El conquistador de la Fuente de la Eternidad

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Género: Pulp/ Magia y hechicería

Rating: +13

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El conquistador de la Fuente de la Eternidad.

Sábado, 25 de octubre de 1941:

La búsqueda sigue sin traernos ningún resultado favorable, y ya hemos recorrido prácticamente todo el norte de Sudamérica. 

Soy consciente de que para servir al Tercer Reich y al Führer —al que Dios ilumine y guíe en su extensa gloria— no existe ninguna tarea demasiado grande o pequeña. Sin embargo, esto es ridículo. Supersticiones y estupideces: en eso nos basamos para montar una búsqueda en estas frondosas selvas, desperdiciando tropas y una parte importante de nuestras fuerzas para supervisar las ruinas de una cultura netamente inferior a la nuestra.

Este no es el lugar adecuado para el hijo de un héroe de guerra.

Estoy harto…

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

El sol golpeaba con fuerza en sus nucas rasuradas. Los mosquitos, hambrientos y seguramente llenos de enfermedades, no hacían más que revolotear para intentar encontrar un palmo de piel en el que posarse y alimentarse. Una gota de sudor cayó por su mejilla mientras observaba como aquellos hombres de tez oscura excavaban sin descanso ante la vigilancia de los amenazantes uniformes grises. Su porte destacaba en medio de todos ellos, recto y rígido; más como un noble que como un auténtico soldado. A pesar de que su barba, que hacía días que le crecía desordenada, le daba un aspecto de vagabundo, en sus candentes ojos azules se escudriñaba la representación de la autoridad. Era el único que había decidido rehusar a quitarse el uniforme por pura cuestión de orgullo y honor, muy a pesar de que el calor resultaba del todo sofocante. Nadie, ni siquiera su más cercano compañero, se atrevía a cuestionar aquella decisión que había tomado.

Compañero que ahora se acercaba hacia él con motivo de su llamada. Un hombre muchísimo mayor que aquel otro de gran porte y mirada desafiante subía una colina con aire cansado y doliente. Sus manos delicadas, junto con sus pequeñas y redondas gafas, sus arrugas y espalda algo encorvada, le identificaban como un académico muy poco acostumbrado al trabajo de campo. Y finalmente, su piel más tostada y sus cabellos aunque algo canosos, de color entre pelirrojo y castaño, evidenciaban su nacionalidad austriaca.

¿Algún resultado? —inquirió el individuo de mayor rango.

Su interlocutor sacó un pañuelo ya algo sucio de su bolsillo y comenzó a limpiar sus gafas. Cuando terminó, volvió a colocárselas en la sudorosa nariz.

—Fascinante. Sin duda, todo esto es fascinante.

Impaciente, el militar apretó los puños y tensó los dientes.

—Déjese de monsergas, profesor Leisser. ¿Han encontrado ya la puerta hacia El Dorado o no?

El Dr. Manfred Leisser frunció el entrecejo, luego cerró los ojos y comenzó a suspirar mientras negaba con su cabeza lleno de decepción.

—Discúlpeme, señor. Pero por mucho que me haga salir de las excavaciones y me siga insistiendo con la pregunta, no va a provocar que la puerta aparezca por arte de magia. Tendrá que seguir esperando.

Aquella insolencia le provocó unas enormes ganas de aplastar de un puñetazo su arrogante rostro pero, por desgracia, no podía permitirse aquel lujo. Era un hombre que cumplía con su deber para con el Reich, y el único que podía hablar e interpretar lo que decían los nativos que estaban cavando en todas aquellas ruinas precolombinas.

Sin duda, odiaba todo aquel lugar. Le enfurecía haber sido enviado a perder el tiempo entre unos cuantos escombros a los que a nadie le importaba y le llenaba de ira perderse toda la guerra. Su espíritu joven y sus deseos de lucha se desperdiciaban entre la mierda y el polvo. Un castigo demasiado excesivo para un hombre que solamente se había acostado con la mujer de Heinrich Himmler… claro que, también había cometido la estupidez de hacerlo en su casa y haber sido cazado por éste.

Si lo pensaba bien, tenía suerte de no haber terminado fusilado.

—¿Por qué están tardando tanto? ¡Quizás deberían darles a esos sucios monos más latigazos y menos agua para conseguir lo que necesitamos! ¿No tenéis el mapa de ese famoso conquistador italiano?

—Español —corrigió el profesor —.Hernán Cortés era español.

—¡¿A quién le importa de dónde era?! ¡No me toque las narices! Tiene el mapa ¿no? ¡¿Por qué no tenemos ningún resultado?!

Cansado, aquel hombre maduro se secó el sudor de la frente con bastante pereza.

—Tenga en cuenta que hay muchos factores. El mapa fue elaborado en una época en la que no eran del todo conscientes de la existencia de un nuevo continente, por no hablar de los incontables movimientos que convirtieron en escombros todas esas ruinas precolombinas y las innumerables culturas que fueron modificando el terreno. A todo esto se le suma el hecho de que tenemos que descifrar un idioma ya prácticamente extinto, y que apenas podemos interpretar en cada una de las ruinas para conseguir encontrar el lugar exacto.

—¿Al menos ha podido conseguir algo? Alguna pista o… ¡lo que sea!

—Lo único que tenemos son unos textos que hemos logrado traducir. Al parecer, La Fuente de la Eterna Juventud está ligada a un cuenco que los textos describen con poderosas propiedades y dicen que éste, tiene la forma de la cabeza de una criatura serpiente que está emplumada; la representación de un dios de la muerte y de la vida que, al beber sobre él, se vence así al tiempo y se consigue el atributo de la eternidad. Sin duda es fascinante, general Schönfeld…

Hans von Schönfeld casi sentía que se atragantaba con la rabia. De nuevo cuentos y supersticiones baratas allí por donde avanzaban. Comprendía que quizás iba a pasarse toda la guerra muriéndose de calor, asco y pudriéndose con los mosquitos.

—Señor, creo que se impacienta demasiado. Quizás debería aprovechar su estancia e intentar aprender todo lo que pueda de esta cultura. ¿No está contento de poder servir bien al Führer? Si tenemos éxito podríamos llegar a hacer historia.

Amargado, el general observó con asco todas las piedras y los mineros que excavaban a sus alrededores. Toda aquella situación le parecía una pesadilla demasiado increíble como para creérsela. El idiota del profesor… ¿realmente se tragaba lo de la dichosa fuente?

—Escarbar entre los escombros no es mi principal idea de servir al Führer, profesor Leisser —contestó —.De momento eso es todo. Si tiene alguna novedad importante, no dude en comunicármela.

—Por supuesto, señor. Sólo vivo para servir, como todos —respondió el académico.

—Puede retirarse.

Jueves, 30 de octubre de 1941:

Los días han pasado con extrema lentitud asándonos en un calor que sería capaz de competir contra el mismísimo infierno. Hasta ahora no ha ocurrido absolutamente nada interesante. Los mismos accidentes con lo mineros, la misma desidia de siempre, las mismas rocas,… y casi ninguna pista que nos lleve a nuestro objetivo.

Hasta ahora.

Esta mañana el profesor Leisser me ha despertado en mi tienda de campaña. Me ha dicho que al parecer nuestro guía y el resto de los nativos que están excavando han encontrado una vieja y antigua entrada entre todas las ruinas. Parece ser que a diferencia de otras, esta está lacrada en oro… 

La Puerta hacia El Dorado.

¿Es posible que ese estúpido viejo tuviera razón?

¿Podría ser que por fin nuestra búsqueda haya concluido?

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

Bajó con tanta precipitación a través de las excavaciones que prácticamente estuvo a un tris de desnucarse. Se había afeitado y arreglado esa mañana, pues si era lo que antaño habían esperado encontrar quería salir en la foto con el mejor aspecto posible. El Dr. Manfred se dio cuenta de que a causa de su excitación se había llegado a realizar dos pequeños cortes con su navaja que por fortuna para él, apenas se notaban. Con rostro boquiabierto y la vista contraída de asombro, el general Schönfeld no podía apartar su mirada de las iconografías que formaban aquellos textos precolombinos que decoraban inteligentemente aquella puerta labrada en metales preciosos.

—¿Puede traducir lo que pone, profesor?

Manfred se ajustó las gafas y, entrecerrando los ojos, observó con atención cada uno de los detalles de aquel lenguaje iconográfico.

—Es bastante difícil… aunque se parecen mucho a los tipos de texto que he estudiado, esto que estamos viendo es muy anterior. Intentar su traducción sería como traducir al alemán cuando solo se habla chino.

—Pero puede hacerlo ¿no? —inquirió —Es su especialidad, ¡tiene que conseguirlo!

Tras unos minutos observando, minutos en los cuales solo se podía oír los murmullos de los nativos y en los que Hans, particularmente, escuchaba los latidos de su corazón, el viejo profesor terminó y dijo:

—Creo que dice, más o menos: “He aquí, noble viajero, la entrada a la ciudad del Dorado. Ciudad de riqueza y poder para el pueblo elegido por el gran Señor Sol y hogar en el que yacen con eterno sufrimiento los enemigos de sus hijos”.

Ante semejante confirmación el general comenzó a reír de alegría. Sus carcajadas se unieron al júbilo de todos sus hombres.

—¡Por fin lo hemos conseguido! —comentó triunfante.

Viernes, 31 de octubre de 1941:

La noche anterior todos los hombres bebimos como cosacos, no podíamos creer que por fin hubiéramos encontrado la entrada a la mítica ciudad. Debo decir que solo la visión avanzada del Führer fue capaz de concebir la posibilidad de su existencia. Este diario es testigo directo de mi escepticismo, del cual en estos momentos me retracto abiertamente. Después de confirmar nuestro descubrimiento, realizamos el protocolo básico: fotos, recogida de datos, elaboración de informes… y, tras culminar con todo lo que aquello conllevaba, fuimos a celebrarlo alegremente por la noche.

Hoy vamos a abrir esa puerta y yo, personalmente, voy a encabezar esta expedición.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

Con las botas recién limpias y el cuello de su uniforme bien arreglado, el general se dirigió hacia la entrada acompañado del fiel profesor y un grupo bastante amplio de sus soldados. Frente a esta, el capataz y los nativos observaban desde una distancia relativamente corta.

Hans se dirigió a su compañero.

—Ordénele al Sr. Sebastián que abran la puerta.

Manfred se acercó al capataz y le dijo unas cuantas palabras españolas que el general no entendió. Sin embargo, comprendió que algo no andaba bien. La conversación que estaban teniendo resultaba demasiado larga como para ser una simple aceptación de órdenes. Por no hablar del tono algo agresivo y apresurado que delataba cierta angustia y ansiedad por parte del nativo. Finalmente, el profesor se giró y con un rostro lleno de extrañeza se dirigió al militar.

—Dice que por ahí no va a pasar. Ni él ni ninguno de sus hombres van a abrir esa puerta para entrar en la ciudad.

Schönfeld se quedó extrañado. Casi, diríase, catatónico.

—¿Qué? —inquirió retóricamente. —¿Por qué?

—Al parecer están convencidos de que una magia o hechizo poderoso protege la ciudad del Señor Sol. Dicen que si entramos ahí estaremos condenados.

De nuevo la furia hizo gala en el rostro afilado del general. Las venas comenzaron a marcarse en su frente, las pupilas se estrecharon llenas de ira. Desenfundó su Luger y apuntó directamente al cráneo de Juan Sebastián Reynaldo, que sorprendido y aterrorizado, se había quedado congelado frente al cañón del arma sin poder creerse que aquella situación se estaba dando. Los nativos comenzaron a gritar y el resto de los soldados los apuntaron con sus fusiles. La tensión se notaba como el continuo <<tic-tac>> de una bomba de relojería.

Ilustración de Jordi Ponce

—Escúcheme con atención, profesor Leisser. Dígale a este mono de mierda que tiene exactamente diez segundos para cumplir la orden que le he dado. Diez segundos y, si no obedece, le volaré la tapa de los sesos.

—Señor, esto no es necesario. Piense que…

—¡Dígaselo! —interrumpió Schönfeld.

Lentamente y con muy buena entonación, el austriaco hizo aquello que Hans le había demandado. Conforme le decía una serie de palabras pudo ver como la tez del indígena se iba volviendo poco a poco plateada y como su rostro temblaba de terror. Luego comenzó a hablar rápido, tanto que Manfred apenas podía entender lo que le decía.

—Dice que no puede hacerlo, que por favor le ordene cualquier otra cosa, pero no eso.

—¡Uno! —comenzó el alemán.

Mientras Sebastián temblaba y hablaba con increíble velocidad, el doctor se acercó al lateral del general y le sugirió calma.

—Señor, si le mata podemos tener problemas. Son los únicos que conocen la zona. Si quiere tenemos la posibilidad de ir a la ciudad más cercana y contratar a otros, no es necesario derramar sangre…

—¡Cinco! ¡Seis!…

—…utilice la cabeza, por favor…

—¡Nueve!…

Justo cuando decía este último dígito, el indígena se agachó en el suelo. Llorando y con las manos unidas en señal de oración, fue la primera vez que Hans lo escuchó hablando en alemán.

—¡Por favor, señor! ¡No me mate!

La Luger escupió un sonido sorpendentemente sordo. Su elegante cañón comenzó a exhalar un vapor post mórtem. Durante unos segundos, un agujero bastante pequeñito comenzó a derramar la vida de un hombre. Al morir, apenas tardó un segundo antes de caer como un muñeco de trapo en el suelo, manchando así la bota del general. Una muerte silenciosa para una vida aún más silenciosa.

—Diez —culminó. Posteriormente, se restregó los ojos y se dirigió al académico. —Profesor, le confieso que ya estoy hasta las narices de toda esta mierda supersticiosa. Hemos encontrado nuestro objetivo y, para cavar yo ya tengo a mis hombres, para entender las traducciones, a usted. Así que voy a poner punto y final a toda esta patochada.

Se giró hacia uno de sus capitanes, y señalando a los nativos que temblaban más que nunca, no tuvo reparos en dar aquella orden.

—Matadlos a todos.

Mientras los gritos de soldados y víctimas apenas era ensordecido por la inmensa explosión de la pólvora de sus fusiles, Manfred vio con repugnancia como Hans von Schönfeld limpiaba una salpicadura de sangre de su bota abrillantada en la ropa del cadáver del capataz.

Hoy, más tarde:

Tras retirar los cuerpos de aquellos nativos, conseguimos abrir la puerta y avanzar. Llevamos todo el día recorriendo la ciudad. El ambiente es muy distinto al de las anteriores ruinas. Ahí dentro pudimos ver que los colores antaño vivos permanecen en sus paredes. Figuras que representan ritos brutales y primitivos, máscaras de dioses antiguos y paganos… sin duda, si este no es El Dorado, entonces yo soy Leni Riefenstahl.

Después de un tiempo recogiendo algunas de las antiguas joyas y buscando entre todas las traducciones, encontramos por fin una habitación en la que vemos las figura de la fuente, que los antiguos textos portugueses y españoles describían con total detalle: 

<<Una gran estructura con adornos y joyas del que mana un líquido incoloro e inodoro que trae a aquel que lo bebe los efectos de la eternidad.>>

Encima de éste, pude ver un cuenco parecido al que los textos que había leído previamente el profesor hace tan solo unos pocos días, habían descrito. La figura de una cabeza de serpiente alada.

Sin duda, esta tiene que ser la fuente.

Y yo seré el primer hombre moderno que la probará.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

Se acercó embelesado por la belleza de aquel recipiente. Tomó el cuenco y notó que este, realizado en madera con un cubrimiento de oro, era, sin duda, la pieza más hermosa que había visto en su vida. Observó la estructura funcional de la fuente y, tras recoger un poco del líquido que descansaba en aquel receptáculo, acercó lentamente el envase a sus labios.

—Señor, —interrumpió repentinamente el Dr. Manfred —Creo que no debería bebérsela.

—¿Por qué debería hacerle caso?

El austriaco comenzó a acercarse a aquel sujeto de espíritu bélico.

—Hay algo que debo mostrarle, algo muy importante que tiene que ver antes de que decida hacer nada.

De repente, a Hans se le ocurrió una idea desagradable. Aquellos movimientos del profesor eran demasiado mesurados. ¿Acaso él quería quitarle la posibilidad de vivir eternamente?

Sin pensárselo dos veces, el general volvió a desenfundar su Luger por segunda vez aquel día y apuntó directamente a su compañero austriaco.

—De eso nada, profesor. Le diré lo que vamos a hacer: primero beberé de este recipiente y comprobaré que todas aquellas leyendas absurdas que usted me contaba eran realmente ciertas. Después, si tengo ganas, iré a observar cualquiera de sus estúpidas ruinas que tanto le apasionan. ¿Ha quedado claro?

Con las manos levantadas, el académico se encogió de hombros y esbozó una temblorosa sonrisa.

—Como usted quiera, señor.

—Perfecto —contestó. 

El líquido fue deslizándose por su garganta y, cuando se lo tomó entero, comenzó a sentir un calor interno que poco a poco crecía. Un vigor que no recordaba poseer formó parte de sus músculos y articulaciones. Ni siquiera durante la época de su instrucción militar académica y siendo uno de los jóvenes más destacados por su portento físico, había sentido toda esa energía emanando de su cuerpo. Sus ojos brillaban puros e incandescentes. Su fuerza, era la de un dios.

—¡Sí! ¡Ya noto como mi cuerpo rejuvenece! ¡Ya noto la eternidad!

De repente, algo empezó a ir mal. La energía se tornó en un fuego interior incapaz de ser asimilado. Todos sus centros de dolor comenzaron a encenderse y con él, el fuego fatuo de su interior. Tal fue la agonía, que soltó la pistola y el cuenco, en donde la cabeza de serpiente alada, comenzó a llorar sangre. 

—¡No!¡es demasiada energía!

Un grito fantasmagórico se hizo eco en la habitación y, junto a él, un haz de luz que estalló en toda la sala, haciendo desaparecer finalmente al general Hans von Schönfeld y tirando al suelo con su onda expansiva al Dr. Manfred Leisser y a los soldados que en aquellos instantes se encontraban cerca.

Un humo sustituyó posteriormente el lugar en donde antes estaba el general, en cuyo suelo quedaban tanto la pistola como el decorativo envase.

El profesor Manfred se colocó bien las gafas y se levantó.

Ilustración de Jordi Ponce

Fecha desconocida:

No sé cuantos días estuve dormido, ni como diablos llegué hasta aquí. Pero en cuanto desperté estaba acostado y desnudo en un lecho de plantas exóticas y frutas. Dos mujeres de una raza eminentemente inferior —aunque igualmente atractivas— estaban acostadas a mi lado. Al despertarse, ninguna de las dos esbozó palabra alguna. Me dediqué a complacerlas como solo un hombre de verdad puede hacerlo. Sin embargo, no estaba tranquilo. Aquella situación, aunque sólo un idiota sería capaz de desaprovecharla, no era para nada normal. Pude notar que la juventud y la energía que conseguí después de beber de aquella maravillosa fuente no había desaparecido. Tras terminar, un viejo chamán vestido con unas ridículas plumas, se acercó a mí y me llevó fuera de aquella habitación. Pude notar que las imágenes de las paredes eran como las ruinas de la ciudad de El Dorado, solo que estas parecían recién pintadas y nuevas. Fui capaz de ver una enorme ciudad construida con una arquitectura tan fantástica como imposible. Todos sus habitantes se giraron hacia mí y se agacharon ante mi figura, por lo que no pude evitar sonreír.

Para estos salvajes soy todo un dios.

Eran ciertas las palabras de Nietzsche, la raza Aria está condenada a dominar al resto de las razas inferiores.

Desde aquí pienso gobernar como todo un visionario. Construiré un imperio que será tan legendario y más absoluto que el del Tercer Reich.

Este es sin duda mi destino.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

Emperador y dios.

Manfred leía cada hoja de aquel viejo diario que llevaba siglos cerca de una de las muchas habitaciones del palacio de la antigua Ciudad de El Dorado. Las hojas se hacían pedazos en sus manos, pero aún así, todavía la tinta resultaba del todo legible. Era sin duda la letra del general.

Continuó leyendo con tranquilidad las últimas notas que encontraba en el libro.

Siete días después del suceso:

Han aprendido muy rápidamente el idioma alemán, parece ser que estos seres son lo bastante listos como para poder enseñarles tareas mecánicas como hablar o expresarse. Aún así estoy seguro de que por dentro son tan estúpidos como parecen. Veo tecnología arcaica, magia y supuesta hechicería, pero lo mejor es seguirles plácidamente el juego. El gran chamán me ha dicho que me tienen preparada una sorpresa, una ceremonia en la que yo voy a ser el protagonista absoluto.

Sin duda un gran dios venido del cielo como yo no puede rechazar semejante honor. Espero con ansias el banquete del que tanto me han hablado.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

Emperador y dios.

Dejando de leer, el Dr. Leisser negó lentamente con su cabeza y suspiró.

—Estúpido… —dijo.

Observando cada una de las paredes podía ver escenas en las que un grupo de indígenas muy cuidadosamente dibujados en el estilo que caracterizaba a esta cultura, le arrancaban el corazón a una figura alta, rubia y de ojos azules en un gigantesco altar muy decorado. Un altar que ya había visto en la misma habitación llena de sangre seca y en la que se representaba aquellas imágenes. Otras ilustraciones, en las que figuras oscuras comían en un gran banquete partes humanas, precedían a esa brutal ilustración.

Sin duda, representaciones históricas grabadas para ser testigos eternos de aquella liturgia salvaje.

—Sin embargo, no concibo a una persona que pueda merecerse más ese destino  —reflexionó —.Enhorabuena, general Schönfeld. Es usted el conquistador de la Fuente de la Eternidad.

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Comments
4 Responses to “El conquistador de la Fuente de la Eternidad”
  1. Mariola dice:

    Vamos a ver, Alex: toy a tus pies ahora mismo. No has podido darme mejor gusto con perros nazis, escenarios exóticos y macabros ritos de culturas precolombinas (a los que sé que don Jordi Ponce es muy aficionado y por eso se ha marcado esas fantásticas ilustraciones tan suyas). Pero sobre todo he estado viendo ese cruce entre En busca del arca perdida y La última cruzada en la ambientación y el tono, y casi esperaba que apareciera ese Indiana Jones de mi alma en cualquier momento para cargarse a ese cabrón de Schönfeld.
    O sea, que me descubro con reverencia hasta el suelo y si sigues con relatos como este, me pones pero ya en tu lista de lectores entregados porque no me los pierdo.
    Enhorabuena de verdad. 😀

  2. Jordi dice:

    Mariola gracias! pero no te pienses que en mi casa voy haciendo sacrificios jajajaaja, por supuesto con la pedazo de historia de Axel quien no se iba a inspirar!!

  3. olgabesoli dice:

    Alex, me ha encantado tu relato. ¡Menuda imaginación la tuya! Y me pasa lo mismo que a mi compañera Mariola, que me ha devuelto a la saga de Indiana Jones, con esa mezcla de historia, aventura, tesoros ocultos y magia. Solo me faltaban las palomitas mientras lo leía. Además, me han encantado las partes del diario. Y bueno, Jordi, como siempre, ha creado un par de ilustraciones de esas que no puedes parar de mirarlas y que tienen tantos detalles como arte. Impresionante trabajo de los dos.

  4. Joe… ¡Muchísimas gracias!

    Pido disculpas por mandaros este comentario tan tarde, de verdad. Acabo de ver esto por primera vez después de… ¡casi cuatro meses!

    Lo siento mucho de verdad, la próxima vez estaré más atento para poder contestar en condiciones.

    Os agradezco un montón los elogios que me estáis dando, viniendo de profesionales como vosotros, para mí es todo un honor. Si lo que os ha traído en mente es la saga de Indiana Jones, entonces acerté totalmente con el tono de la historia: porque ese era mi objetivo. Contar un relato de estilo pulp como se presentaba las revistas de los años 30’s y las películas de los 80’s. Por supuesto: mi mayor referente era el Dr. Jones.

    Muchas gracias, ojalá siga teniendo ocasión de trabajar con vosotros: personas a las que su capacidad y profesionalidad, sólo compite contra su amabilidad, aceptación y lo majos que sois.

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