Las madres de Sara

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Género: Relato Onírico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Yolanda Aller. La ilustración con propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las madres de Sara.

Celia apoyó la mano encima de la sábana. Un fuerte dolor se instaló en su pecho. El de siempre. Se entregó a él como una rendición. Amanecía. En su inconsciencia prefería recibir más el calor que la luz.

 Oyó los pasos acercarse. La puerta se abrió con decisión y los pasos llegaron a su lado. Abrió los ojos y sonrió. La escena se repetía diariamente. La joven, con determinación, sustituyó la botella de calmante y le dio un sorbo de agua. Después sólo había que esperar para seguir entendiendo. Quedaban escasas horas para que todo continuara.

 Atrajo hacia sí, como una orden a su cerebro, el sueño que le entregó el testigo, cuando hacía más de veinte y cinco años, concebida y no nacida, Sara, en su vientre, empezaba a ser.

 Las imágenes se sucedieron. Había una gran montaña. Un grupo formado por mujeres se agrupaba en una de sus laderas. Podía ser algún tipo de evento. Había una gran expectación. Noche clara. Y una luna en cuarto creciente. Las mujeres celebraban algo en lo que Celia se iniciaba como muchas más jóvenes.

 En la parte baja de la montaña, entre unos arbustos, Celia se veía a sí misma, joven y fértil, agachada tomando el tesoro, algo así como una joya, tal vez un símbolo religioso que la gran maga le entregaba. Era de plata antigua y colgaba de una cinta de cuero vieja con un pequeño agujero a modo de anillo. La reliquia tenía forma de mujer con unos grandes pechos y una gran vulva. Unas amplias caderas ladeaban un acogedor abdomen. La maga venía de un cuento de hadas: era fea, desdentada y con el pelo desordenado. Pero era maga, y vieja y sabía lo que hacía. Celia estaba convencida de que la reliquia contenía un gran tesoro, algo esencial totalmente invisible que tenía que descubrir.

Ilustración de Paloma Muñoz

Con la entrega del tesoro estalló un grito, un grito largo que se quedó vibrando, que cortó ese instante y separó el futuro del pasado. Celia subió montaña arriba, confundida, con la reliquia enganchada entre sus dedos. Observaba a su alrededor para entender. Lo que iba a venir ponía fin a lo que había sido. Y la escena desapareció.

En la siguiente Celia se encontraba dentro de un edificio blanco. Parecía un antiguo hospital con enfermeras de cofias blancas que no se veían pero se intuían. Y vibrando, el grito de la entrega: recorriendo los pasillos, chocando contra las ventanas y los baldosines. Celia corría. Algo llegaba a su fin inexorablemente.

Llegó a una amplia sala completamente blanca. En el centro había una gran bañera antigua de porcelana con cuatro patas. No había nada que adornara y que pudiera acompañarla. El grito daba vueltas como un torbellino sobre el techo.

Se quedó inmóvil.

Allí estaba, con la cabeza apoyada en el borde de la bañera, su madre muerta. Descansando. Con su piel cobriza e hidratada. Con su olor a jabón y a crema. Su cuerpo suave y desnudo yacía como lo que ya no volvería. El agua la cubría arropándola. Ya no sería más.

Celia lo entendió nada más verla.

Abrió su mano. Contempló la reliquia femenina y miró a su madre.

Como una esencia de perfume inestimable respiró la figura para inhalar la sabiduría y el legado que recibía. Y recorrió mil vidas antes que ella hacia arriba, de ovario en ovario, de su madre a su abuela y de su abuela a su bisabuela…Y continuó subiendo y subiendo. Todas ellas se encontraban presentes y a través de un cordón umbilical se deslizaban hacia Celia.

Recibió los sueños no realizados de sus antepasadas y la salud de aquellas que habían sanado el espíritu. Los padecimientos y las frustraciones. Recibió la dureza de las que se impusieron y el egoísmo de las que se creyeron importantes. La fuerza de las guerreras que innovaron y la sabiduría de las cosechadoras que transmitieron las enseñanzas. Recibió el silencio de las que escuchan y concentró, en aquel pequeño objeto, el amor de todas las madres que había tenido. Y la música que se quedó sonando por debajo, uniéndolas, a la espera de continuar.

Celia cumpliría su parte. Recogió todo deprisa para después ordenarlo y se erigió en una gran Loba: nadie más feroz para defender su tesoro, ni más fiel para conservarlo, ni más madre para transmitirlo.

Sara entró en la habitación a la hora de más luz. El pelo recogido en una gran trenza y su vestido vaporoso le conferían una imagen de otra época. Se sentó al lado de su madre y le cogió la mano. Celia la acercó al vientre de su hija y giró negando con la cabeza. Aún no había vida allí, pero el cordón umbilical se extendía y se extendía a través del cuerpo de Sara desde miles de años atrás. Y allí se quedó. A la espera.

Celia retiró su mano y con la palma abierta se dio tres suaves golpes en el pecho.

—¿A que ya lo sabes? —le dijo.

Sara asintió. Así, con la voz baja y el corazón grande como la Loba la había enseñado. Ya no quedaba tiempo.

Sara permaneció con ella toda la tarde. Celia escuchaba. La oyó leer durante horas con su tono de voz musical y envolvente. Con los ojos cerrados para retener las palabras y no soltarlas. Casi inaudible, su mente y su recuerdo reprodujeron las negras, blancas y fusas de la sonata que tenía reservada en su memoria para hacerla sonar una última vez.

Sara llegó a casa de su madre. Tranquila y perdida. Entró en la habitación. Sobre su cama vio un pequeño objeto. Tenía forma de mujer con grandes pechos y una gran vulva.

Todas estaban allí, a su alrededor, como una gran manada de lobas cerrando el círculo.

Yolanda Aller

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Comments
12 Responses to “Las madres de Sara”
  1. Chus dice:

    Precioso Yolanda

  2. Sonia del Sol dice:

    Bienvenida Yolanda, que vienes para quedarte!!! El relato me parece un gran homenaje al poder ancestral femenino y, de la madre tierra, al milagro de la vida y la maternidad, envuelto todo en un halo mágico y místico, fruto de tu desbordante fantasía y, de tu gran sensibilidad. Paloma subraya ese homenaje al eterno femenino con su ilustración de la figura de aquella Venus de nuestros antepasados que simbolizaba la belleza y, la fecundidad, en una noche de luna llena , lista para comenzar el ritual de nuevo….Enhorabuena a las dos por hacernos disfrutar con vuestra fértil imaginación!!!!!

  3. Paloma Muñoz dice:

    Totalmente de acuerdo con el comentario de Sonia y la imagen de la diosa me vino a la cabeza nada más comenzar a leer el relato.
    Un abrazo,
    Paloma

  4. Un relato onírico y real a la vez que fantástico. Tierra y fantasía.
    Animo y más.

  5. olgabesoli dice:

    Bienvenida. Yolanda. Me gusta la simbiosis mujer-loba de tu relato, que rebosa de magia ancestral y dónde el dar vida y el recibir la muerte forman un ciclo íntimamente femenino, potenciado por la ilustración de Paloma, con su “Venus” .

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