El viento y Erika

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez. La ilustración con propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El viento y Erika.

―¿Cuántas  veces te he de decir que no golpees la puerta? ―preguntó su madre enojada.

―¡Solamente lo he hecho para que pudieras decirme algo! ―respondió Erika con su tono preadolescente tras salir de la casa.

La puerta se había cerrado de un fuerte golpe. El viento le había vuelto a jugar una mala pasada.

―¡No he sido yo, ha sido el viento!  –gritó mientras se alejaba por el camino.

Todos los días sucedía lo mismo. Su madre siempre abría la ventana del salón dos minutos antes de que la niña saliera para dirigirse hacia el colegio, en consecuencia, todos los días se formaba una corriente en el pasillo de la casa y todos se planteaba la misma discusión entre la inocente niña y su incrédula madre.

<<Tenemos que hacer un pacto antes de que sea demasiado tarde ―pensaba de camino al colegio―. No me puedes hacer esto todos los días, mi madre no me cree y me castigará>>.

Tras esta petición el travieso viento le susurró al oído:

―¿Por qué debería dejarte en paz? ¿Acaso somos amigos?

La niña, molesta por lo que el viento le acababa de susurrar, continuó hacia el colegio. Una ráfaga hizo volar las hojas de apuntes que llevaba en su mano derecha. Erika las intentaba recoger pero el viento seguía jugando con ellas. Se acercaba a las hojas pero antes de que las pudiera alcanzar, este las hacía volar y las  mandaba cada vez más lejos. Se sentó a la orilla del camino, rodeó las piernas con sus brazos y con la cabeza apoyada en sus rodillas pensó:

<<Odio al viento y lo maldigo por tratarme de esta manera>>.

―¿Qué te sucede, Erika, por qué lloras? ―le preguntó Alex.

Alex era el compañero de clase que todos los días la acompañaba. Vivía en el mismo pueblo y los dos hacían el mismo camino hacia el colegio. Aquel día se le habían pegado las sábanas y no había llegado a tiempo a casa de la pequeña. Todos los días la esperaba en el camino a unos metros de la entrada.

―El viento no me deja en paz ―respondió la niña entre sollozos―. Todos los días me sigue y siempre me hace de rabiar. Mi madre me castiga por su culpa y no sé qué hacer para que me deje tranquila.

Alex alargó la mano hacia la niña y le entregó las hojas de apuntes que había recogido más adelante en la orilla del camino.

―No te preocupes ―le dijo―. ¿Puedo sentarme a tu lado?

―Claro, siéntate en este mismo tronco, es alto y estarás más cómodo. ¿Cómo es posible que el viento sepa mi nombre? ―preguntó Erika sorprendida.

―Por los cientos de veces que lo ha oído pronunciar ―respondió Alex―. El viento escucha todos los nombres y todas las conversaciones. No te asustes por lo que te voy a decir  ―prosiguió Alex―. Hoy al salir de tu casa has hablado con el viento y le has pedido un pacto. Te has comunicado con él pero no has contestado a sus preguntas.

Erika estuvo a punto de salir corriendo pero la confianza que tenía con Alex y la curiosidad la hicieron quedarse y preguntar:

―¿Cómo puedes saber lo del pacto si yo no te lo he contado?

Alex respondió:

―¿No te lo había dicho? Yo hablo con el viento todos los días y él me cuenta muchas cosas.

Erika comenzó de nuevo a llorar.

―¿Por qué lloras ahora? ―preguntó Alex sorprendido.

Tras una pequeña pausa, que Erika aprovechó para recobrar el aliento, le dijo:

―Que el viento se ría de mí pase, pero que te rías tú que eres mi amigo…

―No me río de ti ―se apresuró a aclarar Alex―. Sé que es difícil de creer pero debes confiar en mí. Ahora tenemos que ir al colegio pero por la tarde con más tiempo, te lo demostraré.

Los dos, sin mediar más palabras, se levantaron y se pusieron en camino. Erika sujetaba sus apuntes con fuerza, no permitiría que aquel impertinente bromista le volviera a arrancar las hojas de la mano.

Alex pensaba en la forma de convencer al viento para que permitiera que Erika jugara con ellos. Cuántas tardes había disfrutado jugando con él, pero ahora sentía que su amiga, aquella preciosa niña, debía conocer su secreto.

El día en el colegio transcurrió como otro cualquiera. Durante el recreo Alex jugaba al futbol con sus amigos Jorge, Enol y Nacho. Desde una esquina del patio Erika y su grupo de amigas los observaban mientras cuchicheaban mostrando sus sonrisas más picaruelas.

 ***

La primavera de aquel año en el que cursaban sexto de primaria salpicaba el cielo con pequeñas nubes que corrían como caballos desbocados adoptando las caprichosas formas que el viento modelaba. 

***

A las cinco y tres minutos, y tras el portón del colegio, Alex esperaba a que Erika se despidiera de sus amigas. En el camino de vuelta a sus casas, cuando los dos caminaban solos, Alex le preguntó:

―¿Te has fijado en las nubes, ves cómo corren y las formas que…? ¡¡Mira, parece un tren!!

―Sí, ya me había fijado en el colegio ―respondió Erika ilusionada― y me he dado cuenta de que es el viento el que las empuja, juega con ellas y les da forma.

Alex se quedó mirándola, Erika no apartaba la vista de las nubes que corrían como caballos desbocados sobre sus cabezas.

―Tenemos tiempo de sobra ―le dijo Alex―. ¿Te apetece jugar un poco con ellas?

―Vale, pero ¿cómo hacemos?

Alex estaba emocionado, por fin tenía su compañera de juegos. La niña más bonita del colegio estaba a su lado dispuesta a compartir con él… Cuántos días la había acompañado, cuántas veces había deseado contarle su secreto y cuántas no se había atrevido.

―¿Ves aquel campo en lo alto de la loma? ―le mostró―, pues tenemos que ir hasta él. Es mi sitio secreto, es donde hablo y juego con el viento.

Erika, aunque comenzaba a pensar que Alex estaba un poco loco, lo acompañó sin poner ningún reparo. Una vez en la loma una brisa cálida le acarició la mejilla y le hizo volar la larga melena. Por primera vez sintió lo cariñoso que puede llegar a ser el viento. Aquel provocador que le tiraba los apuntes, le metía arenilla en los ojos, le cerraba de un golpe la puerta de su casa haciendo que su madre la castigara, había cambiado. Hacía unas horas la había despeinado, ahora, cepillaba su pelo y lo estiraba con el mismo cuidado, con el mismo que ponía su madre cada noche antes de irse a dormir.

Alex la miraba emocionado, el viento le había dicho que la cogiera de la mano y le indicara lo que debía hacer.

―Ven conmigo ―le dijo―, subamos a lo más alto de la loma.

La cogió de la mano y una vez en lo alto le pidió que cerrara los ojos y buscara el viento.

―Tienes que sentirlo en la cara ―le explicó―. Él apartará tu pelo, lo oirás al mismo tiempo susurrar en tus oídos.

Cogidos de la mano estiraron los brazos hasta ponerlos en cruz. Alzaron la cabeza hacia el cielo y los dos, al mismo tiempo, abrieron los ojos.

Las nubes pasaban a gran velocidad ante ellos. Desde lo alto de la loma y mirando hacia el cielo, solamente podían ver un lienzo azul repleto de aquellas caprichosas nubes que adoptaban infinidad de formas y que jugaban intentando escapar del viento. Erika estaba emocionada disfrutando de aquel maravilloso paisaje, se sentía flotar en el aire, estaba volando. Alex la miró de reojo y adivinó que estaba preparada. Preguntó al viento si podía hacerlo y este asintió.

Alex pidió a Erika que le mirara a los ojos. Al hacerlo ella sintió la seguridad que este le transmitía y no tuvo miedo. Miró a su alrededor y descubrió que estaba volando sobre una pequeña nube con forma de caballo y que la pequeña loma quedaba allí abajo y a su espalda. A su lado, Alex cabalgaba sobre un bonito corcel.

―¿Hacia dónde vamos? ―preguntó Erika.

―Hacia donde el viento nos lleve ―contesto Alex.

El viento había bajado en intensidad y los empujaba suavemente paralelos a la costa. Desde sus monturas podían observar su pueblo, los tejados de las casas, la pequeña plaza de la fuente. A lo lejos el mar bañaba las playas y golpeaba las rocas de los pedreros y pequeños acantilados. El viento unió las dos nubes transformando aquellos caballos en un bonito carruaje. Otras nubes se unieron y, al instante, aquel carro era tirado por seis caballos blancos. Mientras los dos disfrutaban de aquel tranquilo paseo, Erika preguntó:

―¿Has volado con las nubes muchas veces?

―Sí, lo cierto es que no recuerdo exactamente cuántas pero son ya muchas.

―¿Y nunca antes habías invitado a nadie a que te acompañara?

―No, siempre he estado solo pero siempre he deseado compartirlo contigo. Desde que llegué al colegio hace ya más de dos años llevo viniendo aquí y desde entonces llevo deseando invitarte.

Un pequeño silencio, unas tiernas miradas y un poquito de vergüenza. Esta última hizo que Alex siguiera comentando:

―No solamente es volar lo que hago con el viento. También hablo con él de muchas cosas y me ha enseñado muchas otras.

―¿Muchas otras como qué? ―preguntó Erika curiosa.

―Me ha enseñado a escuchar a las montañas. ¿Nunca has oído silbar al viento a su paso por las cañadas?

―Sí, claro ―respondió extrañada ante la pregunta del muchacho―. En muchas ocasiones lo he oído.

―Pues no es solamente que silbe, es que transmite los sonidos que emiten las montañas. Son ellas las que hablan y se comunican entre sí.

―No me lo creo. ¿Cómo es posible?

―Es muy sencillo de entender. Las personas emitimos sonidos para hablar, ¿verdad?

―¡Ya lo entiendo! ―interrumpió Erika antes de que Alex siguiera explicando―. Si yo estoy en un extremo de una calle y quiero hablar con alguien que está en el otro extremo, puedo hacerlo. El viento lleva mis palabras.

―Exactamente. Esa persona oye y entiende lo que dices. Con las montañas ocurre lo mismo. Ellas hablan entre sí, pero como no entendemos su idioma solamente percibimos armoniosos silbidos que se pasean por las cañadas. Si te fijas, cambian en tono e intensidad. Sabiendo esto solamente te falta interpretarlo.

Erika estaba fascinada por las cosas que Alex le contaba, se acercó más a él, le cogió del brazo, apoyó la cabeza en su hombro y le dijo:

―Cuéntame más cosas de las que te ha enseñado el viento.

Ilustración de Marta Herguedas

―También me ha enseñado a escuchar a los árboles. Esos sí que no paran de hablar. Es muy curioso. Cuando están contentos hablan a través de las hojas. El viento las hace chocar unas contra otras y contra las pequeñas ramas. Si te fijas, suenan como pequeñas campanillas, cada tono es una letra y al encadenarlas forman las palabras.

Esta explicación impresionó aún más a Erika.

―¡Es cierto ―exclamó la niña―. De eso sí que me he dado cuenta pero ¡a mí me suenan como un xilófono! ¡Parecen hacer música, con lo cual, cada nota es una letra y con estas componen las palabras!

―¡Vale, vale, yo no lo habría podido explicar mejor! ―afirmó Alex.

Alex estaba seguro de haber acertado al compartir con ella su secreto. Los dos se quedaron en silencio disfrutando del agradable paseo en su carruaje.

No habían pasado dos minutos cuando Alex, que conocía bien a su amigo el viento, puso en alerta a Erika.

―Prepárate ―le dijo―, el viento lleva demasiado tiempo tranquilo sin armarnos ninguna perrería.

  El viento los empujaba cada vez con más fuerza convirtiendo aquel paseo en una verdadera carrera. El carro se dividió de nuevo. Dos nubes con forma de caballo llevaban en sus lomos a los dos niños. Galopaban a gran velocidad. Otras nubes formaban obstáculos que ellos saltaban con facilidad. Las formas de las nubes empujadas por el viento cambiaban constantemente. Carreteras de nubes marcaban el circuito por el que disputaban el gran premio de fórmula uno. Las ráfagas de viento hacían que los coches que pilotaban cogieran grandes aceleraciones, les hacían quedar pegados al respaldo de sus asientos. La carretera acababa en una empinadísima cuesta formada por un cúmulo ascendente que les hacía caer en espiral por un interminable tobogán, y al final de este, una nube negra formaba un túnel por el que circulaban subidos en uno de los vagones del tren del terror. Erika se abrazaba a Alex mientras ante ellos aparecían las más terroríficas imágenes. Al fondo del oscuro túnel se podía ver una luz, era la salida. El tren se transformó en una pequeña barca y un tranquilo mar de nubes azules y blancas les permitió descansar chapoteando en sus calmadas aguas. Un colchón de nubes les invitó a echarse y descansar. Los dos, abrazados, se quedaron dormidos.

Cuando abrieron los ojos se encontraban tumbados sobre la hierba. Alex se levantó y le ofreció la mano a Erika para ayudarla a levantarse al tiempo que le decía:

―Nos hemos quedado dormidos y se nos ha hecho tarde. Tenemos que ir para casa. Aunque mañana es sábado y no tenemos clase, no debemos arriesgarnos. Si nos castigan no te podré enseñar a hablar con el mar.

Erika no salía de su asombro. La experiencia que acababa de vivir era tan sorprendente e increíble que no la podría contar, sería inútil, nadie la creería, todos la tomarían por loca, pero no importaba, era su secreto y no había ninguna necesidad de compartirlo.

De camino hacia sus casas iban hablando sobre la carrera a caballo y el tobogán gigante. Ninguno de los dos sabía quién había ganado la carrera de obstáculos, ni quién habría subido al podio. No importaba, habían pasado la tarde más emocionante de sus vidas.

En esta ocasión Alex acompañó a Erika hasta la puerta de su casa, los dos se despidieron hasta el día siguiente en el que la pasaría a buscar. Ella le dio un beso en la mejilla, él se sintió el más afortunado del mundo.

La puerta se cerró tras la niña pero no sin que Alex pusiera su pie para frenar el golpe. Su amigo el viento estaba allí para gastarles la última broma del día. Alejandro no estaba dispuesto a permitir que por una broma de su amigo dejaran castigada a Erika al día siguiente.

A las once de la mañana Alex llamaba a la puerta de la casa de Erika. El viento había ido con él y estaba dispuesto a ayudarle.

―Buenos días, señora, soy Alejandro y vengo a buscar a Erika para ir a dar un paseo.

―Ahora la aviso, puedes esperar si quieres en el jardín.

―Gracias, así lo haré. —contestó Alex mientras se apartaba de la puerta.

La madre de Erika le miraba mientras se alejaba y hasta que este se dio la vuelta. Alex se quedó mirando hacia la madre de Erika mientras esta se dirigía hacia el interior de la casa. Al instante, su amigo actuó propinándole a aquella puerta un gran empujón que la hizo cerrarse con tal fuerza que las bisagras parecían haber saltado de sus encajes. Erika se dio cuenta y con la mayor ironía de la que pudo hacer alarde le dijo a su madre:

―No te preocupes, mamá, no pasa nada, es que hay un poco de corriente y el viento la ha cerrado.

La madre era consciente de que en aquel momento había perdido la batalla.

La niña se sentía triunfadora por doble motivo. Había demostrado a su madre que tenía razón, que no cerraba la puerta con fuerza todos los días, con lo cual, ya nunca más la podría regañar o castigar por este motivo. Por otra parte, el viento ya no la provocaría, ahora era su amigo.

Transcurridos unos minutos Erika salía por la puerta de su casa dirigiéndose al jardín donde Alex la esperaba.

―¿A dónde le has dicho a mi madre que íbamos? ―preguntó Erika sorprendida por la forma en que su madre se había despedido de ella (siempre le leía la cartilla; pórtate bien, mira lo que haces, cuidado con quién hablas). Es muy extraño no me ha dicho nada, ni siquiera me ha puesto hora.

―Creo ―le contestó Alex esbozando una pícara sonrisa― que estaba más preocupada por las consecuencias del portazo.

Los dos atravesaron el jardín de la casa y tras cerrar la verja siguieron corriendo por el camino. Erika se dio cuenta de que no se estaban dirigiendo hacia el puerto. El día anterior Alex le había dicho que la enseñaría a hablar con el mar. Se detuvo y frenó a Alex tirándole de la mano. Este le preguntó:

―¿Por qué paras? Aún no hemos llegado

―Ayer dijiste que me enseñarías cómo habla el mar y no estamos yendo hacia él.

―Es cierto, pero es que… para eso necesitaríamos casi todo el día.

―Bueno, mi madre no me ha puesto hora. ¿Y la tuya?

―La mía tampoco pero tendremos que pasar por mi casa y coger las llaves del almacén del puerto para poder sacar el barco.

―¡Pues hagámoslo! ―concluyó Erika con gran entusiasmo.

Llegaron a la casa de Alex, cogieron las llaves y después de que su madre les prepara unos bocadillos y “les leyera la cartilla”, se dirigieron hacia el puerto.

Tras abrir el portón del almacén donde guardaba el pequeño barco de vela que ya había sido de su padre y con el que él había aprendido a navegar, Alex pidió ayuda a Erika para sacarlo a la explanada y poder montar el mástil, las velas y toda la cabuyería que se precisa para navegar. Una vez concluida esta operación arrastraron el barco sobre su remolque hasta la rampa de acceso al agua. Erika nunca se había subido a un barco de estas características, por lo cual, Alex se había esmerado en explicarle todo lo concerniente a la navegación y que fuera imprescindible para el buen funcionamiento del barco. Lo referente al viento ya se lo explicaría en la mar.

Una suave brisa les ayudaba a avanzar hacia la bocana del puerto. Al salir de la protección del espigón el viento se entabló del nordeste con una intensidad de no más de ocho nudos. El día era perfecto.

―¿Hacia dónde vamos? ―preguntó Erika mientras cazaba la vela de proa.

―De momento hacia ningún sitio en concreto, dejaremos que el viento y el barco lo decidan.

―¿Y eso no es peligroso?

―Si eres amigo del viento… no. ¿Lo escuchas? El viento está hablando con el barco y los dos están negociando hacia dónde ir. Fíjate bien. El viento siempre empuja a los barcos hacia donde él se dirige y nunca les deja ir en sentido contrario. Puede negociar con el viento y conseguir enfrentarse hasta un punto, pero verás que cuanto más intente enfrentarse a él, más le hará sufrir. Lo intentará tumbar y si se pasa intentando enfrentarse el viento batirá sus velas con tanta fuerza que las podría llegar a romper.

―Vale, muy interesante, pero ¿cómo habla el mar y qué tiene que ver el viento con ello?

Alex estaba emocionado intentando explicarle a Erika todo lo referente al funcionamiento del barco y se había olvidado del fin que les había llevado hasta allí.

―Claro, perdona, te lo contaré. Tú ya sabes que el viento es el que transmite todos los sonidos del mundo. Es el que ayuda a hablar a los árboles agitando sus hojas, el que silba por las cañadas y el que da forma a las nubes. El viento es imprescindible también para que el mar pueda hablar. Este suele tener tranquilas conversaciones cuando el viento acaricia su superficie, como hoy. Fíjate, ¿ves esas pequeñas olitas rompientes? Escúchalas, escucha el chasquido que producen, ese es el sonido que emiten las pequeñas olas al hablar entre sí.

―Y el rugido de las grandes olas ¿por qué es tan fuerte y asusta tanto? –preguntó Erika interesada mientras miraba a Alex con suma atención.

―Tú te enfadas con el viento cuando te despeina, cuando te tira los apuntes, o cuando te cierra la puerta de un golpe. La mar se enfada con el viento por el mismo motivo. Este sopla y sopla sin descanso durante mucho tiempo incomodándola. La mar se enfurece y le grita para que la deje tranquila, pero como el viento es un provocador, sigue y sigue soplando y enfadando a la mar que se levanta para protestar en forma de grandes olas rugientes que zarandean todo lo que encuentran en su camino. Es tal su cólera que no perdona a nadie ni a nada. Por eso cuando la mar se enfada es mejor no estar demasiado cerca y si lo estás, déjate llevar. Las olas rugientes vendrán tras de ti y te dirán constantemente “no te enfrentes a nosotras o te engulliremos”. La mar no es mala. A ella le gustaría que todos los días fueran como hoy para poder hablar con los marinos y veleros que la surcan, pero el viento es un gran provocador y la mar no tolera sus bromas.

―¿Entonces las olas que llegan a la playa o se estrellan contra los pedreros o acantilados también lo hacen en protesta contra el viento? ―entendió Erika.

―Cierto ―respondió Alex―. Las grandes olas golpean con fuerza las rocas produciendo un gran estruendo y esta es la forma que tiene la mar de descargar su ira por lo que el viento le ha hecho sufrir.

―Cuando estamos en la playa ―se adelantó Erika― las pequeñas olas como las que hay hoy te acarician y susurran porque la mar está contenta.

―Lo has entendido perfectamente ―comentó Alex una vez más emocionado por lo bien que Erika le entendía. Al instante continuó―: Y cuando las olas que llegan a la playa son grandes no te acarician, te rugen y golpean porque la mar está enfadada con el viento.

—Entonces, el viento es malo ―concluyó Erika.

―Yo no lo creo. Pienso que hay que conocerlo y tú ya lo vas conociendo. Es caprichoso y provocador.

El día transcurría mientras los dos muchachos navegaban por la orilla de la playa. Escuchaban, aunque no lo pudieran entender, el parloteo de las pequeñas olas.

<<¿De qué estarán hablando?>>, se preguntaba la niña mientras observaba a Alex aferrándose  al timón.

―Nos vamos hacia el puerto ―le dijo Alex―. No me gustan aquellas nubes que se acercan desde el horizonte. El viento es travieso pero avisa de lo que va a hacer. Si nos quedamos aquí, no tardará más de una hora en estar zarandeándonos con fuerza.

Erika no salía de su asombro. ¿Cómo era posible? Hacía un día perfecto y… ¿unas simples nubes que casi no se distinguían en el horizonte lo iban a estropear?

El pequeño barco de Alex no tenía motor ni remos. Era únicamente propulsado por el viento.

Alex y Erika se dirigían hacia el puerto cuando el viento comenzó a amainar. En unos pocos minutos llegó a calmarse totalmente dejando el barco parado a merced de las olas que lo devolvían hacia la playa.

―¿No decías que el viento soplaría con fuerza y que mejor íbamos para el puerto? ―pregunto la niña.

―Sí ―respondió Alex―, pero siempre antes de la tempestad hay una calma y ha llegado antes de lo que esperaba.

―¿Y cómo vamos a llegar ahora al puerto? ―preguntó Erika claramente asustada.

―Pues iremos como podamos, o más bien como el viento nos deje… si nos deja.

―¡¡ALEX, ESTO NO TIENE NINGUNA GRACIA!! ―gritó Erika en su ascendente camino hacia la histeria.

―No sucederá nada ―la tranquilizó el muchacho―. Esperaremos a ver de qué rumbo se entabla y ya veremos qué hacer.

Erika se quedó callada. Miraba a Alex, que parecía disfrutar con aquella situación. El viento no tardó en aparecer. La muchacha vio como este separaba el barco de la costa alejándolos del puerto y llevándolos mar adentro. El viento soplaba cada vez con más intensidad y las olas iban creciendo y haciéndose cada vez más grandes y amenazadoras. Alex sonreía y esta situación ponía cada vez más nerviosa a Erika. La costa cada vez se veía más lejos y las grandes y rugientes olas empujaban con fuerza al barco, que se precipitaba desde las crestas hasta sus senos una y otra vez. Erika comprendió lo que Alex le había explicado. “Cuando la mar se enfada con el viento, déjate llevar y nunca te enfrentes, te engullirá”.

―Erika, mírame ―le dijo Alex con la misma firmeza y seguridad con la que la había confortado en la colina la tarde anterior―, no va a pasar nada. Estamos en la mar y jugaremos con ella y con el viento de la misma forma que lo hemos hecho ayer con las nubes.

El viento y la mar habían separado el barco de la costa lo suficiente como para que esta ya no se viera. Estaban rodeados de mar y cielo. El barco se seguía precipitando por las olas cada vez con más fuerza pero Erika, en aquel momento, ya no tenía miedo. El barco disfrutaba planeando las enormes olas y Erika y Alex gozaban deslizándose con él por aquella interminable montaña rusa. Bajaban a gran velocidad. En el seno de las olas todo quedaba en calma y a continuación subían la siguiente ola hasta llegar a su cresta donde el viento empujaba con gran fuerza las velas y lanzaba el barco hacia la siguiente pendiente. Más tarde el viento se fue calmando y las olas reduciendo su tamaño.

***

Las nubes se disiparon dejando paso a los cálidos rayos del sol que calentaban aquella tarde de verano. El cielo se mostraba limpio de nubes y de un azul intenso que se reflejaba en la mar tintándola también de azul. Las pequeñas crestas de las olas rompían salpicando la mar de manchitas blancas que la convertían en un inmenso campo de algodón.

***

Aquella tormenta parecía haber pasado. El viento había cambiado de rumbo y ahora dirigía el barco hacia tierra empujándolo suavemente.

―Ya has podido ver a la mar enfadada con el viento ―comentó Alex mientras dejaba a Erika coger la caña del barco para que sintiera la fuerza del viento empujando las velas―. Y ahora los puedes ver jugando como dos buenos amigos. “Así de caprichosa es la mar, así de caprichoso es el viento”.

Al atardecer, mientras el sol se acostaba sobre el horizonte, la mar tendía sobre su superficie un suave manto tejido con rayos de todos los colores. Ante él, y desde el espigón del puerto, se podía ver la silueta del pequeño velero que, empujado suavemente por el viento, se aproximaba.

Jesús Rodríguez

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Comments
6 Responses to “El viento y Erika”
  1. Mariola dice:

    Querido Jesús, deberías haber incluido este maravilloso cuento en ese Libro por la vida que está a punto de nacer. Pero bueno, no deja de ser maravilloso. Y Marta solo podía ilustrarlo a la perfección.
    Precioso trabajo de los dos. 🙂

    • Paloma Muñoz dice:

      Totalmente cierto. Mientras leía el relato de Jesús, pensaba en el Libro por la vida. Hubiera sido estupendo contar con esta preciosa historia. Bueno, para el próximo libro. La ilustración de Marta es inconfundible y con una gran personalidad.
      Enhorabuena al equipo.
      Un abrazo,
      Paloma

  2. Olga Ruiz dice:

    ―No solamente es volar lo que hago con el viento. También hablo con él de muchas cosas y me ha enseñado muchas otras.

    Esta frase me ha encantado. Sólo hay que saber escuchar. ¿ Verdad? Ha sido una historia deliciosa. Totalmente en línea con Mariola.

    Marta, esa delicadeza, esa sutileza, ese qué se yo que sólo tienen algunos…te conforman totalmente. Creo que podría reconocer un trabajo tuyo entre cien. Eso se llama ESTILO PROPIO. Maravilloso.

  3. rafamir70 dice:

    Precioso como todo lo que escribe Jesús… y qué decir de la maravilla de Marta… a lo que nos tiene acostumbrados…

  4. Sonia del Sol dice:

    Una historia maravillosa que nos invita a soñar y nos devuelve a la alegría y la despreocupación del ayer. Precioso y tierno trabajo de los dos

  5. olgabesoli dice:

    ¡Cuanta verdad encierra este cuento! Y nos da una gran lección. Me ha encantado el detalle de tratar a la naturaleza como algo benévolo pero también caprichoso e irascible. Y la luminosa y sutil ilustración no se queda atrás, aunque a mí Marta me gusta todavía más cuando saca esa parte oscura siniestra de contraluces en sus dibujos. Mi enhorabuena a los dos.

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