Colette

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Género: Relato corto

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Este relato es propiedad de Sandra Cuervo. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Colette.

Mientras se llevaba la taza de café bien cargado a los labios, M. ojeó el calendario. Pronto se cumplirían tres meses desde su llegada a la ciudad. Recordó su alegría cuando encontró aquel pequeño local a pie de calle, frente al puerto, rodeado de tiendas, restaurantes para turistas y bares de mala muerte.

La anterior inquilina, una joven pintora, había arreglado la trastienda como si de un diminuto apartamento se tratara. Según el dueño, la chica, alegre y despreocupada, había llegado con el firme propósito de quedarse, y rápidamente se había ganado el afecto de los lugareños, a los que a menudo retrataba en sus cuadros.

Pero algo, posiblemente que el negocio no fuera bien como aparentaba, había hecho que la joven se fuera de forma repentina, sin pagar, dejando allí los cuadros y sus propios enseres. El propietario intentó localizarla, sin éxito; así que repartió algunos cuadros entre el vecindario. Los retratos en los que aparecían personas que no conocía, los dejó apilados en la trastienda, no fuera que algún día se los pudieran reclamar.

Es entonces cuando M. aparece en escena. Después de muchos años siguiendo a su madre por varias ciudades, con mejor o peor fortuna, de aprender de ella primero y de cuidarla y enterrarla después, se dio cuenta de que lo único que le apetecía era partir de cero en una pequeña ciudad costera, dedicándose a lo que mejor sabía: predecir el futuro.

M., la hija de la nigromante, la echadora de cartas, la bruja, la adivina, la vidente. La hija de una mujer que se había atrevido a cambiar el futuro de sus clientes y que, a cambio, parecía haber absorbido el mal que había desviado de los otros. La misma mujer que durante sus últimos años había encadenado una enfermedad tras otra, aparentemente sin relación entre sí, acabando sus días entre desvaríos y haciendo prometer a su hija, en sus escasos momentos de lucidez, que jamás recurriría a la magia negra para cambiar el destino de nadie. Eso, y que nunca consultaría su propio futuro, para evitar la tentación de querer cambiarlo. A M., que había asistido desde bien pequeña a los rituales de su madre, aterradores y atrayentes por igual, no le costó en absoluto cumplir su promesa.

Tres meses que se le habían hecho largos…, infinitos. Adaptarse a una vida tranquila y ordenada en ocasiones puede ser difícil, sobre todo en soledad. Pero M. estaba decidida, y aunque las primeras semanas no hablaba con nadie y notaba el recelo de sus vecinos, poco a poco iban llegando los primeros saludos y presentaciones, las conversaciones sobre el tiempo y hasta algún chismorreo.

No tenía amigos y hasta entonces tampoco los había echado en falta. La presencia de su madre lo había llenado todo. Pero ahora, que ya no estaba, se daba cuenta de que quizás, solo quizás, el mundo exterior y algunas de las personas que lo poblaban, despertaban en ella una curiosidad hasta entonces desconocida.

Como toda médium, era plenamente consciente del estado de sus facultades desde que se levantaba. Por supuesto, no podía decírselo a nadie. Se trataba de sacar adelante un negocio, y de paso, su vida.

Desde hacía unos días, venía notando una falta de sensibilidad y concentración como pocas veces había sentido. El don de la clarividencia, como le había explicado su madre y, mucho antes, su abuela, era caprichoso: se debilitaba, desaparecía… o volvía de forma abrupta en el momento más impredecible. Ellas le habían enseñado que, en esos momentos de ceguera, lo mejor que podía hacer era seguir con su vida, con sus clientes, sacando su parte más observadora y amable, para ganarse la confianza del consultante y así obtener un poquito de información que le ayudara a dar forma a ese tan anhelado futuro. No le resultaba difícil, pero prefería las imágenes claras y precisas que acudían a su mente con la sola visión de una carta cuando estaba en plenas facultades.

La mañana discurría tranquila, con el calor sofocante de julio abriéndose paso, inexorable, minuto a minuto. A la tienda sólo se habían acercado tres mujeres: dos, para consulta, y otra para comprar hojas secas de damiana y bayas de enebro. M. le sugirió no dejarlas hervir, enfriar y servirlas mezcladas con un poquito de vino tinto. La mujer, una cincuentona de buen ver, entrada en carnes y embutida en un vestido floreado, esgrimió entonces una sonrisilla entre cómplice y avergonzada, le dio las gracias y salió por la puerta con paso firme y decidido.

