La melodía eterna

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Género: Ciencia Ficción

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de  David Gambero y su ilustración correspondiente es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La melodía eterna.

Ese día la dejó comenzar a ella deliberadamente. Y aunque lo habría hecho de todos modos Jennifer lo notó. Para ella los deseos del compositor, las directrices de una partitura o simplemente el más elemental sentido del ritmo no importaban. Su piano siempre cortaba el silencio primero como una cuchilla. Y tras él, un segundo o una eternidad después, siempre la seguía con extrema suavidad el violín de John. Tocasen donde tocasen siempre era así. Uno siempre junto al otro. Acompasados. Armoniosos. Perfectos los días buenos y conmovedores los días que no pretendían vencer sino convencer. Y aquel día, por las lágrimas que comenzaban a correr libres por las mejillas de los soldados que conformaban su sorprendida audiencia, era uno de los segundos. Ella saltaba entre notas con alegría y él construía un tupido manto de melodía sobre el que ella podía caer y alzarse cuantas veces quisiera. Juntos recorrían una vez más aquel camino musical que conocían tan bien como hubiesen deseado conocerse mutuamente. Pero para su desgracia no era así. No era sencillo conocer a alguien a miles de kilómetros de distancia. Pero no imposible. Esa palabra hacía mucho que había perdido su sentido para ellos. La música, por otra parte, sí que lo tenía. Uno tan profundo y apabullante como la placentera sensación que les arrebataba el aire del pecho a su audiencia. Una que estalló antes siquiera que el descendo de salida de Jennifer se desvaneciera en el aire para dar por concluida la pieza. Los silbidos agudos y el clamor de palmas les indicaron que aquella compañía de hombres desaliñados, armados hasta los dientes y preparados para morir, habían olvidado por unos instantes qué era lo que hacían en aquella playa inglesa. Y a qué se iban a enfrentar al día siguiente. Mientras Jennifer bajaba agradecida la cabeza y aprovechaba aquella postura para disfrutar con una sonrisa los halagos de los soldados que eran cada vez más obscenos, John miraba con preocupación el pentagrama musical que tenía ante sí. Entonces, y como sucedía cada vez, las notas comenzaron a desvanecerse como por arte de magia. En menos de un minuto ya no estarían allí. Y ellos tampoco. Pero no le importaba. Había sido una buena actuación. Y habían estado bien. Más que bien.

—Te has escurrido un poco al final —le susurró ella sin dejar de saludar.

—Suele pasar si intentas hacer un sul ponticello a tu ritmo. ¿Me vas a dejar atraparte algún día?

De no haber sido porque en ese momento el aullido agudo de una sirena rompió la magia y la alegría del momento, John habría sabido que ella no tenía una respuesta para esa pregunta. Entonces los soldados saltaron de sus improvisados asientos en la playa y se dirigieron tierra adentro perdiéndose en la niebla. Desapareciendo para siempre. Pasando de certezas a recuerdos.

—La próxima vez me gustaría probar algo nuevo, creo que ya es hora  de que…

Pero de pronto una ráfaga de viento inundó los sentidos de John con un agradable aroma a sal marina y sus ojos de una desagradable bruma espesa. Jennifer trató de domar su rubio cabello que ya comenzaba a danzar salvaje con el viento mientras las hojas de la partitura despegaban hacia el cielo. Aquello, una vez más, se había acabado.

—Mierda… —musitó para sí John un momento después.

El momento en el que ya no estaba en aquella playa. En el que no estaba con ella. Un momento lejano en el tiempo y el espacio. Un momento que John odiaba con toda su alma, pues era su momento. Recogió la sala de música, guardó el violín en su funda y cerró con llave. Fuera los ecos de sus propias acciones le indicaban que estaba solo. Y su reloj que llegaba tarde.

—¿Dónde estabas? —le preguntó Henry nada más verlo entrar en el bar—. O mejor, ¿cuándo estabas?

John tomó asiento en su mesa habitual junto con su amigo. Bufó fuerte por la nariz tratando de expulsar toda su frustración con aquel gesto porque odiaba estar de mal talante cuando entraba en el bar Temperley. Aquel lugar era lo más parecido a su santuario particular. Un refugio donde sentirse seguro después de ser azotado por la tormenta de la vida.

—En la víspera del desembarco.

—¿El de Normandía? —inquirió su amigo con más curiosidad que sorpresa—. ¿Otra vez?

John asintió. Ya iban cuatro seguidas. Aquel lugar y aquel momento concreto parecían atraerlos a él y a Jennifer con una fuerza fuera de toda comprensión. Aunque él tenía su teoría.

—No quiere avanzar…

—¿Quién? ¿Jennifer? —preguntó con el bigote lleno de espuma Henry tras dar un largo sorbo a su cerveza—. ¿Y por qué no va a querer avanzar? Joder, ¿cuántas veces habéis tocado juntos ya?

