Abracadabra

Autor@: 

Ilustrador@: Marta Herguedas

Corrector@: 

Género: Realismo mágico

Rating: +7

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Abracadabra.

 

Las gotas se deslizan por la tubería lenta y rítmicamente…, cayendo a intervalos regulares, como si fueran un metrónomo improvisado. Tac, tac, tac. Y aunque ya no llueve, seguirán así durante un rato, hasta que todas hayan terminado inexorablemente en el suelo gris de baldosas sucias, formando un espejo en el que podrías ver reflejadas las nubes.

Hay poca luz y mucha presbicia, por lo que debes hacer un esfuerzo considerable para llegar a divisarlas en detalle. Bajan por el caño resignada y organizadamente, como hormigas que vuelven al hormiguero, como parados en la cola del INEM.

No debe de ser fácil ser agua, piensas. Por un momento te imaginas que las gotas tienen vida propia y que, mientras recorren ese improvisado tobogán, debido al empuje de la gravedad, desconocen lo que les va a pasar al llegar al final, cuando el brusco cambio de dirección del tubo haga que se acumulen imprevistamente en un punto, y terminen cayendo al vacío, estrellándose contra el suelo. El destino es así de implacable y no perdona ni a una mísera gotita.

Cuando dejas de observarlas, y vuelves a la realidad, notas de pronto todo el cansancio acumulado en tu cuerpo y te sientes como si acabaras de atravesar el desierto de Gobi. Son las nueve de la noche y es jueves. Un jueves como tantos, de derrota. El día no fue fácil, qué va. El año entero tampoco lo está siendo.

El último cliente de la tarde te dejó colgado, después de una hora y media de espera en un bar inmundo. No es el primero que lo hace, ni será el último. Y tú vas a comisión, por lo que esas ausencias te duelen en el corazón y en el bolsillo.

Pero no es sólo eso. Hoy todo ha ido mal. La ducha fría por culpa de la bombona, la discusión con Marta durante el desayuno, la inasumible factura de la luz en el buzón, la rueda pinchada en el aparcamiento… Y además, para completar la racha, anoche perdiste jugando por la Champions en el sofá de tu casa y aún no has podido recuperarte del golpe. Sabías de antemano que es casi imposible ganarle a los alemanes, pero igual te ha tocado en el alma.

Y esta noche, de pronto, te has quedado sin nada que hacer. Se han acabado por hoy los compromisos laborales. Deberías volver a casa, pero no tienes ganas…

Te invade una cierta sensación de insatisfacción. Sabes que necesitas un cambio, romper esquemas, hacer algo distinto, pero te falta práctica. Y la imaginación no es lo tuyo. La rutina se ha cebado en ti, y hasta te cuesta recordar cuáles eran las cosas que te gustaban.

Comienzas a caminar sin rumbo, recorres las calles de Madrid esperando descubrir algo nuevo, algo que te quite esta sensación de mierda, una sorpresa, un golpe de timón, algo que sacuda tu vida. Pero como tantas otras veces, no sabes que hacer para conseguirlo, y prefieres confiar en quesea el cambio el que venga hacia ti.

Y sigues caminando lentamente, pisando los charcos de tu ciudad, con la mente enmarañada, esperando que caiga una ficha, que surja la idea, que pase algo.

De pronto un cartel lejano te llama la atención. “Hoy 21.00 h. Gran Espectáculo de Magia de Dan Garin”. ¿Magia?, piensas, je, je, ¿todavía quedan magos?

Pero algo te hace dudar… ¿Y por qué no una noche de magia? Y empiezas a caminar hacia el cartel. Lo haces instintivamente, casi sin darte cuenta, mientras buscas en tu memoria recuerdos de tu niñez. Tal vez no hayas vuelto a ver un mago en vivo desde los siete u ocho años. Tu infancia, esa época ingenua en la que todo era posible. Cuando aún pensabas que un mago realmente tenía poderes extraordinarios que le permitían hacer cosas increíbles. Cuando la curiosidad y el asombro todavía presidían tu vida. Cuando aún admirabas a tu padre y lo comparabas con Mandrake.

Luego creciste, maduraste, y la propia vida, la dura lucha por la supervivencia, te fue erosionando, empujándote hacia el escepticismo. Ya te costaba más creer, te avergonzaba sentirte ingenuo, lo veías como una debilidad, como una desventaja evolutiva. Y mientras tanto los intentos de engaño se multiplicaban: algunos amigos, muchas mujeres, los políticos de turno, tu jefe de personal, los sucesivos directores de sucursal de tu banco… Todo eso te fue creando una costra protectora y ya no te sientes responsable de tu incredulidad. Ha sido un proceso lento e inexorable, y ha sido en defensa propia.

Pero esta es una noche rara, el capítulo final de un día difícil. Y la magia se ha vuelto a cruzar en tu vida. Casualmente, inesperadamente. Porque ella ha querido. Hoy tienes ganas de dejarte llevar por tus impulsos, como cuando tocabas todos los botones de los telefonillos de los bloques de vivienda en Móstoles y salías corriendo antes de que bajaran los vecinos.

Casi sin darte cuenta has llegado al cartel. Ya estás bajo la marquesina de uno de esos teatros pequeños y cutres que tiene Madrid. Nada del otro mundo. Al menos parece limpio, aunque no le vendría mal una mano de pintura. En una esquina, Dan Garin, el mago en cuestión, sonríe desde un cartel amarillento con una estética muy de los 80. Seguramente el cartel mismo es de esa década. Toda una reliquia.

Sin pensarlo mucho te acercas a la taquilla y sacas una entrada de primera fila porque hoy no te quieres perder nada. Y te quedas un rato fuera fumando, haciendo tiempo, preparándote para lo que va a venir, como hacen los buzos al volver de una inmersión muy profunda, para evitar la embolia. Descompresión lo llaman.

Cuando entras a la sala, oscura y fría, lo primero que notas es el penetrante aroma a desinfectante, y cuando la vista se va acostumbrando a la penumbra ves que sólo hay unas diez personas dispersas en una sala que en sus buenos tiempos albergaría unas doscientas.

Te sientas en tu butaca, incómoda como pocas, y cierras los ojos, mientras suena una música indefinida, como de hipermercado. En un par de minutos la intensidad de las luces aumenta, al igual que el volumen de la música, y finalmente sale el mago

Parece que fuera el padre del de la foto del cartel. Los años para él no han pasado… en vano. Indudablemente lleva una dentadura postiza, algo suelta tal vez, lo que confiere un tono pastoso a su alocución. Y una peluca, de un tono entre naranja y rojizo, como si se le hubiera oxidado el cerebro y ese óxido estuviera chorreando hacia afuera por algunos poros de su cuero cabelludo. Se mueve con aparente soltura bajo su capa dorada, la soltura que te dan años y años repitiendo los mismos trucos. Lo acompaña una ayudante en minifalda, bastante más joven que él, y algo gordita. Seguro que son amantes, piensas.

Durante la primera parte de la rutina te cuesta concentrarte. Todos los trucos son burdos y conocidos, y la verborrea del mago resulta insoportable. Así más o menos durante unos veinte minutos, en los que se alternan trucos malos con chistes malos, en los que comienzas a arrepentirte de tu decisión, y tratas de recordar qué peli había esta noche en Canal Plus.

Y de pronto sucede lo que nunca te hubieras imaginado. Bajan las luces y un único foco alumbra al mago, mientras su ayudante, por detrás, entra al escenario empujando algo así como una mesa con ruedas sobre la que hay una caja alargada.

­Ahora veréis algo increíble, pero para ello necesitamos un voluntario dice Mr. Garin, mientras clava sus ojos en los tuyos, con una sonrisa cómplice.

Al principio no entiendes el mensaje. Das vuelta la cabeza buscando alguien detrás pero no hay nadie. Claro, es que no hay nadie en las diez primeras filas. Eres tú el elegido, el “voluntario”. El único posible.

¿Se anima señor?insiste. No puedes ver tu propia cara, pero te la imaginas. Esta no era precisamente la idea que tenías de tu retorno como “público” al mundo del espectáculo. Ahora comprendes la magnitud del error cometido al elegir la fila uno. No te gusta el protagonismo, no es lo tuyo, pero una vez más, como en tantas ocasiones, alguien ha decidido por ti.

Corina…, ayude al señor a subir al escenario— dice Mr. Garin. Y ves asombrado cómo tus piernas, aparentemente desconectadas de tu intelecto, suben los seis escalones que te llevan hacia Corina.

Ya estás arriba, y el potente foco te deslumbra, impidiéndote ver las butacas de la sala. La situación te supera y tu enorme timidez te ha bloqueado. No sabes cómo actuar, estás algo mareado, y un zumbido en los oídos te impide escuchar lo que dice el mago, a tu izquierda. Sólo consigues descifrar algunas palabras sueltas: único, sorprendente, cortaremos su cuerpo en dos, volveremos a unirlo…

Mientras habla, y para recuperar tu autocontrol, tratas de concentrarte en su ayudante, Corina, cuya celulitis, ahora que estás más cerca, puedes apreciar en detalle. Ella, experta en estas lides, se muestra amable y simpática, y mientras te lleva hacia la mesa alargada en la que descansa la caja, te murmura al oído Tranquilo, no te preocupes, no tengas miedo que no pasa nada, es todo un truco Y tú querrías creerla, más que a nadie en el mundo, confiar en ella ciegamente, pero tu corazón galopa desbocado, y tu párpado izquierdo tiembla, como aquella vez en la que el guardia civil te quitó los puntos.

Te hacen acostar dentro de la caja horizontal, roja y dorada, que se nota que ha sido repintada unas cuantas veces y tiene unas ranuras marcadas en distintos sitios. Te cuesta hacerlo, porque ya no eres tan ágil como antes y además el miedo agarrota tus músculos. De hecho, Corina debe esmerarse en un par de oportunidades para evitar que caigas al suelo. Mientras tanto, el mago habla, y habla, y habla. No para de hablar, aunque tú ya hace un rato que has dejado de intentar comprender qué es lo que dice. Y antes de cubrirte con una tapa, alcanzas a ver cómo el mago muestra al público, al escasísimo público, un impresionante serrucho de metro y medio de longitud cuyo filo brilla a la luz del foco.

Ilustración de Marta herguedas

Una vez que estás dentro, y con la tapa puesta, la claustrofobia te lleva a recordar textos de Poe leídos en tu adolescencia. Comprendes que no te puedes bajar de este asunto como de un autobús, y tratas de rebobinar la última hora de tu vida, buscando desesperadamente entender cómo es que has llegado a ese sitio, a esa situación, a esa posición (decúbito supino). Cómo carajo fue que se produjo esa transición desde un cliente ausente, a un mago presente y provisto de una portentosa arma blanca. Tu hemisferio derecho, más intuitivo, trata de calmarte, argumentando que esto es un truco muy manido, que probablemente tenga siglos de antigüedad, y que si el espectáculo se repite en ese teatro regularmente, es porque, de momento, no han tenido víctimas. Mientras tanto, tu hemisferio izquierdo, más racional y pragmático, te dice que no puedes confiar en un desconocido, y menos si está armado, y que no hay a la vista elementos de escape viables…

Desesperado, miras a tu alrededor, dentro de la caja, y ves las rajas, previstas para alojar la hoja del serrucho, pero no ves ningún dispositivo que pueda desviarla para proteger tu cuerpo. Tampoco ves una puerta secreta que te permita escapar ante una señal de Corina. Ella tampoco te ha explicado nada al respecto en el breve momento en el que te ayudaba a subir a la caja. No entiendes lo que está pasando, pero la cosa no tiene buena pinta. En absoluto.

En medio de tu creciente desesperación, notas que el mago finalmente se ha callado y escuchas algo así como un redoble de tambor, que te indica que ha llegado el momento de la verdad. La impotencia y el miedo te llevan a cerrar los ojos. Aprietas los puños y rezas. Si, tú, precisamente tú, rezas para que todo salga bien…

Pero va a ser que no. Segundos después sientes la hoja del serrucho desgarrando tu vientre. Una punzada de dolor inimaginable te atraviesa de la cabeza a los pies y notas un líquido caliente que chorrea por tus manos.

En un instante desfila ante tus ojos una catarata de imágenes de tu pasado. Antiguas novias, tu primer coche, algunos amigos, tu madre preparándote el desayuno, algún partido del Atleti… Es un torbellino que parece arrastrar todo aquello que alguna vez fue tuyo. Como si se te hubiera caído el móvil al inodoro y el maldito remolino de agua arrastrara con él a todos tus contactos, tu agenda, tu vida. Para siempre.

Y te olvidas de todo. Del mago, del público, de este jueves de mierda, tan igual a tantos otros y tan distinto. Piensas que el dolor es ahora lo único que te ata a la vida y que mientras lo sientas significará que aún tienes alguna posibilidad. Pero en el fondo sabes que ya te queda poco y que, de un modo inesperado, ridículo, te ha llegado el momento. Que una maldita carambola te llevó al punto en el que un absoluto desconocido te ha quitado lo poco que tenías. Y una extraña lucidez sobrevenida te hace comprender que ya nada se puede hacer, y es hora de soltar ese cuerpo que alguien te alquiló hace ya tantos años y nunca te preocupaste de cuidar…

Y con la resignación llega la calma. La calma total.

Ya no sientes nada. Absolutamente nada. No hay dolor, ni recuerdos, ni preocupaciones. Estás como flotando. Y te invade una gran paz.

Sientes una agradable tibieza, y una luz muy blanca y muy intensa te deslumbra, impidiéndote descifrar donde te encuentras. No tienes miedo. Sientes el impulso de dirigirte hacia la luz, un impulso incontenible.

Poco a poco tus ojos se van acostumbrando a ese resplandor, y ves unas sombras, unas figuras conocidas que se recortan contra la luz. Son tres siluetas familiares, que parecen conocerte, que te hacen gestos amistosos.

Que parecen dirigirse a ti. Que te hablan…

Papá, papá. Nos vamos a jugar en las olas con los primos.

Y dice mamá que cuides el bolso, y que si vas a seguir durmiendo al sol, al menos te pongas algo de protector solar.

 

Daniel Camargo. 2014

 

Anuncios
Comments
4 Responses to “Abracadabra”
  1. Daniel Camargo dice:

    una cosa…, que la ilustradora de mi relato es Marta Herguedas

  2. Paloma Muñoz dice:

    Daniel, me ha encantado el relato, es una pasada, el pobre hombre, jajajajajaj, al final que se ponga algo de protector porque se va a quemar el jeto con el sol. Ayss estos sueños-pesadillas o pesadillas-sueños. En el fondo es lo que el hombre quería: estar tranquilo en algún lugar idílico. Buenísmo el relato y la ilustración de Marta es impresionante con un punto-morbo que te rilas.

  3. olgabesoli dice:

    ¡Que bueno! Pobre hombre, menudo día y menudo final. ¿Es así lo que consiguen los pobres desgraciados al morir. nada de paraíso, sólo una simple playa con la mujer y los niños? ¿o fue todo una pesadilla por la insolación? Sea como sea, me lo he pasado en grande. Me gusta tu sentido del humor y la forma en que torturas a tus personajes, ¡ni te lo hagas mirar, ni dejes de hacerlo!. Y Marta, has escogido el momento más angustioso (para el protagonista) para ilustrar, y encima, con esa iluminación en redondo que parece que sean enfocados con un cañón y que centra toda la atención en esa sierra…. ¡Buenísimo trabajo de los dos! Geniales.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: