Me llamaban Perro Negro

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Género: Negro

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Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo. La ilustración es propiedad de Verónica Mercader Vera. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Me llamaban Perro Negro.

Ilustración de Verónica Mercader

Me llamaban Perro negro por mi pelo y ojos oscuros. Vivía en la carretera, viajando de un sitio a otro, quizás porque muchas veces deseaba notar la lluvia cayendo sobre mí, sentir el agua bendita o púrpura del cielo, o me quedaba el tiempo que fuera esperando un día soleado cuando me cansaba de esa lluvia, sobre todo la de noviembre. Pero en especial porque me gustaba conducir entre interminables campos de fresas y oro. Además, casi todas las ciudades por las que cruzaba parecían decirme “bienvenido a la jungla” e, instintivamente, me veía de vuelta al pasado, a aquella suave nana que me susurraba mi madre. Apenas recuerdo los ojos de mi padre.

Me marché muy joven con el firme propósito de que otro mordiera el polvo si me iban mal las cosas y tratar de no pisar jamás la prisión de Folsom. Decidí también que, donde el destino me llevara, las calles no tendrían nombre, las escuelas serían de calor y solo habría coches y chicas. Y si las luces de la ciudad lograban deslumbrarme, entonces sí me detenía una temporada y me convertía en el hombre del piano en cualquier local donde hubiera uno.

Una noche conocí a Roxanne y sé que llamé a las puertas del cielo. Pero no terminé de fiarme porque ya me creía el rey del dolor en cuanto a lecciones de amor. Sin embargo, cuando los corazones se meten en problemas, no atienden a la razón y no importa nada más.

—¿Crees que soy sexy? —me había preguntado con la voz de terciopelo y el cuerpo de una diosa.

Se vino conmigo hasta Santa Mónica, se confundió con aquellas hermosas chicas de California, y con mi música y su voz conseguimos todo el dinero para quemar en mil y una fiestas, pero también en demasiado alcohol y cocaína. Porque, embriagados de aquella locura, pensamos que quién quería vivir para siempre si no era así de intensamente, aunque fuera recorriendo una autopista hacia el infierno. Así que aquella simpatía por el diablo y sus brillantes disfraces nos acompañó durante algún tiempo hasta que se terminó el dinero y, con él, los días de gloria. Y también porque Jeremy me encontró.

Jeremy, un antiguo socio y amigo de la infancia, fue uno de los que mordieron el polvo cuando nos quisimos convertir en soldados de fortuna de manera poco ortodoxa y nada legal. Nos perdió una ocasión inesperada: que Janie tuviera aquella pistola y que el amor que le profesábamos ambos cortara como un cuchillo. Jeremy acabó en la cárcel cuando ella lo traicionó por preferirme a mí. Y un hombre con el corazón agujereado puede ser muy peligroso. Pero al principio, cuando Janie y yo huímos juntos, pensamos que nuestro túnel de amor no tendría fin. Lo que uno piensa cuando se cree joven para siempre hasta que crece o se da cuenta de que realmente lo que siente está cargado de veneno.

Durante un largo tiempo, y con el calor del momento, Janie y yo nos perdimos por mil sitios. Se subía al coche, «pon la radio bien alta», decía, y tarareaba cualquier canción. Yo conducía y la escuchaba a ella. Toda la costa oeste, una larga estancia en la Baja California tocando en el Cabo Wabo, un enorme local casi en la frontera con México. «Bajemos hasta Panamá o ¿por qué no nos vamos a Europa? Lleguemos a Amsterdam, saltemos hasta la India, volemos a Cachemira», fantaseaba cada día. Lo mío eran desvaríos más que palabras: «Me hicieron para amarte, seré tu hombre para siempre…». Y así docenas de noches locas, amor en ascensores, en camas de rosas, e infinitas cosas salvajes más. Libertad era la única palabra que nos importaba y nos ataba al mismo tiempo.

Pero un día, colgada a mis caderas, me susurró que se había cansado, que yo no quería más que vagabundear, que me faltaba la ambición que le sobraba a ella, que solo me conformaba con la satisfacción de un piano, de guitarras o de aquel sexo desenfrenado que a veces me hacía parecer más un animal que un hombre. Y me dejó. El único alivio fue que al menos no me traicionó. Nunca más supe de ella. El remedio fue de nuevo la larga carretera hasta encontrar aquel refugio para corazones rotos donde conocí a Roxanne.

