La carta número 13

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. Las ilustraciones son propiedad de Jesus Rodríguez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La carta número 13.

Cuando me dijeron que tenía un don especial, no me lo creía. Nunca me tomé en serio esa afirmación y más si venía de una mujer casi analfabeta y supersticiosa. Pero aun así me picó la curiosidad y un día en que la encontré, le pregunté en qué consistía ese supuesto don del que me hablaba. Ella me dijo que se trataba de la adivinación y que sabía lo que decía porque ella misma echaba las cartas, las cartas de tarot.
Yo, francamente no le di importancia porque no creo en esas cosas. Pero como me sentí intrigada, comencé a leer a cerca de la adivinación a través las cartas: la cartomancia. Y me empecé a interesar sobre el fascinante mundo de lo que simbolizaban.
Adquirí una baraja de tarot conocida como la baraja de Marsella y leí sobre las diversas formas de exponer las cartas sobre un tapete de seda (porque por lo visto ha de ser de seda) y lo que significaban una vez colocadas.
Confieso que lo encontré entretenido desde el principio y que las cartas que manejaba se movían en mis manos como si lo hubiera hecho desde hacía mucho tiempo.
Todas y cada una de ellas me hablaban y me decían cosas.
Así por ejemplo, La torre golpeada por el rayo me decía que, en algún momento, la ira divina podría entrar en juego, claro está, si la posición sobre el tapete así lo atestiguaba.
La torre es la ira de Dios y la Torre de Babel tan célebre por la soberbia humana. Pero también se podría tratar de una torre de marfil desde la que la persona contempla el mundo.
O bien, esa misma ira divina de la que hablaba, podría transformarse en algo positivo para que la persona pudiera afrontar cualquier tipo de inconveniente que se le pusiera por delante.
Cada una de las cartas significaba por sí sola algo bueno, apropiado, beneficioso o desconcertante y desolador.
Una carta aparentemente inquietante era la dedicada al terrible diablo.
La carta de El Diablo estaba asociada a los vicios, a la degradación moral y espiritual. Pero según lo que leía, ocurría como algunas otras cartas que podría representar la parte libre del ser humano: su alma no sujeta a los dictados de la moral y de la rectitud.
El planteamiento filosófico de las cartas debía dejarlo un tanto descartado dependiendo de a quien se las leía. No le iba a soltar un rollo filosófico a una persona que lo único que le interesaba era que satisficiera su curiosidad en forma de preguntas ante casos tan comunes, vulgares y corrientes como: ¿Cuándo me va a tocar la lotería? ¿Me aceptarán en ese nuevo trabajo? ¿Llegaré a salir con ese chico tan guapo?
Confieso que cuando salía esa carta (El Diablo), lógicamente había expectación, preocupación y mosqueo. Mucho mosqueo. Pero un buen profesional echador de cartas debe esclarecer ciertos términos y procurar un ambiente relajado y tranquilo que invite a la colaboración entre echador y escuchante.
Esto lo comento porque había decidido comenzar a echar las cartas a familiares, amigos y conocidos y así, sí veía que me iba bien, podría intentarlo a un nivel “más profesional”.
Así se inició mi aventura con las cartas del tarot y podría contar muchas anécdotas. Pero hubo una, una en concreto, que me hizo reflexionar sobre las cartas y el destino de las personas.
Una vez un chico, al que había conocido en una biblioteca (yo trabajaba como bibliotecaria), me solicitó que le echara las cartas.
Habíamos iniciado una conversación a la salida y salió el tema. Yo asentí y quedamos en mi casa para la sesión.
Por aquel entonces, había adquirido cierta destreza y soltura y el chico parecía muy emocionado mientras esperaba lo que tuviera que contarle ante la mano de tarot.
Lo hice en varias ocasiones y siempre que echaba las cartas sobre el tapete, aparecía la carta número trece en una posición que no ofrecía muchas dudas sobre lo que podría ocurrirle.
En el tarot, generalmente, la carta número trece no existe como tal debido a la superstición desatada contra dicho número, pero en el tarot marsellés, la carta número trece es La Muerte.
Y la muerte aparecía al final del ciclo, en el que veía problemas graves, conflictos y una situación negativa en general. Dicha carta siempre salía invertida.
Yo no sabía qué hacer ni cómo decirle o expresarle lo que sentía al leerle las cartas.
Creo que él lo intuyó porque me preguntaba constantemente sobre la carta. Yo le decía que normalmente, esa carta tan sólo posee mala fama porque la carta número trece que representa a la muerte no es una carta tan nefasta o la más nefasta de los arcanos mayores del tarot sino que puede significar renovación, cambio o transformación y poseer un signo positivo.
Pero lamentablemente le salía al lado de La Torre y de La luna, una carta de ambiguo significado pero que está relacionada con los enigmas, los secretos, el mundo oculto, las ensoñaciones, lo onírico. Y con lo lúgubre, en contraposición con la esplendorosa carta de El Sol.
Generalmente, aquellos que echan las cartas se conducen por un “Código Deontológico”, como ocurre con los médicos por el que si se aprecia en la lectura de las cartas, que el resultado es altamente negativo o grave, hay que tratar el asunto con discreción y cuidado.
Le previne sobre su salud y sobre las formalidades propias de su edad como el tener cuidado al volante, no hacer o cometer acciones irresponsables que le acarrearan complicaciones importantes y ese tipo de advertencias.
El chico, que se llamaba Oscar y que iba todos los viernes por la tarde a verme a la biblioteca, dejó de aparecer.
Esperé un tiempo prudencial y después comencé a preguntar y a hacer mis pesquisas para saber qué era lo que le había ocurrido.
Alguien en la biblioteca me dijo que se había puesto enfermo y que estaba ingresado en un hospital. Me quedé helada.
Pasaron unos meses y seguía sin aparecer. Me enteré de que continuaba enfermo, pero en su casa. No sabía si ir a visitarlo o no. Me decidí a hacerlo. Le dije a su madre que era una amiga de la biblioteca. Deseé que no supiera que era la que en una ocasión le había echado las cartas.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Oscar me reconoció. Su aspecto era lamentable. Estaba muy pálido y en los huesos. No quiero nombrar la enfermedad que lo estaba consumiendo. Me sonrió y le tomé de la mano. Apenas hablamos. No sabía qué hacer. Me sentía fatal: triste, compungida y muy alarmada.
Era cierto que estaba muy enfermo. Oscar falleció en menos de un mes.
Lo que había empezado como un interés de esparcimiento se había convertido en una terrible realidad a presenciar con mis propios ojos.
Fui a mi casa y llorando, profundamente afectada, quemé las cartas y me juré a mí misma que jamás volvería a sacarlas de su escondrijo.
Han pasado unos cuantos años y sigo recordando a Oscar.
Para agravio mío, volví a la lectura del tarot. Rompí mi juramento. Pero esta vez todo lo que he leído y para quienes lo he leído ha sido bueno y positivo. Me alegro.
Pero las cartas (otras que compré en un anticuario en Francia y que me costaron un ojo de la cara) las tengo en una preciosa caja de madera de sándalo, más como una reliquia que como una afición con la que una vez intuí que podía ganarme la vida, aunque no fue así.
Me han preguntado muchas veces si yo me he echado las cartas en algún momento.
Sonrío y eludo la respuesta.
Las cartas tienen su cometido. Las cartas son muy serias y no se debe acercar uno a ellas con frivolidad.
Yo lo hice al principio y ahora las guardo el mayor de los respetos.

Paloma Muñoz
Madrid, 17 de Octubre de 2013

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Comments
8 Responses to “La carta número 13”
  1. Mariola dice:

    Palomita, Palomita… Nuestro futuro de echadoras de cartas está sellado. Este secreto no nos lo habías contado, pero lo mismo todavía nos podemos poner en un banco del Retiro a pasar el rato. Tú con ese Tarot y yo con mi baraja española, pero ¡sin invocar a la Parca! Nos vendría de perlas esa súper ilustración de don Jesús, que da de sí pa todo!

  2. Interesante cuento, narrado con tanta naturalidad que casi parecido un relato biográfico. El corte anecdótico está muy bien mezclado con un lenguaje agradable, y hace que la lectura sea rápida y fresca a pesar del tema. La ilustración de Jesús sirve de perfecto fondo para el tema, con ese tríptico de rostros (o ausencias de él) que configuran el protegonismo de la historia. Muy bien logradas ambas cosas, ilustración y cuento. Saludos.

  3. Paloma Muñoz dice:

    Gracias, Víctor por el comentario. Es algo biográfico pues es cierto que conocí hace mucho tiempo a un chico que se llamaba Oscar y lo conocí precisamente en juna biblioteca relativamente cercana a la casa de mis padres. El chico falleció al cabo de unos meses.
    Lo que comenta Mariola, creo que podríamos esperar al buen tiempo porque ahora en el retiro frente al estanque hace un frío que te rilas, jajajaja.
    Un abrazo,
    Paloma

  4. Paloma Muñoz dice:

    Ays que se me olvidaba comentar la ilustración de Jesús Rodríguez: es mortal, nunca mejor dicho. No le falta ni un detalle, tanto que habla por sí sola.
    Gracias, Jesús. Eres un artista.
    Un abrazo,
    Paloma

  5. Yolanda Aller dice:

    Qué bueno, Paloma!. Tengo unas cartas del tarot de Marsella en un estuche en una estantería del salón. Al principio según empecé a leer el relato empecé a pensar…¡luego voy a sacarlas! – hace años que ni las miro -. Realmente sólo he jugueteado con ellas. Cuando he acabado el relato he decidido que se van a quedar otros tantos años en el mismo sitio. Genial dúo!!

  6. Paloma Muñoz dice:

    Yolanda, hace mucho que tampoco veo mis cartas de tarot, pero no porque tengo que ver con la historia que he contado en el relato sino porque las tengo bien guardaditas. Puede que me ponga un día las pilas y recuerde viejos (e inquietantes tiempos, jajajaja)

  7. olgabesoli dice:

    Buen relato, Paloma, que huele a realidad. Me encantan y colecciono tarots y tengo que decirte que en todos los míos aparece el trece en los arcanos mayores. Salvo ese detalle sin importancia, es precioso lo que cuentas y cómo lo cuentas, aunque me da pena que la protagonista se aleje de su don porque, aunque lo viera, ella no es responsable de ese futuro. La ilustración de Jesús Rodriguez es genial y llena de simbolismo. Destacaría esos ojos que parece que te estén mirando y la fusión del tapete de cartas con la sábana del enfermo. ¡Felicidades a los dos!

  8. Paloma Muñoz dice:

    Gracias Olga por tu interesante comentario. Por supuesto que el trece aparece en los arcanos mayores, pero me pareció un detalle un poco “especial”, si me lo permites; me pareció más “intrigante”. En cierto modo, este relato es un pequeño homenaje a mi misma porque durante un tiempo estuve enredada en la cartomancia, sobre todo el tarot de Marsella. Todavía lo tengo. Pero hace mucho que no leo las cartas y tengo que confesar que en bastantes ocasiones he dado en el clavo, o por lo menos se ha acercado mucho a lo que les pasó a ciertas personas.
    Un abrazo,
    Paloma

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