Alfredito y la máquina del tiempo

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Ricardo González y su ilustración correspondiente es propiedad de David Aguilar. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Alfredito y la máquina del tiempo.

Terminaban su andadura los ochenta, teníamos todos veintitantos, el pelo y las ilusiones casi intactos, novieta y una cuenta vivienda de aquellas en las que ibas metiendo el sueldo para comprarte un piso. A veces nos juntábamos para jugar un partido de fútbol-sala, cenar en algún sitio barato o tomar unas copas. Y siempre, los viernes a mediodía, nos reuníamos en torno a unas cañas de cerveza. La única costumbre de entonces que aún mantenemos.

Alfredito era rechoncho y rizoso. Usaba unas gafas de cristales gruesos, de esos que cuando miras a su través te parece que se comen un trozo de la cabeza. Era, y sigue siendo a pesar de su triste estado presente, ingeniero industrial. Y debía de ser de los buenos, porque la empresa lo había fichado antes de terminar, cuando estaba haciendo el proyecto de fin de carrera. Trabajaba en algún recóndito rincón de los sótanos, pero nunca supimos exactamente en qué. Jamás hablaba de ello, aunque le preguntamos. Los hábitos comunicativos de Alfredito eran extraños, como lo era –al menos entonces así nos lo parecía, y el tiempo nos dio la razón– el resto de su vida.

–Alfredito, ¿qué vas a hacer el fin de semana?

–Trabajar en el desarrollo de un proyecto.

–¿De la empresa?

–No, mío.

Y entonces se comía una patata al alioli y le daba un trago a la cerveza. Eso daba la conversación por terminada en lo tocante a sí mismo. Fabricaba una ancha sonrisa y nos miraba alternativamente a unos y otros, invitándonos a seguir hablando de lo que fuera. Nos escuchaba con interés, pero siempre encerrado en su sonriente mutismo. Pronto aprendimos acerca de lo inútil y contraproducente de volver a preguntarle nada. La incomodidad que le producía ser interrogado más allá de lo que él mismo quería contarnos parecía hacer saltar, súbita y enérgicamente, algún tipo de mecanismo en virtud del cual se le disparaba un apetito voraz. Empuñaba palillo, tenedor, cuchara, lo que se terciase aquel día; y solo descomponía la sonrisa para engullir cuantos pinchos quedaban a su alcance, con una avidez que nos recordaba al monstruo de las galletas. Sordo ante nuestras protestas airadas y justas recriminaciones. Al fin, hartos de no sacarle ni palabra y de que una y otra vez nos dejara sin tapas, optamos por dejar que fuera él mismo quien dosificara la información que cada viernes tenía a bien proporcionarnos.

Luego nos marchábamos y nada sabíamos de él hasta la siguiente semana. Alfredito no jugaba al fútbol, no tenía novia, no salía a cenar ni a tomar copas. Alfredito se iba a su casa –suponíamos entonces que vivía con su familia– y ya no le veíamos más hasta el viernes siguiente. Porque de lunes a viernes era el primero en llegar y encerrarse en su sótano, y era también el último en marcharse. Por eso no coincidíamos ni tan siquiera en el aparcamiento.

Alfredito fue el primero de todos en comprar. Lógico –pensamos. Alfredito no gastaba ni bromas, excepción hecha de las cañas de los viernes. Por fuerza debía tener el calcetín más abultado que todos nosotros. Fiel a sí mismo, nos dejaba saber de su vida lo justo y necesario.

–Me he comprado una vivienda.

–Hombre, Alfredito, te has animado a un piso.

–No, es una casa en las afueras.

–¿Y para qué quieres una casa para ti solo, Alfredito?

–Quiero tener un garaje grande donde trabajar en mi proyecto.

Y entonces se comía un champiñón al ajillo, le daba un trago a la cerveza y componía su sonrisa. Nosotros mirábamos con aprensión a los pinchos que quedaban sobre la barra y cambiábamos de tema.

Recién estrenada la nueva década, Alfredito declinó amable y lacónicamente asistir a la primera boda, que fue una juerga por todo lo alto. Un auténtico despiporre. Nos encontramos al viernes siguiente.

–¿Qué tal va tu proyecto, Alfredito?

–Muy bien, casi terminado.

–¿Y en qué consiste, Alfredito?

–Una máquina del tiempo.

Y sin más se embuchó una gamba a la gabardina y un buen trago. Desplegó otra vez su sonrisa. Hubo que esperar unas semanas para averiguar algo más de su invento.

–¿Ya tienes tu máquina del tiempo, Alfredito?

–Ya está terminada.

–¿Y funciona bien, Alfredito?

–Estoy con los últimos ajustes.

Atacó un pequeño cuenco de callos con garbanzos y hubimos de aguardar siete días para saber más detalles. Alfredito continuó declinando la invitación a nuevas bodas y fueron pasando los meses. Supimos que ya viajaba en el tiempo y disfrutaba mucho con ello. Era el año del Quinto Centenario y los fastos del noventaidós.

–¿Vas a ir a la Expo, Alfredito?

–He hecho algo mejor, he estado allí.

–¿Allí dónde, Alfredito?

–Con Colón, el día del Descubrimiento.

Y se lanzó a por una loncha de jamón ibérico. Estaba exquisito, veteado y cortado muy fino. Una vez más, renunciamos a seguir preguntando ante la perspectiva de verlo desaparecer, total, para nada.

Corría veloz el calendario y Alfredito continuaba su triunfal periplo histórico. Porque de lo poco que nos contaba dedujimos que era un apasionado de la historia, saltando de siglo en siglo como quien va enlazando estaciones de metro.

–¿Irás a Barcelona a ver las olimpiadas, Alfredito?

–He hecho algo mejor que eso.

–¿Qué has hecho, Alfredito?

–He visto las olimpiadas en la Grecia Antigua.

Y ensartó un chorizo al vino recién hecho, aún caliente. Luego le dio un buen tiento a la caña y volvió a sonreír.

Semanas, meses, años. Bodas, bautizos, hipotecas. Cambios de trabajo. Algún funeral, algún divorcio. Estrenamos milenio. Ya nunca jugábamos al futbol-sala, no cenábamos juntos ni salíamos de copas. En realidad si nos manteníamos unidos era gracias a Alfredito, sus prodigiosos viajes en el tiempo y las cervezas de los viernes. Íbamos de vacaciones a Benidorm, a los Picos de Europa, a Eurodisney con los niños, a la Ribera Maya o a un balneario de fin de semana. Mientras tanto, Alfredito cruzaba los Alpes con Aníbal. Contemplaba la toma de La Bastilla. Compartía la Noche Triste con Cortés o veía morir a Custer en Little Big Horn.

Un buen día, la pregunta surgió con la contundencia de lo inevitable.

–¿Podemos viajar nosotros en tu máquina del tiempo, Alfredito?

–No.

–¿Por qué, Alfredito?

–Porque cederíais a la tentación de cambiar la historia.

Estuvimos a punto de seguir preguntando, pero el lomo embuchado estaba de muerte y no era plan de que nos dejara a dos velas. Total, lo que sobraba eran viernes para averiguar más cosas. Volvimos a la carga llegado el momento.

–¿Qué pasaría si cambiáramos la historia, Alfredito?

–Algo muy malo.

–¿El qué, Alfredito?

–Que no estaríamos aquí tomando unas cervezas.

