Equivocados

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Género: Humor

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Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Equivocados.

—Lo siento, tengo senofobia.

Y va y me lo dice así, tan tranquilo, como el que dice que tiene conjuntivitis. Después de estar saliendo casi un año juntos ya intuía yo que había algo raro. Mucho “mi Diosa de ébano”, pero su comportamiento no era normal. A mí estas cosas ya me tienen un poco frita, así que estallo.

—¡Racista de mierda! Yo te…

Seno, cariño, seno, con ese, no con equis —me dice corrigiéndome, como si no supiera lo que me molesta ese tonito que utiliza cada vez que quiere remarcar que las cosas no son como yo las digo.

—¡Pues con ese, racista de mierda!

—Que no, cariño, que no, y tápate las tetas, por favor. A mí me encanta tu raza, la adoro. Eres exuberante, me encanta acariciar tu piel. Y tu país, desearía vivir allí. —Esto también me molesta y mucho, estoy cansada de decirle que nací en Talavera y que por mucho que mis padres sean de muy lejos me siento tan española o más que él que no para de meterse con todos, bien porque sean vascos, catalanes o andaluces. Pero la discusión me está desconcertando y solo atino a cubrirme el pecho con la camisa.

—Las tetas.

—¡Pero si ya me las he tapado!, ¿Qué pasa, que ahora te has hecho ultra religioso? —Que para otras cosas no lo parece.

—No, no, mi amor. Las tetas. Tengo fobia a las tetas. Senofobia.

—Esa palabra no existe.

—Sí existe.

—¡Que no!

—Bueno, me da igual, la cuestión es que no puedo con ellas.

—¡Mis tetas! —exclamo indignada—. ¿Qué les pasa a mis tetas? —interrogo, a la vez que las saco de la camisa y las sopeso en mis manos. Este tío es un majadero, pero si son perfectas. Grandes y redondas. Si en el gimnasio los tíos no paran de mirarme y las tías cuchichean que tienen que ser operadas.

¡Ahg! Tápate, por Dios —dice con cara de asco—. No son las tuyas, son las tetas, en general. No las soporto. Es verlas y se me reseca la boca, me pongo nervioso, me falta el aire y tengo que huir. —Me tapo y parece serenarse.

—Tú estás de coña. Me tomas el pelo.

—Que no, cari. No puedo evitarlo. Es ver unas y creo que me van a dar arcadas.

No puede ser. Llevamos casi un año juntos y el sexo no ha sido una anécdota, desde el primer día ya estábamos dándole. Pero ahora que lo pienso, siempre me había parecido rara su preocupación por que no cogiera frío.

—Por eso insistías en que no me desnudara.

—Sí, lo reconozco.

—¿Y en verano? En verano siempre me decías que me diera la vuelta. ¡Y yo que me pensaba que te gustaba así porque eras un poco flojito!

—¿Cómo un poco flojito?

—Ya sabes, flojito, que me ponías de espaldas para buscar “otras rutas” y fantasear que lo hacías con un tío.

—¡Pero qué dices, si yo soy muy macho!

—Muy macho, muy macho… Acabas de confesar que te dan asco las tetas.

—¡Fobia, es una fobia! Y no tiene nada que ver.

—Bueno, ya, pero reconoce que tu insistencia en hacerlo por ahí atrás era un poco sospechosa.

—¡Una vez! ¡Fue solo una vez! Siempre con lo mismo. Ya te dije que me equivoqué, que tenéis eso que es un lío.

—Sí, ya, una vez —digo conteniendo la risa. Pues debía de ser que todas las demás no le daba para llegar más lejos.

—Bueno, da igual, corazón —continua templando el ánimo—. Lo que quería decirte con esto, amor mío…

—¿Con qué?

—Cómo que con qué.

—Con qué querías decírmelo.

—Con esto, con lo de la fobia a tus tetas.

—¡Ah, no ves! Lo reconoces. Son mis tetas

—¡Que no! Las… las tetas. Déjame continuar. Pues, mi vida, quería decirte que ya llevamos un tiempo juntos y siento cosas por ti. —Sí, eso me ha quedado claro, básicamente asco a mis tetas—. Y quería sincerarme contigo y no podía pasar más tiempo sin confesarte mi fobia.

—Pues, hala, ya está confesado y al lío, yo me abrocho la camisa y al tema, que aunque estamos en verano casi que lo prefiero. —A veces me arrepiento de ser tan sincera, pero es que las discusiones me ponen brutísima.

—Pero hay algo más. Te quería pedir algo. —Creo que no me libro de morder la almohada.

—Dispara —respondo, dudando entre terminar de abotonar la camisa o quitármela.

—Te quería pedir que hicieras algo por mí. —Entendido, toca quitarse la camisa y girarse—. Es algo de tu físico, algo que querría que cambiaras. —¡A que me pide que me deje barba!—. Tú ¿te reducirías las mamas por mí?

Juro que al principio no le entendí con eso de mamas, pero en cuanto lo asimilé me salió espontáneo.

—Sí, claro.

—¿Sí? De verdad, mi amor.

—Claro, siempre que tú te agrandes la polla.

—¿Qué tiene de malo mi polla? Es grande, ¿no?

—Enorme —ironizo, pero creo que no lo pilla. ¿Acaso se cree que si no fuese tan pequeña, le iba a dejar todo el verano la puerta trasera?

—Ah. Pero entonces, ¿te las reduces o no?

—Ni de coña, hombre elefante.

Parece disgustado. Pobre. Me muero de calor. Me quito la camisa y me tumbo boca abajo. Enseguida parece olvidar su pena y se acuesta sobre mí.

Casi que prefería que tuviera xenofobia.

Esta mañana he oído un programa en la radio sobre fobias raras y me he acordado de un chico con el que salí que decía que tenía fobia a mis tetas y me pidió que me las quitara. Era muy majo, pero no tuve más remedio que cortar. Me fue fácil, le dije que yo tenía gilipollofobia y que no soportaba estar en el mismo planeta que él. En la radio decían que las fobias influyen muchísimo a las persona que rodean a los que las sufren y que, incluso, les dejan secuelas de por vida. Por suerte, yo no me encariñé mucho con él y lo superé fácilmente. Ahora que lo pienso no he vuelto a tener ninguna relación con un chico desde entonces, pero es porque la madurez me ha hecho más selectiva.

Ahora mismo voy a una cita con el primo de una amiga mía.

Ahí está. Vaya, sí que está bueno, no le recordaba tan guapo. Esto promete.

—Hola.

¡Qué voz! Me he enamorado. Y además creo que tiene un puestazo. Y mira cómo se le caen los ojos hacia mi escote. Sí, pequeño, no llevo sujetador. Este es mío. Pero no puedo arriesgarme, estoy harta de tarados, todos los hombres son iguales. He hecho bien en no ponerme sostén, me facilitará la maniobra. Cojo las solapas de mi camisa y tiro con fuerza, descubriendo los senos.

—¿Pero qué haces? ¡Tápate! —grita, para mi desolación, con el pánico reflejado en su rostro.

—¡Serás senófobo, cabrón!

—Pero… pero… si yo también soy negro.

—¡Con ese, senófobo de mierda!

Jorge Moreno

Ilustración de Marta Herguedas

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Comments
2 Responses to “Equivocados”
  1. olgabesoli dice:

    Divertidísimo relato, Jorge. Malentendidos, situaciones surrealistas y humor ácido. Pero lo mejor de todo es el hilo de pensamientos de la chica, que actúan de contraste de lo que se dice. Por cierto, un final redondo.
    Potente y luminosa ilustración de Marta para retratar uno de los momentos más impactantes del relato.

  2. Paloma Muñoz dice:

    Me he divertido un montón Jorge. Te juro que es la primera vez que leo algo semejante: fobia a las tetas de las tías. Muy bueno. El final es sublime y la ilustración de Marta Herguedas está que se sale.
    Un trabajo divertido, entretenido, original y con mucho humor (y algo de mala leche, jajajajaja)
    Un abrazo, Paloma

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