Un escudo bordado en oro

Autor@: 

Ilustrador@: Paloma Muñoz

Corrector@: 

Género: Aventura-ficción

Rating: +7

Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Este relato producirá en quien lo lea la reacción que le corresponda.

Unos, entre los que yo mismo me incluyo, dirán: «Gracias por haberlo hecho». Y otros, a los cuales respeto, dirán: «¡Niño, mejor te hubieras quedado en tu casa!»

Un escudo bordado en oro

Como cualquier otra mañana, Sebastián salía de su casa para encaminarse hacia el instituto. Era el último día del curso y las vacaciones estivales prometían. Su padre le había dicho que pasaría un mes con sus tíos Ruperto y Carla.

El vuelo en que viajaba el muchacho llegó a la isla de Ibiza a las diez de la mañana, su tío le recogió en el aeropuerto y, a continuación, se dirigieron hacia la casa.

Carla oyó el motor del coche y salió a recibirlos. No veía a Sebastián desde las pasadas navidades, fechas en las que toda la familia se reunía en la casa de los padres de Ruperto.

Ruperto y Carla no habían tenido hijos, por lo cual, en aquella casa quien más se aproximaba a sus catorce años era Ton, un anciano mastín que hacía las funciones de alfombra calientapies delante del sofá del salón.

Sebastián se dirigió hacia la que sería su habitación durante su estancia en la isla. Colocó sus cosas en el armario y después se dirigió a la cocina donde sus tíos le esperaban.

—Nos vamos al pueblo —le indicó Ruperto—. Tu tía y yo tenemos cosas que hacer.

Una vez en el pueblo Ruperto y Carla irían al banco para arreglar sus asuntos, y al supermercado, para hacer la compra del mes.

—Sebastián —dijo Ruperto—. Si quieres puedes dar una vuelta por el puerto, nos vemos aquí mismo dentro de dos horas.

Paseando por el puerto, una voz llamó la atención de Sebastián.

—¿Qué, muchacho? ¿Te gusta la pesca? —preguntó un amable anciano que preparaba sus aparejos para salir a pescar.

—No lo sé —confesó Sebastián—, nunca he probado.

—Caramba, hijo —dijo el pescador—, ¿y de dónde sales tú que no sabes nada de pesca y ni siquiera habías visto unos simples aparejos?

Un poquito avergonzado, pero al mismo tiempo orgulloso de su procedencia, Sebastián contestó:

—Soy de la península, de un pueblo de la provincia de Cáceres llamado Plasencia. ¿Lo conoce?

—Pues no, la verdad es que no he oído hablar de él.

Sebastián vio clara la oportunidad y de inmediato contestó en tono un tanto impertinente:

—¡Pues qué extraño que una persona de su edad y grandes conocimientos sin duda no solo marineros, no haya oído hablar de Plasencia!

Mostrando una tierna sonrisa, el abuelo contestó:

—Hijo, ya sabía que llegarías hoy. Soy Andrés, el padre de tu tía Carla.

En aquel momento Sebastián habría querido que le tragara la tierra. Había sido un tanto impertinente al contestar con tal descaro. Se hizo un corto silencio tras el cual, Andrés, con el propósito de sacar al muchacho de tal apuro, comentó:

—La aguja ya pasa de las dos. Supongo que se te ha hecho un poco tarde, ¿verdad?

—Sí, ahora tengo que irme. He quedado con mis tíos en el aparcamiento del supermercado, pero supongo que nos veremos otra vez, ¿no?

—Por supuesto que sí, pero ahora vete, no los hagas esperar.

De vuelta a casa Ruperto le preguntó a su sobrino qué le había parecido el puerto.

—¿El puerto? —dijo Sebastián—. Bien, está muy bien. He estado hablando con un pescador.

Sin mediar más palabras su tía Carla ya se había dado cuenta de que su padre había reconocido a Sebastián. Continuaron el camino hacia la casa. Al llegar, Sebastián se dirigió a su habitación para organizar sus cosas mientras sus tíos preparaban la mesa para comer. Desde la ventana se divisaba la salida del puerto e intentando ver entre la bruma, quiso reconocer la embarcación del abuelo que salía a pescar.

Durante la comida Ruperto y Carla se ponían al día de lo acontecido durante la mañana. Sus cosas personales, los chismes del pueblo. Casi acabada la comida, Sebastián preguntó a su tía:

—¿Es cierto que el abuelo Andrés conoce la historia de la carpeta con el escudo bordado en oro?

Su tía, sorprendida por la pregunta, le respondió:

—Sí, o al menos eso creo, aunque a mí, como ya te he dicho, nunca me la ha contado.

—¿Y crees que a mí sí me la contará? —preguntó Sebastián emocionado.

—Pues posiblemente, pero ¿desde cuándo te interesa a ti esa historia? Hace dos años que te hablé de la existencia de esa carpeta y nunca has mostrado interés.

—No lo sé —contestó Sebastián, y pensó—: «¿será la isla o la proximidad al mar lo que me ha despertado esa curiosidad?»

—Mañana te podemos llevar al muelle —contestó su tía—. Te vas con el abuelo Andrés a pescar y se lo preguntas.

Pasaron la tarde visitando el pueblo. Sebastián se interesó especialmente por la fortaleza y toda la zona antigua que guarda en su interior la zona amurallada.

Una vez en casa y después de la cena, Sebastián, agotado por el viaje, se retiró a descansar.

Aquella noche Sebastián no durmió muy bien. Con la primera luz del día se asomó a la ventana para ver un mar que nunca antes había visto. Lo adivinó repleto de increíbles historias e intrigantes misterios por resolver. Desde aquel momento, entendió que debía aprender todo lo posible sobre aquel nuevo mundo que se abría ante sus ojos. En menos de media hora, Sebastián se había duchado, vestido y acababa de desayunar.

—Vamos —apuró a su tío—. Tenemos que llegar antes de que Andrés salga a pescar.

Una vez en el puerto, localizaron la pequeña embarcación del abuelo pero él parecía no estar. Al rato, apareció cargado con unas cañas, un cesto y una caja con cebo y al aproximarse a Ruperto le preguntó:

—¿Tú también vienes a pescar?

—No. Gracias, Andrés, me temo que yo no tengo vacaciones.

—Pues démonos prisa que los peces no esperan.

Era una tranquila mañana de verano, la mar estaba totalmente en calma y no soplaba la más mínima brisa. Después de arrancar el motor fueraborda, la pequeña embarcación se dirigía hacia la salida del puerto y desde allí hasta la zona de pesca elegida por Andrés para aquel día.

. —Ya hemos llegado —dijo Andrés—. Echaremos el ancla y prepararemos las cañas.

Después de una hora en la que el abuelo había estado explicando a Sebastián lo que tenía que hacer para que un despistado pez picara su anzuelo…

—¿Es cierto que conoces la historia de la carpeta? —preguntó Sebastián directamente, sin rodeos.

—¿Qué carpeta? —preguntó Andrés poniéndose un tanto interesante.

—No me digas que no sabes de qué hablo. La carpeta que tiene un escudo bordado en oro.

Andrés no pudo evitar reírse, pero al momento le explicó:

—Hombre, toda la historia no, pero sí, casi toda.

Después de esta aclaración, Andrés se quedó callado mirando hacia la puntera de su caña. Pasados no más de cinco minutos, Sebastián no habló, explotó diciendo:

—¡Podrías contarme la historia!

—No sé, ¿qué historia? —respondió Andrés poniendo aún más nervioso al muchacho.

—¡No importa, déjalo! ¡Si no quieres contármelo lo entiendo, pero por favor, no me provoques más!

Después de —para el muchacho— dos interminables minutos, Andrés comenzó a relatar:

—Una tarde del mes de julio de 1814, desde las casas altas del puerto de Ibiza, se divisó una columna de humo. Una hora más tarde entraba el vapor en el que venía el conde de Toledo con una misión secreta, encargo del cardenal Roncero de la orden de los franciscanos. Debían recuperar para la orden el testamento de san Francisco de Asís, así como otros documentos de gran interés. Si estos documentos caían en manos de los llamados “espirituales”, contrarios a las directrices de Roma, se podrían producir cambios drásticos en las pautas que, en la época, seguía la iglesia católica. Estos se guardaban en una carpeta de cuero que se distinguía por tener en su tapa un escudo bordado en oro. De esta misión no estaba informado nadie más que el señor conde don Germán de Bovedilla y los dos franciscanos que le acompañaban, don Tomás de la Orden y su pupilo don Agustín del Monte.

»Una vez atracados al muelle, apareció un carruaje. Del barco salieron el señor conde y los dos franciscanos que rápidamente se introdujeron en él. Al momento desaparecieron por el camino que conducía hacia el interior de la zona amurallada. El señor conde y los dos franciscanos se alojarían en casa de don Julián Guzmán y Bueno, descendiente de don Bernardo Guzmán, antiguo gobernador de la isla.

»Por la información que obraba en su poder, sabían que la carpeta con los documentos la guardaban los monjes dominicos. Su convento se encontraba a no más de dos minutos de la casa del gobernador. Tras estudiar minuciosamente los planos que habían conseguido, descubrieron que la única forma de llegar a la cámara donde se suponía que estarían guardados era accediendo desde el mar. Una profunda gruta situada al fondo de una pequeña cala comunicaba con el convento. Los monjes habían construido un pasadizo. En su día, lo utilizaban para bajar a la pequeña playa donde tenían las embarcaciones con las que abastecían de pescado al convento.

»Los documentos fueron recuperados y embarcados hacia Sevilla. A las cinco de la tarde, tres días después de su llegada, el barco de vapor silbaba anunciando su salida.

»Encontrándose a unas diez millas de la entrada del Guadalquivir, avistaron por la proa un barco que se les acercaba a gran velocidad. Al aproximarse, este les descargó una andanada de cañonazos y no tardaron ni una hora en hundirse. Todos fallecieron excepto don Agustín del Monte Izquierdo, quien contó este relato y aseguró no haber podido salvar nada, ya que —dijo— había sido suficiente el haber pasado más de dos días agarrado a una caja. Una ola le depositó en la playa donde fue encontrado casi agonizante.

—¿Y ya está? —preguntó Sebastián—. ¿Esa es la historia?

—Así es, hijo. Las historias reales no tienen por qué tener un final feliz, son como son y no hay más. Recojamos las cañas que ya se hace tarde.

Pasadas unas horas Andrés dejaba en la casa de su hija a Sebastián pero no sin antes interesarse:

—¿Estás preocupado por algo? —le preguntó.

—Sí, estoy preocupado por lo que me has contado.

—No tiene mucho sentido preocuparse. Supongo que para ti será solamente una historia de pueblo —le intentó sonsacar Andrés.

—¿Solo una historia de pueblo dices? ¿Te das cuenta de la importancia de esos documentos? ¿Te das cuenta del giro que habría dado la historia si hubieran caído en malas manos? Supongo que alguien se habrá preocupado de saber la verdad sobre todo aquello.

—¡Sebastián, no pensé que una historia así te fuera a preocupar tanto! Pues anda que si esa parte te deja así, mejor no te cuento lo de…

—¿Qué? ¡Dime! ¿Entonces la historia no termina ahí?

—Te lo contaré mañana.

—¡¿Mañana?!

—Sí, todo a su tiempo, Sebastián, todo a su tiempo.

A la mañana siguiente, Andrés pasó por la casa para recoger al muchacho.

—Hoy está muy nublado y hace demasiado viento —le dijo—, No podemos ir a pescar. Si quieres podemos dar una vuelta por el pueblo. Te enseñaré algo relacionado con la historia que te conté.

Los dos se adentraron en el pueblo y fueron hacia la zona amurallada.

—Mira, Sebastián, ¿ves esa casa de ahí?, es la del registrador, y en aquella edificación se encuentra el Ayuntamiento.

— ¿Y qué hacemos dirigiéndonos hacia él?

—El Ayuntamiento ocupa una parte del convento de los dominicos.

—¿Desde el Ayuntamiento se puede acceder a las demás dependencias? —preguntó Sebastián.

—No, están cerradas. Pero podrás tener una idea más clara y los datos necesarios para la misión que te tendré que encomendar.

—¿De qué misión hablas? —preguntó Sebastián sorprendido.

—Ya te contaré —le contestó Andrés—. De momento lo más importante es que conozcas la casa del registrador, la situación del convento y dónde se encuentra la cueva por la que han accedido al interior de la cámara.