Ilustración de Marta Herguedas

Habían tocado veintitrés. Y John no había olvidado ninguna. Aunque sí guardaba un lugar especial para la primera. Fue en el tejado de un piso de Nueva York. Él llevaba tocando diez minutos bajo una nevada suave pero severa y sus dedos estaban tan entumecidos que cada nota era un suplicio. Cada nuevo tremolo una odisea y los pizzicatos algo fuera de su alcance. Sabía que no iba a conseguirlo. Era cuestión de tiempo que la melodía se acallase y que las personas, que no podía ver pero cuyas cabezas estaban alzadas hacia el cielo pensando por qué además de blanca nieve el cielo ese día estaba escupiendo música clásica, dejaran de prestarle atención. Pero entonces apareció ella. John miró su rostro angelical sorprendido mientras sus dedos se suspendían ingrávidos sobre las teclas de su piano. Entonces sus miradas se cruzaron un instante e inesperadamente la página de la partitura del violinista apareció ante Jennifer. La muchacha no necesitó más. Recogió un minuendo moribundo, el piano le insufló vida a aquella partitura mágica añadiendo acordes que supliesen al violín. Apenas necesitaron unos instantes para encontrar el tempo adecuado. Apenas una pieza para saber que habían sido llamados allí por una razón.

—No pudo hacerlo sola, ¿sabes? —le susurró ella con un guiño.

Él apretó los dientes y volvió a la lucha. Por primera vez sus melodías se sincronizaron a la perfección. Y tuvieron su primer segundo, ese en el que la música pasa de tocarse a sentirse y luego a formar parte de uno. Ninguno había experimentado esa sensación jamás. Parecidas, pero nunca igual. Pero entonces el final de la canción los despertó. Y el torrente de aplausos les pareció un bálsamo vacío incapaz de acallar el deseo que tenían de volver a repetir esa sensación.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella lo único que podía ser contestado.

Rápidamente John metió la mano dentro del estuche de su violín que dormía a sus pies, sacó una partitura y se la lanzó a la chica. Ella la atrapó al vuelo.

—Hay que seguir tocando hasta el final —le dijo él con una sonrisa sincera en el rostro—. Cuando quieras volver a intentarlo solamente tienes que tocar esa partitura.

—Y no fallar ante quien te escuche… —susurró ella convenciéndose que aquello era real—. ¿Y tú?

—¿Yo qué? —repuso él mientras sentía que su momento en aquel lugar expiraba.

—¿Qué tengo que hacer si quiero tocar otra vez más contigo?

—Sólo tienes que desearlo —repitió John en otro tiempo y otro lugar.

Un lugar donde ella ya no estaba. Donde no había ni música ni silencio. Tan sólo un bar, una cerveza y un buen amigo distraído por completo por el trasero de la camarera.

—Joder, qué bonito. ¿De verdad le dijiste eso?

John asintió al tiempo que daba cuenta de su cerveza como si esta fuese capaz de ahogar su frustración. Pero no podía. No había nada en aquel bar que pudiese.

—Y después de haber tocado en el Titanic, delante del zar o antes de la caída del muro de Berlín todavía estás en el mismo punto que donde empezaste.

—No. Ya no estoy donde empecé.

John quiso decir que estaba peor, pues era como se sentía. Pero entonces puso sobre la mesa la hoja de una particella totalmente negra.

—¡No me jodas! —Henry no pudo ocultar su sorpresa y alegría—. ¿De verdad es…?

Este la cogió como si fuese lo más valioso del mundo y la miró desde todos los ángulos. Pero no podía ver nada en ella. John, por el contrario, sí que podía.

—Tienes ante ti la partitura del concierto del fin del mundo —dijo John desprovisto de toda pasión—. Al menos la particella del concertino.

—Sabía yo que eras bueno, pero no cojonudo —le felicitó Henry a su manera devolviéndole la partitura y tragándose fácilmente la frustración de no ser capaz de verla—. Bueno… ¿Cuándo lo vas a hacer?

—No lo voy a hacer…

 —Tenemos que hablar —le dijo nada más materializarse a su lado.

Aquel día iba enfundada en un abrigo negro y llevaba un elegante gorro color crema bajo el que asomaba su preciosa melena rubia. De pronto, un cañonazo lejano la hizo bajar la cabeza, asustada.

—¿Dónde estamos? —preguntó ella alterada.

—En la batalla de Lissa. —Una nueva andanada de cañonazos lejanos obligó a callar a John hasta que estos hubieron pasado—. En 1866, si no me equivoco.

—¡Estamos en un barco! —chilló ella cuando una escuadra de fusileros pasó ante ella a toda prisa.

John le hizo un gesto para tratar de calmarla. Pero Jennifer no parecía estar por la labor. Aquello era demasiado. El temblor de sus manos y su voz la delataban.

—¿Qué vamos a hacer? ¡Aquí no se puede tocar!

Entonces el navío cambió de dirección y el piano resbaló por la cubierta. La pianista se aferró a este en un acto reflejo y de no ser porque John hizo otro tanto, se hubiese estrellado contra algo.

—¡Eh, vosotros! —le gritó el violinista a un par de grumetes—. ¡Traedme algo para asegurar el piano!

Estos se miraron el uno al otro sorprendidos pero salieron a la carrera a cumplir la orden.

—¿Estás bien? —se interesó al momento John por ella.

—No —contestó Jennifer en primera instancia, blanca como la espuma del mar—. ¿Cómo voy a estar bien? ¡Estamos en un barco! ¡La gente se está matando a nuestro alrededor! ¿Cómo se supone que vamos a tocar aquí? ¿Cómo nos vamos a hacer oír?

John sonrió pues aquello significaba que sí que le importaba, que, al igual que él, no quería fallar. No quería que aquella fuese la última vez que se vieran. Al momento sacó de su bolsillo un rollo de cinta adhesiva, dividió la partitura y pegó cada hoja por todo el frontal del piano. Ella le miró sorprendida y preguntándose qué había sido de la suya. Con un gesto de cabeza él le señaló el palo mayor. Allí, clavadas, bailaban las hojas contra el viento de poniente que azotaba la nave.

—No voy a dejar que te ocurra nada, Jennifer. Tienes que confiar en mí. Estamos en el buque insignia del ejército austriaco, el Erzhezog Ferdinand. ¿Qué buque insignia has visto tú que se juegue el cuello en una batalla?

—¡Pero yo no sé qué pasa en esta batalla!

—Qué más da. Nosotros no estamos aquí para ganarla. Ni siquiera estamos aquí de verdad, ¿recuerdas? Sólo somos sombras de música. En eso consiste todo esto. En la música. Sin importar contra qué se enfrente debemos hacernos oír. Nosotros siempre ganar —la animó él mientras se colocaba el violín bajo la barbilla—. Sígueme y todo estará bien.

Y por primera vez desde que se conocieron fue el violín el que comenzó. De pronto todo sonido circundante pareció menguar. Jennifer podía ver las deflagraciones de los barcos cercanos. Las columnas de agua formadas por las balas enemigas al caer cerca de ellos. Los gritos de los heridos. Las órdenes desquiciadas de los marineros. Pero no podía oírlas. Sólo el rasgueo del violín. Fuerte. Decidido. Perfecto. Tan entusiasmada estaba que permitió por completo que la obertura la realizara John. Sólo cuando la concentrada mirada del violinista se apartó del horizonte de muerte y navegó con suavidad para encontrarse con sus ojos aguamarina supo que le había dejado solo. Y eso era lo que menos quería. El piano entró con su fuerza habitual. Pero aquella vez era distinto. Aquella vez ella no era la espada y él el escudo. Aquella vez eran uno. Aquel segundo que habían rozado tantas veces había llegado para quedarse. Aquella compenetración. Aquella seguridad y confort que surgía de la melodía no se desvanecía, sino que crecía cada vez más.

No fue hasta que el barco se sacudió violentamente que ella fue consciente de lo que sucedía. Entonces pudo ver cómo había tres grumetes sosteniendo el piano para que no resbalase. El puente se había convertido en un hervidero de marineros y fusileros que acallaron sus armas para dejar paso a su música. Ni siquiera los cañones del barco cantaban su melodía de muerte. Ni siquiera parecía que había una batalla al alrededor. Parecía que navegaban plácidamente bajo aquella música, una que en ese momento manejaba John con una sonrisa plena en el rostro. Jennifer volvió a entrar justo cuando otro proyectil alcanzó la nave. Sus dedos resbalaron cayendo en las notas equivocadas. Aquello la paralizó, pues sabía que la melodía se había roto por completo. Pero entonces el violín surgió fuera de la partitura. Improvisando. Creando. Salvando. Ella levantó el rostro aterrado y encontró a John con la cara ensangrentada y apoyando la espalda contra el palo mayor donde lo había lanzado el impacto. Pero él no había dejado de tocar. Se negaba a fallar ahora. Incluso aunque tuviese que tocar contra las propias reglas iba a acabar la pieza. Pero sus fuerzas hacía mucho que habían sido sobrepasadas. Sintió el arco pesado. Sus dedos lentos y su mente dormida. Hasta que ella regresó. Y no lo hizo volviendo con maestría a la partitura. Lo hizo siguiéndole a él, empezando desde su error involuntario y enmendándolo con inspiración. Entonces John aprovechó para alzar la mirada. Ya casi estaba a punto de suceder, así que debía darse prisa. El violín tomó el control de la melodía e, inesperadamente, comenzó a tocar un alegre pizzicato como si de una guitarra se tratase. Aquello detuvo a Jennifer por completo. La canción había cambiado y con ella la situación. Sus ojos navegaron preocupados a la partitura y allí vio cómo las notas comenzaban a temblar y a aparecer y desaparecer. Algo iba mal. Pero entonces estallaron los aplausos. Alegres. Despreocupados. Como si la metralla que lloraba el barco con cada nuevo impacto no fuese más que confeti. Entonces vio cómo, junto a John, había aparecido un hombre. Sus largos bigotes prusianos y su elegante casaca le delataron como el capitán del barco. Susurró algo al oído de John y este asintió antes de que sus caminos se separaran.

—¿Qué te ha dicho?

—Que siga tocando hasta el final

El Erzhezog Ferdinand comenzó entonces a virar violentamente desviándose del fuego intenso al que estaba siendo sometido. John perdió pie, pero Jennifer le sujetó presta mientras los grumetes tras ella amarraban el piano con los cabos de proa. Pero a la pianista no le importaba lo más mínimo su instrumento. Le preocupaba John. Su herida era profunda y la sangre no paraba de manar. Aún así el chico, con la mirada ya un poco perdida, no cejaba de mirar al frente.

—¿Por qué has hecho todo esto? —preguntó ella finalmente.

—¿Hacer qué?

—No me tomes por tonta, John. Si todavía estamos aquí es porque has cambiado la canción para poder mantenerla hasta que tú quisieras. Aunque podías haber escogido un escenario un poco menos macabro, ¿no te parece?

—Una canción de paz en un barco austríaco… Tiene gracia, ¿verdad?

Ella miró en derredor tratando de encontrar sentido a las palabras del violinista. Pero a su alrededor no había respuestas. Sólo guerra, miedo y muerte. En su vida había visto nada parecido y aunque sabía que nada les podía suceder, la sangre que ya manchaba sus manos le indicaba lo contrario.

—¡Deja de tocar de una vez, John! ¡Vámonos a casa! —le gritó ella desesperada aunque sus palabras fueron engullidas por una andanada de artillería del Erzhezog. ¡Ya has conseguido lo que buscabas! ¡Ya tienes tu partitura para el concierto del fin del mundo! ¡Ya lo tienes todo…!

—Pero no te tengo a ti.

Aquello enmudeció a todo a su alrededor excepto a un violín que no podía ser silenciado. Jennifer no pudo esconder su sorpresa primero, ni sus lágrimas después. Había temido aquel momento durante mucho tiempo. Y lo había evitado contra su voluntad todo lo que había podido. Pero al final la había alcanzado. Al final nadie puede escapar de la verdad.

—Nunca debí tocar contigo… —susurró dándole la espalda, tratando de esconderle sus sentimientos.

—Pudiste hacerlo. Pudiste dejar de tocar el piano en cualquier momento y en cualquier lugar. Pero no lo hiciste. Ni lo harás. ¿Sabes por qué?

Jennifer negó con la cabeza justo en el momento en el que una bala de cañón pasó a escasos centímetros de ella. Fue tan súbito que no tuvo tiempo ni de sentir terror. Sólo sentir como su pelo se liberaba y su melena rubia volvía a ondear al viento como una bandera más. John sonrió al verla así. Le encantaba su pelo y la manera que ella siempre intentaba que este no se escapara a su control. Como hacía con casi todo lo que podía.

—La primera vez que me sucedió… esto aparecí en mitad de una orquesta. Estaba tan alucinado por lo que estaba pasando, por ser consciente de que la leyenda era real y me había escogido para probar mi habilidad, que apenas pude reaccionar. No sabía dónde estaba, sólo que tenía una audiencia bajo los focos esperándome. Pero no podía moverme. Por más que trataba de alzar el violín este no me respondía. Entonces un piano comenzó a sonar. No tocaba nada sofisticado. De hecho no tocaba nada. Sólo hacía sonar el sol todo el tiempo. Tardé un poco en saber que lo que estaba haciendo era invitándome a comenzar, ayudándome a salir del paso. Y lo hice. Toqué y no me detuve hasta que la última nota del pentagrama hubo desaparecido y los aplausos me indicaron que había superado la primera prueba. Entonces, mientras efectuaba la reverencia más nerviosa de mi vida, vi de reojo al pianista que me había ayudado a seguir adelante. Era una chica preciosa. Con una sonrisa increíble y unos ojos azules y profundos como este mar. Esa chica eras tú, Jennifer. —Ella se volvió entonces sin disimular sus lágrimas y John siguió—. No la Jennifer que eres ahora. Ni siquiera la que puedes llegar a ser. Sólo sé que a partir de ese momento lo único que le pedía a cada nueva partitura era que me llevara a tu lado, que me dejase escuchar lo que los nervios de aquella actuación no me dejaron. Quería escuchar tu melodía. Quería escucharte a ti y solamente a ti.

Jennifer no supo qué decir, pues las palabras fueron engullidas por la declaración de John. Ella no recordaba nada de eso porque sabía que no había pasado todavía. O que no pasaría nunca.

—Precisamente por eso no quiero decirte quién soy. Desde la primera vez que te vi en aquel tejado, temblando y cubierto de nieve, supe que, de alguna manera, ya te conocía pero que no pertenecías a mi mismo tiempo, que las reglas de este juego cósmico eran así. Y me pareció bien… al menos las primeras veces. Luego seguimos tocando… y empecé a echarte de menos. A desear que apareciese la nueva partitura cuanto antes para volver a tocar contigo… para volver a verte. Pensé que me conformaría únicamente con eso. Pero me engañaba. No… no puedo. Porque esto, como una canción, está destinado a acabarse. Y mejor que sea ahora antes de que nos hagamos daño de verdad…

De pronto aquel silencio amortiguado por el poder de la melodía se desvaneció. El Erzhezog había completado su maniobra de distracción tras los buques de escolta y había quedado al descubierto, a merced de los artilleros de los barcos italianos circundantes. Pero el Erzhezog no se amedrentó, sino que se lanzó de frente contra el buque insignia de la armada italiana. La mirada de John se endureció al ver aquello. Se les acababa el tiempo.

—¿Por eso estabas tan distante? —inquirió él dando un paso adelante anhelando acortar la distancia que les separaba—. ¿Por miedo a que todo esto se acabase? ¡No tiene que acabar! Ya sabes la promesa que se nos hizo cuando comenzamos esto. Si tocamos en el concierto del fin del mundo…

—¡Ese es precisamente el problema, idiota! —le gritó ella tirando el pañuelo ensangrentado a sus pies—. ¡No hay lugar para mí en ese concierto!

La nota que había tocado John se quedó suspendida en el aire más tiempo de lo debido. El miedo le había paralizado como aquella primera vez. Pero esa vez era un miedo más profundo y aterrador. Era el miedo a perderla para siempre.

—¡Mientras tocábamos el otro día vi tu particella asomando de la funda de tu violín!

—Tú… ¿puedes ver lo que hay escrito en ella? —consiguió articular él junto con la siguiente nota. Ambas sonaron débiles y asustadas.

—¡Claro que puedo verla! —Y la voz se le quebró finalmente a Jennifer al tiempo que bajaba la cabeza, derrotada—. Contigo he tocado mejor de como lo haré jamás. Contigo he podido ver la música. La he sentido dentro de mí… Y también me ha permitido ver y hacer cosas que no creía que fueran posibles. Y sí, también puedo leer las malditas partituras misteriosas aunque no sean mías. Y el concierto del fin del mundo no es un concierto para piano, no es un concierto para mí.

John no pudo seguir mirándola, abrumado por la vergüenza. Tenía razón. Y miedo. El mismo que había sentido cuando descubrió que había sido elegido para tocar en aquel concierto y que iba a tener que hacerlo sin ella. Hubiese dado lo que fuese para poder tener alguien a quien pedirle explicaciones, pero aquel misterioso asunto no tenía hoja de reclamaciones. Igual que la vida.

—No puedes esperarme más, John. Sabes que si no tocas pronto esa partitura y la posibilidad de ser feliz para siempre desaparecerán. Y yo no quiero ser la culpable de eso. Por eso haz callar el violín de una vez y termina con todo esto.

—No sabes cómo acaba esta batalla, ¿verdad? —dijo John.

Ella negó con la cabeza y él le hizo un gesto para que mirase al frente. La figura imponente del buque italiano cada vez se hacía más grande. Entonces John explicó lo que iba a suceder.

—En una maniobra suicida el Erzhezog Ferdinand se lanzará contra el buque insignia italiano, el Re d´Itallia, y se hundirá… a costa de casi toda la tripulación que se encuentre en cubierta…

—¡Estás loco! –gritó ella zarandeándolo mientras veía cómo el Re d´Itallia crecía hasta convertirse en un monstruo de metal aterrador—. ¡Para o vamos a morir!

—No hasta que me digas quién eres en realidad y en que época te encuentras cuando no estás aquí.

—¡Te lo diré! ¡Te juro que la próxima vez que toquemos te lo diré, pero deja de hacer locuras y acaba la música! ¡Por favor, John! ¡John!

Aquella promesa era todo lo que necesitaba. Sus dedos por fin abandonaron aquel mecánico pizzicato y la realidad se volvió tan ruidosa y letal como le correspondía. El capitán del Erzhezog gritó algo a sus espaldas y todo el mundo se lanzó al suelo. Su tiempo se había acabado y la experiencia le decía que no saldrían de allí a tiempo.

—Lo siento —musitó John ya casi sintiendo el inminente choque.

Pero entonces Jennifer se lanzó a sus brazos y le besó. Profunda y desesperadamente. Él sintió las lágrimas de ella rodar por su mejilla mezcladas con el sabor de la sal marina. Ella la pasión del pianista que había arriesgado todo por aquel momento. Entonces sobrevino el silencio, y un latido después el choque que les arrebató de los brazos del otro.

—Y luego nada… —musitó John con amargura.

—Jo-der —enfatizó Henry con los ojos como platos—. Acojonante. Creo que hasta me he empalmado.

—Muy gracioso —gruñó el pianista dándole un nuevo trago a la cerveza a medio terminar que tenía ante sí—. Ahora hazme el favor de decirme para qué me has llamado. Tengo cosas que hacer.

—¿Cómo volverte a meter en una guerra? ¿Tantas ganas tienes de que te maten?

—No nos iba a pasar nada.

—Pues los cuatro puntos que te han tenido que dar en la cabeza me dicen lo contrario. Me parece a mí que esta historia se está poniendo más complicada de lo que me contaste.

A Henry le había contado la versión simple. Que a veces a alguien, si era lo suficientemente bueno tocando un instrumento, una especie de fuerza superior lo ponía a prueba haciendo que tocase diversas piezas a través del tiempo y el espacio hasta que al final, si era digno, era seleccionado para tocar en el mayor recital de todos: el concierto del fin del mundo. John siempre había soñado tocar allí donde todo acababa. Que su música fuese lo último que el mundo escuchase era algo más que un gran honor. Era lo máximo a lo que un músico podía aspirar. Eso y la promesa a cada uno de los músicos de concederles un deseo tras ese recital eran sus motivaciones. La única contrapartida era conseguir siempre encandilar al público tras cada actuación sin importar dónde estuviesen y que tras el último concierto ya jamás podría volver a repetir tal experiencia.

Ella ya había comenzado a tocar cuando él apareció a su lado. Aunque más que tocar lo que hacía era sostener una melodía. Una en clave de sol. John miró en derredor y comprobó que estaban en un bonito jardín con vistas a una playa cercana. El mar estaba en calma y la temperatura era perfecta. Igual que la visión de Jennifer bañada por los rayos del sol. Todo era perfecto.

—A ver lo que dura —masculló para sí mismo el violinista poniendo su pequeño atril ante él y colocando la partitura en posición.

Pero entonces se percató de que la primera hoja estaba incompleta. Las notas se detenían en un punto extraño, abrupto, en un final anticipado.

—¿Listo? —le preguntó ella al ver su cara de sorpresa.

—Para que esto acabe así, no —respondió.

Y aunque Jennifer no supo si se refería a la canción o a ella, arrancó. No iban a ser ni treinta segundos de canción, pero los quería disfrutar junto a él.

—¿Pero para quién estamos tocando? —preguntó John entrando justo a tiempo en la melodía.

Entonces un ladrido tímido llamó su atención. Junto a un árbol, disfrutando de la refrescante sombra, había un cachorro de gran danés moviendo la cola de satisfacción.

—Ahí tienes tu público —añadió ella con una sonrisa franca—. Y más te vale que lo hagas bien porque parece exigente.

Pero aquel perro estaba encantado con la música, así como John, aunque todo aquello lo hubiese cogido de sorpresa. Con el tiempo había conseguido controlar el lugar exacto donde ser enviado por las partituras, y aquel no era el escenario que había construido en la mente para su último encuentro con Jennifer. Y, sin embargo, lo sentía extrañamente familiar. Entonces llegaron al final del pentagrama y el violinista estuvo a punto de detenerse, pero la melodía del piano continuó por su cuenta. Al parecer la improvisación se había convertido en la base de aquellas actuaciones.

—Si quieres saber quién soy, sigue tocando —pidió ella casi como si fuese parte de la canción.

John lo hizo mientras ahogaba una sonrisa al comprender que ella estaba usando el mismo truco al que él había recurrido la actuación anterior.

—¿No es esto mejor que tener a gente matándose a nuestro alrededor?

Lo era. De hecho era el lugar opuesto, pues cuando miró tras de sí, John pudo ver que había una gran cantidad de mesas decoradas con lazos blancos y un poco más allá un arco nupcial.

—¿De quién es esta boda? —preguntó él en voz baja, tratando de que sus palabras no taparan el ritmo.

Pero ella obvió deliberada y juguetonamente la pregunta y siguió tocando con exactitud cada nota que nacía en su corazón y acababa en el piano. John la siguió hasta que la canción se esfumó en el aire.

—¿Todavía quieres una respuesta?

Pero inesperadamente John negó con la cabeza. En su lugar le posó las manos con suavidad en el rostro y la besó. Ambos bebieron el uno del otro como si fuese la última vez.—¿A qué ha venido el beso? —quiso saber ella.

—A que era lo primero que tenía que haber hecho aquel día en Nueva York. Justo cuando acabamos en aquella azotea. No tenía que haber dejado que todo esto fuese tan lejos.

—Yo tampoco. Aunque tampoco lo hemos manejado tan mal, ¿eh?

John difería un tanto de aquella opinión. Por su parte sí que lo había manejado mal. Había dejado que se interpusiera en su camino el deseo de tocar en aquel concierto tan especial. No se había dado cuenta de que lo realmente especial había sido cada instante a su lado. Fuese quien fuese y estuviese en el momento de la historia que estuviese, haber tocado a su lado, haber reído y haber luchado a su lado como no lo había hecho con nadie en toda su vida era lo que realmente había valido la pena. Por eso estaba listo para hacer lo que tenía que hacer.

—¿Eres capaz de tocar mejor? —susurró John mientras sus partículas eran reclamadas en su presente.

—Sólo cuando estoy contigo —contestó ella con sinceridad.

Entonces John la dejó un instante, sacó de la funda de su violín la particella especial por la que tanto había luchado y se la entregó a Jennifer.

—¿Qué quieres que haga con ella?

—Tan sólo sujétala.

Y para sorpresa de la pianista John sacó un encendedor del bolsillo y le prendió fuego.

—¡Estás loco! —le gritó ella yendo a soltarla para apagar el fuego, pero las manos de John se cerraron sobre las suyas—. ¿Qué estás haciendo, John? ¡No puedes hacer esto!

—Claro que puedo —dijo John mientras le apretaba cariñosamente las manos y las llamas seguían creciendo bajo ellas, aunque sin transmitir sensación de calor alguna—. Si no puedo tocar contigo… Da igual el concierto o el lugar donde toque, cada nota que salga de mi violín estará vacía porque no estarás ahí para llenarla.

—¡Pero no puedes renunciar a eso! ¡No puedes hacerlo por mí!

—Eres por la única por lo que lo hago y lo haría un millón de veces. Y aunque este sea el último momento que pasemos juntos…. —el aire abandonó los pulmones de John al mentar aquella posibilidad— … aunque así sea, al menos podré vivir tranquilo el resto de mis días, pues habré podido decirle a la mujer de mis sueños que la amo.

Tras aquellas palabras se hizo el silencio. John porque ya había dicho todo lo que tenía que decir. Y Jennifer porque no encontraba las palabras necesarias para corresponderle. Y aunque estas eran tan sencillas y llevaban tanto tiempo circundando su corazón, su alma tardó en pronunciarlas.

—Yo… yo también te quiero, John. Siempre lo he hecho.

Y la felicidad los inundó. Tanto que no se percataron de que las llamas habían llegado a sus manos y ya habían consumido todas las hojas de aquella partitura, sólo que en lugar de convertirlas en polvo, parecían haberlas purificado. Fue John el primero que consiguió liberarse del hechizo de felicidad y percatarse de lo que había sucedido.

—No puede ser… —tartamudeó asombrado.

—¿Qué sucede? —preguntó ella asustada, pues al semblante de John le había desaparecido el color.

Pero de nuevo un torrente de felicidad nació en el pecho del muchacho y este abrazó de improviso a Jennifer levantándola en el aire. A su alrededor el gran danés ladraba con idéntica felicidad, brincando alrededor de ambos muchachos.

—John… ¡John! —le gritó Jennifer tratando de que este se detuviese—¿Qué es lo que pasa ahora?

—¡El concierto, Jennifer! —bramó con lágrimas de felicidad en los ojos—. ¡El concierto!

La dejó en el suelo y le tendió la partitura a la muchacha.

—¿Qué le pasa al concierto…? —Pero la pregunta de Jennifer murió en sus labios. De pronto se tapó la boca para contener la abrumadora sensación que la había poseído al ver el título de aquella partitura—. No puede… no puede ser. ¿Cómo?

Pero John no tenía respuesta para aquello. Sólo felicidad. Pues el concierto al que había renunciado por ella había sido consumido por las llamas, transformándolo en otra cosa. Una maravillosa.

—Bienvenidos al concierto para piano nº 2 en do menor de Rachmaninov.

Con esas palabras los recibieron a ellos y a más de un centenar de personas que se materializaron al mismo tiempo. Al instante, John y Jennifer se tomaron de la mano para no ser separados por aquella muchedumbre de hombres y mujeres que habían comenzado a hablar unos con otros animadamente. Todos estaban vestidos de gala, incluida la pareja, y sobre ellos una cúpula transparente les enseñaba un espacio preñado de estrellas brillantes. John buscó entre aquel magnífico espectáculo a la Luna, pero en su lugar encontró algo que no esperaba encontrar.

—La Tierra —dijo en voz alta sin quererlo.

Porque allí estaba. El gran orbe azul que les servía de hogar flotando entre aquel cielo estrellado. Aunque era una visión que habían visto miles de veces en fotografías y televisión, su visión en directo sobrecogió a todas aquella personas, que habían alzado al unísono las miradas hacia allí. ¿Acaso estaban en órbita e iban a tocar desde allí? ¿Esa era la Tierra de verdad? Esos y  rumores similares se extendieron por todo el lugar. Hasta que Jennifer hizo la pregunta importante.

—¿Dónde están los instrumentos?

Y tenían razón. Allí sólo estaban ellos. No había nada más. Ni instrumentos, ni público ni nada por el estilo. Sólo un centenar de personas enfundadas en las mejores galas y sin la explicación que merecían. Entonces el escenario que les circundaba comenzó a cambiar. Donde había estrellas y cielo apareció un enorme escenario. Y sobre él, cada uno velando su propio instrumento, estaban todos los presentes vestidos exactamente igual que se encontraban. Y entonces lo comprendieron. No estaban allí para tocar. Estaban allí para ser el público de su propio concierto. Sólo que los intérpretes no eran exactamente ellos. John lo supo al momento. Allí plantado, en la primera fila con un magnífico Stradivarius en la mano, no estaba el John desgarbado cuya herida en la cabeza no se había curado todavía. Allí estaba un John unos cuantos años mayor que desprendía seguridad, madurez y, sobre todo, felicidad, una felicidad que resplandecía junto a la persona que tenía a su lado. Junto a una Jennifer aun más bella y valiente de lo que era. Una Jennifer que saludó a su homónima con un gesto de cabeza y que ella misma, más joven y atónita, le devolvió agitando una mano temblorosa.

—A todos los presentes les damos las gracias por haber hecho esto posible. Por haber luchado por lo que creían. Por haberse esforzado sin importar el tiempo y el lugar. Por haber llegado hasta aquí sin haber perdido la esperanza —comenzó a decir la misma voz que les había recibido—. Puede que muchos se sientan decepcionados pues esperaban participar como parte activa de este concierto. Créanme: lo están haciendo, y lo seguirán haciendo hasta el fin de los tiempos. Las personas que ahora ven ante ustedes son su eco eterno. Son lo mejor de ustedes. Y son el mejor regalo que le pueden hacer a la humanidad. Ellos se mantendrán aquí hasta el final. Tocando algunos días por la victoria y otros por la derrota. Por el amor y el odio. Tocando directamente a los corazones que sepan escuchar. Tocando hasta el final del tiempo mismo. Hasta que sobrevenga el fin del mundo.

Entonces la voz cesó y el director de orquesta entró en escena con aquellos fantasmas. Muchos lo reconocieron al instante. Era el propio Rachmaninov. Saludó a los presentes con una extensa reverencia y dio tres golpecitos con la batuta para prevenir a todo el mundo. El concierto estaba por comenzar. El primero y el último de muchos. El concierto del fin de todas las cosas. Duró un latido para muchos. Una vida para otros. Fue hermoso. Fue conmovedor. Fue intenso. Fue lo que cada uno de los presentes necesitaba. Fue un eco de ellos mismos. Entonces llegó el momento de recibir sus propios aplausos. Todos aplaudieron conmovidos con lágrimas en los ojos y el corazón henchido de felicidad. El concierto había terminado y ellos cambiado para siempre. Y cambiaría a todo aquel que supiera escuchar pues siempre estarían allí luchando contra el silencio.

—¿Qué has pedido? —le preguntó ella mientras trataba de limpiarse las lágrimas de los ojos.

—Nada —contestó él mientras la abrazaba con todas sus fuerzas.

—¿Has llegado hasta aquí y no has pedido nada? —musitó Jennifer entre risas—. ¿Por qué?

—Míranos y lo entenderás.

Entonces ella dirigió la mirada hacia ellos mismos. Ambos estaban allí. El uno junto al otro, besándose con pasión. Pero no fue eso lo que le llamó la atención a la pianista. Fueron los anillos que brillaban en sus dedos. Dos anillos de plata idénticos. Una respuesta inequívoca.

—No puede ser…

—Pero será —dijo él en un susurro—. Hoy, mañana y por siempre. Por eso no he tenido que pedir nada pues ya me lo concedieron hace mucho. Y tú, ¿has pedido algo?

—Sí, sí que he pedido algo.

—¿Qué?

—Seguir tocando. Para siempre. Junto a ti…

Y como siempre y para siempre todo se desvaneció. Como el sueño que sabían que siempre había sido. Como el final de una canción. Pero por primera vez no despertaron solos. Por primera vez el mundo no los envió donde pertenecían sino donde realmente debían estar. El uno junto al otro. Por siempre. Y para siempre.

David Gambero

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Comments
4 Responses to “La melodía eterna”
  1. Sonia del Sol dice:

    ¡¡¡Qué historia más bonita , David !!! Conmueve, en momentos, hasta las lágrimas, con la lucha de los dos protagonistas por arañar el precioso tiempo que comparten juntos, al son de su melodía eterna…… Ojalá puedas volver pronto a S. Ediciona, es una pena que vayas a esta fuera una temporada. Y, muy evocadora y, fascinante, como siempre, la ilustración de Marta, donde se ve a un solitario John , rememorando su primer encuentro en el tejado del piso, bajo la nieve, en la gigantesca Nueva York , donde contrastan sus cálidos recuerdos , con la frialdad de la enorme ciudad. Bravo a los dos !!!

  2. olgabesoli dice:

    David, tu historia original y complejo relato derrocha sensibilidad. Me ha emocionado. Qué lástima que nos vayamos a perder tus increíbles (y largas, jejej) historias en las próximas convocatorias. Pero esté es el relato perfecto con el que recordaremos tu arte (hasta tu vuelta, por supuesto).

    Y Marta, tu ilustración destila emotividad y melancolía. Me encantan tu estilo, sobre todo el control de la luminosidad con esos claroscuros.

    Un trabajo memorable. Me habéis conmovido.

  3. Mariola dice:

    Querido David, hace tiempo que te quedaste conmigo en ese magnífico Howling Christmas que tanto me gustó, pero creo que esta melodía ya se me ha llevado el corazón totalmente. Te lo dije cuando lo leí la primera vez y en esta relectura me ha vuelto a conmover. Eres un maestro de la ciencia ficción y la fantasía, pero es que además eres un romántico hasta la médula 😉 y aquí te has salido del todo. Así que, por enésima vez, me descubro y reverencio tu arte.
    Y de Marta qué puedo añadir… Has dado totalmente en el clavo con esa ilustración tan maravillosa, poética y evocadora en los claroscuros y el difuminado. Creo que es de las que más me han gustado y mira que me gusta tu estilo, así que más reverencias porque está bordado.
    Excelentísimo equipo. Enhorabuena de verdad. 😀

  4. Ricardo dice:

    Mis felicitaciones a los dos. A Marta por esa composición y ese tratamiento de la luz tan personal, consigue una evocación perfecta de la historia. Y a David por el relato que rezuma imaginación y sensibilidad. David, tómate tu tiempo, el que necesites, que eso lo sabes tú mejor que nadie. Yo sé que volverás, seguramente antes de lo que tú mismo piensas ahora. Eres escritor y escribirás, estás destinado/condenado a ello. Seguro.

    Ricardo

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