Un sitio para Gala

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Género: Cuento

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de  Yolanda Aller. La ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Un sitio para Gala.

Gala tenía miedo a los ladrones… Y a la oscuridad…. Y a quedarse sola….

La pequeña Gala era racional para sus pocos años. El pelo rubio, a la par que oscuro, para pasar desapercibida. El habla silenciosa para poder observar. La mente, brillante. Hacía las cosas de su edad. Habilidosa con sus manos, tenaz en sus intentos, reflexiva, lista, muy lista. Aprendía y cogía del mundo lo que éste le enseñaba. Apenas lo veía, lo interiorizaba. Y los números se metían a operar en su cabeza, las letras a crear, y la música a viajar en violines por territorios ya conocidos.

 Pero, a veces, tenía miedo. Su cabecita se arriesgaba tanto que la llevaba de aquí para allá en nubarrones negros, corcheas que corrían descontroladas, hadas perdidas y cientos de vidas con principio y fin. Gala sufría sus pensamientos enroscándolos y alimentándolos de oscuridad. Se asía, de puro miedo, a una pequeña lamparita a fin de buscar un poco de luz que le dijera que lo que sus ojos veían era cierto. Pero, al final, su alma se imponía y la llevaba consigo a un libre albedrío de sustos y temores.

 Gala tenía miedo a los ladrones. A que vinieran a buscarla.

 Por la noche, dentro de su cama, los esperaba pacientemente. Nunca fallaban. Generalmente, la pequeña solía dormirse antes. Luego, siempre había algún ruido inesperado que la avisaba de que ya habían llegado y que deambulaban en su paseo diario por la casa. Acechándola y acompañándola. Pero ellos nunca la veían…

 Afinaba el oído y no respiraba para alcanzar a escucharlo todo.

 Sentía su presencia en la cocina. A veces, gritaban, y otras sentía un ligero murmullo. Oía música y un tintineo de cubiertos. Arrastraban las sillas y andaban con pasos irregulares. Los pasos que Gala lograba acompasar con el latido de su corazón: primero dos corcheas, luego una negra y otra negra, dos corcheas…, negra y negra… Gala se tapaba los oídos para no quedarse enganchada al ritmo que se repetía y se repetía.

 Por las noches se preguntaba qué hacían allí. Estaba convencida de que, en algún momento, llegarían a por ella. Pero, para eso… tenían que verla.

 Los oía en su habitación. Sobre la estantería de su cama colocaban sus manos, hacían crujir la madera y pasaban las hojas de los libros. Proyectaban los personajes de los cuentos y relatos sobre la pared en destellos intermitentes. Un cinemaxín de imágenes equívocas que hacían a Gala estremecer. Por debajo de las sábanas era capaz de percibir los colores como luces luminosas. A veces, incluso le llegaban olores de otros tiempos: olores a otoño mojado, a agua, a madera. Las imágenes la cautivaban en la pared pistacho. Privada de voluntad, se lanzaba hacia ellas para fundirse con los personajes.

 Y, mientras tanto, tenía miedo, miedo a los ladrones.

 Ellos estaban allí y Gala era capaz de sentirlos. Giraban alrededor de su atrapasueños. Lo atravesaban sin miramiento alguno y rompían su protección. Gala decía que eso ocurría porque no estaba colgado del cabecero de la cama, como debía ser. La red nunca lograba atrapar sus pesadillas y al final se deslizaban, sutilmente, como los grandes sueños buenos, por el centro del círculo. Y por el círculo con diferentes acrobacias se colaban también los ladrones.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Los ladrones, a veces, osaban llegar más allá y ella parecía sentir que llegaban a tocarle la cara. Su cara plácida. Con un pequeño roce, apenas una caricia, Gala sentía el contacto de unas manos suaves sobre su piel temprana. La sensación era tan real y sutil a la vez que la llevaba a caer, poco a poco, en un sollozo tembloroso al que siempre seguían el llanto y los gritos de una realidad que no entendía. Llamaba a su madre, a su padre, y para que la creyéramos se dormía reteniendo con su mano el roce de aquella otra suave mano, con la tranquilidad de que no la habían visto.

 Gala temía ir hacia otras vidas. Que los ladrones se la llevaran a una vida distinta y con otra familia, en otro lugar. Conocía la lección.

 Cada noche acudíamos cuando nos llamaba. Nos metíamos en su cama y la abrazábamos hasta que ni ella ni nosotros podíamos respirar. Era incapaz de levantar la vista. Temía que la vieran ver… Nunca oímos nada, nunca vimos nada. Pero resultaba imposible no creerla.

 Allí debían de estar. No había forma de terminar con el desfile de imágenes que Gala describía sobre la pared. Con la luz encendida la proyección finalizaba pero, en plena oscuridad, era Gala la que narraba los relatos de todo lo que iba viendo. Sin conexión. Una cabalgata de seres y personas que parecían provenir de libros y de fuera de ellos, de antes y de ahora.

 Yo estaba cerca pero en vano. Me levantaba, nerviosa, encendía la luz de la lamparita para ver con los ojos. Abría y cerraba los libros con fuerza a fin de aplastarles, de encerrarlos a todos ellos y de que no pudieran salir. Sacudía una y otra vez el atrapasueños haciendo correr el aire por sus hilos para que, con el polvo, se fueran ellos.

 Y Gala me miraba hacer, como si me equivocara, con la convicción de que no estaban allí, cautivos en los libros o liberados de las redes.

 La acompañaba a la cocina, cuando los oía allí, la colgaba a mis espaldas como a un pequeño cachorro y bien sujeta, la llevaba por el pasillo. Al llegar, siempre se imponía el silencio.

 —Cariño, ¿no ves? No hay nadie.

 Ella abría los ojos levemente y buscaba el desorden que en su mente habían causado. Todo estaba en su lugar. Nada se había movido. Y entonces lloraba y gritaba, convenciéndose de que no se podía equivocar tanto.

 —¡Me van a llevar! ¡Me van a llevar! ¡Es que todavía no me han visto!

 La acercaba a mí, al calor de mi cuerpo, la arropaba para no perderla, sintiendo el miedo de que me la fueran a arrancar, de que las palabras fueran capaces de provocar que se la llevaran.

 —No están, cariño, ya no están.

 Se confundía. Podía casi leer sus pensamientos que me decían que tal vez se hubieran ido. Y los míos que decían que tal vez nunca habían estado.

 Con firmeza le rogaba:

 —Ya, Gala, suéltalos, mi niña.

 —Pero… ¡sí que entran, mamá!. Los ladrones entran en cualquier sitio.

Pero ellos quieren cosas, tesoro, cosas para ellos. Quieren las cosas que quitan a los demás.

 Y Gala seguía queriendo entender. Pero había oído que podían romper cristales, que podían tirar puertas, y que además todo podía pasar sin que nadie hiciera nada. Los ladrones actuaban con total impunidad. Dentro de su mundo y en el nuestro no encontrábamos razones para convencerla. Era vulnerable, porque tal vez lo fuera, como todos nosotros. Y si la vieran…

 Gala tenía miedo a los ladrones.

 En ocasiones su miedo afloraba también durante los días, en escenas cotidianas. Paseaba por la calle y se aferraba férreamente a mi mano. Miraba hacia los lados. Y si veía a alguien acercarse, le observaba detenidamente, trataba de averiguar si se adecuaba a su perfil de ladrón. Paralizada, esperaba hasta que finalmente se cruzaban con nosotras y se iban. Yo la oía respirar. Y también yo lograba acompañar mi corazón al suyo. Al ritmo acelerado.

 II

 Un noche decidí pasarla entera con ella. Me dormí hasta que un ruido inesperado me avisó. Y las dos nos despertamos. La cogí de la mano y nos fuimos a la cocina. La senté en su silla alta y empezó a contarme.

 Érase que se era una niña con muchas vidas. Había sido, campesina, náufraga, violinista, y no sé cuántas cosas más, y había vivido ahora, hace mil años, hace cien y hace cincuenta. Pero siempre la robaban… Gala se veía, como alguien robado que estaba de paso y trataba de contar, con sus palabras, lo que sabía.

 —Mamá, es que me llevan… —sollozaba.

 Su madre le calentaba un vaso de leche con cacao y ponía sobre un plato dos galletas. Trataba de traerla al presente. Revolvía con la cucharilla el cacao sin parar para que Gala no se desprendiera de ese momento a su lado.

 —¿Quién te lleva, Gala? ¿Dónde te llevan?

 —Con otras mamás a veces, y otras veces yo soy la mamá…

Y me contó de sus mañanas de campesina. Sus manitas rotas y resquebrajadas en las heladas. Sin pan. Vivía en una casa de adobe, arena y cañas, con una única habitación. Su mamá tejía sus ropas cada año. A su padre sólo le veía por la noche. En esa vida perdió el apetito para siempre. Se puso malita y le subió la fiebre. Entonces se la llevaron.

 Y me contó de cuando ya no pudo respirar más. De cómo llegó la tormenta y las olas desorientadas la mareaban y la sobrepasaban. Recordaba un mundo blanco y azulado alrededor, neblinoso y difuminado, y que se hundía y se hundía. Y que no tenía aire. A su alrededor agua, agua turbulenta, agua con arena, agua encima y agua debajo. Y tomó el agua como quien respira. Y se la volvieron a llevar. Con ello se quedó la angustia, los infinitos catarros… y el miedo al agua. Pero no alcanzaba a decir más. No podía comprobar nada.

 Y cuando fue mamá junto a un papá. Y vivía en una enorme casa con un gran jardín. Vestía largos vestidos y sombreros. A veces llevaba paraguas para el sol. Era capaz de verla como en un cuadro impresionista. Tuvo dos niños. Pero con el tercero, vinieron y se la llevaron.

 La escuchaba aturdida, maravillada y angustiada, con su lenguaje infantil y su narración desordenada, llena de saltos en el tiempo.

 —Así que volverán ahora también —reafirmaba.

 Ahora estaba conmigo, con su mamá de ahora. La que la había engendrado. De la que tenía su forma de cara, su pelo, su espíritu enérgico y triste. Esta vida era para nosotras. No dejaría que nadie entrara. Ella era mi Gala. Y esta vida era nuestra. Esta vida era nuestra, me repetía. ¿Dónde estaban ellos?

Y Gala se zambullía en sus historias mágicas que adornaba con tal realismo que lograba atraparme y absorberme en ellas. En cada historia me dejaba caer para estar a su lado, para que no estuviera sola en esos mundos, que empezaban y acababan.

Totalmente imbuida en cada nueva realidad, contaba que incluso tuvo vida de hada. Cantarina entre los árboles, cantarina sobre las hojas de los ríos, cantarina en los cantos rodados. Le encantaban los arándanos y el trigo, y la música, y tenía un violín. Y adivinaba melodías que nunca había escuchado. Sus dedos se movían rápidos salpicando las cuerdas. Y esa vida de hada terminó un día que se alejó y llegó a la ciudad. Con luces como estrellas y farolas como lunas. Cautiva entre cemento y cristal se perdió y alguien se la llevó.

Tu voz, niña Gala, tu violín —comprendía su madre, reticente a aceptar que todas las vidas contenían partes de su pequeña.

¿A que un día me verán? ¿A que me van a encontrar? ¿A que sí? —insistía nerviosa—. Y me llevarán a otro lado durante mucho tiempo. Y luego otra vez. ¡Y yo no quiero que me lleven más! ¡No quiero que me lleven más!

Ahora estás conmigo, Gala, no hay nadie. No es cierto que sean ellos. No son ellos… son ruidos… sólo ruidos…ruidos de casa, ruidos de ciudad.

 —¿Dónde me van a llevar, mamá?

Al final el sueño la podía. Derrotada sobre la mesa, con el vaso de cacao sin beber y las galletas intactas, se abrazaba y se colgaba nuevamente de mi cuello.

 —¿Puedo dormir contigo?

 Su madre se la llevaba consigo, como quien portaba una parte más de su cuerpo.

En la cama, su padre dormía. Gala se hacía un hueco entre los dos. Y, atada a ellos, con brazos y piernas, se ataba a la vida que tenía.

Ellos vendrían otra vez, y otra más. Hubo muchas más noches en las que Gala siguió recordando otros sitios a los que la habían llevado y lo que había hecho.

Resultaba difícil ir entendiendo y situando cada una de las vidas que muchas noches me describía. Pero siempre fuimos de capaz de localizarla en un mundo que cabía en la historia, y que había sido. De cada una de sus existencias se había quedado con algo.

III

Y un día los ladrones la vieron. Tal vez esa noche no se había tapado. Tal vez nadie vino cuando llamó. Tal vez la luz de la lamparita se apagó. Tal vez el tiempo había pasado.

IV

Gala ya llevaba una larga temporada sin despertarse por las noches. Habían pasado meses. Dormía en su habitación pistacho de siempre, con sus cosas de siempre. Nada había cambiado: su pelo rubio oscuro, su habla silenciosa, su mente brillante. Seguía tocando el violín cada vez con mejor sonido. Aprendía rápido. Era capaz de reproducir las melodías apenas las escuchaba. Decía que tenía un maestro, por dentro, que la enseñaba.

Y su madre empezó a buscar al maestro.

Gala veía su atrapasueños y sonreía. Lo hacía girar mientras le cantaba. Soplaba sus plumas. Ya no lo quería en el cabecero de la cama. Le gustaba colgado de la lámpara de su habitación porque decía que así el aire corría mucho mejor y todos podían pasar por él.

Y su madre empezó a buscar a los que atravesaban el círculo.

La lamparita, que en otro tiempo iluminaba sutilmente la cama de la niña, no se había vuelto a encender. Gala confesó que un día le había ordenado a la bombilla que se durmiera y se tapara bien.

No volvió a sentir ningún roce en su cara. Pero a veces todavía se despertaba con sus manos sobre su cara como si intentara retener algo.

Y su madre se las abría para comprobar qué no retenían nada.

Gala pasaba las hojas de los libros. Sus estanterías de madera ya no crujían. Tampoco oía el tintineo de cubiertos ni ruidos en la cocina. Cuando oía pasos sonreía pícaramente mientras aclaraba que era el vecino de arriba. Ya no acompasaba su corazón a ellos, sino que jugaba a adivinar qué ritmos hacían y marcaba con sus palmas el compás.

Y su madre descifraba: corchea, silencio, corchea…

Las proyecciones sobre la pared dieron paso a un buen uso de lápices de colores con los que Gala creaba dibujos fantásticos a los que ponía nombres.

Empezó a tener un gran apetito. Desayunaba su vaso de leche con cacao y algunas galletas, pero lo que más le gustaba era el pan con mermelada de arándanos que tomaba en la merienda. Ya hacía mucho que no se ponía malita con sus catarros.

Y su madre decía que era por lo bien que comía.

Gala ya no se enroscaba en la oscuridad. Jugaba a lo hábil que era en no chocar con juguetes ni muebles cuando ya no había luz. Había también dejado de tener miedo al agua. Nadaba sin ayuda y le encantaba deslizarse por los aros sumergidos de la piscina.

Su madre iba hilando el cambio que veía. La observaba feliz,…pero empezó a cerrar la puerta de casa por las noches con llave. Poco a poco empezó a inquietarse. Empezó a oír ruidos. Y detrás de los ruidos intuía presencias. Se despertaba y cogía las manos de su marido para agarrarse.

Gala no tenía miedo, pero su madre empezó a esperarlos. Escondía sus cosas en cajones porque llegarían a por ellas. Bajaba las persianas apenas anochecía. Cerraba los armarios. Y los libros.

Salía a la calle con Gala agarrada de la mano. La pequeña notaba cómo su madre la cogía con fuerza cuando se cruzaban con alguien. El bolso bien asido.

Gala la miraba hacer y una noche que estaba encendida la lamparita de su madre se levantó. Y, con su pelo rubio oscuro, su habla silenciosa y su mente brillante la abrazó y le dijo:

No van a venir, mamá.

¿Quién, Gala, quién no va a venir? —dijo su madre, aturdida.

Los ladrones, mami, ya no van a volver.

¿Volver adónde? ¿Dónde están, Gala?

La madre se sentó en la cama, alarmada, para escucharla otra vez más. Temía que volvieran los cuentos.

Un día me vieron, mami. Seguro que no me tapé o que la lamparita se apagó. Eran muchos, pero eran buenos. Yo ya los conocía de otras veces, cuando estuve con ellos. También estabas tú. Pero no eras mi mamá. Ellos me han dicho que ahora tengo que aprender mucho, como cuando tengo que hacer deberes. —Entre risitas añadió—. Voy a estar muy ocupada. —Adivinó la cara confundida de su madre—. Pero mamá ¿tú no te acuerdas? —insistía.

¿De qué, Gala? ¿De qué me tengo que acordar?

De cuando fuiste otra mamá y eso… de los otros sitios. Los ladrones se han quedado allí.

No, cariño…, yo no he sido más mamá que ahora.

Gala se hizo la interesante y sonrió como si fuera a desvelar un secreto.

Eso te crees tú. En una vida hay muchas vidas.

Los ladrones se quedaban en algún lugar, a la espera.

Gala reía con su risa cantarina, su pelo rubio, a la par que oscuro, y su mente brillante.

No puedes montar dos veces en el mismo tiovivo, mami —bromeó.

 Pero yo me quedo aquí.

Toda esta vida.

Contigo.

 Gala se acercó a su madre y le dio un sonoro beso y un abrazo de esos que dan los niños cuando aprietan.

Yolanda Aller

Diciembre 2013

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Comments
4 Responses to “Un sitio para Gala”
  1. olgabesoli dice:

    Yolanda, tu cuento, aunque inquietante y triste en momentos, es muy mágico y tierno. ¡Qué bonita la idea de que madre e hija se han ido reencontrando en diferentes vidas! La ilustración de Tico es estupenda u destacaría ese cielo estrellado de donde parecen surgir nuevas manos acechadoras. ¡Buen trabajo!

  2. Gracias, siempre, Olga

  3. Paloma Muñoz dice:

    Es un cuento muy original. La niña tiene ese encanto que está entre la candidez y el sobresalto de los miedos infantiles. La figura protectora de la madre ofrece un sosiego a la historia inquietante de los ladrones acechantes y la ilustración de Tico es preciosa dentro de lo que perfectamente se ve: el terror de Gala y esas manos que se abalanzan sobre ella.
    Estupendo los dos.
    Un abrazo, Paloma

  4. Gracias Olga, Paloma 😉

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