Tal vez aquello era Rock and Roll

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Género: Autobiográfico

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Ricardo González. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tal vez aquello era Rock and Roll.

One, two, three o’clock, four o’clock rock,
Five, six, seven o’clock, eight o’clock rock.
Nine, ten, eleven o’clock, twelve o’clock rock,
We’re gonna rock around the clock tonight

Tu madre ve por casa una cinta de Robert Gordon, flaco y serio, de medio lado, el cuello de la camisa subido y un tupé imposible, y le pregunta a tu hermana qué es lo que haces tú en aquella foto.

Acaso no fuese tan solo presbicia, acaso aquello fuese Rock and Roll

You know I can be found, 
Sitting home all alone, 
If you can’t come around, 
At least please telephone. 
Don’t be cruel to a heart that’s true.

Bourbon. Has estado ahorrando porque quieres saber lo que hay más allá del Four Roses, que es el que se ve en algunos sitios, pocos, muy caro y no te termina de gustar.. Te has juntado con Oscar y una mañana de sábado os vais los dos a una tienda especializada en licores de la calle Toro,  que solo conocéis por su minimalista escaparate. Traspasar la puerta es entrar en una catedral de vidrio, botellas de infinitos tamaños, formas y colores conforman sus particulares vidrieras. Os recibe un tipo auténtico, delicioso anacronismo de bigote y chaquetilla blanca que sonríe mientras pregunta aquello de: ¿Qué se os ofrece, amigos?. La palabra amigos te suena bien y desde aquel día incorporas para siempre la expresión a tu forma de hablar. Endereza sobre el mostrador media docena de botellas nunca vistas. Vuestra cara es de pardillos, a pesar de las chupas de cuero y los tres o cuatro años de universidad a cuestas. Ningún comerciante salmantino solía por entonces tratar con deferencia y amabilidad a un par de estudiantes. Allí es distinto. El tipo sabe muchas cosas y se le ve disfrutar con ello, os abre a un universo de conocimientos insospechados. Habla de cebada, de centeno y de maíz. De maderas de roble, de Tennesse y de Kentucky. Todo un profesional, veterano predicador en el púlpito de su particular templo etílico. Al final escogéis una de ellas, más por el precio asequible y el diseño de la etiqueta que por otra cosa. Kentucky Tavern, escrito en cursiva dorada con trazo ascendente en fondo blanco, nunca se te ha olvidado. Os bebéis el primer trago en la habitación del Colegio Mayor, en unos vasos pequeños robados sabe Dios donde. Oscar tiene un radiocasette y pone una cinta que ha grabado con lo que más le gusta de de Loquillo. Quiero un camión. Rock and Roll Star. Piratas. Cadillac Solitario. Channel, cocaína y Don Perignon. Fumando tabaco rubio por una vez. El bourbon sabe condenadamente bien. Nada que ver con el Dyc y otros bebedizos menos presentables que trasegabais por entonces. Desbanca al brandy en tu personal escala de gustos y formalizas con él una bonita amistad que perdura hasta hoy.

Acaso aquello te supo a Rock and Roll.

Ilustración de Rafa Mir

Each time we have a quarrel,
It almost breaks my heart.
‘Cos I’m so afraid,
That we will have to part.
Each night I ask the stars up above,
Why must I be a teenager in love?

Tienes quince años y la hermana de tu padre ha venido a pasar unos días para ver a tus abuelos. Trae una cazadora de cuero que le ha quedado pequeña a uno de tus primos y se te abren mucho los ojos y la sonrisa cuando te la pruebas y ves que es de tu talla. Es de color  marrón oscuro y con botones en vez de cremallera, pero en aquel momento no te importa. Es tu primera cazadora de cuero. Te miras al espejo después de subirle el cuello, y al día siguiente la llevas puesta a clase, y la semana siguiente, y el mes siguiente. Te acompañará cuando te dan tus primeras calabazas, también el día en que consigues robar tus primeros besos, En tus primeras copas y en tus primeros bailes lentos. Hasta que el tiempo ha pasado y después de un verano ya no cabes en ella. Uno de tus hermanos te ha comido las sopas y ya es más alto que tú. El otro apunta maneras de pijo y no la quiere. A tu madre nunca le ha gustado aquella cazadora y un buen día la hace desaparecer como solo las madres saben hacer desaparecer la ropa que más nos gusta..

Han pasado treinta y muchos años, has gastado muchas prendas, de la mayoría no te acuerdas. Pero nunca olvidarás tu primera cazadora de cuero.

Llevabas puesto un poco de Rock and Roll.

Él estudiaba
para ingeniero
 pero algo se torció
 y ahora es rokero
sí, no, si no
la ingeniería abandonó

Bulldog tocan el sábado en una discoteca de Peñaranda de Bracamonte. Te apetece mucho ir a verlos, pero el día antes todos te dejan colgado. Decides ir de todas maneras. Tocan bien, pero descubres que estar solo no es divertido. No tienes con quien hablar y terminas bebiendo más de la cuenta. Te descuidas y pierdes un tren que pasa por la noche camino de Salamanca. Debes esperar a coger un autobús por la mañana. Todo está cerrado a partir de cierta hora, y si hay algo abierto no sabes dónde. La estación de autobuses de Peñaranda es poco más que una marquesina. Es Febrero y comienza a nevar. Has decidido lucir tus mejores galas, y tan solo llevas la cazadora por encima de una camisa de cuadros. Agradeces al menos las botas altas. Añoras la zamarra de invierno y el jersey grueso que se han quedado en tu habitación del Colegio Mayor. Aterido, las horas se niegan a pasar, eternas y blandas como la nieve que cae tranquila y amarilla bajo la luz de una farola que le contagia de su ictericia. Con la sola compañía del paquete de celtas con filtro.

Ilustración de Rafa Mir

De madrugada te aventuras bajo la nevada, te podrías morir si te quedas allí quieto por más tiempo. El premio aparece dos manzanas más allá en forma de churrería. Unos hombres mayores envueltos en chaquetas de borreguillo coronan sus cafés con chorros de orujo y miran de reojo a aquel joven empapado y desabrigado sentado en una esquina, a quien una taza de chocolate caliente parece reconciliar con la vida. Al fin llega aquel maldito autobús, y contemplas detrás de la ventanilla helada el Campo Charro. El verde oscuro de las encinas asoma entre la nieve bajo un cielo sucio. Sientes que la garganta te duele y te duele cada vez que tragas saliva, y los escalofríos se te pasean impertinentes por la espalda. Cruzas Salamanca nevando una mañana de domingo, gente enfundada en sus pellizas va de aquí allá bajo los paraguas, caminando despacio para no resbalar. Al llegar te metes un buen rato bajo la ducha para quitar el frío de los huesos. Calientas un poco de agua en el infiernillo, le añades leche en polvo y te la tomas con una aspirina. Luego te metes en la cama con todas las mantas y una bufanda en torno al cuello y consigues dormir un par de horas. Carpin va a verte a media tarde, te lleva un bollo de pan que ha cogido a la hora de comer y unos entremeses de los que siempre ponen los domingos. Estás muerto de hambre, pero pasar cada trozo de bocadillo es como tragarte un pequeño erizo. Acabas mojando el pan en otro poco de leche. Pero tienes veintidós años. No hay garrafón que te tumbe ni faringitis que te doblegue. La bufanda en torno al cuello durante toda la noche obra milagros y el lunes te levantas casi bien. Tomas otra aspirina con el desayuno y te vas a clase pisando la nieve sucia que ya se está deshaciendo.

Te sentiste estúpido, y estúpida tu pasión por el Rock and Roll.

rama lama, rama lama ding dong
i’ll never set her free
for she’s mine, all mine
oh oh oh oh

Tus remolinos son tan rebeldes como el propio Rock and Roll. Imposibles de doblegar con la sola ayuda del fijador marca Patrico, el único que encuentras en la droguería. El auxiliar de la farmacia te deja ver una vieja libreta, escrita a pluma con el trazo elegante de tu abuelo, en la que te señala  dos recetas. Antiguas fórmulas magistrales de los tiempos de posguerra en los que la escasez aguzaba el ingenio, cuando el saber de los boticarios suplía variadas carencias, más allá de los remedios medicamentosos. Nombres curiosos. Goma de tragacanto y goma arábiga. Han de pasar unos años todavía hasta que conozcas su origen vegetal y la estructura química que les otorga sus propiedades, pero ya compruebas empíricamente que con cualquiera de ellas puedes esculpir el peinado a tu gusto, consiguiendo un tupé casi pétreo. La goma arábiga en vaselina es más rápida de preparar. Le da mucho brillo pero engrasa terriblemente el pelo. Y pica. Al final es mejor la goma de tragacanto en agua, si tienes paciencia y un poco de habilidad con el mortero llegas a conseguir un gel en el que debes procurar no dejar grumos por pequeños que sean, o se te agarrarán peor que liendres. Te peinas y ni un cabello se aparta de su sitio. No te despeinas ni siquiera en clase de gimnasia. Lo único malo es retirar aquel engrudo por la noche.

Tal vez aquello fuese necesario para el  Rock and Roll.

I’m a rockabilly rebel from head to toe
I gotta keep a-rockin’ everywhere I go
Everybody join us, we’re good company
Be a real cool cat, be a rockabilly rebel like me.

Llega al Colegio Mayor dos años después que tú y le toca aguantarte alguna novatada. Es de Ávila, muy flaco, con la nariz ganchuda y un tupé que rompe. Se llama Manolo, le apodan el Rockabily, y al final todo el mundo le acaba conociendo por El Rocka. Un día coincidís tomando unas cervezas y a la vuelta vais a echar un trago a tu habitación. Hay un tienducho al lado del Colegio Mayor donde venden a muy buen precio toda suerte de licores de elaboración nacional y nombres aparentes. Brandy Catador. Ginebra Arpon Gin. Vodka Korsakoff – de la que mezclabas con vitamina C efervescente para preparar unos curiosos combinados- y aquel día tienes una botella poco más que mediada de Whisky Mag 5, fabricado en Vilanova i la Geltrú. Es viernes y no hay prisa. Suena la banda sonora de Grease en el viejo radícasete y se vacía la botella contando batallas del bachillerato. Le dices que también te gusta mucho el country y queda en traerte el próximo trimestre una cinta de Jhony Cash que tiene en casa. Al final, mareados y con la risa floja, Manolo se va a su habitación y cada uno vomita por su cuenta aquel whisky infame. Al día siguiente celebrareis vuestras respectivas resacas. Manolo vive en Madrid, está muy gordo, es fiscal y seguís siendo amigos. Os veis muy de tarde en tarde, pero siempre que lo hacéis no podéis dejar de recordar la banda sonora de Grease y aquella botella de whisky Mag 5, manufacturado en Vilanova i la Geltrú.

Buenos tiempos aquellos del Rock and Roll.

Ricardo González

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Comments
10 Responses to “Tal vez aquello era Rock and Roll”
  1. Sonia del sol dice:

    Me gusta el aire de nostalgia que despide este relato. Nostalgia por un pasado repleto de primeras experiencias, genuinas sensaciones, buen rock y , noches de bares que, nunca volverá. Y, me encantan las ilustraciones, Rafa, eres uno de mis ilustradores favoritos en Surcando Ediciona. Enhorabuena a los dos.

    • Ricardo dice:

      Gracias, Sonia. El trabajo de Rafa es sencillamente genial, y ha sido todo un lujazo trabajar con él. Hemos estado muy en contacto, y él se ha preocupado de documentarse y de ir mostrándome su trabajo para que yo le fuera haciendo sugerencias. Solo el hecho de preparar dos ilustraciones ya te dice mucho del cariño con el que se tomó la tarea. El resultado está a la vista.
      Por cierto, Sonia, que escribiendo esto me he acordado de tu hermano Roberto en más de una ocasión.
      Ricardo

  2. Sonia del sol dice:

    Supongo que , en lo ‘ultimo, te refieres a lo de las noches de bares, ¿no? Je, je, je…..

  3. rafamir70 dice:

    Muchas gracias Sonia y Ricardo. La verdad es que el texto respira tanta verdad y me enganchó tanto, que fue un placer ilustrarlo, y la colaboración de Ricardo aportando documentación y respondiendo a mis pesadas y frecuentes preguntas lo hicieron todo más fácil.

    • Ricardo dice:

      No, Sonia, es porque en determinado momento Roberto quería “excomulgarme en nombre del Dios Elvis”, je, je. Por cierto, que nunca se digna a venir a Mieres a ver a los amigos, siempre menciona unas cervezas de las que mucho se habla pero nunca se beben.

  4. Jesús dice:

    ¡Asturianu tenies que ser! Muy bueno. Realmente te traslada a aquellos tiempos. Sonia ha dado en el clavo. En dos pinceladas ha dicho lo que transmite, ¡Otra ASTURIANA, claro! Me apunto. Yo he recordado los bares de Mieres y la Felguera en la época de recién casado, cuando mi mujer trabajaba en las oficinas de Duro y nos movíamos por esa zona. Nostalgia de otros tiempos que como bien dice Sonia… no volverán. Rafa es un fenómeno, Yo he tenido el gusto de trabajar con él. Me ha ilustrado el relato que guardo con más cariño y que junto con otros, pienso publicar en papel. Con su permiso para poner las ilustraciones, claro. Perfecto trabajo de los dos. Mi más sincera enhorabuena.

    • Sonia del Sol dice:

      Asturiana, asturiana, gracias, Jes’us. Aunque, ya me siento ciudadana del mundo con el tiempo que llevo fuera , en fin, esto no resta, suma.

  5. ¡Qué bueno, Ricardo! Real como la vida misma. Al echar la vista atrás, cuando ya peinas canas, lo primero que te viene a la cabeza son las cosas de las que quieres acordarte, lo bueno, como si la mili hubiese sido una excursión de placer. Pero luego, si rascas un poco la superficie, vuelve a la memoria todo lo demás, los pies mojados, los licores baratos, las chicas, las calabazas, las calabazas, las calabazas… Patrico, ¡qué bueno! ya no me acordaba… Y es cierto que con esa gomina no te despeinabas ni en las clases de educación física, doy fe.

    Muy buena esa etiqueta del Kentucky Tavern que destaca como si estuviese hecha en 3d, y ese paisaje de nieve que envuelve al chaval que ha perdido el autobús y que camina sin rumbo y aterido de frío.

    PD. Touché, Ricardo. Pero tú bien sabes que las cervezas necesitan un poco de calor ambiental, así que, en cuanto pase este invierno que ya dura seis meses, el día que menos te lo esperes aparezco y pago la deuda… Y la siguiente correrá de tu cuenta ;D

  6. Mariola dice:

    Ricardo, que sepas que este relato me ha inspirado para el de la siguiente edición ;-D. Sabes que admiro mucho tu forma de contar las cosas, y en cosas autobiográficas tu estilo aún me parece más elegante y más rico, así que me descubro humildemente, ya te lo dije.
    Y de Rafa qué puedo decir… También he tenido el placer de trabajar con él y sus ilustraciones siempre me producen sensación de suavidad, relaja mucho mirarlas con esos trazos difuminados tan esponjosos, y para este relato no han podido ser más apropiadas.
    Un equipazo, señores. 😀

  7. Olga Besolí dice:

    Un muy buen relato, narrado de forma brillante y que transmite un montón de sensaciones y recuerdos del personaje que, al leerlos, despiertan los propios y le arrancan a uno la sonrisa nostálgica de “¡que tiempos aquellos!”.
    Y Rafa, tienes mi admiración en todas tus ilustraciones. Tu estilo es inconfundible. Y, como alguno de los compañeros, destaco esa botella como único punto en color en toda la ilustración, ofreciendo calidez.
    Inmejorables los dos.

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