Rosa, Rosae

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Género: Autobiográfico

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Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rosa, Rosae.

—¿Sabe usted que no ha dicho ni una puta palabra bien?

Un segundo de silencio sepulcral y respuesta con sonrisa estúpida y voz nerviosa pero con tono animoso de todos modos, porque la estupidez y los nervios ayudan bastante a capear el TERROR con mayúsculas, y porque al mal tiempo, buena cara:

—Sí, señor, posiblemente…

—Pues a ver si pone más atención en lo que hace y la próxima vez acierta alguna.

Entiendo inmediatamente que al común de los lectores lo asaltan unas preguntas básicas: en qué circunstancias se produce este particular diálogo, quién pronuncia la contundente frase inicial, a quién la dirige, cuándo y por qué. Pues bien, para contestarlas y contar alguna cosilla más al respecto, haremos un viaje en el tiempo, en mi tiempo.

Este otoño próximo se cumplirán veinticinco años, que se escribe pronto, de las antedichas palabras. Un cuartito de siglo. Si lo leo así, todavía me maravillo más porque el momento sigue tan fresco en la memoria como si hubiera ocurrido ayer. Y oigo el tono grave y cortante pero al mismo tiempo inquietantemente suave, la voz oscura y maltrecha por los Ducados. Y veo los ojos claros, de un azul acerado y grandes como faros, que solían clavarse, tan atrayentes como hipnóticos, en quienes se atrevían o eran capaces de sostener su intensa mirada. Fue mi primer y único contacto visual directo con su propietario y también fueron las únicas palabras que crucé con él en dos años. El resto del tiempo procuré convertirme siempre en una sombra más de los espectros que todos quisimos ser en esos mismos años durante tres horas a la semana en su presencia.

En fin, despejemos la incógnita.

Luis de Cañigral y Cortés (obsérvese el uso de la conjunción copulativa, importantísimo detalle para hablar con propiedad de este sujeto) fue mi profesor de Latín en los dos primeros años de carrera. También era el hijo de perra más grande que habrán conocido los tiempos universitarios per saecula saeculorum, y el más temido, y el más odiado, pero también el más fascinante, sabio, excelso y extraordinario de todos. Si uno menta su nombre en el ambiente universitario de toda Castilla La Mancha, se siguen abriendo los cielos y los infiernos a partes iguales. Continúa como catedrático y profesor titular de Filología Clásica en Ciudad Real y es una auténtica autoridad en estudios humanísticos, con multitud de publicaciones sobre autores manchegos y traducciones de escritores latinos y griegos tanto clásicos como contemporáneos. También fue uno de esos profesores que te marcan de por vida por la impronta única que te deja. De esos que te abruman por sus apabullantes conocimientos y a los que detestas por la nula empatía con sus alumnos y terribles maneras docentes. Y de esos que —además también como hombre—, por donde pasan, y aunque no los veas o mires, tienen una estela invisible, un aura, que se extiende y casi se puede tocar. ¿Y qué hay más clásico que el CARISMA?

Pero antes de seguir, es preciso explicar brevemente el contexto educativo del momento. Puede sorprender un poco lo del latín en la carrera de Filología Inglesa, pero ténganse en cuenta los planes de estudio de hace veinticinco años en la UCLM, donde, como en mi caso, acabamos con licenciatura en Filosofía y Letras, especialidad en Lenguas Modernas, sección Filología (inglesa, francesa, etc.). O sea, que los dos primeros cursos fueron una repetición del desaparecido COU de letras puras —cuando existía eso de letras puras—. Así que Latín y Griego seguían siendo asignaturas obligatorias para filólogos clásicos obviamente, y también hispánicos, franceses e ingleses.

Sin embargo, únicamente en la Facultad de Letras del campus de la UCLM en Ciudad Real, y desde hacía ya unos cuantos años, el dichoso latín podía acompañarte como condena el tiempo que tardases en sacarte la carrera si es que no desistías antes y huías a otra universidad. Esta opción había sido la normal por cuanto que en Ciudad Real, y hasta precisamente aquel año 1988, para completar la licenciatura había que largarse a cursar los últimos dos cursos de los cinco que eran, ya que solo había Colegio Universitario (el Uni) y únicamente se podía llegar hasta el tercero. Así que cuando aparecían los estudiantes manchegos de letras por la Complutense —la más cercana geográficamente— y precisaban llegar del Universitario de Ciudad Real, el departamento correspondiente automáticamente los aprobaba. Sabían a la perfección quién estaba detrás de la mayor parte de aquel éxodo de infelices. Pero, ay, desde ese año ya se pudo continuar hasta quinto y los que estrenamos la novedad nos encomendamos a todos los dioses habidos y por haber para intentar atravesar, aunque solo fuera con un mísero cinco, el atribulado valle de lágrimas declinadas que se adivinaba en el horizonte.

Esta es la primera leyenda urbana atribuida al personaje en cuestión. Quizás más o menos exagerada pero probada, y de primera mano atestiguada con algunos casos que contemplamos, como el de una alumna que pidió una convocatoria de gracia después de haber agotado todas las posibles. Podría decir que, en el mío, tal vez surtieron efecto las innumerables súplicas de sumisión absoluta a Júpiter Tonante por su intercesión, pero mejor diré que fueron más innumerables las horas de traducción —tampoco nunca falté a una clase— las que me depararon la mirada de la diosa Fortuna para, en su infinita misericordia, otorgarme aquellos pírricos cincos en las convocatorias de septiembre porque, por supuesto, suspendí las de junio, como (casi) todos.

Don Luis, el Cañi, —jamás Luis bajo pena de muerte por el rayo fulminante que podía salir de aquellos ojos ante tamaña familiaridad—, o más comúnmente pero por lo bajo y en tono conspirativo estilo Bruto, ese hijodelagranputamecagoentodossusmuertos, estaba en los cuarenta, tenía el pelo rubio oscuro y era de mediana estatura y complexión fuerte, e hizo honor a su leyenda negra durante aquellos dos años en los que episodios como el diálogo del principio fueron bastante habituales e inolvidables.

Él fue el autor de la frase de marras dirigida a mi temerosa, avasallada pero profundamente excitada y fascinada persona, bisoña estudiante de primero con dieciocho julios.

La descripción básica de su enseñanza era la siguiente: a principios de curso, presentación de la asignatura con el material de los autores para traducir y aclaración principal del dominio de la lengua latina obtenido, supuestamente, en BUP y COU y dominio PERFECTO de la lengua española. A partir de ahí, TRADUCIR, TRADUCIR, TRADUCIR y TRADUCIR. Traducción de todo ello: tardes eternas con los ojos hundidos entre el diccionario, los ablativos absolutos, los condenados usos de ut y un infinito taco de folios.

El primer curso con la Eneida y, una vez hartos de Eneas y sus muertos, el ínclito Cicerón con sus Catilinarias y la madre que lo parió. El segundo curso se hizo más llevadero y fue más divertido, pese a ser más complicado, con los epigramas del maravilloso, entrañable, canalla y más que erótico Marco Valerio Marcial. Ya le habíamos pillado el paso al más canalla de don Luis, aunque no dejamos de temer sus malas formas.

Y alguien dirá que lo más fácil era guiarse por las traducciones que ya hay. Ah, pero aquella era la madre del cordero y una trampa demasiado obvia que jamás hubiera funcionado.

En cuanto al ritual de sus clases, pues invariablemente el mismo: ya los pasos apresurados por el pasillo hacían entrar raudos y veloces a los que andaban fumándose el pitillo —cuando se fumaba en todos los pasillos de todas las universidades de todo el mundo— para templar los nervios. Los menos viciosos llevábamos media hora sentados ya en nuestro sitio, a ser posible en las filas del centro, sin querer destacar de los insensatos y pelotas que se ponían en primer plano ni de los veteranos pasotas o resignados, en el gallinero, que se asomaban los cuatro días al comienzo para no aparecer ya más que en los exámenes. O sea, nada que se saliera del orden natural propio que adopta la fauna estudiantil. En esa espera, sobre todo en primer curso, teníamos bastante con colocar los folios siete millones de veces, escuchar las historias para no dormir de los veteranos y controlar el nudo en el estómago y la risa floja. Pero cuando entraba Cañigral se extendía el silencio más absoluto.

Las herramientas de su didáctica: clásicas Rayban a un lado y paquete de Ducados al otro. La mayoría de los lunes podía ser que ni siquiera se quitara las Rayban o lo hiciera cuando consideraba que se le habrían suavizado las ojeras del fin de semana. Lo siguiente, y como durante el primer mes todavía no estaban las fichas con foto de los alumnos para pasar lista, era señalar con el dedo a cualquiera (solían ser los de las primeras filas) y pronunciar la FRASE: «Usted, comience». Y el condenado o sacaba aplomo o lo tenía o se desmoronaba a la primera de cambio. El resto lo mirábamos con compasión o no, según fuese de pelota, cayera más o menos bien o ya hubiera probado que tenía desparpajo y huevos. Y a traducir hasta donde tuvieras porque no había límite, y por ejemplo, de la Eneida es sabido que realmente puede hacerse interminable, sobre todo si además tienes que medir los versos.

Ilustración de Rosa García

Cuando ya había fichas con la foto del alumno, simplemente pasaba lista. De modo que apelábamos a la esperanza de que no llegara a la nuestra, o la ignorase, de una manera bastante curiosa e inútil por otra parte. A saber: mientras iba nombrando al personal, se podía oír un murmullo general de más colocación de folios o búsqueda de ellos en el fondo más profundo de los cajones bajo las mesas, comentarios idiotas siseados para uno mismo del tipo “anda, se me ha olvidado esto o lo otro”, “¿me pasas la goma, el lápiz o el alma, que no sé dónde la he puesto?”, o “a ver cómo tienes ese párrafo” cuando lo habías hecho igual con el de al lado la tarde anterior. Todo ello acompañado de sus correspondientes movimientos distraídos o afanosos: cabezas inclinadas o descendiendo al suelo porque se te ha caído el boli por accidente o no, o repentinamente giradas o escondidas tras la del de delante. Movimientos que te hacían creer que te daban un toque de invisibilidad o ausencia cuando el otro tenía la foto con tu jeta y te estaba viendo más que claramente.

Pues bien, aquella mañana allí estaba yo en cualquiera de esas posturas, siseando alguno de esos comentarios o vaya usted a saber qué porque ya no me acuerdo. Tampoco recuerdo si era lunes, martes o miércoles, ni el texto que tocaba. Solo que oí mi nombre y se me ocurrió contestar antes de sentir el corazón en la boca.

Porque esa es otra anécdota que se repitió en segundo y fue mucho más divertida, ya que éramos menos alumnos. Don Luis empezó a pasar lista y nadie respondió aunque el aula estaba llena. «Vaya, así que estoy solo. En fin, voy a empezar otra vez a ver si no tienen ustedes tan poca vergüenza de seguir ahí callados como puertas». Tuvimos que reírnos todos sin más remedio. Hasta él. Miraculum miraculorum.

Pero esa mañana yo me reí poco cuando oí el famoso «comience». En fin, ni me reí ni creo que me enterase siquiera de lo que fui leyendo, aunque sí creo que mantuve el tipo con esfuerzos sobrehumanos para que no me temblara la voz. Al acabar, hubo aquel silencio mínimo antes del veredicto y la sentencia. Después, plegué velas y a seguir rezando para no obtener la perpetua en los temibles exámenes.

En segundo curso la travesía por los procelosos piélagos latinos fue más tranquila y el dios Apolo mitigó un poco el agobio de su implacable sol para convertirlo en calentura erótica made in Bilbilis. Los epigramas de Marcial —en especial los más subidos de tono— fueron un entretenimiento que agradecimos porque aliviaron el tenso ambiente, y don Luis, no ya solo experto en la materia en general sino también en la traducción específica de las voluptuosidades más voluptuosas que en el imperio romano se escribieron, se puso las botas con sus flagelos a nuestro pudor.

Otra mañana, otro infeliz, epigrama con dinamita en plan de tríos o algo similar, un término de los que no están en los diccionarios convencionales pero que se puede dilucidar por el contexto. La cuestión era expresar ese sentido explícito queriendo evitar la vulgaridad, maniobra harto difícil cuando la pretensión del gesto hierático enfrente era precisamente lo de al pan, pan, y al vino, vino. El término era cinaedo y su traducción, pronunciada con tono algo ahogado, “afeminado”. Una pausa, carraspeos entre la tropa, medias sonrisas disimuladas y morbo contenido a duras penas porque, para más colmo, existía otra leyenda urbana —o menos urbana— que era la de la propia condición sexual de aquel discípulo de Plutón, con doble vertiente. O sea: lo más. Transgresión, vicio, escándalo, perversión, caña de Hispania sin clemencia ni descanso a diestro y siniestro, lo mismo para alumnos, colegas o al rectorado, al que se pasaba por el arco del triunfo. ¿Qué más se podía pedir de aquel personaje?

Total, que después de cuatro segundos con la mirada fija en el acongojado compañero, don Luis no tuvo piedad.

—Oiga, ¿cómo que “afeminado”?, ¿eso que es? Diga bien lo que pone ahí.

Otra vez la voz apagada, derrotada. Señor, llévame pronto.

—Pues…, esto…, ¿”homosexual”?

Suspiro hastiado de la fiera y remate a la faena.

—Vamos a ver, pero ¿usted en qué mundo vive? De toda la vida, en su pueblo, en el mío y en Sebastopol, eso es “maricón”. Entonces haga usted el favor de decirlo así, “maricón”, y si lo que sigue es “le estaban dando por el culo”, pues dígalo así, joder, y déjese de gilipolleces.

Pues eso. Todo sutileza y paños calientes. En fin, glorioso. Como un Carlos Pumares en sus mejores tiempos radiofónicos de madrugada, que precisamente fueron aquellos también, con sus críticas incendiarias y descalificaciones a voz en grito a los oyentes que le pedían humildemente su opinión sobre una película.

¿Que también hubiera algo de teatro en aquellos desprecios y salidas de tono? Pues sí, claro, pero esa era la chispa, la emoción, la expectación de cada día, el combustible para alimentar la leyenda. ¿O quién aguanta a ese profesor que también es una eminencia pero deja con la boca abierta como un pez muerto por el aburrimiento supino que produce? ¿Cuántos más hay de esos?

Bien, pues como dije, al final me sonrió la Fortuna o me la busqué después de pasarme una parte muy apañadita de mis dieciocho y diecinueve años bajo el látigo marca SPQR. Y sé que hay muy pocos días en mi vida tan felices como cuando aprobé la convocatoria de septiembre del 89. Mi entusiasmo fue tal que incluso estuve a punto de subir al despacho y postrarme a sus pies por haberme concedido la gracia de los elegidos. Me quedé a medio camino. Igual que tres años más tarde, a punto de licenciarnos y ya lejos de su alargada sombra, reunimos (o eso pareció) el suficiente valor para decidirnos a despedirnos de él. Eso pareció. Uno de mis últimos recuerdos es su figura acodada a la barra de la añorada cafetería del Uni, charlando con algún colega. Por fin, el mito adquirió envoltura mortal. Y hasta hoy, que lo imagino de provecto profesor a punto de la jubilación, si es que bichos así tienen intención de jubilarse, pero seguramente lo harán dando caña hasta el final.

Y es que por supuesto que su carácter endiablado, sus pésimas formas y trato vejatorio que tantas veces arrancaron humilladas lágrimas públicas, coleccionaron quejas, elevadas a las más altas instancias un año sí y otro también, de víctimas a título individual y colectivo, que lograron sanciones del rectorado por sus atropellos. Algunas consiguieron apartarlo de la docencia durante períodos de tiempo, pero terminó volviendo. En este presente de la era Google solo hay que escribir su nombre para encontrarse resoluciones del BOE de varias fechas durante este cuarto de siglo pasado que recogen dichas reconvenciones que, cómo no, él recurrió. Genio y figura. ¡Y tiene correo electrónico!, que lo vi y casi se me cayeron lagrimones como puños ante la posibilidad de, después de tantos años, enviarle mis respetos ahora que si bien Júpiter no me ha dado el don del habla, sí me defiendo con cierta habilidad dándole a las teclitas. ¿Lo haré o no lo haré? Se admiten apuestas.

Pero toda cruz tiene su cara, y así como no hubo más remedio que vivir la pesadilla obligatoria del Latín con aquel hijo de Plutón, desde el Olimpo decidieron que para el Griego nos tocara aquella cara feliz, cómplice y comprensiva que tuvo don Francisco Martín García, Paco para todo el mundo. Un experto helenista, también en los cuarenta y nada, de simpática sonrisa, ojos marrones y pelo oscuro, que leía las aventuras de Odiseo con acento boquerón y nos guiñaba el ojo cuando metíamos la pata. «No pasa nada, chicos, el aoristo siempre ha tenido muy mala leche. Venga, otra vez, ¡con alegría!». Y lo mismo se hubiera arrancado por bulerías para animar a Sócrates a que no se enchufara la cicuta.

Gracias a él, y si ya me gustaba la asignatura desde el bachillerato, todavía le tengo un cariño más especial aunque ya se me han olvidado bastantes cosas. Ojo, que conste: el latín también me gustaba, pero el infierno que supuso sacarlo en la carrera le quitó toda la fuerza que sí daba aquel bienestar en las amenas clases de Paco. Aprendimos mucho, e igual que la Eneida se nos atragantó para siempre, fue un placer traducir la Ilíada, la Odisea y a Platón entre otras cosas. También gracias a él, y cuando una falta de ortografía te podía costar un aprobado, se me quedó fija ya la corrección de un error, el tan común de esa ese traicionera de la segunda persona del singular del pasado anterior (‘comistes‘). Un cuatro. Ahí está en un circulito rojo en el examen que guardo.

Y lo mejor era su empatía ante nuestras quejas por el canalla de su colega y compañero de despacho. Lo más loable, y lógico por otra parte, era que también lo defendía. «Que no, que no es tan malo, de verdad, que ya sabéis que perro ladrador…». Pero no colaba y normalmente su gesto era más de condescendencia ante nuestras penalidades. «Venga, ánimo, ¡a resistir como espartanos! —solía decir para rectificar casi al instante—. Bueno, igual no es una comparación acertada», y nos sonreía. Por lo demás, sus clases siempre fueron una agradable compensación, y el excelentísimo tándem que formó con Cañigral produjo varios trabajos humanísticos y lingüísticos que firmaron al alimón. Pero justo hace diez años, y repentinamente, a Hades —implacable siempre y al que ni Zeus puede controlar— le dio por hacer de las suyas como tantas veces cuando no toca. El consuelo es que seguramente la sabia Atenea debió de interceder por tan destacado alumno y don Paco Martín ande en uno de los mejores lugares a su diestra. Que así sea. Fue una muy triste noticia y gran pérdida en el ámbito académico de la UCLM en Ciudad Real, y su sonrisa permanece muy viva en mi recuerdo.

En fin, este ha sido mi viaje en el tiempo, un mínimo homenaje al vigésimo aniversario de mi graduación que será en junio.

Todos guardamos caras e historias parecidas, momentos especiales de aquellos días estudiantiles, de sacrificios y recompensas, de malos ratos o grandes triunfos, de tantas horas sin dormir y no siempre por estudiar; en definitiva, de cuando éramos más jóvenes aunque ahora podamos sentirnos igual o mejor que entonces. No hay máquinas para volver allí como tampoco las había para llegar aquí. Lo único que tenemos es la memoria porque solo se puede viajar de un día a otro. Que no la perdamos en lo que nos quede de traducir por estos lares y nos siga llevando a lo mejor. Porque ya lo decía Marcial: Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces.

Mariola Díaz-Cano Arévalo dixit.

Aprilis, A.D. 2013

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Comments
12 Responses to “Rosa, Rosae”
  1. Paloma Muñoz dice:

    ¡¡¡Revertiano total, Mariola divina!!! Buenísimo y divertido. Eres total, tía. Cuando me lo contabas me descojonaba en tres tiempo y ahora al leerlo, he revivido yo misma mis movidas con el latín y el griego, sobre todo el latín.
    Una gozada y una pasada tu historia. ¡Qué los dioses te bendigan forever!!!

  2. Sonia del sol dice:

    Q bueno, Mariola, he sufrido y, me re’ido, a partes iguales con tu relato (aunque me he re’ido m’as, por c’omo lo cuentas y, sobre todo, porque no,era yo la q lo estaba padeciendo, ja, ja, ja!!). Confieso q, a veces, todav’ia tengo pesadillas de este tipo, donde vuelvo a mis años de estudiante y, sueño con alguna asignatura que se me atraganta y, q no me deja pasar de curso…..Yo tambi’en tuve alg’un profesor/a as’i, q, creo, m’as q profesores, quer’ian ser protagonistas delante de la concurrencia, lo de menos era enseñar….Pero, bueno, q suerte tienen hoy los niños con todos los medios q tienen a su alcance, para traducciones, trabajos, etc….Ya no me enrollo m’as, muy buen relato y, muy buena ilustraci’on, reflejando la chuler’ia y prepotencia de tu antiguo profesor , con sus Rayban y, su dedo acusador…tremendo !!!! Enhorabuena , Mariola y, Rosa.

  3. Mariola dice:

    Je, je, je… Bueno, antes de nada, dar las gracias a Rosa por su esfuerzo y trabajo, que sé que ha sido mucho, y ha sido un verdadero placer ver este relato ilustrado con tu magnífico estilo. Debo decir que me impresionó muchísimo el primer boceto que me mandó porque el jeto de don Luis era más que clavado, sobre todo con esas gafas. Fue como ver una aparición otra vez, ja, ja, ja. Además, me gusta especialmente ese toque rojizo que siempre le das a tus ilustraciones en las gafas. Las reales eran verdes, las típicas Rayban, pero el rojo le da ese toque maléfico que tenía el elemento, así que me encantó, y ese dedo apuntando me dio casi el mismo repelús que el de verdad, ¡ja, ja, ja! Gracias de verdad. Un placer haber trabajado contigo y espero repetirlo.
    Y muchas gracias al personal por vuestros comentarios. Me alegro un montón de que os guste el toque humorístico de estas aventuras universitarias. También tenía ganas de poner palabras a este recuerdo que mucha gente ya me había escuchado, como Paloma. Con que os haya hecho esbozar esa sonrisa me conformo. 😀

    • Paloma Muñoz dice:

      Este relato se sale de tu línea habitual. Deberías escribir más historias con humor. ¡Ah y haz como yo, no te metas en política!, jajajaaaaaaaaaaaaaaa

    • laberinros dice:

      Mariola, el placer ha sido mío. Tu relato, como ya te dije, me inspiró desde el primer momento, lo malo fueron las circunstancias que me rodearon, pues no me dejaron concentrarme mas tiempo para poder acabar otra ilustración.
      Y, como no, muchas gracias a todos por vuestros comentarios.
      Y, por supuesto, espero poder repetir contigo, Mariola, en otra ocasión y hacerlo mejor.

  4. Ricardo dice:

    Ahora eres tú quien me ha inspirado, Mariola. Algún día de estos contaré mis desventuras con la bruja de La Inés y la química orgánica de mis antiguas desgracias.

    Muy buena la ilustración de Rosa. También yo recuerdo algún cabroncete de gafas Rayban

    Ricardo

  5. olgabesoli dice:

    Bueno, Mariola, como digo siempre, los escritores siempre tenemos nuestra pequeña venganza literaria. Mi profesora de Francés de básica ahora es la mala de los Cuentos de Muniatto… jjjeejeje. Aparte de eso, ¡menudo viaje al pasado! Genial, muy bien narrado, con esos toques de humor maravillosos.

    Y la ilustración de Rosa genial en las de su línea. Por cierto, ¿no le encontráis cierta semejanza al rostro de ese profesor con el de Risto Mejide?

    Genial trabajo. Felicidades a las dos.

  6. Toñi Fisac dice:

    Buscando a mis profesores de Facultad (tengo 53 años) he encontrado este comentario y me he quedado con la boca abierta!!!
    Estudie Historia en el “Uni” y también tuve la desgracia de tener a este profesor impresentable, maleducado… Un horror!!! Gracias a que yo el latín lo llevaba bien no tuve que sufrir sus insultos pero a compañeras mías sí que las hizo llorar. Ahora me tenía que haber pillado… Denuncia al canto por descontado!!!
    Cuando me reúno con amigos que estudiamos junttos y sale la conversación de nuestros tiempos de universidad siempre tenemos “alguna palabrita” hacia su persona!!!
    Genial tu exposición!!! Lo has descrito a la perfección. No sé si llegaras a leer este email porque veo que es una publicación del 2013.
    Un saludo

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