Hechos inaceptables

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Género: Drama

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración con propiedad de Nelle Carver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

Hechos inaceptables.

“No sé por qué lo hice”, eso le digo. “Lo recuerdo pero estaba fuera de mí, como si fuera otra persona”, de tanto repetirlo, lo digo ya con gran convicción. “No lo volveré a hacer nunca”. “Tomaré la medicación y seguiré todos sus consejos”, le repito al imbécil de mi psiquiatra mirándole fijamente con ojos tiernos. “Ya estoy bien”. Necesito convencerle para que me dé el alta y pueda salir de esta puta cárcel acolchada. “No lo volvería a hacer, ¡estaría loco! Fue un trastorno, una… ¿Cuál es el nombre ese que usted tanto dice…? Crisis psicótica, una disociación transitoria de personalidad. Nadie en su sano juicio haría eso con su propio cuerpo…”

Desde hace semanas me obliga a contar, una vez tras otra, el cómo de mi comportamiento aquel día. Él dice que así podrá decirme el por qué y, justo en ese momento, empezaré a curarme de verdad. Pero yo sí puedo ver la verdad que se esconde tras el oscuro cristalino de sus ojos. Puedo ver sus sádicas miradas escondidas tras su aparente e interesada compasión, y el gusto que le produce que le relate, minuciosamente, cada segundo, cada milímetro que recorrió el filo del cuchillo sobre mi piel:

Cogí el cuchillo con el que habitualmente pelo las patatas, uno pequeño de filo curvo y mango rojo, y situé su punta en la glabela. Es casi imposible fallar con ella porque es ese punto en el entrecejo que simplemente con colocar un dedo a un centímetro de ella se produce un efecto de atracción muy parecido al dolor. 

La sensación en ese momento fue magnífica: había empezado de una vez el largo camino para acabar con el monstruo que se escondía dentro de mí. Él tenía miedo, lo notaba, esta vez le había acertado de pleno; pero aún herido, intentaba convencerme de que dejara el cuchillo quieto y no continuara el recorrido que acabaría con él. No lo consiguió.

Continué por la ceja muy despacio y sin levantar ni por un instante el cuchillo que, sorprendentemente, cortaba con suma facilidad la carne, para luego descender por la apófisis frontal y después la temporal hasta llegar al agujero infraorbitario. De ahí, por debajo del pómulo, atravesar la complicada carnosidad que te obliga a hincar más el cuchillo y a que la mano sea firme en su intención hasta llegar a la articulación de la mandíbula. Llega ahora el camino más fácil y satisfactorio porque el cuchillo se desliza fácilmente por todo el perfil de la base mandibular hasta llegar al agujero del mentón. Y está bien que sea así de fácil porque lo que viene después te exige tomar una decisión trascendental de la que depende el éxito de toda la misión.

Mientras veía mi imagen desnuda en el espejo del aseo, el cuchillo esperaba vibrante una decisión hincado en la barbilla. Dudé un tanto por dónde seguir. De equivocarme, me desangraría rápidamente sin tiempo para terminar…

—¿Terminar qué? ¿Terminar dónde? —me pregunta mi psiquiatra cada vez que le cuento esta parte de la historia, y yo no le puedo decir la verdad.

Hay en mí algo erróneo, un defecto insoportable, tan evidente y obsceno que me parece mentira que nadie parezca verlo. ¿Estáis ciegos? Si me miraran de verdad, se darían cuenta del horror que intenta ocultarse tras una piel, unos ojos y unas manos aparentemente normales y sanas. Un poquito por debajo, tan solo con rascar un poco la blanca piel y se puede ver la horrenda superficie, la real, la del ser que soy en verdad, pulsando ahora por salir rompiendo la ridícula cascara donde se esconde, ahora por esconderse sin dejar la menor grieta y penetrar en mí como si aún quedara algo ahí dentro, libre de su putrefacción.

No soporto mirarme en los espejos, tan mentirosos ellos, pero a los que si les sostienes la mirada durante el suficiente tiempo, puedes ver reflejados los ojos del verdadero rostro del monstruo.

Tiempo atrás me había rascado, arañado y masturbado, todo con el mismo decepcionante final. También me había hecho multitud de pequeños cortes por los brazos y piernas, y unos pocos en el pecho y las nalgas; pero no conseguía revelar a la bestia y expulsarla de mí, no conseguía que la luz la iluminara por completo dejándola sin máscara e inerme a la vista del mundo entero.

Hay varias posibilidades. Todas arriesgadas. La única opción no disponible, por su demostrada ineficacia, es levantar la mano y con ella el cuchillo que aún espera ansioso en mi barbilla.

La decisión está tomada pero la mano duda y tiembla, no de miedo, sino de emoción, y al emprender de nuevo el camino la presión es excesiva y el salto de la nuez es más que suficiente para que el cuchillo atraviese la tráquea. Aun así intento acabar mi trabajo a toda prisa antes de que la inconsciencia me lo impida. Pero las prisas no son buenas, sobre todo si uno mismo está a ambos extremos del cuchillo y la sangre te impide ver con claridad el camino. Mi pulso no es el de un cirujano y la carótida está demasiado cerca. Lo inevitable sucede y un chorro de sangre salpica el espejo. Intento limpiarlo con la mano libre, pero el resultado es aún peor y… me desmayo con sabor a fracaso en la boca pero, al menos, con el consuelo de la liberadora muerte tiñendo de rojo el frio suelo, o al menos eso creí yo en ese momento.

No sorprenderá que diga que sobreviví, a cuento de qué estaría escribiendo esto si no. Un par de semanas en la unidad de cuidados intensivos y tres más recuperándome en la planta de psiquiatría del hospital atado como un animal a las cuatro esquinas de mi cama. Ya no me atan por las noches, pero las ventanas no son tales porque carecen de manillas con las que abrirlas, y la puerta solo se abre desde el control del pasillo. Así que estoy encerrado todo el día como si fuera un criminal, solo me dejan salir para ir a las sesiones con el loquero. No sé cuándo me dejaran salir de aquí, pero ya no aguanto mucho más, tengo que convencerles de que ya estoy curado, y si no, tendré que escapar de aquí como sea, el monstruo ha estado calmado últimamente pero siento que vuelve a coger confianza y empieza a llenar todo el vacío bajo mi suturada piel.

No sé por qué me pasa esto. No sé por qué hago esto. No sé por qué quiero morirme. No sé por qué me repugna el sabor de la comida en la boca, por qué la gente me da miedo y no quiero que nadie me toque. No sé, pero recuerdo que una vez no fui así… Debo sacar al monstruo que está dentro de mí y volver a sentir cosas buenas. Debo volver a escribir poemas de amor como los que una vez escribí para ti. ¡Para ti! ¿Quién eres tú? No entiendo nada de lo que me pasa, pero he robado el abrecartas del despacho de mi psiquiatra y ahora mismo voy a terminar el trabajo que empecé.

Hilillos de sangre coagulada que, 
como incandescente tela de araña,
unen mis dedos, me cuentan
que ya falta poco para estar muerto.
 
La lengua se seca
se agrietan los labios,
cruelmente cosidos por silencios obligados.
Llevo demasiado tiempo esperando.

Ilustración de Nelle Carver

FIN

Juan Ramón Lorenzana

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Comments
8 Responses to “Hechos inaceptables”
  1. Interesante cuento e interesante personaje. Como psicólogo siempre me han llamado la atención los personajes con psicopatologías, y en este caso has sabido llevar muy bien el de un paciente con esquizofrenia paranoide. Es una historia cruel y sangrienta, que Nelle sabe ilustrar muy bien, manteniendo la misma oscuridad del relato y a la vez su dureza. Felicidades a ambos.

  2. Yolanda Aller dice:

    Estremecedor!! Angustioso!!. Has visto en tu mente perfectamente el corte ¿verdad?. La imagen es tan perfecta que sólo hace falta describirla..

  3. olgabesoli dice:

    Felicidades, Juan Ramón. Me has puesto los pelos de punta con este espeluznante relato. Y la ilustración de Nelle es estupenda, con ese rostro envuelto en negrura aunque en mi imaginación desaforada el protagonista es mucho menos atractivo y bastante más sangriento. ¡Buen trabajo, chicos!

  4. Paloma Muñoz dice:

    Efectivamente como comenta Olga, los pelos de punta se me han puesto, Juan Ramón. Cómo has descrito ese momento de enajenación psicopatológica del personaje. Arghhh, escalofriante, ¡es que lo estás viendo! y la ilustración de Nelle carver es ya el remate final al relato.
    Un trabajo impresionante del equipo.
    Un abrazo, Paloma

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