Una canción de ida y vuelta

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Género: Aventuras

Rating: Para todos los públicos.

Este relato es propiedad de David Gambero. La ilustración es propiedad de Miguel Carrasco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Una canción de ida y vuelta.

Ilustración de Miguel Carrasco

Nunca esperé llegar a viejo. No con mis ambiciones. No con mis vivencias. No con mis errores. Y aun así aquí estoy. Con el paso del tiempo escrito a fuego en mi piel y la pillería de un niño que se cuela donde no debe. Y ese sitio es, precisamente, el Teatro Real de Londres.

—Espero que valga la pena —me dice mientras aviva su lámpara de aceite—. Y has prometido contarme esa loca historia que te tiene obsesionado. Pero dime, ¿por qué nos hemos tenido que colar en el concierto privado de año nuevo para el rey de Inglaterra?

—Porque Alemania nos acaba de declarar la guerra… otra vez. Ese enano bigotudo y su maldito Tercer Reich creen que van a triunfar donde otros fracasaron. Y en tiempos de guerra se suspenden los conciertos. Por eso nos estamos colando. Remmington-Smith, ese condenado director de orquesta, me prometió que me daría mi canción.

Helen asiente apesadumbrada. Lleva cuidando de este loco anciano casi seis años. No se lo he hecho pasar precisamente bien. Pero aun así ha accedido a ayudarme a colarme en el teatro a través de unas obras que su novio, que pronto acabará en el frente como todos los jóvenes que tengan el dedo del gatillo sano, estaba efectuando junto con su cuadrilla en uno de los palcos. Por eso estamos aquí tras una fatigosa subida: para escuchar el último concierto antes que la guerra termine. Si es que alguna vez lo hace. Nos acomodamos ante una enorme pared de ladrillo, a la luz de la lámpara. Escuchando los susurros de un concierto que no es para mí.

—Me dijo que la usaría para cerrar el concierto, así que tenemos tiempo para la dichosa historia. Trata de interrumpir lo menos posible, ¿de acuerdo?

Mis palabras capturan la mirada juvenil de Helen, que asiente esperanzada. Diecisiete años. Los mismos que tenía yo cuando me embarqué en mi loco sueño. Alzo las manos ante mi rostro y no las reconozco. Una vez estos dedos fueron capaces de crear magia de la nada. De coger al mundo por el cuello y zarandearlo hasta que soltara algo para mí. Mi historia empieza con estas manos. O mejor dicho, con un apretón de las mismas. Se las estreché a Lord Cardigan en un mercado apestoso en Constantinopla allá por 1854. A nuestro alrededor un puñado de jamelgos, flacos, encorvados y con una alarmante falta de dientes, relinchaban por el calor sofocante.

—¿Así que usted es el loco de la caja? —me dijo mientras sus ojos tan azules como fríos se clavaban en el enorme cajón que colgaba de mi espalda—. El alto mando me dio pocas instrucciones acerca de usted.

—Creo que a ambos nos dio las suficientes para que este encuentro fuera posible —le respondí mientras miraba a nuestro alrededor buscando ojos y, sobre todo, oídos indiscretos que pudieran estar escuchando nuestra conversación—. He oído que han tenido una travesía horrible.

Las medallas que pendían de su pecho tintinearon cuando se cuadró, tratando inútilmente de ocultar aquella verdad que llevaba circulando por la ciudad varios días. El hombre era una sombra de sí mismo. Bigote descuidado, uniforme apestoso y con varias manchas de vómito que ya nunca podría quitar. Un militar de pantomima en una guerra demasiado seria.

—Intuyo que la suya ha sido mucho mejor —me replicó mientras un rocín le lanzaba una dentellada a su espalda que falló por poco el blanco—. Los espías suelen tener mejores vidas que las de los soldados de verdad.

—Y más cortas. ¿Cuándo pretende su destacamento reemprender la marcha?

—Tan pronto entregue estos caballos a la caballería ligera. Hemos tenido ciertos… percances con nuestros propios caballos y ahora andamos algo cortos de ellos.

Aquellos ciertos percances habían incluido la muerte de casi la mitad de los caballos del regimiento por culpa de un viaje por mar fatigoso y casi inhumano. Los barcos de vela empleados, más económicos y necesitados de menor tripulación experta que los de vapor, se habían cobrado su precio merced a las olas y la desdicha del mar turco. De todo ello me enteré después. Y de mucho más. Y te puedo asegurar que esa travesía fue mucho más fatigosa que cualquier batalla que afrontamos después. Bueno, tal vez no de cualquier batalla, pues no hubo una batalla como la de Balaclava. Ni nunca la habrá si Dios tiene algo de misericordia aún para con su creación.

—Entonces debemos darnos prisa. Hay algo que deben saber.

—Puede entregarme el mensaje a mí —me dijo extendiendo la mano—. No hay necesidad de que me acompañe.

—¿Es porque no soy inglés o porque no soy un soldado?

—Es porque no me fío de usted —me contestó entornando la mirada, acerándola aún más—. La descripción que me fue dada coincide con lo que tengo delante. Pero el corazón me dice que usted no debería estar aquí.

—Haga caso a lo que quiera que tenga dentro del pecho si quiere, pero un soldado obedece antes las órdenes que a su corazón. Así que ahora le rogaría que me prestase uno de esos caballos para poder cargarlo con esto —me señalé la caja a mi espalda—. Puede no parecerlo, pero pesa como una vida de pecado y me lleva matando desde que el alto mando me mandara en su búsqueda.

Estoy seguro de que no quedó para nada convencido por mis palabras. Pero aun así obedeció. Con nuestra carga equina y uniéndonos al resto del destacamento enviado a Constantinopla a reabastecerse de caballos de guerra tomamos el camino hacia donde estaba asentada la tropa inglesa. El resto de oficiales hicieron la marcha un tanto tediosa. Pocos se dignaron a dirigirme la palabra y todos le dedicaban miradas golosas a mi misteriosa carga. Al final fue el propio Cardigan el que trató de saciar la curiosidad general.

—¿Qué lleva ahí dentro?

—A la reina de Inglaterra.

Un sable encontró mi cuello con sorprendente facilidad. No me lo rebanó, pues el brazo que lo blandía era experto. Sin embargo, he de reconocer que sentí que mis palabras me habían traicionado por última vez por cómo se me habían aguado los pantalones en un instante. La mirada gélida de Cardigan amenazaba con horadarme mientras apretaba con fuerza su mandíbula.

—No sé qué es lo que pretende, Temperley, pero le aseguro que a los británicos no nos gustan las bromas absurdas.

—Pues espero que les guste la verdad, pues es exactamente lo que llevo. Ahora, si no le importa, me gusta afeitarme por mi propia mano, sargento. No es que dude de su maestría… bueno, sí lo dudo. Ahora baje el arma, por favor.

No lo hizo. De hecho, noté cómo la sangre empezaba a correrme barbilla abajo. Mi caballo, un rocín del que me temía que sólo veía por el ojo derecho, comenzó a removerse nervioso al verse rodeado por el resto de caballos en actitud más que sospechosa. Entonces sucedió algo que me salvó la vida momentáneamente. Y digo momentáneamente puesto que fue el silbido de un mosquete cortando el aire y el pecho del oficial inglés más avanzado lo que les desvió de sus oscuros deseos. De repente, una horda de diez soldados rusos abandonó su escondite a un lado del camino y saltaron sobre nosotros. Sables brillando a la luz de la mañana y disparos quebrando la quietud. A punto estuve de caerme del caballo del susto y sólo acerté a retroceder mientras los ingleses ejercían de lo que eran. Los cinco hombres a caballo formaron rápidamente como si simulasen ser una flecha y cargaron, con más valor que sentido común, contra aquellas fieras del Báltico. No me da vergüenza reconocer que me quedé paralizado, aferrando las riendas de mi caballo con todas mis fuerzas mientras era testigo de una carga de caballería. Sin miedo a los disparos aquellos hombres se lanzaron contra sus enemigos sin dudar o romper la formación. Cuando estaban a escasos metros de encontrarse, los ingleses echaron mano a sus cintos, extrajeron sus revólveres y apuntaron con cuidado. No sé cómo lo hicieron pero cinco detonaciones sonaron al mismo tiempo. Cinco vidas se fueron segundos después. Fue una escena que jamás logró quitarme el olvido. Tampoco la del rostro del primer hombre al que maté. Era recio, tanto que lo confundí con un oso cuando se abalanzó sobre mí arrollando a mi caballo y lanzándome al suelo. Caí de bruces y todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Me había golpeado la cabeza y el pánico únicamente me permitía gatear a ciegas. Me movía por instinto mientras, tras de mí, alguien balbucía palabras en ruso. La batalla seguía ajena a mi sufrimiento o destino. Pero por suerte aquella escaramuza tenía como objetivo arrebatarme mi caja. Y a ello se puso aquel hombre, dejándome por derrotado en el suelo. Cuando me percaté de que estaba forzando las correas que lo sujetaban al lomo del caballo que daba coces intentando quitarse de encima a aquella bestia, hice lo que cualquiera en mi lugar habría hecho para proteger no un secreto, sino el trabajo de una vida. Y es cierto que la mía era corta en esos momentos, pero era mi vida. Me topé con el malogrado cuerpo del oficial inglés abatido que todavía se revolvía en el suelo. No sé si grité o si me dijo algo. Lo único que recuerdo fue arrebatarle de la vaina su sable de asalto y abalanzarme contra el ruso. Le embestí con todas mis fuerzas. Lo inesperado ayudó a mi empresa. Y la suerte hizo que la espada le atravesara por entre las costillas asomando la punta por el otro lado de su torso. Me miró un segundo con mil preguntas escapando de su alma antes de ponerse flojo y caer al suelo arrastrándome con él. Cuando me hube desembarazado del cuerpo traté de sacar el sable y defender mi vida y trabajo. Pero la batalla había acabado. Los ingleses habían ahuyentado al resto de los asaltantes y un rosario de cuerpos yacían esparcidos por aquella estepa. Cardigan descabalgó, se plantó delante de mí mirándome de arriba abajo mientras yo buscaba algo de vocabulario con el que poder afrontar aquella situación cuando me dijo lo último que esperaba oír en aquel momento.

—Si hay rusos tan lejos del frío… Tal vez sea verdad que lleve a la reina de Inglaterra ahí dentro.

—¿Cómo es? —me interrumpe de pronto Helen, de la cual ya albergaba la esperanza de que se hubiese quedado muda.

—¿Cómo es qué?

—Matar a un hombre.

—¿Por qué me preguntas eso y no lo que había en la caja?

—Porque lo de la caja me lo vas a contar seguro —me dice mientras se me acerca tanto que puedo notar el calor de su cuerpo—.Así que dime, ¿qué se siente?

—¿Tienes planeado matar a alguien próximamente?

—A cierto viejecito cascarrabias… —me guiña el ojo como si no lo hubiese captado—. ¿Por qué todos los hombres sois tan proclives a contar hazañas y dejáis los sentimientos a un lado?

—Tal vez sea porque en esos momentos sintamos vergüenza de lo que sentimos, Helen… Y si quieres una respuesta, te diré que no dejé de temblar hasta que llegamos al campamento…

Me había ganado el respeto de aquellos hombres, aunque me costó numerosas pesadillas e incluso que me tuvieran que subir al caballo. Nos llevamos también el cuerpo del teniente Alberts, el fallecido en la escaramuza, y se le dio el mejor funeral que se pudo organizar en el campamento. Huelga decir que aquello no mejoró los ánimos de la soldadesca. Ya estaban bastante bajos después de su dura travesía hasta llegar a Crimea y ni siquiera la llegada de nuevos caballos ayudó. Mientras se le ofrecía el responso adecuado se me llevó ante la presencia del comandante de las operaciones, Lord Raglan. Tenía títulos, porte y ademanes de un británico de las colonias, de alguien que sólo sabe de su país por el nombre. Y, sin embargo, yo diría que allí era el más inglés de todos. Me recibió con cordialidad, pues me esperaba desde hacía tiempo. E incluso me ofreció de su propio té al enterarse de mi ayuda en la escaramuza por boca del propio Cárdigan.

—¿De dónde es usted, señor Temperley? —me preguntó cuando nos dejaron a solas. Bueno, a solas no. Estábamos él, yo y mi caja.

—De demasiadas partes… Y de ninguna. ¿Por qué lo pregunta?

—Porque por lo que conozco de usted, diría que no posee usted el espíritu necesario para guardar lealtad a ninguna facción de este conflicto. Así pues, ¿por qué está metido en este lío?

Le señalé con la cabeza la enorme caja, la cual no le había pasado desapercibida en ningún momento. Sin embargo, esperó a que fuese yo el que sacara el tema,  o mejor dicho, el tema de la caja.

—¿Podría usar una bayoneta? —le dije mirando con esperanza una de las cuantas que estaban apiladas en una esquina de la tienda donde nos encontrábamos.

Raglan me dio su permiso y con ella abrí la parte superior de la caja. Con cuidado y esmero saqué el invento que se me había llevado parte de mi juventud.

—¿Qué diantre es eso? —preguntó el Lord inglés dejando su silla intrigado e inclinándose sobre mí.

—Mi fonógrafo —le dije mostrándole el ingenio—. Lo que tiene ante usted es un sistema de grabación mecánica analógica, en el cual las ondas sonoras son transformadas en vibraciones mecánicas mediante un transductor acústico–mecánico. Estas vibraciones mueven un estilete que labra un surco helicoidal sobre este cilindro de fonógrafo… Y si se quiere reproducir únicamente ha de revertirse el proceso haciendo…

—¡Espera un momento! —dijo en su momento Raglan y ahora Helen interrumpiéndome.

—¿Sí? —me dirijo a ella, que está con la boca abierta.

—¿Un fonógrafo es algo parecido a un gramófono? —Asiento a la pregunta y ella continua—. No puede ser… Creía que lo había inventado Edison…

—Edison lo patentó bastantes años después de que yo consiguiera ensamblar el mío, que, todo sea dicho, era bastante distinto al suyo. Además, el mérito ni siquiera es suyo. Mi amigo Édouard–Léon Scott reprodujo mi invento años después, pero, claro, quiso hacerlo a su modo y…

—¡Robert! —me interrumpió de nuevo Helen visiblemente excitada—. ¡Eres inventor! ¡Inventor de verdad!

—Era, querida niña…, era. Y dejé de tratar de ponerle cuerpo a mis sueños tiempo atrás. Descubrí que no valía la pena hacerlo de la peor manera posible. Pero ahora trata de no interrumpirme más, ¿quieres? Me gustaría acabar esto antes de que se me congele el aliento.

Raglan no entendió que aquel cilindro unido a una suerte de caja llena de ruedas dentadas, agujas y membranas servía para algo. De hecho se rió creyendo que me estaba burlando de él.

—¿Pretendéis decirme que podéis capturar mi voz en ese pequeño cilindro y reproducirla a placer?

Entonces rebusqué en el interior de la caja y encontré los dos cilindros que, con tanto o más celo que el fonógrafo, había logrado traer conmigo desde el mismo corazón de Inglaterra. Uno era negro, y el otro blanco. Puse el negro en mi ingenio y comencé a darle cuerda con la manivela para ponerlo en marcha. Las palabras que salieron del cilindro dejaron sin las suyas al comandante de aquel ejército.

—No… No puede ser. ¿Es…?

—Ni más ni menos —le aseguré con gesto serio—. Ahora sería bueno que reunieseis a la tropa. Necesitan escuchar esto.

Era noche cerrada cuando me encontré rodeado por el grueso de las fuerzas inglesas destinadas a Crimea. Vi rostros mucho más jóvenes que yo. Más inocentes. Más ingenuos. Pero los había también que me miraban a mí y a mi ingenio como si fuésemos el mismo diablo. Sin embargo, Raglan había sido claro y no permitió a nadie poder escapar de aquel compromiso. Incluso dejó el perímetro sin guardar pidiendo a sus aliados turcos que guardaran las inmediaciones. Así que allí estaba yo… Frente a más de cinco mil soldados ingleses sucios, cansados y huraños, robándoles horas de sueño. ¿Y qué les iba a dar a cambio? Pues antes de que comenzaran los murmullos y las preguntas, volví a girar la palanca igual que lo había hecho ante su comandante y jefe. Y una voz clara y potente comenzó a hablar.

—¿Puedo hablar ya, señor Temperley? —dijo aquella voz. Me hubiese gustado poder obviar aquella parte, pero por aquel entonces no había perfeccionado mi invento y debía reproducir las grabaciones desde el principio—. Bien, vamos allá… Mis queridos soldados. Hijos de la Madre Bretaña. Os habla vuestra soberana, la reina Victoria por la gloria de Dios. Y… y, bueno, sólo quería desearos buena suerte.

Dejé de girar la palanca y todos los soldados comenzaron a mirarse los unos a los otros sin comprender nada. Raglan se adelantó, colocándose a mi lado, y con voz más potente y clara se dirigió a los suyos:

—La que acabáis de oír es la voz de vuestra reina. Yo mismo puedo dar fe de la veracidad de lo que acaban de escuchar. Así que no olviden que no sólo habitamos en el corazón de los que más nos quieren, sino también en la madre de todos los británicos. ¡Dios salve a la reina!

El “salve” que le siguió fue tímido. Extraño. Pocos podían creer lo que acababan de escuchar, y los que lo hacían no sabían cómo interpretarlo. Así, acabada mi labor, recogí mi ingenio y me retiré a una pequeña tienda que Lord Raglan había dispuesto para mí. Después de un viaje tan largo haber reproducido aquel mensaje me había dejado un regusto extraño en el paladar y la boca del estómago. Estaba guardando de nuevo el fonógrafo en la caja cuando apareció un hombre en mi tienda. Con unas pocas primaveras más que yo a sus espaldas me sonrió con franqueza. Pelo azabache, ojos grandes y brillantes a juego y faz agradable. En forma y con uniforme impoluto. Le reconocí de inmediato.

—¿Eso es todo? —me preguntó como si nos conociéramos desde siempre.

—Eso es todo lo que vuestra reina os quiso decir.

Penetró en mi humilde morada y se sentó sobre el cajón cruzando las piernas.

—¿Cómo lo habéis hecho? —me preguntó—. ¿Qué clase de brujería encierra esta caja que puede capturar y reproducir una voz?

—Es complicado de explicar pero no es en absoluto brujería. Es ciencia. Algo compleja pero ciencia al fin y al cabo. Y os aseguro que en el futuro, cuando consiga volver a algún lugar más civilizado que este, lograré meter uno de estos en cada hogar de Inglaterra y del mundo.

–¿Y por qué habéis requerido mi presencia? ¿Acaso nos conocíamos y os he olvidado?

Reí con ganas ante aquella pregunta. No. Por supuesto que no nos habíamos conocido nunca, le dije.

—Pero sí conozco a vuestro padre. Lord Remington–Smith. Fue él mismo el que me presentó a vuestra majestad y me permitió demostrarle lo que podía hacer mi ingenio. Podéis adivinar el revuelo que causó tal prodigio en la corte, aunque no tanto como en los estamentos militares. Ya casi estaban a punto de pedir las cabezas de cada una de las palomas mensajeras y los telegrafistas cuando pensaron lo que podía suponer mi ingenio dentro de una campaña bélica. Pero claro, ningún británico sale de casa sin antes haber probado hasta el último de sus logros. Por eso estoy aquí. Soy como un cartero, sólo que mis mensajes únicamente los pueden recibir personas que tengan un fonógrafo. Y ahora mismo soy el único que lo tiene… Hasta que vuelva con la misiva de Lord Raglan de que ha recibido el mensaje de ánimo de su majestad.

—¿Y por qué no estáis ya de camino si habéis obtenido lo que os proponíais?

—Porque no estoy aquí por el dinero o la fama. Estoy aquí por algo más: un sueño.

—¿Y qué lugar ocupo yo en vuestras ensoñaciones?

Rebusqué en mi bolsillo y le arrojé una vieja partitura a aquel joven. La cogió al vuelo y una sonrisa de niño acudió a sus labios.

—Casi la había olvidado… —susurró al verla—. La canción de la caballería ligera. Empecé esto antes siquiera de saber montar a caballo. ¿Por esto estáis aquí?

—Por eso y la palabra dada a vuestro padre. Arriesgó nombre y posición para darme la oportunidad de presentar mi invento ante la reina. He grabado mi voz y la de varias personas desde que lo inventé. Pero no he grabado ninguna canción. —Saqué el cilindro blanco y se lo mostré—. Quiero que la Historia sepa que la primera canción que se grabó y pudo ser reproducida es la vuestra. Me han interpretado la melodía. Es buena. Y llega a lugares del corazón que desconocía que existían. Sin embargo…

—Está incompleta —me dijo bajando la mirada—. Nunca llegué a terminarla pues la vida se interpuso en mi camino. Me estáis otorgando mucho valor y una honda responsabilidad, ¿lo sabíais?

—Me he jugado mucho para estar aquí. Nunca he desdeñado una buena aventura, pero si quiero que la Historia me recuerde, quiero que sea por algo de lo que esté orgulloso. Y lo estoy de mi fonógrafo, pero no de lo que he capturado con él. Así pues, ¿me ayudaréis?

Hubo un segundo largo entre nosotros. Uno en el que creía que se negaría, que se reiría de aquel requerimiento tan estúpido como imposible. Pero le había tentado con algo demasiado grande, algo excepcional.

—Dadme dos días —me dijo estrechándome la mano—. Tendréis la canción. Os lo juro.

—Y yo os prometo la eternidad, Matt.

Mi promesa me logró un lugar entre la tropa. Más concretamente entre el 93º Regimiento de Highlanders. Sin embargo, el regimiento de Cardigan, donde estaba encuadrado el joven Matt, no nos perdía de vista en ningún momento. Al parecer, la reina, me había incluido entre sus deseos que no sufriera daño y fuese tratado con la consideración oportuna, por lo que se me dejó hacer casi a mi antojo siempre que no disturbara la paz militar. Ni se me ocurrió hacerlo, más que nada porque la compañía de hombres rudos acostumbrados a los más duros pesares de la guerra como eran esos Highlanders, me imponía un hondo respeto. Coleccioné varias historias interesantes de aquellos hombres que me hubiese gustado grabar, la verdad. Pero mi cilindro tenía una única función y era grabar la canción de la caballería ligera.

Entonces llegamos al río Bulganek, donde los rusos nos estaban esperando. Las aguas se tiñeron de rojo, gracias en su mayor parte a la infantería de los Highlanders. Desde la distancia comprobé cómo aquellos hombres sabían matar tanto como morir. Ni siquiera los más jóvenes, pipiolos de no más de dieciséis años, caían tras recibir un par de balazos en su cuerpo. Seguían allí en pie, con el agua por las rodillas, batiéndose a sablazos y mosquetazos, subiendo el precio de sus vidas y cobrándose cuantas podían. Entonces, después de haber aguantado la feroz acometida rusa, la caballería se puso en marcha. Los vi cargar con el mismo orden de aquellos cinco hombres. Recortaron la colina con su galopada, sables en una mano y revólveres en la otra. Una pasada limpia, como la de una cuchilla de afeitar, y el campo quedó sembrado de tropas enemigas que se batieron en retirada. Justo en ese momento Cardigan alzó la voz desde su montura para ordenar perseguir al enemigo cuando Lord Raglan, junto al que me había quedado casi para servir de diana para las boñigas de su caballo, le gritó que detuviese la carga.

—¡Señor, podemos darles caza! —se quejó un Cardigan ensangrentado de pies a cabeza—. ¡Déjenos demostrar lo que valemos!

—Masacrar al enemigo que huye no es manera de demostrar nada —zanjó Raglan antes de volver grupas a su caballo—. Ordene detener el ataque y reúna a las tropas. Quiero cruzar el río antes del anochecer.

Así lo hicimos, sólo que bajo una marcha llena de desconfianza y rencor por parte de la caballería. La infantería se había batido con valor para lograr una victoria que debía rematar aquel cuerpo de élite pero, inexplicablemente, su comandante había declinado obtener una aplastante victoria. No sé si no consideraba aquella escaramuza importante o si ocultaba otros motivos, pero cuando llegamos a Balaclava y las huestes rusas llenaban aquella explanada, no dudé en saltarme cualquier tipo de protocolo y fui a buscar a Matt. Iba vestido totalmente de rojo. Del rojo del Dragón que él mismo representaba. A su lado y dispuesta en una enorme fila en la que Cardigan repartía órdenes a voz en grito, se encontraba la caballería ligera.

—¿Qué vienes a buscar, Robert? —me preguntó apresurado.

—Lo prometido… —Dudé incluso en pedirle aquello.

—Lo siento, amigo mío, pero aún no lo tengo… Tal vez cuando esto acabe lo tenga, pues estoy cerca. Pero ya has visto lo que nos aguarda.

—Toca pues. A los hombres no les vendrá mal una canción que alegre sus corazones y los libere del miedo unos instantes.

—¿Dudáis de que volvamos?

—Dudo incluso de que lleguéis a verles las barbas a los rusos…

Una expresión que no supe descifrar acudió al rostro del joven soldado. Bajó de su caballo, rebuscó en sus alforjas y sacó de ellas una guitarra.

—Deberías encender ese cacharro…

Creo que aquella fue la vez que más rápido puse en marcha mi fonógrafo. Mientras el joven Matt tañía suavemente las cuerdas de la guitarra tratando de calentar dedos y ánimo, coloqué el cilindro grabador en su lugar y me dispuse a accionar la manivela para comenzar a grabar cuando me detuve en seco, golpeado por mi propio sentido común.

—Matt… Si te equivocas, no podré volver a grabar tu canción con este cilindro… Una vez se graban los surcos ya no se puede deshacer el proceso.

—Lo sé —murmuró sombrío—. He tenido esta canción dentro de mí toda mi vida. Siempre conmigo y siempre incompleta. Cuando me la devolvisteis, una chispa nueva comenzó a arder en mi interior y encontré notas que se me habían resistido…

—¿Y?

—Sólo escúchala. ¡Escuchadla todos! —les gritó al resto de la compañía—. La marcha de la caballería ligera, camaradas. Esta canción habla de nosotros. Y ahora lo hará por siempre.

Se hizo uno de los silencios más intensos de mi vida. Comencé a girar la manivela al tiempo que asentí para que me ofreciese lo que tenía. La guitarra entonces comenzó a hablar por él. Suave. Melancólica. Verdadera. Retiraba el silencio con cada nota. Era una canción que quería ser triste pero no sabía. Una canción que parecía de otro tiempo, de otro lugar. Y, sin embargo, estaba ahí. Clavada en el corazón de aquel joven a fuego. Ni siquiera me di cuenta cuando acabó de tocar. Estaba como hechizado y con los ojos inundados en lágrimas. Incluso ahora, cuando ya creía que no me quedaban recuerdos por los que llorar, se me inunda la vista. En ese momento supe que había valido la pena. Todo aquel viaje. Todo. Y, sin embargo…

—Está incompleta —me dijo Matt antes de volver a dejar la guitarra y marcharse—. Si la escuchas detenidamente sabrás que le falta algo. Aún no sé lo que es, Robert, pero espero que la fortuna nos sea favorable y lo encuentre en el campo de batalla. Si no es así, entonces tienes grabado todo lo que soy y todo lo que pude dar.

Entonces Lord Cardigan se me acercó al trote. Detuvo su montura junto a mí y me alargó la mano para que se la estrechara.

—Tengo que pedirle un último favor —me dijo—. Si la canción de mi oficial ha quedado grabada, por favor, reprodúzcala mientras cargamos.

—Dejarán de oírla en cuanto se alejen…

—Aquí dentro no dejaremos de oírla nunca. —Se apretó el puño contra el corazón—. Además, siempre será mejor que escuchar los cañones rusos.

—¿Qué pasó? —me pregunta Helen totalmente absorbida por mis palabras.

Balaclava. Eso fue lo que pasó. La última carga de la caballería ligera. A Cardigan le ordenaron cargar contra la artillería rusa en una cabalgada a la descubierta de kilómetro y medio. Fue una carnicería. Caballos y hombres volaban por los aires a cada impacto de la artillería. Y, sin embargo, ningún dragón o húsar inglés detuvo su avance. Todos cargaron. Y casi ninguno vivió para arrepentirse de ello. Superaron el infierno de los cañones únicamente para caer en brazos de la caballería cosaca. Los superaban cinco a uno. Y aun así, me consta que lucharon hasta que Lord Cardigan ordenó una retirada viendo perdido el asalto. Los vi volver, derrotados y ensangrentados, bajo una nueva lluvia de metralla. Y mientras tanto la canción de Matt sonaba. Una y otra vez. Fue todo tan rápido, tan absorbente, que si siquiera llegué a darme cuenta de que allí estaba yo como un estúpido girando la manivela. Entonces le vi llegar. A Matt. El pecho de su chaqueta agujereado y con la vida escapándosele por el mismo. Venía silbando. Tranquilamente, como si la muerte no fuese con él. No lograba entenderlo. Entonces, mi mano dejó de girar la manivela y fue como despertar a Matt de un sueño. Cayó por un costado del caballo, fulminado. Sus fuerzas agotadas. Su vida también. Me arrodillé a su lado tratando de no dejarle hacer el último viaje a solas cuando alzó su mano como un rayo y me cogió del brazo.

—¿La tienes? —susurró con un fino hilo de voz—. ¿La tienes ya?

No lograba entender lo que me decía. Entonces me di cuenta de todo. Sobre el rugido de la guerra. Sobre el caos y la desolación su canción no había dejado de sonar. Y yo no había podido grabarla. Ni tan siquiera escucharla. Lo vio en mis ojos antes de cerrar los suyos. Aun así sonrió antes de irse. Aun así tuvo tiempo para sentirse satisfecho.

—Así que completó la canción —musitó Helen—. ¿Y tú nunca pudiste recordarla o grabarla?

—No. No pude. Nunca la recordé —digo mientras mi cabeza se hunde en mi pecho—. Aquella canción se perdió entre la guerra. Y mi fonógrafo. Lo único que logré salvar fue aquel cilindro incompleto. Ni siquiera me salen las palabras para seguir explicándote el horror que viví. Balaclava únicamente fue el principio de una larga serie de pérdidas. Por eso quería estar aquí esta noche. Más allá de la mirada de la historia, únicamente quería volver a escuchar esa canción de nuevo. Pero de nuevo la guerra quiere arrebatármela otra vez…

Entonces sucede lo imposible y casi estoy a punto de ponerme en pie en la silla aun a sabiendas de que mis pies no me sostendrían. Me empujo contra la pared de ladrillo que han levantado los obreros para trabajar a gusto y comienzo a golpearla con saña esperando que hayan sido negligentes.

—¿Qué estás haciendo, Robert? —pregunta alarmada la buena de Helen, que teme seguro que haya perdido la cabeza.

—¡Ayúdame a abrir esto!

Dos ladrillos se sueltan ante nuestros esfuerzos. Lo suficiente para dejar entrar el sonido de la música. Lo suficiente como para dejar entrar aquella melodía. La última marcha de la caballería ligera. Y allí abajo, sobre el escenario, hay un joven que podría ser un calco del Matt de mis sueños. Silbándole a una guitarra desnuda mientras el resto de la orquesta apenas se atreve a seguirlo. Y antes siquiera de que pueda disfrutarlo se termina. De nuevo se acaba. La gente comienza a aplaudir a rabiar mientras grito a pleno pulmón. Quiero volverla a ver. No le di a ese idiota mi cilindro para que le regalase la canción al mundo. Se la di para que me la devolviese a mí.

—Acaban ustedes de escuchar La última carga de la caballería ligera —dice el muchacho, Arthur Remmington-Smith, el director de orquesta más joven de Inglaterra—. Esta fue la última canción que escuchó mi bisabuelo, la que le acompañó en su último responso. Una canción de valor y esperanza. Una canción que escucharon buenos británicos en  otra época convulsa. Una canción que he querido compartir con ustedes al igual que un gran hombre lo hizo conmigo…

Se vuelve hacia la banda y hace un gesto a la misma antes volver a repetir la tonada. Esta vez la saboreo por completo. Esta vez todo vuelve a mí. Mi juventud. Mis sueños. Mis pérdidas. Todo. De manos de esa canción. Una canción de ida y vuelta.

David Gambero 2012

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Comments
3 Responses to “Una canción de ida y vuelta”
  1. Otra historia de esas que me gustan, de heroicos hombres obligados por el deber. ¿Cuántos cabalgarían hoy en esa última carga sabiendo lo que les espera?
    Miguel, yo ya había tenido el privilegio de ver tu ilustración ¿te acuerdas? ;D Está muy chula.

  2. Mariola dice:

    Ay, Daniel, ya te lo dije: has escogido una de mis referencias literarias favoritas para recrear esta historia tan estupenda. El poema de A. Tennyson no puede ser más maravilloso y tu idea es excelente.
    Me gustó mucho el tono y cómo vas de un tiempo a otro, además de los personajes. Y te agradezco el privilegio de haber escuchado esa melodía que compone el músico.
    La ilustración de Miguel le hace toda la justicia al relato, así que mis felicidades a los dos. Chapeau 😉

  3. Mariola dice:

    Uyssss, perdona, David, que te he llamado Daniel. Entre el Camargo y tú se me va la pinza, ;-).

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