Mi anhelo

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino y su ilustración correspondiente es propiedad de David Aguilar. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mi anhelo.

Me desperté en la cama del hospital, la luz entraba a trompicones entre las láminas de la persiana veneciana. De repente, una mata de pelo castaño se acercó atropelladamente a mi cama.

–Don José, ya se ha despertado.

Tanto el pelo alborotado como la voz, pertenecían a una chiquilla de apenas quince años que, con ojos grandes y azules, me miraba con una gran sonrisa.

–Usted ve cómo el Lorenzo tenía razón, la lectura atempera el alma.

–¿La lectura? –Pregunté algo desconcertada, no sabía muy bien a qué se refería. Pero el doctor, que pareció leer mis pensamientos, me lo aclaro amablemente.

–Sí, ahí donde la ves, se ha pasado todas las tardes desde que llegó usted aquí relatándole historias.

Le sonreí agradecida y, por primera vez, la miré. Era algo delgaducha y llevaba el pelo recogido en una larga trenza. Su pelo no era del todo castaño, ya que tenía reflejos dorados repartidos sin control por toda la melena, probablemente causados por el sol, y le suavizaban ese color oscuro que tenía de base. Además, una mata ensortijada de desordenados tirabuzones le caían en la cara, dándole un aspecto salvaje pero tierno. Algo en esa chica hizo que se me removieran las entrañas. No puedo decir exactamente qué fue; no sé si fueron esos ojos azul cielo tan llenos de vida o esa amplia sonrisa, lo que hizo que extrañamente le cogiese cariño desde el mismo instante en que se cruzaron nuestras miradas. El caso es, que de repente me encontré frente a una total desconocida que me estaba transmitiendo una serie de sentimientos que no lograba entender. Y, lo más extraño de todo era que su cara me resultaba excesivamente familiar.

–¡Lolo! –Bramó alguien desde el marco de la puerta–. ¿Qué haces aún aquí? ¿No tendrías que estar dándole de comer a los animales? Además, te has saltado la doma.

Ilustración de David Aguilar

Entré en estado de shock, pues al escuchar el apodo y mirar hacia el hombre que lo había proferido, entendí por qué me resultaba tan familiar, el porqué de esa complicidad de sentimientos encontrados y, también supe, el punto exacto en el que me hallaba. Supe que lo había conseguido.

–Lo siento, Loren. Se me ha pasado el tiempo volando. Ya lo arreglaré, no padezcas.

–Bueno, muchacha, nos vemos mañana –me dijo por lo bajo.

–Vamos, Lorenzo, no regañes a tu hermana que lo hace de buena fe –intercedió el médico–. Y tú, muchacha, te has quedado pálida de repente. Recuéstate y luego paso a verte.

***

A la mañana siguiente, estaba deseando ver a Lola. Mi corazón bailoteaba en mi pecho desenfrenadamente y mi garganta abrasada entre los sollozos ahogados; se moría por gritar y dejar salir toda esa desesperación que hasta ahora había anidado en mi alma, redimiendo el dolor y dando paso a la tan esperada euforia. Pero Lola no vendría hasta entrada la tarde. El doctor entró silbando alegremente, me dio los buenos días y empezó a reconocerme.

–Disculpe, ¿sabe usted si hoy vendrá Lola?

–No lo dudes, ese diablillo de chiquilla no descansará hasta ver que te vas andando a casa por tu propio pie. Si te preocupa lo de ayer, he de decirte que Loren no tiene tan mal genio como parece, lo que pasa es que no sabe mostrar su preocupación de otro modo. Ten en cuenta que es su hermano mayor, tiene veinte años y Lola está a su cargo. Es una familia que ha pasado mucho, y perder a esa chiquilla supondría para él la ruina, ¿entiendes? Lola es la alegría de la casa, su apoyo. Incluso, después del accidente de su hermano Tomás, ella se ocupó de las tareas de este en el campo sin importarle la dureza del trabajo de hombre. Además se ocupa de la casa, tiene tiempo de cuidar de Tomás y pasarse un rato por aquí, ¡demonio de chiquilla! No sé cómo lo hace.

–Yo sí –susurré.

–¿Cómo?

–No, nada. Me preguntaba cómo llegué hasta aquí.

–En el lomo del burro de la Lola, ¿cómo si no? ¿Por qué crees que viene todos los días a verte? Ella te encontró tirada en una cuneta cuando salía a pastar con los animales por el túnel de ojos negros y, siendo tan sentida como es, hasta que te vea recuperada no cejará. En fin, la verdad es que te veo muy bien, creo que en un par de días te podrás marchar. Y dime, ¿qué andabas haciendo por allí?

Tardé en contestarle, pues debía ser cautelosa con lo que revelaba. El túnel al que hacía alusión antiguamente estaba en una zona apartada del pueblo, entre los pastos, y solo se podía acceder a él por un camino de tierra poco transitado, a caballo o andando. Ahora era una carretera secundaria, asfaltada y bastante transitada, paso obligatorio para el deleite del turista.

–Porque forastera está claro que eres, y no hay fácil acceso.

–Sí, lo sé, fui en mi co… Me trajeron en automóvil –rectifiqué inmediatamente.

–¿Automóvil? ¿De quién? Por desgracia, ni la gente de aquí ni la de los alrededores podemos permitirnos ese lujo. Por ahí solo pasa la camioneta del Rulfo que, por cierto, llegó el mismo día que te encontramos.

El Rulfo era un vendedor ambulante que vendía pan, embutidos, aceite y dulces típicos de su tierra y, cada seis meses, hacía la misma ruta por los pueblos. Era un personaje entrañable y querido en toda la comarca. Me vino al pelo, pues no solía estar más de dos días en el mismo sitio y, si yo llevaba varios días allí, seguro que se había marchado.

–Justo, me encontré al señor Rulfo vendiendo pan en el pueblo de al lado y le pregunté si me podía llevar hasta allí. Como ve, no entiendo mucho de automóviles, todos me parecen igual. Para mí, la camioneta del señor Rulfo es como un automóvil grande.

–Pues, ¡qué bribón! Nada nos dijo. Y, además, ya te podría haber avisado que allí es mejor ni arrimarse. De vez en cuando provocan explosiones para agrandar el túnel y hay que tener mucho cuidado.

–¿Qué te pasó? Y, ¿por qué le pediste que te dejara allí?

–Venía a ver la tierra de mis antepasados, me habían hablado mucho de aquella zona.

–¿Tienes antepasados aquí? A ver si no vas a ser tan forastera como yo creía, ¿de quién eres familia? Aquí nos conocemos todos. Yo nací aquí, así que ya ves, seguro que los conozco.

Una alarma se encendió en mi mente, tenía que salir de alguna manera rápida para no descubrirme.

»A ver, no me lo digas, si fuiste a ver los pazos, entonces… –empezó a decir entusiasmado el doctor, como si una revelación existencial le acabara de llegar. Mi mente reaccionó mejor de lo que esperaba, pues recordó que por allí cerca, en el pueblo de al lado, habían otros pazos y que la gente a veces los confundía.

–Sí, fui a verlos, pero los pazos de Urralde me los habían descrito de una manera muy diferente. No me dijeron lo del túnel excavado en la montaña –le interrumpí a propósito.

–¿Los pazos de Urralde?¿Creías que estabas en los pazos de Urralde? Que va, chiquilla. Estos son los pazos del ermitaño y, sin ánimo de ofender, son mucho más bonitos que los de nuestro vecino.

»En fin, se acabó la investigación y la visita, por desgracia con las familias del pueblo de al lado me pierdo, espero que en pocos días puedas continuar con tu camino. Por cierto necesito tu nombre para mi historial.

–Inma, Inma Peña –le contesté, dándole el primer apellido que se me pasó por la mente.

Anotó mi nombre en su historia y se marchó silbando de nuevo. Después de comer seguía estando nerviosa, Lola no tardó mucho en llegar. En ese momento me fijé en su vestimenta; llevaba unos pantalones de chico desgastados pero muy limpios, atados con un cordel, probablemente heredados de su hermano Antonio y, la camisa que lucía era tres cuartos de lo mismo, vieja y heredada. Años más tarde se volvería mucho más coqueta. Yo sabía que su situación en casa no era muy buena, era la época de la posguerra, eran pobres y se apañaban como podían. Pero me hizo mucha gracia estar observando la versión femenina de Joselito ante mis ojos.

–Hola, ¿cómo te encuentras hoy, niña?

–Muy bien, la verdad. Tenía ganas de verte.

–¿Ah, sí?

–Sí, te quería dar las gracias por salvarme.

–De nada, mujer. Pero, ¿se puede saber que narices estabas haciendo por allí? ¿No sabes que esa cueva está embrujá? Cuentan que a veces pasan cosas extrañas, que se oyen voces y la gente que entra vuelve muda e ida de la cabeza. Dicen cosas extrañas, jamás vuelven a ser los mismos –me confesó la chiquilla, y yo entendía muy bien el porqué. En realidad, esas cuevas eran como una puerta en el espacio-tiempo. Cada sesenta años aproximadamente, se abría esa puerta, y yo había tenido la suerte de poder disfrutarla.

–Gente rara, ¿más o menos como yo? –bromeé, y la niña iluminó la habitación con una sonrisa.

–Dime, ¿cómo lo haces?

–¿El qué?

–No perder la sonrisa, es obvio que no estáis pasando por buenos momentos.

–Ya te han contado las malas lenguas, ¿no? Mira que les gusta mal meter.

–No, no me han dicho nada malo, simplemente que tú y tus hermanos trabajáis mucho.

–Y qué remedio. Mi padre murió y mi madre nos abandonó cuando vio que este enfermaba.

–¿Por temor a no soportar su muerte?

–No, por puro egoísmo. Esa mujer sólo se quería a sí misma, doy fe.

»¿Quieres saber cómo lo hago? –me preguntó tras un corto silencio.

–¿El qué?

–Estar siempre tan feliz. Pienso en las cosas buenas que tengo y en las que espero que me depare la vida. Quiero decir, tengo unos hermanos a los que quiero y los cuales me quieren, y no todo el mundo puede decir lo mismo. No he tenido mariquitillas, pero sí muñecas de trapo que yo me hice y me han servido para jugar. La vida es muy corta y no hay que desperdiciarla con lamentos, por desgracia los lamentos llegan solos. Así que, ¿para qué perder el tiempo?

Se me hizo un nudo en la garganta, y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ponerme a llorar, para no levantarme y abrazarla, y decirle todo lo que la había echado de menos, decirle que todo se iba a arreglar, que su vida iba a cambiar.

»Pero, dime, no me has contestado, ¿qué hacías tú aquí?

–Me escapaba.

–¿De qué?

–Del dolor, supongo. Mi madre murió hace diez años, y aún no lo he superado.

–¿La querías mucho?

Sonreí tristemente.

–Más que a mi vida. Fue una mujer luchadora, alegre, emprendedora, padre, madre y amiga. Mi padre, su gran amor, murió cuando yo tenía cuatro años. Ella siguió hacia delante sin ayuda de nadie, nunca tuvo una vida fácil, pero fue feliz.

–Lo siento, entiendo tu perdida. En cierto modo, mi madre murió para mí a los seis años, y jamás fue cariñosa, jamás fue una madre. ¿Qué se siente al tener una madre de verdad?

–Supongo que lo mismo que sentiste tú por tu padre, pero multiplicado por diez.

–¿Cómo sabes lo que yo sentía por padre?

Otra triste sonrisa se dibujó en mi rostro y, a mi pesar, tuve que decirle una verdad a medias.

–Pues, porque se te iluminan los ojos de la misma manera que se me iluminan a mí cuando hablo de ella.

–Ah…

Entonces se produjo un silencio que hacía patente la añoranza que Lola sentía por esa persona a la que tanto amó.

»¿Sabes? Voy a intentar que mis hijos sean felices por encima de todo, voy a intentar que tengan una madre de verdad, la madre que yo no tuve.

–Y la tendrán, créeme.

–¿Cómo estás tan segura?

–Tú lo has dicho antes, a veces sale gente extraña de la cueva y yo soy una de ellas, he de confesarte que soy algo bruja –Lola rio.

–Me tomas el pelo. Bueno, se está haciendo tarde, he de asear a Tomás. ¿Sabes? Se calló del caballo y se quedó inútil de cintura para abajo.

–¿Hace mucho?

–Sí, cinco años.

–Y, desde entonces, ¿le estás cuidando?

–Sí, a veces Loren me ayuda, pero ya sabes cómo son los hombres, muy valientes para unas cosas y muy cobardes para otras. Por cierto, aún no me has dicho cómo te llamas.

–Inma.

Sonrió.

–Me gusta tu nombre.

«Y a mí me gustas mucho tú», pensé. «Y cuanto más conozco de ti mucho más admiro tu coraje, tu continúa lucha».

–Por cierto, ¿qué día es hoy? –le pregunté, recordando algo importante.

–Jueves 8 de abril.

–Pues acepta un consejo de bruja, llévate puesto el cinto de tu hermano Antonio esta tarde cuando vayas a la era, no le importará prestártelo. Y quítate ese cordel que llevas prendido al pantalón.

–Que rara eres, pero para que veas que te tengo fe te prometo que lo haré.

***

Pasé una semana maravillosa con Lola, incluso me volvió a contar alguna de las historias que me leyó mientras dormía, antes del despertar. Pero el tiempo se me agotaba, tenía que volver, algo en mi interior empezaba a andar mal, y es que una no puede vivir en el pasado eternamente. Además, me arriesgaba a que conforme pasara el tiempo me relajase y se me escapasen datos que no se tenían por qué desvelar. Así que, con un gran dolor en mi corazón, me preparé para partir. El portal tenía un tiempo y un espacio, y esa tarde era mi hora de regreso. Si no hubiese tenido a mis hijas, probablemente me hubiese quedado para siempre, pero ellas me necesitaban con la misma fuerza vital que yo necesitaba lo que me dejaba aquí. Y tal vez, algún día, de alguna manera, volvería a coincidir con esa parte de mi alma que murió junto a ella.

–Hola –dijo Lola eufórica esa tarde–. Mira lo que te traigo, alpargatas, las ha traído Loren y te he guardado una para ti.

–Gracias –le contesté con el acostumbrado nudo en la garganta, siendo consciente de que aquello era todo un lujo tanto para ellos como para mí. La alpargata era un dulce hecho a base de hojaldre, azúcar y canela. Dulce que en aquella casa solo se podían permitir una vez al mes, y como gran capricho.

–Es que, como sigues tan paliducha, pensé que te harían bien.

–Lola, me voy…

–¿Cuándo?

–Hoy.

–No me habías dicho nada.

–Porque sabía que te entristecerías mucho y, es mejor así.

–Al final voy a pensar que eres bruja de verdad –me contestó, triste–. Entre lo del otro día con el cinto y lo de hoy…

Sonreí y, a pesar de saber exactamente lo que había sucedido, le pregunté:

–¿Qué pasó?

–Pues que me salvaste la vida, cuando fui a quitarme el cordel se deshizo en mis manos.

–¿Y?

–Pues, me fui a la era y me encontré a un gato atrapado en la rama de un castaño. Cuando subí a socorrerlo, pisé malamente una rama y caí, el gato estaba casi en la copa del árbol, pero el cinto del Antonio enganchó dos ramas más abajo. Si no lo hubiese tenido me hubiese matado.

–Tengo algo para ti.

Le di el libro que siempre llevaba conmigo, el que ella misma me regaló, el que se había convertido en mi favorito.

–Este libro, ¿es para mí?

Asentí, le brillaron los ojos mientras acariciaba la portada con dedos ansiosos.

»Es precioso, gracias ¿de qué trata?

–Eso lo tendrás que descubrir. Pero te adelantaré algo, su moraleja es que todo es posible si lo intentas con el corazón, todo se puede superar, todos escondemos un ser valiente en nuestro interior, aunque otros como a tú lleven ese ser valiente a flor de piel.

–He de confesarte que no se leer bien.

–Lo sé, siempre supe que las historias que me contabas eran aprendidas de memoria. Por eso te lo regalo, para que aprendas y disfrutes de la magia de las palabras. Serás una buena lectora. Y tus hijas te adorarán cuando les leas cuentos a media noche.

–¿Tú crees? ¿Seré buena madre?

–Buena no, serás mejor.

–¿Y cómo puedes estar tan segura?

–Soy bruja.

Reímos con la misma complicidad con la que se ríen las amigas íntimas.

–¿Por qué te vas?

–Tengo dos preciosidades de menos de cuatro años que me están esperando.

–¡Eres madre!

–Sí.

–Ojalá mi madre hubiese sido así. Las querrás mucho, ¿no?

–Más que a mi vida, pero es algo que heredé de mi madre también.

–Bueno, llegó la despedida –me dijo, y se me abrazó. Algo se rompió definitivamente en mi interior. Ambas lloramos y nos costó separarnos, supongo que los lazos entre madre e hija perduran en el tiempo y traspasan fronteras. Finalmente, reuní el valor para poderme marchar, le di la espalda y avancé sin mirar atrás. Pero antes de abandonar la habitación, mi madre me habló:

–Si algún día tengo una hija, la llamaré Inma, para que sea como tú.

No me giré, no podía, un torbellino de emociones pugnaba por hacerse con mi cuerpo.

–Lo sé… –le dije, y me marché.

Inmaculada Ostos Sobrino

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Comments
2 Responses to “Mi anhelo”
  1. olgabesoli dice:

    Inmaculada, tu cuento es muy emotivo y tierno. Estoy segura que cualquier persona que haya perdido a una madre daría lo que fuera por volver atrás en el tiempo y volver a verla.
    Por cierto, un apunte para la correctora, Carme Sanchís. Hay en el texto una falta que me chirría al leerla. Se trata de «se calló del caballo», debería ser «cayó», pues «calló» es del verbo callar.
    La ilustración de David es muy adecuada al tipo de cuento que ha escrito Inmaculada, con ese toque a clásico que destila. Buen trabajo.

  2. Sonia del Sol dice:

    Tengo los pelos de punta con este relato !!! Aunque me iba imaginando un poco el desenlace ,a medida que lo iba leyendo, pero, eso no le resta emotividad y, sensibilidad. Como bien dice Olga, sería un sueño poder utilizar el túnel del tiempo para volver a encontrarte con los seres queridos y, simplemente, poder despedirte de ellos, por ejemplo, con un “hasta pronto”…Mi enhorabuena, Inma y, también a David, por este trabajo.

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