Mensajes en el viento

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Género: Negro

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Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mensajes en el viento.

El verano se alejaba y daba paso a un viento frío, que azotaba los árboles intentando robarles las hojas, insistiendo en romper sus ramas. Aquel día amaneció nublado, con un cielo encapotado que amenazaba con tormenta.

Lluís Gregal llevaba bien abrochado su uniforme, cubría su cuello con un pañuelo azul marino. Estaba acostumbrado a caminar bajo la lluvia y el viento, bajo el sol caluroso e incluso en la oscuridad previa al amanecer.

Le gustaba hacer la ronda, llevaba casi cuarenta años repartiendo buenas y malas noticias por el barrio. Celebraba junto a destinatarios buenas nuevas de familiares lejanos, y se quedaba consolando a los que leían contrariedades. Le gustaba ser cartero, trabajar para sus vecinos le hacía feliz.

–Buenas días, señora María –saludó con cortesía–. ¿Estirando las piernas como cada mañana?

–No hay más remedio, señor Gregal, mis niños se levantan muy pronto. Que tenga un buen día –La mujer siguió su camino, con sus cuatro perros caminando al unísono. La veía todas las mañanas, pero aquellas eran siempre las palabras que cruzaban.

Llevaba su cartera de piel al hombro, entusiasmado, ignorando la lluvia que empezaba a caer. Cargaba los paquetes en el fondo, acompañados por cartas de todo tipo, tarjetas postales e incluso correo internacional. Pero era demasiado pronto para llamar a la puerta de nadie. A esa hora, repartía algunos productos a los negocios del centro. Un paquete con botones para la mercería, unos cuadernos de caligrafía para la imprenta. Con ese tipo de trabajos ganaba dinero extra, que mandaba a su hijo para ayudarle.

En otros tiempos, había sido muy feliz con su mujer y su pequeño; pero la poliomielitis se la llevó de su lado, e inundó el sistema nervioso central de su chiquillo, paralizando sus extremidades para siempre. Por suerte, el joven se casó años después, y su mujer lo cuidaba y amaba incondicionalmente. Pero, sin ingresos por su parte, necesitaba la ayuda de su padre, que trabajaba de sol a sol.

Lluís vivía solo, el amor no llamó a su puerta una segunda vez. Algunas noches se sentía desolado en aquella casa tan repleta de recuerdos casi olvidados; pero la gente del pueblo lo apreciaba, y siempre contaba con una mano amiga dispuesta a ayudar.

Cuando sintió la fuerte punzada en su espalda, un dolor incontrolable recorrió su interior. Sintió un cosquilleo en la punta de los dedos y un sudor frío brotó de su frente. El instrumento afilado atravesó la piel y salió de su cuerpo. Las fuerzas le abandonaron y la cartera cayó de su hombro, volcando su contenido sobre el asfalto.

Unas manos frías taparon su rostro con un pañuelo mojado, y la poca luz del amanecer se fue alejando rápidamente de sus ojos. Las piernas le fallaron, se derrumbó de rodillas en el suelo.

La lluvia caía ya con fuerza, mojando las cartas que habían escapado de la cartera a su caída. El agresor presionó con fuerza la herida de Lluís, que dejó escapar un último suspiro antes de perder la conciencia.

La sangre y el agua se unieron formando un riachuelo rosado. Las cartas mojadas se tiñeron de color carmesí, y el resto, jamás llegaría a su destino, pues se las llevó el viento, viajando por el cielo gris.

Ilustración de Jordi Ponce

~***~

El teléfono de la comisaria sonaba una y otra vez. La tormenta había dejado desperfectos en los alrededores y, muchos vecinos necesitaban ayuda para quitar un árbol caído de la carretera, reparar alguna zona inundada o mover un coche volcado por el viento. Un anciano desorientado por los truenos había entrado en casa de sus vecinos, y el propietario había golpeado al intruso, pensando que era un ladrón.

Los agentes de policía estaban ya en marcha, la mayoría distribuidos por toda la zona ayudando a los ciudadanos. Pero el verdadero caso era la desaparición del cartero Lluís Gregal.

–Todavía no me lo puedo creer –expresó el agente Tejeda, después de un largo sorbo de café–. El señor Gregal es un hombre encantador, y ha pasado por innumerables desgracias. ¿Quién podría hacer algo así?

–Nadie merece ser la víctima de ningún crimen, Javi. Pero, es cierto que todo esto es un poco extraño. Encontramos una mancha de sangre en el suelo, cartas volando sin rumbo, y ni rastro del cuerpo herido. No tenemos ningún testigo, ninguna prueba, ninguna pista…

–La mujer que encontró la sangre, testificó que minutos antes habían estado hablando.

–Pero no vio nada, de nada sirve su declaración –señaló Vincent–. Sin cuerpo no podemos hacer gran cosa.

–Y, ¿qué hacemos, Inspector?

–Le pediremos ayuda a nuestros compañeros de la prensa. Que difundan el suceso por la radio y lo describan como una desaparición relacionada con un posible crimen. Recibiremos muchas llamadas, la mayoría no tendrán ningún valor. Pero puede que alguien sepa algo.

Vincent sacó de uno de los cajones del escritorio una pequeña agenda, con las páginas amarillentas, y repleta de hojas sueltas. Acarició con los dedos el teléfono negro e introdujo el índice en el dial, marcando los números que conocía de memoria. Esta vez se presentaría como el Inspector Vincent Barrett, pero llamaba a la misma agencia a la que enviaba con regularidad los soplos de los casos más famosos. No podía saberlo nadie, ni siquiera Javier, su fiel compañero; debía interpretar su papel.

–Prepara a un par de agentes para que se hagan cargo. Y, mantenme informado de todas las novedades.

~***~

La habitación estaba fría y repleta de humedades. Hacía mucho tiempo que nadie la limpiaba, estaba cubierta de polvo y suciedad. La mala ventilación de aquel sitio hacía que oliese a cerrado, un hedor tan intenso que mareaba. Un gran número de cajas se amontonaba en el suelo de la estancia, y en el centro, un hombre atado a una silla.

Intentaba liberarse, pero cada movimiento era insufrible. La cabeza todavía le daba vueltas por el cloroformo, y aunque quería gritar, una mordaza se lo impedía. Recordaba apenas un par de imágenes de lo ocurrido. La señora María paseando a sus perros, una sombra sobre su rostro, y unas cartas volando. Lo que sí recordaba era la amargura palpitante de su herida, que todavía lanzaba punzadas de dolor por su cuerpo.

No había visto la cara de su agresor, pero sabía que era un hombre. Mientras le ataba a la silla, los efectos de la droga empezaron a esfumarse, y pudo ver las grandes manos de su agresor. La cuerda de cáñamo gastada le desgarraba la piel de los brazos, pero el dolor de aquellas heridas no significaba nada comparado con la incisión de su espalda. No tenía manera de saber cuánto tiempo llevaba allí, pero no podía haber pasado mucho inconsciente. Escuchaba a lo lejos los truenos de la tormenta, el viento que se colaba por debajo de la puerta, en aquella habitación sin ventanas.

«¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? Me golpearon por la espalda cuando iba de camino a la mercería… ¿Quién me ha hecho esto?». Cientos de pensamientos se apelotonaban en la cabeza de Lluís, que no entendía por qué estaba allí. «Yo solo hacía la ronda, como cada día. Nunca le he hecho daño a nadie. ¿Por qué me hacen esto?».

La puerta se abrió inesperadamente, golpeando la manilla contra la pared despintada.  Un hombre de espalda ancha entró en la habitación, con un objeto punzante en una mano y una carta en la otra. Vestía con una camisa de tela fina, con los tres primeros botones desabrochados,  y un paquete de tabaco asomaba en el bolsillo del pecho.  Sus pantalones de pana color chocolate estaban mojados, seguramente de caminar bajo la lluvia.

–¿Ya te has despertado? –preguntó en un grito de histeria–. Llevas más de media hora durmiendo, y tenemos que hablar de muchas cosas.

Las manos le temblaban ligeramente, se mordía ansioso el labio inferior, mostrando un destello de sangre cada vez que movía los labios. Permaneció de pie mirando al cartero y depositó la carta sobre una de las cajas. Le desató la mordaza para poder hablar con él, pero el cartero permaneció a la espera.

–Esto es culpa tuya, ¡sabes que eres culpable! –señalaba al hombre con el abrecartas, lanzando estocadas al aire–. ¿Por qué lo hiciste? ¡Confiésalo!

–No sé de qué habla. Déjeme ir, por favor. Esto es un malentendido –imploraba el pobre cartero–. Lléveme al hospital para que me curen la herida, diré que fue un accidente. Nadie tiene porque enterarse de esto.

–¡Cállate! –lo abofeteó repetidas veces con la mano del puñal, haciendo pequeños cortes en su rostro–. ¡Eres culpable y mereces ser castigado!

Se alejó del hombre atado, sacó una silla vieja del fondo de la estancia y, antes de sentarse a su lado, recogió la carta que había dejado sobre la caja. La abrió con sus manos temblorosas y empezó a leer en voz alta:

–“Amada mía, necesito tenerte conmigo de nuevo. Sentir tus suaves manos acariciando mi cuello, tus labios besando mis labios” –la voz se le quebraba de rabia–. “No puedo ofrecerte mucho, pero todas las palabras que tengo para ti son de amor, vida mía. Dime cuándo podré verte, dime dónde y allí estaré. Todo lo que tengo son estas cartas, no dejes de escribir. Te amo”.

Se quedó en silencio, con lágrimas en los ojos y rabia en los dientes chirriantes. Pinchaba la palma de su mano con el puñal, dándole vueltas, retorciendo su propia piel. Se levantó, se acercó hacía el cartero inmovilizado y lo golpeó con fuerza en el estómago.

–¡No! –gritó, sintiendo el sabor de la sangre en su boca.

–¡Confiésalo! ¡Confiésalo ya! –continuó golpeándole con sus puños entumecidos. La rabia cegaba su dolor–. ¡Te mataré si no lo confiesas, cabrón!

–No he hecho nada, lo juro. Por favor, no sé nada sobre esa carta. Soy viudo, hace años que perdí a mi mujer. No he tenido otra amada que ella. Déjeme ir, se lo suplico.

–¡Mentiroso! ¡Confiésalo o morirás!

Se alejó del secuestrado, y se encendió un cigarrillo. La primera calada fue larga, y el humo inundó todo la habitación cuando salió de su boca entreabierta. Se mordía las uñas de la mano izquierda con desesperación, y una idea absurda llenó su mente. Tenía que hacerle confesar, si no quería hacerlo por las buenas, lo haría por las malas. Se acercó de nuevo a Lluís Gregal, con los ojos casi en blanco.

–¡No os volveréis a reír de Francisco Mistral! –gritó encolerizado, y clavó el cigarrillo en la pierna del cartero, atravesando el pantalón azul marino, quemando su piel clara. Los gritos ensordecedores del pobre hombre, quedaban amortiguados en el sótano de aquella casa abandonada. Nadie lo oiría, pues se encontraban muy lejos del resto de la población.

Carme Sanchis

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Comments
6 Responses to “Mensajes en el viento”
  1. M.Cristina dice:

    Estoy deseando leer la continuación!! ¿Qué hará Vincent? Me muero de ganas de saberlo! Me ha gustado muchísimo esta primera parte, aunque me da muchísima pena el pobre cartero, que no ha hecho nada y de repente ¡zas! me lo secuestran.
    Brutal la ilustración, no puedes dejar de mirar esos ojos que te miran, esas cartas que no llegaran.
    Me encanta el equipo que habéis formado! Muy buen trabajo!

    • kamyska dice:

      La verdad es que dejar así el relato me da mucha lástima… porque el pobre cartero no merece ser maltratado de esa manera. Estos relatos me están volviendo cada vez más loca, jajaja.

      Supongo que publicaré la segunda parte en la web de Vincent y en el blog =P

      Y, por supuesto, la ilustración de Jordi es BRUTAL. Menuda ansiedad solo de mirar esos ojos penetrantes.

      ¡Un besazo! ¡Gracias por comentar! 😀

  2. Paloma Muñoz dice:

    Efectivamente como dice M. Cristina, ¿qué pasa con el pobre cartero, el pirado que lo ha secuestrado y el gran Vincent Barret? Me has dejado colgada y eso no se hace.
    La ilustración de Jordi es superimpactante como todas las que hace.
    Un estupendo trabajo os ha salido y encima con ganas de más.

  3. olgabesoli dice:

    Me sumo a las reclamaciones. Me gustaría saber como acaba la historia, porque está muy emocionante. La ilustración de Jordi es una pasada, como todas las que hace. No solo dibuja de maravilla sino que, además, consigue atraparte a cada imagen.

  4. Jordi Ponce dice:

    Gracias a todos, a mi también me da pena el cartero, podríamos hacer lo mismo con los políticos.

  5. Sonia del sol dice:

    La mirada de la ilustraci’on de Jordi, hipnotiza, son unos ojos que, aunque estremecen, no puedes dejar de mirar, justo lo mismo pasa con el relato, que engancha , pero, nos quedamos as’i, a medias, por eso necesitamos que haya una segunda parte !!! As’i que, ya sab’eis, Jordi y Carme, jejeje…

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