La cerillera

Autor@: Carme Sanchis

Ilustrador@: 

Corrector@: Carme Sanchis

Género: Negro

Rating: + 14

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración con propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La cerillera.

El calor era asfixiante en el centro de la ciudad. Los vecinos habían iniciado un progresivo cambio de sus ropas de invierno por las ligeras ropas de verano. Cada vez se veía menos gente por la calle, lo que era bastante irónico, porque las fábricas habían cerrado por vacaciones y la gente tenía más tiempo libre.

Paseando por las calles, se podían ver las puertas abiertas de las casas, implorando una brisa que entrase con su caricia fresca en el hogar. Y a pesar de ello, los hurtos y los allanamientos no habían aumentado. Al parecer, los ladrones también pasaban calor.

En la comisaria apenas había trabajo. La mayoría de los agentes tenían vacaciones, y los que se habían quedado se apelotonaba en la sala de estar, frente a un ventilador. Vincent estaba en su despacho, junto a la ventana, como era típico en él. Había aprovechado la inactividad delictiva para poner en orden todos los casos anteriores. El comisario estaba que echaba humo, desconfiaba de todo el mundo; sabía que había un topo cerca de él, y se sentía acorralado.

–Ese maldito lunático desconfía hasta de su reflejo en el espejo –murmuró Vincent. Sobre la mesa tenía una jarra repleta de agua con hielo, hacía tanto calor que necesitaba hidratarse constantemente–. Agente Tejeda –convocó desde el marco de la puerta.

Al instante, Javier apareció con un montón de carpetas marchando hacia su despacho. Llevaba la camisa manchada, y por la frente le desfilaban ríos de sudor. Depositó las carpetas sobre la mesa, y se dejó caer en una de las sillas.

–Estoy muy cansado, señor –susurró, mientras Vincent cerraba la puerta.

–No deberías trabajar tanto. En verano apenas hay crímenes por esta zona, y las pocas investigaciones que hay abiertas no parecen llevar a ningún sitio.

–Quiero dejarlo todo listo, para que no se amontonen con los próximos casos.

Vincent soltó un bufido, dio un trago a su bebida y mordisqueó uno de los cubitos de su vaso.

–Como quieras, pero te aseguro que en una comisaría siempre hay papeles –se acercó hasta el ventilador, para sentir las ráfagas de viento golpeándole la piel–. ¿Algún caso nuevo? Me han dicho que ha desaparecido un niño cerca del río, supongo que los padres estarían distraídos y les cayó al agua… Estoy harto de ese tipo de descuidos.

–Sí, señor. Mandó unos agentes a buscar por la orilla, río abajo, pero de momento no han encontrado nada.

–Sí, espero que esté a salvo cerca de allí. ¿Se sabe algo más de la disputa del edificio de la calle de los robles? Vi llegar ayer por la noche a una mujer con el ojo hinchado, un hombre con el labio partido y otro con la ceja abierta.

–Han estado interrogando a todos los vecinos, y al parecer todo empezó en una reunión. Estaban organizándose para preparar una barbacoa, pero no se ponían de acuerdo en qué carne llevar.

–Disputas vecinales por comida, lo que me faltaba por oír.

–Al menos el resto los paró a tiempo.

–Sí, ¿algo más? –pregunto Vincent.

–Bueno, han encontrado el cuerpo de Nacho “El Seco”.

–¿Qué? ¡Maldita sea! –Golpeó la mesa con su mano, produciendo un violento estruendo– ¿Cuándo lo han encontrado?

–Justo antes de que me llamara, acababan de enviarnos la noticia. Estaba en uno de los almacenes del área industrial. Todavía no se ha confirmado si es él, no lleva ningún tipo de identificación. Pero bueno, esa cara es inconfundible.

–¿Por qué los contrabandistas aparecen muertos justo cuando estás a punto de cogerlos?

–Buena pregunta. Han encontrado junto al cuerpo una especie de maletín, repleto de documentos. Si quieres podemos acercarnos hasta allí.

–¿Para ver su careto por última vez? No, prefiero investigar esos papeles. Que los manden inmediatamente a mi despacho.

–Sí, Inspector.

Javier salió atropelladamente del despacho y gritó un par de órdenes a los agentes que charlaban en la sala de estar. Cuatro de ellos partieron de inmediato hacia su destino, y media hora más tarde, dos llegaron con todo lo que Vincent había pedido. El maletín estaba totalmente deshilachado, parecía estar cubierto de mugre, y a aquello olía. En cambio, los papeles de su interior estaban totalmente impolutos, y ni tan solo mostraban dobleces.

