La mesa

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Género: Cuento-Drama

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Este relato es propiedad de Victor Mosqueda Allegri. La ilustración con propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La mesa.

I

Menos de diez años han pasado desde la última vez que María Elisa pisó la casa de su madre, y tiene la impresión de que toda la humedad del mundo ha ido a caer a sus pisos de madera. Las tablas parecen paletas de helado ensalivadas y mordidas, hasta el punto de haber quedado como masas blandas y elásticas. Han dejado de crujir bajo los pies y, al caminar sobre ellas, los zapatos resbalan sobre el moho acumulado. El papel tapiz de las paredes ha perdido su diseño y ahora parece un maquillaje corrido tras años de llanto débil pero sin consuelo, justo como se imagina ella que ha sido el llanto de su madre durante todos esos años de abandono autoinfligido. Justo como lo fue el suyo durante todo el tiempo que vivió allí.

Dos semanas atrás había recibido una llamada de su madre. María Clara siempre había sido una mujer parsimoniosa, de un humor acuoso y grueso, pero esa mañana le habló rápido, pues sabía que María Elisa podía colgarle en cualquier momento. Le aseguró que le quedaban no más de seis semanas de vida, y le pidió que se mudara con ella, para compartir sus últimos días.

María Elisa sabía que su madre era hipocondríaca desde siempre, y que sentía la necesidad continua de predecir su muerte, que nunca llegaba. También sabía que el verdadero propósito detrás de esa petición era tenerla en casa el tiempo suficiente para legarle aquella maldita mesa, que María Elisa había jurado no volver a mirar. Así que la ignoró y colgó el teléfono.

Tres días después le llegó una carta donde su madre le repetía el mensaje. La quemó hasta su última fibra. Esa noche bajó la niebla a su casa por primera vez desde que el invierno había empezado. A la mañana siguiente Emily correteó entre los pasillos llenos de nubes bajas y se fue a la escuela. María Elisa aprovechó la ausencia de Emily para acostarse en el piso, quedándose dormida casi al momento de apoyar la cabeza sobre el suelo. Al despertar, media hora más tarde, llamó a su madre por primera vez en más de cinco años y le confirmó que se mudaría con ella al final de la siguiente semana.

Cuando se levantó del suelo y subió a su habitación, el calor le fue regresando de a poco al cuerpo, y ya no se sintió tan segura de lo que había hecho. En la tarde, cuando el sol había disipado hasta el último rastro de la niebla, pensó que había tomado la peor decisión de su vida. Ahora, entrando de nuevo en ese lugar que representaba todo lo que no quería, no puede dejar de pensar que esa mudanza terminará de destruir el vínculo entre ella y Emily y acabará con sus vidas.

A diferencia de la casa de María Elisa, aquí el calor es sofocante y todo parece siempre estar a punto de bullir, y en la piel descubierta se siente un vapor húmedo y caliente que se mezcla con el sudor y se pega como grasa, volviendo a los días lentos y pesados.

Sin María Elisa trabajando todo el día para mantener la casa viva, como antaño, y con su madre cada vez más desorientada y desolada, aquel lugar se estaba cayendo a pedazos. Ya no le extrañaba que su madre hablara de una muerte próxima. Si no era María Clara la que moría, sería la casa la que exhalaría su último aliento en cualquier instante, dejando al que estuviera adentro aplastado por una tonelada de basura podrida.

No bien pone el primer pie en la casa, María Elisa se promete que no se quedará allí más de un mes y se promete que no se dejará permear por los delirios de su madre. Se acaricia el vientre, rogando poder escapar, poder regresar a su propia casa, antes de que su nuevo hijo nazca. Aún faltan un par de semanas para sumar siete meses de embarazo, pero le aterra la idea de un parto prematuro. No puede permitir que María Clara le vea al menos una sola vez la cara. Su hijo nunca la conocerá. Nunca permitirá que su madre le augure una muerte temprana. Al menos no una vez que estuviese vivo.

Cierra los ojos desde el umbral de la puerta y casi puede ver a su mamá acostada encima de la mesa, abrazándola como si fuera los hijos que perdió, el esposo que perdió, la vida que perdió, noche tras noche, envuelta en un sopor que no le permite pasar más de dos horas despierta ni más de una dormida. María Elisa intenta jurarse a sí misma que una vez muera su madre, incendiará la mesa hasta sus cimientos. Es un juramento que ha empezado mil veces desde niña, pero siempre le ha faltado la convicción para completarlo.

María Elisa finalmente cruza el umbral, con Emily tomada fuertemente de la mano. Su madre apenas las había mirado al llegar y se había largado, con su paso lento, al piso superior, evadiendo sus preguntas sobre la gestión de la mudanza. María Elisa atraviesa el corto pasillo del recibidor, entra a la cocina y sale al comedor por la segunda puerta. Allí se encuentra frente a frente con la mesa, intacta, como un sueño mórbido que regresa cada noche, en medio de una casa que se doblega por la humedad y el calor. Los miedos de María Elisa permanecen intactos, y Emily, que siente el sudor y el temblor de las manos de su madre, sube la mirada para encontrarse con sus ojos, y al verlos rojos y húmedos, también teme.

II

Las primeras dos semanas las pasa limpiando la casa y tratando de rescatarla de la humedad. No es una tarea sencilla y ello le permite evitar lo más posible a María Clara. Aunque también descuida a Emily, que se la pasa, igual que su abuela, la mitad del día durmiendo, la otra tratando de vencer al calor y al aburrimiento, en una casa donde correr no es una opción y donde imaginar mundos mejores tampoco resulta posible.

La televisión no funciona muy bien y de cualquier forma no tiene los canales que Emily suele mirar. La radio funciona perfectamente, pero es algo que la niña no puede siquiera sospechar, pues permanece guardada en un armario dentro del cuarto de María Clara, quien tiene al menos unos tres años sin encenderla. Los juguetes que se ha traído desde su casa han absorbido la humedad en menos de una semana y ya Emily no siente demasiadas ganas de utilizarlos. Por la mudanza han dejado a medias el año escolar y María Elisa decide no inscribirla en colegio alguno, para no sentir tentación de quedarse más tiempo del que sea estrictamente necesario.

Después de dos semanas de trabajar en su limpieza y reparación, la casa luce un poco más presentable y el olor a humedad se ha disipado en buena medida. La madera del piso sigue peligrosamente blanda, pero María Elisa ha reforzado al menos los lugares más riesgosos. El calor, sin embargo, sigue igual de fuerte y la humedad, ya lejos de las paredes, se pega con más presteza a la piel. María Elisa debe bañarse al menos unas tres veces al día, y aun así se acuesta sintiendo que su cuerpo es pega sólida. Emily ha empezado a sentirse más en ambiente y ahora se la ve dando trotes ligeros por la casa y jugando a atrapar mariposas en el jardín. Todo, en aquel lugar, luce menos deprimente que a su llegada. Pero el reparar y limpiar la casa, el tener a Emily contenta un tercio del día lo único que consigue es volver más evidente el estado de abandono de María Clara.

Podía pasar hasta cuatro días con el mismo vestido, acumulando sudores y malos olores sobre un cuerpo tan delgado y pobre de fuerzas que ahora María Elisa empezaba a creer que su madre realmente tenía la muerte cerca. Su rostro lucía demacrado y sus ojos miraban fatigada y lentamente las cosas, como si ya no quisieran volver a mirar nada más jamás. María Elisa le servía la comida tres veces al día, y tres veces al día apenas la probaba. Casi no habían hablado desde que llegaron y eso extrañaba a María Elisa.

Ella esperaba que su madre intentara venderle todos sus delirios no bien hubiera puesto la primera maleta sobre su piso mohoso, pero la verdad es que María Clara apenas las había saludado al llegar. Parecía haber olvidado que su hija venía a vivir con ella y que traía consigo a su única nieta, a quien no había conocido, y que en su vientre llevaba al que sería su nieto, a quien probablemente no conocería, si sus cálculos sobre lo que le  quedaba de vida eran correctos. Cuando el camión de la mudanza se había marchado de la casa y María Elisa terminó de arreglar sus cajas y maletas en la que antes fuera su habitación, fue al cuarto de su madre esperando encontrarla en disposición para convencerla de cualquier cosa. No la encontró y bajó las escaleras, solo para descubrirla durmiendo encima de la mesa, con un pie y un brazo sobre ella y los otros colgando en el piso. A lo largo de los siguientes días María Clara llegó a dormir sobre su propia cama apenas un puñado de veces. El resto del tiempo se la veía sobre la mesa, primero orando y luego completamente dormida con los labios pegados a la madera y los músculos tensos en un intento de no soltarla.

 

Ilustración de Marta Herguedas

Llevan dos semanas en aquel lugar y Emily ha tenido el tiempo suficiente de observar a su abuela. Esa noche le pregunta a su madre por qué la abuela nunca le dirige la palabra y en cambio siempre habla con la mesa hasta quedarse dormida. Por qué nunca la besa a ella, pero sí a la mesa. Por qué no la dejan usar la mesa para dibujar, por qué nadie come sobre la mesa, por qué la abuela llora sobre la mesa todo el día y luego camina triste y callada por la casa.

María Elisa siente el temor subirle a la garganta, tal como si de nuevo fuera una niña. Se atraganta en un intento de improvisar justificaciones falsas para la abuela. No logra decir nada coherente y se muerde la lengua para no decir lo que sucede en realidad. Piensa en el daño que le haría a Emily saber sobre el linaje de mujeres obsesionadas con aquella mesa que le corría por la sangre.

Cientos de mujeres habían custodiado aquella mesa si María Clara decía la verdad. Cientos de mujeres se habían legado entre sí aquella mesa a través de una línea estrictamente matriarcal, porque todos los hombres que acompañaban a esas mujeres tenían como destino inevitable la muerte, que debía ser, por demás, trágica y dolorosa. Era parte de la maldición de aquella mesa, aunque usar esa palabra se considerase herético para cualquiera de ellas. Todas las mujeres sabían que el legado de aquella mesa era una bendición, muy a pesar de las muertes que la rodeaban.

La razón era sencilla. La primera mujer que tuvo en su poder aquella mesa había sido María, la madre de Cristo, pues precisamente había sido Jesucristo quien había tallado el álamo de donde la mesa salió. María Elisa había escuchado esa historia un centenar de veces y todavía no sabía qué pensar sobre ella. Nunca conoció a su padre, pues murió poco antes de que ella naciera y nunca conoció a ninguno de sus tres hermanos, pues todos murieron también muchos años antes de su nacimiento. Cuatro hombres de su pasada familia habían muerto de forma atroz por factores que ella siempre quiso pensar fortuitos, por factores que ella siempre se negó a creer que tenían que ver con ese pedazo viejo de madera. Pero ahora también su esposo estaba muerto y ella llevaba en su vientre a un varón, y la acosaban las ideas de que el embrujo de la mesa fuera real, y no pudiera verlo crecer sano y feliz, o cuando menos enfermo y triste.

En medio de esas reminiscencias, de esas dudas, de esos augurios, María Elisa rompe a llorar, muy suavemente, conteniendo la respiración, abriendo de más los ojos, la sonrisa, para fingir que nada pasa, tratando de ocultar de los ojos de Emily el terror que la congela. Su hija, sin embargo, entiende que no es buena idea preguntar por la abuela o por aquella mesa, y deja a su madre sola, para que llore sin sentir vergüenza. Se va a correr al pasillo que lleva al recibidor, uno de los pocos espacios que todavía no parecen estar a un mal paso de derrumbarse.

El corazón de María Elisa, en cambio, está absolutamente derrumbado. Con los ojos llenos de lágrimas, y sin darse demasiada cuenta, toma una de las sillas de la mesa, se sienta y empieza a orar.

III

Esa noche, María Elisa sueña que es una niña nuevamente y que su padre, del que no guarda ningún recuerdo, aún está vivo. El hombre que debía de ser su padre luce idéntico a Jesucristo y María Elisa lo ve tallando un tronco gruesísimo para hacer una mesa. La niebla cubre toda la casa y un frío inusitado se siente en las paredes, cuyo papel tapiz ha vuelto a mostrar su diseño original.

María Elisa le pregunta a su padre si todas las historias que su mamá le ha contado sobre aquella mesa son ciertas. Su padre se quita la franela, llena de aserrín y sudor, y en su pecho se ven veinte agujeros de bala. Metiendo el dedo en uno de ellos le pregunta si a ella le parece que eso luce como un simple cuento o como algo real. María Elisa no puede evitar llorar. Se lanza al piso boca abajo, para ocultarse en la niebla, y en el fondo escucha a su padre y a su madre discutir. El sonido le llega como un hilo desgastado y tiene que poner todo su empeño en descifrar los susurros.

María Clara le reclama a su padre no tener fe suficiente para la encomienda que le fue puesta. El hombre se queja diciendo que a él le ha tocado la parte más difícil. Seguir viviendo en esa familia, a sabiendas de que le esperaba una muerte dolorosa, era una muestra de su absoluta entrega, pero creía que ya tenían demasiado con dos hijos varones muertos como para intentar concebir otro.

María Clara le recuerda que no pueden parar hasta no tener una mujer. El mensaje es claro. Cada mujer legará la mesa a su primera hija, hasta que alguna de ellas dé a luz al varón donde el alma de Cristo volverá a nacer para la salvación de la humanidad. Mientras no nazca un varón lo suficientemente puro, todos los hombres que rodeen a esa mesa deben morir, dolorosamente, como Cristo. Si no intentan tener un nuevo hijo, si no se aseguran de tener una niña, la cadena se romperá y el mundo estaría condenado.

El padre le grita, desesperado, que no pretende arriesgarse a que ella vuelva a quedar embarazada de un varón y ver cómo muere a los pocos años. Le muestra sus heridas de bala y le pregunta si eso es lo que quiere para sus hijos. María Clara vuelve a recriminarle su falta de fe, y María Elisa no lo soporta más. Se levanta del suelo exigiéndole a ambos que se callen, para encontrarse en el medio de su propia casa, sin ninguno de sus padres presentes. Al fondo, en dirección a la cocina, ve al feto de su futuro hijo, clavado en una cruz, con la cabeza coronada de espinas. María Elisa se despierta atragantada con su propia saliva. Tarda más de un minuto en darse cuenta de que se ha quedado dormida sobre la mesa.

Va a la cocina con el corazón acelerado para buscar algo con qué secar la saliva que ha dejado caer sobre la tabla de la mesa. Piensa en lo que le haría su madre si sabe que la ha ensuciado y empieza a temblar. Su cuerpo sigue hundido a medias en el sopor y de pronto recuerda lo que ha soñado.

Se toca el vientre y encuentra a su bebé todavía allí, descansando tranquilamente. De pronto se siente estúpida. Nada la obliga a limpiar aquella mesa. Ya no es una niña y no tiene por qué seguir las órdenes de su mamá, ni mucho menos creer sus historias. Cuando salió de esa casa, casi diez años atrás, lo hizo con la convicción de borrar todas sus antiguas creencias.

Roberto, su esposo, había aparecido allí una tarde. María Elisa estaba cerca de sus treinta años y ya había perdido toda esperanza de formar una pareja, y se resignaba a morir sin salir de aquel lugar. Roberto era ingeniero, pero los fines de semana caminaba junto a sus hermanos mormones, tocando puerta por puerta, en búsqueda de algún alma con ánimos de escuchar su mensaje. María Elisa estaba tan urgida de creer en cualquier cosa diferente que no opuso la menor resistencia. Tras dos años de una relación, tensa por el control que María Clara todavía ejercía sobre su hija, María Elisa y Roberto se casan y se van a vivir juntos a un estado diferente. Dos años después conciben a Emily, y a poco más de seis años de su nacimiento, conciben al bebé que ahora María Elisa lleva en su vientre. Cuatro meses más tarde Roberto muere calcinado por una fuga de vapor de una caldera que reparaba. María Elisa decide, en ese momento, que no creerá en nada más jamás.

Ahora, de pie frente a los estantes de la cocina, con la mano sobre el vientre, siente un soplo de esperanza y recuerda su convicción. No le importa si su saliva destruye aquella mesa. Tampoco le importa si la hace sobrevivir cuatro siglos más. No necesita destruir algo en lo que no cree. Tampoco necesita protegerlo. Se siente estúpida por la ansiedad que ha mostrado todos esos días. Se siente estúpida por haber orado esa noche después de tanto tiempo sin hacerlo. Se siente estúpida por las pesadillas que le propina su cerebro. Pero sabe que no es más que el efecto de una mala administración emocional, y no va a permitir que eso la continúe dominando.

Sube a su habitación y encuentra a Emily dormida en su cama. Se agacha para cambiarla a la de ella, pero se detiene y prefiere acostarse a su lado. No tarda en quedarse dormida y el resto de la noche la termina sin soñar en nada. Se levanta convencida de que todo estará mejor.

IV

María Elisa había olvidado por completo que tres días atrás tenía una cita programada con su obstetra para el seguimiento de su embarazo. Es la primera mañana que se despierta con un humor sanguíneo y ello le permite olvidarse por un momento del moho, la madera del piso y el grado de deterioro de su madre. En ese estado flotante de tranquilidad recuerda la cita y la llama para disculparse y reprogramar otra. La doctora le dice que ese mismo día puede atenderla si llega a mediados de tarde.

Llegar a su clínica, a la ciudad donde María Elisa ha vivido los últimos años, toma unas tres horas, de modo que acepta. No bien ha colgado la llamada con la doctora, se comunica con una línea de taxis para que vengan por ella al mediodía.

Emily está jugando con una muñeca algo llena de humedad cuando llega su madre para informarle del viaje que tendrán ese día. La niña se niega. No quiere ir y María Elisa no puede entender por qué, pues desde que llegaron a ese sitio Emily no ha hecho más que preguntarle cuándo regresan a casa. María Elisa le recalca que no es algo opcional y Emily vuelve a negarse, ahora con más intensidad, y sube corriendo a su cuarto. María Elisa va detrás de ella y se encuentra con su madre en el pasillo que da a las habitaciones.

María Clara le dice que puede cuidar de su nieta mientras ella va a la clínica. María Elisa se ríe y le recuerda que desde su llegada ni siquiera ha mirado a Emily. Le asegura que no la dejará a su cargo y abre la puerta del cuarto donde ha entrado la niña, pero ahora se ha desconcentrado. Tiene la mente dividida entre la confusión de por qué su hija se niega a viajar con ella y la indignación de que su madre le ofrezca ayuda después de dos semanas sin intercambiar más que las palabras necesarias. Emily ha escuchado la conversación y le pide a su madre quedarse con su abuela.

El resto de confusión de María Elisa se torna también en indignación y siente que su hija la traiciona al pedirle algo como eso. Sin reflexionarlo un solo segundo, toma su cartera, sale del cuarto, baja las escaleras, sale de la casa y camina dos cuadras hasta encontrarse con un taxi, al que le da la dirección de la clínica. Toma camino, más de dos horas antes de lo planificado, a la ciudad de donde no debió salir.

El viaje se hace rápido y María Elisa llega a la hora del almuerzo. Come algo en el cafetín, pero ahora que está en ese lugar no puede dejar de pensar en su casa, que ha estado vacía las últimas semanas. Sabe que todavía cuenta con cuatro horas antes de que sea el momento de su consulta, así que decide ir a casa. Si pasa antes por un supermercado, allí podría cocinar algo más nutritivo que lo que ha encontrado en el cafetín. También podría descansar un poco y regresar a tiempo a la clínica.

Una vez llega a casa, siente el frío acumulado, y aunque no hay rastros de niebla en ninguna parte, se acuesta en el piso para relajarse e inmediatamente se queda dormida. Cuando despierta, llueve a cántaros y todo está oscuro. Mira su reloj y nota que han pasado dos horas desde la medianoche. El primer pensamiento que le cruza por la mente es Emily y teme por lo que le puede haber pasado estando al cuidado de su madre. Se le hace un nudo en el estómago y toma el teléfono para llamar un taxi, que diez minutos más tarde está parado frente a la puerta de su casa. Llega a donde su mamá cuando ya el día está empezando a aclarar.

Tiene la boca seca, el hambre la retuerce y todas esas sensaciones vienen a unirse a un terror de encontrar a su hija muerta por inanición o desangrada por alguna estaca de madera del piso clavada en su abdomen. Cruza el pasillo del recibidor, entra en la cocina por la primera puerta y sale por la segunda para quedar de frente al comedor. Allí encuentra a su hija, dormida sobre la mesa, y a su madre dormida sobre una silla junto a ella. María Elisa empieza a respirar muy agitada y siente un grito atorado en el cuello, que no logra sacar.

Se acerca a María Clara y la bate fuertemente por los hombros sin decir palabra alguna. Su madre se despierta sobresaltada y María Elisa le señala a su hija dormida sobre la mesa, mientras le hace ademanes recriminatorios. No quiere despertar a su hija, pero sabe que si intenta confrontar a su madre terminará gritando en algún momento. En silencio, le da la espalda a su mamá y empieza a cargar a Emily para llevarla a su cama. Cuando por fin logra levantarla por completo, Emily abre los ojos. Se aprieta con fuerza a los hombros de su mamá, dispuesta a dormirse de nuevo, cuando termina de notar que es su madre quien la lleva en brazos, y va volviendo poco a poco a la consciencia. Al despertarse, mira a los lados y sus ojos se tropiezan con los de su abuela y luego con la mesa. Apenas la mira, Emily empieza a llorar desconsoladamente y su pecho se contrae y dilata rápidamente, mientras respira sin control y señala asustada la mesa, como si la viera incendiarse.

María Elisa trata de consolarla al tiempo que la interroga, pero Emily no puede pronunciar nada inteligible ahora que el llanto ha arreciado. María Clara mira a su hija y a su nieta con el ceño fruncido y le confiesa a María Elisa, en pocas palabras, que el llanto de Emily se debe a que, en su ausencia, ella le contó toda la verdad sobre la mesa. Le había dicho que su padre, su abuelos, sus tíos habían muerto por el designio de la mesa, de la misma forma que el hermano que su madre llevaba en el vientre lo haría. No escatimó en detalles y cuando el temor de Emily se manifestó en forma de llanto, María Clara no encontró otra manera de calmarla que enseñándole a orar sobre la mesa. Después de más de una hora de llanto Emily se había quedado dormida acostada sobre ella hasta el momento en que su madre la levantó de allí.

María Clara se afirma a sí misma que ha hecho lo correcto y que lo volvería a hacer de ser necesario. María Elisa siente ganas de obligarla a masticar la mesa, pero en ese momento el llanto de su hija ocupa la mayor parte de su atención. Se lleva a Emily al piso superior y allí trata de calmarla sin demasiado éxito. Lo último que se le ocurre es decirle que aquella mesa no las lastimará, porque ese mismo día la volverían trizas.

María Elisa deja a Emily cambiándose de ropa en su cuarto y baja para encontrarse a su madre orando sobre la mesa. Con la voz baja, pero con ademanes de grito, la insulta y le jura que en ese mismo momento saldrá con Emily a una ferretería para comprar un hacha o cualquier cosa con la que puedan volver pedazos aquella mesa y así acabar con su maldición de una vez por todas. María Clara le ruega que se detenga, que piense bien las cosas, pero María Elisa está decidida. Una vez su hija se ha vestido, sale con ella a la calle. La certeza de que destruirán la mesa juntas la tiene en tensa calma, pero Emily no deja de preguntarle, cada cinco minutos, alguna nueva cosa sobre el maleficio de aquella mesa. María Elisa le jura que una vez la destruyan, su hermano vivirá para siempre y ella no deberá temer nada.

Dos horas más tarde regresan a la casa con un serrucho, una segueta, un hacha, keroseno, encendedores, dispuestas a tomar el asunto en sus manos. Al cruzar la segunda puerta de la cocina encuentran a María Clara muerta sobre la mesa.

V

Es la noche después del funeral y la última que pasarán María Elisa y Emily en ese lugar. Ya tienen sus cajas y maletas recogidas para regresar a su hogar y a la mañana siguiente solo les queda esperar al camión de la mudanza. María Elisa deberá volver un par de veces más a aquel lugar para gestionar todos los trámites sucesorales y vender la casa de su mamá. Una vez cumpla con todos los procedimientos, podrá olvidarse para siempre de ese sitio. Espera tener la voluntad para deshacerse de la mesa antes de que llegue ese último día. Pero no se engaña. Probablemente termine contratando a alguien para destruirla, o la regale a cualquier incauto.

Han sido agotadores los últimos días y Emily los ha sobrellevado con una inusitada madurez. María Elisa la lleva a su habitación y la deja sobre su cama. Cuando ve que se ha dormido, baja al comedor.

Se sienta en una de las sillas y trata de rehacer los eventos de los últimos días. No deja de pensar que su madre ha muerto a voluntad para llenarla de culpa y hacerle más dura su tarea de acabar con el legado de sus delirios. Pero sabe que no es posible detener el cuerpo a voluntad y entonces siente que no aprovechó esos últimos días para propiciar una reconciliación. Ahora ella es mucho más madura emocional e intelectualmente de lo que era antes de irse a vivir con Roberto. Pudo haber usado esos años de aprendizaje para convencer a su madre de abandonar sus ideas, por lo menos antes de morir. Pero no lo intentó siquiera.

Todos los caminos la llevan a la culpabilidad. Se le aguan los ojos, pero María Elisa los enjuga antes de que puedan derramarse. No quiere llorar más pensando en su madre y no quiere continuar con los mismos círculos viciosos ahora que ha muerto.

Entra al lavandero y saca de allí el hacha que compró días atrás. Se dirige con convicción a la mesa, dispuesta a sacarla para siempre de su vida. Ya frente a ella levanta el hacha lo más que puede y la deja caer sobre la tabla en un solo y certero golpe, que suena como un disparo ahogado por la distancia. Le sobreviene una fuerte taquicardia al ver el hacha clavada sobre la mesa y se siente en medio de un sueño. Cientos de recuerdos pasan frente a sus ojos y no puede contenerlos ni entenderlos. Cae arrodillada al piso, llorando y, desde allí, trata de sacar el hacha de la madera.

Se levanta y pasa la mano sobre la herida en la mesa, como si la acariciara. Se acuesta de medio lado sobre la mesa, y con los ojos nublados por las lágrimas empieza a golpearse el vientre con todas sus fuerzas, una y otra vez, una y otra vez. A medio camino de las escaleras, Emily, enfundada en sus piyamas, la mira sin poderse mover.

Victor Mosqueda

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Comments
7 Responses to “La mesa”
  1. Aprovecho para hacer público lo que ya había dicho en privado. Muchas gracias, Marta, por tan genial ilustración, y por cumplir una de mis secretas fantasías y era ser ilustrado por ti. Yo que tengo tan poca experiencia en esto de que me ilustren, no dejo de sorprenderme de la forma tan genial que tienen los buenos ilustradores (como tú) de llevar la visión de un cuento a un plano tan profundo. Donde yo solo puedo ver a una anciana acostada en una mesa (por mi mente tan concreta y simplista), tú eres capaz de ver a una anciana flotando en un sopor verde encima de una mesa, y con una veintena de rostros encima, todo con un equilibrio en los colores y las líneas de ensueño. Simplemente magnífico. Muchas gracias de nuevo.

  2. Clima oscuro, neblinoso, Víctor, lleno de un temor y una tensión que hacen esperar el final. Con la misma amargura que se va desarrollando todo el relato el final lo colma con su dramatismo. Da miedo del destino que se impone a nosotros. Qué bien está reproducida la ilustración de Marta que hace respirar con los ojos el clima del relato, Víctor!

    • Hola Yolanda. Gracias por resaltar lo del clima, pues creo que es uno de los detalles en los que me esforcé más. En una versión anterior a esta había sumado unas 6000 palabras, que luego tuve que reducir para ajustarme a los recaudos, y parte de lo que eliminé tenía que ver con el clima, y temía que esta versión reducida no transmitiera esa oscuridad y aquello neblinoso de lo que hablas. Me alegra que no haya sido así. Saludos.

  3. olgabesoli dice:

    Inquietante relato, Victor, con mezcla de religión y magia, como los que me gustan a mí. Encuentro destacables las descripciones de los lugares y objetos, que de detallados casi pueden verse y olerse. Además, la ilustración de Marta es una pasada, con la representación de todas esas mujeres ligadas a la mesa. ¡Buen trabajo!

    • Hola Olga. Gracias por pasar por aquí y comentar. Este es mi primer relato en el que mezclo magia y religión. Son temas que no suelo tocar, porque me cuesta tratarlos de una forma adecuada. Pero esta era una idea que tenía entre ceja y ceja desde hace mucho rato, y no me hubiera perdonado el desaprovechar la oportunidad de esta convocatoria para llevarla a cabo. Me agrada saber, además, que lo encuentras inquietante y que destacas las descripciones. Saludos.

  4. marta dice:

    Bueno, muchas gracias a todos por vuestros comentarios! El relato de Víctor daba mucho pie para esa atmósfera… Enhorabuena también para el escritor!

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  1. […] publicado una versión más corta y menos pulida en el blog del proyecto de escritura colectiva Surcando Ediciona, en el que he participado un par de veces. Si tienen curiosidad por leer el relato, pueden hacerlo […]



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