M. empezó entonces a alinear las velas. Estaban dispuestas según su finalidad, en una estantería alejada del escaparate. Al primer vistazo parecían un alegre decorado de manchas grandes de todos los colores, pero al acercarse llamaban más la atención las formas sugerentes de algunas de ellas. Apenas trabajaba con ellas, ni con las pócimas, hierbas y aceites que llenaban su escaparate, pero le daban un aire de misterio a la tienda que a la gente le gustaba, y a menudo, ganaba más vendiéndolas que con las cartas.

Se hallaba ensimismada en sus pensamientos cuando la puerta se abrió. Lo hizo tan rápido que la campanilla apenas tuvo tiempo a tintinear. Se trataba de un hombre alto, de unos cuarenta años, limpio y bien vestido. Cada vez que un hombre acudía a ella, debía agudizar especialmente su capacidad de observación. Solían ser más parcos en palabras que las mujeres y aun cuando las cartas, a veces, hablaban de más, M. se quedaba a menudo con la sensación de no saber realmente qué habían ido a buscar allí.

—Buenos días, señorita… —dijo el hombre, irrumpiendo en los pensamientos de M.

—Buenos días. ¿Qué desea? —contestó M. echándole un segundo vistazo para seguir obteniendo información. Tenía sus dudas.

—En realidad…, he venido por curiosidad. Conocía a Colette, la pintora. Y me ha llamado la atención ver en qué se ha convertido su tienda. No es que yo crea en estas cosas, nada de eso. Pero ya que estoy aquí, me gustaría que, si fuera posible, me contara cosas de mi futuro. ¡Le prometo que si acierta, empezaré a creer! — comentó el desconocido con una sonrisa.

—Muy bien. Pues si le parece acompáñeme y siéntese —le indicó M. mientras caminaba hacia un rincón en una esquina de la tienda. Una mesa con dos sillas. Sobre la mesa, un tapete de seda roja, y a su derecha, un porta incienso con tres varillas humeantes que, unido a su aroma, conferían un ambiente ligeramente hipnótico a la estancia.

Ilustración de Veronica Lopez

Se sentaron uno enfrente del otro. M. abrió el cajón y observó las barajas. Tenía varias, cuidadosamente ordenadas. Pensó durante unos segundos y finalmente se decidió por una en concreto. Antigua, con los bordes desgastados, pero su favorita. A su lado, dentro del cajón, también guardaba un abrecartas de su madre, que conservaba a modo de talismán.

—Usaremos el Tarot de Marsella. Ahora le ruego silencio, voy a barajar. Empezaremos con una tirada general. A partir de ahí, nos centraremos en lo que a usted más le preocupe.

Mientras barajaba y mezclaba las cartas, se fijó en el hombre con más detalle. Llevaba una camisa blanca impoluta, bien planchada, con el primer botón desabrochado. Estaba bastante bronceado, así que se fijó en las marcas más claras de un anillo y de un reloj que en ese momento no estaban. El hombre pareció darse cuenta y le sonrió. Sus dientes eran blancos, bien alineados. Al gesticular, pequeñas arrugas se asentaban alrededor de sus ojos claros.

Posó las cartas sobre la mesa en una pila y le pidió a su cliente que la dividiera en tres montones con la mano izquierda. Le dio a elegir uno. Él eligió el del centro.

M. empezó a repartir las cartas boca arriba sobre la mesa. Dieciséis cartas: cuatro filas por cuatro columnas. Se tomó un momento para interpretarlas. Era una tirada extraña, con muchas cartas invertidas. Intentó tranquilizarse, mostrarse serena. Que el consultante no apreciara su nerviosismo. No estaba segura de conseguirlo.

—¿Por qué aparece la muerte, señorita? ¿Voy a morirme? —preguntó el hombre, abriendo más los ojos. Estaba claro que aunque no creyera, la sola visión de esa carta le incomodaba.

—No. Tranquilo —se apresuró a responder M. en tono templado—. El arcano XIII, la Muerte, aparece muchas veces como un símbolo de cambio, de renovación. Ese es su caso. Si le parece, comenzaré hablándole de su presente. Así podrá comprobar si voy por el buen camino…

—Me parece… bien.

—Veamos —prosiguió M. sin siquiera mirarle. Estaba notando que las cartas volvían a revelarle sus secretos—. La Luna indica que es un navegante, el Rey de Copas, que es conocedor de leyes y comercio. Carismático, ambicioso…

—Si sigue así conseguirá que me sonroje —interrumpió el desconocido.

—No, hay más. Aparecen dos mujeres: una es su esposa; la otra, una joven desgraciada. Debe tener cuidado si desea salir airoso de la situación. La carta de la joven aparece invertida. Eso indica desolación por promesas incumplidas. Un punto de no retorno… Al final aparece un breve encuentro con una tercera mujer…

— ¡Basta ya! ¡Suficiente! No quiero saber más. Ha sido una mala idea venir aquí —volvió a interrumpir él, esta vez visiblemente contrariado.

M. notó cómo el hombre hacía esfuerzos por controlarse. ¿Ira? ¿Nerviosismo? Aún no lo tenía claro.

Rápidamente, el desconocido sacó un par de billetes del bolsillo de su pantalón y los arrastró encima de las cartas, moviéndolas. Al segundo ya se había ido, dejando a M. tan descolocada como su baraja.

La tranquilidad de la mañana se había visto interrumpida en apenas unos minutos. M. se levantó, le vio alejarse y volvió a su mesa. Las cartas mezcladas hacían imposible que pudiera seguir leyéndolas. Sin embargo, sabía que una tirada jamás debe quedar inconclusa. Así que volvió a barajar mientras la imagen de la mujer joven acudía a su mente cada vez con mayor claridad.

Esta vez la tirada era aún más reveladora: la carta de la joven, la Sota de Copas, aparecía rodeada de cartas fatales, todas ellas invertidas. El Mago, los Enamorados, la Torre, el As de Espadas, la Muerte… Nunca en su vida se había encontrado con una combinación semejante.

La Sota de Copas. Quizá una artista, pero con toda seguridad una mujer joven, enamorada, que toma decisiones equivocadas, obsesiva. Seducida y arrojada a la Muerte por el Mago. Agua.

Casi sin pensar, M. se dirigió corriendo a la trastienda con el abrecartas en la mano. En una esquina, en una caja que nunca ha desprecintado, estaban apilados algunos trabajos de la anterior inquilina. Rompió la cinta con el abrecartas y sacó un par de óleos y un montón de láminas. Tal vez bocetos que nunca llegaron a convertirse en cuadros. Animales, barcos, el mar, personas en la lejanía… Una joven de pelo negro y ojos grandes y oscuros se repite. La mayoría de las veces aparecía seria; otras, acurrucada. M. se dio cuenta de que eran autorretratos. En otra, la misma mujer, esta vez abrazada a un hombre al que no se le ve la cara, solo el torso desnudo y una mano con anillo. En todos, una firma: Colette. Siguió revisando. Había también retratos de un hombre. En color, en carboncillo. No era difícil darse cuenta de que todos eran el mismo: en la playa, en un barco, sentado en una cama…, algunas veces emborronados; un hombre aún joven, de ojos claros, con unos rasgos familiares. Tanto que le había tenido enfrente hacía unos minutos.

M. se llevó la mano a la boca para ahogar el grito que se escapaba desde su garganta.

La Sota de Copas… ¡Colette!

Recordó la tercera mujer aparecida en la tirada, la Sota de Espadas que no había tenido tiempo de interpretar. Corrió hacia la mesa para averiguar más. En solo unos segundos la puerta de la tienda volvía a abrirse.

Era el mismo hombre, con la cara desencajada. Se le acercaba, pero M. no podía retroceder más; la mesa, a su espalda, se lo impedía.

—¿Qué es lo que sabes? —le pregunta acercando su rostro a escasos centímetros de M.

—Todo —responde ella, con la mirada fija en aquellos ojos verdes que habían enloquecido a Colette.

El hombre le rodea el cuello con las dos manos. Aprieta tan fuerte que M. apenas puede respirar. De repente, el hombre lanza un gemido y la suelta. Se lleva la mano al costado derecho, ensangrentado, donde M. le ha clavado el abrecartas. Da un par de pasos hacia atrás y de desploma.

M. se le acerca, inexplicablemente tranquila. Se agacha y susurra al herido, que yace en el suelo y respira cada vez con más dificultad:

—No me dejó decirle que yo soy la tercera mujer. La desconocida que irrumpirá en la vida del Mago para unirle de nuevo a Colette.

M. se levanta y gira en dirección a la nada.

—El futuro está escrito. No seré yo quien lo cambie.

Sandra Cuervo

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Comments
2 Responses to “Colette”
  1. olgabesoli dice:

    Muy buena historia mezcla de magia y crimen. Me ha gustado mucho. Y la Ilustración de Verónica, como siempre, preciosa. No puedo parar de mirar esos ojos… si hay una forma de expresar el pánico y la incredulidad a la vez, está en esa mirada, que transmite muchísimo. Felicidades a las dos

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