores grises que impedían que éstas brillaran.

MI madre a veces me pedía que le repitiera la historia porque no entendía muy bien por qué tal o cual hecho ocurría y las consecuencias de los actos de los mortales que repercutían en sus descendientes, sobre todo, si se trataba de la venganza divina por alguna afrenta cometida contra un inmortal. Tampoco comprendía ciertos pasajes de la mitología en cuanto a sagas familiares, gestas heroicas o la creación del mundo o del universo, esto es: la cosmología.

Recuerdo que como hacía mucho calor en pleno mes de julio, a veces destapaban algún  contenedor de basura que estaba situado un poco apartado de nuestro edificio, detrás de unos jardines y se esparcía un olor un tanto nauseabundo que tratábamos de ignorar, imaginando los personajes mitológicos y las situaciones que vivían.

Mi fuente de información y conocimiento era principalmente, la obra de Ovidio: Las metamorfosis que, por otra parte, era lo que más le gustaba a mi madre.

El porqué de las transformaciones de las ninfas, o de las princesas y los disfraces de las diosas y los dioses cuando tenían que hacer mutis por el foro si se avecinaba una devastadora contienda contra enemigos codiciosos y desobedientes.

Yo comprendía que mi madre no había tenido una educación en literatura clásica porque las mujeres de su generación y de su estrato social, tan sólo  aprendían a leer, a escribir, a utilizar las cuatro reglas, a coser, bordar, hacer labores caseras y  taquigrafía, mecanografía y algo de francés como mucho para prepararse para trabajar en alguna oficina o fábrica. Pero ella era curiosa y se interesaba por el más fascinante de los universos como era el mitológico.

Había visto algunas películas que narraban  la historia de héroes muy celebrados, sus inmortales hazañas y le gustaban los documentales sobre el tema. Curiosamente ─que yo recuerde─ nunca se había quedado dormida a medio día cuando los proyectaban en la segunda cadena de la televisión. Algunas series sobre las obras de Homero que habían puesto en televisión, también había sido capaz de tragárselas enteras. Por supuesto que había leído algunos libros que yo consideraba menos complicados para ella, me refiero a las mencionadas Metamorfosis y algunos pasajes de la Ilíada y la Odisea.

Visitábamos con cierta asiduidad museos de pintura como el Prado que como todos sabemos, posee una colección de pinturas de temática mitológica y alegórica muy importante y le hablaba de lo que representaban esas alegorías y otras curiosidades relacionadas con los cuadros.

Mi madre se sentía fascinada por las historias o leyendas referidas a la creación de los astros, tales como el sol, la luna, las estrellas. Siempre me preguntaba por la vida amorosa del dios Helios, el dios del sol y por su hermana, Selene, la luna y por Eos, la otra hermana, la aurora de rosáceos dedos como la definió el gran Homero en su Ilíada y yo, siendo práctica, comenzaba por contarle curiosidades a cerca de las palabras que se derivaban de los nombres de los dioses, titanes y criaturas del amplio e inagotable universo mitológico.

Solía preguntarme  el porqué de muchos fenómenos geológicos como por ejemplo la formación de ciertas cadenas montañosas, el nombre de mares, de ríos, de lagos, de continentes y   me esforzaba en recordar todo lo que sabía de esos episodios de la mitología, ya que me resultaba relativamente fácil poder explicarlos utilizando mi memoria fotográfica (poseía libros con impresionantes ilustraciones que cada vez que los veía, me maravillaban aún más).

−Mira mamá, Selene era la hermana de Helios, un dios superguapo y superapasionado que solía enamorarse de ninfas y de alguna que otra princesa de la que se había prendado nada más verla. Date cuenta que Helios lo veía todo porque era la personificación del sol y Selene la de la luna y Selene también tuvo sus amoríos, no creas, a pesar de que no lucía tanto como su hermano.−

En este plan  narraba las aventuras amorosas de los dioses y mi madre ─que era insaciable─ quería seguir escuchando como se desarrollaba la historia, ─las más de las veces─ con un final trágico  y tremebundo.

Aprovechaba que en el cielo lucía una preciosa luna y así envolvía el relato en una atmósfera más ‹‹sugerente››.

Precisamente recuerdo que una noche de luna llena,  espléndida, de tonos amarillos y anaranjados, quiso que le contara cual fue el origen de la famosa guerra de Troya, y ahí me vi yo, retrocediendo hasta el momento en el que un oráculo había predicho que la nereida Tetis, la más hermosa y delicada de las hijas del dios marino Nereo, “el viejo del mar”, daría a luz un hijo que podría arrebatar el trono del universo al todopoderoso Zeus si este se casaba con ella, puesto que el rey de los dioses se sentía muy, pero que muy atraído por la belleza de Tetis.

Ilustración de Rosa García

A partir de ese momento, mi madre con los ojos abiertos de par en par (lo sé porque le brillaban con un fulgor inusual a causa de la emoción que parece ser que despertaba la impresionante historia), atendía a las causas de la guerra de Troya y su posterior destrucción a manos de los griegos, bueno, y de los dioses que ayudaron a los ejércitos helenos.

En esa época en la que mi madre y yo compartíamos muchas cosas, habíamos visto películas como “Helena de Troya”, “La Odisea” con el gran Kirk Douglas como Ulises, “Furia de Titanes”, la primera versión del conocido mito de Perseo, Andrómeda y el Kraken, “Jasón y los argonautas” y algunas obras trágicas de Eurípides que pasaban por la tele de aquellos tiempos.

Hay que reconocer que no es nada sencillo contar una tragedia griega porque resulta muy dificultoso situar a los personajes y sus tristes y penosos destinos: asesinatos, suicidios, raptos, destierros, violaciones, incestos, sacrificios humanos y calamidades sin fin. De eso se nutre principalmente la tragedia griega y la mitología clásica en general.

Pero a pesar de eso, mi madre, todos los viernes por la noche, (cuando mi hermano se había ido de juerga con sus amigos), al regresar, −algunas veces─  nos encontraba charlando en voz baja claro, para no molestar a los vecinos, ya que las ventanas de la terraza estaban abiertas y  el silencio se apoderaba de la noche. De cualquier manera, mi madre estaba deseando continuar con los relatos.

Algunas veces, mi padre se quedaba viendo algún programa de la tele o cuando televisaban un  partido de futbol, aprovechábamos para recoger la mesa y la cocina después de cenar, y nos quedábamos en la terraza.

Si  mi padre se acostaba y mi hermano no había regresado, era mejor: nos sentábamos con una bebida fresquita, mi caja de cigarrillos y comenzábamos la sesión.

− ¿Por dónde nos quedamos el otro día con lo de la guerra de Troya?−

Mi madre intentaba recordar el momento en el que Helena había sido raptada por el príncipe Paris: ─Paris, el de más hermosa figura. Mujeriego, seductor. Decía Héctor reprendiendo a su irresponsable hermano.

Hasta que conseguí llegar al final de la historia de la desdichada Troya y sus desdichados personajes: todos o casi todos muertos, mi madre no se quedó tranquila, aunque  algo decepcionada porque Helena volvía con Menelao, su marido, Paris moría y la romántica leyenda que tantos ríos de tinta había hecho correr desde hacía siglos, se había convertido en un espeluznante río de sangre que cubría el Escamandro, río divino que circundaba Troya.

Muchas noches de verano las pasé con mi madre mientras estudiaba en la universidad. De aquella época guardo el más grato y cariñoso de los recuerdos.

Aún hoy, a pesar de que han transcurrido muchos años ya, mi madre, que está un poco-bastante sorda, me pregunta por temas relacionados con la mitología, sobre todo cuando en la televisión ha visto el tráiler de alguna película actual que suele ser –las más de las veces− una copia muy farragosa y apabullante de la película original y en la que la esencia del encanto del cuento mitológico se diluye en efectos especiales espectaculares y en 3 D para un público de niñatos ignorantes.

Yo le contesto que es mejor que lea la historia en un libro o que vuelva a la peli original. Pero seguro que si anuncian “Furia de titanes 2” o “Ira de titanes”, la verá.

Estoy completamente segura, aunque termine loca de tanto Kraken con tentáculos.

Cuando me pase a verla, me preguntará por alguna escena y yo le contaré que hay que volver a la esencia de la historia que es mucho más simple y mucho menos aparatosa que lo que nos venden en Hollywood.

Mi madre, sonríe y con una expresión entre cariñosa y guasona me espeta:

−Me parece, hija, que has equivocado los estudios: tenías que haber estudiado mitología.−

Dedicado a mi madre

Paloma Múñoz

Madrid, 17 de diciembre de 2012

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Comments
6 Responses to “Mitología a la luz de la luna”
  1. Muy cierto, Paloma. Yo, a riesgo de parecer al abuelo cebolleta, siempre les digo a mis vástagos que casi todo lo que ven, y mucho de lo que juegan, tiene su origen en algún viejo libro de aventuras (es alarmante la falta de ideas frescas en guionistas y diseñadores de juegos). Pero es una lucha perdida, esta es la generación del consumo rápido: hay tanto que ver y tan poco tiempo!!!!
    La ilustración es muy expresiva, Rosa, en la cara, y sobre todo en los ojos de la mujer, se puede leer el interés que demuestra por lo que está contando su interlocutora…

  2. Mariola dice:

    Paloma, ¡qué relato tan bonito y emotivo y qué gran homenaje a tu madre! Me ha encantado y más porque sé de primera mano cómo te gusta el tema mitológico y todo lo que sabes y disfrutas de él. Así que te ha salido redondo. ¡Mi más sincera enhorabuena!
    También a Rosa, por supuesto, por esa ilustración tan apropiada y expresiva para esas noches mitológicas a la luz de la luna.
    Gran equipo, sin duda. 🙂

  3. Paloma Muñoz dice:

    Lo que comenta Roberto es totalmente cierto. Es una pena que los niños y los jovenes abandonen esas lecturas únicas y maravillosas. Yo nunca las abandoné. Jamás ni siquiera ahora con tanto videojuego y avance tecnológico. La mitología es una pasión y una diversión.
    Gracias a los dos por vuestras palabras.
    Mariola hay que ver cómo me conoces, reina.
    Un beso.

    • Paloma Muñoz dice:

      Se me olvidaba agradecer a Rosa García su preciosa ilustración. Es evidente que la madre está flipando en 44 colores con la historia sobre Troya que le cuenta la hija.
      Gracias, Rosa. Ha sido un verdadero placer formar equipo contigo.

      • laberinros dice:

        Paloma, el placer ha sido mío. Además tu relato es muy expresivo e inspirador y no me ha sido muy difícil imaginar la ilustración. Me hubiese gustado hacer alguna mas, pues se prestaba a ello, pero no me fue posible por no disponer de mucho tiempo y otro equipo al que ilustrar. Gracias a ti, guapa.

      • Paloma Muñoz dice:

        Rosa, me hubiera gustado mucho que hubieras hecho más ilustraciones. ¡Anda que no había imágenes en esta historia! Pero me conformo de sobra con la que me hiciste. Es muy bonita y evocadora y has retratado a la madre y a la hija (sobre todo la madre) como si fueran verdaderas diosas. Jajajaja-
        Un abrazo.

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