La muerte sí avisó

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Género: Relato de misterio

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La muerte si avisó.

El tiempo “de la melonera” siempre fue soleado, cálido y bonancible en casi todas las zonas de España. Tras el final de un verano un poco revuelto, para preparar la llegada del otoño, “la melonera” solía ser un remanso de días soleados en el mes de octubre que estimulaban la alegría de salir y disfrutar de buenas temperaturas.

 Ese verano hubo una climatología estupenda, en un lugar donde el calor no solía apretar ni en pleno agosto, y las salidas habían sido muy bien aprovechadas por Santiago y Lorena, que veían su vida bastante limitada por las circunstancias de la enfermedad de Santi y apenas podían ya salir de vacaciones como antes.

Lo más sensato, a juicio de los médicos, era no alterar las costumbres de Santi con el cansancio de los viajes y mantenerse en el lugar más confortable y seguro de su casa, donde tenía todo lo que necesitaba, además disfrutaba de una situación óptima cerca de la asistencia médica que pudiera necesitar. Su casa era fresquita en verano y cálida en invierno, rodeada de zonas ajardinadas, sin ruido y con mucho arbolado que refrescaba su vista, al no poder ir mucho más lejos como en otras épocas.

 Santi se sentía mucho mejor ese verano. Iban a la piscina para que Lorena se bañase e hiciese sus ejercicios de natación y aquaeróbic; tomaban allí su aperitivo, bajo los árboles y, a veces, comían también allí, con algunos amigos o simplemente solos, entre charlas y comentarios de las cosas agradables de su vida.

 Habían podido aceptar nuevamente la invitación a las “cenas de grupo” que se rotaban en las casas de los amigos que componían el grupo, para participar y pasar buenos ratos cada cierto tiempo en cenas informales que siempre resultaban alegres y gratas.

Tuvieron que limitar su asistencia cuando Santi pasó por largos periodos muy enfermo, con hospitalizaciones graves y continuas, pero ese verano incluso se había animado a volver a asistir a las cenas de amigos, con el compromiso de celebrar la que les correspondía en su casa.

 Lorena estaba contenta y celebraron la cena en su casa en julio, con una renovada alegría al ver que Santi estaba tan animado. Todo fue perfecto: un bufete en el salón de su casa con bandejas de canapés de todas clases, que Lorena preparó con tiempo. Todo sencillo pero abundante y bien presentado en una mesa alargada desplegada en el salón, ante el gran ventanal desde donde se podía ver la pinada que daba paz y verdor frente a su casa.

Santi adoraba aquel montecillo de abetos y pinos que para él simbolizaban siempre la cercanía de la paz en su casa y que añoraba tanto cuando tenía que estar lejos en alguna hospitalización.

Ilustración de Rafa Mir

Aquel mes de octubre tan soleado, al que Lorena tantas veces nombraba como “el tiempo de la melonera”, que siempre es luminoso y caluroso, todo respiraba tonos de sol.

Esa noche Lorena se acostó tranquila y con todo bien organizado, como siempre, para que su marido tuviese a su alrededor lo necesario en perfectas condiciones para descansar.

Al acostarse, como siempre hacía, alargó su mano para tocar a Santi que ya dormía tranquilo. Era algo instintivo, pues tantos sustos anteriores le hacían comprobar que todo estaba bien antes de dormirse.

El sueño llegó suavemente y fue soltando despacio la mano de Santi para colocar su almohada y quedar dormida. La casa entera respiraba en silencio y parecía que nada podría interrumpir aquella paz.

Unos gritos desgarradores rompieron la oscuridad de la noche, espantados, aterrorizados. 

Lorena se despertó empapada en sudor y pálida del terror.

Santi la retuvo para que no se cayese de la cama, sobresaltado. Ella temblaba como una hoja y no podía apenas ni respirar ni hablar.

“¡Por dios cariño!— preguntaba Santi— ¿Qué te pasa? Tranquila, tranquila, estás conmigo. Despierta. Dime qué te pasa. Tienes una pesadilla; por favor tranquilízate que te va a dar un infarto.”

Lorena no dejaba de temblar y se abrazó a Santi buscando su protección, pero sin dejar de mirar hacia la puerta del dormitorio con terror.

“Había alguien en la puerta, había alguien espantoso en la puerta. Era una figura negra que venía a algo malo. Era alguien que nos quería hacer daño — repetía Lorena una y otra vez sin dejar de temblar.

“Mira, no hay nadie. He encendido la luz y ya ves que era una pesadilla. No hay NADIE —Santi abrazaba con dulzura a Lorena y le intentaba hacer comprender que todo había sido producto de un mal sueño. Todo estaba bien y nadie había intentado entrar en la habitación.

Seguramente Lorena esa noche se habría acostado un poco nerviosa y había tenido una pesadilla que le había asustado, pero nada tenía que temer de ella.

Lorena se iba calmando poco a poco y miraba hacia la puerta de la habitación como si no reconociese la misma que había visto en su sueño.

“Ya veo, ya. No hay nadie, lo sé, pero yo he visto perfectamente a alguien allí. Estaba oscuro, pero yo veía la puerta abierta. Era real. Alguien entraba. Era espantoso, todo de negro, y yo sabía que venía a hacernos algún mal. LO SÉ.”

Poco a poco Lorena volvió a tumbarse, sin soltar para nada la mano de Santi, y se acurrucó fuertemente apoyada en su pecho.

Su respiración se hizo más acompasada poco a poco y dejó de temblar.

Santi mantuvo su mano cogida toda la noche y la cuidó para que se tranquilizase hasta que se quedó de nuevo dormida, aunque no relajada y serena como siempre, sino con pequeños estrechones que indicaban que seguía con la impresión de algo tan terrible como había visto en su pesadilla.

Por la mañana todo pareció volver a la normalidad y Lorena se levantó la primera, como siempre, para preparar lo necesario y ayudar a Santi para que se levantara y fuese al baño a asearse.

El día era tan soleado que Santi le gastó una broma:

“Mira cariño, otro día “de la melonera” como tu dices”, y todo está perfectamente.

Quiero verte alegre y contenta como siempre ¿vale? Todo está bien y yo estoy a tu lado para cuidarte. No pasa nada.”

Pasados un par de días desde aquel maldito sueño, Lorena casi lo había logrado olvidar. Santi le contaba constantemente cosas bonitas de sus viajes, de las veces que habían ido a sitios que les gustaron, de lo maravillosa que había sido su vida juntos.

Lorena se sentía cada vez mejor de ánimo y se entretenía colocando en el salón unos silloncitos nuevos que había comprado para tener más sitios cuando celebrasen la siguiente cena del grupo de amigos. Estaba ilusionada porque le encantaba su casa, mejorar cosas, adornarla, y esos nuevos silloncitos que había comprado en un anticuario le parecían perfectos. Así estarían más cómodos todos sus amigos en la siguiente cena, porque en la anterior habían faltado sillas y tuvo que añadir unas que estaban ya retiradas.

Lorena se sentía feliz con la idea de poder salir a más sitios, aunque solo fuesen cercanos y con todas las precauciones necesarias con Santi.

“Cariño ¿recuerdas qué día es mañana? —Santi le preguntaba con una enorme sonrisa.

“¡Claro que me acuerdo! Mañana es nuestro aniversario. Un día precioso, seguro, con sol y buen tiempo para celebrarlo”

“Así es Lorena. ¿Qué te parece si invitamos a los amigos a un aperitivo por el centro, y después nos vamos tú y yo a comer a un sitio romántico?”

Lorena se quedó sorprendida por tanta vitalidad y por la ilusión que transmitían las palabras de su marido. Se sintió totalmente feliz. Sería un aniversario inolvidable, aunque no pudiesen ir de viaje como en los buenos momentos, pero una comida los dos juntos en un sitio bonito tenía, en ese momento, un significado muy importante.

El día del aniversario de Santi y Lorena amaneció con un cielo azul como el cristal. Hacía un poco de vientecillo, pero todo estaba precioso.

En el desayuno Santi fue a por algo.

Lorena sabía que su marido había estado “conspirando” por teléfono, y se esperaba cualquier sorpresa. Él era así. Siempre tenía unos detalles preciosos con ella incluso aunque ahora ya no pudiera salir el día anterior a recorrer tiendas para traerle algo bonito.

Llamaron a la puerta y Lorena salió a abrir. Sus ojos se llenaron de luz al recibir un enorme y precioso centro de flores con una tarjeta. Era de Santi y, como siempre, su dedicatoria era tierna y cariñosa.

Cuando llegó al comedor donde él esperaba con una enorme sonrisa, casi se le saltaron las lágrimas. ¡Qué lejana quedaba ya la pesadilla de la otra noche! Todo iba perfectamente y ese aniversario iba a ser uno de los mejores de los últimos años, en los que siempre surgía algún problema médico y apenas podían celebrar nada.

Santi cogió las manos de Lorena y le miró a los ojos con una expresión de ternura enorme.

“Sabes que eres la mujer más bonita del mundo para mí, que siempre he vivido para ti y que por mucho que lo intente no podré darte suficientemente las gracias por lo maravillosa que has sido y que eres conmigo” —Santi besaba una y otra vez las manos de Lorena, que estaba tan sorprendida por aquel arranque que casi se sentía avergonzada por aquella lluvia de besos en sus manos.

“¡Quita loco! ¡no me beses las manos como si yo fuese un obispo! —Lorena incluso se ruborizaba al decir esto.

“¡Bueno, faltaría que después de tantos años de casados te vaya a dar vergüenza que te bese las manos! —replicó él, muerto de risa —Si quieres te puedo besar otros muchos sitios ¡ehhh!, jajaja.”

Lorena terminó de arreglarse y salieron a tomar el aperitivo con sus amigos, que les felicitaron por su aniversario.

A la hora de comer ya tenían reservada mesa en un pequeño restaurante que les gustaba, de modo que se prepararon para ir a coger el coche que estaba aparcado al otro lado del paseo donde ellos se encontraban.

El día tan soleado había invitado a salir sin de ropa de abrigo, pues hacía muy buena temperatura, pero al salir para cruzar el paseo, un viento más bien frío sorprendió al matrimonio. No esperaban ese cambio de tiempo, con un cielo tan azul, pero el viento se había levantado de repente y daba escalofríos.

No estaban lejos del coche, pero Lorena sintió no haber traído algún pañuelo de cuello para Santi, dado su estado de salud tan delicado.

Llegaron al coche y fueron a comer al restaurante donde habían reservado mesa.

Algo preocupaba a Lorena que no dejaba de mirar con disimulo a Santi por si hubiese cogido frío.

Él disfrutó de la comida y estuvo recordando un montón de viajes en los que comieron en sitios preciosos. Se notaba que era un buen gourmet pues relataba detalles que Lorena no hubiese recordado en absoluto.

Volvieron a casa pronto para que Santi descansara y tomaron un té a media tarde que entonó bastante a ambos.

A la hora de acostarse ya todo parecía en orden y Lorena se quedó un buen rato poniendo al día los correos que no había podido atender.

El sueño la vencía, junto al cansancio por un día lleno de actividad y novedades.

Necesitaba dormir y descansar con todo relax para reponer la actividad y las emociones de ese día tan bonito de su aniversario.

Se quedó profundamente dormida sin darse cuenta. Profundamente dormida….

Entre sueños empezó a escuchar una tos. Se repetía a ratitos y se fue despertando. Santi tosía con fuerza y no dejaba de toser. Lorena se levantó rápidamente y le trajo una pastilla suavizante para la garganta. Eso le calmaría la tos.

Respiraba con cierta dificultad y eso alarmó a Lorena. Le puso la mascarilla de oxígeno que siempre tenía cerca pero no mejoraba. En menos de quince minutos Lorena le tomó todas las constantes y, aunque no tenía fiebre alta, aparecían unas décimas, aparte de un nivel bajo de oxígeno. No esperó más y llamó al servicio de emergencias que ya conocía tan bien de otras muchas veces.

Santi le pedía que subiera el oxígeno, que no podía respirar bien. Lo hizo, poco a poco, con precaución, después de tomar los niveles con el aparato que tenían.

Llegó la ambulancia con un médico y una enfermera. Tomaron todas las constantes a Santi y decidieron el traslado urgente al hospital.

Lorena ya sabía que ella no podría ir en esa ambulancia de emergencias y le dijo al conductor que subiría a casa, después de instalar a Santi en la ambulancia, a cerrar la puerta, apagar las luces, coger las llaves y que llamaría un taxi para ir al hospital. Eran las 4 de la mañana. Siempre las emergencias parecían elegir esas horas y ella lo sabía.

Santi había estado hospitalizado muchas veces y muchas veces había llegado en muy malas condiciones a Urgencias, pero ella sabía que, dijeran lo que dijeran los médicos, él era una roca y lo superaría todo. Llevaban así ya mucho tiempo y siempre había logrado salir adelante y “burlar a lo inexorable”.

Esta vez sería una más, pensó Lorena.

El médico le dijo que cogiera las llaves de casa y una chaqueta pero que viajase en la ambulancia con ellos.

Eso no era lo habitual y ella se quedó algo sorprendida.

Cogió rápidamente una chaqueta, las llaves y subió al lado del conductor.

En Urgencias estaban esperando ya varios médicos a los que el de emergencias había informado del traslado.

En el box principal ya estaba preparada una cama, en lugar de una camilla, rodeada de aparatos. Conectaron de inmediato el oxígeno con la mascarilla y subieron la cabecera para dejar al enfermo casi sentado y que respirase.

Lorena se quedó fuera, sola, esperando.

Pensó que, como siempre, en poco rato recuperaría la respiración y que, si había que ingresarle como otras veces, sería cuestión de unos días con antibióticos.

Los médicos entraban y salían sin apenas hacerle caso, y sin comentarios.

Ella estaba acostumbrada a verles tantas veces con caras largas y pesimistas pero Santi siempre superaba las crisis más graves y salía adelante.

Pasado un tiempo, uno de los médicos salió y se acercó para informarle de que Santi tenía una neumonía bilateral y que eso era muy grave.

Lorena dio un paso atrás y se quedó paralizada. No podía ser tanto. Seguro que Santi superaría esta neumonía como ya había superado en otros momentos neumonías víricas de hospital y había salido de ellas. Los médicos siempre exageran. Santi es una roca. Esto se repetía Lorena una y otra vez, mientras trasladaban a Santi a ingresar y le comunicaban que tendrían que hacer algunas cosas de inmediato para intentar salvarle.

Lorena le acompañó, sin quitar su mano del brazo de su marido, cuando se lo llevaron a una sala de diálisis para intentar salvarle. Sus ojos se cruzaron unos segundos con angustia.

“Santi, estaré aquí, como siempre. No te preocupes, estaré cerca, tranquilo. Estaré cerca. Te quiero.”

A las dos horas una doctora comunicó a Lorena que ya no había nada que hacer, que habían luchado todo lo posible y que a Santi no le quedaban más que un par de horas de vida.

Lorena no lo podía creer. Era imposible. Todo estaba bien hacía unas horas… ¿Y ahora qué? No podía ser. Él siempre vencía a la muerte. Siempre vencía a la muerte….

Ante sus ojos, Santi, ya dormido, se fue yendo, poco a poco, en un par de horas, sin un gesto de dolor… solo dejando poco a poco de respirar.

Lorena mantuvo todo el tiempo la mano sobre su brazo, suavemente para no sobresaltarle, pero, sabiendo que se moría, que se moría sin remedio…

Ella luchaba contra la razón… luchaba contra no sabía qué… ¿contra la muerte?

Recordó la pesadilla de solo dos días antes… Ahora estaba segura de que realmente había visto a La Muerte. Estaba segura. Sin embargo La Muerte sí que había avisado y les había permitido tener esos días felices para despedirse. Seguramente se lo merecían, por eso la muerte les había avisado.

(Basado en hechos reales)

 Original de Conchita Ferrando de la Lama

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Comments
15 Responses to “La muerte sí avisó”
  1. Interesante y bonito cuento, Conchita. Se respira mucha tensión durante toda la historia, no solo porque esta convocatoria sea sobre la muerte y ya vayamos en alerta. Creo que incluso si no supiera de qué tema trata, el clima de la historia apunta desde su inicio a un final trágico y el lector lo puede sentir en casi cada palabra. En definitiva, un cuento con un clima pulcramente llevado, y una ilustración tan sobria y elegante como las palabras usadas para narrarlo. Felicidades a ambos.

    • VICTOR, me llegan ahora tus valiosas palabras de comentario y aunque con retraso quiero darte las gracias por comprender tan bien el climax de mi relato: Final trágico= la muerte.
      Gracias. Un saludo muy cordial y un abrazo.

  2. Yolanda Aller dice:

    Fue todo un regalo de despedida que permitió la paz antes de irse. ES cierto que el final se va desarrollando de una forma muy continuada y tranquila desde el principio como si formase parte de algo cotidiano que tuviera que pasar como un café que te tomas al lado de un ventanal.

