La tragedia de Jose Juan

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Género: Relato humorístico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La tragedia de Jose Juan.

―  ¡José Juan qué tienes las albóndigas puestas en el plato!

― ¡No quiero comer albóndigas! No me gustan. ¡Me dan asco!

― ¡Siéntate inmediatamente a la mesa que va a venir tu padre!

Ante la orden de su madre, José Juan bajó la cabeza y se acercó a la mesa. Se sentó y comenzó a contar hasta cien. Los brazos caídos sobre el regazo y la mirada perdida en un punto indeterminado del ventanal del comedor como no dándose por enterado.

El padre acababa de llegar y se quitó la gabardina. La señora de la casa la colocó sobre  el respaldo de una silla. Después de saludar cariñosamente a José Juan y a su hermano pequeño, Antonio que acababa de sentarse, el padre esperó a que la mujer sirviera la comida.

Las albóndigas de José Juan permanecían en el plato mientras el chico jugueteaba con el tenedor indolentemente. La madre miraba de reojo a José Juan y le tocó el brazo haciendo un gesto de contrariedad ante su falta de apetito.

― Cómete las albóndigas. No te lo repito más veces.

― No me gustan. ¿No hay otra cosa para comer?

― ¡Te comes las albóndigas!

Así estuvieron un rato hasta que el padre terció.

― Bueno, mujer. Si al chico no le gustan las albóndigas, ponle otra cosa.

La esposa miró con disgusto al marido.

― ¡Qué se las coma! No tengo por qué hacerle otra comida al niño. Las albóndigas son buenas y con este frío que hace le vienen muy bien, así de calentitas.

Al final, José Juan tuvo que hacer de tripas corazón y zamparse las albóndigas de su madre si quería tener la fiesta en paz.

En lo único que pensaba era en terminar de comer lo antes posible para irse a su habitación y leer algún libro de aventuras que lo ayudara a distraerse y a no pensar en las dichosas albóndigas que su madre le había obligado a comer. Solía ponerse bastante malo antes, durante y después de tenérselas que ver con las indeseables albóndigas.

 Pero si quería salir con sus amigos y hacer las cosas que le gustaban, tenía que obedecer a su implacable madre y portarse como un ‹‹ hombre valiente›› frente a esa comida que tanto detestaba.

Una vez digeridas las albóndigas, tras haber suavizado la situación con un  poco de fruta, y después de ayudar a su madre a recoger la mesa,  el chico se retiró.

 El padre se recostó un rato en su sillón favorito y su hermano pequeño se entretenía con sus juguetes.

José Juan era un buen chico. En realidad era un chico estupendo: aplicado, generalmente obediente,  estudioso, ordenado; hacía las cosas concienzudamente y quería mucho a sus padres.

Todo le parecía bien y en cuestión de comidas, el chico era un tragón impresionante porque comía a cuatro carrillos. Pero había algo que se le atragantaba. Y ese algo era todo o casi todo lo que tuviera que ver con la casquería y más que nada las jodidas albóndigas.

Lo curioso es que,  aunque la carne picada no la podía ver ni en pintura, sí que se tragaba los filetes rusos tan compactos y frititos que su diligente madre en su afán de dar sustanciosas y buenas comidas a sus dos hijos, preparaba con todo el amor del mundo.

Los filetes rusos llenos a rebosar con salsa de tomate, volvían loco a José Juan.

Y no sólo los filetes rusos: el chico se zampaba en un abrir y cerrar de ojos, toda una ración de boquerones rebozados fritos  con chocolate. Así, sin más y sin cortarse ni un pelo. Un pelo  que por cierto era rubio como el de un dios vikingo.

La mamá de José Juan estaba muy orgullosa de sus dos niños.  José Juan con once años y Antonio con cinco. Porque ambos hijos eran buenos y estudiosos y estaban muy bien educados. Todo podía resultar de color de rosa para la señora madre si exceptuamos las fobias de los chicos a ciertas comidas.

El peor sin duda era Antonio. José Juan era un bendito que sólo se ponía enfermo con las albóndigas y la carne picada en general.

 Antonio comía fatal y su madre se ponía mala de la muerte cada vez que tenía que hacerle la comida.

Antonio era un capullo para comer. No le gustaba nada. Ponía pegas a todo. Y la pobre señora que se desesperaba lo indecible, se las veía y traía para que su hijo pequeño comiera algo decentemente.

Mientras el mayor era un hambrón que no tenía hartura el pobre, el segundo era un melindres al que daban ganas de arrearle dos hostias de cuarenta duros cada una por cortarle el rollo a su santa madre con la comida y acabar con su divina paciencia.

Bueno, pues como no voy a estar dando la vara con las albóndigas de José Juan y el martirio de su madre con las comidas del hermano, voy a saltar en el tiempo y me voy a situar en la actualidad con un José Juan casado, que sigue sin poder digerir las albóndigas.

Ilustración de Daniel Camargo

Su mujer ─que come de todo─  suele tener cierto reparo en prepararse unas albóndigas, porque sólo su simple visión en el plato tan humeantes, calentitas con su salsita, oliendo maravillosamente bien, a José Juan le sentaba como un tiro.

Su mujer, que es una cachonda mental, le soltaba:

― Oye que si tu madre te hacía la vida imposible, obligándote a zamparte las putas albóndigas a la fuerza, no es culpa mía. La culpa es de tu madre. No me extraña que tengas un complejo freudiano con  esa comida. Además porque tú no las puedas soportar, yo no voy a dejar de comerlas. ¡Estaría bueno!

La evidente ‹‹comprensión››  de la mujer de José Juan ante el rechazo que manifestaba a la vista de las albóndigas, dejaba bastante fuera de juego al pobre hombre que hacía grandes esfuerzos por no mirar el plato que tan divinamente comía su mujer mojando el pan y soltando hasta gemiditos de placer de lo bien que le habían salido las albóndigas.

Hay que aclarar que la mujer, muy pocas veces, se servía albóndigas. Alguna que otra vez las pedía cuando comían fuera de casa. Lo hacía porque le quería mucho y porque se solidarizaba con él, no siempre claro, pero sí casi siempre.

Le daba pena y pensaba en lo mal que lo pasaría de pequeño, obligado a comer algo que tanto aborrecía. Desde luego, la madre de su marido debía haber sido una mujer temible.

Por supuesto que ella no era así porque, ante todo deseaba que el hogar de José Juan y su repertorio culinario fuera siempre  agradable para su marido.

Después de muchos años de convivencia y estando de acuerdo en casi todo de las cosas de la vida, la comida no iba a ser una excepción. Y la mujer prefirió tomar como un asunto intocable el hacer albóndigas, una bechamel con carne picada, unos macarrones o espaguetis rociados con carnecita y sí prepararle unos suculentos y macizos filetes rusos cubiertos de espesa salsa de tomate.

Todo por amor a José Juan.

Dedicado a mi marido  (aunque él no lo sepa) y también a mi suegra.

Madrid, 26 de diciembre de 2013

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Comments
3 Responses to “La tragedia de Jose Juan”
  1. olgabesoli dice:

    Paloma, no sé si me ha gustado más el relato o la dedicatoria. Ahora en serio, es un relato muy divertido y está narrado de una forma muy fresca y espontanea. Daniel, tu ilustración es genial, con ese Jose Juan ahogándose entre albóndigas. Me gusta especialmente la textura que le has dado al mantel de la mesa. Enhorabuena.

  2. Ay, Paloma! Que no sé yo si la suegra sale bien parada….Imagino que desde el cariño. ¡Hay que ver que forma más divertida de reflejar una realidad tan estresante como la comida de los peques! Sobre todo la de Antonio, el melindres. En humor para reírse…La ilustración una pasada!!!

    • Paloma Muñoz dice:

      Gracias Olga y Yolanda. Me divertí mucho con la historia del pobre José Juan. ¡Hay esa mamá que tiene que hacerle comer al retoño las suculentas albóndigas en salsitaaaaa!!!.
      La ilustración de Daniel es encantadora. No podía haber ilustrador mejor el mal rollo de José Juan con su “Albondalipsis Now”, jajajajajajaaaaaaaaaa

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