Rock and Blood

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rock and Blood.

Cuando vi por primera vez a Larry, no me pareció un tipo demasiado llamativo, aunque tenía algo que logró captar mi atención. Tal vez fuera que la combinación de ropa que llevaba no era la habitual para alguien de su edad. Vaqueros muy gastados combinados con una chaqueta gris de rayas que caía con la elegancia de una toalla húmeda olvidada en un vestuario. Debajo asomaban unos tirantes rojos y una camiseta de algún grupo de heavy metal (no recuerdo si Iron Maiden o Black Sabbath). Las All Stars negras completaban el cuadro, como la aceituna completa un martini.  Un friki de libro. Su larga melena trasera contrastaba con su calvicie frontal. Era ya bastante mayorcito y se le notaba, pero usaba el desaliño como camuflaje, y trataba de moverse entre la gente con una estudiada espontaneidad.

Nos habíamos cruzado casualmente en el lobby del “Heartbreak Hotel”, donde yo llevaba un par de días aburriéndome a la espera de que me avisaran que el coche estaba listo para seguir el viaje. En realidad, me encontraba allí por una combinación de capricho y mala suerte. Una vez enviados a la editorial los originales de mi último cómic de 2012, y como celebración de cumpleaños, me entusiasmé con la idea de volar a Estados Unidos y cobrarlo directamente en metálico, en lugar de esperar como siempre la transferencia bancaria, con el añadido de poder alquilar luego un coche y viajar por carretera hasta Nueva York.

Desde Houston hasta Nueva York. Unos dos mil seiscientos kilómetros, mi road movie personal. Un viaje tranquilo, en cuatro o cinco días, parando en sitios exóticos, disfrutando el paisaje, para después pasarme una semanita en Manhattan viendo exposiciones y comprando libros. No parecía un mal plan.

Pero a veces la tentación se hace presente. Contundente. Sensual. Y la mejor manera de librarse de una tentación es caer en ella. Estaba yo buscando un coche de alquiler en Houston, cuando un Ford Thunderbird del 56 color rojo me miró desafiante, insistentemente. Y ya sabemos cómo son estas cuestiones, la carne es débil y no me pude resistir. Fue amor a primera vista. El rojo es el color de la pasión y ya no pude pensar en otra cosa. Ni en las ventajas de los coches japoneses, ni en los kilómetros que el pobre tenía acumulados, ni en el consumo…, simplemente me monté y me lo llevé.

Y en eso estábamos, amándonos por la interestatal 59 cuando, llegando a Tuscaloosa, el maldito embrague empezó a dar problemas. Sí, Tuscaloosa (Alabama)… Ni sabía que existía un sitio así.  Con el coche chillando de dolor empecé a dar vueltas buscando un taller mecánico y finalmente encontré uno: una antigua nave en las afueras, en una zona bastante deprimente, rodeada de desguaces y vertederos. Estaba pintada de un brillante color amarillo y tenía la puerta abierta. Al entrar lentamente en medio del caos de piezas, restos de motores y torres de neumáticos, el mecánico (un negro enorme de mucho músculo y pocas palabras que me esperaba al fondo de la nave) me miró desde su metro noventa y pico y señaló el coche.

Dis car is kaput —le dije. Y después de usar el viejo recurso de la onomatopeya, tratando de imitar el ruido que hacía el embrague, y de tocar la palanca de cambios con la mano, me quedé tan tranquilo, esperando su reacción, como quien acaba de revelar la verdad a sus discípulos.

El muchacho estuvo un rato dando vueltas alrededor del coche en silencio, luego lo puso en marcha, lo miró por debajo. Finalmente dijo, imperturbable:

Fucking bad luck, brother… The clutch is broken.

Me arriesgué a preguntarle en mi limitado inglés:

Jaulón gonabí the car hier?

Me miró fijamente, parecía que me había entendido, pero no hablaba. Sus pobladas cejas eran su único instrumento expresivo. Las elevó al máximo desprotegiendo unos ojitos negros y redondos como perdigones, mientras levantaba los enormes hombros de quarterback y ofrecía las rosadas palmas de sus manos hacia mí.

Como lo mío es la imagen entendí inmediatamente su mensaje implícito: ”Ni puta idea. Ya veremos cuánto tardo. No me jodas, brother”.

OK,  man,  siyiuleiter… —le dije, y me fui silbando bajito.

Ante la adversidad, me vi obligado a buscar un hotel. Mis pobres neuronas eran las de siempre, pero las incógnitas se multiplicaban: no conocía la ciudad, no sabía cuánto tiempo iba a quedarme allí… Me costaba creerlo, pero de pronto la road movie se convertía en un documental sobre Tuscaloosa. Y así fue como descubrí a Larry.

Elegí el Heartbreak Hotel por el nombre, que obviamente tiene su significado para los que ya tenemos un pasado, y por su aspecto decadente y un diner delante, que se conectaba directamente con la recepción del hotel. Me encantan los diners, más por su aspecto tan fotogénico y su presencia en toda la cultura indie americana que por su gastronomía. Por lo demás, el hotel era bastante normalito, humilde diría, de tamaño no muy grande. Las habitaciones eran estrechas y hacía bastante tiempo que no las visitaba la brocha del pintor, pero al menos estaba limpio, digamos que no desentonaba con la ciudad.

Días después, al bajar para tomar un café, me encontré a Larry en el mostrador de recepción tratando de entregar un frasco blanco con una E roja al encargado, que no parecía muy dispuesto a aceptarlo. Él, algo nervioso, pareció enojarse al principio pero luego se contuvo al ver más gente alrededor y se fue por uno de los pasillos.

A la mañana siguiente volvimos a coincidir desayunando y me sorprendió que, al verme con un ejemplar de El País en la mano, se dirigiera a mí y me preguntara, en un muy correcto español:

—¿Eres del Real Madrid? Qué mala leche que tiene Mourinho, ¿eh?

Curioso comentario. No sólo hablaba español, sino que manejaba ciertas claves cotidianas que uno supone que el americano medio no controla. Allí nos presentamos y tuvimos una charla intrascendente (y sumamente breve) sobre los atractivos turísticos de Tuscaloosa.

Así se sucedían los días, lentos como una manada de elefantes, y sin novedades. Yo me sentía atrapado en el tiempo y cada tarde me pasaba por el taller esperando una alegría, deseando que ese armario de dos cuerpos de color negro hubiera puesto el huevo y yo pudiera seguir viaje. A falta de otra opción me tiraba horas haciendo croquis de rincones de la ciudad con vistas a alguna futura historieta.

Volviendo al hotel de una de esos paseos, ya muy tarde, derrotado, el diner era una pecera iluminada en medio de la noche. De pronto, pensé en la posibilidad de pasar un rato “dentro” de un cuadro de Hopper, y esa imagen le ganó el pulso al cansancio acumulado. Decidí entrar, y apenas lo hice vi a Larry. Estaba de espaldas, pero su melena era inconfundible. Acodado en la barra, la cantidad de vasos usados y la cara de fastidio del camarero me demostraban que llevaba un rato muy largo allí.

Esta vez, Larry había reemplazado la camiseta de heavy metal por una camisa de calaveras igual de elegante y arrugada que la chaqueta de rayas que, por otra parte, era la misma que llevaba puesta mañana, tarde y noche.

Al girarse y verme pareció alegrarse.

— ¡Mi amigo español! —dijo.

Se sirvió otro whisky, le pidió uno para mí y más hielo al camarero y se levantó de la barra para invitarme a compartir una mesa con él. Se le veía bastante cargado, pero comunicativo.  Se notaba que tenía muchas historias para contar…

Ante su interés, en dos palabras le resumí el porqué de mi estancia en esa extraña ciudad. Me contó que él tampoco era de allí, que también estaba de paso.

—¿Y se puede saber cómo es que hablas tan bien el español? —le pregunté.

—Porque estuve una temporada viviendo en Madrid, hace ya unos cuantos años…

—¿Por  turismo? ¿Trabajo?

—Trabajo, en realidad por trabajo… raro, pero trabajo. No suelo hablar de eso, pero te lo voy a contar porque pareces alguien en quien se puede confiar  —dijo en medio de un tufo insoportable a alcohol—. Total, ya pasó tanto tiempo que no creo que pueda afectar a nadie. Estuve organizando un secuestro en Madrid.

—¿Secuestro? ¿De un político? ¿Eras terrorista?

—No, no. El secuestro de un rockero…, de Rosendo, el de Leño.

—¿De Rosendo? Perdona pero no entiendo nada. ¿Para qué ibas a querer secuestrar a Rosendo?

—Sí, mira… Yo pertenezco a la FARO.

—¿Cómo la FARO? ¿Qué es la FARO?

—Sí, la FARO: Fight Against Rock Office. Una agencia creada en su momento por la CIA para realizar labores de espionaje e “inteligencia” contra las principales figuras del rock internacional.

—¿Cómo? No me lo puedo creer. ¿Qué has estado tomando?

—Comprendo que te cueste creerlo, pero es totalmente cierto. Y te lo puedo demostrar.

—Dame más datos.

—Mira, si lo analizas bien, tiene una lógica aplastante. A ti te gusta el rock y lo disfrutas, ¿no? Y por lo tanto, sabes que un buen rock es capaz de llegar a lo más profundo, de disparar tus más bajos instintos, ¿no? Pues mira, está demostrado que el poder del rock como fuerza movilizadora de las masas no debe ser subestimado. Sus principales figuras siempre han sido contraculturales y muy reivindicativas. Y han amenazado al poder establecido de un modo que es absolutamente inadmisible. De hecho, si no se hubiera actuado en su momento, vete a saber cómo estaría el mundo ahora. No quiero ni pensarlo.

—¿Cómo que si no se hubiera actuado en su momento? ¿Qué me quieres decir?

—Que nosotros, desde la FARO, hemos realizado acciones “quirúrgicas” de carácter preventivo para proteger a la sociedad occidental y cristiana. Si no hubiera…

—¿Cómo? ¿Proteger? ¿A qué te refieres exactamente?

—Sí, hombre, desapariciones, ahogamientos, sobredosis, suicidios… ya sabes. Gente joven y despreocupada. Viven al límite. Cometen errores y…

—No entiendo.

—Mira, te contaré mi historia. Yo era muy joven y estaba destinado en Vietnam, ya sabes, plena década de los 60. Hacía un calor del demonio y esos chinos sólo querían matarnos. Al poco tiempo fui herido en una emboscada de los malditos “charlies” y dejé de combatir. Me pasaron a la retaguardia, a Inteligencia, y una vez allí un coronel con el que hice amistad me preguntó si me interesaba involucrarme en proyectos “culturales” y me empezó a hablar de FARO, que en ese momento era sólo una idea. Poco a poco la idea fue creciendo y…  —Mientras contaba su historia, Larry, entusiasmado, seguía sirviéndose un whisky tras otro y tenía la cara cada vez más enrojecida—. Durante un tiempo funcionamos en el Pentágono, en una oficinita del subsuelo. Luego nos trasladaron al Área 51, ¿la conoces?, en Nevada, cerca de Las Vegas. Puro desierto, bah.

»Mi madre seguramente hubiera preferido que me dedicara a otra cosa. —Su mirada se entristeció de pronto—. Le ilusionaba que yo condujera un yellow cab, como lo hizo mi padre hasta lo de la explosión de la gasolinera. Pero yo no tengo pasta para eso, es muy duro, no valgo para autónomo…

—Pero… ¿es verdad todo esto que me estás diciendo?

—Absolutamente. ¿Te crees que se puede inventar algo así?

—¿Entonces eres militar?

—Claro.

_-¿Y la ropa? ¿Cómo es que vas vestido de medio rockero?

—Es un uniforme, nada más, como cualquier otro. Un medio para lograr un fin. Puro camuflaje. Si me tengo que mezclar con ellos, lo normal es tratar de pasar desapercibido. Ahora ya me he acostumbrado. Al principio me jodía un poco, pero ya pasó. Ni lo noto.

—Pero… ¿has atacado o matado a rockeros?

—Sólo he cumplido una misión. Prefiero que lo veas así. Si no lo hubiera hecho yo, lo habría hecho otro. Y siempre ha sido por el bien común. ¿Te acuerdas de Jim Morrison ahogándose en la bañera de su hotel de París? ¿Y de Brian Jones ahogado en la piscina? Pues eso… Mi especialidad en esa época eran los ahogamientos. Y no creas que fue fácil. El maldito Jim tenía un pico de oro y estuvo a punto de convencerme para que no lo hiciera.

—¿Cómo? Joder, tío, no lo puedo creer. Yo era fan de los Doors. Y también de los Rolling. Cómo se puede ser tan hijo de…

—Bueno, tampoco es para tanto. Piensa que así le dimos la oportunidad de destacar a Jagger, que era mucho más simpático e inofensivo que el otro.

—¡Nooo! Pero entonces, todos los demás… Jimi…

—Sí, Hendrix también, y Joplin. Con ellos fue sencillo, se les cambió el proveedor habitual y listo.  Con  Bob Marley, en cambio, fue algo más complicado, porque hubo que sobornar a algunos médicos de Jamaica para que le recomendaran tratamientos no convencionales. Allí fue cuando empezamos a envenenar con isótopos radiactivos.

—No sé, estoy aturdido, me cuesta muchísimo creer que eso pueda ser verdad, que yo pueda estar en este momento sentado frente a la persona que asesinó a la mayoría de los ídolos de mi juventud. Es demasiado fuerte. Eres un verdadero…

—No lo tomes a mal, trata de ver el lado positivo. ¿Recuerdas la frase “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”? Pues eso. Ellos de algún modo lo estaban buscando.

—¿Cómo puedes ser tan cínico?

—Soy práctico. Un rockstar de estos es, al fin y al cabo, un predicador, un líder de masas, que arenga a miles de descerebrados que no sólo lo adoran  y se aprenden todas sus letras de memoria, sino que además se suelen drogar, por lo que su capacidad de autocontrol queda completamente anulada. Son sólo herramientas en sus manos esperando recibir la orden adecuada en el momento justo, ¿lo captas? Bombas de tiempo, células durmientes… Ríete de Al Qaeda. Pero, increíblemente, muy poca gente es consciente de ese peligro. Por eso nuestro trabajo nunca será valorado y, siendo tan necesario, debe mantenerse en secreto.

—No sé, no sé. En este momento mi cabeza da vueltas pensando en todos los nombres… Lennon, Elvis…

—¡Claro! Con Lennon usamos algo parecido al vudú para… digamos hipnotizar a Chapman. Con Elvis… con Elvis fue distinto. Él era especial. Todo con él era distinto. Él negoció un pacto a último momento y se salvó. En realidad, todos los de FARO lo respetábamos mucho y aunque la orden venía de arriba y era clara, clarísima, con él buscamos una salida “alternativa”.

—¿Se salvó? ¿Cómo se salvó? ¿Elvis está vivo?

—No, hombre, no te pongas ansioso que te subirá la tensión. Déjame que te cuente: a Elvis lo “secuestramos” al final de un concierto en Indianápolis. Nos lo llevamos en una limusina al aeropuerto y de allí tomó un vuelo directo a Buenos Aires, donde le hicieron una serie de operaciones de cirugía plástica. Luego vivió muy tranquilo en la ciudad de Venado Tuerto hasta los setenta y siete años, cuando murió de un infarto. Incluso llegó a formar un grupo llamado Hound Dogs en la década de los noventa con el que… ¡imitaba a Elvis Prestley!

—Es… es… No, no lo puedo creer. Se ha escrito tanto sobre…

—La realidad siempre supera la ficción.

—Espera… ¿Dices que murió a los setenta y siete años? Pero Elvis había nacido en el  treinta y pico, ¿no?

—Sí, amigo, en el treinta y cinco. Sé lo que quieres decir… Lo has pillado. Elvis murió la semana pasada. Y yo precisamente soy el portador de sus cenizas. Estoy aquí de camino a Memphis desde Miami… Fue su última voluntad que las lleváramos allí. Y me viste con el bote blanco con la letra “E” en la recepción. Los muy cabrones no me dejaron guardarlas en la caja fuerte del hotel.

—Es… es… abrumador. Las… las cenizas de Elvis aquí, hoy, en esta ciudad de mierda. No sé. No puedo creerlo. Me supera tanta información.

—Te comprendo, por eso no suelo contarlo. Además, la coincidencia…, tu ruta hacia Nueva York y la mía de Miami a Memphis…, y Tuscaloosa como crossroads. Entiendo que estés desorientado, je, je. Pero hoy estaba aburrido y me he relajado charlando con el camarero. Luego llegaste tú y… ya sabes.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Y se quedó mirándome a los ojos, como esperando mi reacción, con su sonrisa tan americana, tan llena de dientes… Tenía los ojos completamente enrojecidos y la cara hinchada. No había parado de beber durante toda la conversación, y yo tenía la sensación de que era el alcohol acumulado en la parte baja de su cuerpo lo que lo mantenía estable y vertical, como si se tratara de un muñeco hinchable de esos que regalan en las tómbolas y sirven como punching ball. Y no estaba dispuesto a parar su confesión.

—Hubo también algunos fakes, je, je. Y en tu tierra sin ir más lejos. Me reí mucho cuando por un error tipográfico en un telegrama un compañero mío secuestró y “suicidó” a Camilo Sesto, je, je. Obviamente, él no tenía nada que ver con eso. Menos mal que luego se pudo corregir.

—¿Corregir? ¿Cómo se corrige un asesinato?

—Muy sencillo, lo reemplazamos por su hermana. Lo que no entiendo es cómo nadie lo nota…

—Joder, tío, pues ya voy empezando a creerte.

—Y lo de Kurt. Bueno, tal como se comenta por allí el suicidio fue inducido, lo volvimos loco con la ayuda de…, supongo que ya sabes quién. En realidad, ella tenía más ganas que nosotros, no costó mucho convencerla.

—¿Pero aún ahora seguís actuando?

—Sí. Todavía funcionamos. Lo último fue lo de Amy… Ella no tenía capacidad de liderazgo, pero estaba dando un ejemplo terrible a la juventud y había que hacer algo. Me dio algo de pena, se ve que estoy poniendo viejo y sensible. No parecía mala chica, pero se había ido al carajo… muy mal… Una vida completamente desenfocada. En fin, lo primero es el deber, querido amigo.

Y Larry cruzó los dedos sobre la mesa. Diez salchichas. En ese momento, algo en él me recordó a un cura. Sacudí la cabeza para quitarme esa imagen. Pero él seguía con el discurso.

—Aunque ya son casos aislados. Ahora, en estos días que corren, con la decadencia que ha habido, ya no surgen rockeros con verdadera garra. Los viejos dinosaurios se ven obligados a volver a la escena (generalmente a buscar dólares) y ya no pueden con su alma. Y los nuevos… los nuevos dan ganas de llorar. Ya cualquiera saca un disco. Son nenas de mamá, y es una pena porque desde nuestra posición sería mucho mejor enfrentarnos a un rival de fuste. Ya no sale un Lou Reed o un Iggy Pop. ¿Tú serías capaz de comparar a los hermanos Gallagher con los Ramones, por poner un ejemplo?

—Bueno, creo que en eso te voy a tener que dar la razón.

—Pero eso no es todo, amigo. Hay algo más, y muy importante. Sobre todo hay un motivo, una razón última y fundamental para que no podamos desmontar aún la FARO… Pero me estoy meando. Espérame un poco que voy al aseo y te lo cuento. No te vayas.

Y levantándose de la silla, se sacudió la chaqueta como si se la hubiera cagado una paloma, y se fue para los aseos, tambaleándose, con paso vacilante y acomodándose torpemente  los faldones de la camisa por dentro del pantalón.

Yo, mientras tanto, me quedé aturdido, alucinado, con una sensación que oscilaba entre el descreimiento y la bronca, tratando a la vez de recomponer mentalmente todo lo que Larry me había contado, de evaluar su verosimilitud, de comprender su alcance exacto y de imaginar cuál era la revelación que aún estaba pendiente de escuchar.

Así estuve un rato, no sé, cinco minutos, diez… Cuando noté que tardaba mucho, empecé a preocuparme pensando que tal vez había tenido un desmayo, dado su estado de embriaguez.

En el diner hacía ya un rato largo que no quedaba nadie, salvo el camarero que, detrás de la barra, hojeaba una revista sin prestar demasiada atención.

Después de mirar varias veces hacia la puerta que daba a los baños sin novedad, y ya muy impaciente, me levanté y fui hacia la barra, y en mi torpe inglés le comenté al camarero que Larry había ido al baño y que me temía que pudiera haberle pasado algo. El camarero se acercó a mirar. Lo lógico era que fuera él, ya que mi relación con Larry era superficial, y tampoco iba a rebajarme yo a entrar para atender a semejante personaje.

Un rato después volvió el camarero y me explicó, mitad con palabras y mitad con gestos, que en el aseo no había nadie. Le indiqué, también con gestos, que Larry estaba bastante borracho y que podía haber entrado por error al aseo de señoras (“leidis bassrum” le dije, orgulloso).

Yes, yes, I also checked that possibility —me contestó.

Nada, no estaba… Y sin decir una palabra más, el camarero se giró y volvió a la barra.

Yo me quedé absolutamente desconcertado. Volví a mi asiento, con la cabeza trabajando a mil revoluciones por minuto tratando de descubrir qué había pasado. Quizás Larry había subido a su habitación para buscar algo o para recuperarse de la borrachera… Estuve unos veinte minutos así, sin saber qué hacer, mientras sentía en mi espalda la mirada del camarero, como si fueran dos rayos láser. Yo era en ese momento, a las tres de la madrugada, la única persona que quedaba en el diner (y probablemente en todo Alabama) y ese muchacho esperaba que me fuera a dormir para poder hacer lo mismo. A las tres y cuarto me levanto, pensé, pero a las tres y cinco fue él el que se acercó a mi mesa y depositó la cuenta junto a mi mano.

We need to close, sir… I’m very sorry —me dijo, y entonces comprobé algo en lo cual no había caído hasta el momento. Entonces y sólo entonces miré la cuenta, fijé mis ojos —ya cansados por lo avanzado de la hora, los vapores del alcohol y el humo del tabaco— en ese diminuto papelito amarillo que se extendía junto a mi mano… ¡Doscientos veinticinco dólares!

—¡Coño! —grité—. ¿Cómo pueden ser más de doscientos dólares?

El camarero me miraba atónito y me señalaba con el dedo botellas vacías y tickets acumulados en la barra que evidentemente Larry había consumido a lo largo de la tarde, antes de mi llegada.

—¡Pero esto lo bebió él, no yo!

He’s your friend, isn’t it?… Friends are forever —me dijo el muy cabrón, ya con sorna.

Al mismo tiempo que crecía mi cabreo, iba comprendiendo que, en realidad, no sabía nada de ese hombre con el que había estado conversando durante horas. Ni su apellido, ni el número de su habitación, ni nada de nada…  En medio de mi desesperación, traté de explicarle al camarero que quería hablar con el director del hotel, y él me señaló el reloj y juntó las palmas de las manos llevándolas debajo de una de sus mejillas, como para indicarme que ese buen señor estaba durmiendo.

We have a police station six blocks from here, in case you want to file a police report.

Me ofrecía la posibilidad de hacer una denuncia policial. Me quedé unos segundos mirando por la ventana hacia la negrura de la noche americana, desolado, sin llegar a creer  que eso me pudiera estar pasando a mí, precisamente a mí. Y finalmente me di por vencido… Saqué mi tarjeta VISA y se la entregué al camarero.

Al día siguiente, por la tarde, me entregaron el coche y seguí mi camino hacia Nueva York. Por supuesto, no volví a coincidir con Larry en el tiempo previo a mi salida en el que aún estuve en el hotel, aunque fue imposible quitarlo un segundo de mis pensamientos.

La carretera, la bendita carretera, me dio la oportunidad de poner la mente en blanco y muchas millas de distancia entre mi persona y ese nefasto lugar y hoy, ya mucho más tranquilo y casi llegando a Nueva York, disfruto de un atardecer espectacular por el enorme espejo retrovisor del Thunderbird. Alguien dijo alguna vez que el atardecer es la única cursilería que se permite la naturaleza, y probablemente sea así. Pero  la combinación de este marco incomparable y la soledad del coche durante kilómetros y kilómetros me han permitido reflexionar sobre lo ocurrido con Larry.

Tal vez el golpe que este hombre ha dado a mi credulidad sea tan brutal que me haya convertido en un escéptico para el resto del camino. Tal vez sea razonable pensar que, al hacer desaparecer a nuestros ídolos de juventud, la FARO conseguía un objetivo práctico, pero a su vez, como un efecto colateral, lograba agigantar su dimensión, volviéndolos inmortales para nosotros, sus fans, que de ese modo evitamos ser testigos de su decadencia. Tal vez sea cierto que sólo poseemos de verdad aquello que hemos perdido para siempre, porque de ese modo vive eternamente en nuestro recuerdo.

Y tal vez la FARO haya optado por adaptar su estrategia a la crisis, y esos doscientos veinticinco dólares sean un golpe más, y seguramente no el último, a la cultura del rock.

Daniel Camargo 2013

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Comments
19 Responses to “Rock and Blood”
  1. jesús dice:

    El relato ya me había parecido impresionante, como ya te había dicho, creo que como escritor… no te vas a ganar la vida. jajaja… En serio, buenísimo. Vicente, Vicente… Vicente. Me alegró ver que tú tomabas el testigo y… viendo la ilustración que has dibujado para tu amigo… puf, buenísima, se nota que te ha gustado hacerla. Eh, eh, eh… cuidadín que la que has preparado para el menda… de diez.

    • Gracias Jesús. No pretendo gran cosa, sólo una genuina evasión mientras meto la cabeza en el relato, pero comentarios como el tuyo me ayudan a perseverar. Lamenté mucho tu accidente photoshopero, y soy consciente de que nos queda una partida pendiente. Ojalá que haya suerte en el próximo sorteo de SE…
      Y Tico, sumando su rapidez de reflejos, su generosidad, y su talento, ha interpretado perfectamente el espíritu del relato y lo ha enriquecido. Un monstruo, como siempre.
      It’s only Rock and Roll, but I like it.

      • tico dice:

        Así es Jesús, disfruté mucho haciéndola porque cuando el humor está por medio me divierto mucho ilustrando. Con la tuya también disfruté eh? pero también sufrí, le dediqué más tiempo pero al ser de otro estilo se me resistió un poco y nunca acababa de convencerme. Y coincido contigo en que el relato de Daniel es buenísimo, para mí el mejor de los que le he leído, y ahora ya te hablo a ti maestro Daniel, que si yo soy un monstruo tú eres el terror, en serio, ya sabes que me encantó el relato. Me alegro de que por fin pudiéramos hacer algo juntos, y que no fuese robar un banco como teníamos planeado, aunque esta colaboración haya sido por la lesión del compañero Jesús, ya le dijimos que no jugase con clavos, ambos esperamos que se recupere pronto y pueda volver a los terrenos de juego en seguida.
        Y del relato ¿qué decir? una maravilla. Como decía antes me siento muy cómodo cuando el relato destila humor y tu humor es brillante, inteligente y el relato tiene una narración fluida y ágil que te invita a continuar. Me recordó un poco a la peli Giro al infierno cuando Sean Penn llega a aquel pueblo después de un atraco porque se le avería el coche y encuentra un mecánico también peculiar. ¿La has visto? Seguro que sí, y si no, te la recomiendo porque seguro que te gusta. Y esto me lleva al tema que ambos coincidimos en muchos gustos y aficiones: cine, música, etc. por lo que la compenetración a la hora de colaborar en este trabajo contigo ha sido más fácil, aunque no habláramos mucho por la falta de tiempo, pero no hacía falta.
        Me encantaron detalles como “Elvis vive imitando a Elvis”, “la hermana de Camilo VI” (que en mi ilustración es Camela, una tontería mía), “el secuestro de Rosendo”, y bueno algunos más que a estas horas no recuerdo pero que me encantaron por igual. Y oye, la teoría que desarrollas en el relato no es descabezada eh? Puede resultar un disparate si nos lo tomamos en clave de humor pero si te paras un poco a pensarlo también tiene su lógica.
        Agradecerte también que me permitieras tomarme algunas libertades en la ilustración sobre detalles que no estaban en el relato, sin habértelo consultado previamente, pero es que no lo pude evitar, fue muy inspirador tu relato. Y si dices que lo enriquecieron pues yo me siento de los más satisfecho.
        Y nada más, gracias a ambos por vuestros comentarios tan generosos y corto ya que menudo rollazo he soltado.

  2. tico dice:

    Fe de erratas: sustituir “descabezada” por “descabellada” 🙂

  3. Mariola dice:

    Pero Danieeeeel… ¡Cómo me pudiste hacer reír tanto leyendo este relatazo! Mira que ya todos los tuyos me han divertido siempre, pero creo que este, como dice Tico, es el que más. Te has salido de verdad con esta historia tan disparatada -o no- del flipado este y su agencia secreta para limpiar el mundo del vicio y los viciosos del rock. Para colmo, el master Tico le pone esa cara al sujeto en cuestión y ya remata el cuadro. Qué equipazo… ¡Lo he pasado en grande!
    A sus pies, señores. De verdad. 🙂

    • Mariola, desde el primer engendro que te mandé, tú siempre me has dado ánimos en esta tarea de convertirme en un “tipo que escribe” (escritor ya es otra cosa). Por eso te garantizo que, cuando finalmente venda millones, tenga además un jet privado y una mansión en la orilla del Lago Míchigan, tú estarás invitada con todos los gastos pagos.
      Y tu ayuda no pasa sólo por lo anímico…, además tienes que lidiar con mis retrasos, mis “modismos latinoamericanos” y otras barbaridades. Por todo ello, muchísimas gracias!!

    • tico dice:

      Levántate mujer que desde que hiciste el comentario tendrás las rodillas hechas polvo. Muchas gracias Mariola, me divertí mucho poniéndole la cara a Larry. Todo un personaje.

  4. ¡Menudo relato Almodovariano! Algo así solo puede ser fruto de algún tipo de desviación mental de esas que sufren los mejores novelistas, y que ya quisieran para sí muchos de los que hoy en día se denominan escritores.
    Genial la ilustración en la forma, Tico, pero fíjate que esta vez me quedo con el enfoque que haces del relato. Podrías haberte limitado a plasmar ese cantante jubilado de Status Quo en el sofá de polipiel del diner, junto a la botella de bourbon, y te hubiese quedado estupendo, pero decidiste darle ese enfoque tan personal y creativo con las pompas y las estrellas, y el asunto ganó el 100%.

    Por cierto, esa camisa me suena…

    • Gracias Roberto! La desviación mental ya la tenía…, sólo estoy tratando de encauzarla de un modo, no ya creativo, sino al menos legal. Y lo de Tico es cosa seria. Colaborar con él, es como tirar paredes con Messi o con Iniesta…, cuando te la devuelve sólo tienes que empujarla. Un abrazo, y cuida esa camisa.

    • tico dice:

      Gracias Roberto, es que casi siempre suelo plasmar el concepto del relato, eso me ayuda a disimular mis carencias técnicas, que la hay, y muchas. Y lo de Daniel no tiene nombre, es muy fácil formar equipo con él y como sé que es más metedor que yo, se las dejo en bandeja.
      Esa camisa debía estar de oferta en Tuscaloosa (Alabama) ¿has estado por allí?

  5. Sonia del Sol dice:

    Lo que me he reído con este relato, ja, ja, ja !!! Los dos estáis en estado de gracia, tanto Daniel, como Tico, para crear algo tan ingenioso y divertido. Este personaje-personajillo merecía una película, tipo Torrente, qué bueno, de verdad. Gracias y, felicidades a los dos por habernos hecho pasar tan buen rato. Genial.

    • Ricardo dice:

      Mi enhorabuena a los dos. Me encanta el final, totalmente abierto, donde el lector debe tomar postura y decidirse o quedarse con la duda. ¿ Agente secreto al servicio de un abyecto plan? ¿ Espabilado que le vacila unos bourbons y se emborracha a costa de un pardillo? ¿ Un chiflado más de los que pululan por ahí? Y la ilustración, a la altura del relato.
      Ricardo

      • tico dice:

        Gracias Sonia, el mérito es de Daniel que es el creador del personaje, la historia, de todo. Le vamos a dar el “primer premi de ingeni i gracia” como en las fallas de mi tierra. Es un crack, yo también me divertí mucho leyéndolo y así todo fue más fácil.

      • tico dice:

        Gracias Ricardo, me alegro que te haya gustado.

  6. olgabesoli dice:

    Genial y divertido relato. Coincido con los demás compañeros que, aunque es aparentemente disparatado, ¿quien no ha pensado nunca que hay una mano negra tras la muerte de nuestros ídolos del rock?

    En cuanto a la ilustración, el Larry me recuerda totalmente, patillas incluidas, al “Larry Suit Leisure” del famoso videojuego de los años 80, y posteriores 90, en el que, al jugar, tenías que ayudar a ese personajillo para que, el pobre, con esa facha y adornado de una halitosis trepidante, pudiese ligar con alguna chavala. ¿Es casualidad o te has inspirado en el juego? Sea como sea, muy buena ilustración.

    • tico dice:

      Gracias Olga, pues he ido en seguida a buscar ese tal Larry del que me hablas porque no tenía ni idea, y ahora que lo conozco creo que se parece más a Bill Murray que al Larry de Daniel, aunque sí puede tener un aire por las entradas, las cejas y la forma de vestir pero como te decía, pero no lo conocía. El que he dibujado solo me lo ha inspirado el relato de Daniel, así es como me imagine a este personaje que se merece una segunda parte con otro relato, eh Daniel?

  7. Segunda parte? Veo que ambos tenéis ganas de que sigan “cayendo” rockeros… O lo apuntamos hacia otra área?

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