Sebastián ya no podía esperar más.

—¿Vas a contarme lo que pasó con el pupilo de don Tomás o me vas a tener en ascuas toda la mañana?

—¡Qué impaciencia, Dios mío, qué impaciencia! Vamos a tomar algo en esta terraza y te cuento.

Así que se sentaron y Andrés retomó la narración.

—El pupilo de don Tomás apareció casi muerto en una playa cercana a la desembocadura del río Guadalquivir y le recogió una familia de pescadores que le atendió hasta que se recuperó por completo. Habían pasado diez días cuando por fin pudo ir por su propio pie hasta la playa. A la izquierda de esta estaba el pedrero por el que había salido del agua. De debajo de unas piedras, en una zona donde la marea no llegaba, sacó la caja de madera a la que se había aferrado. En su interior estaban la carpeta con los documentos y una saca con las suficientes monedas como para poder pagarse el viaje hasta Sevilla y presentarse ante el cardenal. Sin más demora, se puso en camino.

»Don Agustín pidió audiencia con su Excelentísima con la intención de entregarle los documentos. Los comentarios de algunos monjes y sacerdotes que estaban en la misma sala donde tenía que aguardar antes de ser recibido, le hicieron dudar. Según pudo oír, el cardenal estaba implicado en el ataque y posterior hundimiento de su barco. Las dudas le invadieron y decidió irse. Don Agustín era fiel al Papa de Roma y aquel cardenal parecía haber tomado otro camino, uniéndose a la lucha que los espirituales sostenían contra Roma.

»La confusión, el miedo y la soledad hicieron mella en don Agustín. Sin meditarlo mucho decidió cambiarse el nombre y comenzar una nueva vida. De no hacerlo, pensó, no viviría mucho tiempo. Recogió sus pertenencias, la caja que le había salvado la vida y desapareció.

»Don Agustín se dirigió hacia un pueblo de la provincia de Salamanca, casi frontera con Extremadura, llamado Béjar, famoso en aquellos años por sus fábricas de paños. Una vez allí, encontró trabajo en un taller textil, comenzó en el negocio saliendo con telas para mercados y casas de nobles. En dos años se había convertido en un experto y se había hecho con su propia fábrica que le producía grandes beneficios. Transcurridos casi cuatro años decidió que ya era el momento. Todo se había calmado y podría llevar personalmente los documentos a Roma. Para no levantar sospechas, decidió vender sus telas en la isla de Ibiza. Una vez en la mar, ya decidiría el rumbo a tomar. Para este fin contactó con el capitán Jerónimo Matalascañas, propietario de un bonito barco que acababa de estar carenando y estaba dispuesto para zarpar.

—¿El capitán Matalascañas? —preguntó don Agustín.

—Sí, soy yo. ¿Quién pregunta?

—Soy Cristóbal del Valle Derecho. He fletado su barco para transportar mis telas a las islas.

—Cierto, señor, todo está preparado. Al instante llamaré a los estibadores para que carguen las mercancías.

El Espíritu Santo, que así se llamaba el barco de Matalascañas, partía del puerto de Lisboa con rumbo hacia la isla de Ibiza. Tras varios días de navegación…

—Don Cristóbal —informó el capitán—, tenemos el malecón del puerto a no más de media hora de nosotros.

—Muchas gracias —contestó don Agustín—. De inmediato subiré a cubierta.

Andrés interrumpió el relato y se puso en pie. El camarero ya les había cobrado las consumiciones. Comenzó a caminar sin pronunciar palabra. Sebastián le seguía sin entender lo que había sucedido.

—¿Qué ocurre, Andrés? —preguntó el chico, asustado por la reacción—. ¿Por qué te has quedado callado y tan serio?

—Porque ha llegado el momento —contestó Andrés.

—¿El momento de qué?

—El momento en el que tú has de entrar en la historia. Hasta aquí es lo que yo sé. A partir de ahora tú tendrás que averiguar lo sucedido.

—¡Ahora sí que no entiendo nada! —se sorprendió Sebastián.

—No te preocupes —respondió Andrés—, ya lo entenderás.

El día siguiente amaneció perfecto para ir a pescar pero Andrés tenía otra misión.