–Resulta difícil creer que estos papeles sean de “El Seco”. ¿Por qué guardaría pruebas de su culpabilidad?

–Puede que los llevase encima para esconderlos.

–Y justo se golpeó la cabeza de camino a su escondite… Demasiadas coincidencias.

–Tampoco podemos descartarlo. Pero de todos modos, dos de los agentes se han quedado allí, para mantenernos informados.

–Está bien, veamos estos papeles qué nos cuentan. He leído en uno de ellos una dirección, la plaza de la Natividad. Allí está una de sus clientas, una tal María Luisa Poveda. Deberíamos ir a hablar con ella.

–Juraría que en esa plaza solo hay un estanco, el del señor José Miguel Habano.

–No lo conozco. Yo siempre voy al mismo estanco.

–Deben alegrarse mucho al verlo –bromeó Javi.

–Qué graciosillo…

~***~

La plaza de la Natividad, rodeada por arcadas que ofrecían un respiro con su sombra, estaba llena de vecinos sentados en las terrazas de los diferentes establecimientos; todos sacaban un par de sillas, incluso la pequeña mercería.

El Inspector y su ayudante sentían los fuertes guantazos del sol. Vincent había decidido vestir camisas blancas de manga corta, con pantalones de traje color gris claro y corbatas a juego, para evitar el calor de la ropa negra. Algunos dirían que no era la ropa más apropiada para un Inspector, pero él tenía calor y más inapropiado le parecía el sudor.

–Hace demasiado calor para estar en la calle –gruñó Javier, secándose la frente con su pañuelo.

–Cada año es peor, dentro de poco no se podrá ni respirar.

–Seguro que en el estanco hay un ventilador, vayamos para allá, no quiero derretirme.

Caminaron junto a la gente, entre los arcos. La mayoría les miraba, les saludaba o les daba las gracias por su trabajo. A Vincent no le gustaba todo aquello, le hacía sentir extraño, no conocía a casi ninguna de las personas que le saludaban, pero todos parecían saber de él. Observó a la multitud que lo rodeaba, gente de calle que parecía estar de vacaciones, intentando desesperadamente encontrar un poco de frescor. Bebían limonadas, jugaban al cinquillo, al dominó, al parchís…

«¿Por qué no va más gente a pasear junto al río? –Pensaba el Inspector–. Tal vez porque hace poco más de un mes, apareció el cadáver de la pobre Lucía Vera».

–¿Será posible? –Exclamó Vincent– ¡Esa mujer lleva un maldito abrigo encima!

Cerca de la puerta del estanco, una mujer de unos 70 años esperaba sentada frente a una mesa repleta de cajitas de cartón. Ir abrigada no era algo muy frecuente en pleno agosto, pero la gente pasaba por su lado sin hacerle el menor caso.

»Será mejor que nos acerquemos, puede que necesite atención médica.

La mujer les ofreció una sonrisa en cuanto se percató de que iban hacia ella. Le caían goteras de sudor por la frente y el cuello, y se le perdían poco después por el pecho. Desprendía un olor tan cargado que el agente Tejeda no pudo evitar una mueca de aversión.

–Acercaos, preciosos, compradme una cajita de cerillas, por favor –cogió una de las cajas y se la acercó–. Ayudad a una pobre cerillera…

–Bueno días, soy el Inspector Vincent Barrett, y este es mi ayudante, el agente Tejeda.

–Encantada, mis adorados guardianes.

–¿No estaría mejor sin ese abrigo, señora?

–Señorita, si no le importa, caballero –desabrochó uno de los botones y abrió un poco la prenda–. ¿No será usted uno de esos descarados libertinos de hoy en día?

Vincent arqueó una ceja y observó a la señora. Desde luego no era una anciana corriente. A simple vista tenía esa presencia suave y delicada, de una mujer de su edad; pero tenía fuego en sus ojos, rebosaba energía y desparpajo.

–¿Es consciente de que puede usted sufrir un golpe de calor? Podría enfermar o incluso ser hospitalizada…

–Tonterías, yo estoy bien así. ¿Acaso pretende quitarle el abrigo a un pobre anciana desamparada? ¿Para eso sirve la policía? –subió el tono de voz.

–Está bien, como usted quiera. Pero, espero que le sirva la advertencia.

–Que dios se lo pague con hijos, yo se lo pago con una cajetilla gratis –depositó una en su mano–. Ya puede decirle a sus amigos que la pobrecilla Luisilla es una buena niña.

Aquello ya no tenía sentido, aquella señora tenía edad para tener nietos, no podía describirse como una chiquilla.

–¿Es usted María Luisa Poveda? –apuntó Javier con incredulidad. Aquella trastornada mujer, era la compradora de “El Seco”, uno de los mayores contrabandista de tabaco de los últimos años.

–Así es, señor agente. Soy la pequeña cerillera que intenta sacar un poco de dinero vendiendo cerillitas para ayudar a mi familia. Pero todos pasan de largo, todos me ignoran. Caminan felices sin ver a la pobre cerillera… Es muy triste.

–¿Acaso no es ese uno de los cuento de Andersen? –añadió Vincent– ¿La pequeña cerillera?

–Pues claro, señor. Narró mi vida, y ahora todos los niños conocen mi historia. Fue toda una sorpresa descubrir que hablaba de mí, me siento orgullosa.

–Esa historia pasa en navidad, y la cerillera lleva un abrigo por el frío… ¿Por eso lo lleva usted? –preguntó el Inspector, alarmado.

–No debo correr riesgos. La historia dice que moriré de frío, por eso siempre llevo este cálido abrigo.

–Pero podría morir de calor. Póngaselo únicamente cuando haga frío.

–No, señor. No me encontraran congeladita en una esquina. No, no.

–Inspector, deberíamos seguir con la investigación… No sé si me entiende.

–Un segundo, cerillera –Vincent colocó su mano sobre el hombro de Javier y lo llevó unos pasos más allá.

»Sé perfectamente que es la mujer que buscamos –susurró el Inspector–, pero no está bien de la cabeza. Debemos seguirle el juego, y así conseguiremos sacarle toda la información. Si cree que es la maldita cerillera, la trataremos como tal.

–Bien pensado señor, lo dejo en sus manos. Seguro que sale mejor si habla usted solo.

Regresaron a la mesa, pero el agente Tejeda siguió su camino hacia el estanco. Vincent se despidió de él frente a la mujer y reanudaron la conversación.

–En fin, señorita, cuénteme más. ¿Desde cuándo vende cerillas?

–Oh, caballero, de toda la vida. Es la única manera que tengo de ayudar a mi familia. Vendo las cajitas junto al estanco, por si algún señor quiere encenderse su cigarro.

–Qué buena idea. A mí siempre me pasa lo mismo, odio perder el encendedor. En cambio, las cerillas, nunca fallan.

–¿Fuma usted, señor? Tan bien perfumado que se muestra.

–Todos tenemos algún mal hábito, y yo escogí el tabaco. Al menos, los cigarrillos no son tan malos como las apuestas o el alcohol… O eso me gusta pensar.

–Di que sí, caballero, que se merece sus pequeños placeres, los tiene bien merecidos. Lucha por todos los vecinos, para que nadie incumpla las normas.

–Exactamente. Pero es una lástima, he mandado a mi ayudante a comprarme una cajetilla nueva. Se me ha terminado, y ardo en deseo de fumarme un cigarro.

La mujer, abrió de improvisto su abrigo, extendiendo sus brazos hasta dejarlos uno a cada lado de su cuerpo. Además de mostrar su delgado torso cubierto por una camiseta sudada, dejó ver un sinfín de paquetes de tabaco de todas las marcas que había en el mercado.

–No hay problema, señor mío. Yo le invito a un dulce cigarrillo. Escoja, escoja el que más le guste.

Y ahí tenía la prueba que necesitaba, María Luisa “la Cerillera”, traficante tabacalera.

–Es usted muy amable, Luisilla. Me gustaría uno de los más rubios que tenga –la señora le tendió uno, y acto seguido raspó una cerilla contra la cajetilla para crear una pequeña llama. Vincent dio una larga calada inicial, y lanzó el humo hacia el cielo, sabía a triunfo.

–Siempre es un placer ayudar a un agente de la Ley.

–Y dígame, ¿cómo es que tiene usted todos esos cigarrillos?

–Los vendo para ganar un poco más de dinero, señor. La gente a penas compra cerillas, ya son muchos los que poseen encendedores. En cambio, los cigarrillos, cada vez más costos, son fáciles de vender a un precio tan bajo. Un señor muy amable me los trae de otros sitios, y yo los vendo por el pueblo, a gente que no puede pagar lo que piden en el estanco.

–Y, ¿por qué ese hombre se los vende más baratos?

–Los hace él, o algo parecido. Tampoco creo que sea relevante, lo importante es que él me los trae baratos y yo hago feliz a la gente.

–Es una manera de verlo, pero siento decirle que Nacho “El Seco” ha aparecido muerto en el almacén de una fábrica –confió Vincent a la anciana. Esta se quedó paralizada unos segundos, para momentos después romper a llorar sin control–. Tranquilícese, por favor, señora.

