La habitación

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Género: Thriller

Rating: +14

Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración con propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 La habitación.

Siempre soñé con morir en una habitación de hotel, tendido boca arriba sobre la cama sin deshacer, con un libro abierto de Stephen King sobre la colcha, con la cubierta hacia arriba. En una mesilla, un pequeño frasco blanco abierto y a su lado unas pastillas derramadas y un vaso con restos de un líquido amarillento, procedente de una botella de Jack Daniels, que reposaría en el suelo, sobre la alfombra, que se mancha poco a poco por el goteo de su boca. En la cama, junto al libro, unas balas que no cupieron en el cargador del revólver que reposaría en mi mano, de cuyo cañón saldría un ligero humo que ascendería hacia el techo, ondulado por el efecto del aire que entrase por una ventana entreabierta, con una cortina a medio correr, que oscila por el viento de los primeros días de otoño, a través de la que solo se ve la oscuridad de la noche, rota por un relámpago que anuncia la tormenta que se acerca y que ilumina la habitación para dibujar la foto perfecta. El forense tendría que dilucidar la causa de la muerte. Pero no morí así. Y lo intenté. Pero las cosas no siempre salen como uno quiere.

¿Por qué un hombre joven, atractivo, inteligente, decide morir? Por tener un bonito cadáver, sería la respuesta fácil, pero no es el caso.

Me atormentaba la muerte, no por dejar de existir y lo que conlleva, sino porque temía que me defraudara, que no fuera lo que yo esperaba de ella. No quería morir de cualquier forma, víctima del colesterol, en un accidente de tráfico o acribillado a balazos por un marido celoso, aunque reconozco que esta opción nunca me pareció mala del todo. No podía soportar la idea de tener una muerte cutre, en un aseo público, en un mercado haciendo la compra o mientras dormía con el televisor encendido sintonizando la teletienda. Llegué a la conclusión de que para empezar bien con la muerte y que fuese lo que yo esperaba, no tenía más remedio que forzarla, provocarla, inducirla. Suicidarme. Era la única garantía de que fuese como yo quería.

Dediqué mi vida, o lo que quedaba de ella, a planearlo. Abandoné mi trabajo, si iba a morir tampoco lo necesitaba. Visité hoteles y habitaciones hasta encontrar la perfecta, con su ventana perfecta y las cortinas y la colcha creada por mi imaginación. Compré el revolver ideal y la munición, busqué la caja de pastillas y el libro de Stephen King. Solo cabía esperar el día, el día perfecto de otoño con un ligero viento y la previsión de tormenta al anochecer.

Los preparativos se llevaron mi tiempo y, sobre todo, mi dinero. Mis expectativas de no necesitar un trabajo habían sido demasiado optimistas y tras dos años de preparativos, mi cuenta corriente languidecía. No podría aguantar un año más, debería ser este.

El cambio climático jugaba en mi contra y el otoño tardaba en llegar. Estábamos a punto de abandonar octubre, y miraba con ojitos los rabillos de unas peras que había guardado en previsión de que mi espera para encontrar la muerte idónea se dilatara aún más y los necesitase como alimento, cuando el pronóstico del tiempo iluminó de vida mi esperanza de conseguir la muerte perfecta: esa noche, al fin, una tormenta se acercaba a la ciudad.

Dudé, porque no sería la primera vez que el pronóstico del tiempo erraba. En alguna ocasión me precipité al hotel esperando la tormenta anunciada que nunca llegó. En otras ocasiones las previsiones de sol se tornaron en falsas mientras estaba en la playa, sin tiempo de acudir al hogar de mi fallecimiento. Pero mi tiempo espiraba y no podía dejar pasar la oportunidad.

Cogí el set de suicidio y el billete de autobús. Llegué al hotel y miré al cielo. Todavía era de día, pero a lo lejos ya se vislumbraban unas nubes grises de evolución que se convertirían en tormenta en unas horas. Al fin, por fin, tendría aquella noche mi muerte perfecta.

En recepción me saludaron por mi nombre y con cara de fastidio me informaron de que la habitación que siempre pedía estaba ocupada. Esa noche había una fiesta y estaba el hotel repleto. Inmediatamente cambió su estúpida cara compungida por otra de felicidad, no menos estúpida, para informarme de que tenían otra mucho mejor y que me dejaban al mismo precio. Me negué. Necesitaba esa habitación. Mi habitación. Poco me importaba el precio de una o de otra, al día siguiente las deudas no serían un problema para mí, pero necesitaba morir en aquella habitación.

Sondeé la posibilidad de alguna otra contigua, o en una planta inferior o superior, pero nada, todo ocupado.

Finalmente acepté la habitación que me proponía. Me dijo que no me arrepentiría, que era preciosa, en la décima planta, con salón, jacuzzi, minibar de cortesía. Cogí la tarjeta y me dirigí al ascensor. Pulsé la sexta planta y fui directo a “mi” habitación. Golpeé con los nudillos la puerta.

Tras unos segundos en los que aproveché para perfeccionar mi plan, la puerta se abrió. Pensé que había muerto y por error había llegado al cielo. Me sentí contrariado, porque de ser cierto, mi plan se habría ido al traste a punto de hacerse realidad. Una mujer rubia, con ojos claros y con una cara perfecta me sonreía. Bajé la mirada buscando unas alas y me encontré con un top blanco de tirantes que tapaba unos senos que se antojaban en el límite de la realidad. Sin rastro de las alas, seguí bajando para ver unos pantalones vaqueros que se ceñían cual segunda piel y terminaban en unos zapatos de tacón alto. Empecé a notar unos instintos en mí que me hicieron pensar que si estaba muerto quizá era la puerta del infierno y me estaba tentando el mismo diablo. Mi insistencia por morirme me había hecho descuidar en los últimos años ciertas necesidades, que afloraban en ese momento y me estaban desviando de mis propósitos. Moví los ojos sin saber dónde detenerlos y por un momento visualicé la habitación, con su cama, su cortina y su ventana y recordé para qué había tocado esa puerta y empecé a hablar. Le conté que necesitaba esa habitación por un motivo afectivo pero que le ofrecía a cambio una mucho mejor.

—Pero, un momento. ¿Dónde está el truco? No querrás algo a cambio. ¿Sexo quizá? —dijo luciendo una pícara sonrisa.

—Sí —respondí involuntariamente. Lo juro, fue como un resorte, un instinto que me hizo pronunciar el monosílabo a la vez que mis manos soltaban la bolsa con mi kit-suicidio y golpeaba el suelo.

El sonido de la bolsa contra la moqueta me recordó todo lo que había en su interior y por qué estábamos ambos allí.

—Digo no… bueno, sí, pero no —acerté a decir titubeando mientras me agachaba y cogía la bolsa con fuerza—. Se trata de una historia trágica. Mi primer amor, aquí… ella… yo… Murió —sollocé culminando la mentira.

—¡Ay, pobre! —exclamó antes de abrazarme y apretarme contra su cuerpo.

La bolsa volvió a deslizarse entre los dedos y chocó contra el suelo, ahuyentando mi libido.

Ella accedió al trueque. La ayudé a transportar su equipaje hasta la habitación de la décima planta. El recepcionista tenía razón, el cambio era mucho mejor. Sentí ganas de quedarme, disfrutando, del jacuzzi, el minibar, las vistas, las de la terraza y las del interior, de aquella mujer, de la que no conocía el nombre ni quería preguntárselo, por miedo a que al saberlo la hiciese real y quisiera abandonar mi propósito. Este pensamiento me hizo apretar con más fuerza la bolsa con todos mis fetiches de suicidio, que había mantenido junto a mí por miedo a perderlos. Los apreté contra mi pecho, con fuerza, mirando a esa mujer, intentando sentirlos y que me transmitieran que hacía lo correcto.

—Pobrecito. Ay, que tengas que pasar la noche solo. ¿Por qué no te unes a la fiesta? Ya se nos ocurrirá algo…

Y empezó a correr hacia mí con los brazos abiertos. Arriba y abajo. Abajo y arriba.

No recuerdo los detalles. Solo sé que corrí, cerré puertas tras de mí y terminé con la espalda contra la de mi habitación de la sexta planta. Todavía notaba las taquicardias en el corazón, pero sabía que había hecho lo correcto. No podía arriesgarme a seguir las ofertas de esa mujer y terminar muriendo de cualquier manera, jamás me lo perdonaría a mí mismo. Cualquiera sabe cómo encontraría mi fin, borracho, drogado o por un ataque cardíaco en una maratón de sexo. No era mala opción, a fin de cuentas esa habitación tampoco era tan estupenda. La miré. Sí, sí que lo era, era perfecta y ese era el día.

Todavía no había anochecido y tenía algo de tiempo para prepararme. Decidí darme una ducha. No soportaba la idea de ser un cadáver maloliente. Entré en el baño y me desnudé. Me miré al espejo. Hacía mucho tiempo que no me miraba más que para afeitarme. Había adelgazado mucho desde la última vez que lo hice. No estaba mal, pero me faltaba músculo, así es poco probable que ninguna mujer me encontrara atractivo. Sin saber cómo, me sorprendí a mí mismo haciendo flexiones en el suelo. A la tercera, los brazos no pudieron más y caí sobre el suelo del frío azulejo. ¿Qué estaba haciendo? Debería tener más cuidado, en cualquier tontería como esa podía tener un accidente más serio o un fallo cardiaco y echarlo todo al traste. Entré en la ducha y me deleité con el agua deslizándose por mi cuerpo, disfrutando de mi último baño.

No sé cuánto tiempo estuve, pero al salir ya anochecía. La tormenta estaba más cerca. Me sequé y me vestí. Era la hora de preparar el atrezo. Fui a por la bolsa.

¡La bolsa! ¿Dónde estaba? ¿Qué había hecho con ella? Miré en el suelo, bajo la cama, en los armarios. Ni rastro. ¿Cómo había desaparecido? Intenté recordar la última vez que la había visto. La había cogido con fuerza en la habitación de la décima planta, justo antes de que la muchacha y sus pechos corrieran hacia mí. Mierda. Debí de soltarla en mi huida. Tenía que recuperarla. Abrí la puerta y me lancé al pasillo. Corrí al ascensor y pulsé el botón. La puerta se abrió con pasajeros en su interior. Grité y salté hacia atrás. Un hombre con un hacha en la cabeza bordeada de sangre iba acompañado por una mujer con la cara llena de cicatrices supurantes.

—¿Bajas? —preguntó el hombre con cara de sorpresa, mientras yo me asía el corazón—. Abajo, a la fiesta, que si bajas.

—Casi me matáis del susto. No, no, subo.

El peligro estaba en cualquier sitio, no podía esperar más tiempo y subí corriendo por las escaleras. Cuando fui a golpear la puerta, se abrió. Yo grité, ella gritó. Sin duda era ella, la muchacha, no tenía el mismo aspecto, pero era ella. Tenía el pelo recogido y coronado por unos pequeños cuernos rojos. Sus labios estaban cubiertos de un color rojo intenso y sus ojos claros destacaban aún más con unas líneas y una sombra de ojos oscuras. Su top y sus vaqueros habían dejado paso a un vestido negro, ceñido, con un escote que terminaba en el ombligo.

—¡Eres tú, qué susto! Precisamente iba a devolverte esto.

Miré su mano, que era la única parte de su cuerpo que había olvidado revisar, y en ella sujetaba una bolsa. Mi bolsa.

—Ah, mi bolsa, sí, sí, venía a por ella. Dame.

Cogí la bolsa y me giré.

—Espera —dijo—. Tengo que confesarte algo. He abierto tu bolsa.

Me paralicé.

—Lo siento —continuó—, me da miedo lo que puedas hacer, aunque lo entendería.

Me había pillado y era comprensiva, se había tragado la historia de mi exnovia.

—Es que soy muy cotilla y no puedo estarme quieta. Me pasa siempre. Es ver a alguien con una bolsa y no paro hasta ver lo que hay dentro y bueno, es que me dolía la cabeza y… ya sé que no debería haberlo hecho, pero…

No entendía nada, pero esperaba que no intentara convencerme de que no me suicidara ni que avisara a nadie para impedirlo. Quizá debía adelantarme y meterla en la habitación y atarla, esos tobillos tan blancos y esas muñecas tan suaves, y amordazarla, cubrir esos labios rojos, quizá con un beso o dos.

Casi se me cae de nuevo la bolsa si no llego a reaccionar a tiempo.

—Pues eso, que entendería que me detuvieras.

—¿Perdón? —interrogué.

—Pues que como eres policía…

—¿Policía?

—Sí, policía, te has dejado la pistola en la bolsa.

—¿Eh? Ah, sí, sí, policía, eso es, soy policía.

—Pues eso, que entendería que me detuvieras. Pero te juro, que solo he cogido dos pastillitas, es que me dolía horrores la cabeza y solo he dado un chupito de la botella, es que se me había quedado muy mal sabor, bueno, quizá dos chupitos y se me cayó un poco al suelo, es que me asusté un poco cuando vi la portada del libro que llevas. ¡Qué miedo!

—Nada, nada, no pasa nada. No es un delito grave. Estás absuelta.

—¡Gracias! Eres un sol.

Se abalanzó sobre mí, me apretó y me besó. La bolsa cayó al suelo y decidí no resistir más, ya moriría otro día, de otra forma.

—¡Ven conmigo a la fiesta!

Sí, iría, sin lugar a dudas y volveríamos a esa habitación y haría unas flexiones antes de hacer el amor en el jacuzzi.

—Venga, por favor, pasa, yo te maquillo para que no desentones en Halloween. Aunque si te llevas ese libro en la mano, ya das miedo sin tener que disfrazarte. Por cierto, como he pensado que te gusta leer, te he metido en la bolsa otro libro, yo no lo he leído, pero siempre lo llevo para ver si encuentro un hueco. Le tengo mucho cariño, pero te lo dejo, es que me lo regaló un exnovio…

¿Por qué no se callaba? ¿Era mi vista o a medida que hablaba parecía que el escote era cada vez más pequeño?

—…más majo, el mismo día que rompimos me lo regaló. Un chico estupendo, pero algo despistado, te puedes creer que me dijo que me lo regalaba porque me llamaba igual que el autor, pero qué va, ojeé las letras de detrás y me llamo igual que la protagonista, pero estupendo de verdad. Y tú, ¿cómo te llamas?

—Juan —contesté por dejar de oírla un instante.

—Venga, vente, por fi, por fi.

En ese momento deseé morirme más que nunca en mi vida. Me disculpé y salí de allí asegurándome de llevarme la bolsa, bajé por las escaleras y sorteé en los pasillos zombis, momias, brujas y vampiresas.

Llegué a mi habitación de la sexta planta, cerré la puerta y miré por la ventana. Perfecto. No todo estaba perdido. Era noche cerrada y se veía algún que otro relámpago en la lejanía. Vacié  la bolsa y lancé el libro de la muchacha a un lado de la cama. Abrí el bote de pastillas. Me tomé una para aliviar el dolor de cabeza que se me había puesto, aunque luego pensé en lo absurdo de mi acto. Vacié el frasco. Solo quedaban otras tres. No sabía si serían suficientes, además debía dejar alguna en la mesilla, así era en mi imaginación. Las mezclaría con el bourbon. Desenrosqué el tapón y giré la botella sobre un vaso. Apenas un hilillo salió de ella. Esa loca borracha se había cepillado casi toda. No podía tomarme todas las pastillas y beberme todo lo que quedaba. Necesitaba píldoras en la mesilla y alcohol en el vaso y en la moqueta. ¡Tenía que ser así!

Dejé caer unas gotas y coloqué la botella vacía al lado. No era perfecto, pero podría servir. Me metí en la boca otra pastilla y dejé dos en la mesilla. Bebí un chupito del Jack Daniels. No sería suficiente, con eso no conseguiría matarme. La pistola era mi única opción. Pero pegarme un tiro…

Intenté convencerme de que no podía ser, en mi imagen soñada del cañón salía humo y si me disparaba no podría verla o al menos sentirla. Una luz iluminó la habitación. Era el momento. Tres segundos más tarde el trueno me indicó que la tormenta estaba muy cerca.

Cogí las balas. Tan solo había cuatro. Recordaba que había comprado más. ¿Qué habría hecho aquella desgraciada con las balas? No tenía tiempo de pararme a pensar. Al menos necesitaba dejar un par de ellas sobre la colcha para mantener el escenario de mínimos que me estaba quedando. Puse dos balas en el cargador. Dispararía una al aire, vería el humo, el siguiente relámpago iluminaría la habitación y entonces con la siguiente bala me dispararía en la sien. Nunca pensé en ver sangre en el cuadro, pero si todo iba bien, ya no podría verla.

Sí, era el momento. Me temblaba la mano. El relámpago debía de estar a punto de llegar. Apreté el dedo con fuerza, el estruendo invadió la habitación y el retroceso del revólver lanzó mi mano hacia atrás. No había tomado la precaución de practicar un disparo y la reacción me pilló por sorpresa. Del susto apreté de nuevo con fuerza, lanzando un segundo disparo.

No podía pararme a pensar en ese desastre, así que me tumbé rápidamente en la cama, miré el cañón y vi el humo. Al instante un relámpago inundó la habitación y lo vi. Vi la imagen: era perfecta, casi perfecta, un poco escasa pero casi perfecta, aunque fallaba un detalle: estaba vivo. Pensé que deseándolo muy fuerte, tal vez muriera, pero no funcionó. No podía utilizar otra bala, las necesitaba sobre la colcha.

Intenté no perder los nervios y pensé en qué haría MacGyver en una situación así: utilizar los recursos a mi alcance por muy absurdos que pareciesen para el fin que perseguía. Solo me quedaba el libro de Stephen King. Quizá no fuese mala idea, había oído historias de libros malditos por los que la gente moría cuando intentaba leerlos y este podía ser uno de esos.

Encendí la luz de la lamparita de la mesilla y lo cogí. En la portada ponía It, y venía una ilustración de un payaso aterrador. Hay mucha gente que odia a los payasos, pero a mí me caen simpáticos, es ver uno y me parto de la risa. Al ver la portada esbocé una sonrisa. Intenté apartarla de mi mente. Tenía que matarme leyendo. Empecé a leer. No soy fan de la lectura, pero he de reconocer que el libro no estaba mal. Iba de unos niños a los que se les aparecía en sitios muy raros un payaso con colmillos y los quería matar, o algo así, pero cada vez que salía el payaso yo no podía evitar reírme a carcajada limpia.

Aquello no funcionaba. No vi factible morirme de la risa. Tiré el libro, que cayó junto al que me había introducido en la bolsa la muchacha. No tenía muchas más opciones, así que decidí probar a ver si ese era el libro que podía acabar conmigo. Lo cogí y lo llevé a la cama. Leí la portada: Don Juan Tenorio, de José Zorrilla. Recordé lo que me dijo la chica, sobre su nombre, que coincidía con el de la protagonista, a pesar del error de su exnovio con el autor. Empecé a leer por descubrir su nombre y no pude parar. Ese libro me cambió la vida o la muerte, según se mire. No por la historia, que no me enteré muy bien: era de un playboy que se llamaba Juan que se quiere cepillar a una monja que se llamaba Inés o algo así, pero lo importante fue el conocer su nombre entre las letras de aquel libro: Inés. Ya era real. No era la muchacha de las tetas grandes, ni la loca que no deja de hablar. No, era Inés, era real. Y el azar, el destino o como quisiera llamarle, había puesto en mi noche perfecta, en la muerte ideal, un libro de dos amantes que se llamaban como nosotros. Juan e Inés, en la noche de todos los muertos, en el escenario en el que siempre quise morir.

Tenía que significar algo, o al menos a mí me lo pareció. Vale que era insoportable y no paraba de hablar, pero quizá no la había conocido lo suficiente, además estaba atiborrada de paracetamoles y bourbon. Vale que parecería que la gente pensaría que era un hombre despreciable, que solo estaba con ella por su físico, pero qué me importaba lo que pensara la gente.

Sí, iría a buscarla. Me levanté y comprobé que el sol ya entraba por la ventana. La fiesta ya habría terminado y ella descansaría en su habitación. Salí al pasillo y me dirigí al ascensor. Pulsé el botón de llamada.

Ya no quería morir en aquella habitación, rodeado de todas esas estupideces. El ascensor se abrió. En su interior iba otra persona disfrazada, con una túnica y una capucha que le cubría la cara, sin dejar verla, sujetando con la mano una enorme guadaña.

—¿A qué piso va, señor? —me preguntó una voz de ultratumba.

Miré los botones y no había ninguno pulsado.

—¿Y tú? —pregunté extrañado.

—Yo soy el ascensorista, señor —dijo de nuevo con la voz grave y señalando con la guadaña una chapita que tenía prendida en su túnica y en la que se leía “ESTEBAN REY”.

No me lo creí. Había utilizado el ascensor o al menos lo había intentado varias veces y allí no había ascensorista. Esa voz no podía corresponderse más que a un juerguista bromista.

—Al décimo, jefe —dije despreocupado.

Pensé en mi muerte perfecta que ahora se dibujaba con una mano de Inés muy arrugada, sujetando la mía. Pero las cosas no siempre salen como uno quiere. La puerta se cerró y mi acompañante lanzó una risotada espeluznante.

Ilustración de Sonia del Sol

Jorge Moreno

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Comments
6 Responses to “La habitación”
  1. ¿Por qué me viene a la cabeza “Perdido en mi habitación”?. Lo cierto es que da pena que un chico atractivo como el de Sonia se vea abocado a ese fin…;)

  2. Paloma Muñoz dice:

    Es totalmente cierto. El introducir en el relato el personaje de doña Inés (a la que identifico con la propia Muerte), es un detalle muy esclarecedor. La ilustración de Sonia es estupenda con ese chico atractivo con esa expresión tan enigmática, me encanta.
    Un abrazo para el equipo.

  3. olgabesoli dice:

    Genial y divertido relato, Jorge, que nos enseña lo írónica que puede ser la vida, (o la muerte). Muy acertado el paralelismo entre la realidad y la obra, muy divertida la idea de la búsqueda del suicidio perfecto y hilarante el desarrollo de la historia. Resumiendo: me ha gustado muchísimo tu relato. Y, curiosamente, Sonia, en mi imaginación le he puesto al protagonista un aspecto muy parecido al que tu has dibujado tan acertadamente. ¡Geniales los dos!

  4. rafamir70 dice:

    Genial el relato de Jorge a partes iguales irónico y tenebroso… como genial la ilustración de Sonia, que crece a pasos agigantados.. enhorabuena a los dos.

  5. Sonia del Sol dice:

    Oye, que me dais todos una alegría y, unas ganas de seguir pa’lante que no veas !!! Muchisimas gracias por pasaros, leer y, comentar : Yolanda, Paloma, Olga y, Rafa, además de ser todos geniales, mantenéis vivo el espíritu de Surcando Ediciona

  6. Sonia del Sol dice:

    Bueno y, por lo que veo ahora en mi comentario ,algunos acentos sí y, otros, se quedaron por el camino, jejeje

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