Dicen que fue el viento o el mar, pero yo sé que era tu respirar

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Género:  Drama Romántico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Dicen que fue el viento o el mar, pero yo sé que era tu respirar.

“¡Ya está, se acabó! Todos los años de esforzado trabajo invertidos en este restaurante se acaban con el día de hoy”. En esto pienso mientras quejumbroso me siento en el pequeño murete que delimita la terraza del restaurante de la arena de la playa de este mar ancestral. Sentado en el murete veo cómo se apaga el último verano. Dorados, rojos y añiles se entrecruzan entre el cielo y el mar, y la brisa fresca de finales de septiembre me traen aromas de ti.

La conocí un verano, muchos años atrás, sentada en este mismo murete, cuando los primeros rayos de un sol naranja despuntaban en una fresca mañana de finales de agosto. Me senté a su lado y le pregunté su nombre, de dónde venía, en qué hotel se hospedaba y si estaba con su familia, sola o quizá con su novio. Le pregunté dos o tres docenas de cosas, pero a la segunda o quizá la tercera interrogación yo ya sabía que estaba perdidamente enamorado de ella y que lo estaría siempre. Ahora lo único que faltaba era que también ella se enamorara de mí.

Funcionó. La llevé hasta la orilla de un mar plateado como el lomo de un gallo pedro, y desde allí le enseñé, orgulloso, el pequeño chiringuito que regentaba. Justo cuando más me estiraba explicándole mis planes para hacer de aquel pequeño negocio el mejor restaurante de toda la costa de Alicante, me besó. No sé por qué le dije, “esta noche no me acostaré contigo”, porque aunque era cierto que lo pensaba, esas cosas no se deben decir a una mujer sin correr el enorme riesgo de que crea que te estás haciendo el chulo, o aún peor, que la estás despreciando. La verdad es que no era una cosa ni la otra, solamente que no quería jugarme todas mis bazas tan pronto sin antes estar seguro de que me amaba. Esa noche nos bañamos desnudos en la playa del Moncayo e hice todo lo que me pidió porque estaba seguro de que decía la verdad cuando, entre besos, me llamó “Amor” y ya no me importó que entre las piernas yo no tuviera las mejores cartas de la baraja. Después hubo muchas otras noches durante los siguientes siete años que se quedó conmigo.

A principios del séptimo verano empezaron a hinchársele los tobillos, pero no le hicimos mucho caso porque era normal después de tantas horas de trabajo sirviendo mesas, así que decidimos dar un paseo todas las noches por esta playa que ha visto nuestros mejores momentos porque dicen que es muy bueno para los pies el masaje de la arena y el salado frescor del mar. Pero eso no funcionó y a los pocos meses tenía inflamadas las piernas desde los tobillos hasta las rodillas. El médico nos dijo que era una flebitis, y que con la medicación que le iba a dar, reposo y pequeños paseos por la playa, estaría bien en unas pocas semanas.

Pasear por la playa y hablar, sobre todo ella, porque a mí me gustaba escucharla y porque ella sabía muchas cosas, sobre todo de Francia, país que nunca pisaron sus bonitos pies pero que desde niña había ejercido sobre ella una fascinación que la llevó a estudiar Filología Francesa. Habíamos planeado ir en cuanto se recuperase un poco, pero eso no ocurrió, igual que habíamos planeado tener un hijo un poco más adelante, cuando el restaurante estuviera un poco más encaminado, pero eso tampoco pasó.

Pasear por la playa, sentarnos en el pequeño murete y escuchar cómo ella me hablaba de Voltaire, Rousseau, Víctor Hugo, y de muchas otras cosas de las que yo no tenía ni la más remota idea y por las que jamás había tenido el más mínimo interés hasta el instante en el que ella las pronunciaba ante mí por primera vez para desaparecer inmediatamente de mi memoria en cuanto se desprendían de sus labios, porque, para qué nos vamos a engañar, no entendía prácticamente nada de lo que decía. De igual modo me podría haber explicado los efectos del electromagnetismo o la teoría de los números complejos, que yo me hubiera quedado igual de hueco. Lo que me tenía enamorado era lo rápido que movía sus tiernos y tibios labios, cómo se reía aparentando vergüenza, cómo me miraba de soslayo y se quedaba con la boca entreabierta después de cada beso.

Ella se quedó conmigo todo el invierno que siguió a aquel primer verano y los seis siguientes, y la única explicación posible era que estaba enamorada de mí. No fui generoso con ella y no la dejé ir a París —que era la mayor de sus ilusiones—. La anclé a mí con sentimientos de amor verdaderos y egoístas y la rodeé de platos sucios y olor a calamares fritos y, sin embargo, nunca me lo echó en cara ni perdió la sonrisa, ni siquiera en los peores momentos, cuando ya apenas podía caminar y nos sentábamos en este mismo murete para que ella me hablara de Verlaine, de su poesía y de sus amores prohibidos con Rimbaud, al que al parecer luego pegaría un tiro, enloquecido por su abandono. Y entonces me recitaba uno de sus poemas, en francés, porque a mí me gustaba oírlos así, sin entender nada pero sintiendo perfectamente todo lo que decía.

Las semanas se hicieron meses y la hinchazón se extendió hasta las caderas. Los dolores se hicieron más intensos y el médico descubrió que la flebitis no era la enfermedad sino la consecuencia de una hepatitis autoinmune que le estaba destruyendo el riñón y que, detectado a tiempo, tenía solución, pero ese tampoco fue el caso.

Ya nos habían dicho, unos días antes, que su estado era muy delicado, el riñón estaba prácticamente desecho por lo que pronto tendría que ser ingresada en el hospital. Pero eso no llegó a ocurrir porque de pronto un día se desmayó elegantemente sobre el sofá, y tras unas breves convulsiones dejó de respirar.

Creo que ahora, cuarenta años después, me acuerdo de cada detalle de aquellos siete años con más nitidez que entonces, cuando todo, lo bueno y lo malo, simplemente sucedía y pasaba sin más trascendencia que la inconsciente felicidad o la turbadora pena. No voy a decir que he pasado todos estos años obsesionado con su recuerdo porque no sería cierto; eso solo me ocurrió los tres primeros años de su ausencia, años en los que creí que me volvería loco o que me mataría, o que me volvería loco y me mataría. Pero el tiempo pasó y no pasó ni una cosa ni la otra, y entonces solo me acordaba de ella por las mañanas nada más despertar, y durante el paseo que va desde la que fue nuestra casa hasta el restaurante por el pequeño paseo litoral, donde no podía evitar que una sonrisa se dibujara en mi cara al recordar cómo la brisa del mar mecía su pelo a pesar de su inútil insistencia en que estuviese quieto tras sus orejas. También, a ratos perdidos, la imaginaba caminando entre las mesas sirviendo platos de chipirones fritos, paellas o jarras de cerveza, aunque los momentos en los que más intensamente sentía su presencia era al anochecer cuando, ya cerrado el restaurante, me sentaba en el pequeño murete y podía oír su suave voz susurrándome poemas de amor. Puede que solo lo imaginara y que al final sí que me volviera loco de verdad, pero como no era peligroso ni me incapacitaba para trabajar, no fue necesario que me encerraran en una institución mental.

Tengo sesenta y cinco años y ayer vendí el restaurante a una franquicia de comida italiana. El nuevo dueño me ha prometido que respetará, en la reforma del local, el pequeño murete que linda con la playa. Espero que cumpla su promesa, pero ya se sabe que las palabras se las lleva el viento…

  Tengo la certeza de que ella y yo existiremos mientras permanezca el pequeño murete. Si lo tiran solo existiré yo, aunque por poco tiempo.

Ilustración de Sonia del Sol

Juan Ramón Lorenzana

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Comments
16 Responses to “Dicen que fue el viento o el mar, pero yo sé que era tu respirar”
  1. Bonito relato. Habiendo leído el de la presentación de la convocatoria y este, que son los primeros textos que leo de ti, puedo decir que se te da muy buen el género romántico. Tus letras tienen un tono de credibilidad que es difícil de encontrar en el género. Se trata de una historia simple, pues la cuenta un hombre simple y eso es lo magnífico. Que no te dejas tentar por la posibilidad de darle más grandeza a los acontecimientos, o más brillo al lenguaje usado, y eso mantiene al lector encapsulado en la psicología del personaje. Muy bien logrado.

    Y Sonia, sobre tu ilustración, puedo decir casi lo mismo. Sencilla, pero franca. La misma naturalidad del texto la tiene la imagen que has creado para él. Es un bonito trabajo. Felicitaciones para ambos.

    • Sonia del Sol dice:

      Muchas gracias, Víctor, por tus comentarios y, también , por mantener vivo el foro de comentarios!!!
      A Loren le doy las gracias por el relato (sin el que no existiría esta ilustración, eso está claro !!!!) y, por su paciencia y, amabilidad al trabajar conmigo y, aunque ya nos conocemos de hace tiempo, ha sido un placer igualmente.

  2. Mariola dice:

    Juan Ramón, qué decir… Otro relato lleno de emociones encontradas, tus temas y tu estilo, y además, te toca la Of the Sun con esos trazos tan suaves y cremosos, tan deliciosos de admirar. Vaya equipo… De 10. 🙂

    • Juan Ramón Lorenzana Fernández dice:

      Gracias, Mariola. Emociones…

    • Sonia del Sol dice:

      De nuevo gracias , niña !!!! Me dices unas cosas tan bonitas que me llegan al alma , sobre todo, ahora que, cada d’ia que pasa , estoy más sensible. Me encanta que veas cositas en mis ilustraciones y, lo que te hacen sentir !!!

  3. Olga Ruiz dice:

    Me pasa una cosa con este relato: que te descubre. Transparente y sensible. Si eres como escribes, la persona que está a tu lado, será muy feliz.

    Un saludo.

    • Juan Ramón Lorenzana Fernández dice:

      Gracias, Olga. Soy y escribo, pero prefiero no preguntarle a la persona que está a mi lado por si me da un susto. ja, ja.

  4. Paloma Muñoz dice:

    Joder, Juan Ramón, que casi me echo a llorar. La pobre chica, ¡qué lástima! Estoy deseando que escribas una historia de amor con final feliz.
    Sonia, tu ilustración da alegría y brillo a esta triste historia de amor de Juan Ramón. Me ha encantado.
    Un abrazo y mis felicitaciones a los dos.
    Paloma

    • Sonia del Sol dice:

      Muchas gracias, Paloma , reina, t’u s’i que me vas a hacer llorar con tus comentarios . Era eso lo que yo pretendía reflejar, la alegría de los buenos momentos del pasado, gracias por comentar y, porque te haya llegado mi trabajo.

    • Muchas gracias, Paloma. Yo también estoy deseando escribir una historia de amor que termine bien, pero lamentablemente la ciencia ficción no es mi fuerte.

      Es broma. Soy un poco cínico, no puedo remediarlo.
      Un beso y gracias de nuevo

  5. olgabesoli dice:

    Precioso relato. Y triste, muy triste. Desde luego, Juan Ramón, que eres un as transmitiendo todo tipo de sentimientos. Tus relatos siempre me resultan conmovedores. Sonia, has sabido reflejar a la perfección esos momentos de alegría pero, observando el cielo sobre ellos, y que ellos no ven por estar de espaldas, uno puede sentir cierta inquietud que no augura nada bueno. Un trabajo redondo por ambas partes.

    • Muchas gracias, Olga. Es muy triste, la verdad es que es muy triste, sobre todo porque esa chica existió de verdad y yo la conocí, aunque solo de tan lejos y tan cerca como pueden conocerse un cliente y una camarera de un chiringuito de playa.

      Un beso y gracias de nuevo.

      • Sonia del Sol dice:

        Pues, siendo así, Loren, lo siento de veras. Pero, bueno, piensa, al menos que, no ha podido tener mejor homenaje y, seguro que se sentiría muy orgullosa de ser tu musa inspiradora.

    • Sonia del Sol dice:

      Muchas gracias, Olga !!! Parece que, la amenaza del futuro, ya se cernía sobre ellos en esos momentos…

  6. Beatriz Lorenzana Fdez dice:

    Yo no tengo esa facilidad de palabra, más bien soy parca en palabras, me alegro mucho que mi hermano sea tan expresivo aunque me gustaría leer algun día una historia con final feliz, un besazo y sigue escribiendo.

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