Kokoro

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Género: Rojo casi negro

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Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Kokoro.

¡Bang, bang! Las balas surcaban el espeso aire del salón pronunciando nombres que solo podían entender los desafortunados receptores del ardiente plomo.

¡Bang, bang! Yo la llamaba Lolita en la intimidad porque era incapaz de decir su nombre de verdad sin que me diera la risa al pensar que imitaba torpemente el canto de un gallo. También porque a ella le gustaba juguetear en la cama como una chiquilla, y a mí, morderle la boca y verla gemir y suspirar.

¡Bang, bang! Era ella. La veía ahí de pie, con una Beretta U22 plateada en cada mano. ¡Joder!, yo soy policía y estaba completamente paralizado, y no era miedo, no; otras veces, muchas veces, había sentido esa sensación mordiéndome el estómago y, sin embargo, había actuado como se esperaba de mí, pero esta vez, ver a Kokoro, mi… digamos, novia, vestida como a mí más me gustaba que se vistiera en nuestros nocturnos encuentros: con la falda de colegiala con cuadros verdes y rojos, una camisa blanca de manga corta, cuyos botones debían de estar cosidos con hilo de bramante para conseguir no salir, ellos también, disparados; los zapatos negros sin cordones y los calcetines blancos con un ribete de cuadrados con los mismos colores de la falda y esas dos coletas, una a cada lado de su angelical carita de luna llena, que yo, a modo de riendas, sujetaba con fuerza y poco acierto para tratar de sosegar un poco  su bravura.

Ilustración de Rosa Garcia

¡Bang, bang! No me podía mover. Tenía mi arma al alcance de la mano pero era incapaz de cogerla; solo podía mirar a Kokoro. Y la miré, y también la escuché, cuando se acercó a mí e introdujo el cañón en mi boca para después decirme con una maliciosa sonrisa: ¿Has visto lo que me obligas a hacer…?”, ¡bang, bang!

Kokoro siempre me pareció rara, y esto no se podía achacar a que fuera oriental porque podría haber sido de cualquier otro sitio y seguiría siendo rara. Kokoro es rara porque no es normal que una chica tan joven y guapa se líe con un viejo policía sobrado de kilos y falto de todo esas cosas que se supone que gustan a las mujeres. Rara porque se acostó conmigo la primera noche que nos conocimos y ya no salió (que yo supiera), ni de día ni de noche, de mi casa. Rara porque, aunque decía que había venido a Sevilla a estudiar Bellas Artes, no la vi jamás coger un libro ni por supuesto ir a las clases de la facultad o visitar los monumentos y museos de la ciudad. Y, sobre todo, era rara porque se pasaba todo el tiempo vegetando, viendo telenovelas, echada en el sofá, hasta que al caer la noche despertaba de su melancólico letargo y, poco a poco, se transformaba… Entonces, todo en aquel pequeño piso de impenitente soltero se transformaba en un caótico frenesí de ruidos, colores y olores: Kokoro estaba cocinando.

Ya he dicho que Kokoro es rara, por eso no es de extrañar que solo fuera vestida con la lividez de su piel mientras hervía en una olla cosas que parecían querer escapar, y machacaba en un mortero pequeñas ramas y hojas que parecía aullar mientras, entre dientes, rezaba o maldecía con palabra extrañas para mí. Nunca la interrumpí mientras realizaba estas tareas porque tampoco la importunaba cuando estaba ovillada en el sofá bajo una gruesa manta; y no lo hacía porque tenía miedo: miedo porque la deseaba, miedo porque quería que desapareciera de mi vida y que nunca se marchara, miedo porque era lo único que merecía la pena de mi existencia y sabía que me estaba matando, miedo porque cada noche era diferente y los días pasaban deseando el momento en el que ella me diera a beber la pócima que con tanto esmero preparaba en mi cocina. Y entonces, era cuando Kokoro era auténticamente rara y totalmente Kokoro.

Kokoro tenía tatuada una pequeña serpiente en el tobillo izquierdo y una pulsera de flores azules engarzadas por sus tallos alrededor de la muñeca derecha. Kokoro me encontraba como cada noche, esta última también, tirado en la cama intentando dormir. Pero ocurrió lo mismo que las otras treinta y tres noches desde que la conocí: se acercaba silenciosa como un gato, me olía como un perro y me lamía como me imagino que debe lamer el néctar de las flores la más hermosa de entre todas las mariposas; después, me ofrecía con sonrisa maliciosa el borboteante brebaje y me decía al oído: ¿Has visto lo que me obligas a hacer para que se te ponga la polla dura?”. Se reía, se reía y… los lirios de sus muñecas cobraban vida y trepaban por sus brazos hasta llegar a su garganta, desde donde tras dar varias vueltas y ganar en grosor, brincaban hasta mi cuello para luego entrar en mí por la boca, nariz y orejas. La víbora negra de su tobillo también abandonaba su reposo y tras mordisquearme los dedos de los pies comenzaba un sinuoso deslizar alrededor de nuestras piernas. Yo ya me había rendido cuando acepté de sus manos el humeante bebedizo que me ofrecía cada noche (Kokoro dominaba mi corazón, mi mente y mi alma), por eso no dije nada cuando la serpiente se introdujo por donde ningún hombre absolutamente heterosexual y educado en el más estricto catolicismo dejaría que nadie le metiera nada de nada.

Las treinta y tres noches que he pasado con Kokoro han sido treinta y tres historias llenas de violencia, de sexo, de amor; historias de oníricas aventuras preñadas de personajes malignos, tiernos, hermosos, despiadados, disparatados; historias donde siempre está Kokoro, donde siempre soy yo.

Las treinta y tres noches que he pasado con Kokoro siempre han comenzado igual, y siempre han terminado igual: Kokoro que se desvanece como el humo de una vela cuando los primeros rayos de sol inundan la habitación. Yo no quiero que se vaya y trato de retenerla, pero estoy demasiado agotado y ella es demasiado tenue, demasiado liviana y suave, y se escabulle de mí para esconderse nuevamente bajo la manta del sofá.

Apenas una docena de horas me separan de otra noche con Kokoro.

Juan Ramón Lorenzana

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Comments
3 Responses to “Kokoro”
  1. Mariola dice:

    Ay, Juan Ramón, ya te lo dije. Me das en todo el gusto cuando hay polis como este tuyo y las muchachitas orientales que vuelven locos a los hombres (con bebedizos o no) pues como que también me suenan, je, je, je. Para colmo Rosa te la dibuja de esa guisa con su estilazo, así que me pongo a vuestros pies y hago la reverencia. ¡Fenomenal!

  2. olgabesoli dice:

    Madre mía, esta “bruja” es de armas tomar. Y encima, por si fuera poco con la descripción dada por Juan Ramón, en la ilustración de Rosa no puede ser ya más sugerente y perversa, con esos labios destacados en rojo. Me habéis sorprendido mucho con este trabajo, tan original y diferente. Felicidades.

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