Ilustración de David Aguilar

El argumento parecía de peso, y las croquetas de jamón eran caseras, con lo que dimos la contestación por buena y cambiamos de tema. Alfredito se conformó con comerse tan solo la suya, darle un buen trago a la birra y curvar lo labios beatífico. Así se fue desgranando la década, y así nos fuimos haciendo todos un poco más viejos, enfrentando problemas nuevos con los ánimos más gastados y los colmillos más retorcidos, como corresponde a quien abandona definitivamente la juventud para encarar de lleno la madurez. Alfredito, por contra, no parecía acusar el paso del tiempo, apasionado por sus viajes temporales con la misma intensidad que al principio. Vio arder la ciudad de Roma y vio arder también a Juana de Arco. Vomitar el Vesubio sobre Pompeya. Explotar el Krakatoa. Abrir los canales de Suez y Panamá.

–¿Has ido a ver Parque Jurásico, Alfredito?

–No me hace ninguna falta.

–¿No te interesan los dinosaurios, Alfredito?

–Los he visto al natural, mucho mejor que en el cine.

Ensartó un pimiento del piquillo que descansaba encima de una patata frita, paladeó la rubia y en su cara se dibujó la eterna sonrisa. Supimos otros viernes que había visto a los cruzados tomar Jerusalén, a los tercios morder el polvo maldito de Rocroi y a los marines izar la bandera en Iwo Jima. Eso sí, su parquedad en palabras era la de siempre y, a veces, nos costaba varias semanas conocer determinados detalles de la historia. Cleopatra no era tan hermosa como afirma la leyenda, Isabel la Católica no olía tan mal como se cuenta y la Maja Desnuda estaba mucho mejor vista al natural.

No mostraba nunca apasionamiento alguno acerca de los acontecimientos y situaciones que había vivido en sus viajes a través del tiempo. Hablaba con el mismo tono neutro y aséptico de la Capilla Sixtina recién pintada o de los horrores de Dachau. Se documentaba previamente acerca de los hitos del pasado que iba a visitar para luego forjarse su propia opinión. Después de tantos años, le suponíamos una enorme cultura histórica, pero nosotros estábamos preocupados por temas más prosaicos y problemas más acuciantes. Tuvimos la genial idea de insistir en viajar con él al pasado, si finalmente accedía a nuestra petición. Tan solo dos días atrás. Llevándonos, eso sí, los números del euromillón del jueves. No había prisa, podíamos esperar a una semana en que el bote fuera muy abultado, y así empleamos varios viernes en intentar convencerle de lo acertado de nuestro plan. Intentamos hacerlo con tacto y persuasión, pero sin atosigarle. Al final todo fue inútil.

–¿ Entonces viajaremos al miércoles pasado, Alfredito?

–No.

–¿Por qué, Alfredito?

–Porque pretendéis cambiar la historia.

–Pero la cambiaremos solo para nosotros y será un cambio bueno, Alfredito. ¿Iremos?

–Ya he dicho que no.

Y en un minuto vimos desaparecer la fuente entera de calamares. Un dolor, porque eran frescos y estaban tiernísimos. Lo dimos por imposible y nos resignamos a seguir toreando nuestros problemas como lo veníamos haciendo hasta la fecha. Pero con reducciones de sueldo, paro, negocios a medio gas, hijos en la universidad y pensiones a exmujeres, la cosa se nos ponía muy cuesta arriba.

–¿Has viajado alguna vez al futuro, Alfredito?

–No, nunca.

–¿Puede llevarte allí tu máquina, Alfredito?

–En teoría, sí.

Saboreó con deleite un trozo de tortilla de patatas recién hecha, jugosa y templada, con mucha cebolla. Trago de cerveza y sonrisa. Atacamos nosotros el resto de la tortilla y aguardamos al viernes siguiente.

–¿Por qué no has ido nunca al futuro, Alfredito?

–Me da miedo.

–¿Miedo de qué, Alfredito?

–Miedo de cambiar el presente.

El ritual de siempre, esta vez con un trozo de chistorra que nadaba en un delicioso aceite anaranjado. Siete días más.

–Todos podemos cambiar el presente, Alfredito.

–El presente no existe.

–¿Cómo que no existe, Alfredito?

–Cuando mencionas el presente, inmediatamente ya ha dejado de serlo, ya es pasado.

La reflexión era muy profunda y nos dejó perplejos. Él, tan tranquilo, nos miraba masticando unas mollejas en su justo punto de picante a las que no quisimos renunciar e hicimos lo propio. Volvimos a la carga en su momento.

–Al menos, podrías ir al futuro tú solo, Alfredito.

–¿Para qué quiero ir al futuro?

–Para contarnos cuando se acabará la crisis.

–No me parece buena idea.

Al menos esta vez la respuesta no era una negativa rotunda y además, no era plan que se comiera él solo todos los mejillones. Después de tantos años, semana arriba o abajo no suponía nada, y ya habíamos aprendido a fabricar paciencia para todo cuanto tenía que ver con Alfredito. Acordamos esperar a la siguiente.

Lo cierto fue que no hubo lugar a plantearle nada más. Aquel viernes, por primera vez, Alfredito no compareció a la cita cervecera. No le dimos importancia, supusimos que después de todo, era tan humano como nosotros y tenía derecho a ponerse enfermo o marchar a atender cualquier asunto propio como los demás. Pero no vino al viernes siguiente, ni al otro. Pasado un mes, comenzamos a indagar y supimos que tampoco había acudido al trabajo en todo ese tiempo, sin dejar ninguna razón ni motivo de su absentismo. Nadie había conseguido localizarle. Averiguamos su dirección y fuimos allí, pero la casa estaba cerrada a cal y canto, sin ningún signo de vida aparente. Seriamente preocupados, pusimos el caso de su desaparición en manos de un detective privado, un tal Anselmo Guijarro.

–¿Tienen una foto de su amigo?

Reparamos entonces en que no teníamos foto alguna de Alfredito. Se lo describimos lo mejor que pudimos.

–Y ese amigo suyo, es de suponer, que aparte de su trabajo tenga alguna afición.

–Los fines de semana se dedica a viajar en su máquina del tiempo, es un apasionado de la historia y le gusta presenciar los momentos más importantes –contestamos, conscientes de lo inusual de los hábitos de ocio de Alfredito.

–Comprendo –dijo, y nos miró pensativo durante un buen rato, poniendo lo que supusimos era su mejor cara de póker–. Entenderán que puedo incluso buscar a alguien a quien se haya tragado la tierra. Pero no podré encontrar a nadie a quien se haya tragado el tiempo.

–Haga lo que pueda –asentimos, compungidos.

–Bien, pondré a mi personal tras la pista de su amigo. Recibirán mis noticias y, por supuesto, también mis honorarios.

Al viernes siguiente nos reunimos en torno a las cervezas de siempre, por si fuera a darse el milagro de que Alfredito apareciera, pero no hubo tal. Los chipirones estaban deliciosos, aunque de buena gana hubiéramos dejado que se los comiera todos con tal de tenerle allí. Conjeturamos acerca de su paradero y no pudimos evitar sentirnos un tanto culpables. Tal vez le habíamos enviado a espiar el futuro y su máquina no funcionaba bien a la hora de traerle de vuelta, Alfredito siempre había recorrido el camino inverso.

Por eso fue un alivio que unos días después el detective Guijarro nos convocara a su despacho para darnos noticia de su paradero.

–Tengo la satisfacción de comunicarles que hemos encontrado a su amigo Alfredito y está aquí.

–¿Aquí en su oficina? –preguntamos incrédulos.

–No, aquí en el presente, quería decir.

–El presente no existe. Cuando mencionas el presente inmediatamente ya ha dejado de serlo, ya es pasado –le explicamos sesudos–. En cuanto al futuro inmediato, inmediatamente se transforma en presente, que como tal, ya es pasado en cuanto se menciona. El tiempo no es más que una entelequia, señor Guijarro.

Anselmo Guijarro nos contempló ceñudo durante unos instantes, tratando de digerir aquella tontería. Se levantó y sacó de una vitrina una botella y un vaso. Nos volvió a mirar y supusimos que evaluaba la posibilidad de invitarnos a un trago, pero debió de rechazar tal posibilidad. Quizás pensó, con buen criterio, que el licor podía llevarnos por el camino de más deposiciones mentales como aquella, y seguramente consideraba su propio tiempo demasiado importante como para perderlo de una forma tan estúpida. Se sirvió una cantidad generosa y paladeó un buen sorbo.

–Créanme si les digo que mis dos exmujeres son cosa del pasado, pero tengo bien presente que en un futuro inmediato y no tan inmediato, tendré que seguir pagándoles dos jugosas pensiones, y eso no es una entelequia –dijo, y se llevó de nuevo el vaso a los labios–. Pero no nos apartemos del objeto de su visita. Por cierto, ¿han traído el dinero?

–Por supuesto –repusimos un tanto avergonzados.

–Bien. Supimos que su amigo abandonó su trabajo y su casa, y por espacio de varias semanas, se dedicó a la vida de vagabundo, deambulando por toda la ciudad con la mirada perdida, hurgando en las basuras y sin querer hablar con nadie. En un estado ciertamente lamentable, fue acogido en una institución psiquiátrica y allí continúa. Esta es la dirección –dijo alargándonos una cuartilla con una mano y bebiendo otro buen trago con la otra–. Mi secretaria les cobrará mis honorarios a la salida. Y ahora, si son tan amables y me disculpan…

Nos despedimos agradecidos y acudimos sin más dilación a la clínica que nos había indicado. Era un caserón desvencijado fuera de la ciudad, solitario en lo alto de un cerro. Aquello y el hecho de que acogieran a vagabundos de forma altruista, nos dio que pensar, e hicimos votos por llevarnos de allí a Alfredito con la excusa que fuera y cuanto antes.

–Su amigo está sumido en un permanente estado de shock que pensamos está motivado por algún tipo de experiencia traumática, tal vez la visión de algo desacostumbradamente horripilante –nos explicó un médico alto, flaco y bizco. Tenía las carnes tan chupadas y los ojos tan hundidos que tal vez por eso uno de ellos se había soltado de sus anclajes y se dirigía a la ventana mientras el otro nos miraba con fijeza–.  Estamos aplicándole una terapia reactiva que yo mismo he desarrollado para intentar forzar un ataque de ira, que constituya el revulsivo suficiente para sacarle de su estado actual.

–¿En qué consiste la terapia, Doctor? –preguntamos intrigados y un punto aprensivos.

–Escucha, durante veinticuatro horas al día, canciones de la nueva trova cubana. Calculo que tiene que estar a punto de surtir efecto en cualquier momento- contestó, y en su ojo estrábico apareció un brillo especial.

–¿Podemos verle, Doctor?

–No me parece apropiado, dado su estado actual.

–Debe dejar que le veamos, somos las únicas personas a quienes tiene en el presente –argüimos, y no nos pareció buena idea volver a elucubrar con la inconsistencia semántica de lo temporal.

–Está bien, avisaré para que les acompañen –pulsó el botón de un interfono–. Pero no deben hablar con él, ni mucho menos interrumpir el curso de su terapia

Nos precedió por un pasillo largo y oscuro una enfermera coja, que en su momento, no había debido cotizar lo suficiente, porque excedía en muchos años la edad de jubilación. Abrió un ventanuco en la puerta de una celda. Sonaba una canción que hablaba de un unicornio azul. Alfredito vestía un chándal raído y lleno de lamparones y unas zapatillas de cuadros, de esas que llaman modelo Inserso. Nos pareció que nos miraba sin vernos a través del pequeño rectángulo. Jadeaba y su rostro brillaba sudoroso mientras intentaba taparse los oídos con las manos. Desazonados, volvimos al despacho del médico.

–Vamos a llevarnos a nuestro amigo Alfredito. Lo pondremos en contacto con las situaciones cotidianas que le eran familiares para hacerle regresar a su estado previo al shock.

–Comprenderán que eso es de todo punto imposible. Mi terapia no puede ser interrumpida ahora que está a punto de surtir efecto –su ojo rebelde iba de esquina a esquina de la habitación mientras que el disciplinado parecía echar chispas–. Repito, no puede ser, bajo ningún concepto.

–Lo que usted diga, Doctor –repusimos–. Por cierto, déjenos ver si es tan amable su Registro Sanitario, su título y su certificado de colegiación.

Salimos de allí con Alfredito antes de un cuarto de hora. Más o menos el tiempo que le llevó recorrer el pasillo de ida y vuelta a la enfermera. Dejar de oír aquella música pareció ejercer en él un efecto beneficioso, porque sin abandonar por completo su expresión ausente, al menos reparó en nosotros  y su respiración se hizo más acompasada. Corrimos con él a pedir unas cervezas.

–¿Qué tal te encuentras, Alfredito?

–Un poco mejor.

–¿Qué fue lo que te pasó, Alfredito?

–Vi el futuro.

–¿Cómo es el futuro, Alfredito?

Tal vez no fuera más que un acto reflejo, fruto de la repetición a lo largo de tantos años. Devorando cuan rápido era capaz, casi sin respirar, Alfredito vació por completo una fuente llena de empanadillas de atún. Se bebió la caña de un trago y en su rostro se dibujó fugaz algo parecido a una sonrisa. Luego, al igual que el presente que se esfuma de nuestras vidas,  tan veloz como inatrapable, así desapareció también para siempre la sonrisa de Alfredito.

Ricardo González

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Comments
4 Responses to “Alfredito y la máquina del tiempo”
  1. olgabesoli dice:

    Genial relato, Ricardo. Me lo he pasado en grande leyéndolo. Sobre todo, me ha encantado la forma de describir a los personajes a través de sus acciones y ¡como no! esas conversaciones interrumpidas con Alfredito, tapa tras tapa. El relato está narrado de forma brillante. El dibujo de David le viene de perlas al texto, con ese Alfredito mostrando su sonrisa particular. ¡Enhorabuena!

  2. Sonia del Sol dice:

    Me ha parecido un relato muy ingenioso, con chispas de humor sarcástico todo el rato y, bien rematado. Lo único………venga a hablar de ricas tapas todo el rato y, ya se le ponen a una los dientes largos , que se acerca la hora de comer y, la barriga empieza a rugir !!!!
    Ahora en serio, felicidades por el relato, Ricardo y, a David, por la ilustración, que se centra en los momentos reunión del grupo de amigos, de alegrías y, penas y, sobre todo, en los momentos “comilona” de Alfredito.
    Yo creo que todos hemos conocido a algún Alfredito a lo largo de nuestra vida, el típico geniecillo, solitario y, rarito, pero, sin el que no podríamos vivir.

  3. M.Cristina dice:

    Muy buen relato, con esos toques de humor geniales que amenizan todo el texto. Me encantó toda la historia de Alfredito y ese inquietante final.
    La ilustración también es una pasada, esos momentos de tapas en el bar con ese Alfredito hartándose… Perfectamente todo visible en la ilustración!

    Felicidades por el trabajo!

  4. Mariola dice:

    Ricardo, me quito el sombrero, artista… Al fin te he leído. ¡Qué relato tan bueno, divertido y entretenido! Tiene un ritmo excepcional y desde luego se me ha hecho la boca agua con el despliegue gastronómico de tapas y cervezas. ¡Me ha encantado! Y también me ha gustado muchísimo la ilustración de David, con ese tono rojo y el relieve destacado.
    Os felicito sinceramente :-D.

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