–¿A quién llamas señora, estúpido? No entiendes nada, no tienes ni idea. ¿Cómo pretendes que me gane la vida? ¿Vendiendo cerillas de mierda? No me digas que me tranquilice, chiquillo, no entiendes nada.

Lanzó la mesita por los aires mientras se levantaba de la silla, y las cajitas de cerillas cayeron al suelo. Chafó algunos mientras intentaba escapar, pero evidentemente las piernas no le respondían lo suficiente como para correr más que Vincent o Javier. La cogieron de los brazos y la llevaron hasta el coche, no sin antes recoger todas las cajitas caídas.

~***~

Ilustración de Marta Herguedas

El interrogatorio fue largo y repleto de bipolaridad. Aunque solo estaban la señora y Vincent dentro de la sala, tan pronto era una pobre niña cerillera, como una anciana afligida o una traficante de paquetes de tabaco robados.

–¿Es un delito comprar tabaco a un traficante y venderlo por las calles a precio mínimo? ¡Pues perdona por querer ganar dinero! ¡Perdona!

–Evidentemente, es un delito penado por la ley, y tendrá que pagar por su estafa.

–¿Pretendes encerrarme en un cuchitril hasta que me pudra?

–Tendrá un techo y comida caliente cada día, es más de lo que una pobre cerillera tiene, ¿no es cierto?

–No vayas de listo, muchacho. No soy ninguna niñita estúpida a la que puedas engañar. Tengo mis derechos.

–Tiene derecho a confesar su delito antes de que sea demasiado tarde. Se le condenará por el asesinato de Nacho Sanjosé, el contrabandista conocido como “El Seco”. ¿No piensa admitirlo?

–No tengo nada que admitir, estúpido. Yo no he matado a nadie. Estoy lo suficientemente loca como para vender cigarrillos ilegalmente, pero no soy ninguna asesina. Búscate a otra a quien echar las culpas.

–Si se encuentran pruebas que le incriminen, caerá sobre usted la pena máxima. Si no es culpable, más vale que empiece a contar todo lo que sabe del tema.

La conversación duró varias horas, y pocas cosas salieron en claro de allí. La anciana no parecía saber nada del asesinato, y de hecho, era difícil creer que tuviese la fuerza suficiente para golpear violentamente a aquel hombre en la cabeza hasta matarlo. Tampoco sacaba ningún beneficio de su muerte, sino más bien, la contrariedad de tener que dejar el tráfico ilegal o buscarse otro proveedor.

Vincent salió de la sala de interrogatorios, y se fue directo a su despacho releyendo las anotaciones de su libreta. Javier corría tras él haciendo preguntas, pero ninguna obtenía respuesta.

–Señor, no ha confesado el crimen. ¿Cree que realmente esa anciana asesinó a “El Seco”? No entiendo como una persona de esa edad se metió en todo este lío.

Al llegar al despacho, cerraron la puerta y se sentaron cada uno a un lado del escritorio. Llenaron dos tazas de té helado, y pusieron sus ideas en común.

–No creo que esa mujer, por muy trastornada que esté, haya asesinado a nadie. Y desde el principio toda la historia del maletín me pareció una burda estafa. Así que, creo que deberíamos buscar a otro posible culpable.

–Y, ¿quién podría ser?

–Pues, ¿a quién molestaría que una anciana vendiese tabaco de forma ilegal?

–¡A los fabricantes de tabaco!

–No creo que esto sea ningún complot de empresas multinacionales. Más bien, algo más pequeño… Un propietario de estanco, tal vez.

–¿El señor Habano? ¿Cree que él puede ser el culpable?

–Creo que es mucho más probable que sea él que esta señora.

–No sé, Vincent. José Miguel es un hombre honrado, no me lo imagino haciendo algo tan despiadado.

–Hasta los hombres más decentes pueden perder el norte en un momento de tensión. Deberíamos llamarlo, una buena entrevista hará brotar todos sus secretos.

~***~

El vendedor llegó rápidamente, y confesó el crimen incluso antes de entrar en la sala donde Vincent le esperaba. Se sentó frente a él en silencio. Le temblaban las manos, se mordía el labio con nerviosismo, quería explicarlo todo, quería decir la verdad.

–No quería hacerlo, pero lo hice –le dijo tapándose el rostro con las manos–. Soy un monstruo, merezco mi condena.

–Es posible que el juez quiera condenarlo a la pena máxima, ¿es consciente?

–Sí, señor.

–¿Por qué lo hizo?

–La gente dejó de comprarme al enterarse de aquellos precios, ¿cómo podía competir con mercancía robada? Mis hijas necesitan comer y, me sentía tan desesperado…

–Aquel hombre no era el ciudadano ejemplar, eso es cierto. Entiendo que con sus estafas estuviese afectando la vida de muchas personas, no solo de su estanco. Si lo hubiésemos cogido, ahora mismo estaría entre rejas.

–Pero no lo hicieron, y yo seguía perdiendo dinero. Me veía al borde de la mendicidad.

–No creo que la pena máxima sea mejor que eso.

–Mis hijas podrán seguir en la tienda, podrán seguir su vida, eso es lo único que me importa.

–Espero que el juez escuche sus razones, y que le juzgue correctamente.

–Salude a la anciana de mi parte, es una mujer honrada, no creo que supiese dónde se metía. Siento que la hayan creído culpable.

«Pobre iluso –pensó Vincent mientras salía de la sala–. Sabía dónde se metía perfectamente, aunque es posible que en algún momento se viese tan perdida como él».

~***~

La señora Poveda preparó todas sus cosas junto a la mesa del agente Tejeda. Vincent quería hablar con ella antes de que se fuera, para darle unos últimos consejos. No podía permitir que esa señora siguiese aquella vida.

–Luisa, ¿puedo hablar un momento con usted?

–Por supuesto, muchacho. Me gustaría disculparme.

–Venga a mi despacho.

La anciana le siguió despacio, a su ritmo, a través de las mesas de los agentes. Al llegar, se lanzó sobre el sofá para sentarse como pudo.

–¿Quiere un café o alguna bebida fresca?

–No, Inspector. Lo que quiero es disculparme. No quise en ningún momento importunarle con mis tejemanejes, pero debo ganarme la vida de alguna manera.

–Pero podría hacerlo de una manera más honrada, ¿no cree?

–¿Cómo? Soy una anciana, no puedo trabajar ya en ningún sitio. No tengo familia, y no poseo nada más que la pequeña casa donde resido. ¿De qué quiere que viva?

–Nosotros podríamos ofrecerle un empleo. Seguro que conoce a mucha gente, y nos puede ser de mucha utilidad a la hora de hacer algunos recados. Puede ser nuestros ojos en la calle, o infiltrarse cuando no queramos ser vistos. ¿Qué le parece?

–¿De verdad haría eso?

–Si usted se limita a vender cerillas y ayudarnos a nosotros. No puede volver a infringir la ley.

–Acepto, señor. Será un honor trabajar con ustedes.

–Perfecto entonces, nos vemos señora Poveda, agente secreto.

María Luisa salió de la comisaría con su abrigo en la mano, y en una bolsita de tela, un montón de cajitas de cerillas. Andaría por las calles en busca de alguien a quien vender alguna cajetilla para poder cenar aquella noche. Ya no le haría falta el abrigo, hasta el invierno siguiente, cuando las bajas temperaturas regresasen y necesitase de nuevo protegerse del frío, como la pequeña cerillera.

Carme Sanchis

Anuncios
Comments
3 Responses to “La cerillera”
  1. Mariola dice:

    Marta, verdaderamente tus ilustraciones son especiales, con esos trazos, el tono lúgubre, los fondos tan particulares que les haces… En fin, que me gustan mucho y esta no podía ser menos.

    Y Carme, en cuanto a este nuevo caso del inspector Barret, lo que más me gusta es el desvarío de la pobre cerillera y cómo luego se resuelve su conflicto.

    Os habéis complementado estupendamente. Enhorabuena. 🙂

  2. olgabesoli dice:

    ¡Cuanta soledad transmite esa anciana! Bellísima ilustración, Marta. Mis felicitaciones. Y Carmen, no solo me ha gustado este nuevo caso de Vincent Barret, sino que gracias a él he descubierto el precioso cuento de “La Cerillera” que antes desconocía.

  3. Hola Carme. Interesante cuento. Usando los elementos contrarios (calor en vez de frío, una anciana en vez de una niña, realismo en vez de magia) igual consigues provocar la sensación de compasión que produce el cuento original, porque los desvaríos de esta anciana la vuelven un personaje entrañable. Pienso que elegiste un cuento difícil de adaptar a su versión adulta, pues ya en su versión infantil es un cuento fuerte, con un final crudo. Creo que lo has logrado muy bien.

    Y Marta, sabes que me encanta todo tu trabajo y esta ilustración no es la excepción. Por si, para el momento en que aparece tu ilustración, alguien todavía quedaba con la sensación de estar leyendo un cuento infantil, nos dejas bien claro, con esa mirada tan triste de la anciana y su gesto cansado, que aquí estamos en presencia de una historia más realista. Creo que tu ilustración termina de darle asidero al texto. Genial trabajo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: