Viaje a destiempo

Autor@: 

Ilustrador@:  Vicente Mateo Serra

Corrector@: 

Género: Relato de Ciencia Ficción

Rating: +14

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Viaje a destiempo.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

 “… no hacemos un viaje: es el viaje el que nos hace a nosotros”… “Un viaje es como el matrimonio. La forma segura de equivocarse es pensar que lo controlas”.

JOHN STEINBECK – VIAJES CON CHARLEY

Aquella mañana, Juan de Montepío, joven promesa de la arqueología nacional, se hallaba en casa preparando su artículo habitual para Horadando, la revista mensual de la Asociación de Arqueólogos, cuando el pitido de la agenda de su móvil le recordó que en menos de media hora tenía una reunión clave con el editor de su  primer libro: Túmulos Nimbus, una apasionante investigación sobre enterramientos arcaicos. Lo había olvidado completamente.

Buscando impactar en ese primer encuentro, Juan elige su traje de alpaca gris, el mejor que tiene, recoge el maletín con el original del libro y sale a toda velocidad rumbo al centro.

Después de un trayecto caótico en medio de un tráfico inusual para esa hora, seguido de diez minutos de búsqueda infructuosa de un hueco, consigue aparcar bastante lejos de la editorial y, al bajarse del coche, nota un leve escalofrío recorriendo todo su cuerpo, seguido de una presión creciente en el vientre. Un típico apretón. Trastornos digestivos, piensa, y no le da mayor importancia. Trata de recordar la cena de la noche anterior… Fabada.

Juan sigue caminando muy rápido, ya que iba con retraso, y comprueba cómo el acompasado movimiento de sus piernas hace que la presión inicial se relaje.  Falsa alarma, deduce, esto está controlado. Pero unos metros más adelante, al pararse en el semáforo esperando luz verde para cruzar la avenida, la sensación vuelve. Renovada. Inquietante.

Parece que la cosa va en serio, y Juan nota que el hecho de estar quieto resulta contraproducente. Por eso cuando finalmente hay luz verde se alegra doblemente, porque además llega tarde. Muy tarde.

Retoma sus rápidas zancadas durante un tramo y, al mirar el reloj para comprobar el retraso, llega el tercer embate. Contundente e inexorable. Ya no es molestia ni presión, ya podríamos hablar de dolor, lisa y llanamente. Algo comparable a una apendicitis, una hernia inguinal, a un clavo al rojo vivo en el vientre al punto que casi le obliga a flexionarse en plena calle.

Juan comprende que tiene que buscar un cuarto de baño. Aunque definitivamente llegue tarde a la reunión. Aunque incluso, tal vez, se la pierda. No tiene otra opción.

Joven de una alta capacidad de concentración, trata de aislarse mentalmente para soportar mejor los embates que se repiten cíclicamente, cual insistente oleaje. Recurre a la tabla del seis, a los reyes godos, a la lista de la compra…, pero nada resulta efectivo. La situación es realmente desesperada, necesita un lugar donde dar rienda suelta a su caos interno. Gira la cabeza a ambos lados buscando un bar o restaurante cercano. Algún sitio donde exista un aseo o algo parecido.

Bancos, sólo ve bancos. A un lado y a otro. En ambas aceras. La maldita burbuja financiera vuelve a cebarse en su persona. Siente las gotas de sudor, un sudor helado, cayendo por su frente. Trata de apurar el paso, pero dentro de ciertos límites. No debe arriesgarse a tener una eclosión en la vía pública.

De pronto divisa un cartel lejano, pequeñito, de color rojo. Una publicidad de Coca Cola, seguramente. O al menos eso parece. Un bar, piensa Juan, tiene que tener un aseo. Necesita llegar hasta allí como sea.

Armándose de valor, recorre esos doscientos metros en el límite de sus posibilidades.  Cada paso es un desafío. Emulando a algunos faquires, busca poner su cuerpo bajo el control total de su mente, anulando el dolor. Pero no puede. Trata al menos de pensar en otra cosa, algo relajante como puestas de sol en playas paradisíacas.  Imposible. Su mente, esquiva y juguetona, se centra en recordar riadas, tsunamis, erupciones volcánicas, la rotura del dique de Yakarta en el año 2009, o el estallido de la Central de Chernóbyl…

Pero lo consigue, a pesar de todo logra aguantar hasta llegar al cartelito. Se trata de un sitio indefinido llamado Cronos. No está claro que sea un bar, es más bien un tugurio, tal vez una antigua discoteca, quizás un puticlub, con una pinta infame. Sucio y maloliente, parece salido de un cuento de Bukowsky. En condiciones normales no entraría allí ni loco, pero en algunos momentos no se puede elegir.

Entra buscando los aseos pero no ve ningún cartel indicador, ni encuentra a nadie a quien preguntar. Está en un lugar sombrío, con paredes desconchadas y un solitario mostrador de madera que se cae a pedazos. Al fondo, una estantería de espejos rotos, botellas semivacías y una máquina de café oxidada. Pero no puede detenerse a pensar. Como si estuviera desactivando una bomba de tiempo, el reloj corre en su contra. Debe tomar decisiones rápidas y no puede equivocarse. A la izquierda una escalera parece llamarlo. Es abajo, se dice, seguro que es abajo.

Un nuevo apretón lo precipita escaleras abajo, donde encuentra un vestíbulo y en él  una puerta negra con una letra “T” de color rojo. Claro, toilette, piensa Juan, que intenta abrirla pero no puede. Alguien la bloquea por dentro. Ocupado. Acerca la oreja y escucha ruidos indescifrables. Tanto que prefiere alejarse un poco para no oír. Y así trata de aguantar un rato más, juntando las piernas, respirando hondo, flexionando todo lo flexionable. Juan no sabe si podrá lograrlo, en estas condiciones unos segundos de espera parecen siglos.

Finalmente la puerta se abre y se lanza desesperado llegando casi a derribar a la persona que sale.

Una vez dentro, comprueba que el espacio es mínimo y el suelo está totalmente cubierto por un líquido indefinido. No hay un miserable gancho donde colgar la chaqueta, por lo que se la debe levantar, recogiéndola a modo de acordeón entre los codos, cuidando que al hacerlo no caigan la multitud de tonterías que lleva en los bolsillos. Como no se anima a apoyar el maletín en el suelo, decide ponerlo también debajo del brazo izquierdo, mientras con la mano derecha se suelta el cinturón y se baja los pantalones, sosteniéndolos  a media altura.

Es entonces cuando flexiona las piernas y procede a resolver su problema, evitando tocar la taza del inodoro con alguna parte de su anatomía, so pena de contagiarse instantáneamente de alguna de las más temibles enfermedades.

En ese momento, en ese preciso momento de máxima concentración mental e intestinal, alguien pretende entrar al asqueroso cubículo. Claro, tampoco hay pestillo. Juan grita “¡ocupado!” sin efecto aparente, ya que la puerta se sigue abriendo, e instintivamente trata de bloquearla con la mano derecha, lo que hace que sus pantalones caigan al suelo húmedo e infecto (¡su querido traje gris!). Tras un breve forcejeo, el intruso cede y aparentemente se retira.

Juan trata de retomar la tarea donde la había dejado, y es entonces cuando nota cómo las piernas comienzan a temblarle. Lo incómodo de la posición, con el trasero suspendido en el aire, las rodillas flexionadas, los codos apretados contra los costados para sostener la chaqueta, y un maletín de unos ocho kilos de papeles (el maldito borrador del libro) sostenido por el antebrazo izquierdo, hacen que ese equilibrio inestable resulte difícil de mantener para un ser escuálido, sin entrenamiento, en definitiva, una rata de biblioteca como él.

La tentación de sentarse, de relajarse dejándose caer sobre la taza, es enorme, pero es en circunstancias como ésta en las que los grandes hombres ponen a prueba sus convicciones, y decide resistir. Contra viento y diarrea. Por eso aguanta, y como nunca hay B sin A, Juan va notando cómo un chorro muy fino le moja las piernas,  debido a una endiablada combinatoria entre el ángulo de flexión de sus articulaciones, el ángulo de incidencia del líquido y, probablemente, los vientos dominantes.

Instantes después, cuando el proceso ha concluido y la tensión se ha aliviado, habiéndose relajado, y asumiendo que lo peor ya pasó, Juan recupera la tranquilidad mental necesaria para tomar conciencia del sitio en el que está. Entonces descubre algo que lo sorprende y lo impresiona. Algo que, por la escasa luz y los problemas sobrevenidos, no había llegado a advertir hasta ese momento.

Sobre las cuatro paredes de ese inmundo lugar, se acumulan una serie de inscripciones que cubren casi todo el espacio disponible. Esto no es para él ninguna novedad, ya había leído en algún baño público pintadas del cariz de “mee feliz, mee contento, pero por favor, mee adentro”, y mil tonterías semejantes. Pero las inscripciones que Juan tiene ahora delante son absolutamente diferentes, y mucho más interesantes, al menos desde su punto de vista. Hay textos en latín, griego antiguo, en arameo, frases escritas en caracteres cuneiformes, algunas runas, jeroglíficos (tanto egipcios como mayas). Hasta existe un sector pequeño cubierto por pictogramas rupestres. Sí, rupestres, como los de la cueva de Altamira. Todos ellos prolijamente pintados en el alicatado de las paredes.

Sus conocimientos arqueológicos no son suficientes para descifrar los textos completos, pero sí le permiten comprender ciertos fragmentos, o algunos conceptos, y comprobar que todos, absolutamente todos, tienen un idéntico hilo conductor. Se refieren a un acontecimiento extraordinario, a un evento inusual ocurrido a sus protagonistas, a una jornada, a un tipo de viaje muy especial. Un viaje en el tiempo. ¿Podría acaso ser que en ese sitio hubieran conseguido…?

En eso está Juan, abstraído en la lectura, cuando cae en la cuenta de la hora que es, y el retraso que lleva acumulado. Se incorpora para solventar la última parte del trámite y comprueba con azoramiento y preocupación que… no hay papel.  Miles de textos escritos frente a sus ojos y ni un trozo de papel. El portarrollo, ubicado casi frente a su cara, permanece vacío, exhausto, como un símbolo de las carencias de la sociedad actual y, por qué no decirlo, del triunfo de los grupos ecologistas en su lucha por evitar la tala de bosques destinada a la producción de celulosa.

Juan trata de tantear los bolsillos buscando un kleenex, una servilleta, un ticket de aparcamiento. Algo que lo ayude a terminar de una vez con esa agonía. Pero no hay NADA que le resulte útil para ese fin. Y enfrentado a una situación límite, como hombre de amplios recursos que es, toma una decisión drástica. Abre el maletín y saca unas cuantas hojas del original del libro (concretamente el Capítulo 8, sobre las víctimas del Vesubio), y procede a resolver el problema, hecho lo cual, exhausto, sucio, arrugado, mojado…, cierra el maletín de un golpe, se sube los pantalones y sale sin mirar atrás.

Unos días después, ya en la tranquilidad del hogar, las imágenes y los textos vistos en ese extraño retrete, no dejan de darle vueltas en la cabeza. Un observador externo  podría creer que Juan está obsesionado, abducido, pero él está convencido de haber descubierto una pista de algo muy gordo, y sabe que lo que lo mueve es una fuerte intuición. Una voz en su interior le dice que la casualidad lo ha guiado hasta encontrar un vórtice, un punto singular de confluencia entre dos universos paralelos. Lo que en física se denomina “agujero de gusano”, y que no es otra cosa que un atajo a través del espacio/tiempo. Tal vez eso sea lo que había permitido a gentes de otras épocas y otras culturas pasar por allí y dejar los mensajes que él ha visto. Juan está convencido de que, por disparatado que parezca, tal vez exista una red de extraños retretes en distintos puntos del universo que actúan como portales y permiten este tipo de viajes, como si se tratara de una red de metro. Y, lo más interesante para él: tal vez pueda volver a ese sitio, e intentar hacer él mismo un viaje en el tiempo. Fascinante.

Una vez que esta idea le cruza por la cabeza, ya no puede pensar en otra cosa. Dedica todo su tiempo a estudiar sobre el tema, y a analizar posibles riesgos y ventajas. Deja de dar clases. Visita bibliotecas, consulta a científicos y amigos. Suspende sus colaboraciones con la revista. Abandona la escritura del libro. También a su novia. Descuida su aseo personal. Casi deja de comer, literalmente. Y finalmente toma la decisión.

Una mañana, bien temprano, armado de valor, Juan se viste con su chándal favorito, el de su equipo de toda la vida, el Rayo, y se dirige a Cronos, el tugurio infame.  Baja las escaleras y abre la puerta con la letra “T” roja dispuesto, esta vez sí, a cumplir dos requisitos que no había concretado en la oportunidad anterior: sentarse en la taza y tirar de la cadena. Sus detallados análisis daban como resultado que estos factores eran los que probablemente habían impedido que se activara el dispositivo, y que él mismo hubiera viajado en el tiempo en la ocasión anterior.

Una vez dentro, cierra la puerta, desinfecta convenientemente el WC (esta vez llevaba un kit de limpieza) y se sienta, eso sí, con los pantalones bajados. Aunque su imagen en esas circunstancias no sea tal vez la que querría conservar para la posteridad, se trata de un momento histórico, y Juan reconoce que se halla algo nervioso. Un pequeño alivio para un hombre, pero un gran salto para la humanidad.

Plenamente consciente de la decisión que toma, y de sus posibles consecuencias, levanta lentamente la mano izquierda hasta asir la argolla que pende en el extremo de la cadena (es un WC de los antiguos, con depósito elevado), cierra los ojos y jala hacia abajo con fuerza. Entonces escucha “fssssshhhhh…” y siente como si el remolino de agua originado en el inodoro se hubiera magnificado en una reacción en “cadena”, arrastrando tras de sí los átomos vecinos hasta absorber todo lo que había en ese pequeño cuarto, incluido él.

Lo que sigue a ese momento es difícil de explicar. Parece que todas sus moléculas se han separado y giran en forma de espiral vertiginosamente.  Es como si en realidad el inodoro lo hubiera succionado y estuviera cayendo por una tubería infinita, cada vez a mayor velocidad. Una sensación nada agradable, sumada a la incógnita del desenlace final.

Juan no puede evaluar si se trata de segundos o minutos. De pronto, parece que la montaña rusa se ha detenido. Él aún está acurrucado con los ojos cerrados pero ya no siente nada. O sí…, siente miedo. Sabe que el “viaje” se ha acabado finalmente y que ha llegado a alguna parte. ¿Dónde?

Cuando abre los ojos ve todo negro, pero sabe que está sentado en otro retrete. Y mientras se acostumbran a la oscuridad, trata de recurrir a los otros sentidos para decodificar información. Al estirar la mano toca el suelo que está húmedo y frío. El olor…, el olor le resulta levemente familiar y lo retrotrae a la infancia. Concretamente a las contadas oportunidades en las que su padre, su querido padre,  lo llevaba al zoológico. Más específicamente le recuerda a la jaula de los osos.

Pero las pupilas avanzan en su proceso de dilatación (inversamente proporcional al del esfínter, que se contrae por el miedo a lo desconocido), y Juan ya va viendo algo frente a él: una pared de bloques de piedra a poco más de un metro de distancia. Abajo, en una esquina, una bola negra, peluda, se mueve. Dirige la mano hacia ella y la muy hija de puta intenta morderlo. Era una rata.

Gira la cabeza a su derecha y comprende todo. Está en una celda, no muy grande, de unos tres metros de ancho y aproximadamente cinco de fondo. Es como en las películas. El retrete en el que está aún sentado ocupa uno de los ángulos del fondo, semioculto tras un pequeño pretil. El frente, que da a la galería que comunica a todas las celdas, lo forma la típica reja corrida de suelo a techo, y junto a ella, de un lado un catre y del otro una pequeña mesita y un taburete.

Aunque no hay ventanas Juan sabe que es de noche. Lo puede deducir por la escasa iluminación general, por el ambiente de calma reinante y, sobre todo, porque en el catre duerme un preso del tamaño de un ropero de dos cuerpos cuyos ronquidos le recuerdan al despegue de un Airbus A380.

Se pone de pie subiéndose los pantalones y camina sigilosamente hacia la reja tratando de descubrir algo que le permita saber la fecha, o al menos la época aproximada a la que ha viajado. Ve múltiples anotaciones en la pared, la mayoría procaces, y un póster de Bettie Page pegado justo sobre la mesa. “Playmate del mes de enero – 1955”.

Como cree notar que el preso se ha movido, se gira y lo ve desde cerca. Es un oso, una auténtica bestia. Duerme de cara a la pared y sólo tiene puestos los típicos pantalones de rayas, por lo que Juan puede apreciar su espalda, que es verdaderamente impresionante. Músculos y más músculos formando cordilleras, como en esos mapas de Eurasia de plástico con relieve que se pusieron de moda en los ochenta. Y además tiene todo tipo de tatuajes: los nombres de varias mujeres, un corazón atravesado por una flecha, cuatro hachas formando una esvástica, la palabra mamá, algún tipo de enredadera con espinas que trepa por los brazos, un triángulo con un ojo dentro en la nuca, e imágenes de unos cuantos animales mitológicos. A Juan le recuerda a un suplemento del National Geographic.

Está atrapado en una celda apestosa con un delincuente peligroso que lo triplica en tamaño y no ve una escapatoria posible. Esta no es la imagen romántica que tenía sobre experimentos relativos a viajes en el tiempo. Tampoco esperaba en sus sueños llegar a entrevistar a Napoleón, o presenciar la construcción de las pirámides, pero esto…

Se hubiera quedado horas mirando los tatuajes, pero de pronto siente un dolor agudo en la pantorrilla. El artero roedor, del que se había olvidado completamente, le ha clavado los dientes y Juan, instintivamente, mueve la pierna, volteando el taburete que cae al suelo haciendo el ruido suficiente para despertar a “su” preso. Éste primero mueve la cabeza, una cabeza del tamaño de una olla exprés de las grandes, luego se gira y lo mira, aparentemente sin comprender lo que ocurre. Duda un segundo…, varios. O está saliendo de un profundo letargo, o su cerebro no es precisamente su punto fuerte. Pero poco a poco comienza a levantarse.

Juan, mientras tanto, retrocede instintivamente hacia el fondo de la celda. Su cabeza va a mil, pero no tiene muchas opciones. Y, una vez más, tampoco tiene tiempo para pensar. Descartados el diálogo disuasorio, el enfrentamiento directo y el suicidio, recorre desesperado el par de metros que lo separa del retrete y en un único movimiento inusual y acrobático se deja caer en él, mientras con la mano derecha tira de la cadena.

Justo antes de que el torbellino desintegre nuevamente sus moléculas, llega a ver cómo el oso se acerca a él, amenazante, mientras se va desabrochando la bragueta.

Luego…, la oscuridad, otra vez. Esa incómoda sensación de expandirte, girar, y caer. Y la duda, la enorme duda sobre el dónde y el cuándo.

Finalmente todo acaba. El carrusel se detiene y Juan se quita las manos de la cabeza y se queda un rato acurrucado esperando lo peor. No sabe con qué se va a encontrar. Repasa mentalmente las posibilidades: puede que haya vuelto al sucio retrete del primer viaje, o que aún esté en la celda, a punto de ser violado, o… Comprende que las posibilidades son infinitas. Como siempre. Como en la vida. La duda y el temor lo paralizan y permanece quieto, impávido, como un perro al que lo están bañando, sin animarse a abrir los ojos.

Después de un par de minutos, cuando finalmente los abre, aún con miedo, descubre que está en el medio de un campo, de una hermosa pradera, que le recuerda a los Teletubbies. Mira hacia atrás para confirmar que el oso tatuado no lo ha seguido en este extraño viaje. No, no está, definitivamente no está. Menos mal.

La imagen es idílica y Juan se relaja. Completamente, incluido el esfínter. Ve el sol en lo alto y colinas a lo lejos. Ve nubes muy blancas recortándose en el cielo azul. Ve unos cipreses movidos por el viento, que también mueve la hierba, muy alta, que lo rodea.

¿Viento? A pesar de su confusión (la típica confusión de alguien que acaba de viajar en el tiempo), llega a notar algo extraño. Ve el viento, ve sus consecuencias (las hojas y las nubes moviéndose), pero no lo siente. Tampoco siente el calor del sol. No hay viento, ni calor, ni nada…, esta intemperie es muy rara. ¿Dónde carajo está?

Mira hacia abajo y comprueba que, en lugar de estar sentado en el inodoro original, su culo, que sigue sumando experiencias,  se apoya ahora en una especie de anillo metálico, del grosor de una botella de vino y color dorado, sólido, muy sólido, pero que parece flotar en el aire. Se levanta, subiéndose los pantalones una vez más, y se aleja algo para apreciarlo mejor. Escupe dentro del anillo y el líquido es instantáneamente succionado hacia los bordes hasta desaparecer. ¿Magia? ¿Tecnología? Lo intenta otra vez. Efectivamente, no se equivocó, es un “inodonut”, pero… ¿dónde carajo está?

Comienza a buscar detalles a su alrededor. Cualquier tontería que le permita comprender. Y descubre una pequeña bola luminosa a un metro de distancia, una especie de botón que parece flotar en medio del paisaje. ¿Lo toca o no lo toca? Sí, lo toca, claro.

Y de pronto, el paisaje que lo rodeaba desaparece y descubre la realidad. Está en una habitación pequeña y rectangular, otro cuarto de baño, y la maravillosa pradera no era más que una proyección en las paredes, que son gigantescas pantallas de leds. Todo era virtual. Verdaderamente impresionante. Los hermanos Lumiére se cagarían si visitaran este baño y vieran esto, piensa Juan.

A cada toque de la bola la imagen vuelve y se va. Ahora está, ahora no. Juega así un rato hasta que intenta girarla y entonces se desplaza un panel, y surge un hueco, una puerta, que da a algo parecido a un espacio mayor. Un salón.

El lugar es alargado, muy profundo, y completamente blanco, casi sin muebles. Delante un piano de cola, también blanco. Un poco más allá, un sofá que “flota” a unos treinta centímetros del suelo. Juan no ve a nadie, ni escucha nada. Hay una extraña calma, pero no se siente cómodo. Hay luz, mucha, pero no llega a entender de dónde sale.

Al fondo, el extremo opuesto del salón remata en una especie de caja de cristal. Paredes, suelo y techo se continúan en una superficie transparente continua, sin perfiles ni divisiones. Juan piensa en la pobre persona a la que le toque limpiar eso, y se queda un rato como paralizado, mirándolo todo, escudriñando ese extraño espacio ajeno. Pero poco a poco la curiosidad se va imponiendo al miedo y avanza hacia el cristal.

A medida que lo hace va percibiendo lo que existe “fuera” de esta habitación. Ve a lo lejos un cielo oscuro de tormenta y un perfil de rascacielos destruidos, como ruinas futuristas. Camina un poco más y contempla estupefacto las imágenes de una ciudad muy avanzada, pero decadente, deteriorada y abandonada. No llega a identificar en qué ciudad está, y aunque hay carteles en inglés, sabe que eso hoy en día tampoco significa nada. Modernidad y destrucción. Óxido y cristales rotos.

No sabe el año en el que está, pero le resulta evidente que se trata del futuro, un futuro indeterminado. Un futuro de mierda. A medida que se sigue acercando al cristal, se amplía su ángulo de visión y puede ver cómo abajo, muy abajo, hordas de zombies siembran la destrucción. Atacan todo, absolutamente todo, con una densidad de violencia excesiva, indiscriminadamente.

El comportamiento desaforado de estos grupos le resulta a Juan vagamente familiar. A medio camino entre una despedida de soltero y una hinchada de fútbol. Se queda un rato abstraído observando, cautivado por esa extraña fascinación que tiene el caos, cuando está a una distancia prudencial.  Algunos del grupo miran hacia arriba, hacia la caja acristalada y señalan con los dedos. Juan nota una gran efervescencia. Saltan y, aparentemente, gritan. Lo han visto. Y salen corriendo hacia la zona donde aparentemente debe de estar la entrada del edificio. Van a subir…, van a por él. Tardarán en subir, pero es inexorable…, y son miles.

Juan comprende que debe huir una vez más. Piensa hasta cuándo se verá obligado a seguir rebotando en el tiempo. En esta sucesión de carambolas sin sentido. Retrocede hasta el aseo, ese extraño aseo minimalista, se baja los pantalones y duda… duda sobre cómo accionarlo. No hay cadena, ni botón, ni dispositivo visible alguno, aparentemente es automático y virtual y se acciona cuando alguna sustancia lo atraviesa. Juan reflexiona y se sienta, sin conectar la pantalla de leds. Cierra los ojos, y con un pequeño esfuerzo pone otra vez en funcionamiento el torbellino. Sus moléculas ya están viajando otra vez. ¿Pasado o futuro?

Esta vez le parece más corto el trayecto, tal vez sea que se está acostumbrando. Cuando todo acaba está de nuevo en un retrete, como era de esperar. Pero no ve a nadie a su alrededor. Se levanta y sale a un espacio indeterminado, amplio pero muy oscuro. Juan no sabe si sus limitaciones de visión se deben al normal proceso de adaptación, tras el esfuerzo que implica el viaje, o a que realmente falta luz. El ambiente es denso, muy denso, y el olor penetrante. Una mezcla de sudor acre y algún tipo de producto químico que no llega a reconocer. Le cuesta respirar. Al pisar nota algo blando que se le enreda en los pies pero prefiere no averiguar, al contrario, acelera el paso hacia un hueco que ha visto en la pared. Y mientras camina nota un rumor sordo que viene desde fuera, como si fuera el rugido de un extraño animal.

El hueco da a un túnel, estrecho y ascendente, del cual no se llega a ver el final. Juan duda, hasta ahora no ha tenido mucha suerte y, sobre todo, es consciente de que en este viaje no controla absolutamente nada. Finalmente decide seguir avanzando.

El túnel parece estrecharse por momentos y el ruido, ese extraño sonido, va aumentando, cada vez más, a medida que avanza. Se resbala, nota que el suelo está encharcado, pero Juan está decidido a seguir adelante, a pesar de todo. Ahora nota que le cuesta más caminar, aparentemente porque la pendiente del suelo ha aumentado y la tenue luz casi ha desaparecido. Avanza tanteando, con el lógico temor a lo desconocido, mientras el rugido se hace insoportable. Juan busca un pañuelo que lleva en el bolsillo del chándal, lo rasga en dos trozos y los usa para improvisar un par de tapones para los oídos.

De pronto, ve algo diferente, una tenue luminosidad hacia al final que le insinúa una posible salida. ¿Una salida o una trampa? Como las polillas, Juan avanza hacia la luz, sin prever las consecuencias y a pesar del cansancio apura el paso más y más, hasta llegar a correr con desesperación. Sólo tiene un objetivo, llegar, aunque no sabe dónde. A medida que acelera, la luz del final se va agigantando y su tamaño crece y crece. A pesar de los tapones, Juan cree oír el sonido. Más bien nota cómo una vibración de baja frecuencia lo envuelve y le hace vibrar la osamenta al unísono con todo lo que le rodea, como si fuera un diapasón. Esa misma vibración es la que hace que algunas piedras se desprendan del techo del túnel. Pero Juan no se detiene, avanza, y mientras avanza, comprueba cómo la pendiente aumenta cada vez más, al igual que el ancho del túnel. Ya puede ver la salida, pero no llega a descifrar lo que hay fuera porque la luminosidad exterior lo enceguece.

En un último impulso, en un sprint final, Juan sale al exterior. La combinación del ruido ensordecedor y la luz deslumbrante le impiden comprender exactamente dónde se halla, pero ya está lanzado y no para de correr. Cuando, unos segundos después, relaja un poco el ritmo y su cerebro consigue descodificar algo de la información que le ofrecen sus sentidos, ve una corona de luces a su alrededor y un rectángulo blanco, vacío, delante. Precisamente ubicado en el sitio al que, aleatoriamente, ha dirigido su carrera. También ve seres que lo rodean y corren como él, y comienza a sospechar que, por algún extraño accidente, los zombies lo hayan acompañado en su viaje.

De pronto, en medio de la bacanal de luces, imágenes y sensaciones que lo envuelven, observa con el rabillo del ojo cómo se le aproxima un objeto blanco, esférico, luminoso, perfecto. Juan se siente magnéticamente atraído por él, pero ya casi lo tiene encima y no puede evitar que le golpee la cabeza y salga en dirección al rectángulo blanco. Luego tropieza y cae. Y muchos de esos seres que lo seguían caen sobre él. Extrañamente no lo atacan, parecen felices, lo abrazan, lo besan.

Es la noche del sábado 22 de mayo de 2032 en el estadio Atatürk de Estambul, y Juan de Montepío acaba de marcar, en el último minuto de la prórroga, el gol que da la victoria al Rayo Vallecano frente al Celtic de Glasgow, en la final de la Champions League. Ya no regresará jamás a nuestra época.

Daniel Camargo 2013

Anuncios
Comments
11 Responses to “Viaje a destiempo”
  1. ¡Bravo, Daniel! En cada nueva convocatoria voy a tu relato con la seguridad de que pasaré un buen rato, y nunca me decepcionas. Con lo difícil que es sacar una sonrisa al personal (y más con tan escatológico tema). Al principio, con cada palabra que leía, la pena que sentía por Juan crecía proporcionalmente a “su necesidad” (¿a quién no le ha pasado alguna vez?). Después el derroche de imaginación es impresionante. El texto destila hedor y humor marca de la casa a partes iguales, y es un piropo, porque con esas descripciones tan gráficas es imposible no meterse en la piel del protagonista.
    Tico, Daniel te ha quedado bordado a los mandos de la máquina del tiempo, con esa cara de concentración de alguien que sabe que lo que esta a punto de hacer hará que su nombre figure en los libros de historia, y esa casaca del Rayo/River. Impresionante, como siempre, el nivel de detalle del conjunto. Reconozco en las paredes la simbología zepeliniana, y la palabra “pito” pintada con corcho quemado con un mechero. Real como la vida misma. Casi se puede oler…

    • Gracias Roberto. Me alegra saber que te he entretenido ya que, desde que empecé a escribir por recomendación de mi psicólogo, para expulsar mis demonios, mi intención es volar bajito casi a ras del suelo, como el cerdo, y tratar de cosechar alguna sonrisa (si cabe).
      Lo que quiero es destacar el enorme trabajo de Tico, un gran amigo con quien he coincidido en SE por segunda vez consecutiva, pero que no deja de sorprenderme. Un verdadero monstruo. Tú le envías por mail la lista de la compra, y él te dibuja la Última Cena…

      • tico dice:

        ¡¡También hay unas tetas Roberto!! Y el símbolo de la serie “V”. Gracias por tu comentario, me alegro que te haya gustado pero el mérito es de Daniel por su relato tan inspirador. Lo suyo sí que es fuerte. Es el auténtico hombre orquesta: lo mismo te escribe la lista de la compra que te ilustra un relato. Hasta se prestó a hacer de modelo, pero yo le dije que no, que mejor usaría a Andreu Buenafuente. Gracias también al maestro Daniel.

  2. Jesús Rodríguez dice:

    Hace un rato que finalicé la lectura y todavía no he parado de reírme. Escatológico sin duda pero bien perfumado jajaja… El apurón que pasa el pobre hombre con la mala bestia que no sabe si le va a violar o a mearle en la cara (que fue lo que yo pensé en un principio) me hizo cerrar los ojos y no respirar no fuera que me tragara parte del asqueroso líquido. El final es genial, claro, como va ha volver si puede vivir eternamente ¡el golazo!. Antes de ponerme a escribir esto, y nada más acabar de leer el relato, subí a ver la ilustración y revivir la historia, fue como la película después del libro pero en esta ocasión, la película fue tan buena como la lectura del libro. Mucha risa, un rato muy agradable y… mi más sincera enhorabuena a los dos.

  3. Mariola dice:

    Vamos a ver, hacía mucho mucho mucho tiempo que no pasaba un rato de apuro tensión y diversión tan colosal. Ya me tiré por el suelo de la risa cuando me lo pasaste para revisión, pero es que al ver la perfecta ilustración de Tico, ya me habéis rematado. ¡Qué gozada, qué buen rato! Os compenetrais a la perfección y el puntazo de esa o en forma de papel higiénico en el ingenioso título me ha dado la puntilla.
    De verdad que sois unos masters entre masters. A Daniel le da lo mismo ilustrar que escribir que lo que sea, es un todoterreno total y con un sentido del humor único. Por favor, sigue divirtiéndonos así porque no tiene precio. Y los detalles de tu ilustración, Tico, son tan clásicos del momento y escena como antológicos.
    ¡Geniales los dos. Sin discusión!

    • Mariola, a tí te tengo que agradecer especialmente porque no sólo me has suministrado todo tu apoyo “profesional” podando, regando, y poniendo tutores en esos textos “silvestres” que te suelo mandar (¿existe el “secreto de corrección”, al igual que existe el “secreto de confesión”?). No, no ha sido sólo eso. Además me has dado un enorme apoyo anímico en mis primeros textos, animándome a seguir escribiendo en momentos en los que no lo tenía muy claro. Bueno, en realidad tampoco es que ahora lo tenga nada claro…, digamos que la incertidumbre es la que comanda la nave. Creo que iré un rato al retrete a aclarar mis ideas.
      Gracias!

  4. Sonia del Sol dice:

    Definitivamente, vosotros dos juntos, sois la bomba !!!! Ya me imaginaba un bombazo, pero, vamos, esto es aún más…. es una explosión nuclear, ja , ja, ja !!! De verdad que deberíais seguir trabajando juntos, porque, lo bordáis, tenéis ingenio y , talento, para dar y tomar, no he podido parar de reírme en todo el rato y, ya sabéis, hacer llorar a la gente puede ser relativamente fácil, pero, hacer reír, tanto, tanto que hasta te entran retortijones,como al protagonista, no es nada fácil !!! Y, no sé el porqué, pero, sigo pensando que, también Juan podría ser un personaje de película,como Larry, en planTorrente…Madre mía, a ver qué personajillo sale ahora con los “cuentos de Canterbury”, ja, ja, ja !!! Enhorabuena a los dos, Daniel y Tico, ha estado genial, gracias por hacernos reír tanto con vuestrs colaboraciones.

  5. Mil gracias por tanto comentario positivo. Soy un improvisado en esto (no me cuesta reconocerlo) y, como siempre, hago lo que puedo, pero me halaga que el resultado produzca algo de alegría.
    El humor es un magnífico escudo contra toda la injusticia, el sufrimiento y la decepción a la que esta crisis nos obliga a enfrentarnos. Usémoslo. Hagamos el humor siempre que podamos.
    Y a Tico, que es un crack y las pesca todas al vuelo, ya buscaremos la forma de convencerlo para seguir colaborando.

  6. tico dice:

    Gracias a todos, me alegra que os haya sacado unas risas mi dibujo, que no sería nada sin el relato de Daniel, cuyo arte para escribir e ilustrar es tan bueno como malo su poder de convicción 😉
    Abrazos para todos.

  7. olgabesoli dice:

    ¡¡¡Genial trabajo!!! Me lo he pasado en grande leyendo este pedazo de relato. Y la ilustración de Tico se complementa perfectamente a la escritura de Daniel. Si la risa rejuvenece, me habéis quitado unos años de encima. En definitiva, no podría estar más de acuerdo con los comentarios que os han dejado mis compañeros: por separado sois unos cracks, pero juntos sois inmejorables.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: