De como Caperucita se comió a su abuelita

Autor@: 

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: Carme Sanchis

Género: Relato Terror-Erótico

Rating: + 18

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

De como Caperucita se comió a su abuelita.

Como en todas las versiones conocidas del cuento, Caperucita Roja salía hacia casa de su abuelita con un canasto lleno de manjares para la pobre mujer, que no salía de casa debido a una enfermedad, o tal vez, simplemente, porque con la edad se había vuelto bastante huraña y ermitaña, y por eso prefería no ir más allá del quicio de su puerta carcomida y oxidada, como ella, más o menos.

Después de las pertinentes advertencias de su madre, la joven –porque, no nos engañemos, nunca fue la niña que creímos– partió a través del oscuro bosque hasta casa de su abuela.

Pasó por entre árboles de formas siniestras y riachuelos sucios.

¿Habíamos dicho que cuando Caperucita hacía estas excursiones era siempre de noche?

Pues era noche cerrada, con unos nubarrones más negros que el hollín que tapaban el cielo. Los búhos cantaban su monótona sintonía cual coro gregoriano en plenas maitines, y allí estaba Caperucita, disfrutando del bosque en su esencia.

Era Agosto e incluso las noches eran calurosas en ese sofocante bosque.

Se acercó a un claro entre el espesor, en el que sabía que había un estanque de aguas límpidas, a pesar del agua putrefacta que bajaba por los arroyos.

Se deshizo de sus ropajes de campesina, permitiéndose el lujo de quedarse en paños menores, atrevidísimos para la época… Pero las jóvenes, ya se sabe. Decidió, en un alarde de pudor, dejarse esa caperuza roja, por si los voyeurs.

Y allí tenemos a la “inocente” Caperucita Roja bañándose felizmente en un estanque tenebroso de un bosque peligroso.

En estas estábamos cuando entró en escena un hombre muy peculiar.

Rondaría los 40 años, bien parecido, con una barba salvaje recortada y los ojos desiguales, que brillaban con intensidad.

Caperucita se sentía observada, pero cuando vio reflejado en el agua el rostro del voyeur, lejos de taparse, dejó caer la capucha y se giró con insinuante mirada al observador.

–¿Qué eso de mirar sin siquiera presentarse? –preguntó.

–Pensaba unirme al baño –contestó el hombre– pero tal vez mi presencia no sería apropiada para una joven doncella.

–Seré joven –respondió Caperucita–, pero os aseguro que no tengo nada de doncella; esa flor fue deshojada hace mucho tiempo –sonrió con picardía–. ¿Por qué no me hace compañía? Me siento sola.

¿Cómo rechazar tal invitación?

El hombre se acercó al estanque, se desnudó dejando ver su cuerpo musculoso y peludo, y entró en el agua.

Nada más hacerlo, Caperucita se acercó a él, de modo que ambos pudieron sentir el calor del cuerpo del otro.

–Oh, veo que te alegras de conocerme –dijo la chica, colocando la mano en su entrepierna, en la que palpitaba una incipiente erección.

Después de un apasionado beso, los actos de carácter erótico –cuándo no pornográfico– se sucedieron de un modo tan salvaje que la narradora se ruboriza con la sola idea de explicarlos, así que accederemos a que cierre los ojos y saltaremos un poco en el tiempo, permitiendo al lector, eso sí, imaginar lo que desee.

Cabe destacar que, en pleno acto, Caperucita sintió como los dientes de aquel hombre desconocido se abrían paso en la pálida y suave piel de su cuello, y como las gotas de sangre de su yugular teñían de rojo el agua del estanque.

El último suspiro del clímax se oyó en todo el bosque y se unieron a él todos los animales de alrededor.

–¿Has disfrutado, niña? –Preguntó extasiado el hombre.

–Como una loba –respondió Caperucita, saliendo del agua.

–No sabes qué razón tienes.

Ilustración de Rosa García

Caperucita se puso la falda y se ajustó el corpiño y la capucha.

No le dio tiempo al hombre de reaccionar y vestirse; la joven ya había desaparecido en el espesor del bosque. La noche transcurría tranquila y ella seguía su camino hacia la casa donde vivía la anciana ermitaña que era su abuela.

Mientras caminaba sentía como las ramas, pervertidas manos de un hombre sobón, le arrancaban la caperuza y la ropa.

Y, ¿puede el lector imaginar en qué condiciones se encontraba la pobre de Caperucita Roja cuándo llegó al claro frente la casita de madera de su abuela?

Pues ella se sentía maravillosamente, con la ropa oportunamente rasgada dejando entrever su cuerpo voluptuoso a todo aquel que quisiera detenerse a mirar.

Pero no era eso lo único que era diferente en la joven desde que saliera de su casa unas horas antes, aunque ella no se dio cuenta hasta que fue, digamos, demasiado tarde.

Como pudo, usó su caperuza para tapar la desnudez a ojos de su anciana abuela.

Fue todo en vano, pues un detalle del que Caperucita no se había percatado era que la luna llena esa noche estaba tapada por largos campos de algodón, que en ese preciso momento un segador inoportuno parecía estar recolectando, pues quedó expuesta cuando Caperucita cruzó el quicio de la puerta.

Lo primero que notó fue como la fisonomía de las manos cambiaba, y donde antes había visto unas manos pequeñas de pulcras uñas, aparecieron unas zarpas largas. Los rectos dientes se alargaron, y los caninos sobresalían de su boquita de fresa, que se embraveció. Los ojos de Caperucita, normalmente azules, se tornaron marrones con una pupila de desproporcionadas dimensiones. Y los pies, antes pequeños y recogidos en unos zapatos de doble lazada, se rompieron al aparecer unas patas traseras lobeznas.

Hasta este punto, nuestro bien amado lector seguramente ya ha deducido que el encuentro sexual de Caperucita Roja con ese desconocido le contagió el virus de la licantropía. Y ese, hasta día de hoy, no tiene más cura que las balas de plata.

La joven sintió un hambre feroz y aulló con ansia a la noche, ante los ojos de su asustada abuela, que apestaba a fluidos corporales por el miedo.

Al momento apareció una manada de lobos que se movían con ferocidad y cautela al mismo tiempo, para conocer al nuevo miembro del clan. Surgió de la nada un hombre lobo, más alto que cualquiera de los anteriores y al instante supo que era el voyeur desconocido con el que había estado retozando momentos antes.

Estaban famélicos, y como nuestro querido lector sabrá, los lobos cazan siempre en manada.

No necesitaron otra excusa que el hambre para irrumpir en casa de la pobre y ermitaña abuela de Caperucita, que fue devorada por su nieta en su práctica totalidad, en menor tiempo que el que emplea una meretriz en bajarse las faldas.

El cazador que apareció poco después tampoco fue problema, pues el desconocido hombre lobo le atacó la yugular antes que tuviera tiempo de recargar su escopeta y aún gritaba asustado cuando los lobos menores le devoraban las entrañas.

¿Puede nuestro lector imaginar tal escena; tal orgía de gritos y sangre?

Falte decir, para beneplácito de quien nos lee, que los gritos de dolor se oyeron más allá de los lindes del bosque, donde una turba de aldeanos encendía fogatas, sobresaltados por los aullidos de los lobos, al ver que su avanzadilla, el cazador que siempre nos narra el cuento, no aparecía.

Y esta narradora puede decir, ya que todo lo ve, todo lo oye y todo lo siente, que la turba de aldeanos apestaba a miedo y orín, y que si no fuera por la presión social, cada hombre del pueblo estaría encerrado en su casa, con su mujer y sus hijos arrebujados junto al fuego. Pero las turbas, ya se sabe, son una forma como otra de pánico colectivo.

Más de cincuenta hombres armados partieron al bosque con las antorchas, pues la luna se había escondido de nuevo, en busca de esa manada de lobos que les devoraban a las ovejas y a las hijas. Ninguno volvió.