Pero la gran bola de fuego que se había prendido y yo había querido olvidar dio con nosotros. Jeremy me alcanzó justo en la costa, donde Roxanne y yo gastábamos los últimos billetes, a la vez que se desataba un huracán y 5150 relámpagos iluminaban el cielo. Los veleros sobre la superficie del mar casi se partieron en dos y yo sentí las alas rotas cuando comprendí que aquel era un viento de cambio o tal vez el fin, yo que me había creído invencible. Y como si Roxanne lo hubiera presentido mucho antes, también se esfumó como humo en aquella agua tan revuelta.

—¿Qué harías si hoy fuera tu último día? —fue lo que me dijo Jeremy cuando apareció a mi espalda junto a otros dos fieros rostros. Él, sin embargo, tenía ojos tristes.

Yo respondí encogiéndome de hombros:

—Antes de que me acuses de algo, sabes que yo no te traicioné. Pero si has venido para ajustarme las cuentas, adelante, termina lo que empezaste.

—¡Yo no empecé nada!

—Es verdad, fue Janie, pero también me abandonó a mí. Y ahora acaban de dejarme otra vez.

—No me das ninguna pena.

—Ni lo estoy pretendiendo.

Entonces Jeremy pareció reflexionar un momento y luego dijo:

—Bien, compartamos lo que sabemos y a quienes conocemos, escarbemos en su suciedad, y así, quizás, tengas otra oportunidad. O no. De cualquier modo creo que no te queda otra alternativa o, mejor dicho, sí te queda una: la bala que aún puedo meterte justo entre los ojos.

Así que no tuve elección.

—De acuerdo, allá vamos otra vez.

Y los chicos volvieron a la ciudad, regresaron los planes hasta el amanecer, la previsión de encrucijadas de escape, la impresión de tocar el techo del mundo de la oscuridad. Quizás no merecía la pena salvarme, pensé entre pistolas y rosas, unas rosas sin muchas espinas que nos dieron Keighly, Sarah, Jane, Amanda, Carrie… Cómo me sentí caer libre sobre ellas sin preocuparme por nada más que disfrutar. «Sí, no haré del amor una condena. Además, nunca lo he estado buscando y ya he visto que cuanto más profundamente lo he sentido, más fuertes han sido también la emoción y el dolor», fue mi mantra. Así que solo me dediqué a buscar la erupción del placer, regresar a lo más negro de una existencia que nunca había tenido colores. Pero al mismo tiempo, e inconscientemente, también me sorprendí en algunos momentos viviendo en una oración que a veces pronunciaba en susurros descuidados. Entonces me rebelaba y me gritaba en silencio: es mi vida, aunque pueda estar al principio del final de la cuenta atrás. ¿Pero y si existiera una escalera hacia el cielo?, ¿y si pudiera volar como un águila hasta ella?, ¿y si pudiera encontrar lo mejor de ambos mundos o un equilibrio?

Y entonces aquel pensamiento se fue haciendo cada vez más urgente. Sin embargo, la amenaza de Jeremy, el sabor del riesgo, de la aventura, de las amantes fáciles, del dinero para nada más que caprichos, eran motivos demasiado poderosos como para pensar en abandonar.

«Bah, deja que sea así, sueña, cabalga hasta la extenuación mientras tengas suerte. Ya dormiré cuando esté muerto», me repetía sin descanso cada nuevo día con una nueva promesa de excitación ante lo desconocido por muy peligroso que se presentara. Y así lo hice. O lo intenté. Hasta aquel día.

Verano del 69. Un golpe planeado casi a la perfección. Yo al volante, como siempre. Un Mustang azul metalizado robado tres días antes, margen suficiente de tiempo y distancia para que no pudieran seguirnos la pista. Sin miedo, solo adrenalina pura y dura corriendo por las venas, aunque mantuviéramos la sangre fría. Confianza por los últimos éxitos. Gastos cubiertos por una buena racha la noche anterior en una partida amañada en un tugurio conocido de la zona. Con muy poca suerte, el botín sería espectacular; con mala, nos caerían muchos años, pero imposible parar de vivir al límite.

Mañana templada y nervios controlados. Un último repaso al plan. Yo me sabía de memoria las rutas de escape y todas las salidas a la interestatal. Calibradas las posibilidades de imprevistos o errores, desechados los imponderables.

Mediodía. La calle no era principal, la sucursal era pequeña, la del barrio. La habíamos estudiado bien durante días. Cuatro empleados, el director, seguridad mínima. No tardaríamos ni diez minutos. Pistolas cargadas, pero aún no las habíamos tenido que usar. Jeremy, Joe y Bryan se bajaron del coche y entraron. Me di cuenta de que los nudillos se me habían puesto blancos de la fuerza con la que agarraba el volante. Me sorprendí. Había estado en aquella situación suficientes veces como para saber controlarme, así que ¿por qué se me agarrotaban las manos?, ¿una intuición? Me quise olvidar, me puse las gafas de sol, pero no me equivoqué. Miradas rápidas al frente, al fondo de la calle, al tráfico tranquilo y fluido, a los peatones, al espejo retrovisor, a los laterales. Nada inhabitual. Entonces una chica, o mejor dicho, aquel ángel de pelo color miel y ojos como el cielo, apareció por la esquina con prisa, se miró el reloj de pulsera e hizo un gesto de alivio antes de llegar a la puerta. No sé cómo fui capaz de distinguirle un tatuaje en el dorso de la mano. Y al mismo tiempo que maldije entre dientes, mi corazón había contestado a la pregunta de cuándo es amor de verdad, así, sin más, en aquel único instante. Eso y no pensarme en absoluto bajar del coche para evitar que abriera fue todo uno.

Sujetarla por el hombro tan firme como suavemente fue como abrir el séptimo sello ante aquellos ojos sorprendidos pero que chispearon por un momento con ese tipo de magia que solamente se ve una vez. Entonces me sentí como un hombre en una misión desconocida e irresistiblemente poderosa.

—Acaban de cerrar —musité, pero supe que ella, por mi tono grave y la electricidad que transmitieron mis dedos, me entendió. Yo me asombré más porque podía leerle el pensamiento y adelantarme a su pregunta—. Será mejor que vengas conmigo.

Entonces se oyó el disparo y se desencadenó el caos. Su grito se ahogó cuando tiré de ella. En dos segundos la había metido en el coche para arrancar y quemar rueda al acelerar después de decirle que se sujetara. Otros dos segundos y por el retrovisor vi salir corriendo a Jeremy y Joe, desconcertados cuando no encontraron el coche. Me descubrieron al girar bruscamente y enfilar la calle opuesta a la prevista de escape. Aceleré más y la chica volvió a gritar cuando nos dispararon. Pero yo ya miraba al frente y me parecía que las ruedas no tocaban el asfalto.

—No te asustes. —Sé que dije.

—¡Eres uno de ellos! —Me chilló el ángel con los ojos desorbitados.

—No te asustes, por favor, no voy a hacerte nada.

—¡Déjame, déjame bajar!

La miré en un pestañeo.

Lo siento, perdóname, pero es que he visto el cielo en medio del infierno. Acabo de salir de allí. Tú me has sacado. No te haré ningún daño. No sé qué ha pasado, qué has desencadenado. Creía tener nueve vidas pero no tengo nada. Soy un mentiroso, pero sé que tú no tienes miedo ni me lo tendrás.

Todo eso dije sin palabras en ese instante y ella lo vio. Se calló y estuvo así hasta que la ciudad se convirtió en hierba y el cemento en montañas y rosas del desierto. También el aire dejó de tener color.

—¿Cómo te llamas? —me atreví a preguntar cuando estuvimos lo suficientemente lejos.

—Layla —murmuró—. ¿Y tú?

—Dame el nombre que quieras.

—Eric.

Y en Eric me convertí.

Layla también perdió una existencia que ocultaba después de haber huido de su casa hacía dos años, con su familia de padre alcohólico y madre que no había sabido luchar contra él, un hermano desaparecido en Vietnam y un exnovio hijo de puta que le había levantado la mano y la seguía buscando. Había ido a parar allí, muy lejos de todo. Vivía en un pequeño apartamento y daba clases a niños de primaria en una escuela de barrio donde también había hecho algunas amigas. Y poco más. Entonces se le cruzaba un malnacido como yo, pero, más que asombrada, efectivamente no se asustó porque ya había sentido más que suficiente miedo. La cuestión fue que el exnovio había dado con ella aquella misma mañana. Layla solo había cogido su bolso y había corrido hacia el banco para sacar el poco dinero ahorrado en ese tiempo.

