Estoy convencido de que Marta es de esa clase

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Género: Drama psicótico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de  Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Nelle Carver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

Estoy convencido de que Marta es de esa clase.

Ilustración de Nelle Carver

Empezaré por el principio aunque estoy tentado de decir: “principiaré…” porque me suena muy bien, quizá demasiado bien para un tipo como yo que no es capaz de hacer nada bien. Aunque puede que esté exagerando y sea suficiente decir que no soy capaz, simplemente, de hacer nada de nada. Y estoy tan seguro de no saber hacer nada porque, aunque dudo constantemente de todo, la realidad me impone la verdad en cuanto abandono las ensoñaciones provocadas por los fármacos sin los cuales sería incapaz de alcanzar el sueño. Y si esta cansina perorata no fuera suficiente para convencer al fortuito lector de esta narración de mi incapacidad para hacer nada de nada, tan solo debe fijarse que llevo escritas ciento veinte palabras y todavía no he ni empezado, ni principiado, ni comenzado… este, mi relato.

Soy polifóbico, ¡por fin lo he dicho!, y lo soy desde que tengo memoria, que aunque escasa, como todo lo mío, no es lo suficientemente laxa como para olvidar una infancia llena de sinsabores, complejos y miedos. También diré, para dibujar un cuadro lo suficientemente nítido de mis circunstancias, que siempre pensé que las madres eran seres hermosos que no podían evitar llorar constantemente. Esa convicción se derrumbó en el momento que con seis años fui al colegio y pude ver a las madres de otros niños y comprobar que también existían madres feas y que sin embargo no lloraban cuando dejaban a sus hijos a la puerta del colegio y tampoco lo hacían cuando los recogían al finalizar las clases. Intuí entonces que tampoco llorarían en sus casas, que no se pasarían los días acostadas en la cama sollozando y las noches asomadas a la ventana llorando o en la cama, a solas, gimoteando. Hace mucho tiempo que ya no veo a mi madre, pero sigo oyéndola suspirar tras las blancas paredes de mi habitación.

No había sido mi primer ataque de pánico, y yo sabía que no debía asistir a la entrega del premio que le había concedido la Cámara de Comercio a mi padre y que tendría lugar en los lujosos salones de un hotel de la ciudad. Pero mi padre insistió en que “de una puta vez” me comportara como una persona normal, “esta noche”, me dijo, “iremos los tres a la ceremonia y daremos la imagen perfecta de una familia ideal”. Y así fue. Había prensa, mucha gente, mucha luz y muchas voces desconocidas que se fundían en el aire formando un denso ruido que bloqueaba mis sentidos. Pero no pasó nada y, cuando empezaron los discursos y el ruido desapareció, me relajé y pensé que pasaría esta prueba con éxito. Vana ilusión para un tarado como yo. Hablaron dos o tres personas antes de que le hicieran entrega de una placa honorífica a mi sonriente padre, y, cuando éste no había hecho más que empezar con los primeros agradecimientos de su discurso, no pude más y empecé a gritar. Grité sin parar y la absurda pretensión de mi madre de ponerme la mano en la boca para que callara solo sirvió para parecer locos los dos y que yo gritara aún más y me tirara al suelo pataleando como si estuviera poseído por un demonio. No recuerdo qué pasó después, solo sé que viajábamos en el coche de vuelta a casa, mi padre conducía en silencio, mi madre se tragaba los sollozos intentando inútilmente no hacer el menor ruido y yo, que solo quería disculparme con mi padre, buscaba urgentemente palabras con que romper el asfixiante silencio. Tras mucho pensar tan solo se me ocurrió decir “papá, lo siento”. Muy pocas y simples palabras para tanto pensar, pero fueron suficientes para que mi padre frenara bruscamente y dijera todo lo que tenía atravesado en la garganta. Nunca volví a hablar con él. Nunca más me volvió a dirigir la palabra ni yo lo intenté.

La verdad es que aquella noche, a mis trece años, le conté a mi almohada mi profundo deseo de morir.

Creo que fui normal hasta los seis años. Ya entonces era tímido, creo, y no me relacionaba mucho con otros niños, a excepción de Marta, que era, sin duda, el ser más bonito que había visto en toda mi vida, y aunque a esa corta edad mi tiempo de vida no era significativo, ahora que tengo treinta años sigo pensando exactamente lo mismo. Marta y yo fuimos los mejores amigos hasta que empezamos al colegio. Ese primer día iba muy asustado sin saber lo que me iba a encontrar allí, y, cuando vi la angelical cara de Marta, me dirigí a ella como si fuera un náufrago que divisa el único y anaranjado toroide al que poder asirse para salvar su vida en un frío e inmenso océano. Fui corriendo, y ella y su grupo de amigos en cuanto me vieron salieron corriendo también. Creí que era un juego y volví a correr tras ellos, pero otra vez, en cuanto me acercaba, salían corriendo nuevamente en otra dirección. Ya dije al principio que me cuesta un poco pensar y mucho más llegar a conclusiones, por eso no les debe extrañar que aquella escena se repitiera una y otra vez hasta que conseguí alcanzar a Marta… No sigo contando lo que pasó después porque, sencillamente, no lo recuerdo. Sí que recuerdo que desperté en el hospital y que lo primero que vi fue la llorosa cara de mi madre. También recuerdo que estuve unos días sin volver al colegio hasta que los médicos convencieron a mi madre de que simplemente había tenido un brote epiléptico que, casi con toda seguridad, no se volvería a producir.

Después de aquel episodio tuve otros muchos momentos de histeria, pánico, epilepsia u otros muchos nombres que le dieron los muchos médicos que visité durante los siguientes años; pero, poco a poco, se fueron definiendo las causas de mis ataques y también, poco a poco, fui haciendo más pequeño mi mundo hasta reducirlo a las cuatro paredes de mi habitación (siete si contamos el aseo y excluimos la pared lindera de ambas estancias) y más grandes mis miedos: a los espacios abiertos, a los ruidos, al dolor, al contacto físico, a los espejos, a dormir… Toda mi vida es un miedo continuo. Todo en mi vida está en un precario equilibrio que amenaza con derrumbarse a cada instante. Todos mis pensamientos lo ocupan difusos temores que solo se desvanecen los pequeños instantes en los que veo a Marta desde mi ventana:

Marta yendo al colegio cada mañana. Marta que me saluda con la mano. Marta jugando en la calle. Marta besándose a la puerta de su casa con su novio. Marta que me dice adiós mientras pasa como una exhalación hacia la universidad subida en su Vespa amarilla. Marta que sale de fiesta. Marta que vuelve de fiesta en el coche de su enésimo novio. Marta que se compra un coche, también amarillo, y me lanza un beso cuando lo aparca frente a mi ventana. Marta que se va de Erasmus a Noruega. Marta que regresa con un vikingo del que dice estar perdidamente enamorada. Marta que se compra un piso en el bloque justo enfrente del mío para vivir con su nórdico novio. Marta que me sonríe cada madrugada antes de irse a trabajar. Marta lanzando por la ventana las pertenencias de su novio porque se ha enterado de que se ha follado a su ex mejor amiga, Raquel. Marta con otro novio. Marta con otro novio. Marta con otro novio… Marta que se casa y sale radiante, vestida de blanco, un domingo por la mañana. Marta que regresa, ese mismo domingo, conduciendo su coche amarillo y chocando al aparcarlo con una de las nuevas y elegantes farolas que instaló recientemente el ayuntamiento. Marta que sale del coche llorando y a toda prisa se mete en su casa. Marta que no quiere abrir la puerta de su casa, ni se asoma a la ventana ni contesta a las llamadas de teléfono de sus padres, de su plantado novio o de sus amigas. Marta que dice desde el telefonillo del portal: “no me caso. No me caso y punto. ¡Dejadme en paz!”. Marta que a las tres de la madrugada enciende la luz de su habitación. Marta que abre la puerta del portal y sale vestida únicamente con un fino camisón amarillo. Marta que se queda parada en medio de la calle mirando a mi ventana mientras una fina lluvia la empapa. Marta que coge una piedra y… me rompe la ventana.

Debo dejar de escribir en este preciso momento porque Marta me reclama nuevamente en la cama, y es normal porque ya dije al principio que no sé hacer nada bien, y aunque lo he intento con todas mis fuerzas las cuatro veces que hemos copulado esta noche, y  que por unos breves minutos tuve la ilusión del triunfo cuando tras el último encuentro se quedara adormecida abrazando con brazos y piernas mi almohada, está claro que esa ilusión era falsa porque ahora mismo se ha acercado por mi espalda y al oído me ha dicho palabras sucias mientras se reía (sin duda de mí) y me mete en la boca dos amargos dedos. Si no fuera porque el raro soy yo, pensaría que Marta está un poco loca, y que una chica normal no es capaz de salir a la calle medio desnuda una noche de lluvia y tirar una piedra a la ventana de un chico para luego escalar como una araña hasta una habitación sita en un segundo piso. He dicho que se asemejaba a una araña y me he dado cuenta de que tengo pavor a esos bichos; dicen los libros que las hembras de algunas especies de esos invertebrados se comen a los machos después de la cópula, y yo estoy convencido de que Marta es de esa clase porque ya ha empezado a engullirme.

FIN

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Comments
7 Responses to “Estoy convencido de que Marta es de esa clase”
  1. olgabesoli dice:

    Genial y divertido relato con un giro inesperado. Me lo he pasado en grande leyéndolo. Muy buena también la ilustración de Nelle. Felicidades a los dos.

  2. Primero Marta lejana y luego Marta cobra ritmo y se enmaraña como una araña. Qué buena velocidad toma para el desenlace. Original en forma. Original la exposición del transcurrir de Marta. La ilustración encaja con el tono perfectamente. Chapeau!!

  3. Paloma Muñoz dice:

    La idea de Marta (o la visión)como una mantis religiosa que se zampa al macho después de haber copulado me parece superinteresante y da un morbo que te cagas y si encima la ilustración de Nelle le pone ese morbo especial resulta un conjunto muy sugerente.
    Un abrazo,
    Paloma

    • Muchas gracias por tus palabras, Paloma, pero lo que a mí me parece muy sugerente y lleno de posibilidades es que a ti te parezca morboso. ¡Ojalá pudiera entrar en tu cabecita!

      • Paloma Muñoz dice:

        Jajajja, Juan Ramón, pues si entraras en mi cabecita ibas a flipar en 44 colores y en tres tiempos: uno, dos y tres, jajajajajaja.
        Un abrazo

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