El vecindario

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Género: Fantasía Urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones son propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El vecindario.

Los seres inmortales también perecemos. No morimos como los mortales, cuya alma se desprende del cuerpo y, cuyo cuerpo, tan pronto como se convierte en un cascarón vacío, entra en descomposición. No, los seres mágicos nos endurecemos. Cuando la llama que mantiene nuestro calor se extingue, todo nuestro ser se enfría y entra en un letargo infinito del que es casi imposible salir. El qué nos mantiene con vida depende de cada espíritu elemental. Mi alimento es la alegría, pues soy —o más bien dicho— en mis días felices fui un hada de los bosques. Ahora, solo soy un triste recuerdo de aquello que fui. Pero comencemos por el principio…

Todo empezó hace muchos… muchísimos años. Lo vi por primera vez en uno de los recónditos claros donde mis hermanas y yo solíamos jugar, en el corazón mismo del bosque. Nunca ningún humano se adentró tanto en la espesura de la arboleda, pero aquel excursionista, sin saber cómo, había llegado hasta mi pequeño jardín multicolor de flores. Por suerte, tuve tiempo de replegar mis alas y apagar mi luminiscencia antes de que posase su mirada tímida sobre mí. Su mano dejó caer al suelo la botella de agua que sostenía.

—Ho…hola, ¿estás… uf… perdida?

—No —respondí— ¿Y tú?

—No… yo, tampoco… Mira, llevo un GPS… Espera… ¿A dónde te diriges?

—A ninguna parte, de momento.

—Yo iba hacia… bueno, eso ya… ya no me acuerdo. No importa… ¿Te he visto… antes?

—Es posible. Puede que en alguno de tus sueños.

Él, instintivamente, bajó la mirada y una oleada de calor inundó mi cuerpo. Dicen que la risa de las hadas suena, al oído de los humanos, como el tintinear de un millar de campanillas diminutas. Puede que sea cierto porque cuando me reí, él se estremeció. Golpeaba insistentemente una rama seca del suelo con su bota, de la que no apartó la vista ni un segundo.

Su reacción confirmó mis sospechas: yo debía estar presente en sus sueños.

***** **** ****

Tras cinco meses de encuentros y visitas furtivas, siempre en el bosque o en sus lindes, conocimos el uno del otro lo necesario: cuáles eran nuestros nombres y nuestros sentimientos.

-Jordan, ¿crees que sientes algo por mí?

Él se ruborizó y miró al suelo. Cuando intentó contestar, las palabras se le encallaron en la garganta y quisieron salir todas de golpe provocándole un terrible tartamudeo. La alegría en mí se avivó y creí que nunca se apagaría.

Aún así, el día de la boda le pregunté:

—¿Estás seguro que quieres pasar el resto de tus días junto a mí?

Él se puso nervioso y me rehuyó mientras una lágrima que pretendía esconder se deslizaba por su mejilla. Esta vez se tomó su tiempo para agarrar con fuerza la respuesta y que no se le escapara. Pero no esperé. Con un dedo sellé sus labios y le susurré.

—Yo también.

Cuando nos trasladamos a nuestro nido de amor, me sentía el ser más dichoso sobre la faz de la tierra. Nuestro hogar era perfecto: una casa unifamiliar con jardín, caseta de perro y garaje —como quería él— situada en el barrio residencial más cercano al bosque —como pedí.

—¿Me quieres? —le pregunté, mirándole a los ojos.

Él fue incapaz de contestar a eso. Me abrazó como quien agoniza aterido. Era todo cuanto yo necesitaba. Su calor, la casa y mi jardín de hierbas aromáticas y flores multicolores me ofrecerían el resto.

En los años que estuve, me podría haber movido de ahí, pero no lo hice. Podría haber visitado las casitas unifamiliares —con jardín, caseta de perro y garaje— de nuestros simpáticos vecinos, pero no lo hice. Podría haberme internado en el bosque de vez en cuando para reencontrarme con mis hermanas, pero eso, tampoco lo hice.

Los años pasaron velozmente para mí. Lentamente para él. Eso es la relatividad del tiempo. Treinta años humanos son muchos, quizás demasiados, para aquellos cuerpos cuyos huesos pierden fuerza, cuyas panzas aumentan de volumen y en cuyas cabezas escasea ya el pelo. Pero para nosotros, los seres mágicos, cuya longevidad se cuenta en siglos, es un periodo tan breve que no se produce cambio alguno en nuestro cuerpo. Para mí, esos treinta años fueron un fugaz suspiro.

Después todo comenzó a ir mal.

Empecé observando pequeños cambios que se obraban en él casi imperceptibles. Apareció una nota de indiferencia en su forma de hablarme y una rotundidad en sus gestos que antes no estaba allí.

—¿Me encuentras deseable?

—Claro…

—¿Pasamos de la cena?

—Claro…

Luego, su tono empezó a adquirir una seguridad que poco a poco me fue dejando fría. Un día, cuando le pregunté si todavía me quería, me respondió sin titubear:

—Por supuesto que sí. Como siempre.

Durante el otoño de ese mismo año perdí el color. El médico ¡pobre ingenuo! explicó que mi palidez y mi baja temperatura seguramente estaban causadas por algún tipo de fiebre desconocida y que con un poco de reposo me recuperaría.

Empeoré. Soplos intensos de frío me recorrían como si el invierno hubiera anidado en mi interior. Y cuanto más débil me sentía yo, más frondoso se volvía mi jardín, que era el orgullo y envidia del vecindario. Presentí que mi final estaba cerca y accedí de buen grado a las insistentes invitaciones de la familia Hewitt-Lenson, que vivía al lado y de los Kelmer, los vecinos a los que estuve evitando durante tantos años. También acepté la de la encantadora pareja Jean y Austen, que se habían mudado a la casa de enfrente hacía siete años, cuando la señora Parcel murió. De todo eso y de mucho más me enteré en un solo día, el día en el que el destino me tenía reservado un final inesperado. ¿Dónde estaba por aquel entonces Jordan, mi marido? Trabajando, mucho y a todas horas.

El día en que visité las casas de mis vecinos más cercanos comprendí lo voluble y cambiante que es el ser humano. ¡Sus jardines eran cementerios encubiertos, adornados de césped, flores y plantas, con piedras y caminos!

Dejé resbalar las últimas horas del fatídico día con el frío instalado en las entrañas. Ya en la noche oscura, los aullidos del perro me alertaron de la llegada de Jordan. Esperé a que aparcara el coche en el garaje y se acercara al salón. Tan pronto como me vio, sin darme tiempo a preguntarle nada, me contestó:

—Te quiero mucho, vida mía. Mira lo que te he traído.

Sus palabras fueron tan aseverativas como vacías. Sentí una punzada de hielo allí donde palpita el corazón. Cuando se acercó a entregarme el ramo de flores noté el olor almizclado a hembra que lo envolvía.

—Ahora subo a la habitación —le mentí.

Ilustración de Verónica López

Sola y en silencio salí a mi pequeño fragmento de bosque particular, mi jardín. Caían los primeros copos de nieve sobre los arbustos. Sin aliento, me posé sobre el suelo helado, con la piel azulada, rígida y fría. Intenté no abandonarme a la tristeza que me acechaba; traté de levantarme, pero caí de rodillas. Demasiado tarde: mi cuerpo se petrificaba. Mis alas se desplegaron por última vez y sus membranas se cristalizaron mientras se me escapaba la vida. Cuando expire mi último soplo de calor, mi aliento hizo crecer un círculo de hermosas flores alrededor mío.

A la mañana siguiente fui testigo de cómo Jordan, tras mi desaparición, llamó a la policía. Llevaba bastante sin fijarse en mi jardín y no repararía en él aquel día. Parecía preocupado. Y lo estuvo, sin duda, un par de semanas. Pasado ese tiempo, siguió con toda normalidad con su vida.

La vida humana finaliza con la muerte, pero la existencia de los seres inmortales se acaba y, aún así, no termina. Los vecinos que yo conocí del barrio desaparecieron y otros ocuparon su lugar. Y, a estos, les sucedieron otros nuevos. Los cadáveres de mis congéneres y yo somos los únicos que permaneceremos aquí por siempre jamás. Somos eternos.

Mi llama ya hace mucho que se consumió, pero seguiré aquí, en letargo, inmutable, quieta, muda y fría. Soy el hada del jardín de una bonita casa con garaje y caseta para perro, una figura más de las que adornan el cementerio de seres mágicos de este vecindario, cómo la familia de duendes del patio de los Hewitt-Lenson, los gnomos de los Kelmer, o el ángel sobre la fuente que vi en la casa que perteneció a la señora Parcel.

Me pregunto qué fue lo que les mató a ellos.

Olga Besolí
Noviembre 2013

 

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Comments
10 Responses to “El vecindario”
  1. olgabesoli dice:

    Antes que nada, quiero avisar que, en este caso, la ilustración no está inspirada en el relato sino al revés. He podido escribir este cuento gracias al increíble y mágico dibujo de Verónica.

  2. olgabesoli dice:

    Antes que nada, quiero comentar que la maravillosa ilustración de Verónica no se inspiró en el relato sino que fue el relato el que se inspiró en la ilustración. Gracias, Verónica, por la magia y el sentimiento que destila tu dibujo. Siempre es un lujo compartir equipo contigo.

    • Gracias a ti ^^. Dejaste que fuera yo quien te inspirara en esta ocasión y madre mía, tu relato lo dice todo, me encantó cuando lo leí, y me sigue encantando porque transmite a la perfección todo aquello que quise reflejar en esa imagen. Siempre un gustazo poder coincidir contigo Olga.

  3. Mariola dice:

    Olga, me quito el sombrero con cada uno de tus relatos. Siempre tienen algo mágico que posiblemente sea lo más característico de tu estilo para mí, así que, una vez más, un placer leerte. Y exactamente igual me pasa con Verónica, cuyas ilustraciones no pueden ser más preciosas.
    Enhorabuena del todo. 🙂

  4. ¡Ufff! Me ha encantado este cuento. Una perspectiva totalmente novedosa acerca de la magia, la muerte y la inmortalidad. Un concepto muy cruel, pero a la vez poético y romántico, el que acompaña a la muerte de las hadas… y probablemente de otros seres mágicos. Un final triste, para un cuento redondo, con una ilustración igual de hermosa. Aquella premisa de que las hadas mueren cuando dejan de creer en ellas, nunca había sido mejor expresada. Para amar a alguien hay que creer en él, y cuando se pierde el amor, desaparece también la fe y la creencia. Una metáfora de lo que pasa con muchas parejas. Definitivamente, una dupla genial, que configura el que hasta ahora es mi relato favorito de esta convocatoria. Felicidades a ambas.

  5. ¡Qué maravilla de relato! Agradecerte Olga que nos permitas disfrutar de la magia y la originalidad de tu relato. Qué buena prosa tan llena de poesía. No me canso de leer “Mis alas se desplegaron por última vez y sus membranas se cristalizaron mientras se me escapaba la vida. Cuando expire mi último soplo de calor, mi aliento hizo crecer un círculo de hermosas flores alrededor mío”. Yo también me quito el sombrero y te lo lanzo….

  6. Tu relato Olga se entiende claramente cuando uno pertenece al mundo de las hadas. Asi es y así nos lo has contado y así lo entendemos en ese mundo…. Muy logrado amiga. Saludos y felicitaciones por el “cambio de papeles” entre tú y Veky.

  7. olgabesoli dice:

    Muchas gracias a todos por vuestros comentarios.

  8. Paloma Muñoz dice:

    Olga, tu relato -no voy a decir que es mágico porque es evidente que lo e- es de una sensibilidad desbordante y este tipo de historias siempre me han emocionado: los seres del bosque, hadas, elfos, (ejem, ejem) duendes y demás me han producido horas de fascinación y así sigo, encantada leyendo estas historias que tienen muchas veces un triste final: el hada y el mortal.
    Escribí hace tiempo una historia de amor entre un elfo y una mujer humana y este magnífico relato tuyo me lo ha evocado. La ilustración de Verónica es preciosa; los colores azules, grises, fríos pero a la vez tan dramáticos. Una pasada.
    Chapeau, total a las dos.
    Un fuerte abrazo, Paloma

    • olgabesoli dice:

      Paloma, por lo visto, tenemos mucho en común, aparte de el amor por la literatura (bueno, tu ilustras que es una gozada y yo no sé dibujar ni una línea recta). Pero, aparte de eso, veo que nos gustan las hadas, tenemos tarots… Me alegra saber que hay alguien más que cree en la magia . Me encantaría poder leer ese cuento tuyo algún día. De momento te mando un abrazo virtual. ¡Ah! Y gracias por tu comentario.

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