Romance anónimo

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Romance anónimo.

La lluvia que había empezado a mediados de octubre aún no había parado. Helena se sentía entumecida, le dolían los huesos y era incapaz de abrir los ojos para enfrentarse a la vida con la avidez que ésta merecía.

La dura crisis económica que vivía el país la había dejado sin trabajo, por lo que todos los días sucedían de la misma manera. Se levantaba tarde, bajaba a la cocina a desayunar y se sentaba en el sofá a escuchar música en el viejo tocadiscos a manivela, puesto que un rayo caído al inicio de la tempestad había cortado todas las comunicaciones. Comía, mal y escaso al no poder salir a comprar. Por la tarde, practicaba con el piano y el violín indistintamente, hasta que el estómago le reclamaba la cena y la pesadez del día, la cama.

Había perdido la noción del tiempo, y se sentía enloquecer, encerrada en esa casa lúgubre y silenciosa, sin más compañía que las notas de viejos compases escritas por personas a las que jamás había conocido.

Cuando el tiempo se lo permitía y aparecía algún rayo de sol despistado, aprovechaba para leer. Nunca había leído tanto. Tenía la cabeza llena de aventuras, venganzas y romances perdidos. Y sin embargo, hacía tiempo que no se sentía la protagonista de su propia historia.

Había amado y había perdido. Sus padres murieron siendo ella adolescente, de modo que se quedó a vivir en esa vieja mansión junto a sus abuelos, que también habían muerto a causa de la edad. Pero la perdida que más había lamentado era la de su prometido, Roger, que había fallecido recientemente en un accidente de tráfico.

Sumida en una inmensa depresión dejaba pasar los días. A fin de cuentas, ya no tenía nada que perder salvo la vida.

Así que seguía inmersa en su rutina entre las arcaicas paredes de la mansión, calentándose frente a la chimenea de la sala del piano mientras releía cualquier libro.

Lo que más echaba de menos de su vida era a Roger, sin ninguna duda.

Se había enamorado de él nada más verlo, en el conservatorio. Pelirrojo de ojos verdes, con la piel blanca y el cuerpo sorprendentemente fuerte pese a su delgadez. Ella tocaba el piano mientras él la acompañaba con la guitarra. Y hacían música, de esa en mayúsculas. Se atrevían con todo.

Extrañaba esa música y también el modo en el que se quedaba dormido después de hacer el amor; cerraba los ojos, tumbado en la cama, con la respiración acompasada de los ángeles mientras dejaba salir de su cuerpo ese aire caliente distintivo de los que aún están vivos.

Porque la última vez que lo vio languidecer con los ojos cerrados no emitía respiración alguna. Su maltrecha cara aún la perseguía en sus nocturnas pesadillas, cuando asustada y sudorosa despertaba al recordarlo muerto.

Y eso la torturaba.

Si en vez de haberse quedado en casa ese día, hubiese ido con él al conservatorio, ambos se habrían despeñado en esa curva y ahora descansarían juntos y en paz.

Lo que más la atormentaba, sin embargo, era el no haberle dicho que dentro llevaba el fruto de su amor; un bebé crecía en su vientre.

Y eso era lo que hacía que siguiera luchando por mantenerse viva, aunque lo único que quería era reunirse con su amor.

Le narraba al pequeño las mismas historias que ella leía y le tocaba todas las canciones que se sabía, y las que no, las inventaba para él.

Si sus cuentas no eran equivocadas, estaba cerca del sexto mes de embarazo, aunque no lo sabía con seguridad al no haber podido ver a un especialista; la mansión estaba lejos y Roger se había llevado el coche al Más Allá.

Un día como cualquier otro, ni más especial ni menos, dejó de llover y el sol asomó en el firmamento, tímidamente escondido entre las nubes.

Sorprendida por el roce contra su suave piel, de los cálidos rayos del sol que se escondía tras las cortinas, abrió los ojos muy despacio.

Tuvo la sensación de que en la casa había movimiento, le llegó un sonido extrañamente conocido que la llenó por dentro con el calor del amor, y sintió que el pequeño en su vientre se movía.

Prestó atención y escuchó la música de una guitarra, pero no de una cualquiera; era la de su guitarra, la de Roger. Podía distinguir los acordes y el suave gemido de los dedos acariciando las cuerdas, mientras sonaba, por toda la casa, la melodía de “Romance Anónimo”.

Persiguió el sonido, con el corazón latiéndole en la garganta, jugando al escondite con las notas que procedían de un lugar que no podía encontrar.

Hastiada y respirando trabajosamente, se encontró en lo alto de las escaleras del ala este del último piso de la enorme mansión. El pasillo se encontraba reciamente iluminado. Se frotó los ojos al no poder acostumbrarse al dolor de tanta luz estrellándose contra sus maltrechas pupilas.

Entre la neblina que lo rodeaba todo, lo único que era capaz de ver era que, al final del pasillo, a contraluz, bajo el iluminado ventanal, estaba Roger, sentado en el suelo, acariciando con infinito amor su guitarra.

La miraba desde el suelo, con esos hermosos ojos verdes y misteriosos que sonreían de un modo cálido y sincero. Esa mirada se posó en sus ojos, en su rostro, en sus senos y en su vientre, y supo que él había notado su embarazo y que, precisamente por eso, había venido a verla ese día en que el sol por fin había salido para hacerla emerger de las tinieblas.

Oyó como se acomodaba la ropa al cuerpo de su prometido cuándo se levantó, como con frías manos se acercaba y con delicado sigilo se oían sus pasos por la madera pulida del suelo del pasillo.

Y en ese momento supo que había venido a por ella y que por fin, los tres iban a ser una familia.

Ilustración de Paloma Muñoz

Empezaba a llover en Colinsbourg, un pequeño pueblo pesquero que se encontraba a más de treinta kilómetros de la antigua mansión, después de un otoño inusualmente cálido y soleado. En el viejo hospital lleno a rebosar, el calor era sofocante.

En la habitación 704, Helena, una joven embarazada de larga cabellera castaña y ojos azules,  se encontraba en estado de coma profundo.

Había ingresado después de que el coche en el que viajaban ella y su prometido,  se despeñara por un acantilado, en un mortal accidente que había acabado con la vida del joven.

Con el primer rayo que restalló más allá de los dobles cristales de la habitación, el cuerpo que languidecía sobre la cama empezó a sufrir fuertes contracciones. Una alarmada compañera de habitación fue la que avisó a las enfermeras; la joven en coma estaba de parto.

Le practicaron una cesárea y esa misma tarde nació el pequeño, a quien los médicos llamaron Roger, un bebé prematuro con unas sorprendentes ganas de vivir.

Esa misma noche, Helena falleció; el rojo de la sangre que emanaba de su vientre, manchaba las blancas sábanas de la oxidada cama. Sin embargo, las enfermeras que la encontraron al día siguiente dicen que, bajo la mortecina luz del alba empañada por la niebla, su rostro mostraba la sonrisa de felicidad más sincera jamás vista.

Y hay quien cuenta que en la antigua mansión familiar, todavía resuena por diáfanas salas y vastos pasillos la dulce melodía jamás escrita, interpretada por las almas de dos amantes, una guitarra española y un piano de cola.

María Cristina Salvans 

Anuncios
Comments
10 Responses to “Romance anónimo”
  1. Interesante cuento… o cabría decir interesantes cuentos, porque se leen y se disfrutan como si se trataran de dos historias. La primera, con su ritmo lento y melancólico, y la segunda, de narración más seca pero llena de intriga. Una bonita historia bien contada e ilustrada. Felicidades a ambas.

    • M.Cristina dice:

      Muchísimas gracias Víctor! Me alegra que te haya gustado. No estaba muy segura del resultado final, el cambio de ritmo y eso, pero es genial que haya quedado bien y se lea así. Un abrazo!

  2. Yolanda Aller dice:

    Oigo de fondo la música sonando…Cristina, con toda la tristeza…desesperanzadora…

  3. Paloma Muñoz dice:

    El relato de M. Cristina es muy triste y esperanzador a la vez. Enseguida me vino la imagen de la pareja (ella embarazada), la partitura es el comienzo de una obra precisamente titulada “Romance Anónimo” y ha sido un placer ilustrarlo.

    • M.Cristina dice:

      Y ha sido un placer enorme tenerte como ilustradora, porque desde luego, la ilustración es preciosa!! Muchas gracias Paloma!!

  4. Mariola dice:

    ¡Qué precioso relato, M. Cristina! Triste pero muy tierno y cargado de esperanza. La vida y la muerte siempre cediéndose el paso o yendo de la mano. Me ha encantado cómo lo cuentas, así que enhorabuena. Y esa ilustración de Paloma es magnífica.
    Me descubro por las dos. 🙂

  5. Hermoso. Te dejo una saga de varios relatos sobre la vida, la muerte, y su extraña relación con la farmacia.
    http://diariodeunperdedordotcom.wordpress.com/

  6. Muy bonito relato, dulce y con ritmo, para una historia de amor en la muerte. Muy bonita la ilustración.

  7. olgabesoli dice:

    ¡Qué triste y qué romántico! Felicidades Mª Cristina. Y Paloma, tu ilustración es perfecta para este relato: sencilla pero cargada de sentimiento. Buen Trabajo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: