Bichos raros

Autor@:  

Ilustrador@:  Clara Gomes

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inma Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Clara Gomes. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Bichos raros.

Ilustración de Clara Gomes

Me desperté sobresaltado. ¡Otra vez esa estúpida pesadilla! Yo cayendo al vacío desde la terraza de mi moderno ático y, otro yo visualizándolo todo con una sonrisa cínica en la cara. Era curioso, pero ese sueño siempre era el preludio de algún tipo de crisis existencial. Y además, acababa de pelearme con mi última conquista, ella se había enfadado porque había descubierto que anoche le había mentido sobre la supuesta pastilla de última generación que le ofrecí. Había descubierto en el suelo un envoltorio de los caramelos escalofríos, así que se marchó indignada dando un estruendoso portazo que arremetió de forma dolorosa contra los marcos de diseño de mi nuevo loft.
En vez de sentirme mal o frustrado por haberla engañado o por perder la oportunidad de empezar a salir con un pivón de los que hacían época, me sentí tremendamente satisfecho, y divertido. Y como mi cabeza tiene una especie de defecto musical que relaciona cualquier experiencia siempre con alguna canción, no pude evitar que en este caso, me viniera a la mente una estrofa de una canción de Loquillo: “Hace un momento que me ha dejado aquí en la ladera del tividavo, la última rubia que vino a ocupar el asiento de atrás.” Aunque en mi caso no dejó el asiento sino la cama.

Aun no entiendo por qué sigo acostándome con ese tipo de tías; tías con cuerpos espectaculares, de mente frívola y fingida intelectualidad. Pero es una simple fachada, pues acechando y escondido en lo más profundo de su perfecta apariencia, se esconde el monstruo despiadado, feo y degenerado que se vende por dos gramos de coca.

La conocí anoche, en el local de siempre, la sala donde nos juntábamos todas las estrellas del momento: actores, presentadores, “famosillos” de programas basura y cómo no, y esto me atañía a mí, futuras promesas del mundo del Rock.

Al principio me engañó, pues a pesar de ser guapísima y estar dentro del prototipo de caza fortunas, tenía algo diferente, o eso creí hasta que cometió un error en su impecable interpretación. Dejó al descubierto su gran vicio, las drogas. Y lo peor de todo es que ni siquiera esperó hasta llegar a la cama, pues tras los primeros besos subidos de tono me dijo:

–¿Nos hacemos algo antes del polvo? Porque está claro que siendo tú quien eres tienes que comprar lo mejor de lo mejor…

Lo mejor de lo mejor… Siendo tú quien eres… Una vez más aparecía ese miserable monstruo que solo quería conseguir fama y poco más en esta vida.

Hice lo que hacía siempre, fui al cajón secreto de mi mesilla de noche y saqué un cuarto de pastilla.

–Toma, esto es mejor. No se corta, tienes que meterla directamente en la boca, pegarla al paladar con la lengua y dejar que se deshaga.

La chica cogió la pastilla con avidez, con una amplia sonrisa de satisfacción.

–¿Qué es?

–Pues, lo mejor de lo mejor, nena, confía en mí –Le dije, devolviéndole la sonrisa, amplia y de medio lado, mi marca natural que no sé muy bien por qué las volvía locas. Y dejé que disfrutara del momento.

Después le describí la situación que iba a vivir dentro de su boca. Le dije que notaría un sabor ácido que se intensificaría a medida que la lengua fuera deshaciendo la pastilla y, que experimentaría un gran gozo, una alegría desbocada y que eso haría que disfrutase mejor del sexo. Y lo mejor de todo era que no dejaría molestias como el resto de “mierda” que por ahí se vendía.

Mi placebo conseguía que mi rollo psicológico se hiciera verosímil. La gente vivía la experiencia como si fuese real, como si le estuviese ofreciendo la mejor droga del mundo cuando lo que realmente le estaba ofreciendo era un “escalofrío”. Como bien sabrán los empedernidos consumidores de chucherías de los años noventa, se trataba de una golosina de color blanco en forma de pastilla tamaño goma de borrar y la cual tenía una mezcla de sabor ácido y a limón que te refrescaba tremendamente la boca, de ahí su nombre.

¿Estupefactos? Aunque os parezca increíble, jamás en toda mi carrera profesional tomé drogas, no me gustaban, no me gustaba ese estilo de vida, pero siempre se me había dado bien hacer teatro. Así que fingía, y hasta ahora nadie me había descubierto.

A veces, me molestaba tremendamente vivir en esa ilusión, que nadie quisiera realmente conocerme a mí, que nadie estuviera realmente enamorado de mí, que nadie se interesase por saber quién era yo. Pero luego pensaba que esa fachada, ese personaje que yo representaba me hacía feliz, pues era la única manera de seguir dedicándome a lo que más deseaba y amaba en este mundo: la música.

Y de todos modos, tampoco me podía quejar; tenía sexo cuando quería y que te lloviesen “pivones” todos los días me enorgullecía, hinchaba ese ego masculino cavernícola que todos los tíos compartimos. ¿O tal vez en mi caso no? Tal vez mi verdadero yo ansiaba otra cosa, y nunca lo había reconocido por miedo a atravesar la fachada que él mismo había creado.

Cogí el móvil mecánicamente y como todos los días abrí twitter; por supuesto siempre se encargaba de responder los mensajes mi agente o incluso alguien que se contrataba específicamente para ello. Era como lo de firmar autógrafos, siempre había alguien detrás de ti, siempre el maldito teatro…

Había más de mil tweets, que proferían desde cochinadas en un intento desesperado de llamar mi atención, hasta versos de amor. Normalmente solía leer tres o cuatro porque pronto perdía el interés, pero hoy, por alguna extraña razón, mi interés me permitió leer un tweet más, y fue eso lo que cambiaría mi vida para siempre.

Lo escribía una tal Lyra. Me llamó la atención porque era muy simple pero a la vez intrigante, decía así:

“No sé si realmente serás tú quien lea esto, pero si eres tú, me gustaría felicitarte por tu anterior trabajo. Gracias a ti, mi hija me ha dejado dormir”.

No sé explicar el motivo por el cual me pillé el cabreo del siglo, tal vez fuese el destino el que estuviese moviendo los hilos de su juego trazado, ese juego que nos impone la dirección que debemos seguir. El caso es que entre improperios cargados de palabrotas, aporreé las teclas de mi iPhone hasta encontrar el perfil de la muchacha.

-¡Que mi música la hace dormir! Mi música, ¿la música de la nueva promesa Rock? Esta chica está delirando.

Mientras gritaba al vacío e intentaba entrar en su perfil, no sé qué narices toqué, pero de repente apareció el tweet que seguía al primero y, que decía:

“Seguro que tendrás miles de fans, pero te aseguro que mi hija es la más joven de todas, empezó a seguirte con tres días de vida”.

Me golpeé la frente y empecé a reír, pues de repente todo había cambiado. Hay que ver el poder que tienen las palabras. Y no solo quedé aliviado sino que también sentí un gran interés por saber más cosas de la persona que había conseguido en un segundo hacer que pasara de un estado de ira extrema a un estado de completa simpatía.

Indagué y conseguí entrar en su blog, busqué la foto en busca de una mujer como mi madre o algo así. No os imagináis las extrañezas que los hombres imaginamos de una mujer cuando se le etiqueta con la palabra madre. Pero en vez de encontrarme a una señora con rulos, me encontré mirando la foto de una chica de mi edad, rellenita, de pelo negro y ondulado, con unos ojos oscuros como jamás había visto. Eran unos ojos vivos, expresivos, luminosos, bonitos, únicos…

Quedé impresionado y atrapado por esas oscuras breas. Encontrar unos ojos claros bonitos era fácil, pero encontrar unos ojos oscuros que eclipsaran la intensidad y la profundidad que tenían por naturaleza los ojos claros, era muy difícil.

“Ella tiene la mirada…”

De nuevo mi defecto musical, la canción de Roxette de su disco The Look Sharp, sonó con tal intensidad que sentí estar escuchándola realmente en ese momento. Y, entonces entendí por primera vez y después de haberla escuchado al menos cien veces, lo que esa estrofa significaba en toda su amplitud.

Desde ese instante me obsesioné, leí su blog, seguí sus tweets e incluso vi las fotos que había hecho de todos sus viajes; eran muy buenas, nunca había personas, solo lugares. Al final, llegué a la conclusión de que cuanto más sabía de ella más quería conocer. Otra rareza de las mías, mi romanticismo empedernido me llevaba a hacer auténticas locuras.

Así que me tomé un tiempo de expansión personal como yo lo llamaba, tiempo de desconexión en el cual desaparecía mezclándome con la gente. Y aunque parezca paradójico era real, pues era capaz de volverme invisible. Me camuflaba, recurría a disfraces e incluso a extremados cambios de look y, nunca jamás nadie me reconoció. Esto me permitía ser normal aunque fuese por un corto periodo de tiempo.

El primer día que la vi con su rollo alternativo y su anillo de casada, iba con su pequeña de dos años, su “mini yo”. Jamás pensé que esos ojos brujos pudieran duplicarse, pero ahí estaban, dibujados en una preciosa carita sacada seguro de algún cuento Disney. Estaban en el parque, yo simulaba que leía; una pelota llegó rodando hasta mis pies, era de la pequeña, se la devolví y me sonrió, y cuando lo hizo algo dentro de mí se estremeció. En aquel momento decidí tener contacto con ella.

Pero, ¿cómo hacerlo sin parecer un pederasta o un maníaco obseso? Pensé decirle “vi tu tweet y te he estado siguiendo y observando” pero luego decidí que no quedaba demasiado bien, aunque fuese la verdad y lo hubiese hecho de una forma inocente. Finalmente, y después de machacarme la cabeza durante horas, le mandé el siguiente tweet :

“Respondiendo a tu último tweet y aunque parezca increíble, te diré que sí soy yo realmente quien te escribe, y además me gustaría conocerla”.

Su respuesta no tardó en llegar.

“¿A mi hija? No era esa mi intención, no me va demasiado el rollo público, ¿sabes? Además escribí ese tweet en un impulso de esos que te dan a veces. Nada serio, de verdad.”

Y la breve conversación que surgió fue:

–“Esto es increíble, ¿me crees a la primera? ¿No dudas que sea yo ni aun estando en el mundo en el que estamos?”

–“Siempre doy una oportunidad a la gente, soy así de ingenua ¿qué le vamos a hacer? Creer a muerte hasta que se demuestre lo contrario.”

–“Quiero conocerte, ¿podemos vernos? Da la casualidad que estoy en tu ciudad.”

-“He de decirte una cosa, no me gusta demasiado tu música. Me he acostumbrado a ella por mi hija.”

-“Gracias por tu sinceridad, pero ¿te importaría que nos viésemos? Tranquila sé que estás casada, no habrá peligro por mi parte, además no eres mi tipo.”

-“Touché, tú tampoco lo eres, demasiado engreído para mi gusto.”

-“Me estás juzgado mal, ¿dónde quedó lo de darle una oportunidad a la gente? El verte solo es por tener una conversación normal, estoy cansado de esto, la fama duele.”

-“Está bien, mañana en el café “el rinconcito”, a las cuatro y media.”

-“Genial porque no me pilla muy lejos. Por favor, no me vendas a tus locas o histéricas amigas.”

-“Descuida, me tienes demasiado intrigada para ello, pero llevaré guardaespaldas. Y no es un guardaespaldas cualquiera pertenece a los X-Men y su llanto podría penetrar en tu cerebro y destruirlo en cuestión de segundos.”

Recuerdo que sonreí como un bobo leyendo aquellas últimas líneas. Realmente me sorprendió haber disfrutado de aquel primer contacto y estar tan suelto, era como conversar con mi mejor amiga, a pesar de estar haciéndolo con una desconocida.

Viví con Lyra una realidad mágica que podría estar sacada de cualquier película romántica de Hollywood, con la pequeña diferencia de que en este caso no era un amor pasional, sino más bien filial; no sé muy bien como describirlo. Lo que quiero decir es, que existía una extraña complicidad que además estaba ávida de nuestra mutua compañía.

Me encantaba pasar tiempo con ella, hablar de cosas triviales e incluso de estar presente en cada adelanto que la pequeña hacía, cada palabra nueva que balbuceaba, cada centímetro que crecía. Pero ella estaba casada, y lo peor de todo, muy enamorada. Eso es lo que yo deducía. A pesar de que no hablaba mucho de su marido, y de que él nunca aparecía. ¿Sabría que su mujer estaba viéndose desde hacía unos meses con una estrella del Rock? Y de ser así, ¿cómo lo llevaría?

Había mil cosas que no entendía, había veces que sin pensar, ella hablaba de los viajes que le había organizado su marido, cada cual más sorprendente que otro, con un brillo inusual en sus ojos brujos. Otras veces, y sobre todo cuando yo intentaba profundizar un poco más en el estado en el que se encontraba su relación, ella se cerraba en banda y me decía que prefería no hablar. Y esto me volvía loco, pues no era capaz de tener claro si seguía casada o no. Pobre imbécil, en aquellos meses estuve ciego.

Al final, bien por alusiones o bien porque a mí inconscientemente me interesaba, decidí que estaba divorciada. Me resultó, en aquel entonces, muy extraño que después de tres meses su marido no hubiese aparecido y, que además, no importaba el momento en el que se encontrase el día, ella siempre estaba sola con María. Si hubiese prestado atención a los pequeños indicios las cosas hubiesen ido mucho más deprisa, habría aprovechado mucho mejor el tiempo, hubiese ido a buscarlas mucho antes.

Como os decía, fui un imbécil, pues la mayor pista de todas, la clave de lo que pasaba realmente con su matrimonio estaba en los domingos. Recuerdo que todos los domingos de aquellos tres meses solía llegar tarde a nuestra cita matinal en el parque y, cuando le preguntaba el motivo, siempre me contestaba lo mismo mientras miraba a María de forma distante:

–Lo siento, es que hemos ido a ver a su padre.

Nunca jamás me pregunté por qué, craso error. Solía pensar que si yo hubiese estado en el lugar de su ex marido jamás las hubiese dejado escapar. Seguía erróneamente pensando que mi hipótesis sobre el divorcio era la respuesta al gran enigma que me quemaba vivo por dentro, enigma que me quemaba porque me había dado cuenta de que no podía vivir sin ella. Sin ella y sin su pequeña, y constantemente me hacía las mismas preguntas: ¿Por qué las habría dejado escapar ese tipo? ¿Qué extraña fuerza le hacía mantenerse tan alejado?

Lo único que creía tener claro en aquella época era que fue él quien las dejó, ella seguía demasiado enamorada como para haberle dejado y haberse marchado con su hija tan lejos de su familia y amigos. Creí que su huida había sido solo para olvidar, ¿y que otra explicación le podía dar entonces, estando yo tan ciego como estaba?

Recuerdo también que en mi cabeza le llamaba estúpido, ¡qué gracioso e irónico! Le llamaba estúpido cuando el estúpido, el que no entendía, el que no leía entre líneas, era yo mismo. Y me mosqueaba el hecho de que ese estúpido no viera lo que había dejado, ese ser dulce, divertido y comprensivo que era Lyra.

Aunque he de reconocer que lo que siempre destaqué de entre todas las virtudes que encontré en Lyra fue el hecho de que al igual que yo, ella era un bicho raro, el mismo tipo de bicho raro que siempre había anidado en mi alma.

Era alguien atípico, desconocido para mí; esa era una de mis frustraciones más grandes, pues no encajaba para nada con el tipo de gente que hasta ahora había conocido. Gente interesada, en busca de fama y dinero fácil, es decir, ella podría haber sacado provecho de la excéntrica obsesión que yo sufría hacia su familia, podría haberse asustado y jamás haber accedido a conocerme. Pero era valiente, discreta y ante todo, humilde.

Jamás, en los meses en los que estuvimos viéndonos se relacionó con nadie a parte de mí y nadie supo que me veía. Tampoco me hizo preguntas, nunca intentó sonsacarme nada, simplemente me escuchaba, escuchaba lo que quisiera decirle en cada momento.

Tal vez esa era su magia… No, definitivamente su magia eran sus ojos.

Otra cosa que me encantó de ella fue la capacidad que tenía para sintetizarlo todo y hacerlo sencillo. Siempre tenía una frase célebre a mano que tiraba por el suelo cualquier intento de objeción que se te ocurriese hacer. Un día le confesé que el mundo de las estrellas no era mi mundo, le dije que estaba cansado de aparentar, que odiaba tener que comportarme como me decían que me tenía que comportar. Siempre atento a lo que me aconsejara el manager, siempre intentando no defraudar. Y su respuesta fue simple:

–Pues entonces plántate ya, se tú mismo.

–No es tan fácil, hay muchos miedos y frustraciones detrás.

–Qué es lo peor que te puede pasar, ¿tener dos mil fans en vez de tres mil? ¿Volver a ser feliz haciendo lo que te gusta? ¿Que te deje tu manager? Mira, sinceramente, si tu manager te dejase no creo que te fuese mal. Eres un artista que tiene mucho que dar, lo tuyo es vocacional, siempre fue así. Tú tienes esa esencia innata que te hace brillar sobre los demás. No solo compones, si no que tienes la capacidad de adaptarte a cualquier estilo y, esa voz que tienes tan peculiar es lo único que necesitas para que el éxito siempre te acompañe.

Recuerdo que le sonreí verdaderamente sorprendido, incapaz de refutarle.

–Vamos, sorpréndeme. ¿De qué personaje célebre has sacado ese discursito?

Ella se tornó seria y contestó enormemente triste:

–De mi marido. Él te adoraba, te siguió desde el principio, aunque en los últimos trabajos muchas veces me decía que te estabas volviendo muy comercial. Y que era una pena porque a pesar de serlo seguías brillando con luz propia. Pero te estabas perdiendo, negando tu esencia. Esa esencia que te hacía ser tan especial. Fue él quien descubrió que si le ponía tu música a María cuando se ponía burra, la conseguía calmar, y así nos dejaba dormir por las noches.

Ahí estaba otra vez el fantasma de su marido, aquel día me enfadé, ¿por qué no era capaz de olvidarlo?

Pasaron seis meses, y a pesar de que nuestros encuentros cada vez eran más frecuentes y fructíferos en lo relativo al estrechamiento de nuestra amistad, se acabó mi tiempo de expansión personal y tuve que volver al trabajo. Otra rareza, no hubieron reproches ni promesas de nuevos encuentros. Aunque yo noté, supe, que ella también disfrutó de mí. Y María, la pequeña María me conquistó por completo, yo era suyo al cien por cien.

Inmerso como estaba en mi nuevo trabajo, estuve mucho tiempo sin saber de ella. La verdad es que la culpa de esto era de la misma Lyra y su pequeña, pues me habían dado miles de ideas para mis canciones, me habían inspirado.

También he de reconocer que tres meses después de la despedida tenía miedo, miedo de que todo hubiese sido un sueño, miedo de no volver a experimentar la magia. Pero solo el simple hecho de pensar en ellas me sacaba una sonrisa. ¡Qué cabrón! ¡Qué suerte tuvo su marido al conocerla! Y, qué pobre diablo era por dejarla escapar. Pero lo más jodido de todo era la envidia que en mí producía el que la tuviese tan enganchada, a pesar del divorcio, a pesar de la magia…

Oírle hablar de él fue fascinante, y a la vez hiriente, pues envidiaba también esa desinteresada devoción que ella le profería. No cabía duda de que el tipo se lo había currado antes de dejarla, pues sabía que gracias a él, ella había recorrido medio mundo e incluso terminado sus estudios como profesora, aunque jamás me dijo de qué. No importaba, lo descubriría seguro, en nuestra próxima conversación.

Pero un día, el vacío me invadió y, esa necesidad, esa avidez por estar con ella se hizo más palpable que nunca. Dejé de engañarme, no era una amistad perfecta e hice lo que cualquier hombre en su sano juicio hubiera hecho. Compré un billete de avión y, nada más pagarlo, como si el destino se hubiese convertido en mi cómplice, recibí un mensaje en mi móvil privado con una foto de María, acababa de cumplir tres años. Y ya no pude más, siendo Lyra siempre tan discreta y precavida como era, resultaba anormal haber recibido aquel mensaje, con la foto, sin texto, el cual a mí me decía mucho.

Por eso ahora estoy aquí, subido en este avión y contándoos mi historia, camino de esa felicidad que tanto anhelo porque al fin lo he descubierto, y esa luz me ha venido de la manera más tonta, escuchando una conversación que mantenía una señora de mediana edad que hablaba por teléfono con algún familiar.

Estaba sentada detrás de mí y hacía unos diez segundos me acababa de preguntar por el número de terminal.

–No te preocupes, yo limpiaré la lápida de los papás. Sabes que de todas formas voy a ir a cambiarles las flores, como cada domingo.

Esa última aseveración “como cada domingo”, hizo que algo en mí se resquebrajase, era una mezcla de alegría, alivio y reproche. Alegría por darme cuenta de que Lyra siempre había sido mía, alivio por saber que ya no había nada que se interpusiera entre nosotros, y reproche por no haberme dado cuenta antes de la angustia que ella sufría. Estúpido me dije, ¿recordáis? Y mirad por donde sale mi estupidez. Nunca hubo divorcio y siempre hubo magia. Su marido no las había dejado voluntariamente, no había tenido más remedio, por eso ella seguía tan enamorada. Su marido había muerto, por eso ella huyó para alejarse del dolor y empezar de nuevo.

Ahora estoy marcando con dedos temblorosos su número de teléfono, no sé si ella me contestará aunque deseo fervientemente que lo haga. Pero eso, lo que a partir de ahora pase, será el trabajo de otro narrador, otro tendrá que encargarse de contar mi presente.

–Hola, Chris –contesta una voz de mujer feliz y a la vez sorprendida.

–Yo también os echo de menos –le responde él con ternura.

–Ha pasado mucho tiempo. Me alegra oírte –la voz de ella se resquebraja por la emoción.

–Lo siento.

–¿Cómo?

–Debí darme cuenta de por qué no hablabas de tu marido.

–Yo también lo siento, no debí utilizar a María para llamar tan desesperadamente tu atención –dijo la chica desmoronándose, por primera vez desde que le conociera–. Siento no haber sido sincera contigo, no decirte por qué estaba allí realmente contigo. Siento haberle buscado en ti, pues te escuchaba anhelando encontrar algún pequeño matiz suyo en tu personalidad, eras su ídolo. Siento haber sido tan egoísta y dejar que solo tú te dieras a conocer, buscar la manera fácil, no hablar, solo escuchar. Pero no lo hice con mala intención, la soledad te juega malas pasadas y, mi obsesión por revivir aquel amor era mucho más fuerte que yo. Aunque no me arrepiento, descubrí más de lo que esperaba y me gusto más allá de cuanto pudiera imaginar.

–Ya no tendrás que buscarle más, debes dejarle ir en paz y vivir tu nuevo amor junto a mí. No debes sentirte culpable y si de verdad hay algo de él en mí, creo que es la manera sincera de quererte y de buscar tu felicidad. Ya no tendremos que luchar nunca más con la soledad porque estábamos predestinados. María es para mí como la lluvia fresca en un día caluroso de verano, la adoro tanto como te adoro a ti. No sufras más, estoy de camino, amor. Y, te prometo que nada nos podrá separar.

Inma Ostos Sobrino

Anuncios
Comments
4 Responses to “Bichos raros”
  1. kamyska dice:

    ¡Magnífico trabajo! Me gusta mucho el resultado final de las dos obras juntas. La estrella que anhela tener unos ojos brujos en su vida, y la ilustración, como una gran portada de disco, hasta me la imagino en la estantería de alguna tienda de música xD

    ¡Enhorabuena! 🙂

  2. Sonia del sol dice:

    Vaya sorpres’on !!! Voy como el Caracol, leyendo, poco a poco, todos los relatos y, por el título del trabajo, no me hubiera imaginado una historia de amor tan bonita. El famoso que tiene su corazoncito y est’a deseando tener una vida “normal” con una persona “normal”…..y, el resto del mundo deseando vender su alma al diablo por tener éxito y ser una celebridad, qu’e paradoja !!! Enhorabuena, pareja.

  3. Qué historia tan tierna y bien desarrollada. Con tantos pequeños detalles que la adornan y pequeños giros que la hacen aún más tierna. Me gustó.

    Estupenda la ilustración, Clara. Me encanta la imaginación que le has echado al interpretar el relato y ese sello tan personal a la hora de ilustrar.

  4. olgabesoli dice:

    Me encanta el toque original de ese roquero que da “escalofríos” a sus conquistas. Coincido con mis compañeros, esta historia destila ternura. Impactante ilustración que recuerda a una portada de disco. Muy buen trabajo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: