El cuerpo

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Género: Fantasía urbana

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Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones son propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El cuerpo.

Dicen que la materia se descompone pero que la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Es verdad. Cuando aquel skater se dio de bruces contra mis restos putrefactos en el fondo del callejón, mi yo inmaterial fue testigo presencial del accidente.

Llevaba bastante separado de mí mismo, aunque permanecía cerca, vigilando aquel despojo mugriento y vacío que una vez fui yo. No sé porqué. Quizás por respeto a ese cuerpo que una vez poseí. O, tal vez, por miedo a que el tiempo inclemente llegase a desintegrarlo hasta hacerlo desaparecer. O, quizás, sentía añoranza del pasado. Sea lo que fuese lo que me desgarraba por dentro, la parte liberada de mi ser se obligaba a aferrarse a esa bocacalle de la que no pensaba moverme hasta que alguien encontrase mi cadáver.

Pero mientras eso no sucedía, me mantenía suficientemente lejos de él como para no presenciar con todo lujo de detalles la corrupción lenta a la que eran sometidos los tejidos y que me dolía profundamente, no de forma física, sino a mi orgullo interior. ¿Cómo podía yo haber acabado así, tirado sobre el frío suelo de un callejón sin salida, en un barrio mísero y anónimo de la capital? ¿Es que mis restos no iban a encontrar el descanso de un oficio solemne y de una buena sepultura? ¿Ese era el infame destino que aguardaba a un hombre de bien como yo?

Y allí estaba lo que antes fui, oculto por la húmeda oscuridad de ese rincón al que nadie miraba, en el cegado callejón del que todos rehuían entrar. Y allí permanecía también mi otro yo, aquello en lo que me había convertido, ese ente incorpóreo y translúcido que resistía al pie del cañón, invisible bajo los rayos solares de la calle incansablemente transitada durante el día, y más aún a la luz las farolas nocturnas ocupadas por prostitutas y a las que se acercaban escasos clientes.

En todo el tiempo que permanecí como guardián y custodio a la entrada del callejón nadie me vio, ni me oyó, ni me sintió. Ni a mí, ni a mi cuerpo que yacía semienterrado bajo los desperdicios que los vecinos tiraban por las mohosas y estrechas oberturas que hacían de ventanas. ¡Qué indiferentes se han vuelto los humanos a todo! Las manadas de transeúntes pasaban continuamente a mi lado, algunos hasta me habían traspasado, sin más secuelas que el repentino escalofrío que les recorría fugazmente las espaldas. Como si yo no fuera nada más que una ráfaga de aire frío. Hecho del mismo material que el aire.

Pero yo era mucho más que energía intangible. Conservaba la identidad. Tenía fuerza y movimientos. Poseía voluntad. Aunque carecía de un cuerpo que sostuviera todo lo anterior ¿Cómo quería que alguien me viese? ¿Cómo hacer que supieran que a unos metros de distancia, allí entre esa montaña de escombros, se estaba corrompiendo otra parte de mí? ¿Cómo pretendía que alguien alertase a las fuerzas del orden y de la ley para que vinieran en mi búsqueda? Sencillamente, no podía. Al menos por el momento.

Pronto me di cuenta que lo único que delataba mi existencia era un ápice de viento gélido que desataba con cada uno de mis movimientos. Podía crear pequeñas ráfagas que removían la hojarasca, papeles y demás basura del suelo y los esparcía siguiendo la dirección que yo le imprimía a mi brazo. Si giraba la cabeza bruscamente, conseguía una especie de remolino que se deshacía en cuanto cesaba el movimiento. Si pegaba una patada fuerte al aire, levantaba una estela de polvo y mugre. Si giraba sobre mí mismo, aparecía un tornado ascendente a pequeña escala en mitad de la acera.

Ilustración de Daniel Camargo

Fui practicando los efectos de mis vientos sobre los transeúntes, no porque les viese ninguna utilidad, sino porque me divertía hacerlo. Los cegaba echándoles tierra a la cara. Les hacía cambiar su rumbo para evitar mis ventiscas improvisadas en la acera. Los despeinaba. Les arrancaba los pañuelos de sus cuellos. Les levantaba las faldas. Y, por supuesto, los asustaba. En todas y cada una de las ocasiones. Irónicamente, la gente se estremecía por la aparición de un inesperado viento rachado. ¡Cómo si eso fuese la cosa más increíble del mundo cuando a unos pocos metros tenían un apestoso cadáver plagado de insectos! ¿En qué mundo vivimos?

El mundo seguía avanzando inexorable pese a que yo ya no estaba entre los vivos. Siempre pensé que a mi muerte el mundo se detendría. No fue así. Mi andar por el mundo de los vivos había sido tan banal como el de cualquier otro. En mi muerte, a pasos lentos, aprendí que con mi único poder sobre la materia, ese viento que creaba, podía mover pequeños objetos, hacerlos rodar y que chocasen unos con otros. Y aunque no le vi utilidad alguna a eso, la tendría.

Todo es relativo, dijo Albert Einstein. Eso también es cierto. El tiempo pasa muy lento cuando uno no tiene nada que hacer porque ha dejado de existir tal y como era. Todo lo que antes era primordial para mí, ahora carecía de importancia. Ya no quedaba nada del hombre tan sumamente atareado que fui, del mandamás de la oficina de carácter áspero y malas maneras que no desperdiciaba ni un solo segundo en memeces y que ni siquiera tenía un momento para dedicarle a los suyos. De ese hombre que siempre iba colgado del teléfono y de la agenda. Por ironías de la vida, o de la muerte, ahora ese hombre era un espectro callejero que merodeaba por una de las zonas más pobres de la ciudad sin nada que hacer, salvo esperar.

Tampoco sé exactamente qué esperaba. Quizás a que un accidente fortuito pusiese en movimiento la maquinaria legal para rescatar lo que quedaba de mi cuerpo antes de que las ratas acabaran con su festín. O que algún vecino se asomara a su minúscula ventana para algo más que no fuera tirar otra bolsa de basura encima de mí. O que algún olfato desdichadamente agudo oliera el nauseabundo olor que desprendía el fondo del callejón y que su dueño, convencido de que había encontrado un perro muerto, alertase a la policía. Pero tanto unos pensamientos como otros convergían en lo único que todavía parecía importarme: salvar la poca dignidad que me quedaba del gran hombre que había sido en vida.

Esperaría en el callejón el tiempo que fuera necesario. Ni el cielo ni el infierno me habían reclamado todavía y todo apuntaba a que tenía toda la eternidad por delante ¿Estarían los de arriba leyendo con lupa la letra pequeña de mi vida? ¿Revisaban los de abajo las cláusulas del contrato de mi alma? ¿Estarían sospesando unos y otros mi entrada a sus lares? De ser así, no lo tendrían fácil. Ni yo mismo podía asegurar cuál era el destino del que era merecedor.

En mi vida supe dar grandes ilusiones a muchas personas: alegrías, soluciones y facilidades. Apoyé sus iniciativas empresariales por muy descabelladas que estas fueran. Les alargué el tiempo de estancia en sus vacaciones y mejoré sus destinos. Les di acceso a sus casas de ensueño aunque su sueldo fuera ínfimo. Les ofrecí préstamos y líneas de crédito. Hipotecas, acciones y bonos. Pero también les arrebate sus sueños con la misma facilidad con que se los entregué. Les hice pagar con intereses todo aquello que les ofrecí y me desentendí de sus quejas. Les abarroté de letras, impagos y demandas. Les embargué sus hogares, les manipulé con cláusulas engañosas y les timé con preferentes.

Sí, fui banquero. Considerado lo mejor por la sociedad, con acceso permitido a los clubs y restaurantes más restringidos y selectos de la ciudad, condecorado con mil y un honores, asistente honorífico de numerosas cenas benéficas y uno de los hombres que consiguió triplicar los beneficios en los últimos años, enriqueciendo con ello a muchos accionistas. Pero también supe ser lo peor, desleal con todos, mi esposa, mi familia, mis amigos, mis clientes y todo aquel que pusiera su confianza en mí y sus ahorros en mi mano. Si con ello se saca provecho económico, entonces la transacción es positiva, solía decir en vida. Eso mismo fue lo que me mató.

El ladrón de poca monta que me empujó hasta el fondo del callejón con intención de robarme la cartera y el reloj parecía basar sus principios en el mismo lema que yo. Dame todo lo que tengas, cabrón, dijo con dificultad mientras me apuntaba con una navaja manchada de sangre seca. Él ni siquiera podía creer lo que vieron sus ojos cuando abrió el maletín de piel genuina y encontró todos esos fajos de billetes color violeta perfectamente ordenados. Eso significó un increíble golpe de suerte para él y una cuchillada del infortunio para mí. Me dejó desangrándome y medio muerto al final del callejón y voló con el dinero de las comisiones. Con eso se aseguró que no hubiera testigos del robo con violencia que acababa de perpetrar y que le permitiría pagar todas las curas de desintoxicación que necesitaba. Los involuntarios testigos que pudo haber del crimen cometido se excluyeron de la ecuación bajando las chirriantes persianas de sus ventanas cochambrosas al primer grito de auxilio que emití.

No puedo culpar a la gente por ser desconfiada y egoísta. Yo también lo fui. En incontables ocasiones cerré la persiana de mi oficina para hacer opaco el cristal que me separaba de las súplicas de aquellos que, a punto de perderlo todo, venían al banco en busca de humanidad, aún a sabiendas que un banco es una identidad sin alma. ¿Cómo puedo señalar con el dedo a alguien que actuó como yo había hecho siempre? Sería un acto de hipocresía.

La culpa de todo lo que sucedió fue entera y absolutamente mía. Yo no debería haber estado allí. No a altas horas de la noche y vestido como solía para ir a trabajar. Pero no supe encontrar ni otra forma ni otro lugar más discretos y alejados de mi ámbito para entregar personalmente al ministro de economía lo acordado por su gran contribución a que el rescate de mi entidad financiera se hiciera efectivo. Claro que nunca me llegué a reunir con él. Nunca le di lo suyo. Da lo mismo, él nunca admitiría haberme conocido ni aunque mi vida dependiera de ello.

Inevitablemente me pregunté qué sería de aquellos que me conocieron verdaderamente. ¿Habrían hecho saltar la alarma sobre mi desaparición? ¿Me estarían buscando? ¿Habrían alertado a la policía?

Y entonces, salvándome de tener que reconocer que la respuesta a esas preguntas era bastante incierta y perturbadora, apareció la solución a todos mis problemas. ¡Por fin iba a tener el descanso que merecía!

Lo vi acercarse vadeando la acera, haciendo alarde de su profesionalidad sobre el monopatín. Evitaba atropellar a los peatones derrapando y haciendo eses, giros y trombos. No tendría más que unos quince años y parecía un pandillero de película, con su gorra ladeada y su mochila a la espalda, su camiseta enorme y sus pantalones cortos caídos. «Vamos coge más velocidad» pensaba yo, mientras veía complacido como el chaval se impulsaba con un pie sobre la acera. Y llegó mi oportunidad de oro. Cuando se acercó a más velocidad de la debida agité ambos brazos como si fuese un águila intentando levantar el vuelo. Un montón de tierra y polvo voló sobre la cara del skater mientras le pegaba un patadón al aire, justo donde se apoyaba la rueda izquierda trasera. El pobre skater, cegado sobre su monopatín, entró aceleradamente en el callejón para chocar contra mi pierna y estamparse sobre la montaña de basura que me cubría, que se desmoronó y dejó al descubierto la totalidad de mi cadáver.

Mi treta tuvo el efecto deseado. Ante la escabrosa visión, el joven creó tal alboroto que, al cabo de media hora, la energía que una vez dio vida a esa maquinaria que era mi ser físico, fue testigo de cómo una secuencia de agentes pululaban alrededor de mis restos. Unos lo taparon con una sábana, los siguientes lo destaparon, unos lo fotografiaron, otros tomaron muestras y los últimos lo subieron a la furgoneta y se lo llevaron. Supongo que otros se dedicarían luego a quitar de ahí todos esos desperdicios y a limpiar los pegotes de sangre negruzca del suelo para combatir el hedor del callejón. No sé si tuvieron éxito en su empresa, yo ya no estaba allí para verlo.

Acompañé a mi cuerpo en la ambulancia que se me llevó con el alivio que le embarga a uno cuando siente que un mal trago está llegando a su fin. ¡Había dejado atrás el callejón! Aunque tuve que hacer acopio de toda mi  paciencia para soportar lo que aún estaba por venir. En los días que se sucedieron, aguardé en la cámara frigorífica hasta que llegó mi turno. Siempre cerca de mi cuerpo, estuve presente mientras el forense me practicaba la autopsia. Vi cómo me estudiaban, me analizaban y, por fin, me lavaban y me vestían. Acudí a mi propio funeral, que no era tan ostentoso como imaginaba ni  tan triste como hubiera querido. Puse especial atención en el rostro serio de aquella rubia que una vez fue mi esposa, seco de lágrimas y de sentimientos. Y me despedí sin palabras de aquellos niños que eran mis hijos y que crecerían sin mí, pero que tendrían una gran compensación económica por ello, en cuentas repartidas entre Suiza y las Islas Caimán, en propiedades en España, en obras de arte valoradas en cientos de miles de euros y en unas cuantas pertenencias más que había sabido ocultar convenientemente al fisco.

Reconozco que me sentí complacido conmigo mismo. Sí, la vanidad ha sido siempre uno de mis defectos. Así que, con todo el orgullo del mundo, miré al cielo encapotado que, a modo de presagio, se partía en dos por un rayo que cayó sobre la lápida de mi tumba. Inmensos nubarrones devoraron las luces del día y en el cementerio no quedó más que soledad. Ya es mi hora, grité enérgicamente esperando a que una puerta de luz me abriera la entrada del paraíso celestial.

Nada sucedió.

Bueno, pensé resignado. Tal vez había apuntado demasiado alto. Quizás debía mirar para el otro lado y esperar a que un pozo lleno de negrura se abriera paso entre la tierra fértil del cementerio para llevarme a las profundidades infernales.

Pero eso tampoco ocurrió.

Francamente, estaba desconcertado. Si me quedé atrapado en la tierra de los vivos porque mi alma tenía algunos asuntillos pendientes por arreglar, ya podía ir olvidándome de ello. Muchas de las personas a las que había decepcionado se lo tenían bien merecido. Además, los había borrado, tanto de mi agenda como de mi memoria. Y si se trataba de los clientes a los que mi banco defraudó, yo, como directivo de la sede central, nunca conocí ni sus identidades, ni sus direcciones. ¡No eran más que clientes, por Dios! Y yo solo cumplía con mi obligación. Solo era uno de sus muchos altos cargos, un engranaje más de aquella maquinaria bien engrasada que movía los hilos del sistema económico. ¿Qué culpa tenía yo de que el sistema estuviera corrompido, de que los bancos fueran entidades sin alma? ¿Es que acaso yo había perdido la mía por servir a una entidad financiera? ¿Era esa la razón por la que seguía allí?

De haber tenido un cuerpo, se me hubiera calado hasta los huesos. La intensa lluvia que cayó repentinamente convirtió el cementerio en un lodazal en cuestión de minutos mientras yo, o aquella parte energética que todavía vivía de mí, me acurrucaba sobre la tumba donde yacía mi cuerpo.

Era todo cuanto me quedaba.

Olga Besolí

Agosto 2013

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Comments
7 Responses to “El cuerpo”
  1. olgabesoli dice:

    Muchas gracias Daniel, por regalarle esta magnífica ilustración al texto. Eres un gran artista, tanto ilustrando como escribiendo. Encantada de haber coincidido contigo en esta convocatoria.

    • Magnífico relato, Olga. Como ya te dije, tiene tensión e interés desde el principio hasta el fin. No hizo falta “inventar” nada, lo único que había que hacer era dejarse llevar por el texto. Fue un gran placer formar equipo contigo.

  2. Mariola dice:

    Olga, como siempre creas unas historias fantásticas con gran crítica social, y qué mejor que convertir al “héroe” en un remolino de viento. Y don Daniel Camargo pues lo borda también una vez más.
    Quítome el sombrero…

  3. Olga Ruiz dice:

    No sé que me ha ha gustado más: si el texto o la ilustración. ¡Os habéis superado!

  4. Paloma Muñoz dice:

    Menuda crítica a la sociedad en los tiempos que estamos viviendo; banqueros, delincuentes de esa calaña que por cierto, bien que se los podría llevar el megarremoliono que tan magníficamente ha dibujado Daniel Camargo.
    Estupendo trabajo de los dos. Mis felicitaciones.
    Un abrazo,
    Paloma

  5. Sonia del Sol dice:

    Primero, me qued’e impresionada por la ilustración, que me parece magnífica y, ahora que acabo de leer el relato , puedo decir que me parece un trabajo redondo de los dos. Interesante reflexión, muy de actualidad, sobre la corrupción y, las personas sin escrúpulos, que cometen cualquier tipo de acciones, a cualquier precio, para ser los más ricos de la manada. Genial , Olga y Daniel.

  6. olgabesoli dice:

    Muchas gracias a todas, Mariola, Olga (mi tocaya), Paloma y Sonia, por vuestros comentarios. Estoy plenamente de acuerdo contigo, Paloma. Si un megarremolino se llevase a unos cuantos, soplarían vientos nuevos para todos los demás.

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