Domingos sangrientos

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Género: Relato negro

Rating: +13

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración con propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 Domingos sangrientos.

El cigarrillo humeaba en el cenicero, impregnando su fuerte olor en cada papel amarillento, en cada libro, en la suave piel del joven Vincent Barrett. Sobre la mesa estaban abiertos los seis expedientes en los que estaba trabajando.

Seis suicidios, cada uno de ellos diferente al anterior, pero con un detalle en común. Seis personas de un mismo pueblo, seis personas que aparentemente no se conocían. Seis vidas. Y en su tocadiscos, una canción tan triste como una última despedida: “Gloomy Sunday”.

–¿Cómo es posible que todas estas personas se hayan suicidado en tan poco tiempo? –se preguntó Vincent, solo, en su imperfecto piso de soltero–. Hacía años que nadie se suicidaba en este pueblo.

Apenas llegaban sonidos de la calle, desde el ático del edificio donde vivía, parecía estar a kilómetros del resto de la humanidad. Con la única compañía de aquella canción desgarradora, las horas pasaban lentas y, los papeles y el humo se amontonaban a su lado.

Aquellos seis suicidios, acaecidos en domingo, se habían convertido en el centro de atención, en su único pensamiento. Apenas comía desde entonces, pero las cajetillas de tabaco se acumulaban vacías en el cajón. Solo podía pensar que pronto volvería a ser domingo.

En el gran panel de corcho que decoraba una de sus paredes, tenía expuestas las fotografías de los seis casos. Seis imágenes de personas felices y seis instantáneas de las escenas del crimen. Vincent repasaba una y otra vez la información que tenía de cada uno de los fallecidos, pero no conseguía disipar sus dudas.

–Miranda Ballesteros, cincuenta y tres años, madre soltera. Arrollada por el primer tren del día, a las seis de la mañana. Su cuerpo fue embestido varios metros, destruido totalmente. Encontramos una silla justo al lado de las vías, junto a su bolso de mano. En el interior había una nota de despedida, con uno de los versos de la canción “Gloomy Sunday”. Fue la primera en suicidarse.

Se acercó hasta la pared para poder observar cada una de las imágenes con más cuidado. Dio una calada larga al cigarrillo, y soltó el humo contra el corcho, como una nube de niebla, fría y húmeda.

–Enrique Moreno, cuarenta y seis años, casado, con cuatro hijos –continuó revisando los detalles–. Lo encontró su mujer en la bañera de casa, con un corte profundo a lo largo de la región anterior del antebrazo izquierdo. La incisión le destruyó venas, músculos y nervios. Todavía respiraba levemente cuando su mujer entró en el baño, a las doce y media –cerró los ojos, y suspiró–. Murió desangrado. Los vapores del baño nos revelaron un mensaje de despedida en el espejo, de nuevo un fragmento de la misma canción.

Había redactado personalmente las fichas policiales. Siempre necesitaba ir a la escena del crimen y observar cada uno de los detalles. No podía dejar que lo hiciesen otros, aunque algunos de aquellos sucesos fuesen espantosos.

–Patricia Guerrero, veinticuatro años –golpeó la mesa con el vaso bajo, derramando parte de su contenido. La fotografía era desgarradora–. Se ahorcó en el parque de las flores, en el centro de la ciudad. La encontró un vecino a las nueve de la noche, balanceándose por el fuerte viento. Nadie la vio llegar allí, nadie la vio preparando la horca, nadie la vio sufriendo…

Las palabras se le entrecortaban, era difícil ser objetivo en aquellos momentos. Se dejó caer en la butaca de piel, con el cuello cargado por el humo y la cabeza abotargada por el sueño

–Me niego a creer la leyenda de la canción suicida, nadie muere por escuchar una estúpida canción.

Los tres murieron el primer domingo de noviembre, sin dejar más explicación que las notas relacionadas con la canción. El resto de los casos sucedieron durante el domingo siguiente. Suicidios de personas que no habían mostrado nunca señales de querer terminar con su vida.

–Montserrat Aguilar, treinta y siete años, soltera –recordaba todos los datos, ya no necesitaba leerlos–. La encontramos asfixiada dentro de un coche por inhalar monóxido de carbono, a las diez y cuarto de la mañana. Había una manguera en el interior conectada al tubo de escape. El coche era de su padre, pero lo conducía ella regularmente. Lo más curioso es que estaba sentada en el asiento del copiloto, con una rosa blanca en las manos y una tarjeta en ella, con otra frase de la canción. ¡Esa maldita canción!

Se fregó el rostro con las manos frías, intentando despejarse.

–Samuel Medrano, treinta y cuatro años, recién casado –prosiguió–. Unos amigos lo encontraron ahogado en su piscina sobre las seis de la tarde. La autopsia nos reveló que había inhalado cloroformo, y encontramos un frasco y un pañuelo junto al borde. Sabía nadar, por eso necesitaba perder antes el conocimiento.

El forense dictaminó que había muerto por hipoxia, no opuso ningún tipo de resistencia mientras se ahogaba, lo que reforzaba la teoría de que había utilizado cloroformo.

–Edilia Quintanilla, sesenta y ocho años, viuda. Se bebió un vaso de aceite, y posteriormente media botella de lejía. Los vecinos nos llamaron alarmados por los gritos de desesperación, y cuando llegamos encontramos a la mujer en el suelo, rodeada de un charco de vomito –el producto químico provocó quemaduras esofágicas y la perforación del estómago–. No pudimos hacer nada por salvarla.

Apagó el cigarro en el cenicero, con desgana. Dio un trago a su licor aguado, los cubitos se habían derretido hacía mucho y ya no estaba frío. Sintió el sabor dulce de la crema de orujo en sus labios. «¿Cómo sería sentir la lejía bajando por la garganta?» pensó entristecido. El teléfono sonó, retumbando en la amplia habitación. El sol empezaba a crecer en el horizonte, pero todavía hacía frío.

–¿Sí? –respondió Vincent con desinterés.

–Señor, le necesitamos en la comisaría.

–¿Cuál es el problema, Javi?

–Han venido muchos vecinos preocupados por la canción suicida, diciendo que tienen datos que ofrecer –de fondo se escuchaban las voces de los agentes, gritos de personas y teléfonos sonando.

–Que los atiendan un par de agentes. Recoged todos los datos y si hay algo interesante avisadme.

–Pero, señor –no escuchó el resto de la frase, colgó el teléfono y suspiró profundamente.

Sabía que la mayoría de aquellas personas estaban asustadas porque el domingo estaba cerca. Pero era incapaz de entender que nadie creyera en esa absurda leyenda.

–No puedo quedarme aquí, repitiéndome todos estos datos.

Abrió el cajón de su escritorio y rebuscó entre las cajetillas de tabaco vacías en busca de una llena. Metió todas las carpetas y su libreta en la vieja bandolera, se abrochó la gabardina y salió por la puerta con disgusto.

~***~

En la comisaria reinaba un caos absoluto. Javier daba órdenes sin ser escuchado, los ciudadanos gritaban frente al mostrador de la entrada, unos niños jugaban saltando sobre las sillas de la sala de espera. La llamada de socorro de su ayudante era totalmente comprensible.

Cuando los agentes le vieron en la puerta, cambiaron su actitud, mostrándose más tranquilos y competentes.

–Que cada grupo se encargue de sus rutas diarias. Los agentes que se queden en la comisaria, que se dediquen a coger el testimonio de todos los habitantes que vengan. Si alguien dice algo importante, el policía correspondiente que venga inmediatamente a mi despacho para informarme –clamó desde la entrada. Era sorprendente como una simple lista de órdenes podía cambiar tanto la actitud de un grupo. Le hizo un gesto a Javier, y siguió su camino hacia el despacho.

–Señor, gracias por venir. Ya no sabía cómo resolver este problema.

–Ya está solucionado, ahora centrémonos en los casos. Necesito que pongamos en común nuestras ideas –se quitó la gabardina y la colocó en la percha.

–Han venido muchos vecinos pidiendo que prohibamos la canción, para que no se propaguen los suicidios.

–Empezamos mal. Lo he estado pensando estos últimos días, ¿y si no estamos delante de un fenómeno de suicidios en masa? ¿Y si se trata de algo mucho más sencillo, eclipsado por una leyenda?

–No es una leyenda, Vincent. En Hungría se suicidaron diecisiete personas, la canción está prohibida desde el 36. Ha habido suicidios en los Estados Unidos, en Inglaterra, en Alemania; también la prohibieron. Y ahora, ha llegado aquí.

–Javi, nadie se suicida por una maldita canción. Estamos en una mala época, con una gran depresión económica, guerras y conflictos internacionales. La pobreza inunda las calles del mundo.

–¿Por qué está prohibida entonces? ¿Por qué tantos países se oponen a emitirla por la radio? Te niegas a admitir la verdad. Te estás equivocando, y si no reaccionas habrá más muertes.

–En eso estamos de acuerdo, pero lo haremos a mi manera. Ya estamos a viernes, la gente empieza a agitarse y sienten que no estamos haciendo nada por prevenir esas muertes.

–Prohíbe la canción –el ayudante asestó un golpe a la mesa con la palma de sus manos, y sintió miles de agujas clavadas en ellas–. Si tú no lo haces tendré que hablar con el comisario.

–¡Habla con quien te de la puta gana! ¡Ya estoy harto de tonterías! –gritó Vincent, apuntando con su dedo índice a la cara de su ayudante–. Aquí nadie entiende la letra de la canción, nadie sabe una mierda de inglés, ¿cómo demonios les va a llevar al suicidio?

Javier Tejeda se quedó en silencio, sentado en la butaca que tantas conversaciones clandestinas y secretos había presenciado. Se levantó con la cabeza gacha, y se dispuso a salir del despacho, apesadumbrado.

–Siempre te he ayudado, Vincent. Siempre te he aconsejado y te he apoyado. Pero no puedes jugar con la muerte –replicó con un tono apagado.

–He pasado los últimos días escuchando a Billie Holliday cantar esa canción prohibida, y aquí estoy. La música no mata, los hombres sí. No sé si son suicidios o asesinatos, pero tengo muy claro que la canción solo es una excusa.

–¿Asesinatos? –se dejó caer de nuevo en la silla–. ¿Otra vez con que asesinaron a esas personas? Por favor, Vincent, llevamos semanas con esto, las pruebas son claras.

–¡Las pruebas solo muestran cómo murieron, no a manos de quien!

–Está bastante claro que se suicidaron –replicó.

–Yo no lo veo así –sacó de la bandolera las carpetas, y las fue abriendo una a una–. ¿Por qué iba a suicidarse un padre con cuatro niños a su cargo? ¿Por qué iba a beber lejía una señora de casi setenta años? ¿Por qué iba a ahorcarse una joven en medio de un jardín? –suspiró profundamente–. Estas personas no querían terminar con su vida, querían vivir.

–Pero quizá formaban parte de un grupo y escucharon la canción por la radio, quizá tenían conocidos en común y les llegó la macabra noticia.

–Los familiares dicen que no se conocían de nada… –repasó.

–Ya hemos hablado con todos los posibles testigos. Con los médicos, con los jefes, amigos. Acepta que son suicidios en masa.

–No, deben tener algo en común.

–Pues, no sé. Igual iban al mismo restaurante.

–¿Restaurante? –preguntó, con el ceño fruncido.

–Lo siento, pensaba en voz alta. Si lo que buscas son sitios en los que pudiesen haberse conocido, yo me decantaría por lugares públicos.

–¡Exactamente! ¿A dónde van todos los habitantes del pueblo, tengan la edad que tengan?

–Al médico, al cementerio, al mercado… –expuso Javier.

–¡A la iglesia! ¡Todo el pueblo va a la iglesia los domingos! –anunció el inspector, entusiasmado–. Todo el pueblo le cuenta sus males al párroco. ¿Quién si no va a tener información personal de las víctimas?

–Pero es información confidencial, el secreto de confesión es inquebrantable.

–Eso habrá que verlo –se levantó con media sonrisa en los labios y se dispuso a ponerse la gabardina.

–Por favor, señor, déjeme ir con usted. Ya ha tenido problemas con la iglesia antes.

–¿A qué viene ese tono ahora, Javi? Estoy en medio de una investigación y necesito pruebas, nada más –su compañero estaba preocupado, y con razón. Vincent nunca había creído en dioses, y no le gustaba el circo creado alrededor de las creencias. Pero sí respetaba a los creyentes, cada uno tiene su propia fe. Antes de salir, soltó una carcajada y añadió–: Tranquilo, amigo, no le daré la vuelta a ningún crucifijo.

~***~

La iglesia estaba construida en la zona más alta del pueblo, y para acceder, había unas largas escaleras de piedra rodeadas de jardines. Cuando era niño le parecía un lugar bonito y relajante, incluso le resultaba curioso el interior del edificio. Aquellos cuadros tan altos, aquellas estatuas tan serias.

Cuando empezó a trabajar, dejó de asistir. La iglesia veía muy mal que las mujeres no acudiesen a misa cada domingo, pero los hombres podían estar ocupados trabajando. La relación con el párroco no era muy cordial, habían tenido algunas disputas relacionadas con el tema de la fe. El comisario exigía una misa al año, y Vincent se negaba a acudir por obligación.

Llegó a la entrada justo cuando la décima campanada retumbaba en el cielo. Al abrir la gran puerta de madera, vio cabezas agachadas en el fondo. Un fuerte olor a mirra le envolvió y sintió un brusco descenso de la temperatura.

Reconoció a algunas de las mujeres que rezaban, de rodillas, en el frío suelo de la iglesia. La madre y la abuela de la joven Patricia, la mujer de Samuel Medrano, la hija de Edilia Quintanilla. ¿Allí es donde iban para secar sus lágrimas? ¿Qué les ofrecía su dios? ¿Acaso conseguía él encontrar a los culpables? No podía entenderlo.

Encontró a un señor de unos setenta años junto al confesonario, así que se acercó, imaginando que allí estaría el hombre que buscaba. Tuvo que esperar más de media hora hasta poder hablar con el clérigo.

–Bueno días, señor. Soy el inspector Vincent Barrett –espetó, de pie junto al habitáculo de madera.

–Señor solo hay uno, hijo mío, nuestro señor padre.

–Necesito hablar con usted en privado –siguió, sin prestar demasiada atención a la corrección.

–Entre al confesionario, hijo. Y cuénteme qué le preocupa.

–Prefiero que salga usted y responda a algunas preguntas. Estoy de servicio.

–Lo siento, pero se podría decir que yo también lo estoy. Mis fieles me necesitan.

–Sus fieles sabrán excusarle unos minutos. No querrá entorpecer una investigación, ¿verdad?

–Está bien, no se preocupe –asomó la cabeza y comprobó que no había personas esperando–. Sígame, iremos a la sacristía para conversar.

Vincent lo analizó mientras salía de su escondite. Iba vestido totalmente de negro, con una cruz de madera colgada del cuello. Su rostro había envejecido bastante en los últimos años, pero seguía pareciendo fuerte y enérgico. Se preguntó si haría ejercicio como hacía la gente, si saldría a correr o a pasear más allá de los jardines de su iglesia. ¿Vivía como una persona más o no podía disfrutar de esos pequeños placeres?

Cuando llegaron a la sala contigua, el hombre sacó dos vasos blanquecinos de un armario y los llenó con el agua de una jarra. Le tendió uno a Vincent, y dio un trago al suyo.

–Muy pocos han entrado en esta habitación, inspector. Puede sentirse dichoso.

–Me sentiré afortunado si resuelvo un par de dudas –insistió.

–Adelante, pues. Haga sus preguntas.

El hombre se sentó en una butaca robusta de madera, con rosetones tallados en sus laterales. El asiento era de terciopelo granate, y parecía tremendamente confortable. El párroco le señaló una silla de madera, raquítica; Vincent decidió quedarse de pie.

–Es evidente que está al corriente de los sucesos ocurridos –empezó el inspector, dejando el vaso al lado de la jarra de agua.

–Por supuesto, fueron días trágicos para este pueblo.

–Llevamos dos semanas investigando este caso, desde la aparición del primer cadáver. Y, no conseguimos reunir más datos.

–El diablo está en todas partes, hijo mío. Esa canción fue creada por él. –Vincent arqueó sus cejas, la leyenda había llegado demasiado lejos.

–¿Se encargó usted de los funerales de los fallecidos?

–Señor inspector, las personas que terminan con su vida no tienen derecho a una misa en su funeral, tampoco pueden ser enterrados en tierra santa, son pecadores a ojos de Dios.

–¿Pecadores? ¿Han sido creyentes todas sus vidas y les niegan la despedida?

–Dios dicta las normas, yo solo soy su humilde servidor.

–Impresionante… –susurró Vincent, casi sin emitir sonido.

Sacó de su bolsillo una cajetilla de tabaco, y sin dejar de mirar los ojos del cura, encendió el cigarrillo con una larga calada.

–Supongo que ha venido aquí para saber algo más de mis queridos fieles.

–Así es. Necesito saber si alguno de ellos le habló de suicidio en las últimas semanas. Usted debe saber qué pensaban, qué sentían.

–Lo siento, pero el sigilo sacramental es inviolable. El confesor no puede descubrir al penitente, so pena de excomunión. Me gustaría ayudarle, pero no está en mis manos.

Sabía que el párroco le saldría con aquellas leyes absurdas que era incapaz de entender. Uno de los puntos débiles de sus teorías era que cualquier prohibición podía ser eliminada con la palabra de Dios. Y, generalmente, todos querían ser tocados por su mano divina.

–Supongo que el único que puede revelarme los secretos de aquellas pobres victimas es el propio dios. Quizá él pueda iluminarle con su presencia y darle permiso para explicarme sus penas.

–Eso no funcionará conmigo, Vincent. Nos conocemos desde hace tiempo, sé que no eres creyente, pero no me tomes por estúpido.

–Por intentarlo, no perdía nada. Haz lo que tú quieras, pero sabes que podrías ayudarnos.

–¿Ayudaros a qué? ¿A confirmar que se suicidaron porque no soportaban sus vidas? ¿Ayudaros a entender por qué lo hicieron? Simplemente, prefiero ser fiel a mi iglesia.

–Pues deberías ser fiel a tus fieles, merecen justicia.

–Se suicidaron, no hay más que hablar. No pienso explicarte sus penas.

–Los párrocos también tienen mala leche, eh. ¿Se conocían entre ellos? ¿Lo planearon juntos?

–Santo Tomás afirmó que lo que se sabe bajo confesión es como no sabido, porque no se sabe en cuanto hombre, sino en cuanto Dios. Así que no diré nada –se levantó de la butaca, directo hacía él–. Te agradecería que no vuelvas a la casa del señor sino es para confesar tus pecados, estoy seguro de que guardas demasiados.

–Según la iglesia todos somos pecadores, así que tú tampoco te libras.

–Apaga ese cigarro antes de salir de esta habitación, no quiero que mi iglesia huela a taberna.

–Vuestro dios se equivoca dando tanto poder a hombres tan simples –lanzó, lleno de rabia. Se acercó más a él, rompiendo el espacio vital de confort–. No tenéis derecho a esconderos detrás de las normas que vosotros mismos escribís. Podrías terminar con tanta muerte, pero prefieres esconderte como una comadreja.

–¿Cómo osas hablarme así? Si fueses un buen creyente dios te ayudaría en tu camino, pero no eres más que un hereje.

–Eres tú quien podrías ayudarnos y te niegas. ¿Acaso tu dios ve eso como una buena acción? –gritó.

–No es culpa mía que no sepas hacer bien tu trabajo. La gente confía en mí y me cuenta sus problemas, en ti no confía nadie.

–¡Maldito seas tú y tu mierda de iglesia! –se acercó más a él, quedándose a un palmo de su cara, con los puños cerrados–. La policía conoce todas las aberraciones que los de vuestra calaña hace. Algún día el pueblo se dará cuenta de vuestras mentiras, y os quedaréis solos.

Dejó caer dentro de su vaso el cigarrillo, que se apagó con el contacto del agua. Salió de la habitación dando un portazo, retumbó por toda la iglesia. Recorrió a zancadas la larga nave donde rezaban los fieles, que se giraban atónitos al ver su cara de rabia. Escuchó al fondo un murmuro, al que se unieron rápidamente más voces. Sentía una presión en el pecho que iba en aumento, el frío le llegaba hasta los huesos y la cabeza le daba vueltas.

Cuando salió por la gran puerta se sintió mejor, desapareció aquel olor infernal, aquella sensación de tener miles de ojos observándole. Había perdido el tiempo acudiendo allí. Desde el principio sabía que de los labios del párroco no saldría ni una sola palabra útil, pero tenía que intentarlo. Era incapaz de comprender porque si alguien podía ayudar se negaba a hacerlo, y más si ese hombre dedicaba su vida a predicar el bien.

Se sentó en uno de los escalones de la subida, justo donde los rayos del sol llegaban aportando su tenue calor. Después de tantos días investigando, de tantas personas interrogadas, de tantas muertes, no tenía nada. Pronto sería de nuevo domingo, y temía que los suicidios volviesen a aparecer. Aquella horrible nota de despedida, la de la joven Patricia, no salía ni por un segundo de su cabeza.

“Mi corazón y yo, hemos decidido terminar con todo. La muerte no es un sueño, porque en la muerte te puedo acariciar. Y con el último aliento de mi alma, yo te bendeciré. Cada domingo será triste para este pueblo, cada domingo se repetirá la canción. Gloomy Sunday”.

–Inspector, ¿podría hablar con usted? –preguntó con timidez una niña, vestida de negro de los pies a la cabeza, justo detrás de él. Reconoció de inmediato los mofletes rosados, los ojos verdes, y el cabello rizado de la hija de Miranda Ballesteros, la primera mujer en morir. La primera vez que intentó tomar su declaración estaba en completo estado de shock, no pudo emitir ni una sola palabra. Cinco días después, se presentó una de sus tías para hablar en su nombre, pero no aportó ninguna información relevante.

Miranda había sido la primera en iniciar el ritual de suicidios, y era importante conocer todos los datos posibles, pero Vincent fue incapaz de exigirle más a aquella pobre niña. Tenía unos doce años, pero parecía tener la mitad, tan pequeña y vulnerable.

–Por supuesto, será un placer hablar contigo –la invitó a sentarse a su lado.

–Gracias, señor. Espero acepte mis disculpas por mi comportamiento durante este tiempo. No podía controlar mi cuerpo, me costó mucho aceptar lo que había ocurrido.

–Disculpas aceptadas. Eres una chica muy valiente.

–Sé que las declaraciones son importantes, y yo, yo quiero ayudarle… –las lágrimas empezaban a acumularse en sus ojos llorosos, dispuestas a salir disparadas en cualquier momento–. Señor, sé que mi madre no se suicidó. Se lo juro, sé que no lo hizo –se echó a sus brazos, acurrucándose como un gatito contra el pecho de Vincent. Se tapaba el rostro con las manos e intentaba llorar en silencio, aunque no lo conseguía.

Miranda Ballesteros había sido una mujer trabajadora toda su vida. Se quedó embarazada de su jefe, y tuvo que aguantar las humillaciones del pueblo, que la criticaban señalándola por ser madre soltera. Todos decían que adoraba a su hija, pero no le perdonaban su desliz. Qué absurda es la humanidad, cruel con los que más cariño necesitan y cordial con los embaucadores. Sentía el cuerpo tembloroso de la joven,  y la respiración entrecortada por el llanto. Acarició su cabello, suave como el contacto de una pluma.

–Sé que no lo hizo, cielo. No tienes que llorar por eso. Encontraremos al culpable, te lo prometo.

–¿Usted me cree? –respondió, sin apartar las manos de su cara–. Nadie me cree. Todos piensan que no puedo aceptar que mi madre se ha quitado la vida, pero yo sé que ella no me abandonaría nunca. Ella ha sido siempre una luchadora.

–Tienes razón. Ella y todas las víctimas. Todas eran personas felices, rodeadas de seres queridos.

–Nosotras estábamos solas, pero el padre Alejandro nos ayudaba mucho –se incorporó, y se limpió las lágrimas con el puño del abrigo–. A veces nos daba comida cuando no podíamos comprarla y le buscó un trabajo a mi madre cuando la despidieron. Ella siempre pasaba por aquí, todas las tardes. Rezaba por las dos, por nuestras almas. Como no tengo papá, tenía que rezar el doble.

–¿Quedaba normalmente con alguien más de la iglesia?

–No, señor. Desde lo que le pasó era muy desconfiada. Como todo el pueblo la criticaba, no tenía amigos.

–Entiendo, y, ¿tú sabes si cogía el tren para ir a trabajar?

–A mamá le daban miedo los trenes, decía que no tenían ruedas y que podían volcar. Ella siempre cogía el autobús. No sé por qué estaba allí aquel día, entra a trabajar a las nueve, y normalmente salía de casa a las ocho y media.

–No te preocupes por eso. Eres una jovencita muy fuerte, y la vida te volverá a sonreír pronto, ya lo verás. Me has ayudado mucho.

–Gracias, señor –la pequeña se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla, suave como el beso de una madre. Sus mofletes se tornaron más rojizos, si cabía–. Es la primera vez que beso a un chico, como no tengo papá.

–Eres un cielo. Aquí tienes mi número de teléfono y la dirección de mi despacho. Si cualquier día necesitas ayuda, te estaré esperando –le depositó la tarjeta en las manos, le dedicó una sonrisa tierna, y agachó la cabeza en señal despedida.

Aquella niña le entristecía profundamente. Había llevado una vida dura, sin padre, pero más dura lo sería a partir de ahora, totalmente huérfana. Si lo que le había contado era verdad, si no se fiaba de nadie, era imposible que estuviese dentro de un grupo que organizase los suicidios. Y aquella información, junto a otros pequeños detalles que había ido encontrado en el resto de víctimas, reforzaban cada vez más la existencia de un asesino.

~***~

El domingo llegó con lluvia, con un viento gélido que doblaba las ramas de los árboles. Vincent Barrett y al agente Tejeda esperaban sentados en su coche, con una taza de café de termo entre sus manos. Los datos de la pequeña María Ballesteros les habían llevado lejos, descartando cualquier relación entre las víctimas. Javier había escuchado la canción prohibida, y tras comprobar que no tenía ningún tipo de necesidad de suicidarse, entró en razón.

–Todos los agentes están preparados. A la mínima que aparezca alguien sospechoso el pueblo entero estará cerrado. Será imposible que el asesino escape.

–¿Y si no aparece? Cuando los vea cambiará sus planes.

–Entonces no morirá nadie, y tendremos más tiempo para atraparle.

–No estoy seguro de que el plan funcione, Vincent.

Una voz por la radio los interrumpió.

–Una mujer pretende lanzarse desde la ventana de su casa en la calle Serra. Repito, calle Serra.  –Quedaba a tan solo unos minutos de distancia. El inspector cambió la taza por el volante y se puso en marcha.

–Que cierren la calle e impidan salir a los que están dentro –respondió por la radio.

Cuando llegaron, la mujer todavía estaba en el alfeizar de la ventana, llorando desconsoladamente. A pesar de pedirle que entrase en casa, parecía no escuchar ni una sola palabra. Mientras tanto, unos agentes forzaban la puerta de la residencia, luchando por llegar hasta la mujer para salvarla.

Unas manos asomaron entre las cortinas, empujando a la mujer al vacío, que gritó por unos segundos con un gesto de horror en su rostro. Cuando su cuerpo se estrelló contra las piedras de la calle, la gente salió corriendo aterrada, sin saber dónde esconderse.

Segundos después, desde la casa les llegaron las trágicas notas de aquella canción prohibida. Los primeros versos bañaron la calle como una marea gélida, y la gente empalideció al escucharla, ahogando sus gritos. Se hizo el completo silencio. Tan solo se escuchaba aquella melodía, aquella canción prohibida.

La puerta de la casa por fin cedió bajo los golpes, y los agentes armados entraron en ella, dirigidos por el inspector. Tres de ellos se quedaron en la planta baja, pasando de habitación en habitación. El resto subió por las escaleras, y se repartió por el segundo piso. El asesino no había podido salir de la casa, no había puertas traseras, ni tenía ningún tipo de terraza para saltar a la residencia contigua.

Abrían las puertas una a una, revisando cada pequeño espacio. Pero el culpable les esperaba, sentado junto al tocadiscos, con un whisky en sus manos y un arma sobre la mesa.

–¡Las manos quietas, maldito perturbado! –gritó Vincent, desde el marco de la puerta. No podía creer lo que veía. Los agentes se quedaron paralizados, con las manos temblorosas. Había dudado de él en algún momento, pero solo fue una fugaz locura. Y sin embargo, allí estaba, con su rostro tenebroso y sus ojos censores.

Ilustración de Jordi Ponce

–Al séptimo día dios descansó –susurró el asesino, después de terminar su bebida–. Por eso hoy trabajo en su nombre.

–Tu dios no debería descansar. ¿Quién eres tú para decidir el destino de los demás?

–Se lo merecían, eran pecadores.

–¡Has matado a siete personas inocentes! –gritó uno de los agentes.

–¿Inocentes? –soltó una carcajada siniestra, acompañada por una mirada de odio–. Una zorra que no dudó en acercase a mí para conseguir trabajo, pero sin querer ofrecer nada a cambio. Un hombre ludópata y una jovencita que prefería la compañía de sus amigas. Una señora que quería tener los mismos derechos que un hombre, un adicto a las pastillas, y una anciana que envidiaba a las jóvenes. Y, esta estúpida vanidosa, que ya no podrá volver a lucir su bonita cara pintarrajeada.

–Eres un puto psicópata. Pero tu castigo será más cruel, esperando en una sucia celda a que alguien venga a por ti, a clavarte un hierro en el cuello para terminar tu penitencia.

–Lo he hecho en el nombre de dios. Y tú ibas a ser el siguiente, maldito hereje. Iba a quemarte vivo y escuchar tus gritos hasta verte morir.

–Siete armas apuntan a tu cabeza, levántate sin hacer tonterías.

Alejandro Rodríguez, párroco de la iglesia, una de las personas más queridas del pueblo, levantó sus manos y escupió a los pies del inspector.

–¡Nos veremos en el infierno! –gritó mientras lo sacaban a rastras de la habitación.

–Hasta entonces –respondió Vincent, dándole la espalda.

Carme Sanchis

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Comments
2 Responses to “Domingos sangrientos”
  1. M.Cristina dice:

    He ido leyendo todos los Vincent Barrett y creo que aquí hay un punto de inflexión. ¿Cómo será el mundo después de esto? Tanta muerte, tantos sueños rotos… Es genial, de verdad, es un relato genial que une todo los ingredientes que debe tener un gran relato. Además, quiero comentar la ilustración: ¡Qué tándem tan bien conseguido! ¡Qué ilustración de Jordi Ponce! La escena, tal como la había imaginado. Esos colores, ese punto de grotesco…
    ¡Enhorabuena a los dos!

  2. No he podido menos que buscar la canción triste “Gloomy Sunday” Transcribo traducción…Doy gracias que al final haya sido el párroco…la verdad. Genial!

    Los domingos son tristes. Horas sin dormir.
    Cariño, las sombras con las que vivo son innumerables.
    Pequeñas flores blancas que nunca te despertarán.
    Allá donde la negra carroza te ha llevado.

    Los ángeles no tienen pensado volver a ti.
    ¿Se enfadarán si pienso en unirme a ti?

    Domingo sombrío.

    El más Domingo sombrío, pasándolo junto a las sombras.
    Mi corazón y yo hemos decidido terminar con todo.
    Pronto vendrán las velas
    y las oraciones, lo se.
    Pero no les dejeis llorar.
    Hacerles saber que estoy encantado de ir.

    La muerte no es un sueño. Gracias a ella te puedo acariciar.
    Con el último aliento de mi alma, te bendeciré.

    Domingo sombrío.

    Soñando. Tan solo estaba soñando.
    Me levanto, y te encuentro despierta
    en lo más profundo de mi corazón. Aquí.
    Cariño, espero que mi sueño nunca te hechice.
    Mi corazón te está diciendo cuanto te quiero.

    Domingo sombrío.

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