—Si ya has acabado de desayunar podemos irnos —le dijo a Sebastián.

—¿A dónde vamos? —preguntó el chico.

—A la cala del acantilado.

Ya en la playa se sentaron en la arena. La paz que reinaba en aquella diminuta cala hacía creer que aún nadie la había descubierto. Durante un rato disfrutaron de aquel silencio, solamente perturbado por el ruido que producen las pequeñas olas al rozar contra la arena.

—¿Por qué crees que estamos aquí? —preguntó Andrés.

—¿Porque aquí está la cueva que conduce a la cámara? —preguntó Sebastián.

—Estamos aquí —le dijo el abuelo— porque es quizás el punto al que hay que regresar para comprender todo y descubrir el final. Entra en la cueva y mira a ver si descubres algo. Y recuerda esto: para volver aquí has de retornar a la cueva.

—Qué cosas más raras dices —se extrañó Sebastián.

El chico se dirigió hacia la cueva y sin dudarlo entró hasta el fondo. La inspeccionó y no vio nada. El acceso al convento debía de haber sido cegado, ya que la cueva no conducía a ninguna parte. Dio la vuelta y salió de nuevo a la playa. Andrés y su bote habían desaparecido. A Sebastián no le hacía mucha gracia la situación pero pensó que sería una de las bromas de aquel viejo loco. El tiempo pasaba y Andrés no aparecía. Decidió subir por el sendero del acantilado y dirigirse a casa, de esta forma, sería Andrés quien recibiría su merecido susto al no encontrarle.

El sendero se adentraba en el pueblo pasando por delante de la puerta principal del convento. Un camino seguía, ya descendiendo, en dirección al puerto. Las calles no estaban pavimentadas, por el centro corrían aguas sucias, flotaban restos de comida, excrementos y demás inmundicias. Las gentes vestían extrañas y anticuadas prendas, y le miraron con sorprendida curiosidad, sin duda por su indumentaria.

«Esto no puede estar sucediendo —se dijo Sebastián—. Iré a casa y una vez allí verás cómo descubro que esto es solamente un sueño».

La casa de sus tíos aún no había sido construida. En su lugar había una pequeña casa de piedra y una cuerda sujeta por dos palos servía de tendal. No parecía haber nadie. Sebastián decidió cambiar sus ropas por otras más adecuadas a la nueva situación. Regresó a la zona alta del pueblo y se sentó en una pequeña atalaya desde la que se divisaba el puerto. No tenía idea de cómo había sucedido, pero algo era seguro: estaba en otro tiempo.

En el puerto había atracados tres jabeques y una goleta, lo demás eran pequeñas embarcaciones de pesca y de mariscadores. Desde su situación pudo ver un barco que se acercaba. Bajó al puerto sin perder de vista el barco que ya estaba atracando al muelle. Su corazonada era cierta: era el Espíritu Santo, el barco de Jerónimo Matalascañas, y en el que venía con sus telas don Agustín del Monte.

Ahora Sebastián lo entendió todo. Su misión era ayudar a don Agustín para poner a buen recaudo los documentos que contenía la carpeta con el escudo bordado en oro. En cubierta vio a un marinero al que preguntó:

—Perdone, señor, ¿el capitán está en el barco?

—¿Quién y para qué quiere saberlo?

—Soy amigo de don Cristóbal, el fabricante de telas, y me gustaría subir a verle.

Aquel marinero desapareció bajo cubierta y volvió a los dos minutos indicándole a Sebastián que podía subir a bordo. Le condujo hasta el camarote donde Matalascañas y don Agustín estaban reunidos.

—¿Tú quién eres, muchacho? —preguntó el capitán.

—Soy quien va a ir con ustedes hasta Roma —respondió.

El capitán se rió a carcajadas por tan absurda ocurrencia pero la cara de don Agustín no reflejaba lo mismo. «¿Cómo puede saber este mocoso de mis intenciones si ni siquiera lo sabe aún el capitán?»

—Capitán, déjenos solos —ordenó don Agustín—. He de hablar con este muchacho.

Tras quedarse solos, don Agustín mandó sentarse a Sebastián y le preguntó:

—¿Cómo es posible que conozcas mis intenciones?

Sebastián le relató todo lo que sabía sobre los documentos y sobre la propia vida de quien le estaba escuchando. A continuación, le explicó de dónde venía y cuál era su misión. Don Agustín no podía creer lo que estaba oyendo, pero reconoció que no había otra explicación posible.

El 17 de marzo del año 1818 y a las seis y diez minutos de la tarde, el Espíritu Santo, patroneado por el capitán Jerónimo Matalascañas, con seis tripulantes y dos pasajeros a bordo, se hizo a la mar. Su destino, el puerto de Civitavecchia en la península itálica, situado a ochenta kilómetros al noroeste de Roma.

A la una del mediodía del 28 de marzo el Espíritu Santo atracaba en el muelle del puerto italiano y dos estibadores se apresuraban a coger los cabos de amarre para hacerlos firmes en tierra.

Don Agustín se encontraba en cubierta observando la maniobra. El capitán le llamó y le pidió que se reuniera con él en su camarote. Su intención era explicar los motivos por los cuales no les acompañaría hasta Roma. En el camarote ya se encontraba Sebastián, que también había sido citado.

No había pasado un minuto desde la llegada del capitán a su camarote, cuando se oyó un fuerte golpe que provenía de las escaleras de acceso a la cubierta y ambos salieron para ver lo que había sucedido. Don Agustín estaba en el suelo al pie de la escalera y se quejaba de un fuerte dolor en su pierna izquierda. Después de ser atendido por un médico del puerto, que le inmovilizó la pierna por haber sufrido una fractura de tibia, preguntó a Jerónimo cuál era el motivo por el que le había citado con tanta premura en su camarote. El capitán, aun consciente de la nueva situación, no dudó en comunicar su intención de no dejar el barco. Don Agustín le intentó persuadir alegando su estado y explicándole las dificultades con las que Sebastián se podría encontrar, ya no sólo en el camino a Roma, sino para conseguir que el papa Pío VII le recibiera. Aun así, Jerónimo se negó rotundamente a efectuar el viaje. No podía dejar su barco en puerto extraño a merced de rufianes y maleantes. Sin embargo, se preocupó de conseguir un transporte seguro al muchacho. A su vuelta comunicó que había estado hablando con un comerciante que le ofrecía protección y comida en el viaje a cambio de que le guiara uno de sus carros.

Al día siguiente Sebastián se sentaba en el banco del carro que le había sido asignado. El jefe de la caravana daba la orden de ponerse en marcha. Los caballos comenzaron a tirar del carro. Sebastián no sabía guiar, pero no importaba, sus caballos seguían al carro que les precedía.

Al mediodía paraban para comer. Sebastián se sentó con los demás conductores a la sombra de un árbol. Una mujer se acercó y les ofreció unos cuencos con comida. Al lado de Sebastián se sentó un muchacho de unos trece años.

—Así que vienes de España y vas a ver al Papa —le dijo.

Sebastián, sorprendido, le preguntó:

—¿Cómo es que hablas mi idioma?

—Porque soy español —le contestó el muchacho—. Llegué hace dos años en el barco de mi padre, que era un comerciante que traía mercancías desde Valencia para el mercado en Roma.

—¿Y dónde está tu padre?  —preguntó Sebastián.

—Lo mataron unos ladrones. Estábamos llevando las mercancías a Roma cuando a unos doce kilómetros de la ciudad nos asaltaron.

—¿Y tú qué haces aquí?

—Yo regresé al puerto con estos dos en una carreta que no se llevaron. Al saber de nuestra desgracia, Temulo, el jefe de esta caravana, nos ayudó dándonos protección y trabajo. Desde entonces es también mi socio en lo que atañe al barco de mi padre.

La voz de Temulo ordenó:

E´ora, metiamo.

—Espera un momento —le dijo Sebastián al muchacho—. No sé cómo te llamas.

—Mi nombre es Gregorio, o el Españolo, que es como me llaman aquí.

Todos se fueron a los carros y se reanudó la marcha.

El día 30 de marzo, al amanecer, la caravana de carretas avanzaba hacia Roma. Si no había ningún contratiempo, estarían en la ciudad entre las seis y las ocho de la tarde, tiempo suficiente para coger sitio en el mercado que se celebra el día último de cada mes en la plaza principal de la ciudad. Don Temulo vendía mercancías al cardenal encargado de las compras de la ciudad papal. Gregorio, conocedor de esta circunstancia, vio la oportunidad para conseguir audiencia con el Papa para su nuevo amigo. Durante el viaje, Temulo se acercó a la carreta del Españolo y Gregorio aprovechó para comentarle la misión de Sebastián. Le contó que este traía noticias de España, que eran de suma importancia a la vez que secretas, y que tenía que ayudarle.

Temulo, ante la insistencia del muchacho, accedió.

A las siete de la tarde del cuarto día entraban en la plaza principal de la ciudad, y una vez adjudicado su puesto, colocaron las mercancías.

Al día siguiente Sebastián no se separaba de Temulo y esperaba la visita del cardenal encargado de las compras. A las once de la mañana lo vieron aparecer y Temulo le informó de la misión de aquel muchacho. El cardenal aseguró que comunicaría la petición a su Santidad.

Ya bien entrada la tarde un monje se acercó al puesto para decirles que el papa le recibiría al día siguiente.

La tarde transcurrió sin ningún contratiempo. El Españolo y Sebastián gritaban por toda la plaza los precios de sus mercancías.

Ilustración de Paloma Muñoz

Al día siguiente:

—He de reunirme con su Santidad y me han indicado que debería preguntar por su Eminencia el cardenal Mattei.

—Sí, ya estábamos avisados de su visita. Pase por aquí y espere. Informaremos de su llegada.

Pasados unos minutos apareció por la estancia el cardenal:

—Sin duda los documentos que trae han de ser de suma importancia —comentó—. Es la primera ocasión en que veo conceder una audiencia con tanta premura. No perdamos más tiempo, su Santidad le recibirá de inmediato.

—Estos son los documentos que don Agustín deseaba que llegaran a las manos de su Santidad —dijo Sebastián al tiempo que se los entregaba al papa—. Son de suma importancia y ha considerado que no hay mejores manos para custodiarlos que las suyas.

Al ver de qué documentos se trataba, el papa le dijo:

—Llevarás a don Agustín una carta con mi agradecimiento, y por la parte que te toca, has hecho una gran labor por el bien de la iglesia. Me encargaré de que seas recompensado.

—Disculpe su Santidad mi atrevimiento —apuntó Sebastián—. No preciso más recompensa que los víveres y pertrechos que el barco de mi amigo Gregorio necesite para nuestro viaje de regreso a España. El barco se llama El Surcador y se encuentra en el puerto de Civitavecchia.

—Hoy mismo mandaré un emisario para que todo esté dispuesto a vuestra llegada al puerto —indicó su Santidad.

A las once de la mañana partían de Roma en el carro guiado por Gregorio. Aquellos caballos nunca habían ido tan rápido, pero el Españolo sabía que para alcanzar la caravana antes del oscurecer debería azuzarlos. Temulo y los demás habían salido al amanecer.

El día 2 de abril la caravana llegaba al puerto de Civitavecchia.

El Espíritu Santo no estaba en el muelle y al preguntar por este, fueron informados de lo sucedido. Al capitán Matalascañas lo habían contratado para ir a recoger unas mercancías a la isla de Cerdeña y estaría de regreso en no más de diez días.

El Españolo, desconocedor de lo que estaba sucediendo en su barco, llevó a su amigo Sebastián para enseñárselo. Una vez en el muelle, se encontraron que en él había muchas personas entrando y saliendo con víveres y otros enseres. Había hombres subidos a los mástiles revisando las jarcias y otros envergando nuevas velas que sustituían a otras ya deterioradas por el sol, la sal y el paso del tiempo. Un calafate metía estopa en algunas rendijas entre el tablazón y un carpintero de ribera cambiaba algunas tablas del forro y otras de la cubierta que estaban seriamente deterioradas.

Sebastián informó a Gregorio de la petición que le había hecho al papa. Quería pagar a Temulo y a su amigo por la ayuda que le habían prestado. El Españolo no daba crédito a lo que veían sus ojos. Su buena acción al ayudar a su nuevo amigo estaba siendo recompensada.

En la mañana del día 4 de abril, El Surcador se hacía a la mar con un capitán, tres marineros y dos pasajero a bordo.

Gregorio, tras hablar con Temulo y teniendo en cuenta las condiciones en que se encontraba su barco, decidió poner rumbo a Valencia. Continuaría con el negocio de su padre, pero no antes de dejar a sus amigos en Ibiza. Sebastián había decidido no esperar al Espíritu Santo. Don Agustín también prefirió embarcarse.

A su llegada a Ibiza Sebastián se despidió de sus nuevos amigos deseándole a don Agustín una pronta recuperación y al Españolo una vida de buenos negocios y repleta de aventuras.

Sebastián sabía que para regresar a su tiempo, como bien le había indicado el abuelo Andrés, solo tenía que ir a la cueva. Gregorio le llevó en un bote hasta la cala. Sebastián se despidió y se dirigió al interior. Al salir de nuevo el bote que le esperaba no era el del Españolo sino el del abuelo.

—Abuelo, ¿por qué sabías que conseguiría llevar los documentos y entregarlos?

  • —Porque hoy en día están en la biblioteca del Vaticano y alguien los tuvo que depositar allí.

—¿Entonces realmente tú sabías desde el principio dónde estaban?

—Sí, pero están porque tú los llevaste. Si te lo hubiera dicho, no habrías ido y estos posiblemente no estarían allí.

Sebastián se quedó pensando hasta llegar al único razonamiento posible:

—Si yo no los hubiera llevado… ¿Nuestra historia actual sería diferente?

Jesús Rodríguez Redondo

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Comments
7 Responses to “Un escudo bordado en oro”
  1. Paloma Muñoz dice:

    Quería saludar a Jesús y decirle que su relato es fascinante y que si va a formar pasrte de un relato mayor o novela, me encantaría leerlo cuando se pueda. Tu historia me insipiró desde el principio y ha sido un placer formar equipo contigo.
    Gracias.

  2. Mariola dice:

    Querido Jesús, estoy deseando ver esta historia como tú sabes, así que de momento me conformo con este gran relato de avanzadilla de tu próximo pelotazo. Te estás haciendo un estupendo autor para el público juvenil y me alegra poder sentirme un poco parte de él. Sigue así, por favor. 😀
    Y Palomita, guapa, cómo no ibas a aprovechar para recrear ese Vaticano de tus entretelas, ja, ja, ja. Y ya tienes dominada la técnica fotochopera, así que sigue dándole que ya casi tienes el master total ;-).

    • Paloma Muñoz dice:

      ¡Uy! Pues esto no es nada. Cuando veas lo que estoy haciendp, vas a fl`par en 44 colores. Esto no es más que el principio.

  3. Sonia del Sol dice:

    Jes’us, me encanta que recuperes la tierna figura del abuelo cuentacuentos para relatar esta fant’astica historia, llena de intriga y misterio, hasta el final que , Paloma, te realza con su bonita ilustraci’on (me gusta mucho la elecci’on de colores y, el, fondo utilizado). Ya tambi’en estoy interesada en el libro , porque, este relato da m’as de s’i. Hay que recuperar a los abuelos , a las personas mayores en general, como personas sabias y experimentadas , que nos sirvan de gu’ia en la vida, seguro que nos ir’ia mucho mejor con sus consejos……Enhorabuena, pareja!!! Paloma, a ver q andas preparando por ah’i que vamos a flipar, je, je, je….

    • Paloma Muñoz dice:

      Gracias, Sonia. Ha sido un palcer trabajar con Jesús. Además la historia que cuenta me inspiró desde el principio y siempre lo tuve muy claro.

  4. jesús dice:

    Gracias a todas. Me encanta eso de que mis seguidoras sean las chicas guapas. Sí, ciertamente este relato es un resumen del libro que comienzo a preparar. Estas son cinco mil de las diecisiete mil que ya tengo escritas. Todo llegará. Sin duda al leer el relato habéis encontrado saltos y falta de contenidos, es normal recortando de esta forma. Un beso para todas, ¡¡hermosas!!

    • Sonia del sol dice:

      Jes’us y sus “girls”, no suena mal, verdad ?? Ahora nos vas a tener que dedicar tu libro, compi, je, je, je…….

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