La casa de mis abuelos

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Género: Autobiográfico

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Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo. La ilustración es propiedad de Noelia de la Torre (Nelle Carver). Quedan reservados todos los derechos de autor.

La casa de mis abuelos.

Ilustración de Nelle Carver

La casa de mis abuelos tenía los techos muy altos, o al menos así me lo parecía, pero desde mi perspectiva de entonces todos los techos llegaban al cielo. Además, la bola dorada que coronaba el comienzo de la balaustrada en la escalera refulgía en miles de destellos, sobre todo cuando le daba la luz entrante desde el patio y le pegabas los ojos estrábicos para verlos mejor. Ahora lo he hecho alguna vez, pero ya no es lo mismo ni está aquella luz más que en el recuerdo. Tampoco la barandilla es de piedra ni la adornan rebuscadas filigranas en círculos y ochos, ni los peldaños son grises ni llevan a las cámaras ni al baúl lleno de sal.

Cuando miras las imágenes reales congeladas en fotos y diapositivas se pierde la magia del enfoque nebuloso que impregna las que ve tu memoria, como si se superpusieran y las de tu cabeza superaran con creces las de los ojos. En los recuerdos ni a las caras ni a las cosas les afecta el tiempo porque no lo hay, solo fallan en esa borrosa percepción que difumina contornos y desvirtúa los rostros queridos y perdidos que siempre desearías ver tan nítidos como fueron y te miraron a ti.

Así que allí, en ese espacio, la casa de mis abuelos era enorme, con mil rincones y mil historias, con mil olores. Al delicioso papel antiguo de los libros del pequeño baúl de cuentos de mis tías y mi padre. A humedad y gatos en el patio descubierto y repleto de macetas. A oscuridad fresca de las cuevas, la de las patatas y la mucho más tétrica de la leña, dueña de fantasías y temores sin fin. A sal y carne curada en el cuartito en penumbra donde colgaban los jamones. A polvo espeso y esencias rancias en las cámaras con todos los secretos de sus cajas apiladas. A guiso y especias en la lumbre de la cocina. A magdalenas en el horno, a rosquillos en aceite friéndose en la sartén. A aromas indescriptibles dentro de los armarios y aparadores, las sábanas sobre los blandos colchones de las altas camas con cabeceros dorados de forja. A lápices, tintas y madera de plumieres en el despacho de mi abuelo. A cualquier cosa de definición desconocida y sin capacidad de evocación porque eso solamente lo da la vuelta atrás que significa la edad, porque es la evocación la que procura el valor a ese olor y esa imagen, la que forma ese sentimiento de pérdida y de suerte por haberlos tenido y que se convirtieran en los mejores recuerdos.

Ahora esos olores siguen existiendo pero ya no son los mismos, el tiempo no les ha puesto punto y final, pero sí se ha ido llevando rostros y ya de ninguna forma pueden ser los de la infancia.

El corredor de la galería entre las cámaras, los gatos por los tejados, por el patio, rayados y grises, anaranjados y negros, huidizos e inalcanzables. El agujero a la calle con el hueco justo de asomar la cara. Las gallinas cluecas en el palo del corral. Mi leche con cacao de los sábados por la mañana. Los preciosos juguetes de mis tías: los cacharritos de loza, la cocinita de latón…, y los míos, los del aguinaldo de la feria que se quedaban guardados allí. Las perdices labradas tan finamente en la madera del aparador. Los grandes espejos de la sala y el comedor. La máquina de coser en el rincón de la ventana. La cadena negra del candado en la puerta. La mesa de mi bisabuelo con los cajones largos y estrechos para meter las herramientas de guarnicionería. El gramófono. La radio en el anaquel, el almanaque al lado. El sabor gaseoso y medicinal del vino tinto con litines que se tomaba mi abuelo después de comer. La botella de anís con el dulce jarabe rojo de fresa que tomábamos en la calle, en las noches al fresco del árido e implacable verano manchego. La aguja de ganchillo entre los dedos gordezuelos, tan hábiles y sabios de mi abuela, tan buenos y tan dulces, porque estaban hechos de catas de pan blanco con nata y azúcar que ya nunca he vuelto a tomar.

Cuando se recuerda a veces no es bueno y, sin embargo, uno se deja llevar, lo consiente. Yo suelo hacerlo. Trato de experimentar, mezclar distancias y ánimos, trazar nostalgias con presentes tan diametralmente opuestos. Pero la mayoría de esas veces no sale bien porque la balanza se inclina demasiado y el bagaje de un tiempo feliz no se puede pesar porque no tiene peso, solamente volumen lleno de todo lo que, más que bueno, fue mejor.

La palabra escrita fija esa romana porque sabe equilibrar el instante, lo distribuye, acuerda ese espacio perfectamente, destila pasos justos, delimita lo que se quedó y lo que hay, ayuda a no confundir el tempo del camino que se ha hecho y nos ha hecho. La palabra escrita es mi medio, los otros no los manejo bien, no los atempero ni modulo, no los empleo de forma tan amplia ni tan sincera, no me sirven mucho para describir mundos o hacer viajes en el tiempo como lo son estos recuerdos.

Mi casa, porque es la de los míos, la que más quiero, ahora está construida de todo esto, sobre el mismo suelo seco y duro, sobre la cueva ciega ya de terrores negros, pero donde hay la misma calidez húmeda en recovecos de piedra parda. Ya no tiene la misma forma ni color porque sus espacios se cortaron de otra manera; ya no está la galería aunque sí un patio con macetas y un gato siamés ya muy viejo. Pero el halo atemporal no ha desaparecido y me mira desde arriba, como lo hacía antes.

Mi casa ahora tiene otros olores, los de este turno, y cuando este pase también los añoraré, los sentiré fortuna, los despojaré de las láminas grises que tapan vetas de reflejos que no fueron tan buenos, para que edifiquen también acolchadas almohadas de existencia. Si entonces vuelvo a enlistarlos, si entonces los filtro de nuevo por el inacabable tamiz, seguiré obteniendo la recompensa que tengo ahora: la dicha inmensa de haber vivido una infancia feliz.

Mariola Díaz—Cano Arévalo

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Comments
8 Responses to “La casa de mis abuelos”
  1. Sonia del Sol dice:

    !!! Me ha encantado, Mariola !!! Tu relato me ha llegado a las entrañas, tiene el poder de recrear sabores, olores y, sensaciones, que son de tu infancia y, yo no te quiero robar, eh, que conste, pero, que, podrían ser de la mía o, de la de cualquiera. Despide ternura, nostalgia y, amor, por los seres que no están, ya sean personas, animalillos o, cosas, como en este caso, la casa de tus abuelos que, se siente como algo vivo, porque ha sido capaz de proporcionarte tanta felicidad….Y, bravo también a Nelle por haber sabido “pintar”, en unos pocos retazos, tu feliz infancia . Enhorabuena a las dos!!!

  2. Paloma Muñoz dice:

    Es un relato encantador, precioso y lleno de emoción y sensaciones de ternura y nostalgia que si no te llegan al corazón es que o no lo tienes como debes tenernlo o es que si lo tienes no te sirve para ná, jajajajaja.
    Mariola, por enésima vez a tus pies, forever and ever.

  3. Jesús Rodríguez dice:

    Me has hecho sacar el viejo álbum, el de las fotos en papel. Aquellas fotos en blanco y negro que los recuerdos inundan de color. Lloro de alegría, mezcla de nostalgia al recordar: La familia, los primos con los que viví tantas aventuras y ahora solo los veo en la distancia. El vecino que nos enseñó a ordeñar la vaca, el olor de la cuadra. La primera vez que vi hacer pis a una vaca. La incrédula sorpresa. El susto o que se yo ante el torrente de líquido que como una catarata, llegaba al suelo salpicándolo todo. La familia sentada a la mesa a la hora de cenar, al calor de la cocina de leña de la abuela. Gracias Mariola.

  4. olgabesoli dice:

    Mariola ¡que bien describes los lugares, los olores, los sabores, las sensaciones! Logras con esta impresionante fotografía de tus recuerdos de infancia evocar a los nuestros propios. Me encanta. Y muy original la ilustración de Nelle, con esa casa dual y con la niña y la mujer enmarcadas como si de una fotografía se tratara. Genial trabajo. ¡Enhorabuena a las dos!

  5. Mariola dice:

    Muchísimas gracias a todos.
    La verdad es que este texto lo escribí hace años en mi diario personal y en un momento anímico algo especial. Más tarde decidí sacarlo fuera y lo di a leer a mi familia y amigos, después lo subí a mi web y ahora lo he rescatado “remasterizándolo” un poco. No soy de mucha descripción de ambientes pero cuando se evocan recuerdos, y más de lugares que ya solo existen ahí, quise que fueran lo más extensos y detallados para que, cuando de verdad se vayan difuminando con el tiempo, pueda volver a recrearlos como fueron porque ya son irrecuperables. Son exclusivos pero efectivamente muy parecidos a los que todos podamos tener y compartir, así que si también os he hecho recrear con emoción los vuestros, pues me doy por más que satisfecha.
    Además, Nelle lo ha ilustrado con esa original imagen en blanco y negro y color y las siluetas que me ha encantado y le agradezco muchísimo.
    En fin, que me alegro mucho de que os gusten también estos trozos de memoria y gracias de nuevo por vuestros elogios.

  6. Ricardo dice:

    Mariola, todos tenemos determinados olores grabados desde la infancia en algún lugar recóndito de la corteza cerebral…y todos nos hemos mirado alguna vez en una bola de latón para ver nuestra imagen morruda y amarillenta. Evocador, huele a verdad. En cuanto al estilo…yo de mayor quiero ser como tú.

    Nelle, esa ilustración me ha dejado pasmao. Es de esas cosas que te gustan sin que sepas explicar porqué, pero más la miro y más me gusta.

    Ricardo

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