Ciprianillo

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Género: Lado oscuro

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Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez Redondo. Las ilustraciones son propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ciprianillo.

Búhos, lechuzas, sapos y brujas…

Demonios, trasgos y diablos, espíritus de las nebulosas sendas.

Cuervos, salamandras y hechiceras: hechizos de las curanderas.

Podridos tallos agujereados, hogar de los gusanos y alimañas.

Fuego de las Santas Compañas, mal de ojo, negros hechizos, olor de los muertos, truenos y rayos.

Aullido del perro, pregón de la muerte; hocico del sátiro y pie del conejo.

Pecadora lengua de la mala mujer casada con un hombre viejo.

Infierno de Satán y Belcebú, fuego de los cadáveres ardientes, cuerpos mutilados de los indecentes, pedos de los infernales culos, mugido de la mar embravecida.

Vientre inútil de la mujer soltera, maullar de los gatos que andan en celo, greña sucia de la cabra mal parida.

Con este cazo levantaré las llamas de este fuego que se asemeja al del infierno, y huirán las brujas a caballo de sus escobas, yéndose a bañar en la playa de las arenas gordas.

¡Oíd, oíd! los rugidos que dan las que no pueden dejar de quemarse en el aguardiente quedando así purificadas.

Y cuando este brebaje baje por nuestras gargantas, quedaremos libres de los males de nuestra alma y de todo embrujo.

Fuerzas del aire, tierra, mar y fuego, a vosotros hago esta llamada: si es verdad que tenéis más poder que la humana gente, aquí y ahora, haced que los espíritus de los amigos que están fuera, participen con nosotros de esta Queimada.

***

Durante toda su corta vida guardó los secretos. Toda su vida sin poder compartir con nadie las cosas que iba descubriendo. Lo que aquel niño había llegado a averiguar, no se podía relatar. El simple hecho de hacerlo; traería, a quien osara, todos los males, males inimaginables. Toda su vida sufrió el acecho de las maldiciones de los diablos y fue perseguido por los conjuros de las brujas.

—Los diablos y las brujas custodian los conjuros y las más secretas pócimas, los guardan con celo en las entrañas de la tierra y nadie, tiene ni tendrá nunca acceso a ellas—Dijo aquel hombre mientras llenaba las tazas de barro con el aún ardiente orujo que a borbotones manaba de aquella queimada.

«¿Por qué habré espiado tras la puerta? —Se preguntaba Ciprianillo— me habían advertido de que no lo hiciera. Maldigo el día en que escuche aquel conjuro».

***

Ciprianillo y su familia vivían en un pueblecito muy cercano a Santiago de Compostela. Su casa era una de las que salpicaban los coches que, en los días lluviosos, transitaban por aquella pequeña carretera. En la parte trasera de la casa, una pequeña huerta abastecía de verduras y otras hortalizas a esta humilde familia. En una esquina, una pequeña caseta de maderas viejas servía de cobijo al cochino que todos los años se criaba, para a continuación, servir de alimento en los fríos días de invierno. Tras la huerta, la vía del tren, y a continuación; campos de cultivo, bosques y praderas. Varias casas iguales se extendían a lo largo de la angosta carretera. Eran las casas que, en su día, había construido la empresa ferroviaria para albergar a las familias de sus trabajadores.

Ciprianillo siempre había sentido mucha curiosidad por las historias que contaban los mayores y en especial, si se trababa de relatos sobre hechizos, o brujerías. Había oído hablar de la Santa Compaña, de la Reyna Lupa y de muchas más cosas que habían ocurrido en el monte que se elevaba a muy pocos kilómetros de su casa. El Pico Sacro era el lugar más misterioso para Ciprianillo y al que iba siempre que le era posible.

Aquella noche comenzó todo.

El muchacho, tras cenar, se retiró a su habitación. Era una fría moche de invierno, en la que el cielo, se mostraba totalmente despejado. La luna llena alumbraba los campos y bosques que se podían ver tras la ventana de su habitación. El viento estaba en calma y a sus oídos no llegaba el más mínimo sonido. El muchacho apagó la luz de su cuarto y se dispuso a dormir. Echado en su cama y mirando a la ventana podía ver las copas de los árboles de una finca cercana. La luz de la luna, las alumbraba…

«¡No mires, no mires! —Pensaba Ciprianillo mientras tras la ventana de su cuarto tañía una pequeña campana, a sus oídos llegaban canticos fúnebres y murmullos de oraciones—»

Echado en la cama continuaba mirando hacia la ventana. Solamente podía ver las copas de los árboles de la finca cercana. Sabía que no se debía de incorporar para ver más abajo, para poder ver lo que sucedía en la carretera delante de su casa. La campana seguía sonando y tanto esta como los canticos y oraciones llegaban a sus oídos con más claridad. Hubo algo que se dejó de oír; el sonido de las cadenas que arrastraban en su caminar. La Santa Compaña, se había parado.

Ilustración de Paloma Muñoz

«Se han parado delante de la casa ¿Qué quieren? ¿Estarán justo delante, o habrán parado en la del vecino?»

La curiosidad pudo con Ciprianillo que, de un salto, salió de la cama acercándose a la ventana. La Santa Compaña se había parado ante la casa de su vecino, «Pobre hombre —pensó— muy pronto le visitará la muerte».

En ese momento, el muchacho no sabía por qué, él, era capaz de ver a la Santa Compaña. Se decía que muy pocos la podían ver. Sus padres le prohibían desde muy pequeño estar presente cuando pronunciaban el conjuro de la queimada, o asistían a reuniones en las que se pronunciaban otros, o eran presididas por alguna de las brujas de la zona que invocaban a los espíritus de los muertos. Sus padres le intentaban proteger. Sabían que Ciprianillo podría ver a la Santa Compaña y que también podría descubrir los misterios escondidos en los hechizos de las brujas y en las maldiciones de los demonios. Ciprianillo había sido bautizado, por error del cura del pueblo, con el óleo de los difuntos.

«¿Me habrán visto? —se preguntó a continuación».

Tras este pensamiento, y para aclarar su duda, abrió la ventana y se asomó. Pudo percibir el olor a cera de los cirios que portaban y pudo ver cómo quien portaba una cruz y un caldero con agua, le miraba. Era el mortal que presidía el cortejo. Ciprianillo le pudo reconocer, era su vecino.

Hacía tiempo que se comentaba en el pueblo. Roberto, su vecino, llevaba un tiempo en el que se le veía desmejorado, como si una extraña enfermedad le estuviera consumiendo. El médico del pueblo ya le había mandado a varios especialistas de Santiago, pero ninguno supo decir el mal que le aquejaba.

***

Los elegidos para ir delante de la Santa Compaña son mortales que no recuerdan durante el día lo ocurrido en el transcurso de la noche. Únicamente se podrá reconocer a las personas penadas con este castigo por su extremada delgadez y palidez. Cada noche su luz será más intensa y cada día su palidez irá en aumento. No les permiten descansar ninguna noche, por lo que su salud se va debilitando hasta enfermar sin que nadie sepa las causas de tan misterioso mal. Condenados a vagar noche tras noche hasta que mueran u otro incauto sea sorprendido (al cual el que encabeza la procesión le deberá pasar la cruz que porta).

***

Roberto miraba a Cipianillo y con su gesto le ofrecía la cruz que portaba. Al instante se dio cuenta de que todas las ánimas, todas las almas en pena que formaban aquella procesión de difuntos, le miraban e invitaban a que se uniera a ellos. Ciprianillo no iba a ser el incauto que portara la cruz. No estaba dispuesto a cumplir la pena impuesta por alguna autoridad del más allá a su vecino Roberto. Cerro la ventana retirando la mirada antes de que fuera demasiado tarde y su embrujo le hiciera perder la razón accediendo a aquella macabra petición.

Ciprianillo sabía que tenía que apartarse de su camino si se la encontraba, también sabía que se podría librar de ella tirándose boca abajo y esperando sin moverse, aunque la compaña le pasara por encima. Sabía que nunca debería de tomar una vela que le tendiera algún difunto de la procesión, pues este gesto le condenaría a formar parte de ella. Lo que no sabía era cómo librarse una vez que sabían que los había visto y le habían ofrecido la cruz. Cogió una tiza de la pizarra que tenía en su habitación donde apuntaba y hacía sus dibujos. Pintó un círculo en el suelo y dentro de este dibujó una cruz; se postro en el suelo dentro del círculo, se tapó los oídos para no escuchar la voz ni el sonido de la compaña y se puso a rezar.

No sabía si esto serviría para que la procesión siguiera su camino pero… Pasados cinco minutos se atrevió a separar las manos que tapaban sus oídos. No se oían los rezos ni los cantos funerarios, ya no olía a cera de los cirios y la carretera, una vez que se atrevió a incorporarse y asomarse de nuevo a la ventana, estaba despejada. La Santa Compaña había continuado en busca de otro incauto.

—Padre, padre, despierte.

Ciprianillo había ido a la habitación de sus padres, no podía dormir y necesitaba contarle lo que había sucedido.

—¿Qué sucede hijo, por qué me despiertas a estas horas?

—Ya sé cuál es la enfermedad que consume a nuestro vecino Roberto.

—¿Y para eso me despiertas? ¿Cómo puedes saberlo?

—he visto la Santa Compaña y él presidía el cortejo.

Su padre salió de un salto de la cama, sabía que tarde o temprano iba a suceder pero no pudo evitar la sorpresa.

—Vamos a la cocina no despertemos a tu madre —le dijo mientras lo cogía del brazo y lo sacaba de la habitación.

Ciprianillo se sentó en una banqueta y mirando hacia su padre, que daba vueltas de un lado a otro de la cocina, esperaba que le tranquilizara.

—Ya sabía yo que esto iba a suceder —dijo su padre en voz muy baja mientras apretaba con rabia los dientes.

—¿Qué iba a suceder qué? —Preguntó Ciprianillo aún más asustado.

Su padre dejó de dar vueltas por la cocina y se sentó a su lado, apoyó los codos sobre la mesa y con las manos en la frente y la mirada depositada en la mesa le dijo:

—No quería que sucediera tan pronto, eres demasiado joven todavía para comprenderlo.

—¿Para comprender qué? No me asustes más por favor.

—Solamente tienes quince años y no estás preparado. Has visto a la Santa Compaña, has identificado al mortal que porta la cruz y no te han llevado. Sin duda eres el elegido. Lo supe cuando hace quince años don Román te bautizó utilizando por equivocación el óleo de los muertos.

—¿De qué estás Hablando? ¿Cómo que me ha bautizado con el óleo de los muertos? ¿Qué significa todo esto?

Ciprianillo, al no poder dormir por los nervios y el susto había ido a buscar consuelo en su padre, ahora; no solo no dormiría esa noche, no dormiría el resto de su vida.

Aquel hombre levantó la cabeza y miro directamente a los ojos de su hijo. Su mirada expresaba un profundo desasosiego.

—Hijo, si la Santa Compaña no te ha llevado, es porque eres sin duda el elegido. A partir de ahora los demonios y las brujas, los espíritus del mal y las almas que no encuentran el camino te seguirán. Tú serás el encargado de recoger todas sus súplicas, de manejar sus conjuros y maldiciones y de ser el custodio de tanto conocimiento. Por las noches recibirás la visita de las almas en pena que te pedirán consejo, las brujas intentarán maldecirte con sus hechizos y los demonios lucharán por adueñarse de tu alma. Cada vez que consigas hacer que un alma en pena encuentre el camino hacia la luz, te adueñaras de un conjuro de bruja y con este ya nunca te podrán hacer daño. Los demonios perderán fuerzas y estarás más protegido contra ellos. Cuantas más ánimas liberes y más conjuros poseas, más fuerte serás y llegará el día en que podrás descansar pero este no llegará hasta que hallas recopilado todos los conjuros de las brujas y hallas dominado con tu fuerza a los mismísimos demonios.

—¿Y qué puedo hacer? —Preguntó ciprianillo— ¿No sé por dónde he de empezar?

—No tienes que hacer nada, solamente tienes que liberar las almas de los que te lo soliciten y esto sucederá por las noches, ellas te visitarán en tu habitación y te contarán lo que les atormenta. Si solucionas sus pesares podrán pasar al otro lado y descansar en el mundo de los muertos. Cada noche vendrá una, y cada noche de luna llena tendrás que ir al Pico Sacro y en el momento en que esta alumbre el paso de la Reina Lupa podrás reclamar para ti los conjuros de las brujas. Podrás reclamar tantos conjuros como almas hayan cruzado el paso desde la anterior luna llena. No puedes hablar de esto con nadie, si lo haces, las brujas prepararán un festín ante la capilla del pico y saciarán su hambre con el caldo de tus propias entrañas. Los demonios se llevarán tu alma y esta tierra quedará para siempre en las sombras. Las brujas y los demonios la poseerán y los humanos vagaremos como almas en pena durante toda la eternidad.

Ciprianillo se quedó callado. Había comprendió la importancia de su misión. Su padre, con lágrimas en los ojos, le dijo:

—Hijo, a partir de ahora nunca más podremos hablar sobre esto. Esta conversación, piensa, no ha tenido lugar.

Su padre salió de la cocina y a paso lento se dirigió a su habitación, tras él, la puerta se cerró…

Todos los días sentía la campana, todas las noches olía a cera quemada de los cirios y todas, entraba un espíritu errante en su habitación. Unos querían dejar mensajes a sus seres queridos antes de pasar al otro lado. Otros daban datos sobre lugares o fechas. Los más no se querían ir, habían muerto demasiado pronto y no entendían el por qué. Durante el día Ciprianillo se ocupaba en cumplir las peticiones y al ir llegando la noche, sentía la presencia de los demonios que acechaban a la espera de que no lo consiguiera. El día de la luna llena del mes de diciembre de aquel año, Ciprianillo había liberado veintitrés almas. Por primera vez subió al Pico Sacro con la intención de reclamar para sí los veintitrés conjuros de bruja. La luna se ocultaba tras las nubes y no podía saber en qué preciso momento estaría alineada con el paso de la Reyna Lupa. La cima del monte Sacro estaba partida en dos, como si con un hacha Los dioses le hubieran abierto una hendidura. En el fondo de esta se había formado un camino y este paso, que transcurría entre las dos paredes de piedra, se dio en llamar así.

Ilustración de Paloma Muñoz

La capilla del pico no tenía cruz. En repetidas ocasiones se había puesto y otras tantas había desaparecido. Tras muchas intentonas, tanto el párroco como los vecinos del pueblo habían desistido y ya hacía años que estaba así. Ciprianillo entendió el por qué sucedía. Delante de la pequeña capilla se reunían las brujas con los demonios, allí se elaboraban nuevas pócimas y se pronunciaban los más diabólicos conjuros.

Al llegar a lo alto del pico, Ciprianillo pudo ver, delante de la capilla, la silueta de una mujer encorvada y cubierta con un sayón negro, en su cabeza, un sombrero de mucho vuelo y en su mano derecha, un retorcido bastón. Se acercó a ella y dijo:

—Vengo a reclamar para mí los conjuros que me pertenecen.

—Je,je,je… ¿Los conjuros que te pertenecen? y ¿por qué crees que te pertenecen? —Le preguntó la bruja. Su voz era ronca y siniestra. Parecía disfrutar con la, para ella, absurda petición de aquel muchacho—. ¿No ves que hoy la luna no alumbrará el paso? Si esto sucede y no puedes reclamarlos, estos ya nunca los podrás tener. Todos caerán sobre ti y los demonios te destruirán. Ja,ja,ja…

Ciprianillo se dirigió hacia el paso y colocándose ante él, miró al cielo hacia el lugar donde debería de aparecer la luna. Pidió ayuda a los dioses del viento.

—¡TARANUS! —imploró— Te pido que apartes la tormenta, que soples con fuerza apartando las nubes para que la luna ilumine el paso y pueda reclamar lo que por derecho ya me pertenece.

La bruja seguía delante de la capilla, miraba al cielo y reía. Los demonios comenzaron a llegar formando remolinos de viento y parando al lado de la bruja, no querían perderse su victoria. El viento comenzó a soplar con fuerza por el paso de la Reyna Lupa. Ciprianillo podía sentir como le empujaba con fuerza haciéndole avanzar hacia el centro del paso. La fuerte corriente empujó las nubes y la luna pudo alumbrar durante un instante el paso. Coprianillo reclamo para sí los conjuros que por derecho le pertenecían. Los demonios desaparecieron y la bruja se acercó a él.

—Toma este libro, te lo has ganado, en él se recogen los primeros veintitrés conjuros que has reclamado, verás que son muchas las hojas en blanco, todas las deberás de rellenar con los conjuros, cuando lo consigas, podrás ir a descansar.

Ciprianillo tomó el libro y se dirigió hacia su casa. El día de la luna llena del siguiente mes y de los venideros, debería de llevarlo al pico para que la bruja apuntara en él los conjuros. Los demonios seguirían acosándole y las brujas cada vez serían más. Una solamente era la encargada de apuntar los hechizos, pero todas las demás harían lo posible para que Ciprianillo no lo consiguiera.

Según pasaban los meses Ciprianillo se hacía más sabio y los demonios perdían su fuerza. Las brujas ya no le podían sorprender, sabía quiénes eran. Por las noches sus casas se iluminaban, de ellas salían los destellos producidos por la cólera de los demonios que todas las noches las visitaban para reprocharles que no pudieran vencer a aquel insignificante mortal.

Ciprianillo sabía que mientras consiguiera que todas las ánimas que le visitaban pasaran a descansar al mundo de los muertos, ni las brujas ni los demonios le podrían hacer daño.

Una noche, un ánima de mujer se acercó a él, era joven y muy bella, le susurró al oído:

—Yo ya estaba muerta en vida, al casarme me enterraron y tras una larga enfermedad de la que no podría salir, me dieron la extremaunción. Seguí viviendo pero muerta estaba. Aquel cura que me casó, al darme la extremaunción mi alma separó. Por seguir en esta tierra las brujas y los demonios me persiguieron. Los demonios me hicieron pecar con la mirada y la Santa compaña me dio la cruz y un caldero con agua. Me fui debilitando hasta morir mi cuerpo y tras morir vago por esta tierra en busca de quien nos libere de las brujas y demonios. De los demonios no te puedo defender aunque tú, ya lo haces bien. De las brujas traicioneras, sí te puedo proteger. En la cueva grande del pico Sacro he dejado en vida mi amuleto y solamente podré pasar al lado de los muertos y descansar, conociendo que tú lo has cogido y que con él te protegerás. Está dentro de una pequeña caja de madera que fácilmente encontrarás. Es una figa, una mano de azabache que colgada de tu pecho brillará.

El alma de esta hermosa joven al fin pudo descansar.

El amuleto le protegía, las brujas no sabían que era lo que las mantenía alejadas de él y ni los mismísimos demonios lo podían comprender.

Llegó el día en que el libro se completó. Solamente quedaba el espacio justo para un solo conjuro y este no lo podía encontrar porque ya no quedaban ánimas que le pudieran visitar y con ellas se lo pudiera ganar.

En este libro ya se recogía toda la sabiduría acumulada por la hechicería desde la época medieval, se había recogido la forma de encontrar tesoros, la forma de componer la vara fulminante, con la cual se podía hacer llover y alejar las tormentas. Todo estaba dentro de él.

Ciprianillo comprendió lo que sucedía. Lo que faltaba era el conjuro que protegiera este libro de las manos tanto de los humanos como de los diablos y las brujas. La luna llena de agosto de aquel año brillaba con especial resplandor. Ciprianillo subió hasta el Pico Sacro y se sentó con el libro entre los brazos delante de la capilla. Estuvo solo hasta que comenzó a notar la presencia de los demonios que giraban como torbellinos a su alrededor. Centenares de brujas comenzaron a llegar unas montadas en sus escobas, otras a pie y otras aparecían surgidas de la tierra. Todas comenzaron a formar un círculo alrededor de la capilla, se fueron formando círculos hasta llegar a cubrir toda la cima del monte. La bruja que había ido anotando todos los conjuros en el libro se puso delante de Ciprianillo, se sentó en el suelo a su lado, extendió la mano y le pidió el libro.

—Muchacho, dame el libro que al tiempo en que pronunciemos el último conjuro lo anotaré.

El muchacho se lo entregó. La bruja le dijo que ya había cumplido su parte, que lo único que faltaba era el conjuro que protegería al libro y a su guardián. Ciprianillo estaba en lo cierto, eso era lo que faltaba pero… “¿y su guardián?”.

Las más de mil brujas que se habían reunido en el pico se unieron en una sola voz. Los demonios formaban remolinos que hacían temblar la tierra mientras las brujas pronunciaban su conjuro:

Hijos de la noche. Perros sarnosos que fornicáis gatas negras.

Búhos y culebras, maldición de la placenta podrida que parió la cabra negra.

Torbellino de demonios, revolved las entrañas de quien ha osado reclamar.

Que la tierra aprese el saber de burlar a los demonios y el poder de todos los conjuros.

Tenga como custodio al mortal que se ha elegido y las rocas de este pico sean para siempre su infranqueable escondrijo.

Este conjuro no podía habérselo ofrecido ningún ánima porque nunca se había pronunciado. Con él, Ciprianillo quedó condenado a custodiar el libro que guardan los demonios y las brujas en las entrañas de la tierra.

Las brujas y los demonios celebraron un gran festín. El mortal había sido vencido. Al liberar las ánimas se libraba de los conjuros, estos no le podían afectar. Al mismo tiempo recibía la fuerza para vencer a los demonios pero… al no haber más ánimas a las que liberar, este último conjuro, sí le pudo afectar.

Los demonios, las brujas y todos los señores del mal, campan a sus anchas por este mundo infernal.

Ciprianillo y el libro descansan en las entrañas del Pico Sacro. Hay quien dice que se esconde en una de las grietas del pozo que comunica la cima con las aguas del rio Ulla.

Jesús Rodríguez.

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Comments
2 Responses to “Ciprianillo”
  1. Paloma Muñoz dice:

    El relato de Jesús es una pasada que te pone los pelos de punta con la movida de La Santa Compaña y todo ese universo plagado de folklore brujeril gallego tan alucinante. Ha sido un placer haber realizado las ilustraciones para esta historia del pobre Ciprianillo.
    Un abrazo,
    Paloma

  2. olgabesoli dice:

    Jesús, tu relato da miedo, mucho. En él no se distinguir lo que es tradición y leyenda de lo que es fantasía y esta historia podría ser fácilmente una fábula existente contada de padres a hijos durante generaciones.delante del fuego y acompañada de traguitos de queimada, o como decimos nosotros “cremat”. Te felicito por ello. Y Paloma, tus ilustraciones son muy potentes. Me gustan os contrastes de color que has utilizado, sobre todo en la imagen de las brujas. Y esos ojos felinos que miran desde la oscuridad son de lo más inquietantes. Buen trabajo.

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