¿Recuerdas, padre?

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Género: Relato corto

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Este relato es propiedad de Ricardo González. La ilustración con propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿Recuerdas, padre?

¿ Recuerdas, padre, aquella mañana?

El día fetén, decías. Principios de noviembre. Cielo tapizado de nubes altas, de un blanco sucio. Húmedo sin lluvia. Frescor sin frío. Brisa sin viento. Como a ti y al Ron os gustaba. ¿Recuerdas al Ron, padre? Blanco y negro, cruce de setter y pachón. Con el pelo y la nariz larga de su padre. Con el tesón y el cazar corto de su madre. Compañero fiel de cazatas y de juegos infantiles. El mejor amigo de padre e hijo. Hasta se ganó el cariño de madre, que al principio no quería perro y al final le separaba las sobras con mimo. Y sin darle una caricia, le hablaba suave para que supiera que ella también lo quería.

Esos días era incansable. No se le secaba la nariz, ni jadeaba como en aquellas otras mañanas de polvo, rastrojo y codornices. Aquellos domingos grises laceaba paciente, con aquel trote vivo o aquel galope corto y rasante que alternaba traicionando sus orígenes. Los mejores días, decías. Porque el perro trabaja y el cazador no suda. Y así, coronábamos cerros y bajábamos regueras. Lo mismo cada bota se convertía en un pesado zapatón anaranjado al cruzar un barbecho, que los pantalones se raían contra jaras y retamas. Yo con aquel morral que madre llenaba la noche anterior de pan, queso, salchichón. A veces una tortilla, otras unos filetes empanados. Siempre unas manzanas, también vino con gaseosa para ti y agua para mí. Tú con tu AYA. La vieja escopeta que los hermanos de tu padre te habían regalado al terminar el bachillerato y que nunca abandonaste. Tres y una estrellas, eras un tirador fino, y más de una vez te vi largarle el izquierdo a una perdiz de esas que arrancan más allá de la casa del demonio y bajarla como un trapo.

Habíamos matado una liebre a poco de salir, en una tierra cerca del río. Era un matacán hermoso y no quisiste cargar con ella, ni que lo hiciera yo. Por eso volvimos a donde Germán había dejado el coche y la dejaste debajo medio tapada con un jersey. Para que el olor a hombre no dejara acercarse a la raposa, dijiste.

Antes de media mañana levantamos el bando de perdices en un alto, al lado del crestón de roca donde habían pasado la noche. Te quedaste con una tras la arrancada, un pollo del año que no anduvo atento a volar con los suyos y se dejó bloquear por el Ron, que le hizo una muestra de aquellas que a mí me ponían el corazón en un puño. Te recuerdo recogiéndola de su boca, estirándole las plumas y colgándola de la canana. Te comenzó a golpear en el muslo cuando echamos a andar otra vez. Ahora a zancadas.

  • Hay que apretarlas, a ver si las metemos en las riegas de encima del pueblo- dijiste, y no miraste hacia atrás para ver si yo te seguía sabedor de que hubiera trotado tras de ti sin balbucir una queja hasta el fin del mundo, en aquella mañana

Bajamos al fondo de una quebrada y sentimos dos escopetazos lejanos, muy seguidos. Supusimos que Germán y aquel par de podencos chalados suyos habrían apiolado un conejo allá abajo.

Tú no hubieras cambiado una perdiz por una docena de gazapos.

Y al trepar por la otra ladera, llegando arriba, el Ron pegó la nariz a tierra trotando nervioso y meneando la cola. Se volvió a mirarte y supo sin palabras que tenía que esperar, que no debía coronar antes que tú.

Había retomado el rastro de las perdices y sería fácil volver a tirarles en la asomada. Las más darían otro vuelo, pero tal vez alguna alcanzara a despistarse, y a quedarse achantada confiando en que el peligro pasara a su lado dejándola atrás. Por eso avivamos el paso, y yo trepé aquella cuesta a pocos metros de ti, jadeando, con la boca seca y casi arrastrando aquel morral que se me antojaba como lleno de piedras.

Entonces fue cuando te vi caer de rodillas y dejar la escopeta en el suelo. El Ron dejó de menear el rabo y te miró extrañado, con aquella mirada de miel que tal parecía que fuera a empezar a hablar. Yo también llegué a tu lado. Te iba a preguntar, pero no lo hice y supe que algo no iba bien. Tu mano izquierda apretaba tu pecho. La diestra, con la palma hacia abajo, me hacía señas: no preguntes, no hables, no te muevas. Solo espera. Tus labios, apretados uno contra otro, intentaron dedicarme una sonrisa imposible. Y en tus ojos entrecerrados apareció una mirada que en aquel momento no entendí. Una mirada que solo con los años he logrado descifrar.

Me arrodillé y sujeté al Ron, que no paraba de querer arrimarse a ti. El sudor que la caminata no había conseguido arrancarte comenzaba ahora a perlar tu frente. Pasó un tiempo eterno que no supe medir. Solo aferrar aquel collar con fuerza y tirar de él hacia atrás, sin atreverme a hacer nada más, ni siquiera a pensar. Allá abajo en el pueblo la campana de la iglesia llamó a misa. El Ron se resignó al fin a sentarse. Tú mirabas al suelo, muy quieto.

Y entonces, al final de aquella eternidad, empezaste a respirar hondo, y la expresión de tu rostro se suavizó. Te volviste para sentarte en la hierba rala y amarillenta, y por fin conseguiste sonreírme.

  • ¿Qué te pasa, padre?
  • Nada, tú tranquilo

Y el gesto de tu mano volvió a decirme que debía seguir teniendo paciencia. Seguí aferrando aquel collar unos minutos ya menos interminables. Tu expresión volvía a ser, poco a poco, casi normal.

  • Vámonos

Te vi levantarte, recoger la escopeta del suelo y quitarle los cartuchos, que volviste a la canana. Enfilaste el camino ladera abajo. Pregunté inocente.

  • ¿Las perdices, padre?
  • Hoy han ganado ellas. Venga, suelta al perro

Echamos a andar despacio. Tú, yo y el Ron pegado a mis talones, como si supiera que la cazata había terminado. Tal vez lo sabía.

Nos deteníamos con frecuencia, y en una ocasión te doblaste para vomitar. No hablábamos, pero un par de veces te volviste a sonreírme, aunque yo supe ver tristeza en tus ojos . Sonaron dos tiros más.

No sé cuanto tiempo había pasado cuando llegamos al coche. Me señalaste en dirección al pueblo.

  • Germán anda allí, en aquellos carrizos. Ve a buscarlo y dile que se venga. Llévate al Ron. ¡Anda!

Asentí, asombrado de que me dejaras ir solo, y comencé a trotar los pocos centenares de metros que me separaban de allí. Encontré a Germán enseguida, guiado por los jipíos de los podencos.

  • ¿Tu padre?
  • En el coche. Dice que vayas. Creo que se ha puesto enfermo
  • ¿De qué?
  • No sé. Se cayó de rodillas y como si le doliera en el pecho

Pequeño y grueso como era, nunca había visto a Germán caminar tan rápido. Con aquellas piernas que no serían mucho más largas que las mías de entonces, me obligó a correr para no quedarme atrás.

  • ¿Qué te pasa?

Contestaste con un gesto, llevándote una mano al corazón y haciendo una mueca. Él no dijo nada y comenzó a desarmar las escopetas y a echarlas al asiento de atrás. Metió los perros al maletero mientras tú te acomodabas en el sitio del copiloto.

  • Venga, sube, chaval- y su mirada era una mezcla de preocupación y cariño. El cientoventicuatro comenzó a traquetear por el camino, buscando salir a la carretera. Recordé la liebre y el jersey pero no me atreví a decir nada.
  • ¿A la casa de socorro?
  • No, a casa. Luego llamas al Servando, que se pase a verme

Madre y Charín no estaban. Seguramente habían ido a misa. Don Servando vino al poco de llegar ellas, con sus gruesas gafas de pasta negras y sus enormes patillas. Charín hizo un puchero, pensando que venía a ponerle una inyección, pero él se encerró en el cuarto contigo y con madre un buen rato. Cuando se marchó, quedabas acostado.

Pasaste unos días en casa, casi todo el rato en cama, y a mediados de semana ya te fuiste para la imprenta. Pensé que todo había sido un mal sueño, pero al domingo siguiente no fuimos de caza, ni al otro. Ni ninguno más.

Una tarde llegué del colegio y madre me tenía la rebanada de pan con mantequilla y azúcar. Me asomé a la ventana del patio, dispuesto a echarle al Ron, como siempre, parte de mi merienda sin que ella se diera cuenta. El Ron no estaba. Se lo habías regalado a otro cazador. Lloré de pena y de rabia, sin que mis años me dejaran saber que tu tristeza sin llanto era mucho más honda que la mía. Ni siquiera me consolé cuando a los pocos días llegaste a casa con una bicicleta, una flamante Orbea de color rojo.

Y otra tarde, ya en primavera, el director del colegio entró en mitad de clase de dibujo y me ordenó salir con él. El tío Jaime nos esperaba muy serio, y fuimos a casa. Sentía su enorme mano en mi hombro, muy pesada. Madre estaba allí, toda de negro, sentada con sus hermanas. Me abrazó, pero solo me enseñó sus ojos de vidrio y su pañuelo empapado. Era dura como la roca, dura como lo habías sido tú. No lloraba, y yo no quise llorar, como tú me habías enseñado que debía hacer un hombre. Y lo conseguí durante un buen rato hasta que llegó Germán y se vino directamente a mí, arrancando a sollozar. Entonces aquel torrente de lágrimas que me empeñaba en mantener oculto comenzó a brotar de repente, como si la presa de mis ojos se hubiera roto. Abrazados, Germán lloró casi como un niño, y yo lo hice casi como un hombre.

Vinieron unos años malos. Madre limpiaba las casas de otras mujeres, luego venía y nos remendaba la ropa. Yo estudiaba y me sentía muy solo. Pero poco a poco fui aprendiendo a vivir sin añoranza sin ti, sin el Ron, sin aquellos domingos de otoño ni aquellos amaneceres de agosto. Aprendí muchas cosas por mí mismo, hasta aprendí a afeitarme sin que me enseñaras.

Charín se casó, madre empezó a trabajar en la tintorería y yo seguí estudiando. Te recordé cuando terminé la carrera. También el día de la boda, aunque seguro que no tanto como madre. Eva te hubiera gustado, padre. Es pequeña y valiente. Cómo te hubiera gustado vernos llegar a casa con tus nietos, con Beatriz primero y con Rodrigo después. La vida daba una tregua, yo ganaba dinero y a madre conseguí arreglarle lo de la pensión. Vivimos felices un tiempo, volví a tener un perro y a salir al campo. Con tu vieja escopeta, que Germán guardó hasta que yo pude tenerla a mi nombre.

En el entierro de Germán había poca gente. Ceferino, Vidal y algún que otro cazador, de los que yo recordaba parados a charlar contigo cuando te acompañaba a dar una vuelta por la Plaza Mayor los sábados por la tarde. Y unos cuantos sobrinos a los que nunca había visto, supongo que ansiosos de liquidar las migajas de lo poco que pudiera haber dejado. Fui, creo, quien más lo sintió.

Madre se nos fue hace dos inviernos, sin una queja, como era ella. Y dejó un hueco que no sabíamos que había estado llenando hasta entonces.

Más tarde, hace unos meses, otra mano me señaló a mí. El diagnóstico fue como una sentencia y las apelaciones a la ciencia no han hecho sino diferir unos meses su ejecución, ya cercana. He intentado luchar, y sobre todo he pensado mucho en muchas cosas. Y he recordado, padre, aquella mirada tuya que entonces no entendí.

Ahora sé que cuando aquel trueno horadó tu pecho, cuando aquella mano invisible estrujaba tu corazón en una orgía de dolor, me implorabas perdón. Perdón por dejarme solo. Perdón por morirte a mi lado en medio de aquel páramo. Perdón por irte sin verme crecer…

Te aferraste a la vida. No te hubiera importado morir haciendo lo que más te gustaba, pero tú no eras tú, llevabas tu deber a cuestas como una pesada mochila, y en aquella mañana le dijiste a aquella mano que te soltara, que aún tenías cosas que hacer. Por eso pudimos volver al coche, y a casa.

Pero esa mano había marcado tu pecho con la cruz del cardiópata y antes o después debía volver. Sabedor de ello, hiciste con pesar cosas que entonces no entendí, como regalar al Ron, vender la casa y las fincas del abuelo, u olvidar la idea de comprar aquel Citroën que nos habías llevado a ver.

He entendido esa mirada, padre, porque yo también he mirado así a mi hijo.

Eva ha estado aquí hace un rato. Es fuerte, como erais tú y madre. Ha estado serena, aunque seguro que ahora llora. Hemos hablado. Yo he resistido cuanto he podido, he querido exprimir mi tiempo cambiando lucidez por dolor, pero ya no puedo más. Mi frente está sudorosa, como la tuya aquella mañana. Sufro, y me invade un agotamiento enorme. No es el cansancio que nos hacía sentir vivos aquellos domingos. Este es lúgubre, húmedo. Sin esperanza.

Han empezado a sedarme, y al fin descansaré. Pronto dormiré, atrapado por alguna especie de sueño que no conozco. No me importa. Sé que voy a despertar en una mañana nublada de otoño, tras de ti y con el Ron a nuestra vera.

Vamos, padre. Tenemos que seguir apretando a esas perdices…

Ilustración de Marta Herguedas

Ricardo González

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Comments
5 Responses to “¿Recuerdas, padre?”
  1. Yolanda Aller dice:

    Otro sombrero que me quito y lanzo lejos….Al principio pensé que se iba a centrar sobre Ron y luego sin embargo gira…costumbrismo de Delibes y prosa poética de Juan Ramón me han recordado…¡¡¡cómo son las cosas!!. Y Marta, las tres sombras de lo que en realidad somos….

  2. Yolanda Aller dice:

    Qué bien lo hacéis…de verdad!!

  3. no tengo palabras, creo que pocas veces algo escrito había conseguio arrancarme una lágrima.
    enhorabuena y gracias.

  4. olgabesoli dice:

    Precioso relato, Ricardo, e inmensamente triste. ¡Con qué dulzura y maestría está narrado! A mí también me ha hecho llorar y, al igual que Yolanda, creí que íbamos a enterrar el perro… La frase final del relato es perfecta y me ha dejado sin aliento. Y tu ilustración, Marta, como siempre, es fascinante, por la luminosidad de ese cielo sobre los personajes ensombrecidos. ¡Bravo a los dos, un trabajo excelente!

  5. Paloma Muñoz dice:

    Me ha gustado muchísimo porque -a parte de estar escrito maravillosamente- transmite tanta emoción que las palabras se deslizan de forma suave como un bálsamo a pesar de lo triste de la historia. Repito que me ha gustado y encantado. Es un relato precioso que arranca las emociones dejándote con las ganas de seguir leyendo más.
    Mi felicitación más sincera por tan magnífico relato, Ricardo y la ilustración de Marta Herguedas es tan contundente como suave. El cielo de agosto, muy buena.
    Os felicito.

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