Viento de muerte

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Género: Fantasía heroica (Espada y brujería)

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Viento de muerte.

I.- LA CARTA DE UN SABIO LLEGA A SU DESTINO

Querido amigo y colega, Atreasis, te escribo después de haber pasado tres lunas desde que recibí tu última carta, contestando tan amablemente como siempre, a la mía.

Mi corazón late tan deprisa como el infernal viento que está a punto de envolver la fantasmal ciudad de Sharhar, conocida como La Olvidada.

MI querido amigo, no puedes imaginar lo que mis gastados ojos tienen que soportar, mis viejos oídos, escuchar y mis débiles dedos escribir en esta carta en la que te contaré a cerca de unos insólitos y misteriosos hechos que están convirtiendo a esa antiquísima y mítica ciudad, en una ciudad de muerte.

Desde mi retiro en la ilustre ciudad-estado de Horrhemithia, en la que frecuento la corte de la reina Udurthe Zanis en calidad de viajero, consejero y estudioso, puedo escribir libremente en una casa alquilada a un precio razonable que posee todas las comodidades que precisa un viejo filósofo como yo.

Y te escribo que en Sharhar, que se encuentra a unas cuantas leguas de aquí, ronda un espíritu malvado y asesino que en forma de viento, tiene aterrorizados a los desdichados habitantes de la que antaño fue una magnífica ciudad de torres doradas y púrpuras.

Tú conoces esas tierras. Las visitaste una vez conmigo hace ya muchos años cuando aún éramos jóvenes y las ansias de nuestros corazones no se habían convertido en rescoldos a punto de apagarse, tal es el sentimiento que me embarga, mi buen Atreasis, cuando pienso en aquellos tiempos de aventuras. Sin embargo, si pudieras contemplar en qué ruinoso y tétrico aspecto está la ciudad de las maravillas, a la que los hombres llaman La Olvidada, comprenderías mi congoja y estupor.

Pero no deseo desviarme de mi historia. Sharhrar está maldita. Maldita y mancillada por un espectro sin nombre que envía un viento furioso y atroz con perniciosas consecuencias. Lo más terrible es que los habitantes de la ciudad, por el terror que infunde ese espíritu maligno, están cometiendo asesinatos en forma de sacrificios humanos para aplacar la sed de sangre y de ira de ese dios desconocido que no posee ningún nombre, al menos que yo conozca de mis estudios sobre cultos y ritos antiguos.

Se dice que habita en las Montañas Negras, morada de fantasmas y de seres sobrenaturales. Y que en las noches de luna llena, el infame aúlla como los lobos rabiosos y se esparce con los grandes brazos tentaculares abarcando toda la ciudad. Los habitantes se encierran en lo más profundo de sus casas y rezan a los dioses para que les protejan y libren del sangriento maleficio que reina en Sharhar.

Algunos de los sacerdotes de antiquísimos cultos que ya adoraban a la Serpiente Maligna, han clamado que para saciar la sed de muerte del infernal dios-viento, hay que inmolar a inocentes en altares y regalar las vidas de jóvenes, mujeres y niños para que se aplaque su sed de sangre.

Todo esto es cuanto menos terrible y en los tiempos en los que estamos viviendo, no deja dudas de que son infinitamente abyectos los que consienten estas atrocidades.

La Reina, que es una mujer instruida y razonable, y aborrece los sacrificios humanos que ya desterró su padre, el rey Horak, el Grande, está dispuesta a luchar contra ese dios-demonio, no sólo por lo que acontece en la ciudad de Sharhar y su ominoso destino, sino porque teme por sus súbditos a los que ama profundamente y estos le corresponden, ya que la Reina es justa con los horrhemithios y piadosa con los buenos dioses protectores de su reino.

He tenido varias audiencias privadas con la Reina y su consejo, y están de acuerdo en que hay que tomar medidas. En la gran biblioteca del palacio real hay unas estancias muy ocultas y poco conocidas en las que se conservan y guardan antiguos libros de la era de Khutmeth, el rey hechicero del imperio de Rakhassya. En esos libros se pueden encontrar conjuros efectivos o al menos eso describen, que pueden proporcionarnos una valiosísima ayuda para enfrentarnos con ese ser destructor del que Udurthe Zanis presiente una terrorífica amenaza. Pero debo seguir insistiendo hasta encontrar algo que me de confianza y valor para la empresa que nos espera.

Mis próximos pasos querido amigo, es preparar junto con la reina una incursión a las Montañas Negras y dar con la guarida del viento del infierno, porque según las investigaciones de los sabios de la corte, en algún lugar oscuro se oculta la mano ejecutora y destructiva del dios sin nombre.

En los escritos de la antigua Rakhassya y sus misterios envueltos en tinieblas, ha de haber constancia de la existencia de algún mapa que nos lleve al enclave exacto de ese nefasto lugar. Espero y deseo con la ayuda de los dioses que demos con él. El tiempo es crucial y creo que ya sentimos todos en nuestras nucas el viento gélido de la muerte.

Si salimos victoriosos de esta confrontación, tendré que dar las gracias con reverencia a la bondad divina de Aruha Aszam por haberme permitido vivir en tiempos tan fascinantes como los presentes. Y en cuanto a ti, mi querido Atreasis, deseo fervientemente de que antes de que el Dios Negro de la muerte me tienda su tenebrosa mano, vuelva a encontrarte y hablarte de todo lo acontecido. Queda pues bajo la protección del Gran Dios de nuestros pueblos.

Tu fiel amigo y colega, Andrahmedes”

Un tiempo después, Atreasis recibió la carta de su amigo Andrahmedes. El anciano leyó la carta una y otra vez y sintió que se le nublaba la vista.

Tendría que esperar a los acontecimientos cuando estos llegaran a la gran ciudad de Markhatelet por boca de los heraldos y mensajeros que pregonarían lo sucedido y así poderse escribir en los anales históricos de la ciudad.

Los rumores de una feroz contienda entre los valientes horrhemithios y las huestes del mal de las Montañas Negras, cada vez se hacían más insistentes por boca de los viajeros y gentes procedentes de otros pueblos y latitudes. Los habitantes de Markhatelet comenzaron a preocuparse y sopesar la posibilidad de tomar medidas preventivas para proteger los muros de la ciudad.

Atreasis se alisó la luenga barba encanecida que le llegaba hasta el pecho. Su rica daga curvada, cubierta de diamantes y piedras preciosas, descansaba asida a su cintura. No sólo se había dedicado a la historia y la filosofía en su esplendorosa juventud, sino que había viajado mucho como su colega Andrahmedes y había aprendido a luchar de mil formas, enseñado por maestros orientales y luchadores de los reinos de Occidente.

“Si aún fuese joven, acompañaría a esos aguerridos soldados y mercenarios a enfrentarme cara a cara con el mal. Toda mi vida estudiando y recopilando saberes ancestrales y ahora que despierta un malvado y devastador dios de las montañas que envía un viento criminal a las ciudades, no puedo apenas moverme de mi rincón.”

Una encantadora joven, que era la sirvienta personal del anciano, apareció en el estudio con una hermosa jarra de oro adornada con preciosas incrustaciones de jade y zafiros y un vaso. La belleza morena de la muchacha, hizo que los grises ojos de Atreasis emitieran destellos de admiración y quizás de algo más.

─Maestro, aquí tienes tu tónico. Debes tomarlo. Va a ponerse el sol y aún continúas leyendo los pliegos de pergaminos, cartas y documentos que tienes entre las manos. Deberías hacer caso del médico y descansar más.

Atreasis sonrió aliviado. La visión de la chica era cuanto menos excitante, pues llevaba unos velos que apenas le cubrían el esbelto cuerpo.

─Gracias, Lailah por tus atenciones. Te juro por el gran dios Aruha Adzam que si no estuviera postrado como lo estoy y fuera joven, no tendrías que preocuparte en traer mi tónico, sino que otra sirvienta lo haría y probablemente no tan deliciosa como tú.

La joven se ruborizó un poco. Su amo era el hombre más noble, atento y comprensivo de Markhatelet y ella era la mujer más afortunada por servir en la casa de tan insigne personaje de la corte del rey Hipeus.

─Pero ahora es tiempo de recogimiento, mi señor. Bebe el tónico y descansa. Lo que quiera que estés haciendo, puede esperar hasta mañana.

─Acércate.- dijo el anciano suavemente.

Lailah se arrodilló a los pies de Atreasis. El viejo consejero le acarició los suaves rizos oscuros.

─Debes llevar un mensaje al Barón de Gorty, mi buen amigo que estará en el Palacio Real y entregárselo en mano. Es importante, Lailah. Cúbrete con una buena capa de pieles. Hace frío esta noche y lo siento en mi cansado corazón.

─Haré lo que me pides, mi señor. Ahora descansa. Avivaré el fuego de los braseros para que la habitación siga caliente y revisaré los ventanales.

Atreasis echó su manta sobre los hombros y mientras bebía el tónico, comenzó a escribir la carta.

II.- LA CARTA DE UN SABIO MOVILIZA A LA NOBLEZA DE MARKHATELET

El barón de Gorty, uno de los principales consejeros del rey Hipeus, tomó la carta que le extendía la joven Lailah y ordenó que nadie entrara en el gabinete.

─Espérame junto al fuego, muchacha. ¿Tu amo precisa mi contestación?

─Nada me ha indicado al respecto, mi señor.

El barón asintió y sonrió a la joven.

─Comprendo.

De Gorty comenzó a leer:

“Mi querido barón de Gorty, tengo más que fundadas sospechas de que algo terrible se cierne sobre nuestra civilización. Un terrible dios innominado acecha desde las montañas más allá del gran lago a los reinos que en paz duermen bajo las estrellas del firmamento eterno. Mi buen amigo y colega Adrahmedes, al que llegaste a conocer en una recepción del rey Hipeus con motivo de su subida al trono, me habla en una carta de espantosos males que caerán sobre la ciudad en la que habita, la espléndida Horrehmithia; males enviados por un dios que no tiene nombre y que por lo que interpreto, sí un desolador poder. Los horrehmithios están prestos a combatir por sus vidas y sus almas. Por tanto van a luchar contra el viento de la muerte que ha hecho sucumbir a la mítica ciudad de Sharhar, La Olvidada y ahora extiende sus negros tentáculos sobre ellos. Ya conoces los rumores. Imploremos a Aruha Adzam para que nos de fuerzas. Creo que aún estamos a tiempo de prepararnos, en caso de que ¡los dioses no lo quieran! La reina Udurthe Zanis y sus valientes hombres no lo consigan. Mi fiel amigo Adrahmedes pone en mi conocimiento todas estas iniquidades en una carta recién recibida. Él mismo está dispuesto a impregnarse de la sabiduría ancestral que se guarda en la biblioteca real de Horrehmithia para desempolvar extraños saberes que no me atrevo a conjeturar de dónde provienen. Tal vez la lucha entre el bien y el mal se desencadene antes de lo que imaginamos”.

El barón se mesó la barba y acarició a uno de los llamativos gatos de ojos de esmeralda que descansaba sobre ricos cojines. Llamó a un sirviente para que acompañara a la joven Lailah con una respuesta a la casa de su amo.

─Buen Atreasis, siempre con tu sentido poético de las cosas. Bien, tal vez haya llegado el momento de sacudir el polvo de nuestras pesadas posaderas. ¡Holbek!, avisa a su majestad de que deseo entrevistarme con él. Di a su chambelán, que llegan tiempos interesantes.

No sólo el barón Waldrus de Gorty estaba inquieto frente al rey Hipeus, los demás miembros de la poderosa nobleza de Markhatelet se sentían nerviosos ante las noticias que de Gorty les exponía.

El propio rey Hipeus, sentado entre sus consejeros más cercanos, escuchaba atentamente y asentía en silencio. Los nobles bebían de finas copas doradas el maravilloso vino traído de las provincias sureñas del reino de Ispanim mientras murmuraban entre ellos demostrando la preocupación que embargaba sus espíritus.

Hipeus tomó la palabra y el resto calló, la sala del consejo privado del rey se quedó completamente en silencio.

─La reina Udurthe Zanis es una mujer sensata. No enviaría expediciones a ningún lugar sin tener información apropiada sobre unos acontecimientos de tal índole. Con esta situación que el sabio Atreasis pone en nuestro conocimiento, nos vemos impelidos a actuar. No cabe duda de que las naciones civilizadas pueden correr serios peligros y ante un enemigo de esta envergadura, los rencores, resquemores y deslealtades deben pasar a un segundo plano. Después de todo, ese dios sanguinario se está cobrando víctimas inocentes. No en vano, hace ya muchos años, mis antepasados lucharon contra seres infernales y, aunque el coste en vidas fue elevado, desterramos para siempre la maligna influencia de la brujería. El propio padre de Udurthe Zanis, el recordado rey Horak, luchó en su juventud con muchos espíritus salidos de las llamas del tenebroso reino de la muerte.

El conde Ugurth de Zorr tomo la palabra.

─Con la venia de su majestad. Creo señores que es el momento de enviar un emisario a la corte de la reina de Horrehmithia para que conozca cuales son nuestros pareceres y acciones. Creo hablar por boca de todos los presentes en la sala del consejo real y creo que no me equivoco si digo que su majestad estaría dispuesto a intervenir ante esa abominable amenaza que se cierne sobre el continente.

El rey se levantó y los nobles también lo hicieron en señal de respeto hacia su rey.

─El barón de Gorty ha hablado del sabio Atreasis y conozco su sabiduría en fenómenos oscuros e inexplicables. Su inquebrantable fe en nuestro Dios Supremo y el coraje del que siempre ha hecho honor. Estoy convencido de que tanto él como su colega, el buen consejero Adrahmedes, podrán encontrar inspiración para conjurar a ese demonio devastador y rogar a Aruha Azdam para que proteja a los hombres que van a luchar contra ese perverso poder demoníaco.

Mientras en la corte del rey Hipeus, los nobles y el monarca discutían, en el reino de Horrehmithia, el sabio Adrahmedes buscaba con afán entre los viejos pergaminos de los saberes prohibidos, datos que lo ayudasen a conocer más acerca de ese dios despiadado y malvado que enviaba vientos infernales para sembrar de muerte todo lugar por el que pasaba.

Adrahmedes se dedicaba con férrea insistencia a encontrar alguna señal que sirviera para poder llegar hasta el santuario secreto del dios del viento furioso. Los antiguos escritos hablaban de un ser con enormes tentáculos que abarcaba una ciudad entera.

Ilustración de Rosa García

La desventurada ciudad de Sharhar, pensaba el anciano. También describía las invocaciones a los dioses que podían hacer frente y vencer al espíritu de ese dios oscuro que no tiene nombre alguno, pero que aparece a través de las eras con distintas denominaciones.

Mientras la labor de Adrahmedes avanza, los hombres de la reina Udurthe Zanis, esperaban la real orden para partir más allá de Sharhar hacia las Montañas Negras en busca del mal que tanto afligía a los pueblos.

Como un haz de potente luz que ilumina toda la estancia, Adrahmedes se sintió lleno de una vitalidad inusual para su edad, pues al leer en uno de los polvorientos pergaminos de la era de Rakkhassya, que la única manera de enfrentarse al Señor de la Oscuridad y del Dolor, es invocando a los Dioses de la Justicia y de la Paz a través del talismán de Ork, un mago que vivió en la época del Rey Oscuro de Rakkassya, Kuthmet, y que ningún ejército –por muy fieros e implacables que sean sus hombres y sus mercenarios− podría vencer a las huestes de los dioses malignos, si no se cree con pasión y fe en la fuerza de los dioses de la luz.

Pero… ¿dónde se puede encontrar ese talismán salvador? ¿Cómo dar con él? El tiempo apremiaba y pronto habría luna llena.

III.- EL TALISMÁN DE ORK

En las catacumbas del palacio de Rakkassya, destruido por hordas de bárbaros salvajes que vinieron del norte del continente, unos pasadizos secretos llevaban al Sancta Sanctorum de Kuthmet, conocido como El Hechicero. Las ruinas aún se mantenían en pie, pero no había que confiarse, porque eran tan amenazantes que helaban el corazón de los expedicionarios más curtidos.

Estos expedicionarios al mando de Adrahmedes cabalgaban con la misión de encontrar el talismán de Ork.

Caballos de refresco, víveres y tiendas levantadas a la luz de la misteriosa luna, con ese aire maligno que impregna una aventura de búsqueda de algo que es primordial para salvaguardar la seguridad de los hombres y de los reinos, era el paisaje que Adrahmedes y sus acompañantes contemplaban desde la subida a las ruinas. Y en un claro en el que los rayos de la luna iluminaban los recovecos, una lúgubre canción salida de algún siniestro rincón, martilleaba los tímpanos de los hombres que iban al encuentro de un objeto precioso, más valioso incluso que sus propias vidas.

Adrahmedes, a pesar de su edad y sus achaques había tomado sobre sí la responsabilidad de dirigir al grupo de hombres que iban a buscar el talismán. El anciano había investigado todo cuanto pudo para dar con ese objeto mágico, al parecer lo único que podía hacer que el demoníaco viento tentacular desapareciera y el innombrable dios fuera reducido en su negra guarida montañosa.

Adrahmedes llevaba consigo unos pergaminos que podían servirle de guía al llegar a la ruinosa zona del palacio.

Por fin llegaron a lo que antaño fue un magnífico palacio cuyas torres tocaban el cielo y ahora no había más que restos de esas torres apuntando como afiladas agujas a las estrellas.

─El talismán debe estar oculto en algún lugar dentro de estas ruinas. Sé que existen pasadizos secretos en la montaña. El propio Kuthmet se encargó de que se construyeran mientras se levantaba el palacio y las dependencias de los nobles de la corte.

Adrahmedes repasó el pergamino que llevaba sujeto a su faja de seda mientras que el capitán Turkyet esperaba a que el anciano indicara el camino a seguir.

─Entraremos por la parte trasera del antiguo palacio. Si mis averiguaciones no me gastan una mala pasada, descenderemos a través de ese pasadizo. Recemos a los dioses para que no se derrumbe sobre nuestras cabezas.

─Noble Adrahmedes, dos de mis hombres abrirán camino. Mantened las antorchas encendidas. Dentro parece la boca del lobo. Este lugar me produce escalofríos.

Adrahmedes sonrió, viviendo la que quizá fuera la última aventura de su vida. Saboreaba cada segundo y su recuerdo voló junto a su amigo, Atreasis.

─ ¡Ojalá estuvieras a mi lado, querido amigo!

Suspiró. Miró al capitán y le puso cariñosamente una mano sobre el hombro.

─ ¡Animo, capitán! Llevas unos hombres curtidos y experimentados. ¿No crees que es de una aventura que merece la pena vivir? ¿No te hace sentir vivo la incertidumbre de no saber a ciencia cierta a lo que nos exponemos?

─Los enemigos, noble señor, pueden matarse con la espada. Pero la brujería y los espíritus del infierno… ¿cómo acabar con ellos?

─Por eso es imprescindible dar con ese objeto mágico.

Entraron por un hueco que pudo ser una puerta repujada en oro en sus tiempos y comprobaron que había unos escalones de piedra pulida que resbalaban. Con sigilo se adentraron en la oscuridad de las ruinas del palacio.

Avanzaron a la luz de las antorchas por angostos y estrechos pasillos que rezumaban humedad por sus milenarias paredes de piedra. Se envolvieron con una permanente oscuridad atenuada por la luz del fuego. El calor que desprendían las antorchas resultaba gratificante en medio de tanto silencio y tanto temor. Porque temor es lo que sentían los hombres que iban en busca del mágico amuleto.

─El lugar secreto tiene que ser en esas viejas catacumbas… Un nicho tal vez. El amuleto (si es que existe, los dioses lo quieran) debe de estar guardado en algún cofre o en una caja que lo proteja. Por lo que he podido averiguar en los milenarios escritos, es un objeto de un cristal muy delicado, brillante, que emite mil chispas y en el que se concentra todo el poder de los bienaventurados dioses a los que hoy, nos encomendamos.

Los hombres a cuyo mando estaba el capitán Turkyet, respetaban demasiado a Adrahmedes para ni siquiera proferir una palabra obscena que los liberara un poco ─psicológicamente─ de la tensión que iban acumulando.

La quietud reinaba por todas partes. Los hombres de Turkyet miraban en derredor. Se habían encomendado a sus dioses. No era lo mismo enfrentarse a soldados, guerreros de ejércitos enemigos, de igual a igual, que a algo que no tiene forma o que no sangra. Porque si no sangra es que no se puede matar, al menos no con el filo de una espada.

En una estrecha puerta cubierta de maleza maloliente, las antorchas en manos de los hombres que las portaban quedaron paralizadas. Una indicación de Adrahmedes hizo que todos contuvieran la respiración.

-Este lugar… acercadme la antorcha. Debo revisar el pergamino.

Adrahmedes comprobó las indicaciones de una especie de mapa que estaba escrito en una lengua desconocida. Pero el anciano estaba versado en lenguas antiguas y desaparecidas y daba la impresión de que conocía o por lo menos no le era desconocida del todo la elaborada escritura.

─Hay que abrir esa puerta.

Los hombres empujaron y tardaron unos minutos en abrirla del todo. Espadas en mano entraron vigilantes en una estancia cubierta de polvo y silencio. En las paredes de piedra pulimentada de color ocre como la sangre reseca, descansaban unas estatuas dentro de unas grandes hornacinas que a modo de guerreros inmóviles parecían mirar hacia el centro.

Una especie de altar a la luz de las antorchas apareció ante ellos y sobre el altar lo que parecía un recipiente. Adrahmedes leyó despacio el pergamino y titubeante dijo:

Una única llama que no emite fuego alguno es la llave para luchar contra aquel que vive en las tinieblas de la tierra y se oculta en la noche.

Precedidos por el anciano sabio, los hombres rodearon el altar y esperaron la reacción de Adrahmedes.

─ ¡La llama! ¡ La llama de cristal que emite chispas de luz y fuego pero no quema! ¡El talismán de Ork!

IV.- FRENTE A LAS MONTAÑAS NEGRAS

Las Montañas Negras, un lugar al que muy pocos humanos han accedido a lo largo de los siglos. Se dice que esas montañas fueron puestas allí por la raza de los titanes, unos seres gigantes que gobernaron el continente y las islas desde la creación del mundo. Una fila de estatuas derrumbadas que en su tiempo se erigían desafiantes hacia el cielo y la tierra servían de pálidos guardianes que proyectaban sus sombras bajo los inquietantes rayos de la luna llena.

Frente a las montañas negras, los hombres de la reina Udurthe Zanis esperaban con impaciencia. La luna aún no ha llegado a su cénit y el corazón de los valerosos guerreros latía al endiablado ritmo de unos tambores que se escuchaban en la lejanía.

Tal vez, era el ritual de alguna tribu en las montañas cercanas que conocía los terribles secretos que procedían del siniestro lugar y que con sus cánticos y ritos, intentaban conjurar el inminente peligro.

Adrahmedes, envío una paloma mensajera a Atreasis contándole todo lo acontecido desde que le escribió la última vez.

Lamentablemente, Atreasis no pudo responder a llamada con su presencia debido a la edad y los achaques, pero sí respondió el rey Hipeus con un destacamento que apoyaba a los hombres de Udurthe Zanis.

No saben a ciencia cierta a lo que se enfrentan. Se habla, se comenta, se rumorea sobre el devastador poder de los tentáculos del monstruoso viento rugiente y de una nube negra que cubría gran parte de la montaña en la que el dios tiene su guarida.

Esa noche, si Ahura Azdam y la fe de los valientes hiciera que el amuleto sirva para que detuviese al viento que comenzaba a agitarse sobre la copa de los escasos árboles que los rodean, podrían dar gracias por la aventura vivida y por seguir con sus almas intactas.

─El ritual de los sacrificios humanos de los viejos sacerdotes de Sharhar propiciaba que, una vez satisfecha, la maligna entidad se retirase a sus habitáculos y se olvidara de los míseros mortales que viven casi a los pies de las montañas.

Adrahmedes entrevistó a un joven que escapó del sacrificio y contó lo que vio con sus propios ojos.

─ ¡Una enorme nube negra de humo espeso negro y rojo y unos tentáculos que salían del centro de la nube que se dirigían hacia la ciudad! En el altar que habían levantado los esclavos, ordenado por los malditos sacerdotes que se habían hecho con el poder, llevaron a las mujeres y los niños.

Lloraba con desolación y miedo. Adrahmedes abrazó al muchacho, Comprendía lo horrible de la descripción de los sangrientos sacrificios.

─ Ahora estás a salvo, hijo. No permitiremos que el demonio se apodere de tu alma.

Junto a Adrahmedes estaba Irzik, el hijo mayor del capitán Turkuet que había fallecido a causa de los mordiscos de unos perros salvajes de las montañas que los atacaron cuando salían de las ruinas del palacio de Kuthmet. Lamentablemente, los médicos de la reina no pudieron salvarle y ahora el joven con el corazón henchido de rabia y deseo de venganza, ocupaba el lugar de su padre.

La luna ya se había puesto en el centro del cielo y todo comenzó a temblar alrededor. Adrahmedes sintió como si una mano helada le estrujara el corazón.

Había miedo y temor en los corazones de los hombres que se enfrentaban a un sangriento y demoníaco poder. Pero también había fe en los dioses de la luz que iban a medir las fuerzas con el sangriento dios de nombre desconocido.

Un mensajero trajo la noticia de que una columna de humo blanco proveniente del oeste iba acercándose más y más a las Montañas Negras.

─ ¡Los hombres de Hipeus de Markhatelet!

Efectivamente. Una avanzadilla compuesta por el barón de Gorty y su guardia personal, presentó sus respetos a la reina Udurthe Zanis que se encontraba rodeada de sus hombres.

-Majestad, traigo el saludo personal del rey Hipeus y la ayuda que el noble Atreasis solicitó por boca del sabio Adrahmedes para combatir juntos esta amenaza en forma de demonio que desea someter a los reinos civilizados del continente.

─Gracias, barón de Gorty. Si salimos de esta terrible situación, deberemos festejar el rey y yo el éxito de nuestra aventura. La luna está en el cielo y a punto está de comenzar la batalla. ¿Crees en los dioses, barón de Gorty?

─Mi señora, creo en que el bien vencerá al mal, siempre. Nuestras espadas están en alto, pero un solo objeto puede hacer que el abominable dios vuelva a su cubil del infierno y que no despierta más para atormentarnos.

La forma más pavorosa del dios demoníaco apareció ante los aterrorizados ojos de los soldados y guerreros que rezaban en sus lenguas (había entre ellos bastantes mercenarios de distintos lugares del continente). Una gran nube negra y roja, apareció y los tentáculos se asomaban obscenamente.

Entonces una multitud de seres mitad hombres y mitad reptiles, gritaron con horrendos gritos similares a los graznidos de cuervos gigantes o endemoniados rugidos de fieras salvajes.

La lucha comenzó entre los soldados y mercenarios y los seres híbridos enviados por el dios sin nombre a la batalla.

Adrahmedes y el muchacho se resguardaron en un lugar seguro y dejando al chico a buen recaudo, se apoyó en Irzik, el hijo del infortunado capitán Turkyet; treparon por una zona en sombras de la montaña y cuando los tentáculos comenzaron a aparecer, Adrahmedes gritó con todas sus fuerzas la invocación divina a Aruha Adzam.

La batalla continuaba en las laderas de las Montañas Negras. Nadie sabía que el demonio poseía un ejército de seres repulsivos que luchaban como diablos. Pero las espadas cortaban brazos verdosos, cabezas y colas llenas de escamas y eso era en lo que creían los hombres: en cortar, acuchillar, golpear y destrozar. Las invocaciones las dejaban a los sabios y a los locos sacerdotes.

Adrahmedes levantando las temblorosas y nervudas manos, sostenía el talismán de Ork, la llama de cristal comenzó a chisporrotear con una luz que cada vez se hacía más potente, pero que no quemaba los ojos ni del anciano ni de Irzik.

─ ¡Yo te conjuro Dios de la Noche en el sagrado nombre de Aruha Azdam! ¡Apártate para siempre de estos lugares y retírate a tu reino sombrío de muerte! La luz de poderoso Aruha Azdam envolverá tus tentáculos manchados con la sangre de los inocentes y te envolverá para que desaparezcas de la vida de los hijos a los que tanto ama. ¡Gran dios, señor de la luz, adalid del bien y la justicia, por este talismán sagrado, protege a tus hijos y líbralos del miedo, el terror y la esclavitud del Dios Negro de los eternos espacios de la oscuridad!

En el cielo oscuro y con una luna cubierta por los gigantescos tentáculos que se movían con la furia del viento feroz que había desatado el aliento del dios de la oscuridad, se libra la última y –por ahora─ definitiva batalla contra Los refulgentes rayos enviados por Aruha Azdam que ha escuchado las palabras del buen Adrahmedes, cuyo talismán ha obrado el milagroso efecto de la sagrada invocación.

Con la fuerza de la fe en los corazones de los hombres que han sobrevivido y el agradecimiento a los Dioses de la Luz, el humo negro y rojo sangre que envolvía el aliento del Dios Sin Nombre se fue evaporando del cielo y los terribles tentáculos que en aquellas sangrientas noches de luna llena sembraron la muerte, desaparecen.

La luna brilló con fuerza. Los corazones de los valientes proclamaron la victoria. Los ojos de Adrahmedes se cubrieron de lágrimas.

-Hemos vencido, mi buen Atreasis. ¡Qué Aruha Azdam te proteja! ¡Que nos proteja a todos!

Dedicado a Robert E. Howard y a H.P Lovecraft

22 de agosto, 2013

Paloma Muñoz

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Comments
7 Responses to “Viento de muerte”
  1. Mariola dice:

    Bueno, bueno, bueno… Palomita, eres la master del cuento fantástico y de espada y brujería, ese género que te apasiona tanto y dominas a la perfección. Ha faltado que aparecieran Conan o Dar, el señor de las bestias, jejejeje. Y Rosa remata la faena con ese estilo y toque rojo marca de la casa.
    Equipazo de lujo sin duda! 🙂

    • Paloma Muñoz dice:

      Gracias, Mariola. Ya sabes la pasión que siento desde tiempos hiborios por la fantasía heroica y por Conan. También por Lovecraft y sus “simpáticas criaturitas”. Por eso, les he dedicado este relato como una humilde muestra de mi eterna admiración, como admiración siento por la magnífica y “cool” ilustración de Rosa García.
      Un abrazo, Paloma

  2. Sonia del Sol dice:

    Guau, Paloma, fantasía épica de la buena !!!! Uno espera que el relato dure más para disfrutarlo como se merece….Me encanta sumergirme en este tipo de relatos de espada, brujería y , tipo Conan, sagas vikingas, etc que le hacen a uno vivir otras vidas de aventura, jejeje…Rosa nos ha dejado (esperamos que sea sólo una pausa, un Kit Kat, para volver con más fuerza, Rosa) con una gran ilustración de los tentáculos que tienen sometida a toda la ciudad y, serpentean, de noche, de manera sibilina y misteriosa….Bravo a las dos

  3. olgabesoli dice:

    Paloma, estoy de acuerdo en que se nota que disfrutas muchísimo escribiendo fantasía épica. Y desde luego que yo he disfrutado mucho leyéndote. Mi enhorabuena. Y la ilustración de Rosa es inmejorable como siempre. ¡Vaya gozada de equipo!

  4. Paloma Muñoz dice:

    Os agradezco vuestros comentarios. Este relato es el que más largo me ha salido (creo recordar). La Fantasía Épica o Heroica o el subgénero de Espada y brujería siempre me ha fascinado desde muy joven. Soy una incondicional fan de Conan y los comics de aventuras fantásticas, de brujería de héroes y heroínas.
    Quería escribir una historia que sirviera también de homenaje a los grandes: Robert E. Howard, creador de Conan, Red Sonja, Solomon Kane, etc y H.P Lovecraft (de ahí, los tentáculos monstruosos que aterrorizan la ciudad de Sharhar La olvidada y si os ha gustado y entretenido, me alegro doblemente.
    Un abrazo,
    Paloma.

    • Sonia del sol dice:

      Huy, lo de Red Sonja me suena y, mucho…..jejeje. De niña , por razones obvias, con ese nombre, me tocaba jugar a ser esta hero’ina de cuento, admirable personaje femenino, por cierto. Todavía conservo algún cómic de ella en casa….

      • Paloma Muñoz dice:

        Red Sonja es una de mis heroínas favoritas aunque prefiero las aventuras de Conan, el bárbaro. El escritor Robert E. Howard (al que dedico este relato) fue el creador de este personaje al que apodaban “La diablesa con la espada”. Deberían hacer una película en condiciones con esta señora imponente que cortaba cabezas a diestro y siniestro y que se llevó o estuvo a punto de enviar a Conan al huerto.

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