—No te faltará nada y estaré dos pasos detrás —fue la única frase con la que concluí su relato.

Nos detuvimos al fin cuando la noche fue lo único que nos dio caza. Un motel sin nombre donde los ángeles no se atreven a aventurarse salvo aquél conmigo.

—Creo que he estado esperando a una chica como tú toda la vida —le dije nada más entrar en la habitación. Y a pesar de mi mala experiencia pasada, sentí verdaderas aquellas palabras—. No sé cómo pero para ti, lo creas o no, sí estoy preparado.

Layla no me dejó seguir y el después fue asombroso, así que ¿por qué eso así, tan repentino y tan intenso, no podía ser amor?, ¿qué más da que durase una noche o una eternidad si nos dimos todo?

Y con lo que era más que un sentimiento viajamos por el país. Cada vez que respiró, Layla me hizo mantener la fe en que quizás sí podía existir ese milagro de amor.

Fuimos Layla y Eric, Alison y Elvis, Angela y Richard, Maggie y Rod. El ayer no importó y se lo llevó el viento. Siempre quise cogerle la mano y dejé de ser un hombre de hierro, un perro de caza nacido solamente para correr o caminar por el lado más salvaje. Nos convertimos en uno cada vez que nos amamos y me lo dio cada vez que le pedí refugio. Cruzamos todos los puentes sobre los ríos más peligrosos y borró siempre los rastros de mis lágrimas. El tiempo que estuvimos juntos fue como una canción de redención. Olvidé las supersticiones aunque a veces quisimos viajar en trenes misteriosos donde los sonidos del silencio nos ensordecieron hasta casi aturdirnos. La quietud de la noche siempre nos protegió cuando pudimos sentir temor.

Layla no dejó de ser un ángel pero también lo fue terrenal. «¿Sabes? Nunca he querido a un hombre del modo que te amo a ti», me dijo un día en que nos habíamos convertido en fuego y lluvia al mismo tiempo y el mundo realmente pareció maravilloso y todas las ciudades el Paraíso.

Nunca supe qué fue de Jeremy y los demás, tampoco me importó y acabé por olvidarlos. Tampoco nos encontró el exnovio que perseguía a Layla. Los mil nombres que tuvimos y nos escondieron nos los dio la música que me salvó y que ya no dejé de tocar para demostrarle a Layla que tampoco dejaría de adorarla. Así que lo que sí sé bien es que en el cielo solo debe de haber lágrimas por habérmela llevado.

Mariola Diaz-Cano Arévalo

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Comments
19 Responses to “Me llamaban Perro Negro”
  1. Juan Ramón dice:

    ¡Bueno. Muy bueno! Me ha gustado mucho que en este relato des más importancia a los sentimientos que a los acontecimientos. Eso me parece… significativo, y además es lo que mejor sabes hacer (que yo sepa, claro).

    • Mariola dice:

      Pero, Juan Ramón, no me digas que en otros relatos le he dado más importancia a los hechos que a los sentimientos y luego acabas con que lo mejor que sé hacer es tratar sentimientos, jejejeje. ¿En qué quedamos? Pero sí, por lo demás, sabes que eso lo sé hacer. ;-). Muchas gracias.

  2. Mariola dice:

    Bueno, pues quiero dar las gracias a Verónica por su ilustración tan sencilla como especial. Sé que he servido de experimento para las nuevas técnicas y estilos que está practicando, y eso es un privilegio porque si tu trabajo puede valer de inspiración a los demás, y sobre todo a artistazos de la imagen, pues doble satisfacción. Así que un placer…
    Y a los demás por supuesto también muchas gracias por seguir leyéndome. 🙂

  3. Susana (Maddie) dice:

    ¡Ay! Qué bueno. Gracias, Mariola

  4. Olga Besolí dice:

    Impresionante relato, Mariola. Ya no sé si me gustan más tus personajes que capitanean por los mares o los que dejas en tierra. Escribes de maravilla. Este relato es un gran recordatorio de que el rock no solo es música, sino una forma de vivir “en el lado salvaje de la vida”. Verónica, tu ilustración es, como dice Mariola, sencilla, pero además cargada de simbolismo. Ole a las dos.

    • Mariola dice:

      Muchas gracias, Olga, pero la verdad es que este relato tiene poco mío porque casi todo es de tantas bandas y rockeros que no podría enumerarlos. El mérito puede estar en el engarce de esos títulos para crear la historia, pero eso tampoco es difícil. Me alegra un montón que te sigan gustando todos mis personajes tanto de mar como de tierra. Me faltan de aire, jejejeje. 😉

      • olgabesoli dice:

        Pues ya sabes Mariola, seguro que si pruebas con ese elemento, también te saldrá de maravilla… jejeej

  5. Sonia del sol dice:

    Muy buena tu historia, Mariola, me declaro admiradora tuya con este relato, una historia de amor preciosa donde, al final, el chico malote que no era tan malo en realidad, se redime con su ‘angel particular, me encanta. Y, muy buenos los guiños que haces a grandes canciones del rock de todos los tiempos. Por cierto, ¿no tendrás especial debilidad por Eric Clapton, no ? Y, Verónica remata la historia con su ilustración , para hacerla a’un más poderosa y emotiva. Enhorabuena, chicas.

  6. Ricardo dice:

    Mi enhorabuena a las dos. Mariola, me gusta el estilo, mantienes un ritmo en el relato que no decae en ningún momento. Y me asombra cómo has colocado esos “chispazos”, retazos de canciones, incardinadas de forma magistral al servicio del relato y no al revés, que hubiera sido mucho más fácil.
    Ricardo

  7. Mariola dice:

    Sonia, muchas gracias. Gustar a la saga de los Of the Sun es todo un logro, con los artistas tan polifacéticos que sois. Y vaya, si quieres leerme más cositas, no dudes en hacerlo, a ver si también te enganchan. Y, jajajaja, es fácil ver esa debilidad por Mano Lenta, ¿verdad? ;-).

    Y Ricardo, gracias también. Viniendo de alguien con tu estilazo, son más que halagos tus palabras. 🙂

  8. jesús dice:

    Todos te dicen: Bien, bueno, buenísimo… ne gustó, que chulo… Vale, pues yo también. Suscribo todos los comentarios ¡ale!

  9. Paloma Muñoz dice:

    ¡Menudo homenaje al Rock con mayúsculas, Mariola!. Un relato impresionante con los nombres divinos de los grandes como personajes de la historia (yo me conozco casi todos los personajes, jajajaja) Eric, Rod, Roxanne, Maggie, Elvis, la maravillosa Layla, etc, etc, Chapeau! Me quito el sombrero, la capa, el poncho, las flores, los jeans, los blusones y todo lo demás.
    La ilustración de Verónica de ese perro negro, estupenda.
    Mil felicitaciones.
    Un abrazo

    • Mariola dice:

      Jajajajaja, muchas gracias, Paloma :-D. Pero seguro que además de los personajes, te suenan todos los títulos de canciones, ¿no? 😉
      Otro abrazo.

  10. ¡Ufffff! Menudo pedazo de trabajo de documentación. Seguro que se me escapan muchos guiños, pero aún así es increíble la cantidad de ellos que has hilado a la perfección para construir esta historia de corazones rotos y remendados. Estoy seguro de que Jeremy es el de Pearl Jam, y Joe el de Hendrix, porque son dos de mis canciones favoritas.
    Me encanta tu espíritu inquieto e innovador, Verónica. Sigue así.

  11. tico dice:

    ¡¡Y perro negro de Led Zeppelin!! ¿A qué sí? Enhorabuena Mariola, algo me olía cuando leí un comentario que le hiciste a Jesús en el relato que yo ilustré ¡pero qué cantidad de guiños! ¡Y qué bien hilados están!. Ahora tengo una duda porque hay frases que me han gustado mucho y no sé si son tuyas o de las canciones, porque muchas referencias las tengo localizadas pero otras no jeje y me ha entrado curiosidad por la de “5150 relámpagos iluminaban el cielo”, no tengo ni idea. El relato es original y sobre la trama decirte que me ha gustado mucho ese giro que le has dado, no me lo esperaba.
    la ilustración también me gusta, es diferente. Es el punto de vista particular de la artista. Me gusta mucho la técnica que has usado Verónica.

    • Mariola dice:

      ¡Muy bien por ese perro negro de los Zeppelin, Tico! Y a ver, casi todo está escrito usando títulos de canciones enteros o en parte, como con esos 5150 relámpagos. 5150 es el título no sólo de una canción, sino de un álbum entero de Van Halen ;-). Y me alegro de que te haya gustado. 🙂

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