El motivo de su no regreso no es otro que nuestra joven amiga Caperucita Roja, que se ofrecía a cada hombre que veía, según lo que su corazón escondía y estos, siempre corruptibles, no deseaban otra cosa que poseerla con todas sus fuerzas para, en el momento de dejar correr su semilla en el vientre de la joven, ser devorados por una manada de lobos asesinos.

El primero al que engañó fue al panadero, que siempre la había mirado con ojos de lascivia y le había insinuado obscenidades con barras de pan de por medio.

El próximo fue el campesino, que era acompañado por tres de sus jornaleros y poseyeron a Caperucita a la vez y en las más variadas posturas, que pueden correr a cargo de nuestro lector.

Llegó el turno del clérigo, que acompañado por el monaguillo quisieron recorrer todos los orificios del cuerpo de la joven.

El juez y el verdugo del pueblo fueron los más salvajes, pues acabaron de arrancar la ropa de la joven que se fingía asustada y le devoraron con ansias senos y partes íntimas, mientras ella se mantenía dócilmente atada a un árbol.

El viejo alcalde, así como el alguacil, llegaron al clímax antes de empezar, al ver la firme desnudez del cuerpo de la joven.

El verdulero, el ebanista, el carnicero, el barbero, los albañiles y el tabernero… Todos sucumbieron ante Caperucita Roja; roja de sexo, roja de sangre.

Y así fue como esa noche ningún lobo tubo hambre ni ninguna mujer esposo.

Pero atención lector, pues el relato no ha acabado y queda una última advertencia.

Ilustración de Rosa García

Se rumorea que aún hoy, Caperucita Roja ronda los bosques en busca de hombres y mujeres, para saciar su sed de sangre y sexo.

Maria Cristina Salvans Martínez

17/7/2013

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Comments
5 Responses to “De como Caperucita se comió a su abuelita”
  1. Mariola dice:

    ¡¡¡Pero bueno, pero bueno, pero buenoooooooooooooo!!! ¡Esta Caperucita es divina total!
    Al ver las ilustraciones de Rosa tan fabulosas, con esos rojos tan característicos y esos lobos tan maravillosos -que tanto me gustan y se me nota, jejejeje-, he comprendido perfectamente el tono tan subidito que le has puesto al cuento, María Cristina, ¡y que me ha encantado! ¡Aysss, qué bien montárselo con ese hombre lobo y dándose un bañito!
    Pues eso, que está genial y que os felicito. ¡Me lo he pasado a lo grande!

    • M.Cristina dice:

      ¡Es que con esas maravillosísimas ilustraciones, el cuento casi se escribía solo! ¡Muchas gracias por pasarte Mariola!

  2. olgabesoli dice:

    Rosa y Cristina, ¡menuda Caperucita que habéis creado entre las dos! Habéis conseguido que me guste mucho más que la original.
    Rosa, tu ilustraciones son magníficas pero con esta Caperucita sangrienta de ojos rojos te has superado.
    Y Cristina, cuando he leído tu historia me he quedado de piedra. Ya me imaginaba algo terrorífico pero nunca se me habría ocurrido que la Caperucita podría llegar a convertirse en… no lo diré por no desvelar nada.
    Magnífico trabajo. Mi enhorabuena a las dos.

    • M.Cristina dice:

      Es que Caperucita es mucha Caperucita… Nos han querido vender siempre que era una santurrona, pero de eso… ¡na’ de na’! La verdad es que sin las ilustraciones de Rosa no sé qué habría salido, pero son tan expresivas por si solas que el relato estaba encaminado.
      ¡Muchas gracias por pasarte y comentar Olga!

  3. Paloma Muñoz dice:

    Acabo de leer el cuento de la Caperucita come hombres en el sentido metafórico y literal y me ha dado un flash de los gordos. ¡Menuda historia tremebunda! Vamos que la perra loba de Caperucita no se priva de ná, jajajajajaja.
    Rosa, tus ilustraciones son tan alucinantes que me voy a hacer una carpeta para guardarlas todas. Son maravillosas, tienen morbo y son fascinantes.
    Un supe10 a las dos.

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