Aquella casita de chocolate

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Género: Relato

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Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Aquella casita de chocolate.

UNO

Podríamos comenzar esta historia diciendo que resulta imposible jubilarnos de nuestro pasado y que todo lo enterrado termina finalmente buscando la luz.

Otra forma de comenzar sería describiendo una lánguida tarde de otoño en Aburronia, con un sol tibio y lejano, y hojas amarillas y rojas tapizando los caminos  de piedras blancas.

Aburronia era en aquellas épocas un reino como casi todos los otros, en el que el tiempo transcurría de forma plácida y monótona. Un gran castillo junto al río, donde vivía el Rey con su lujosa Corte, rodeado por un foso muy profundo,  y un grupo de casas humildes en las que vivían las familias que a duras penas conseguían mantener al Rey con sus impuestos. Y en el centro, justo en el centro, un bosque muy denso en el que pocos se aventuraban a entrar. Muchas historias, cuya veracidad nunca pudo ser demostrada, se contaban sobre el bosque y las desventuras sufridas por los que alguna vez osaron atravesarlo.

En una de esas casas junto al bosque, algo mayor que las otras,  vivían dos hermanos, María José y José María, lista ella y curioso él, rubia y moreno, soñadora y práctico, doce y nueve.

Su padre, estricto y trabajador, pensaba que la infancia era una pérdida de tiempo y que ese período debía servir, al menos, para iniciar a los niños en sus futuras obligaciones y responsabilidades como mayores. Contaba con sus hijos para regentar su próspera tienda en un futuro. No sin esfuerzo había conseguido tener como clientes a varios miembros de la Corte Real, y eso le generaba ciertos recursos presentes y muchas expectativas futuras. Por eso, poco después  de enviudar, contrató a una institutriz para que “enderezara” a sus hijos, enseñándoles el camino recto de la responsabilidad y el sacrificio.

DOS

Heraclio Van Persie había sido designado fiscal general del reino sólo unos meses después de la revolución que derrocó al Rey, aunque ya llevaba muchos años como ayudante y mano derecha del anterior Fiscal. Durante todo ese tiempo fue un funcionario ejemplar y responsable. Por sus manos habían pasado prácticamente todas las investigaciones de los delitos y crímenes ocurridos en Aburronia.

Los años, y algunas decepciones, lo habían convertido en un viejo escéptico y desconfiado y ahora era más fácil verlo desnudo que sonriente. Había visto de todo y había decidido callar. Si algo había aprendido en su trabajo es que la realidad pende de un hilo muy delgado. Y que la Señora Justicia no es tan ciega como dicen y la mayoría de las veces se termina acostando con el más poderoso.

Ahora, ya mayor y cercano a su retiro, cansado y algo frustrado, dedicaba sus noches a ajustar cuentas con su pasado, a rememorar antiguos casos y a veces (sólo a veces), a estudiarlos de nuevo a la luz de su experiencia actual. En muchas oportunidades lo invadía la amargura de comprender que tal vez no se había hecho todo lo posible y que algunos errores habían causado mucho daño.

Pero había un tema, sobre todo uno, que desde hace muchos años le rondaba por la cabeza, como una mosca inoportuna y cargosa a la que no conseguía espantar… Al fin y al cabo, todos tenemos alguna asignatura pendiente.

TRES

Una tarde, castigados en la buhardilla después de una discusión con su padre, los hermanos MJ y JM deciden darle un escarmiento y escapan por una ventana entreabierta, descolgándose hasta el suelo mediante un par de sábanas atadas entre sí. Una vez en el suelo corren hacia el bosque cercano para ocultarse allí y esperar que su padre, angustiado al comprobar su desaparición, salga en su búsqueda.

El plan les parecía perfecto, pero una vez en el bosque algo los distrae. Descubren maravillados un nuevo mundo que jamás habían imaginado. Coloridas mariposas, animales  juguetones y plantas exóticas los cautivan y hacen que, olvidando el plan inicial, se adentren cada vez más en ese espacio desconocido y seductor.

Así pasan la tarde, recogiendo hermosas flores o alimentando con bayas a las ardillas hasta que, de pronto, María José se da cuenta de que han avanzado demasiado y ya no tienen referencias para volver a casa. Están perdidos. El bosque es demasiado denso y oscurece rápidamente, por lo que la situación se agrava cada vez más.

—Marijo, tú sabes cómo volver a casa, ¿no? —preguntó el niño.

—Sí, Josema, no te preocupes, yo controlo… —mintió su hermana.

Pero era demasiado tarde ya y la noche en el bosque es oscura y profunda, lo que hace casi imposible la orientación. Los sonidos de todo tipo de animales tomaban otra dimensión en la oscuridad y los niños estaban aterrados. No se animaban a caminar, aunque quedarse quietos tampoco les parecía una buena idea. La temperatura había bajado mucho y se mantenían juntos para darse calor.

De pronto, a Marijo le pareció ver una luz a lo lejos, algo así como un resplandor difuso, que se reflejaba en las copas de los árboles más distantes.

Comenzaron a caminar hacia la luz, muy despacio, tanteando en la oscuridad. Con mucho miedo, pero también algo de esperanza…

CUATRO

Esa noche, Heraclio se había quedado solo en su despacho ordenando papeles.  La claridad de una débil luz que colgaba del techo no era suficiente para desnudar tanto desorden. En un alarde de responsabilidad para con su futuro sucesor, trataba de mitigar algo el caos habitual de una oficina que había funcionado siempre a golpe de intuición y decisiones personales, pero que carecía de toda organización.

Necesitaba irse de allí, cambiar de aire, pero también sabía cuánto le iba a costar adaptarse a una nueva vida. Hombre solitario, amaba su trabajo y se aferraba a él como quien  abraza a un oso.

Fuera, la lluvia castigaba a Aburronia como si fuera la última vez.

Miró la amplia estantería de madera de boj. Demasiadas carpetas, demasiados recuerdos. Toda una vida encapsulada en estuches de cartón.

En eso estaba cuando ocurrió lo que era de esperar. Su vista se dirigió hacia la caja negra del estante más alto. En medio del silencio, podía escuchar cómo la caja le gritaba: ¡Estoy aquí! ¿Es que acaso no me ves? ¿Por qué sigues disimulando?

Finalmente, de un modo mecánico, como si alguien controlara sus movimientos, arrimó una pesada silla negra a la estantería y bajó la caja. Estaba llena de papeles, pero lo que le pesaba era otra cosa.

CINCO

Cuando los niños, cansados ya por la caminata, pero sobre todo por la tensión y el miedo, lograron superar la última ondulación la vieron. Estaba en un montículo que asomaba en un claro del bosque. Era una casa extraña, su forma y sus proporciones no tenían nada que ver con la casa en la que ellos vivían, o con las de sus amigos. Sus paredes oscuras tenían un extraño brillo satinado y sus techos agudos como pirámides les recordaban a una cordillera.

Ilustración de Paloma Muñoz

A lo lejos, brillaba una extraña luna rojiza.

Los niños comprobaron, mientras se acercaban, el tenue resplandor que escapaba por las ventanas, que era el origen de la luminosidad que los había llevado hacia allí. Pero ahora, ya mucho más cerca, lo que más atraía a sus sentidos era el aroma que provenía de la casa, un perfume dulzón e hipnótico.

—Marijo, ¿las casas pueden ser buenas o malas?

—No creo, las casas son normales, ¿por?

—No sé, me parece que esa casa es mala…

—No digas tonterías, Josema. Necesitamos un sitio donde pasar la noche.

Se acercaron más, sigilosamente, y cuando estaban a escasos cinco metros de la entrada, y sin que ellos hubieran tocado nada, se abrió la puerta…

SEIS

Estaba a punto de amanecer y aún continuaba dando vueltas en la cama, sin haber conseguido pegar un ojo. Los tenía demasiado abiertos, como un dos de oros, y los segundos pasaban lentos, pidiendo permiso. Su mente seguía recordando los documentos que sólo unas horas antes había devuelto a la vida, al abrir la caja.

Sabía que en su momento, muchos años atrás, no había hecho lo suficiente. Algunas presiones lo habían obligado a cerrar el caso, a archivarlo.

La desaparición de aquellos niños nunca fue explicada y pesaba sobre su conciencia como una losa de granito. Tampoco el padre pareció en su momento demasiado interesado en aclararlo. Le pareció notarlo sospechosamente tranquilo, liberado, como si se hubiera sacado una responsabilidad de encima.

Lo más sencillo fue entonces vincular todo al incendio que se produjo en aquellos días. El incendio de una casa que nadie conocía, junto en el centro del bosque, y en la que la leyenda contaba que, alguna vez, había vivido una bruja.

Un accidente, se dijo. Los niños, después de varios días perdidos, encontraron a la casa abandonada y, ateridos de frío, entraron y trataron de hacer un fuego para calentarse. Su inexperiencia hizo el resto. Era evidente para todos, menos para él. Caso cerrado.

Los pasquines de la época se habían encargado de difundir convenientemente esa versión. Y a él, por si aún le quedaba alguna duda y pretendía seguir investigando, decidieron darle unas vacaciones, las vacaciones que llevaba años acumulando.

SIETE

Los niños se asomaron hacia el interior donde una señora  de cabello blanco y túnica dorada parecía esperarlos.

—¡Bienvenidos a mi casa! —les dijo.

El miedo y el frío desaparecieron al instante. El lugar era asombroso…, nunca habían visto nada igual. Todo, absolutamente todo, era de chocolate. Desde el suelo de brillantes losetas marrones hasta los sofás de donuts, desde las paredes forradas de Lacasitos hasta las escaleras de Toblerone.

Estuvieron un buen rato observando en silencio. Chocolate negro y con leche. Chocolate blanco… Todo tipo de dulces y galletas. No podían creer que ese bosque frío y oscuro pudiera albergar tal paraíso.

—¿Os gusta? Es todo vuestro. Podéis daros un atracón —dijo la señora.

Y tanto MJ como JM, que venían de una casa incómoda y austera, en la que lo habitual era irse a la cama sin postre, se lanzaron a engullir todo lo que pudieron. Sin límites.

Parecía el sitio ideal para unos niños, pero como usted, amigo lector, ya estará imaginando, encerraba una sorpresa.

OCHO

Ahora que Van Persie se había dado permiso para romper el dique que muchos años atrás había impuesto a sus recuerdos, éstos se agolpaban en su mente, como los obreros en una huelga general. Se sentó en su silla favorita y encendió su pipa para fumar lentamente mientras las neuronas, las pocas que aún estaban a su servicio, se encargaban de organizar esa extraña manifestación.

Nunca había estado de acuerdo con el enfoque que el entonces Fiscal de la Corte había dado al caso. Pura rutina que no llegó siquiera a rasgar la superficie de los hechos. Tampoco entendía las prisas para darlo por cerrado.

Había muchas cosas oscuras circulando por allí abajo, como un mar de fondo lleno de pulpos o calamares gigantes.

El caso había tenido bastante repercusión popular, lo cual tenía cierta lógica: incendio en una casa abandonada, cadáveres de niños calcinados, y el bosque, el mismo al que todos rehuían, como protagonista.

Se comentaba que el lugar estaba maldito, que todo el bosque era un sitio peligroso y que mejor no meterse en problemas… Y de pronto se acabó. Un buen día ya nadie volvió a hablar del tema. ¿Superstición popular?

No. Él sabía que la orden había venido de arriba, de muy arriba. Era evidente. Pero ¿por qué? ¿Qué interés podían tener en ocultar algo así?

Lo de las presiones políticas podía llegar a imaginarlo, aunque no lo entendiera, pero aun para él, que no tenía hijos, lo más incomprensible era que el mismísimo padre le hubiera insinuado que no era buena idea seguir removiendo las cosas. Que él ya había asimilado la pérdida y que ahora estaba muy ocupado y, al fin y al cabo, con la ausencia de los niños tenía una cosa menos de qué preocuparse.

Tantas veces había rumiado su teoría al respecto. Pero nunca había encontrado el momento para defenderla adecuadamente. Ni el lugar. Ni el interlocutor. Y se le había pasado el arroz. Ya estaba a punto de jubilarse.

NUEVE

Varias horas más tarde del atracón, Marijo y Josema aún vomitaban por los rincones. La señora del pelo blanco ya no se preocupaba por ellos. Había bajado al sótano de la casa y parecía ocupada con otras actividades. Aprovechando su ausencia los niños, que ya deseaban regresar a su casa, intentaron abrir la puerta para escapar. Pero estaba cerrada y no se veía la llave por ninguna parte.

Cuando la señora subió, su carácter había cambiado. Ya no era la amable anfitriona de la noche anterior. Sus rasgos se había endurecido y también el tono de su voz. Ahora las invitaciones habían sido reemplazadas por órdenes. Los obligó a limpiar sus propios vómitos y, de paso, el resto de la casa.

Ese fue el final de la dulzura y el comienzo de la pesadilla.

DIEZ

Había dejado de llover y por la ventana entraba aún una claridad sucia. Casi sin darse cuenta se le había escurrido el día libre, inmerso en sus cavilaciones. Ni desayuno ni almuerzo. Volvió a meter los papeles en la caja, de a uno, como quien guarda una pistola sin haber llegado a disparar.

El veterano estaba decidido, iba a retomar al caso. Por su cuenta, en los ratos libres, como pudiera. Le daba igual todo, ya era casi un hombre libre.

Pero necesitaba saber la verdad.

Cogió su chaqueta, de un color gris indefinido, y casi tan gastada como su espíritu, y salió. Esto no estaba terminado, de ningún modo. Esto empezaba ahora.

Salió rumbo al bosque y cerró la puerta tras de sí, como quien corre el telón a una etapa de su vida.

ONCE

La época de los dulces había terminado y los niños ya llevaban mucho tiempo bajo la tutela de la Bruja, obligados a ejecutar “tareas” infames.  Vivían inmersos en una rutina de lo anormal. Cosas terribles que difícilmente entraban en la mente de un niño, pero que una vez dentro, ya no podrían salir. Nunca. Escapar de un padre excesivamente estricto para caer en manos de la “bruja”, eso sí que era mala suerte.

Al menos comían razonablemente bien, no por sensibilidad o comprensión, sino porque a la propia bruja  le interesaba que estuvieran fuertes y saludables para sus propios fines.

Sólo ahora llegaban a comprender la magnitud de su error. Experiencia llaman a esto los mayores. Un peine que te dan cuando ya estás calvo.

Y como la tensión crecía, los roces con la bruja eran cada vez más frecuentes. A medida que pasaba el tiempo y los niños crecían, las amenazas surtían menos efecto. Ya no era tan fácil controlarlos. Y un día Marijo, harta ya de tanta humillación, se enfrentó a su carcelera. La discusión entre ambas fue muy fuerte.  Josemari  nunca había visto a su hermana tan enfadada y temió lo peor. Pero se quedó corto.

DOCE

Dejó su coche de caballos a unos cuantos metros de distancia y se acercó andando al claro en el que había vivido la “bruja”. La noche había caído sin oposición, aunque había luna llena.

La casa no se había derrumbado completamente, algunas columnas y vigas de la estructura original de madera aún permanecían en su sitio, luchando contra la ley de la gravedad. A Van Persie la tétrica silueta que se recortaba contra el cielo le recordó al esqueleto de un dinosaurio maligno que se disponía a atacarlo. La hierba crecida y húmeda, después de la lluvia, llenaba el aire de olores fuertes y ruido de bichos.

Estuvo un tiempo dando vueltas a su alrededor, tratando de aclarar sus ideas. Era un impulso lo que lo había llevado allí más que una decisión meditada y racional. Y a esas horas, sin luz, difícilmente podría recoger ninguna prueba ni aclarar alguna duda. Por eso dejó vagar su mente, dándole espacio al inconsciente para que se explayase. Y en eso estaba cuando de pronto notó un movimiento entre las sombras. Un bulto agazapado entre la maleza.

Van Persie sintió miedo, para qué negarlo, pero conservó una cierta dignidad. O tal vez fuera una  mezcla del cansancio que sentía con la rigidez que se había impuesto.

El extraño volvió a moverse. Con rapidez. Y cuando Heraclio giró para seguir su trayectoria metió el pie en un pozo, cayendo al suelo. Desde allí, vencido y desorientado, vio cómo el extraño se le acercaba, girando a su alrededor como un obstinado dentista a punto de hacer una extracción. Entonces le gritó: _

—¡José María! ¿Eres tú?

La silueta se quedó paralizada. La luz de la luna le daba en la cara y, a pesar de la oscuridad, el veterano pudo verlo bien. Tenía aún la cara de un niño, pero su mirada era la de un viejo. Su cabello era una pincelada oscura. Se mantuvo unos segundos frente a Van Persie, amenazante, como dispuesto a combatir. Al final bajó los brazos, se sentó en el suelo y se puso a llorar.

Cuando se tranquilizó, comenzó la charla.

TRECE

—La vieja, la supuesta bruja, no era otra cosa que la encargada de un antro dedicado a la pedofilia… Trata de niños, ¿me entiende? Pederastia, chulería, proxenetismo, alcahuetería…

—Sí, ya vale, te entendí. No necesito más sinónimos.

—Lo del chocolate en la casa era más bien una metáfora que una forma de atraernos. Lo nuestro fue un caso aislado, pero no era lo habitual. En esos momentos nadie se aventuraba a hacer una excursión por el bosque. Tenía muy mala fama.

»De todos modos, se llegaron a juntar allí más de una docena de niños. No sé cómo llegaban, tal vez los secuestraban, o sus padres los vendían. Nunca me lo dijeron. Teníamos prohibido hablar entre nosotros. Y los clientes venían todos de muy arriba. Gente poderosa, cercana al Rey, ¿me entiende? Y pagaban muy bien. A la “bruja”, claro. A nosotros sólo nos daban a veces algunos dulces, como propina.

»Todo funcionaba en los sótanos de la casa, a los que se entraba por una rampa que había detrás. Allí había unas habitaciones pequeñitas, decoradas con dibujos infantiles. Parece que a estos tipos eso los “motivaba”. Además, en esas fiestas corría la droga. La propia vieja se encargaba de preparar los “after eight”, en los que la almacenaba y distribuía con el mismo chocolate con el que decoraba la casa.

»Aunque nosotros éramos chicos, enseguida nos dimos cuenta de todo. Pero no podíamos hacer nada. Hasta que una noche mi hermana se rebeló y se enfrentó a la vieja. Discutieron junto a la chimenea y Marijo la empujó, haciendo que cayera dentro, justo sobre la leña encendida. Salió inmediatamente, aullando de furia y de dolor, como una loba, pero con sus ropas ardiendo. No hizo más que esparcir el fuego por toda la casa. Abrazó a mi hermana y ambas rodaron por el suelo, convertidas en una enorme bola de fuego… Pobre Marijo.

»En pocos segundos la casa entera ardía y cuando el calor hizo estallar los cristales, logré saltar por una ventana. Los otros no tuvieron tanta suerte, la escalera de bajada al sótano, que era de madera, se derrumbó y quedaron atrapados. Todavía tengo grabados en la memoria sus gritos de dolor.

»Me mantuve escondido en la espesura y desde allí pude ver todo, desde la llegada tardía de los grupos de vecinos para tratar de apagar el fuego hasta la visita de los investigadores, con usted a la cabeza. Duró muy poco, una o dos semanas, y ya no volvió a pasar nadie por aquí.

»Yo decidí no volver con mi padre, al que odiaba, y me instalé en la pequeña cabaña donde se guardaba la leña, a unos veinte metros por detrás de la casa. Me alimenté exclusivamente de bayas y raíces durante bastante tiempo hasta que, poco a poco, conseguí rehacer mi vida.

—¿Rehacer tu vida? ¿Cómo?

—Hice llegar unos mensajes a la Corte proponiendo la “continuidad del negocio”. Ellos fueron receptivos y desde entonces lo manejo yo. Obviamente no le voy a decir dónde, pero es por aquí, en el bosque.

—Pero la Corte ya no existe… Al Rey lo decapitaron hace tiempo.

—Es verdad, pero ahora tenemos un Consejo de Ministros. El nombre ha cambiado. Y algunas caras. Pero le sorprendería saber lo parecidas que son las costumbres… Precisamente la semana que viene tengo un encargo de su jefe, el Ministro de Justicia.

El fiscal vaciló. Podría haber dicho algo definitivo, pero no dijo nada. Miró a José María y esbozó una sonrisa cansada y sucia.

Se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el sitio en el que había dejado su carruaje. Cuando llegó, los caballos estaban tranquilos. Le pareció que lo miraban con condescendencia, como perdonándole la vida. Sabiduría equina lo llaman.

Decidió dejarlos allí y volver caminando. Tenía toda la noche por delante. Tenía toda la vida por delante…, al menos la poca que le quedaba. Ya sabía todo, o casi todo. Adiós incertidumbre, hola decepción. Finalmente, si uno insiste, descubre cuanta verdad es capaz de soportar.

Miró a su alrededor. Bajo la luz de la luna el bosque le parecía una reunión de fantasmas.

Daniel Camargo  2013

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Comments
13 Responses to “Aquella casita de chocolate”
  1. Paloma Muñoz dice:

    Daniel, ya te comenté que tu relato me había dejado flipada y si no te lo comenté, pues lo hago ahora. ¡Menuda historia! Ya he comentado en la portada que los finales infelices son tristes, pero el final de este relato es uno de los tremebundos más gordos. El negocio de la pedofilia no se queda sin cerebro organizador y la casita de chocolate continúa su andadura aunque metafóricamente porque como el bosque es muy grande…
    Además a rey decapitado, ministros entregados (al tema)
    Daniel, te felicito. Tu cuento además de original tiene un final tan imprevisible que me ha dejado loca.
    Imaginaba que mi ilustración te inspiraría algo similar a lo que relatas en la historia, pero el final ha sido flipante.
    Un abrazo

  2. Gracias Paloma: Supongo que sabes que, a falta de otras habilidades, suelo trabajar mis relatos en clave de humor. Pero tu magnífica imagen es tan sugerente y transmite un trasfondo tan “ominoso” (que diría Lovecraft…), que enfocar la historia en otra dirección hubiera sido una falta de sensibilidad, y hasta de respeto. Y ya sabemos cómo son los bosques, que lo mismo que tienen de sentido de protección y de vitalidad durante el día, lo tienen de escalofriante y amenazador por las noches. Me alegra mucho que te haya gustado este experimento (para mí lo ha sido). Ha sido un placer colaborar contigo.
    Un abrazo.

    • Paloma Muñoz dice:

      Daniel, si eres fan de Lovecraft, eres de los míos, jajajajaja. Mira, no estaría mal que una convocatoria fuera del estilo “ominoso” lovecraftiano. Todo es cuestión de proponerlo.
      Desde luego que la casita de los cullons da unos escalofríos que re rilas.
      Yo no me perdería en ese bosque ni me acercaría a esa casita.
      Por cierto, creo que te gusta Poe, pues tengo un relato para ti que tal vez te guste. Te lo envío. ¿Vale?
      Un abrazo

  3. Por diosss, siempre me han dado un pelin de mieditis los bosques por la noche, si no los conozco, pero la historia es tan real, que me ha hecho llevar el “objetivo” hacia ese tema tan escalofriante, y lo has encajado de modo perfecto. Los dos habeis ido por el mismo sendero “oscuro” pero realista y actual. Uyss por diossss iré mirando para atrás cuando me pasee por el bosque.
    Jaloque

  4. caliopecrowe dice:

    Paloma eres muy grande, guapa, Enhorabuena y enhorabuena a Daniel por el estupendo relato.

  5. amenofislll dice:

    Espeluznante relado. Enhorabuena Daniel , y enehorabuena a ti también Paloma, por esa tetrica ilustración. Viendola, no apetece mucho ir a pasar unos días …

  6. olgabesoli dice:

    Excelente relato, no solo por la veracidad que le has imprimido a la historia, sino por esos capítulos narrados a dos bandas alternadas con gran maestría. Con lo largo que es el relato y, sin embargo, se me ha hecho corto, cortísimo. Además, el tema es escabroso donde los haya, pero real y aunque nos disguste, de tremenda actualidad. Así que te hago una reverencia, Daniel, por tu trabajo. Y mis felicitaciones también para ti, Paloma. Cada vez me gustan más tus ilustraciones, en constante progreso. El aire tétrico que le has imprimido a la silueta de esa casa da mucho que pensar. no me extraña que haya inspirado el magnífico relato de Daniel.

  7. jesús dice:

    ¿Qué decir de este relato? que sorprende. Coincido con los demás comentarios pero yo haría hincapié en ese incisivo que le clavas en la yugular a la nueva clase política. O yo así lo entiendo o lo quiero entender. Buen trabajo. Paloma, que fantasmagóricanente se esconde tras la casa toda la mierda de la sociedad que toca vivir. Me gusta.

  8. Paloma Muñoz dice:

    Gracias a todos vosotros por los comentarios sobre mi ilustración. D miedo, mucho miedo.
    Una cosa: que faltan los tres puntos suspensivos del título, snif, snif.

  9. Mariola dice:

    Vaya, vaya, vaya… ¡Qué versión de esa casita de chocolate! La original ya es terrorífica, pero esta escabrosa visión que le ha imprimido Camargo sí que pone los pelos de punta y deja el cuerpo ligeramente tocado. Te felicito, Daniel, aciertas con todo cuando escribes: humor, escalofríos… Y además ilustras. O sea, eres un joyón.
    Y Palomita, ¿qué te voy a decir de esa casa? Me gusta un montón la línea de luz azul tan tétrica bordeando las siluetas y, en su conjunto, no puede ser más ideal para el tono del texto que ha dado Daniel.
    ¡Excelente trabajo de verdad! 😀

  10. Para Daniel: ¡Qué cuento tan poderoso! Es un triller atrapante y asfixiante. La astucia de contarlo a dos voces no puede ser mejor, porque en un momento te hace pensar: “¡Bah, ya me adelantaron el final! Así seguro no habrá sorpresas al término de la lectura”. Y luego el final te da una cachetada en la cara, de lo bien construido que está. Ya había leído unos comentarios en el cuento de Roberto del Sol en el que tú ilustras, donde te halagaban por la magistralidad de tu don, que te permite ilustrar y escribir con igualdad de fuerza y dominio. Nunca antes había leído algo tuyo, pero ahora puedo ver que no mentían los que te han dicho esto. Quedo más que pasmado no solo por la historia, sino por la belleza con que es contada. Yo actualmente estoy escribiendo un libro de cuentos de hadas para adultos (esta coincidencia fue la que me hizo decidir entrar a Surcando Ediciona), y no puedo más que sentir envidia de un relato como este, que es justamente lo que he querido lograr con los cuentos que estoy escribiendo, pero que hasta el momento no he logrado. Felicitaciones.

    Para Paloma: Grandiosa ilustración. Viene a juego con el relato perfectamente, porque desafía el convencionalismo de las imágenes que se suelen ver sobre las variaciones de la historia original. Apenas uno ve la imagen, no solo es capaz de imaginar una bruja horrenda, sino también vampiros, hombres lobos, bestias haladas, fantasmas, jinetes sin cabeza y toda clase de espantos. No hay forma de ver esto y no pensar: “Vaya, yo como que mejor me devuelvo para mi casa”. El ambiente de misterio del cuento, se multiplica gracias a esta imagen. Felicitaciones.

    • Paloma Muñoz dice:

      Muchas gracias, Víctor por tu generoso comentario. La ilustración la tuve en la cabeza casi desde el principio de la convocatoria cuando supimos que el tema era sobre los cuentos infantiles para adultos y Daniel elaboró un originalísimo y tremendísimo cuento. Me ha encantado colaborar con Daniel y para ser totalmente sincera, estoy muy satisfecha de mi ilustración.
      Un abrazo, Paloma

  11. Muchas gracias por tanto comentario elogioso. La verdad es que no tengo palabras (las gasté todas en el cuento…).
    He disfrutado mucho de esta experiencia durante el proceso, y si ahora compruebo que además os ha gustado, la satisfacción es doble. Un abrazo a todos.

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