    • Bienvenida Yolanda. Quise precisamente narrarlo sin alteraciones del ánimo, porque la muerte al fin y al cabo es algo natural. Pero te aseguro que verla con ese realismo en un sueño…. me tuvo aterrorizada mucho tiempo hasta que logré coger la pluma y escribir relajada. Un abrazo.

  3. Mariola dice:

    Conchita, ojalá todos pudiésemos irnos con la paz, el cariño y el amor de los personajes de tu historia. Te felicito de verdad. Y qué especial, sencilla y a la vez expresiva ilustración de Rafa, que siempre me tiene a sus pies.
    Enhorabuena!

    • Mariola, primero disculparme con todos los que tan amablemente habeis comentado mi relato. Es que no me llegan a mi correo de hotmail.
      Hoy, de vuelta de un viaje, he entrado y os he encontrado.
      Mil gracias amiga. Yo sé que tú sabes…. y que lo has leído con el corazón y la mente clara que siempre tienes.
      La ilustración de Rafa lleva parte de su corazón también y es un trocito suyo. Mil gracias a él también con mucho retraso.

  4. Como no podría ser de otra manera, me agradó este relato. Tiene el sabor intenso que da la realidad cuando la describes. Y que agradezco poder leer. Un abrazo.

    • Eduardo, querido “caballero Leira”. Sé que tus muchos quehaceres y la enorme distancia tras el océano significan un esfuerzo pero siempre agradezco tu presencia y y los estandartes de defensa frente a mi Torre.
      Un abrazo

  5. Yo diría que es una historia de amor… y a medida que leía me di cuenta de quién se trataba. Tu aclaración final me lo corroboró. Es un buen relato de trozos de vida con sus luchas y sentimientos, qué duda cabe!. Y pareciera que el triunfo es de la muerte, pero yo diría que es del Amor. Mis felicitaciones, Conchita.

    • Cierto Miryam, es una historia de amor trenzada con el dolor de la muerte, pero incluso la muerte, a la vez que aterroriza con su presencia casi corporea en unsueño, avisa y deja unas horas para olvidar ese sueño y despedirse con la paz y la ternura que la vida regala cuando es hermosa.
      Un beso

  6. Mi más sincera gratitud para Rafa Mir por su ilustración, que lo mismo que a él le costó lágrimas, a mi también me las ha traido de ternura y agradecimiento.
    Disculpas por mi ausencia de estos “lares” debida a la angustia “devenida”, a un viaje sin ordenador para ver nada y a una lesión de mi hombro y de mi brazo que me ha tenido “fuera de juego muchos dias”.
    No me llegan los comentarios a mi buzón de hotmail y no sabía que tenía vuestros comentarios. Hoy os encontré y os los agradezco infinito.
    Rafa, lloramos juntos y tu dibujo ha sido genial.

  7. olgabesoli dice:

    ¡Ojalá la muerte diera esa oportunidad de despedirse a todos aquellos que se lo merecen! Enternecedor relato, Conchita, que cala hondo. Cuando he leído lo de (basado en hechos reales) no he podido evitar estremecerme. La Ilustración de Rafa es preciosa e inmensamente triste. Hay como una sensación vacío en ella, de algo que falta. ¡Precioso trabajo de los dos!

    • Hola Olga. Precisamente en estos dias en que todo nos hace más sensibles en los sentimientos agraeezco tu comentario y realmente cuando el corazón redacta, lo que escribes llega lejos. Por eso, a pesar de las lágrimas, escribí ese doble momento, de espanto y de última oportunidad regalada. Que tengas la felicidad siempre cerca. Un abrazo.

  8. Paloma Muñoz dice:

    La historia es muy emotiva. Como un matrimonio está unido hasta el momento final (en el caso de uno de los protagonistas). La ilustración de Rafa es sencillamente tan expresiva y delicada que deja ese halo de nostalgia, tristeza e incluso desolación.
    Un diez para los dos.

    • Gracias Paloma. Sé que compartes muchos de mis relatos y mi regalo es que este, con lo difícil que se me planteaba, ha logrado llegar con claridad a vuestros rinconcitos más emotivos.
      Un abrazo y que la vida te lleve a la felicidad.

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